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La balada de los errantes: Interludio; La pedagogía del miedo



El último eco del desfile de colores se extinguió cuando las Puertas Altas del Salón de Áurea Concordia se abrieron de par en par. El sonido grave de los cuernos imperiales recorrió la nave como una ola contenida, y las conversaciones se apagaron al unísono en el momento en que las puertas se abrieron de par en par, anunciando la llegada del emperador en persona. Anderfel I, primero en su nombre y restaurador del Imperio de Valthros, avanzó con paso firme por el eje central del salón. A cada lado, columnas de ónice y caliza blanca se alzaban como testigos silenciosos, talladas con escenas de antiguos juramentos y conquistas ya olvidadas. La luz de cientos de candelabros se reflejaba en el mármol pulido del suelo, duplicando su figura y multiplicando su presencia.


Entre susurros y chismes, parte de las conversaciones era enfocada en la apariencia del emperador, quien, al haber sido de los más jóvenes en asumir el trono, se esperaba que hubiera muerto antes de llegar a la edad adulta o que fuera fácilmente manipulable desde la más tierna infancia. Pero aquel hombre de cabellos castaños, barba recortada y ojos oscuros caminaba con la presencia de quien lo sabe todo, sin necesidad de mostrarlo. Incluso en su propio caminar, se detenía en intervalos precisos, no nacidos por la cortesía, sino por ritual. Saludaba a la Casa Erenwald de las llanuras de Karsen, cuya riqueza cerealera había alimentado al imperio durante la plaga; a los Vhalcor, señores del puerto de Lyth-Mare, responsables de reabrir las rutas marítimas tras la guerra; y a los recién ascendidos Durnholde, antiguos vasallos que ahora ocupaban un lugar entre los grandes, tras absorber los dominios de tres linajes caídos del valle de Sorein.


Aquel día no era uno más en el calendario imperial. Se celebraba el nacimiento de su primogénito, el primer heredero legítimo nacido bajo un reinado que había devuelto la estabilidad a un territorio devastado. El hijo de Anderfel había llegado al mundo en la Fortaleza Solar de Rhevan, mientras las campanas repicaban no por victoria, sino por supervivencia. Por decreto imperial, esa fecha había sido consagrada como el Día de la Unidad.


Anderfel había ceñido la corona siendo apenas un hombre joven, tras una sucesión marcada por la muerte y la urgencia. El imperio que heredó era poco más que una suma de regiones exhaustas: la plaga gris había arrasado durante más de diez años las ciudades del sur y del centro, vaciando mercados, campos y templos. Cuando la enfermedad finalmente cedió, los reinos del norte de Oswinter cruzaron las montañas heladas, convencidos de que el imperio no resistiría otro golpe.


Fue Anderfel quien centralizó los mandos dispersos, quien ordenó la quema de ciudades infectadas pese a la oposición del clero, quien reorganizó los ejércitos en legiones regionales y redistribuyó tierras y títulos para sostener el esfuerzo bélico. La victoria no fue gloriosa, pero fue definitiva. Oswinter se retiró, y el imperio sobrevivió.



Volviendo a restaurar un territorio en guerra, hasta el invierno negro, donde los avances fueron opacados por el tiempo y la guerra; aquella marcada de traición que había caído en el olvido durante diez años, hasta su restauración hace restauración hacia dos, aunque seguía siendo mal vista el mencionarla en los círculos internos del imperio.


Ese resurgir, luego del cese de la guerra y la plaga, llegando a desaparecer sin descendencia o fueron despojadas de sus títulos por deudas, traiciones o simples decretos imperiales. Otras sobrevivieron mutiladas, convertidas en vasallas de antiguos rivales que ahora ocupaban sus castillos. Lo que se congregaba en el salón no era una asamblea de tradición, sino de adaptación.


En las tierras interiores del imperio, aunque aún las exteriores, las pertenecientes a la frontera, seguían siendo indomables por la distancia en el territorio, los diversos biomas que la componían y las casas aisladas entre ellas, salvo aquellas pertenecientes al consejo de la frontera, formada por el traidor restaurado, lo que generaba debate de si intentaba unificar e independizarse del imperio o unificar la frontera sin permiso del emperador, gracias a los diversos avistamientos de legiones que se concentraban en estas mismas tierras.


Los estandartes colgaban desde las galerías altas, formando un océano de símbolos: lobos, soles partidos, torres en llamas, coronas abiertas. No se veía, sin embargo, ninguno de los escudos de la Frontera Oriental donde se encontraba la casa traidora por el emperador, en el este, y aquellas exiliadas en las Marcas de Hielo en el sur. Las casas encargadas de vigilar los límites del imperio no habían sido convocadas. Su ausencia era deliberada. Incluso si hubieran estado presentes, sus colores austeros se habrían perdido entre el exceso ceremonial del centro.


Desde un balcón lateral, elevado y en penumbra, una figura observaba la escena; vestía tonos sobrios de la Iglesia Imperial, pero no participaba. del fervor de los prelados que murmuraban bendiciones cada vez que el emperador avanzaba un paso más. Su atención no estaba en el trono, sino en los muros. Allí colgaban los grandes cuadros históricos, encargados por el propio Anderfel tras la guerra. Pinturas monumentales que narraban, sin edulcorar, la plaga devorando ciudades. Como Arkenfall y Meir, las columnas de refugiados, las hogueras purificadoras; la campaña de Oswinter, con estandartes rotos sobre la nieve; y, finalmente, la redistribución de tierras, donde viejos blasones eran arrancados y sustituidos por otros nuevos.


Para aquella figura, la escena bajo el balcón era un error cuidadosamente orquestado. Un nacimiento no debía ser el símbolo de la unión de un pueblo. La historia demostraba que los imperios se cohesionaban a través del sacrificio, la guerra y la fe impuesta, no mediante celebraciones de continuidad dinástica. La paz era una ilusión cómoda; la fe, en cambio, se fortalecía en la sangre y el miedo.



Se disponía a retirarse del balcón, satisfecho con su juicio silencioso; una vez observó cómo el emperador se sentó en su trono rojizo, en compañía de su séquito, y entre ellos, los guardias que acompañaban al próximo emperador, un joven de apenas diez inviernos, concebido en tiempos de aflicción, donde su nacimiento fue considerado una bendición Una vez vista la ceremonia y listo para continuar, una voz baja lo detuvo a su espalda.


—Mi señor —dijo un acólito de la Inquisición, joven aún, con el emblema apenas bordado en la manga, los ojos aún brillantes de esperanza y temor constante al hablar—. El prisionero persiste en su silencio. Rechaza confesar, incluso tras el tercer interrogatorio.


El observador no respondió de inmediato. Se mantuvo inmóvil, con las manos cruzadas a la espalda, ahora, manteniendo la vista fija en un punto del salón, desde la penumbra del balcón. Momento en que el emperador había tomado asiento en el Trono Carmesí, y con ello, el nacimiento de un murmullo reverente que se transformaba en celebración contenida. Ante el niño, el heredero del imperio, quien permanecía a su lado, rígido y ausente. En pensamiento, incapaz de comprender el peso de su propia existencia.


—¿Tercer interrogatorio? —preguntó la figura sin girarse.


—Sí, mi señor. Digo... primer Inquisidor Cassian. — Ante las palabras del chico, Cassian reaccionó, mirándolo de reojo con unos ojos azules brillantes. — Conforme al protocolo del canon de pureza —respondió el acólito luego de dudar unos segundos—. Agua, ayuno y silencio.


Cassian asintió apenas. Recordando las palabras del canon, el cual ante la sabiduría del Hacedor era misericordioso, junto con las enseñanzas de sus siete ángeles, pero también tanto acto de bondad podía ser inútil. No, era inútil para el primer inquisidor, quien consideraba que esas emociones solo llevaban a los deseos y estos, al pecado, a la desviación del canon junto con la guía divina.


—Entonces no es silencio —dijo—. Es resistencia.


Se volvió por primera vez hacia el joven. Cassian vestía la sotana oscura de la Iglesia Imperial, reforzada en hombros y antebrazos con placas de metal grabadas en símbolos litúrgicos. No portaba armas visibles. No las necesitaba. Su autoridad bastaba en el imperio. Sin contar su propia presencia, de cabello corto, casi rapado, hasta un extenso bigote que llegaba a acariciar las comisuras de sus labios. Junto con su imponente estatura, con solo verlo, captaba la atención deseada y alejaba lo indeseable.


—Acompáñame, Batiatus.






El acólito titubeó un instante. Era la primera vez que Cassian pronunciaba su nombre sin título. Aun así, obedeció. Abandonaron el balcón por una galería lateral reservada al cónclave y a su brazo armado. A cada paso, el sonido de la ceremonia se iba apagando, sustituido por un eco más antiguo: el del propio palacio, asentado sobre estratos de piedra y ruinas que precedían incluso a la fundación del Imperio de Valthros. En una montaña en lo alto, con vistas al mar. Siendo objeto de adoración de la iglesia al recordar los tiempos de errar por los mares en busca de la tierra prometida por el Hacedor. Pero poco importaba la historia cuando el descenso comenzó hacia las profundidades del castillo.


Mientras descendían, el silencio los acompañó como Inquisición inquisicion, lo suficiente para aún dudar cuando se trataban de las órdenes que solían darle; aunque eso lo había llevado a ser un simple mensajero entre sus superiores, le había dado la facilidad de aprender aquello que no solía hablarse abiertamente. Entre ello, las historias que rodeaban al primer inquisidor Cassian.


Las historias remontaban desde hacía más de veinte años al mando de la rama ortodoxa de la Inquisición. A diferencia de otras regiones donde el canon solía ser más tolerante, el primer inquisidor Cassian se había encargado de mantener al pie de la letra las sagradas escrituras, junto con el orden tanto en el imperio como en sus fronteras, siendo las historias que remontaban hasta hacía doce años atrás, con el incidente de la frontera. Siendo él quien firmó el dictamen acusatorio contra la casa Tenerius por traición al emperador, junto con el testimonio de las ahora extintas cinco casas de la frontera.


Por mucho tiempo se preguntó qué sería ser el primero de la orden, a quien solo bastaba dar una orden, una simple firma para acabar con siglos de historia de un momento a otro. Ahora, al estar tan cerca de él, intento buscar algún rastro de humanidad, de duda, pero lo único que encontraba era la mirada tosca de un fiel seguidor al emperador. Y si se trataba del mismísimo señor del trono carmesí, quien manejaba el imperio de forma independiente de la iglesia, poco o nada tenía que ver con el cónclave, llegando a una convivencia mutua, siempre y cuando no se afectara.


No alcanzó a continuar con esa línea de pensamiento; una vez bajado por quinta vez la escalera de caracol, el aire comenzaba a tornarse salado, la cabeza empezaba a dolerle y su cuerpo le cuestionaba el esfuerzo en espiral de avanzar sin llegar a algún lado. Momento en que las palabras de Cassian resonaron: — Respira hondo, acólito —dijo Cassian sin detenerse—. El incienso del salón es dulce para adormecer. Aquí abajo el aire es salado. Te despierta.


Batiatus tragó saliva. Ante sus palabras.


—¿Es necesario bajar tanto, mi señor? El cánon permite interrogatorios en las cámaras superiores.



Cassian se detuvo un instante ante una grieta en la pared por donde entraba un hilo de viento frío. El olor a algas y hierro oxidado se hizo presente en el segundo luego de elevar el tono de su voz: —Las cámaras superiores son para los que aún creen en palabras. Esta es para el juicio del Hacedor.


Reanudaron el descenso. La escalera se volvía más empinada, tallada directamente en la roca viva del natural... natural... Los peldaños estaban resbaladizos por la condensación perpetua; en algunos tramos, cadenas de hierro incrustadas en la pared servían de pasamanos. Batiatus se aferraba a ellas con fuerza, notando cómo el metal estaba cubierto de una costra salina que le mordía las palmas.


Al momento de llegar a la celda. Fueron recibidos primero por un grueso muro tallado en la propia piedra, grueso, feo y horrible al ser observado. Siendo lo único llamativo la puerta de acero con diversos símbolos de la iglesia decorando sus extremidades. Partiendo desde el altar del ojo, la forma en que se veneraba al Hacedor antes, hasta bajar por diversas imágenes representativas de la historia del creador y su lucha contra la corrupción del hombre. Aun desde el exterior, podían escucharse gritos provenientes del interior, llegando a ser callados por el silbido del viento, que los ahogaba rápidamente.


Batiatus apartó la mirada al oírlos; su trabajo era ser solo un simple mensajero. El mismo que fue mandado a llamar por el hermano Sailas, que por los sonidos provenientes del interior continuaba con sus asignaciones sin aguardar la llegada de su petición. Llegando a generar el acólito, ¿qué tipo de falta debió haber cometido el hombre que lo hiciera merecedor de dichos castigos, para hacerlo gritar de semejante forma? Llegando a pronunciar esa pregunta en voz alta y no para sus adentros.


—¿Quién es el prisionero? —preguntó Batiatus al fin, en cuanto los gritos cesaron.


— El merecedor del juicio divino, por haber traído la apostasía a nuestras tierras. — Las palabras de Cassian iban cargadas de un profundo odio que solo iba en aumento. —Varen, el antiguo maestro peletero del gremio de los comerciantes y hoy, recibirá el juicio por su pecado.


— ¿Qué fue lo que hizo?


— Traer a un hereje a estas tierras sagradas. —Replicó Cassian en cuanto empujé la puerta y esta se abrió a la par.


El viento entró como un latigazo, trayendo consigo el olor metálico de la sangre, el salitre junto con el hedor dulzón de la carne quemada. Llegando a generar arcadas el acolito, pero una falta total de reacción para el primer inquisidor, quien avanzo con indiferencia. La celda del juicio no era una habitación cerrada. Era una plataforma excavada en la misma roca del acantilado, abierta por tres lados al abismo. Solo quedaba un muro posterior tallado en la montaña misma, cubierto de bajorrelieves erosionados por siglos de sal y viento.



Donde se podían observar rostros de ángeles con alas rotas, ojos vacíos que parecían seguir cada movimiento y, en el centro, el símbolo máximo del Hacedor. Siendo la figura original la de un ojo abierto dentro de un triángulo invertido, rodeado de olas estilizadas que representaban el juicio eterno del mar. Dentro de la misma celda, el suelo era de piedra negra pulida por el uso, inclinado ligeramente hacia el vacío para que la sangre y los fluidos corrieran solos hacia el precipicio. En el centro, una argolla de hierro macizo incrustada en la roca, de la que colgaban cadenas oxidadas pero aún fuertes. Alrededor de la argolla, grabados en círculos concéntricos, versos del Canon de Pureza escritos en letras angulosas y profundas, como si alguien hubiera querido que las palabras mismas se hundieran en la carne del condenado.


Sobre la plataforma colgaban cuatro jaulas de hierro suspendidas por cadenas gruesas que se perdían en la penumbra del techo natural. Dentro de ellas, restos de lo que alguna vez fueron instrumentos: tenazas, ganchos curvos, láminas de metal con bordes dentados, todo oxidado pero cuidadosamente mantenido. Algunas jaulas estaban vacías; otras contenían trozos de tela, huesos pequeños y mechones de cabello atados con hilo rojo, ofrendas mudas de juicios anteriores.


En el muro posterior, un nicho excavado albergaba un pequeño altar portátil: una tabla de madera oscura con un cuenco de sal gruesa, un frasco de aceite bendito y un cuchillo ritual de hoja curva, cuya empuñadura estaba tallada con el ojo del Hacedor. Al lado del altar, un atril de hierro sostenía un ejemplar abierto del Canon de Pureza, sus páginas protegidas por una lámina de mica transparente manchada de gotas oscuras.


Y en medio de todo eso estaba el hermano Sailas. Quien vestía una túnica gris ceniza ceñida con un cordón de cuero trenzado, sin ornamentos salvo el ojo bordado en negro sobre el pecho. Era un hombre delgado, de estatura media, con el cráneo rapado y una barba corta y perfectamente recortada. Sus manos estaban cubiertas por guantes de cuero fino hasta los codos. En una de ellas sostenía una fina varilla de metal calentada al rojo en un brasero portátil que ardía con carbón bendecido. No levantó la vista cuando entraron. Estaba inclinado sobre su invitado, Varen.


Lo que quedaba de Varen ya no era el comerciante de pieles con una sonrisa de oreja a oreja, solo un resquicio de su semblante. Estaba arrodillado, encadenado por las muñecas y los tobillos a la argolla central, el torso desnudo y cubierto de cortes precisos que formaban patrones casi geométricos: líneas rectas que seguían los meridianos del cuerpo según los antiguos tratados de anatomía sagrada que Sailas estudiaba obsesivamente. La sangre no brotaba en chorros; Sailas era demasiado meticuloso para eso. Cada incisión era superficial, pero orquestada para infligir el máximo dolor sin permitir una muerte rápida.


El rostro de Varen estaba hinchado por los golpes antiguos y las quemaduras frescas en las mejillas y el pecho. Sus ojos, o lo que quedaba de uno de ellos, los observaba con dificultad, ante la hinchazón del otro que le impedía ver. Le faltaban tres dientes superiores, sus dedos se habían convertido en ramas quebradas bajo su propio peso, y la única muestra de que seguía entre los vivos era el jadeo corto que se entrelazaba con la sangre que escupía.


En un hilo rojo que recorría su mejilla hasta caer al suelo. Sailas trazó una última línea con la varilla caliente, justo debajo de la clavícula izquierda. El olor a carne chamuscada se intensificó. Varen soltó un siseo entre dientes, pero no gritó: — Los nervios aquí son delicados —murmuró Sailas sin alzar la voz, como si hab entonces, entonces ¿qué le queda al Hacedor para juzgar? Solo silencio. Y el silencio no es penitencia. Es evasión.


Cassian se detuvo a tres pasos del borde. Su expresión no cambió.


—¿Ha hablado? —preguntó.


Sailas retiró la varilla y la dejó con cuidado en el brasero. Se limpió las manos enguantadas en un trapo que colgaba de su cinturón.


—No con palabras útiles, Primer Inquisidor. Solo blasfemias menores y nombres que ya conocemos: Ragnar, Andreus, la Sierpe de Plata. Nada nuevo. Pero su cuerpo… — Hizo un gesto amplio hacia Varen —. Su cuerpo está siendo elocuente. Mira cómo tiembla el músculo aquí —señaló el corte bajo la clavícula—. Eso significa que aún siente miedo. Y mientras sienta miedo, aún puede ser redimido.


Batiatus, que había permanecido en el umbral, sintió que el estómago se le revolvía. Dio un paso atrás sin darse cuenta. Deseando irse, pero al notar cómo Cassian lo observaba de reojo, hizo que se detuviera, aunque incapaz de sostener la mirada o de ser partícipe de aquel acto que sucedía ante él Cassian, en cambio, no se movió, mantuvo la mirada en el cautivo por mucho tiempo antes de pronunciar una pregunta, aunque al hacerlo, era difícil distinguir si era para el cautivo o para Sailas.


—¿Cuánto más puede resistir?


Sailas ladeó la cabeza, estudiando a Varen como un escultor estudia una pieza a medio tallar.


—Físicamente, dos o tre —. Depende de lo que ame más: su lealtad o su vida. Hasta ahora, parece que la lealtad pesa más. Pero el Hacedor es sabio y nos ha dado sus dones para guiarlo.


Varen levantó la cabeza con esfuerzo. Su voz salió ronca, entrecortada.


—No… ganarás… nada… Inquisidor.


Cassian se acercó un paso más. El viento le agitó la sotana.


— No soy yo el que busca obtener algo, sino el Hacedor. Habéis traído un hereje a nuestras tierras santas, y eso no puedo permitirlo. Si no lo entregas, entonces deberás ser puesto a disposición del Hacedor, quien rectificará tu entrega.


Hizo un gesto con la cabeza hacia Sailas.


—Continúa hasta el alba. Quiero saber todo lo que su cuerpo pueda decir antes de que el juicio final lo reclame.


Sailas inclinó la cabeza con respeto.


—Como ordene el Primer Inquisidor.


Cassian se volvió hacia Batiatus, que seguía pálido en el umbral.


—Escribe el informe, acólito. — Ante las palabras pronunciadas, Batiatus dudó, pero al sentir el peso de la mirada del inquisidor, se acercó rápidamente a torpezones hasta una mesa cercana, obteniendo papel y un lápiz con tinta de dudosa procedencia por sus tonos rojizos y oscuros, llegando a desear que no fuera sangre con lo que escribiría Una vez que comenzó a escribir, Cassian continuó — “Sujeto Varen: en curso de purificación anatómica. Persiste en silencio verbal. El hermano Sailas prosigue con el protocolo de los siete dolores. Juicio del Hacedor pendiente al amanecer.”


Batiatus escribió con mano temblorosa, las palabras apenas legibles sobre el papel manchado. La pluma rascaba la superficie con un sonido agudo que se perdía entre el silbido del viento y los jadeos entrecortados de Varen. Cuando terminó, mantuvo la vista fija en el texto, incapaz de alzarla hacia el hombre encadenado y en especial a sí mismo. El olor a sangre y carne quemada se había adherido a su ropa, a su piel, a cada respiración que tomaba. Sabía que ese olor lo perseguiría durante días, tal vez semanas, grabándose en su memoria como una marca invisible.


Cassian tomó el informe sin leerlo, lo dobló con precisión y lo guardó en un bolsillo interior de su sotana. Luego se volvió hacia Sailas, quien limpiaba con sumo cuidado, casi con cariño, sus instrumentos con un trapo manchado, cada movimiento deliberado y ritual. El hermano inquisidor no parecía cansado ni perturbado; su rostro mantenía esa expresión de concentración clínica, como si acabara de terminar un estudio anatómico en lugar de horas de tortura. Cassian asintió brevemente, un gesto de aprobación silenciosa que Sailas devolvió con una inclinación de cabeza.


—Continúa hasta el alba —dijo Cassian con voz neutra—. Quiero saber todo lo que su cuerpo pueda decir antes de que el juicio final lo reclame. Si habla, si menciona algo nuevo sobre el isleño o sobre quién lo ayudó a cruzar la frontera, mándame llamar de inmediato. Si no, será juzgazo al amanecer.


Sailas inclinó la cabeza con respeto, sus manos enguantadas ya alcanzando una nueva herramienta del brasero. La varilla metálica brillaba con un rojo intenso que proyectaba sombras danzantes sobre los muros de piedra. Varen tosió débilmente, un sonido húmedo y roto que se perdió en el rugido del viento. Sus ojos, o lo que quedaba funcional de ellos, seguían fijos en el horizonte oscuro donde el mar y el cielo se fundían en una negrura absoluta.


Cassian se volvió hacia la entrada, ajustándose la sotana con un gesto mecánico. Sus pasos resonaron sobre la piedra mojada mientras se dirigía hacia el umbral que llevaba a la escalera de caracol. Batiatus lo siguió con pasos inseguros, sus piernas aún temblorosas por lo que había presenciado. Antes de cruzar el umbral, el joven acólito miró hacia atrás una última vez: Sailas ya había vuelto a su trabajo, inclinado sobre Varen con la concentración de un artesano sobre su obra.


El ascenso comenzó en silencio. Cassian subía con paso firme y constante, una mano apoyada ocasionalmente en las cadenas oxidadas que servían de pasamanos. Batiat físico, físico sino por el tumulto de emociones que lo consumían. El aire comenzó a cambiar gradualmente: el salitre cedía paso al incienso distante, la humedad al calor seco de las antorchas superiores. Con cada vuelta de la escalera, los gritos apagados de Varen se desvanecían hasta convertirse en un eco lejano, luego en un susurro, finalmente en nada.


Fue en la quinta vuelta cuando Cassian habló sin detenerse, su voz rebotando en las paredes de piedra. No se volvió hacia Batiatus; sus palabras llegaban desde adelante, envueltas en el eco de sus propios pasos. El tono era sereno, casi pedagógico, como si estuviera impartiendo una lección más que justificando una ejecución. Batiatus se tensó al escucharlo, preparándose para lo que vendría a continuación.


—Tienes miedo, acólito —dijo Cassian. No era una pregunta sino una observación clínica, desprovista de juicio pero cargada de certeza—. Puedo oírlo en tu respiración. En cómo dudas antes de subir cada escalón. No te avergüences de ello; el miedo es una respuesta natural ante lo que acabas de presenciar. Una respuesta que moldearas.


Batiatus tragó saliva con dificultad, sus nudillos blancos de aferrarse a los extremos de la escalera, sintiendo que con cada paso que daba, algo dentro de él le era arrebatado. Quería responder, negar lo evidente, pero las palabras se atascaban en su garganta como piedras. Finalmente, tras varios segundos de lucha interna, consiguió articular una pregunta que había estado creciendo en su pecho desde el momento en que vio el primer corte en el cuerpo de Varen. Su voz salió temblorosa, casi inaudible, pero en el eco de la escalera sonó más fuerte de lo que pretendía.


—No... no comprendo, mi señor —dijo Batiatus, odiándose a sí mismo por la debilidad que transparentaba cada palabra—. ¿Por qué tanto daño? Varen era solo un comerciante. Un hombre que pudo haber cometido un error, ¿de verdad merecía...?


Cassian se detuvo abruptamente. Batiatus casi choca contra su espalda, frenando a último momento y retrocediendo un escalón. El Primer Inquisidor permaneció inmóvil durante un momento que pareció eterno, su silueta recortada contra el resplandor tenue de una antorcha varios metros más arriba. Cuando finalmente se volvió, sus ojos azules brillaban con una intensidad que Batiatus no había visto antes: no era ira, ni crueldad, sino algo más profundo que le atemorizó.


—¿Un error? —repitió Cassian, y ahora su voz tenía un filo asfixiante—. ¿Crees que permitir el ingreso de un hereje isleño a nuestras tierras sagradas es simplemente un error? ¿Cómo olvidar cerrar una puerta o derramar vino en una alfombra? Escúchame bien, acólito, porque esta lección la aprenderás una sola vez.


Comenzó a descender los escalones que había subido, acercándose a Batiatus con pasos medidos que llegaban a resonar. El joven retrocedió instintivamente hasta que su espalda chocó contra la pared húmeda de la escalera. No había escape; Cassian se plantó frente a él, lo suficientemente cerca para que Batiatus pudiera ver cada línea de su rostro curtido, cada pelo de su bigote perfectamente recortado. La presencia del Primer Inquisidor llenaba el espacio estrecho como una tormenta contenida en una botella.


—Nuestro deber no es ser compasivos, Batiatus —dijo Cassian, y el uso de su nombre sin título hizo que el acólito se estremeciera—. Nuestro deber es proteger al imperio de la impureza, de la corrupción, de los peligros de un mundo sin control ni orden. ¿Sabes por qué existen las fronteras? ¿Por qué el Canon prohíbe el paso de los isleños a nuestras tierras? No es capricho ni crueldad gratuita.


Hizo una pausa, sus ojos fijos en los de Batiatus, obligándolo a sostener la mirada. El joven quería apartar la vista, hundirse en las sombras, desaparecer. Pero algo en esos ojos azules lo mantenía clavado en su lugar, como un insecto en una colección. Cassian continuó, su voz bajando a un tono casi íntimo, lo que de alguna forma lo hacía más aterrador que si hubiera gritado.


—Hace tres siglos, los isleños de Aett llegaron a nuestras costas —dijo Cassian, y ahora había algo casi reverencial en su tono, como si recitara una escritura sagrada—. Sus drákar aparecían con la niebla del amanecer, trayendo muerte y devastación. Quemaban nuestros templos, violaban nuestras tierras sagradas, arrastraban a nuestros hijos como ganado hacia sus barcos. Sus dioses paganos, esas abominaciones que llaman... — Se detuvo; la sola expresión en su rostro era suficiente para dar a entender que pronunciar el título de aquellas deidades paganas sería inaudito. —, bebían la sangre de nuestros inocentes y se llevaban el fruto de su trabajo.


Se volvió ligeramente, señalando hacia las profundidades de donde habían venido, hacia donde Varen aún sufría bajo las manos de Sailas. Su voz se elevó, ganando fuerza con cada palabra, llenando la escalera con un fervor que rayaba en lo profético. Batiatus sintió que cada sílaba se clavaba en su pecho como clavos, martillando una verdad que no podía refutar ni escapar.


—Tres generaciones de guerra santa fueron necesarias para expulsarlos del interior del imperio hasta la frontera. Del corazón de nuestro hogar, acólito. Tres generaciones de madres que enterraron a sus hijos, de ciudades reducidas a ceniza, de templos reconstruidos sobre sangre y lágrimas. ¿Sabes cuántos murieron? ¿Cuántos fueron necesarios para comprar la paz que ahora disfrutamos? Millones. Millones de almas entregadas al Hacedor para que estas tierras fueran puras de nuevo. Puras de herejes, de no humanos, de no creyentes, de barbaros.


Dio un paso más cerca. Batiatus podía sentir el calor de su aliento, oler el incienso que impregnaba su sotana. La voz de Cassian descendió nuevamente, convirtiéndose en un susurro cargado de veneno e historia. Era el susurro de alguien que había dedicado décadas a memorizar cada atrocidad, cada nombre, cada ciudad quemada. Un susurro que contenía el peso de tres siglos de odio justificado.


—Y ahora me preguntas por qué tanto daño a un simple comerciante —continuó Cassian con una sonrisa sin humor que no alcanzaba sus ojos—. Varen no cometió un error, Batiatus. Varen abrió una puerta que costó ríos de sangre cerrar. Un solo isleño. Uno solo. ¿Te parece poco? ¿Crees que ese bastardo hermano de un traidor vino solo por curiosidad? ¿Por comercio honesto?


Negó con la cabeza lentamente, como si estuviera instruyendo a un niño particularmente obtuso. Batiatus quería argumentar, quería defender la idea de que tal vez, solo tal vez, no todos los isleños eran monstruos. Pero las palabras morían en su garganta antes de formarse. Había algo en la certeza absoluta de Cassian que convertía cualquier duda en herejía, cualquier compasión en traición.


—Un isleño es suficiente para recordarles que estas tierras alguna vez fueron vulnerables —dijo Cassian, su voz ahora cargada de un odio frío y apasionado—. Para que traigan a otros. Para que las flotas vuelvan a reunirse en sus costas malditas. Y entonces, todo lo que el emperador Anderfel restauró con sangre y hierro en medio de la peste, en todo lo que sobrevivió a la plaga y a la guerra, se desmoronará como arena ante la marea.


Se apartó finalmente, dándole espacio a Batiatus para respirar. El acólito inhaló profundamente, su pecho ardiendo como si hubiera estado conteniendo el aliento durante minutos enteros. Cassian reanudó el ascenso, sus pasos resonando con un ritmo implacable. Batiatus lo siguió automáticamente, sus piernas moviéndose por pura inercia mientras su mente procesaba todo lo que acababa de escuchar.


Subieron en silencio durante varios minutos más. El aire se tornó más respirable, el olor a incienso más fuerte. Las antorchas aparecían con mayor frecuencia, creando charcos de luz dorada en la oscuridad de la escalera. Fue Batiatus quien finalmente rompió el silencio, su voz aún temblorosa pero ahora teñida con algo más: curiosidad mezclada con un miedo de diferente naturaleza. No miedo a Cassian, sino miedo a la respuesta que podría recibir.


—Pero mi señor... —dijo con cautela, eligiendo cada palabra en un intento de no despertar el odio del hombre—. Si Varen no habla... si el Hacedor lo juzga al amanecer sin que revele dónde está el isleño... ¿cómo lo encontraremos? El imperio es vasto, las fronteras extensas. Un solo hombre podría perderse durante años en las tierras salvajes antes de llegar a la frontera


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Cassian no se detuvo esta vez, pero Batiatus pudo escuchar algo en su voz que casi sonaba a satisfacción. Era la voz de alguien que había anticipado exactamente esa pregunta, que había preparado la respuesta con días de antelación. Una respuesta que no admitía objeciones ni alternativas, que cerraba todas las puertas excepto una: la obediencia.


—Entonces lo cazaremos, acólito —respondió Cassian con simplicidad—. Movilizaremos cada recurso de la Inquisición. Revisaremos cada puerto, cada aldea costera, cada camino que lleve al interior. Y si el pueblo no nos ayuda por lealtad al Hacedor, nos ayudará por miedo. Miedo a que las costas ardan de nuevo. Miedo a que sus hijos sean arrastrados al mar. Miedo a la guerra que traerán los isleños si no actuamos.


Hizo una pausa, y cuando continuó, su voz tenía un matiz diferente: no de amenaza, sino de profecía inevitable. Era el tono de alguien que no solo predecía el futuro, sino que lo construía con sus propias manos. Batiatus sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal, comprendiendo finalmente que no estaba en presencia de un simple inquisidor, sino de alguien que movía imperios con sus palabras.


—El miedo, Batiatus, es la herramienta más efectiva del Hacedor —dijo Cassian mientras emergían finalmente en un pasillo superior, donde la luz de las antorchas era constante y el aire olía a piedra seca en lugar de sal—. La fe mueve corazones, pero el miedo mueve multitudes. Y nosotros necesitamos multitudes: ojos en cada esquina, oídos en cada taberna, lenguas dispuestas a delatar al extranjero de acento extraño.


Se detuvo en el pasillo, volviéndose hacia Batiatus con una expresión que el joven no pudo descifrar completamente. Había satisfacción allí, sí, pero también algo más oscuro: anticipación. Lo que originó que Batiatus se obligara a mantener la mirada, consciente de que apartar los ojos ahora sería una admisión de debilidad que no podría permitirse.


—Escribe una orden, acólito —dijo Cassian mientras caminaba hacia una antesala lateral donde ardían velas sobre un escritorio de madera oscura—. Dirigida al Inquisidor Kael Vorrhen del Séquito de la Ceniza Sagrada. Que prepare a sus hombres y se dirijan a Aethelgard. Quiero cada puerto vigilado, cada posada inspeccionada, cada rumor investigado hasta la última sílaba. Del corazón del imperio.


Batiatus se acercó al escritorio con piernas que apenas lo sostenían, tomando pergamino fresco y una pluma que, al menos esta vez, escribiría con tinta real. Sus manos temblaban mientras mojaba la punta en el tintero, pero forzó sus dedos a estabilizarse. Cassian continuó dictando, paseándose por la habitación con las manos cruzadas a la espalda, cada palabra pronunciada con la precisión de un decreto imperial.


—El hereje isleño responde al nombre de Ragnar —continuó Cassian, su voz resonando en la antesala—. Habla nuestro idioma con acento del norte, probablemente aprendido de comerciantes o cautivos. Llegó a nuestra ciudad por medio de un noble traidor. El cómo consiguió acceso no lo sabemos, ni qué busca en nuestra ciudad, pero es seguro que no se mantendrá oculto por mucho tiempo.


Se detuvo frente a una ventana estrecha que daba al mar, sus manos aún cruzadas mientras observaban la oscuridad exterior. La luz de las velas proyectaba su sombra alargada sobre la pared opuesta, convirtiéndolo en una figura casi espectral. Batiatus escribía frenéticamente, tratando de capturar cada palabra exactamente como había sido pronunciada. El rascar de la pluma sobre el pergamino era el único sonido, además de la respiración controlada de Cassian.


—Quiero a ese isleño vivo si es posible —dijo Cassian sin volverse—. Su conocimiento puede ser valioso: dónde está su gente, qué planean, quién más ha cruzado nuestras fronteras sin que lo sepamos. — Por un momento se vio a sí mismo en el reflejo de la ventana. Se preguntó si lo que buscaba era a un pagano o al hermano de un traidor consagrado. O si acaso sabía la verdad de Ostelia; fueran cuales fueran las verdades que impulsaran al hombre, él se encargaría de acabarlas antes que el emperador lo supiera. — Pero si resiste, si intenta huir o luchar, entonces que Kael haga lo necesario. Muerto es preferible a perdido. Que lo traigan ante mí antes de que termine la luna nueva. No un día después.


Batiatus terminó de escribir la última línea y dejó la pluma con cuidado. Sus dedos estaban manchados de tinta, y notó distraídamente que le temblaban menos que antes. Algo había cambiado durante el ascenso, durante las palabras de Cassian. El terror puro había dado paso a algo más complejo: una mezcla de miedo, comprensión y, más perturbador aún, aceptación. Miró las palabras que acababa de escribir y no reconoció completamente su propia caligrafía. Ni al hombre que estaba de pie ante él.


Aun ante todo lo vivido, no pudo evitar pensar en el isleño. En quién era, en qué lo motivaba a estar en una tierra que lo odiaba y lo rechazaría sin importar lo que hiciera. Y en cómo el primer inquisidor había puesto tanto esmero en quererlo vivo. Aunque las dudas surgieron, de poco servían en ese momento, en especial cuando el inquisidor hizo un gesto profundamente humano al asentir, momento en que tomó el pergamino que había terminado de escribir y lo leyó detenidamente antes de dejarlo en sus manos: — Quiero que entregues el mensaje antes del amanecer, ni un minuto después.


Con esas palabras, el inquisidor salió de la habitación, antes de desaparecer en un parpadeo al ser consumido por las sombras del pasillo, dejando a Batiatus solo, con el pergamino entre sus manos y siendo acompañado por la débil luz de las velas que se esforzaban en protegerlo de las sombras que lo rodeaban. Solo en ese pequeño espacio de silencio, el acólito fue capaz de respirar, antes de dejar salir el interior de su estómago en el suelo. Lleno de arrepentimiento, de dolor y angustia, cumpliría su deber, y poco después se marchó de la habitación. No sin antes volver a pensar en el isleño, en quien sería cazado antes del anochecer.



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