Agatha: Capítulo 5: La remanencia de los espacios.
- Ciaran. D'ruiz

- 10 abr
- 28 Min. de lectura
Siete días no es tiempo suficiente para acabar con una vida. Pero, sí, suficiente para obligarse a aprender a volver a tenerla. Solo que, en este caso, tuvo que aprender a arrastrarse primero. El disparo no lo mató, algo que agradecía al atribuirlo a su suerte, que comenzaba a acabarse con cada caso que aceptaba. Pero, lo que pudo considerarse una buena noticia en su momento empezó a ser reconsiderado los siguientes días con matices.
El roce había sido limpio en el sentido técnico de la palabra: entrada y salida en el muslo externo, sin tocar hueso ni arteria, sin fragmentación, sin los daños secundarios que convertían una herida menor en un problema mayor. Lo cual facilitó el poder levantarse y gatear los días posteriores, hasta tener la suerte para caminar, entre tambaleos e insultos al dolor. En tiempo de guerra, un medio de combate entrenado podría haber resuelto la situación en veinte minutos. Para después recetarle antiinflamatorios y le habría dicho que tuviera más cuidado.
Escupió al suelo su última comida, antes de ocultarse detrás de unos contenedores de eridio, en espera de que pasara la patrulla de Seg-C, antes de respirar con malestar y cambiar la venda que cubría el muslo. Ir a un médico estaba descartado; era un extranjero en una colonia corporativa; el solo otorgar un solo dato sería suficiente para que fuera encontrado; con suerte, pasaría los siguientes cinco años en alguna prisión errante antes de ser encontrado. Sin contar que, con su suerte, apostaría la facilidad de encontrarse con alguien afectado por sus anteriores trabajos, por lo que prefirió apretar los dientes antes de limpiarse de forma rudimentaria. Empleando un frasco de desinfectante industrial que llevaba meses en su gabán; habría olvidado el motivo principal de por qué estaría, pero con la cantidad de cosas que solía guardar entre los bolsillos antes de olvidarlas, agradeció sin detenerse a examinar qué más podría tener.
Se ató el muslo con una tira de tela que arrancó del forro del mismo gabán, y siguió caminando porque quedarse quieto en ese callejón con un padre enlutado inconsciente en el suelo y sirenas acercándose desde dos direcciones distintas no era una opción que mereciera consideración. Caminó durante tres horas antes de permitirse parar. No por resistencia particular ni por ninguna variante de heroísmo. Sino porque el fondo era suficientemente denso y ruidoso como para que una persona más moviéndose entre los bloques industriales al cierre del turno nocturno no representara ninguna anomalía para los drones de vigilancia. Estos estaban calibrados para detectar patrones de comportamiento sospechoso y no sabían leer el dolor en la forma en que alguien distribuye el peso entre una pierna y la otra. Lo que sí sabían leer era a alguien que se detenía demasiado, que miraba demasiado, que daba la impresión de estar perdido.
El primer sitio donde durmió fue el hueco de ventilación trasero de un bloque de procesamiento de eridio refinado en el anillo exterior, un espacio de metro y medio de altura. con el suelo de metal corrugado que conservaba el calor residual de los conductos durante unas horas antes de enfriarse por completo. Olía a mineral quemado y a algo orgánico que decidió no investigar, y el ruido constante de los ventiladores industriales era del tipo que no dejaba dormir pero sí impedía pensar con claridad, lo cual en ese momento era casi lo mismo.
Al segundo día la pierna estaba peor. No en el sentido dramático de los relatos de guerra donde la infección avanzaba visible y rápida, sino en el sentido sordo y constante de algo que el cuerpo estaba procesando sin los recursos necesarios para hacerlo bien: un calor localizado bajo la venda, una rigidez en el músculo que no cedía con el movimiento y que al tercer paso de cada mañana producía un dolor específico que había aprendido a anticipar y que de todas formas lo tomaba por sorpresa.
El sistema retinal interno lo detectó esa mañana y desplegó una advertencia en el campo visual que describía la situación en términos clínicos y recomendaba atención médica inmediata, como si la recomendación fuera a cambiar algo. La cerró. El sistema la volvió a abrir. La cerró de nuevo con más firmeza, que en términos de interfaz neuronal significaba sostener el gesto mental el tiempo suficiente para que el protocolo lo registrara como decisión deliberada y no como error, y el sistema protestó una última vez antes de archivar la advertencia en una carpeta que Blake había denominado mentalmente como “cosas que ya sé y no puedo resolver ahora mismo” y que llevaba años acumulando entradas. De las cuales, cada tanto se sentaba a leer cuando no tenía nada que hacer.
El Fondo tenía una economía paralela que no figuraba en ningún registro corporativo y que funcionaba con la precisión silenciosa de los sistemas que nadie diseñó pero que llevan suficiente tiempo operando como para haberse vuelto eficientes. No era un mercado negro en el sentido organizado de la palabra, sino algo más parecido a una red de conveniencias mutuas sostenida por la comprensión tácita de que todos en ese sector vivían en algún grado fuera del marco legal que Helix consideraba aceptable, y que señalar al vecino era señalarse a uno mismo. Blake encontró esa red de la misma forma en que siempre se encontraban ese tipo de cosas: siguiendo el rastro de lo que la gente necesitaba y observando quién lo proveía sin hacer preguntas.
Un puesto de piezas de repuesto en el nivel dos del anillo exterior, operado por una mujer de unos cincuenta años con el brazo derecho completamente reemplazado por una prótesis industrial que claramente no había sido instalada por ningún técnico certificado, resultó ser el tipo de lugar donde se podía comprar vendaje estéril, antibiótico genérico de tercera generación y algo de comida envasada sin que nadie anotara nada en ningún sistema. Blake dejó el dinero sobre el mostrador sin contar, la mujer lo miró sin mirarlo, y el asunto quedó resuelto con la economía de palabras que caracterizaba las transacciones entre personas que entienden exactamente lo que está ocurriendo y prefieren que no quede constancia de haberlo entendido.
Durmió tres noches en el depósito trasero de ese puesto, sobre un colchón de espuma que había visto tiempos mejores y que en ese momento le pareció el objeto más hospitalario que había encontrado en la colonia. La mujer no le preguntó nada. Él no le explicó nada. Al cuarto día ella abrió la puerta del depósito a las seis de la mañana, le dejó un recipiente de comida caliente en el suelo sin cruzar el umbral, y cerró la puerta. Blake lo comió en silencio y se marchó antes de que el turno de mañana comenzara a llenar las calles, porque quedarse más tiempo del necesario en un lugar que te había hecho un favor era exactamente la forma de convertir ese favor en un problema para quien te lo había hecho.
Las otras noches las resolvió peor. Una en el corredor de servicio de un bloque residencial del Medio, apoyado contra la pared con el gabán doblado bajo la cabeza, despertando cada cuarenta minutos cuando algún residente usaba el corredor para sacar residuos o simplemente para tomar el camino más corto entre dos puntos. Nadie lo interrogó, aunque dos personas lo miraron con la expresión específica de quien ha decidido que lo que está viendo no es asunto suyo y va a sostener esa decisión con la energía necesaria.
Otra noche en la sala de espera de una clínica de modificaciones sin certificar, uno de los establecimientos que proliferaban en los sectores donde el sistema de salud corporativo cubría los accidentes laborales dentro del turno y nada más: cualquier cosa que ocurriera fuera del horario registrado, cualquier procedimiento que no estuviera en la lista aprobada por Helix, cualquier trabajador que necesitara una mejora que la compañía no consideraba productiva para sus propósitos, terminaba en lugares como ese, iluminados con luz amarilla enfermiza y largas horas de espera hasta ser atendidos normalmente, por equipos lo suficientemente funcionales para no matar a nadie la mayoría de las veces. En la sala de espera nadie miraba a nadie, que era exactamente el tipo de lugar donde Blake podía sentarse tres horas con la pierna extendida sin que nadie considerara necesario hacer ninguna clase de comentario al respecto.
Al quinto día cambió la venda por segunda vez, con el material comprado en el puesto de repuestos, y el aspecto de la herida había mejorado lo suficiente como para que el calor bajara y la rigidez cediera hasta un nivel que permitía caminar sin el paso alterado que los sistemas de vigilancia podían identificar como anomalía. El antibiótico genérico no era lo que habría elegido si hubiera tenido opción, pero estaba haciendo su trabajo con la lentitud propia de los medicamentos de segunda línea que en los sectores de frontera circulaban en versiones que habían perdido entre un diez y un veinte por ciento de concentración activa respecto al original, según quién los fabricara y cuántas veces hubieran sido replicados antes de llegar al distribuidor local.
Le causaba gracia emplearlo cada que lo sostenía entre los dedos. Siendo el tipo de información que se acumulaba con los años sin que nadie te la enseñara deliberadamente, simplemente aparecía en conversaciones, en informes de casos, en las observaciones de médicos que trabajaban en sectores donde los medicamentos correctos no llegaban o llegaban tarde o llegaban con la documentación que certificaba que eran los correctos sin que nadie pudiera verificarlo realmente.
El sexto día lo pasó moviéndose, estudiando el trayecto hacia la dirección del papel sin aproximarse todavía. Los primeros años de trabajo le habían enseñado que llegar a un lugar directamente era casi siempre peor que llegar sabiendo cómo era el lugar, y la diferencia entre ambas opciones solía medirse en tiempo, que era el recurso que menos se podía permitir desperdiciar y que más frecuentemente se desperdiciaba precisamente por intentar ahorrarlo.
Identificó dos rutas posibles, descartó una por la densidad de cámaras en el cruce del anillo exterior con la vía de distribución industrial, y pasó la noche en el hueco entre dos contenedores de residuos en el límite del sector, lo suficientemente cerca como para que al amanecer del séptimo día solo quedara caminar. Entre pantallas de publicidad que anunciaban vestidos muertos en el enfrentamiento del Sello, y varios desaparecidos. Protestas por un lado, y por el otro, anuncio sobre el aumento en el precio de algunas cosas junto con las acciones de la colonia. Antes de escuchar la voz de Cassandra anunciando una felicitación por el trabajo, para después compartir la notificación de que su hija pronto daría una presentación en son de celebración.
Miraba la imagen con indiferencia y amargura. Antes de recordar que le quedaban solo dos semanas antes de que Rho volviera a la colonia. Sin contar el tiempo de viaje, ni el tiempo que le ha tomado ocultarse, moverse e incluso llegar a amenazar un par de veces para evitar las sospechas; comenzaba a dudar de si tendría el tiempo suficiente para resolverlo, o al menos, para salir del lugar. Esas dudas lo acompañaron hasta el día que pudo llegar al barrio de la dirección.
Llegó al barrio, el cual, en sus interacciones con los habitantes, solían llamarlo la Franja Muerta, a raíz de su abandono. Aunque para los corporativos, solo tenía una designación, siendo el Sector H-9. Tuvo que detenerse un segundo para descansar, al momento en que pudo percibir la luz del amanecer en la colonia. Siendo una luz gris y sin carácter que el planeta producía como si hubiera decidido que la claridad era un gasto prescindible, apenas comenzaba a filtrarse por la capa uniforme de nubes industriales que cubría el cielo del Anillo Exterior.
Lo primero que notó fue el silencio, que no era el silencio del fondo a las tres de la mañana, cuando la maquinaria dormía y los trabajadores también y quedaba solo el zumbido de los sistemas automatizados, sino un silencio de otro tipo: el que producen los lugares que llevan suficiente tiempo sin personas como para que incluso los sonidos secundarios, los que nadie escucha conscientemente pero cuya ausencia se siente, hayan desaparecido. Era, completamente, una zona abandonada. Teniendo que girar la cabeza cada tanto, en busca de cualquier presencia salvo la suya, pero no había nada ahí, ni siquiera, la inseguridad que podría provocar un lugar así.
Las calles del barrio eran anchas para lo que había en ellas, que era nada. En los sectores habitados, esa anchura habría sido ocupada por puestos, por tráfico de vehículos de carga, por el flujo constante de cuerpos que en cualquier colonia de frontera llenaban el espacio disponible con la eficiencia desordenada de quien no tiene más opción que estar presente. Aquí la anchura solo evidenciaba la ausencia, como un recipiente demasiado grande para lo que contenía. Los edificios residenciales a ambos lados de la calle eran de construcción estándar, el mismo modelo modular que las compañías replicaban en cada colonia con variaciones mínimas. Fácil de hacer por bajo costo y de deshacer por lo mismo.
Blake avanzó sin desviar la mirada, midiendo distancias, entradas, alturas. No había nada que interrumpiera la línea de visión. Solo podía categorizarlo, como un sector más que desaparecía bajo capas de presencia humana, aquí se mostraba en su versión original y sin adulterar, y lo que mostraba era que nadie había pensado en quienes vivirían allí como personas que pudieran querer algo más que cuatro paredes y un techo.
Las fachadas tenían marcas de agua en las junturas entre paneles, acumuladas durante suficientes temporadas de lluvia ácida como para haber formado líneas oscuras que recorrían verticalmente cada edificio. Algunos paneles habían cedido en las esquinas, levantándose en ángulos irregulares. Blake alzó la vista un instante hacia una ventana abierta en un tercer piso, evaluando posibles puntos de acceso. Luego siguió caminando. Lo que más lo detuvo, aunque solo fue un segundo, fue la ausencia de grafitis. En cualquier otro sector de la colonia, incluso en los más vigilados, las paredes tenían algo: una fecha, un nombre, un símbolo, una frase. Aquí no había nada. Ni siquiera algún oportunista en busca de cobre para vender, ni alguna banda que deseara asentarse en el lugar: —“Ni siquiera eso”— pensó al pasar una calle.
Recorrió dos manzanas por lo que alguna vez había sido la Avenida de Carga antes de entender que no encontraría a nadie. No había basura reciente, ni olor a comida, ni marcas en el suelo que sugirieran tránsito. Se detuvo junto a una de las aceras, observando las estructuras secas de lo que habían sido plantas. Una rama se movió con el viento sin romperse. Suficiente para mirarla un segundo más de lo necesario. Luego siguió avanzando sin tocarla. La dirección del papel coincidía con una casa en el extremo de la tercera manzana, registrada alguna vez como Unidad 17-B, distinta de los bloques modulares que la rodeaban. Era más baja, de dos plantas, con una fachada modificada con materiales ajenos al estándar. Blake se detuvo a unos metros, sin acercarse del todo, observando las uniones, las grietas, las zonas donde el material añadido se había desprendido. Había intención en esa modificación. Eso bastaba. Dio un paso más cerca.
Se detuvo frente a la casa el tiempo suficiente para leerla desde fuera, confirmando la ausencia de actividad visible. Sus ojos se detuvieron en una ventana del segundo piso, donde el panel estaba ligeramente desalineado. No era deterioro, sino uso. Mantuvo la vista en ese lugar, considerando las posibilidades de entrar, pero al recordar su pierna, guardó esa idea junto con otras tantas que, evidentemente, no llegaría a realizar, antes de suspirar.
No había nadie. Eso sí lo sabía y aseguraba, era lo único a su alrededor, incluso se atrevería a decir que la propia colonia, era una eterna ausencia de sentido. Pero, no evitó preguntarse qué podría haber ocurrido antes de su llegada, antes de Clara, antes de que el sector se convirtiera en polvo y ausencia. Desenfundo la daga al acercarse a la puerta, colocándola sobre la empuñadura de la misma, sin llegar a tocarla: —“Treinta segundos”— pensó en espera de sentir si había alguien en su interior, pero al agotarse el tiempo, terminó por dejarlo pasar, antes de cruzar la calle sin apartar la mirada del lugar.
Cruzó sin apresurarse, porque apresurarse en un barrio vacío era tan visible como detenerse demasiado, y llegó a la puerta con la daga ya en la mano. La cerradura era mecánica, del tipo que Helix instalaba en sectores de baja prioridad. Blake apoyó el oído contra la puerta antes de hacer nada. No escuchó nada. Entonces trabajó el filo en la junta con movimientos cortos y precisos. El chasquido seco que siguió sonó más fuerte de lo que debía. Blake se quedó inmóvil un segundo. Nadie respondió. Empujó la puerta despacio. El aire del interior era distinto, más denso, cargado de tiempo detenido. No avanzó de inmediato, se mantuvo en el umbral, respirando una vez, luego dos, hasta arrugar la nariz: —He estado en lugares así —susurró para alguien que no estaba ahí. Su visión en la oscuridad no funcionaba, incluso si intentaba activar el implante, la visión normal cambiaba a una fracturada, que solo le generaba dolor de cabeza. Teniendo que evitar emplearla en lo posible.
Aun así, mantuvo la daga en lo alto al recorrer la primera habitación. La planta baja era una sola estancia, con cocina al fondo y una escalera metálica a la derecha. El mobiliario era escaso y no corporativo: mesa, dos sillas distintas, un estante, un colchón apoyado contra la pared. Recorrió el espacio sin tocar nada, moviéndose por los bordes, evitando el centro. Se detuvo frente al estante. Inclinó apenas la cabeza. Observó. Los libros eran de distintos formatos, algunos impresos, otros encuadernados a mano. La curiosidad le ganó al verlo, terminando por pasar un dedo por el lomo de uno sin sacarlo del todo. Luego lo devolvió a su sitio exacto. Miró los cuadernillos donde una taza descansaba junto a unos restos secos, una vela consumida, y un papel doblado. Blake lo tomó, lo abrió con cuidado. Sus ojos se detuvieron un segundo más de lo normal. —Un dibujo — no pudo evitar dar una media sonrisa, ante la ilustración ante él, la cual era sobre una playa. Lo dobló de nuevo y lo dejó exactamente donde estaba antes de ir hacia la escalera.
Subió la escalera sin hacer ruido, apoyando cada paso con cuidado en los bordes menos desgastados de los peldaños, como si el uso anterior hubiera dejado un mapa inverso de dónde no convenía pisar. El segundo piso se abría en un pasillo estrecho que distribuía dos habitaciones enfrentadas, ambas con las puertas entreabiertas, lo suficiente para dejar ver que no había iluminación activa en ninguna. Se detuvo un segundo antes de avanzar, no por duda sino por hábito, dejando que el silencio le devolviera algo más que la ausencia de sonido, pero no obtuvo nada distinto a lo que ya había abajo. Empujó la primera puerta con el dorso de la mano, lo justo para ampliar el ángulo sin hacerla chocar contra la pared. Luego entró, manteniendo la mirada baja primero y levantándola después, como si el orden alterara menos lo que pudiera encontrar.
La habitación era más pequeña de lo que sugería desde fuera, ocupada casi en su totalidad por una silla, un atril plegable y una caja abierta en el suelo que contenía partituras dobladas y un arco envuelto en tela oscura. No había instrumento a la vista, pero la disposición del espacio hacía innecesario buscarlo, como si todo allí estuviera organizado en función de algo que ya no estaba. Blake se agachó junto a la caja sin tocar nada, inclinando apenas la cabeza para leer los bordes de las hojas sin desplegarlas, fijándose más en el desgaste que en el contenido. El polvo no era uniforme, había zonas más limpias que otras, marcas leves de manipulación reciente que no terminaban de construir una rutina clara. Se incorporó sin prisa, dejó que la mirada recorriera una vez más la habitación y salió sin cerrar la puerta, como si no valiera la pena devolverle una forma que ya no cumplía ninguna función.
La segunda habitación estaba al otro lado del pasillo y se abría hacia la calle, con una ventana que dejaba entrar una corriente de aire constante que movía apenas una prenda colgada en el respaldo de una silla. El espacio estaba ocupado por una cama individual, una mesa estrecha y un módulo de almacenamiento medio vacío donde quedaban algunas prendas de ropa femenina dobladas sin orden preciso, como si hubieran sido revisadas más que guardadas. No había objetos personales visibles más allá de eso, ni dispositivos, ni restos de uso cotidiano que indicaran permanencia reciente. Blake avanzó primero hacia la ventana, guiado por el movimiento del aire más que por una decisión consciente, y apoyó la mano en el marco antes de ajustar el panel desde dentro. El encaje cedió con facilidad, pero no terminó de fijarse. Al menos, si no encontraba algo, podría tener un lugar donde dormir.
Considero la posibilidad, aun manteniendo la mano en el marco, como si esperara que el cierre terminara de asentarse por sí solo, y fue entonces cuando bajó la mirada hacia el suelo, siguiendo una línea que no había visto al entrar. La mancha estaba junto a la cama, extendida en una forma irregular que no respetaba bordes claros, más oscura en el centro y abierta en los extremos como si hubiera perdido densidad al desplazarse. No retrocedió, pero el cuerpo se le tensó lo suficiente como para detener cualquier movimiento automático, obligándolo a mirar con atención en lugar de reaccionar. El olor, tenue pero presente, terminó de fijar lo que ya era evidente sin necesidad de nombrarlo, y aun así evitó hacerlo, manteniendo la observación en lo visible. Dio un paso lateral, buscando otro ángulo, y dejó que la distancia cambiara la forma antes de decidir si había algo que entender allí.
— Mierda — Hubo algo de tranquilidad al decirlo, pero no suficiente. No deseaba sacar conclusiones, aunque no pudo evitarlo. Terminó por apartarse un tanto, extendiendo la daga ante sí, a la par que se inclinaba sobre la mancha. Empleando la daga para trazar en el aire, el recorrido que la mancha sugería, marcando alturas y direcciones como si el espacio pudiera devolverle una secuencia si se lo pedía en el idioma correcto. No había signos de arrastre claros, ni interrupciones que indicaran intentos de contención o limpieza, y la proximidad a la cama no terminaba de construir una escena completa por sí sola. Movió la punta unos centímetros más, probando otra trayectoria, y la detuvo cuando dejó de encajar con lo que veía en el suelo, bajando el brazo sin apartar la mirada. —“Rápido… o sin margen”— pensó, sin convencerse del todo, dejando la idea suspendida más como una posibilidad que como una conclusión.
Alzó la vista hacia las paredes y luego hacia la ventana, buscando algo que confirmara o desmintiera lo que acababa de trazar, pero no encontró nada que cerrara la secuencia. — Pudo ser un disparo. Consideró la opción antes de enderezarse despacio y retrocedió medio paso, ampliando el campo de visión para incluir la cama, la mesa y el espacio libre entre ambos, como si la respuesta dependiera de ver todo a la vez en lugar de por partes. No había marcas en las paredes a la altura que había seguido con la daga, ni señales evidentes de impacto que sostuvieran una explicación directa, y eso dejaba la escena abierta en más de un sentido. La corriente de aire volvió a colarse por el marco mal encajado, moviendo apenas la tela de la silla y devolviendo al cuarto una sensación de continuidad que no correspondía con lo que había en el suelo. Blake mantuvo la mirada un segundo más, lo suficiente para aceptar que no iba a obtener nada adicional sin alterar el lugar, y dejó que la duda se quedara donde estaba. — ¿Y ahora qué? — se preguntó antes de terminar dándose un golpecito en el cuello con la daga, que rápidamente lo asustó por el tacto, olvidando por un segundo, que seguía teniendo un arma en su mano.
Fue entonces cuando un sonido desde la planta baja, seco y breve, le hizo girar la cabeza antes de que el pensamiento terminara de formarse. Los pasos comenzaron a subir sin prisa, firmes pero desiguales, como de alguien que conocía la casa lo suficiente como para no dudar del siguiente peldaño. Blake se desplazó un paso hacia el lateral de la puerta, elevando la daga a la altura del pecho, en ángulo, dejando libre la línea hacia la entrada. Ajustó el peso y esperó: —¿Hay alguien ahí? —preguntó una voz, sin apuro. Pero Blake no respondió, solo esperó. Primero apareció el bastón: varias piezas de metal unidas sin precisión, sosteniéndose más por costumbre que por estructura. Luego la mano después, antes que el cuerpo. Siendo un hombre mayor, de piel oscura, cuerpo estrecho y ojos cansados, que hacían juego con su cabello cenizo. Se detuvo en el umbral sin llegar a sobresaltarse, solo soltó un quejido leve al apoyar el peso.
—Pensé que había vuelto —dijo, mirando dentro—. La muchacha. — Sus ojos pasaron por Blake sin urgencia, como si ajustaran una idea que no terminaba de encajar. —Pero no. —añadió antes de quedarse viendo la daga el tiempo suficiente para que Blake la bajara un poco. — Te harás daño si la sostienes así.
Blake no la bajó. Ni siquiera pensó en hacerlo, manteniéndose en la misma postura. Buscando cada detalle en el hombre. Las arrugas en su piel no ocultaban los callos de sus dedos, revelando que era un trabajador. Por la postura casi encorvada, sabía que el dolor de llevar peso en la espalda le había comenzado a pasar factura; aunque le sorprendió no notar alguna mejora cibernética o aumento. Era en sí solo un anciano.
—¿Quién eres?
—Urik, vivo al frente. — Respondió antes de señalar la ventana con el bastón — desde antes que la chica llegara.
Blake avanzó un paso. El hombre no se movió.
—¿Y entras aquí?
—A veces, cada tanto entra algún animal por el frío Le prometí que le cuidaría la casa si llegaba a faltar.
— ¿La conocías?
— ¿A Clara? No, pero me solía ayudar cada tanto cuando llego. Chica alegre, demasiado para querer vivir en un sector así —Ambos terminaron en silencio unos segundos. No podía estar seguro si era porque el hombre lo estaba analizando o porque consideraba que no tenía nada más que decir. Por lo que, sin más, Blake cedió, guardando la daga en la bota, ante la mirada de Urik, quien pareció respirar al hacerlo.
—¿Cuánto llevas mirándome?
—Desde que cruzaste la calle. Haces mucho ruido. — No reacciono, ni espero las palabras de Blake, antes de señalar su herida. —Caminas mal —añadió el hombre. — ¿Duele?
— Lo suficiente. — No estuvo seguro si respondió por cortesía o simplemente por curiosidad.
— ¿Por qué?
— Puedo revisarla si lo necesitas.
— No te pregunté eso. Ni te lo pedí.
— Lo sé, pero es lo que hay.
El silencio volvió a instalarse entre ambos. El tiempo suficiente para que Urik cambiara el peso de su cuerpo, de una pierna a otra, antes de darse media vuelta y comenzar a caminar hacia abajo: — ¿Solo me darás la espalda así sin más? —preguntó Blake, ante la actitud del anciano, quien solo respondió una vez que estuvo cerca de las escaleras para bajar; en ese momento lo miró de reojo antes de hablar: — Si quisieras matarme, ya lo habrías hecho, igual si intentaras robarme. Si ninguna de las dos cosas va a pasar, bajaré por mi café; Hay si quieres, también, igual que agua caliente si necesitas. — No espero la respuesta de Blake, cuando empezó a bajar la escalera. Y sin más, el detective esperó, miró el cuarto, luego la dirección donde el hombre se dirigió y, salvo otra alternativa, lo siguió.
Blake bajó la escalera detrás de Urik sin decir nada, porque no había nada que decir que no estuviera ya dicho, y porque el hombre caminaba con la concentración silenciosa de quien administra el dolor de cada peldaño sin hacer un asunto de ello. Cruzaron la planta baja en silencio, salieron por la puerta principal, y el aire del barrio los recibió con la misma indiferencia de siempre, ese viento que recorría los conductos entre edificios sin ninguna urgencia particular, como si el lugar llevara tanto tiempo sin testigos que hubiera dejado de comportarse para alguien. Blake cerró la puerta de Clara detrás de él. No tenía llave, pero el gesto le pareció necesario de todas formas.
La calle entre los dos edificios era lo suficientemente corta como para cruzarla en diez pasos, y lo suficientemente ancha como para que esos diez pasos fueran visibles desde cualquier ángulo, lo cual era información útil: desde la ventana del segundo piso de la casa de Clara podía verse perfectamente la entrada del edificio de Urik, y desde la ventana del edificio de Urik podía verse perfectamente la fachada de la casa de Clara. Que el anciano hubiera visto a Blake cruzar la calle antes de entrar no era casualidad ni suerte, era simplemente costumbre de alguien que llevaba años con ese par de ventanas como único panorama disponible.
El edificio de Urik era el mismo modelo modular estándar de Helix que el resto del barrio, con la diferencia de que alguien había hecho el esfuerzo sostenido de mantenerlo en condiciones durante mucho más tiempo del que el diseño original. La fachada tenía remiendos en las juntas entre paneles, aplicados con material distinto al original. La puerta abría sin problema, con el tipo de bisagra bien engrasada que no se conseguía sola, sino con atención periódica. El interior olía a comida reciente y a algo vegetal que Blake tardó un momento en ubicar antes de darse cuenta de que provenía de una hilera de recipientes de cultivo apoyados en el alféizar de la ventana principal. Allí crecían plantas de hoja verde oscuro bajo una lámpara de espectro artificial que zumbaba con una frecuencia apenas audible.
Se detuvo en el umbral sin que Urik se lo pidiera, observando nuevamente la estancia. La cual era una sola habitación amplia donde vivir, trabajar y comer ocurrían en el mismo espacio sin separación visible entre una función y otra. Contra la pared izquierda había una estantería de metal con frascos ordenados por tamaño y etiquetados a mano: semillas, conservas, compuestos que Blake no identificó a primera vista, pero que por el tipo de recipiente y la forma en que estaban sellados parecían de origen médico. Encima de la estantería, fijadas directamente a la pared con el tipo de adhesivo industrial que no estaba pensado para colgar fotografías, pero que funcionaba, había tres imágenes impresas en papel.
La primera mostraba un grupo de hombres y mujeres frente a la entrada de lo que parecía un centro médico prefabricado. El logo de Helix estaba visible en el lateral derecho del edificio. La segunda era más pequeña y más antigua, con los bordes amarillos del papel que no había sido tratado para durar, y mostraba a un hombre joven de pie frente a una boca de mina, con el casco de trabajo en la mano y una sonrisa que no había aprendido todavía a guardarse. La tercera no era una fotografía, sino un dibujo hecho a mano, de líneas sencillas pero precisas, que representaba el barrio visto desde arriba, con cada edificio indicado y algunos nombres escritos junto a ellos con letra pequeña y regular, el tipo de letra que se desarrolla en años de tomar notas clínicas.
Solo luego de revisar por encima, entro a paso lento, intentando evitar afectar el lugar de cualquier manera, y lastimarse de ser posible. Urik había dejado el bastón apoyado contra la mesa central y estaba inclinado sobre un cajón bajo de la estantería, sacando de él una caja de metal gris con el cierre oxidado que abrió sobre la mesa con el gesto de quien lo ha hecho suficientes veces como para no necesitar mirar lo que hace.
Era un medikit de los que se distribuían en los centros comunitarios de los sectores de frontera en la época en que se consideraba que tener centros comunitarios era más barato que gestionar brotes de enfermedades no tratadas, una caja estándar de la Liga Sanitaria de Borde, modelo LSB-7, descontinuado hacía más de quince años, pero todavía funcional si alguien lo había mantenido, y por el aspecto del interior, alguien lo había mantenido. — Siéntate — dijo Urik antes de señalar con un leve gesto, la silla más cercana a la mesa sin levantar la vista del contenido de la caja. Blake se sentó. Extendió la pierna afectada sin que se lo pidieran, porque era lo evidente y porque resistirse a lo evidente en ese momento era un gasto de energía que no tenía.
Urik se sentó frente a él en un taburete bajo, con la economía de movimientos de quien ha aprendido a dosificarse. Comenzó a retirar la venda con una precisión que no era brusca pero tampoco delicada. Era del tipo de precisión clínica que no toma en cuenta el dolor porque el dolor es información y la información hay que poder leerla sin interferencias. Blake no hizo ningún sonido. Miró el techo un momento, luego la hilera de plantas en el alféizar, luego la fotografía del hombre joven frente a la mina.
— ¿Eras minero? —preguntó más por tema de conversación, aburrido del silencio de los últimos días.
— Fui muchas cosas. —Respondió el hombre, sin levantar la vista de la herida. — Minero primero, durante ocho años. Luego, médico, cuando Helix necesitaba alguien que entendiera lo que le pasaba a los cuerpos que trabajan en las minas y no quería pagar para traerlo de fuera.
— ¿Te pagaron la formación?
— No, solo lo suficiente para que no me fuera. —Presionó levemente el borde de la herida con dos dedos, evaluando la profundidad, y Blake tensó la mandíbula, pero no dijo nada —. Que no es lo mismo, pero en ese momento no lo sabía.
Urik limpió la herida con una gasa empapada en solución antiséptica del frasco que había sacado de la caja, con movimientos circulares y sistemáticos que no eran considerados con el dolor sino con la limpieza. El líquido escocía con la honestidad específica de los antisépticos que no habían sido formulados para ser agradables sino para funcionar, y Blake apretó los dedos contra el borde de la silla el tiempo suficiente para que el pico pasara.
— Esto se infectó a medias — dijo Urik, con el tono de quien constata un hecho —. Antibiótico genérico, ¿del Fondo?
— Sí.
— De tercera generación, probablemente replicado dos veces. — No era una pregunta. — Hace lo que puede.
— Hizo suficiente.
— Por ahora. — Abrió otro frasco, más pequeño, de contenido más espeso, y comenzó a aplicarlo sobre la herida con una espátula de plástico — Esto cerrará mejor. No es lo que usaría si tuviera otra opción, pero funciona.
Blake miró el frasco sin poder leer la etiqueta desde ese ángulo, y decidió que no necesitaba leerla. Si Urik hubiera querido hacerle daño, la conversación en la casa de Clara habría terminado de otra forma, y el razonamiento, aunque simple, era suficientemente sólido para sostenerse. Además de que, luego de una semana huyendo, el cansancio ya era lo suficientemente incómodo para querer quedarse quieto un rato.
— ¿Cuánto tiempo lleva el barrio así? — preguntó.
Urik no respondió de inmediato. Siguió aplicando el compuesto con la misma precisión de antes. Blake habría pensado que no había escuchado la pregunta si no hubiera visto el leve cambio en la línea de sus hombros. Esa tensión mínima que producen los temas que uno no ha abandonado del todo aunque lleve años sin que nadie los mencione.
— Cuatro años — dijo al fin —. Desde el colapso de la veta sur.
—¿Un accidente?
— Un colapso. — Hizo una pausa breve —. Helix había abierto una nueva veta en el anillo siguiente, más profunda, más rentable, dijeron. Estaban extendiendo la infraestructura en esa dirección y el mantenimiento de la veta sur dejó de ser prioritario. — Cortó un trozo de venda nueva con unas tijeras de la caja y comenzó a enrollarla —. Cuando el túnel cedió, había treinta y dos personas adentro.
Blake no preguntó cuántas habían salido, porque la forma en que Urik lo había dicho hacía que la pregunta sobrara: — ¿Y el barrio?
La empresa declaró el sector en revisión estructural y reasignó a los residentes al anillo siguiente. — Ajustó el extremo de la venda con un clip de metal y se recostó levemente en el taburete, evaluando el resultado —. Proceso ordenado, documentado, con todas las formas correctas. Nadie gritó, nadie protestó. La gente recogió lo que pudo cargar y se fue adonde les dijeron que fueran.
— ¿Y tú?
Urik miró la fotografía del grupo;no por nada en especial, sino como si simplemente necesitara mirar hacia otro lado mientras ordenaba las palabras. — Tenía sesenta y tres años cuando cerraron el centro. — Hizo una mueca al hacerlo. —. En los sectores de frontera, sesenta y tres años significa que ya no eres fuerza de trabajo reasignable. Significa que el sistema te ha extraído lo que tenías para dar y lo que queda no le resulta útil a nadie. — Lo dijo sin amargura, con la cadencia de quien ha tenido suficiente tiempo para convertir una injusticia en un hecho. — Así que me quedé, porque no había adónde ir que tuviera sentido ir.
— ¿Y cómo vives?
— Ahorré durante treinta años. — Se puso de pie con el esfuerzo habitual, recogió los materiales usados y los depositó en un recipiente aparte. — Pensaba pagar un pasaje e irme a otra colonia, en tiempos donde aún era posible; ahora, solo sirve para pagarle a algún vecino del anillo siguiente pase y traiga lo que necesito. Algunos lo hacen. Los que recuerdan.
Fue a la cocina sin apresurarse y volvió con dos recipientes de comida caliente, que depositó sobre la mesa con el gesto de quien no hace un asunto de nada. Blake tomó el suyo sin comentario, llevando la primera cucharada sin expectativa, solo para casi terminarlo en la quinta por el hambre que sentía. Durante todo ese tiempo, comieron en silencio; siendo el alimento una proteína sintetizada con añadido vegetal, el mismo tipo que producían los biorreactores de algunas colonias que lograban el auto sostenimiento. No era el mejor sabor, pero era suficiente para tener fuerza y, sobre todo, estaba caliente, y caliente era exactamente lo que el cuerpo de Blake llevaba siete días sin recibir con consistencia.
Al estar cerca de terminar de comer, ambos se miraron unos segundos, antes de que el anciano terminara por levantarse y volver a la cocina, trayendo consigo, dos cafés aún humeantes. Del cual, no dudo en aceptar cuanto antes. Aun si sabía horrible o no, la necesidad le ganaba al criterio, solo en el tercer sorbo, Blake soltó la pregunta que debió de hacer en primer lugar: — ¿Cuál es la historia de Clara? — dijo Blake, cuando el recipiente estaba casi vacío.
Urik no levantó la vista, pero tampoco siguió comiendo. Dejó la cuchara apoyada en el borde del recipiente y se quedó mirando el contenido un momento, con la expresión de quien organiza algo antes de sacarlo.
— Un día apareció un carro en la calle —señaló con el cubierto. —. De esos que no son del Fondo ni del Medio, de los que solo ves en el tercer anillo o cerca de los accesos corporativos. Se detuvo frente al edificio de enfrente y salió una chica sola. Miró el edificio, miró la calle, me miró a mí que estaba en la ventana, y subió.
— ¿Sin preguntar nada?
— Sin preguntar nada. — Algo parecido a una sonrisa le cruzó el rostro, breve. — Dos días después golpeó mi puerta con una bolsa de comida y me dijo que había encontrado una gotera en el techo y que si sabía cómo arreglarla. No sabía nada de goteras, pero tenía las manos y las ganas de aprender, y eso en este barrio valía más que el conocimiento.
Blake dejó el recipiente sobre la mesa. Urik lo recogió sin que se lo pidieran y lo llevó a la cocina, y Blake aprovechó esos segundos para mirar de nuevo la fotografía del hombre joven frente a la mina, buscando en los rasgos más jóvenes al hombre del taburete, encontrándolos en la línea de la mandíbula y en algo en la postura que el tiempo había doblado, pero no borrado del todo.
— ¿Te ayudó con todo esto? — preguntó Blake cuando Urik volvió, señalando con un gesto la hilera de cultivos en el alféizar, los frascos ordenados en la estantería.
— Ella lo organizó. — Urik se sentó de nuevo, apoyando los codos sobre la mesa —. Yo sabía lo que necesitaba para sobrevivir aquí, pero no sabía cómo conseguirlo sin depender de que alguien se acordara de mí. Ella sabía cómo funcionaban los sistemas de distribución del sector, dónde había proveedores que no registraban ventas, cómo conectar los cultivos a la red hídrica secundaria sin que apareciera en los registros de consumo de Helix.
— ¿Y no te preguntaste cómo sabía todo eso?
— Me lo pregunté. — Lo dijo con una honestidad directa, sin defensiva— Y luego decidí que no era asunto mío. En este barrio, la gente que llega sola en un carro que no es del Fondo y elige quedarse de todas formas, tiene sus razones. Preguntar por ellas es pedirle algo que no te corresponde. Además, era una buena chica.
Blake asintió levemente. Era la misma filosofía que había encontrado en el puesto de repuestos del Fondo, en el corredor del bloque residencial, en cada lugar donde alguien le había extendido algo sin pedir explicaciones. Los sectores de frontera desarrollaban esa ética por necesidad, porque preguntar demasiado en un sistema donde todos vivían en algún grado fuera del marco legal era simplemente peligroso.
— ¿Cuándo dejó de venir?
Urik miró la ventana. Desde donde estaba sentado, la fachada del edificio de Clara era visible en el ángulo superior derecho del cristal, y Blake se preguntó cuántas veces al día ese hombre miraba hacia allá sin darse cuenta de que lo estaba haciendo. Dudaba de que tuviera malas intenciones, aunque por la expresión que sostenía, era evidente que se sentía solo, no aislado, pero sí falto de compañía.
— Hace algo más de un mes — dijo luego de agarrar la taza y darle un sorbo al café —. Aunque antes de eso hubo cosas.
— ¿Qué tipo de cosas?
— Haces muchas preguntas. No eres de aquí, ¿cierto?
— No lo soy. Pero intento aprender.
— Puede ser. No eres el único que ha terminado aquí preguntando por alguien.
— ¿Hubo otros, antes que yo?
—Sí. — Dejo la palabra suelta. — Un carro. Volvió a hacer una pausa, eligiendo el orden de lo que diría — . Corporativo, del mismo tipo que el que la trajo la primera vez, pero distinto. Más nuevo. De líneas rojas en los costados. Se detuvo frente a su edificio y dos personas bajaron, entraron, y estuvieron dentro un tiempo. No escuché la conversación, solo voces, y no pude saber si eran tres o dos los que hablaban.
— ¿Y después?
— Se fueron. Clara no salió ese día, ni el siguiente. — Apoyó una mano sobre la otra encima de la mesa —. Al tercer día escuché algo en medio de la noche. Un golpe, o varios, creo. No supe distinguir bien. Me asomé a la ventana y vi el carro otra vez, aparcado con el motor encendido, y dos figuras subiendo a él. — Blake no dijo nada al oírlo, solo volvió a tomar un trago y esperó.
— A veces creo que una de las figuras podría haber sido Clara. Se parecían bastante, aunque tendría el cabello más corto. Creí que podría ser su hermana o algún familiar por el parecido. La historia de jóvenes corporativos que escapan de sus hogares es bastante habitual. Aunque no lo sé — continuó Urik.
— Debió ser difícil ver algo a esas horas o reconocer algo.
— Nadie que venga a este lugar a esas horas, quiere ser visto. Me pareció raro, pero pasa. Lo que sí me dio curiosidad, era que llevaban guantes en verano, ¿lo puedes creer? No tiene sentido con el calor que hace en el fondo.
Blake pensó en eso, no es raro ver a alguien con guantes, aunque sí raro que fuera en la noche. Pero pensar en uniformes corporativos, desde el uso hasta los diversos tipos, le pareció simplemente un detalle como cualquier otro, sin necesidad de prestarle atención. Aunque para Urik, fuera importante, no se atrevió a decirlo: — ¿Y después? — preguntó, con el mismo tono de antes.
— Nada, esa noche. Pero unos días más tarde, una mañana, la vi salir con una bolsa pequeña. Caminando sola, sin el carro. Me miró desde la calle. — Urik bajó la vista hacia sus manos — . Y siguió caminando. No he vuelto a saber nada desde entonces.
El silencio que siguió no era incómodo, sino del tipo que se instala cuando dos personas han llegado al límite de lo que una de ellas puede dar y ambas lo saben. Blake miró la ventana, la fachada del edificio de enfrente, el panel desalineado del segundo piso que desde aquí era perfectamente visible y que desde allí daba a esta misma calle. Pensó en la mancha del suelo, en los guantes, en la bolsa pequeña de alguien que salía sin intención de volver pronto o sin intención de volver en absoluto, y en la diferencia entre las dos posibilidades, que de momento no podía resolver con lo que tenía.
— ¿La querías? — preguntó Blake, y no supo exactamente por qué lo preguntó, salvo que la respuesta le parecía importante de una forma que no tenía que ver directamente con el caso.
Urik tardó un momento en responder, mirando la hilera de cultivos en el alféizar con la expresión de quien mira algo que otra persona plantó y que él ha mantenido vivo desde entonces sin que nadie se lo pidiera. — Era la única persona que golpeaba esta puerta sin necesitar nada — dijo al fin —. Solo para ver si seguía aquí. — Hizo una pausa —. En este barrio, eso es bastante.





Comentarios