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Capítulo 6: Punto de no retorno.

  • Foto del escritor: Ciaran. D'ruiz
    Ciaran. D'ruiz
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  • 28 Min. de lectura

Los primeros días, no hizo nada. No por decisión, sino porque el cuerpo no le dio otra opción, algo que comenzaba a convertirse en desgaste y no por la edad. La distinción entre ambos apartados se volvía cada vez más difusa con cada caso. La pierna opinaba cada vez que intentaba cambiar de posición. El ojo era un problema distinto y más impredecible. Era un dolor que no llegaba de fuera, sino de adentro, del implante retinal. Protestaba por el golpe de la culata con la insistencia sorda de algo que no podía apagarse del todo. Cuando intentaba forzar la visión, el campo se fracturaba en capas ligeramente desfasadas, como si dos versiones del mismo espacio estuvieran compitiendo por ser la real, y la única forma de corregirlo era cerrar el ojo y esperar, que era exactamente el tipo de solución que no servía de nada cuando había algo que mirar.  


Así que no miró. Se quedó en el colchón que Urik había puesto junto a la estantería, con la pierna extendida y la mano sobre el pecho, escuchando el zumbido de la lámpara de espectro artificial y el sonido ocasional de Urik moviéndose por la habitación con la economía de quien ha aprendido a ocupar el espacio sin desperdiciarlo. Con el paso del tiempo, había algunas mejoras, pero no suficientes, aunque su anfitrión no comentó ni decía nada al respecto. Llegó a preguntarse si era porque el tenerlo ahí le daba algún tipo de sentido al anciano, o era simplemente por la compañía. 


Lo máximo que compartían por momentos, era en pequeños gestos. Desde el café que solía dejarle cerca, sin ofrecerlo directamente, junto a los medicamentos, o la comida. De forma que, hasta no poder volver a valerse por sí mismo, Blake aceptaba el gesto y, a cambio, ayudaba en lo que podía; al menos, lo intentaba antes de que las heridas le protestaran por el esfuerzo. Era en esos momentos, que no le quedaba otra que sentarse a esperar, con la pierna extendida sobre el colchón y la vista en los cultivos del alféizar, que bajo la lámpara artificial tenían ese brillo particular de las cosas que crecen en condiciones que no fueron diseñadas. 


Después de un tiempo de observar, el anciano se acercó a los recipientes para revisarlos. Siempre en el mismo orden y gesto,  pasando dos dedos por el borde de las hojas, midiendo la humedad del sustrato, ajustando el ángulo de la lámpara un par de grados hacia la izquierda antes de devolverla al sitio original como si la diferencia importara.  


— ¿Cuánto tardan en crecer? — preguntó, señalando con el recipiente hacia la hilera de hojas más oscuras, las que el matrimonio había dejado antes de marcharse. 


— Depende de qué estés midiendo. — Urik no se giró, solo ajustó el último recipiente y bajó la mano. — Si mides desde que la semilla abre, tres semanas. Si es desde que produce algo comestible, ocho. O desde que deja de necesitar que estés encima vigilándola, más tiempo del que la mayoría de la gente tiene paciencia para esperar. 


— ¿Y tú tienes esa paciencia? 


— No. Pero tiempo es lo que tengo. — Entonces sí se giró, con la expresión evaluativa de siempre. 


Tiempo era lo único que compartía el anciano, pero no Blake. Por momentos volvía a recorrer los pasillos de su memoria. A veces repasaba casos pasados. Algunos que parecían tan sencillos como encontrar un objeto perdido, o seguir al amante de algún desdichado que pensaba que era engañado con otro desdichado. Eran tiempos donde todo parecía más sencillo. Incluso la imagen de Rael volvía, aun si solo compartieron un instante antes de separarse por el deber. Al menos, siendo el término agradable, por no decir que solo quería viajar para obtener más dinero que terminaría gastando en otro puerto.  


No pensó en el caso. Ni en Cassandra, quien de seguro lo estaría buscando; o en Rho, por quien apostaría que solo contaba los días faltantes para recogerlo con la única intención de cobrar su parte del viaje. Y, sobre todo, en el mismo, ya que, sin una vida a la cual regresar, ni a quien buscar o hablar, lo único que le quedaba era el trabajo. Era todo lo que podía ser: — ¿Cuánto tiempo queda? — Hizo esa pregunta en voz alta, sin motivo de ser respondida Aunque Urik dio una que no tenía nada que ver: — Dos semanas hasta dar algo y dejé de ser útil. —Añadió el anciano antes de continuar revisando. 


Tomó la palabra, asintió para después darle un sorbo al café, que era del tipo que no pretendía ser excepcional, sino ardiente y suficiente, y que en ese contexto era exactamente lo que hacía falta. Afuera, el viento que recorría los conductos entre edificios producía un silbido bajo y constante. Este entraba por el marco mal sellado de la ventana y llenaba los espacios entre una frase y la siguiente con la indiferencia específica de los lugares que llevan demasiado tiempo sin testigos como para seguir comportándose para alguien. Al tercer día fue cuando por fin pudo ponerse de pie sin dolor suficiente para detenerlo y poder  caminar igual que un recién nacido. 


La pierna protestó en el tercer paso con el dolor que el cuerpo produce cuando algo no ha terminado de decidir si va a mejorar o no. Lo ignoró el tiempo suficiente para llegar al alféizar y apoyar la mano en el marco, mirando hacia la calle. El sector H-9 era idéntico al de siempre: las mismas fachadas con marcas de agua, los mismos paneles levantados en las esquinas, el mismo silencio que no era ausencia de sonido, sino ausencia de presencia, esa diferencia que Blake había tardado un día en identificar. Era en esos momentos, que volvía a observar la casa de Clara.  


— No te apoyes en el marco — dijo Urik desde la cocina, sin verlo. — Lleva años sin revisión y cede hacia afuera. 


Blake retiró la mano sin comentar y se quedó de pie junto a la ventana, cambiando el peso entre las dos piernas con la atención de quien mide algo sin querer que parezca que lo está haciendo. El ojo le dio un aviso en ese momento, el campo visual fracturándose brevemente en el lateral derecho antes de recomponerse, y Blake parpadeó dos veces hasta que el espacio volvió a ser uno solo. — "Sigue ahí"— pensó, sin sorpresa. El sistema retinal había intentado abrir una advertencia tres veces desde el día anterior y las tres veces él la había cerrado con el gesto mental que el protocolo registraba como decisión deliberada, aunque en algún punto entre la segunda y la tercera había dejado de ser una decisión y se había convertido en un hábito. 


— ¿Tienes algo para el dolor de cabeza? — preguntó, volviendo a la mesa con el paso desigual que la pierna le imponía. 


— En el frasco azul de la tercera fila. — Urik salió de la cocina con dos recipientes de comida y los depositó sobre la mesa. — El genérico. No es lo que usaría si tuviera otra opción, pero funciona. 


— Empiezo a conocer esa frase. 


— Es porque es verdad más de lo que debería serlo.  


Al terminar de cocinar, se sentó frente a él y comenzó a comer con la concentración silenciosa de quien no convierte las comidas en conversación a menos que haya algo concreto que decir. Blake tomó el frasco azul de la estantería, dosificó lo indicado en el dorso sin leerlo porque ya lo sabía, y comió sin prisa, dejando que el silencio hiciera lo que hacía siempre en esa habitación, que era instalarse sin incomodar. Los días siguientes encontraron una rutina que ninguno de los dos había propuesto y que funcionaba precisamente por eso.  


Blake se levantaba cuando el dolor lo permitía, que era antes de lo que habría esperado dado el estado de la pierna los primeros días, y ayudaba a Urik en lo que podía hacerse sentado o de pie cerca de un punto de apoyo. Eso incluía revisar los frascos de la estantería según las instrucciones que Urik daba sin elevar la voz. También se debía limpiar los recipientes de cultivo, con la solución que el anciano preparaba cada mañana en proporciones que no estaban escritas en ningún sitio, sino en la memoria de alguien que llevaba años haciéndolo durante años. Además, a falta de algo mejor, solo quedaba escuchar a su anfitrión, que era lo que más hacía Blake en esos días. Urik hablaba de la colonia una y otra vez, a falta de más temas para llenar el vacío. 


— Helix empezó con tres pozos — dijo Urik una tarde, mientras Blake limpiaba el segundo recipiente de la hilera y el anciano ajustaba el sistema de riego conectado a la red hídrica secundaria con una llave de tuercas que tenía el mango envuelto en tela para compensar el desgaste del agarre original. — Tres pozos, dos naves de carga y un contrato de exclusividad con el Consejo de Colonias que nadie leyó completo. Dicen que era porque tenía doscientas páginas. Otros porque el plazo de firma era de cuarenta y ocho horas. Sea cual sea la verdad, eso fue hace sesenta y cuatro años. Ahora tienen diecisiete pozos activos y solo esperan abrir más.  


— ¿Y los trabajadores saben eso? — preguntó Blake, dejando el recipiente en su sitio y tomando el siguiente. 


— Los trabajadores saben lo suficiente para evitar preguntas y seguir trabajando Así es en Helix, así será en cualquier otro corporativo. — Urik apretó la llave un cuarto de vuelta y comprobó la conexión con dos dedos.  


Blake pensó en eso mientras terminaba la hilera de recipientes. Pensó en los mensajes acumulados en su sistema retinal durante los tres meses del trayecto, en la información que circulaba por la intranet de la estación Azogue y que nadie leía porque llegaba en forma de publicidad o de avisos de racionamiento que la gente había aprendido a ignorar. Pensó en la nota sobre Helix y Tritón que había leído en la tableta de Rho, en ellos y en tantas otras historias que solían perderse en la red.  


— ¿Tritón tiene presencia aquí? — preguntó, sin apartar la vista de lo que hacía. 


Urik dejó la llave sobre la mesa y se recostó levemente en el asiento, con la expresión de quien acaba de recibir una pregunta que no esperaba y que está decidiendo cuánto de la respuesta merece la pena dar: — Presencia directa, no. — dijo al fin. — Pero en los últimos dos años han aparecido negocios en el medio y en el anillo exterior que compran a precios ligeramente mejores que los distribuidores de Helix y que pagan en créditos que no están ligados al sistema interno de la colonia. Nadie pregunta de dónde vienen esos créditos porque nadie quiere dejar de recibirlos. 


— ¿Y Helix lo sabe? 


— Helix sabe lo que le conviene saber. — Volvió a tomar la llave. — Lo demás lo ignora hasta que no puede ignorarlo más. Lo mismo es con Tritón, lo mismo será con otras compañías.  


Fue una semana después del colapso en el Sello cuando la pantalla de noticias trajo algo distinto. Urik la había encendido a la hora habitual mientras los dos comían, y el bloque inicial fue el de siempre: Primero, anunciando los avances del turno nocturno. Algo que Blake ignoraba al comer, en especial cuando el ojo solo funcionaba para darle molestias con anuncios periódicos que ya había aprendido a gestionar bajando la vista un momento y dejando que el sistema se recompusiera solo. Cuando terminaba de hacer ese hábito adquirido, solían pasar información de la economía de minarles. Siendo el aumento o disminución en el mercado; para después finalizar con notas sobre el sector, desde saqueos por parte de piratas hasta algún avistamiento de naves errantes.  


Pero, esa mañana no hubo nada de eso, cuando la presentadora de ojos rojizos dio paso a una declaración grabada de Cassandra. La imagen mostraba a la directora de Helix Veridian frente al logo corporativo de la compañía, con el traje oscuro y las líneas doradas en los bordes que Blake recordaba de la oficina. Además, de ese tono formal de quien ha ensayado la versión más corta de algo que en realidad tiene muchas más capas de las que va a mostrar. 


— Ante el crecimiento sostenido en los márgenes de beneficio de Helix Veridian durante el último trimestre — decía Cassandra en la grabación, con la neutralidad específica de quien convierte un anuncio en una declaración de principios — y como gesto de compromiso con la comunidad de esta colonia, mi hija ofrecerá una presentación de piano en el Teatro Tenerius, en el central del sector administrativo, la próxima semana. Esperamos que sea una oportunidad para que todos los sectores de la colonia compartan un momento de celebración conjunta. — Al terminar la grabación, Blake dejó la cuchara en el borde del recipiente y se quedó mirando la pantalla un momento, con la expresión de quien acaba de escuchar algo que todavía no sabe dónde colocar. 


— Eso no lo hace por la comunidad — dijo Urik, sin levantar la vista de su recipiente. 

— No — confirmó Blake. — ¿Qué tipo de gente va a esas presentaciones? 


— Todo tipo. — Urik recogió la cuchara y la apoyó con cuidado. — Eso es lo que tiene el Teatro Tenerius, que es de los pocos lugares en la colonia donde los anillos se mezclan sin que nadie lo justifique. Vas a ver a ejecutivos del tercer anillo sentados junto a proveedores del medio, junto a algún trabajador que ahorró lo suficiente para comprar una entrada. Es el único espacio donde eso no produce un incidente. — Hizo una pausa breve, tomando el recipiente para darle un sorbo al café que quedaba. 


Blake no respondió de inmediato. Dejó que la idea se asentara mientras miraba la pantalla. Había pasado a un anuncio de una empresa de transporte interestelar llamada Vela Rápida, con rutas entre los cúmulos del borde exterior y tarifas que solo tenían sentido si uno no sabía lo que costaba realmente moverse entre sistemas desconectados. Pero la idea de movilidad se le quedó anclada. Al recordar la descripción del vehículo que había hecho Urik. Algo que unió con el anuncio de la presentación: si el teatro era un lugar donde el acceso era permitido no solo a corporativos, entonces le permitirá cambiar de perspectiva del caso.  

 

— ¿Los carros del tercer anillo son todos de Helix? — preguntó Blake, volviendo la vista a Urik. 


El anciano lo miró con la expresión evaluativa de siempre, esa que no juzgaba, sino que medía. — Los que llevan el logo, sí. Los que no lo llevan pueden ser de cualquiera. — Apoyó las manos sobre la mesa. — En los últimos dos años he visto más de los segundos que de los primeros en este barrio, lo cual no tiene ningún sentido si solo consideramos lo que Helix reconoce formalmente como actividad en el sector. 


Blake asintió despacio, y en ese movimiento estaba la respuesta a una pregunta que llevaba días haciéndose sin saber exactamente cómo formularla. El rastro de Clara se había enfriado con los días perdidos; eso era un hecho que no iba a cambiar. Pero si había estado buscando desde el ángulo equivocado, desde Helix hacia afuera en lugar de desde fuera hacia adentro, entonces lo que necesitaba no era más información sobre Clara. Sino más información sobre quién más se había movido en la colonia en las semanas anteriores a su desaparición. 


— Necesito saber qué negocios del Medio o del Fondo han recibido visitas externas en el último mes — dijo Blake, más para sí mismo que para Urik, aunque lo dijo en voz alta porque en esa habitación pensar en silencio y pensar en voz baja habían llegado a ser la misma cosa. 


— Eso no te lo puedo decir yo — respondió Urik. — Pero hay personas que sí pueden. — Se puso de pie con el esfuerzo habitual y recogió los recipientes de la mesa. — Cuando puedas caminar sin que se note, pregunta en el puesto de Mara, en el nivel dos del anillo exterior. La mujer del brazo reemplazado.  


— ¿Por qué? 


— Es una vendedora, lleva años aquí, sabe mejor que nadie qué suele pasar. 

— No, me refiero, ¿por qué me ayudas? 


— Porque mientras más pronto te vayas, más pronto podré tener más comida para mí.  

No dio una respuesta coherente, aunque tampoco la buscó. Aceptó la idea y con ella salió. Fue al cuarto día después de esa conversación, cuando la pierna le permitió cubrir dos manzanas sin que el paso alterado fuera visible para alguien que no estuviera buscándolo específicamente. El ojo seguía siendo un problema intermitente, pero había aprendido a leer sus propios avisos con suficiente anticipación para bajar la vista antes de que el campo visual se fracturara, que era la diferencia entre un fallo gestionado y uno que producía consecuencias. Urik lo observó desde la ventana cuando cruzó la calle, igual que la primera vez, y Blake no se giró porque girarse habría sido el tipo de gesto que ninguno de los dos necesitaba hacer para que tuviera sentido. 

 

El anillo exterior a esa hora tenía el movimiento específico del cambio de turno: trabajadores saliendo de los bloques de procesamiento con el cansancio visible, no en el cuerpo, sino en la forma en que sostenían lo que llevaban, bolsas, recipientes, herramientas que el sistema de Helix les prestaba durante el turno y que devolvían al final con eficiencia aprendida. Blake se integró en ese flujo sin esfuerzo, en cuanto tuvo la oportunidad. Recorriendo en paralelo, la zona industrial de la colonia. Altas fábricas de diversos tamaños y sentidos, pero manteniendo el mismo color grisáceo enfermizo que las caracterizaba.  


Contaminación en el aire, indiferencia en las miradas e insultos; cada tanto, la cabeza antes de continuar caminando. Llegando al nivel dos del anillo exterior, donde estaba el puesto de Mara. En un lugar entre un distribuidor de componentes hidráulicos y un local sin letrero que vendía comida caliente a través de una ventanilla metálica. Era un espacio de metro y medio de ancho ocupado hasta el techo por estanterías de metal con piezas ordenadas por tamaño y función. Mara estaba de espaldas cuando entró, reordenando algo en la estantería del fondo con el brazo reemplazado, cuya mano de metal se movía con una precisión que el brazo original nunca habría tenido, el tipo de mejora que no había sido instalada para ser discreta, sino para funcionar. 


— Cierre si va a quedarse parado — dijo Mara, sin girarse. 


Blake cerró. Se quedó junto a la entrada, dejando que sus ojos recorrieran el puesto con atención: — Me mandó Urik — dijo. 


Mara se giró entonces, con la economía de movimientos de quien reserva los gestos para cuando valen la pena. Lo miró con la misma expresión que Blake había encontrado en el puesto la primera vez que había comprado material para la herida, esa mirada que no preguntaba, sino que medía sin el tipo de curiosidad que necesita ser satisfecha.  


— El médico del barrio muerto — dijo, con una neutralidad que no era fría, sino simplemente honesta. — ¿Qué necesita? 


— Información sobre visitas externas en el sector durante el último mes. Vehículos que no sean de Helix, negocios que hayan recibido contactos de fuera, cualquier movimiento que no encaje con lo habitual. Comenzó a contar con los dedos al hacerlo.  


Mara cruzó el brazo de metal sobre el orgánico, apoyando el codo en la palma de metal con un sonido suave de componentes ajustándose: — Eso es mucho — dijo luego de un tiempo. —¿Y viene a pedírmelo como si fuera una consulta médica? 


Blake dejó que la frase se asentara. Miro a la mujer de arriba hacia abajo. El cabello oscuro y grasoso, las arrugas en la frente; la vestimenta manchada junto con la falta de algunos dientes, y aun así era lo mejor que tenía para comenzar a recuperar el rastro de Clara. Dudó sobre qué decir, pero lo dijo al final, intentando apelar al nombre del médico, quien, aunque generó una reacción, ella solo lo desvió en una frase: —Urik pagaba —corrigió ella, sin subir la voz. — ¿Y usted? 


Blake soltó un resoplido al oírla, antes de comenzar a buscar entre sus bolsillos. Encontrándose desde papeles hasta dulces que quién sabe desde hace cuánto estarían ahí. También un bote de desinfectante, un cargador de revólver, que le causó cierta gracia al recordar que no traía armas consigo. Aunque considero la idea de comenzar a llevarse una a todos lados y no solo la daga de combate. Pese al dolor de cabeza de tener que encontrar repuestos, la realidad era que no importara cuánto invirtiera en equipo, siempre habría algún caso que lo llevaría a un corporativo, mercenario, banda criminal o sector de seguridad que se la terminaría “guardando” hasta que la reclamara, algo que no solía suceder porque después había un tiroteo o simplemente cuando intentaba volver por ella, ya no estaba. 


Eso mismo le hizo reírse, cuando en el interior de su gabán encontró una pequeña tarjeta negra, la cual era un módulo de almacenamiento de créditos. Miró de reojo a Mara, quien, igual que él, mantenía la vista fija en la tarjeta: — Son mis últimos créditos en físico —susurró al sostenerlos. No sabría cuándo llegaría nuevamente el pago, ni si habría dónde obtenerlos en físico. Ya era suficiente con tener que cuidarse de que en una transferencia virtual, no le intentaran ingresar algún virus para robarle. Dudo en desprenderse de ellos, pero, sin más ideas, los coloco sobre el mostrador.  


—No uso créditos de Helix —dijo. 


—No son de Helix. 


Ahora sí, la mirada cambió apenas. No más abierta, pero sí más precisa: —¿De dónde salen? 


—De alguien que tampoco quiere que esto quede registrado. — Era cierto, aunque también una forma de no querer decir que eran sus últimos ahorros.  Mara apoyó el brazo orgánico sobre el metálico. Esta vez, el gesto no era mecánico: era deliberado. 


—Eso suena a problemas. 


—Todo lo que ha pasado este mes lo es. 


Otra pausa se generó entre ambos. Tiempo en que ella tanteó los créditos entre los dedos, antes de mirarlo a los ojos. Momento en que el ruido del local de al lado se filtró por la pared: metal contra metal, aceite, voces amortiguadas. Tal vez unas risas, algo que aliviaba un lugar que lo necesitaba. O tal vez él, que desde que había llegado, solo había obtenido un dolor de cabeza tras otro.  


—No compro problemas —dijo. 


—Ya los tiene —respondió Blake—. Solo que todavía no les ha puesto nombre. 


No sabría decir cuándo la actitud de ella cambió. Pero después de guardarse los créditos en el bolsillo, fue suficiente para que diera una respuesta; aunque era vaga, fue un inicio para poder continuar: —Han pasado cosas —dijo finalmente—. Cosas que no son del Fondo. Dejó la frase suelta cuando el ruido del local regresó, ahora, con lo que era un variopinto coro de insultos, que podían significar alegría o una acalorada discusión.  


—Un par de semanas antes del incidente del Sello, empezaron a aparecer compradores con créditos externos. No, Helix. Tres o cuatro negocios del Medio recibieron visitas. Gente de fuera… pero no del tipo que se deja ver. 


—¿Vehículos? —Al preguntarle, Mara dudó; fue mínimo, pero estuvo ahí.  


—Uno. —Respondió al cabo de un rato, antes de tomar la pieza anterior: —Carrocería oscura. Líneas rojas. Cristales que no devolvían reflejo. Lo vi dos veces en la calle del distribuidor hidráulico. 


—¿Entraron? 


—Sí. Dos hombres. Veinte minutos dentro. —Pausa—. El dueño no abrió durante dos días después. 


—¿Y luego? 


—Volvió como si nada. — Mara giró apenas la cabeza. 


— ¿Es importante? 


—Quién sabe. —Añadió ella. — Puede ser cualquier cosa o nada, aunque es algo que volví a ver después. 


— ¿Otro negocio? 


— No. Fue una chica —dijo al fin. — Vivía en el H-9. Venía cada tanto a comprar componentes de conexión neuronal, modelo antiguo, compatible con los LV3. 


Blake no cambió de expresión, pero algo en el modo en que sostuvo la siguiente pausa fue suficiente para que Mara continuara sin que él tuviera que pedírselo. — La última vez que vino fue unas tres semanas antes del incidente del Sello. Compró dos adaptadores y me preguntó si conocía algún sistema de cifrado compatible con los LV3 que no pasara por la intranet de Helix. Le dije que no era el tipo de cosa que yo vendiera. Ella asintió y se fue. — Hizo una pausa. — No volví a verla. 


— ¿Cómo se llamaba? 


— Me dijo que Clara. — Mara tomó otra pieza de la estantería y la depositó sobre el mostrador, esta vez sin devolverla. 


Al terminar la conversación. Fue el inicio que lo llevó a pasar los siguientes días a moverse a lo largo y ancho de la colonia. Entre medio, la pierna mejoraba con una lentitud que habría resultado frustrante en cualquier otra circunstancia, pero que en ese contexto tenía la ventaja de obligarlo a moverse despacio, a detenerse más de lo que habría hecho de otra forma, a escuchar conversaciones que se habrían terminado antes de llegar a la parte interesante si él hubiera pasado a ritmo normal. El ojo le daba problemas en los espacios con iluminación variable, esa transición entre la luz industrial del fondo y la más regulada del medio que el implante tardaba en procesar correctamente desde el golpe, y había aprendido a detenerse un momento en cada transición, fingiendo revisar algo en el sistema retinal mientras esperaba que el campo visual se estabilizara. 


En el Medio encontró dos negocios que reconoció por la descripción de Mara, uno de repuestos electrónicos y otro que vendía servicios de conexión neuronal sin certificar, ambos con el tipo de actividad que en superficie parecía idéntica a la de cualquier establecimiento del sector, pero que tenía ciertos detalles que no encajaban: lugares donde los clientes que entraban, lo hacían con la postura de quien va a un lugar conocido la primera vez que lo visita, un terminal de pago discreto junto al mostrador que aceptaba créditos externos sin hacer preguntas visibles. Blake no entró a ninguno de los dos. Pero sí espero en las entradas, estudiando quién entraba y salía.  


A diferencia de los negocios anteriores, al que sí entró fue a un bar del segundo nivel del anillo exterior que un trabajador de los bloques de procesamiento le había mencionado de pasada cuando le había preguntado, con el tono casual de quien hace conversación, sobre si había visto vehículos externos en el sector durante las últimas semanas. El trabajador había dicho que sí, que dos veces, y que la segunda vez uno de los ocupantes había entrado al bar de la esquina a preguntar algo que él no había escuchado, pero que el encargado del bar había respondido con brevedad. 


El bar se llamaba Depósito Cuatro, que era exactamente el tipo de nombre que ponía alguien que no quería que el lugar tuviera personalidad. Solo funcionalidad, la misma que su interior presentaba. Siendo de tono entremezclado con el olor a cerveza industrial y aceite de maquinaria. Que llegaba a subirle el ánimo, al ser del mismo tipo que había encontrado en versiones similares en una docena de colonias de frontera distintas. Siendo algo conocido en medio de lo desconocido.  


El encargado era un hombre de unos cuarenta años con una placa de metal en la mandíbula izquierda. Mirada de quien no tiene interés en conversar, solo en vender. Fue ahí cuando le pidió algo que no iba a beber y lo dejó sobre la barra mientras el encargado lo miraba con la expresión de quien ha aprendido a clasificar a los clientes en los primeros diez segundos y que ya había terminado ese proceso. 


— Hace unas semanas vinieron dos hombres a preguntar algo — dijo Blake, sin preámbulo. — Un trabajador del sector me dijo que usted les respondió. 


El encargado limpió el borde de la barra con un trapo que no mejoró la situación: — La gente pregunta cosas. 


— Estos en particular venían en un vehículo de carrocería oscura con líneas rojas en los costados. 


El encargado dejó el trapo sobre la barra y lo miró con una atención diferente a la de antes. — Preguntaron por una chica — dijo al fin, con la voz baja del que no quiere que la conversación llegue más lejos de lo necesario. — Joven, cabello claro, que venía por aquí cada tanto. Les dije que no sabía de quién me hablaban. 


— ¿Y sabía? 


El encargado no respondió de inmediato. Tomó el trapo y lo dobló sobre sí mismo dos veces antes de dejarlo en el estante detrás de la barra. — Venía cada dos semanas, más o menos — dijo, mirando el estante en lugar de a Blake. — Siempre sola, siempre pedía lo mismo, se quedaba un par de horas y se iba. No hablaba con nadie en particular, pero escuchaba todo. Tal vez por la música, yo qué sé. — Hizo una pausa. — La última vez que vino estaba diferente. Nerviosa, aunque lo disimulaba bien. Pagó antes de terminar la bebida y salió sin mirar atrás, que no era su forma habitual de irse. 


— ¿Cuándo fue eso? 


— ¿Y esa pregunta? ¿Acaso es tu novia? 


— No. —Respondió bajando la mirada. — Pero quiero encontrarla. 


—Ajá. Ya te dije lo que quieres; ahora ¿podrías largarte si no vas a continuar bebiendo? No la he visto desde entonces. 


Asintió ante el hombre luego de sacar unas cuantas monedas que había robado del mostrador sin que se diera cuenta. Las dejó sobre la barra y se fue antes de que se diera cuenta. Mantuvo la misma calma y expresión de antes, en busca de parecer tan pequeño y distante que no se dieran cuenta de lo que hizo. Afuera, el aire se mantenía con ese olor habitual a ozono procesado y eridio refinado, ese que los médicos corporativos llamaban exposición tolerable en los informes y que los trabajadores del Fondo simplemente llamaban aire, porque después de suficientes años era lo único que conocían.  


Y para él, también era lo único que conocía de idéntica forma. Continúo caminando, sin rumbo ni idea fija En la medida en que cada tanto se detenía a observar las noticias y la publicidad en las paredes de los bloques, alternaban entre el anuncio de la presentación de Selene en el Teatro Tenerius y los avisos de racionamiento del turno nocturno en el anillo cinco, con la frecuencia de quien sabe que la repetición es la forma más barata de que algo parezca importante.  

 

Entre una pantalla y la siguiente había un anuncio de Corriente Libre, una empresa de transporte interestelar con rutas hacia los cúmulos del borde exterior y tarifas que prometían discreción sin garantizar nada más. Era de esas empresas que existían en los márgenes de lo que el Consejo de Colonias consideraba operación certificada y que en los sectores de frontera era tan común como el polvo de eridio en el aire. También anuncios sobre Ilyrs de compañía y empresas de tecnología que anunciaban el próximo droide doméstico o de combate. De la misma forma,, glorianos.  


También, entre medio, anuncios sobre otro ataque de los pro-mutantes que habían atacado la estación hacía casi dos semanas atrás Y de cómo pronto acabarían con ellos. Para la colonia, era otro día; para el universo, un conflicto mínimo que no afectaba en nada. Pero para él, era lo único conocido y poco a poco, se volvía distante. Terminó caminando sin dirección fija durante un rato, que era su forma de pensar cuando las piezas no terminaban de encajar, cuando lo aprendido, no tenía ningún sentido y prestarle atención no ayudaba en nada.  


La pierna avisaba cada cuatro o cinco pasos con la constancia de algo que no había terminado de decidir si iba a mejorar o no, y el ojo le dio un aviso en la transición entre la luz industrial del Fondo y la más regulada del Medio. El campo visual fracturándose brevemente antes de recomponerse mientras él fingía revisar algo en el sistema retinal con el gesto ya automatizado de quien lleva días administrando el mismo fallo sin poder resolverlo. Un trabajador que salía del turno lo miró de reojo al pasar, tal vez con intenciones de robarle o simplemente curiosidad. Pero nada pasó una vez que dio un giro en la esquina. 


Era un lugar donde dos conductos de ventilación convergían sobre la acera, creando un espacio de sombra que evitaba los drones de vigilancia. Fue en ese espacio donde apoyó la espalda contra el metal, con cuidado de evitar las zonas calientes. Sin más que hacer, comenzó a repasar lo aprendido. Desde el saber que Clara había estado nerviosa días antes del accidente del sello; sus compras en busca de adaptadores y cifradores para la intranet. Aunque esas cosas tenían sentido junto al recibo que había encontrado en el cajón, no era suficiente para darle una idea de dónde estaría la chica. Quien, al recordar las palabras de Urik, simplemente salió una mañana con una bolsa y nada más: — Si salió con tan poco — pensó, mirando el flujo de trabajadores que pasaban sin mirarlo —, entonces algo de lo que dejó en la casa no era lo que parecía... —Susurró para quien no estaba allí, antes de encender un cigarrillo.  


Extrañaba los tiempos en que el tabaco y sus diversas versiones seguían estando presentes en los sistemas desconectados, antes de ser reemplazados por otro tipo de sustancias: — Con gusto huiría de aquí, con tal de tener un poco. Se pasó una mano al cuello, escuchando su propia voz, antes de ver una pareja pasar ante él. Lo dudo por un segundo, antes de apartarse de la pared y orientarse hacia el Sector H.9. — ¿Y si huiste? —volvió a decir antes que un joven lo mirara extrañado al pasar a su lado. Y en ese momento, comenzó a caminar de regreso a la casa. 

 

Un par de horas después y una sed incómoda, volvió a la casa de Clara. La cual mantenía el mismo silencio de siempre cuando entró. Recorrió la planta baja con la atención de quien busca lo que no buscó la primera vez, pasando los dedos por el lomo de los libros de la estantería sin sacarlos, revisando el ángulo de la mesa y el colchón contra la pared, buscando cualquier cosa que la primera visita hubiera registrado sin procesar: — Tuviste que vivir aquí para dejar algo, ¿qué dejaste? —volvió a hablar al repasar los objetos de la mesa, pasando por el dibujo de la playa, antes de subir al segundo piso y pasar por la habitación principal. Lugar donde tanto la mancha como la mesita de noche, seguían en su mismo lugar y, en su interior, tanto el adaptador como el recibo anterior seguían en el cajón. Chasqueo la lengua antes de continuar recorriendo el lugar, terminando en la habitación de instrumentos. 


Lugar donde todo seguía en el mismo lugar. Desde las partituras desperdigadas por el suelo, hasta el arco envuelto en una esquina. De todas las habitaciones, era la única a la que poca importancia le había dado en primer lugar. Siendo a raíz de ello, que volvió a buscar, ahora con más lentitud, apoyando la rodilla buena en el suelo y la pierna afectada extendida hacia el lateral. Momento en que comenzó a sacar las hojas una por una, depositándolas en el suelo en el orden. Intentando encontrar en ellas algo que no estuviera antes. Aunque eran las mismas que en los textos de teoría que Selene guardaba en su habitación. 


Todas estaban impresas con la calidad corporativa y los logos de Helix. En cambio, otras estaban escritas a mano con una caligrafía que carecía de pulcritud, pero era lo suficientemente legible para entender algunas letras. Fue entre ellas que tomó una de las partituras, que no era una canción, sino una nota mal escrita que en la parte baja podía leerse: — Recibo de pago, por pasaje en el carguero Deméter —. Al dar la vuelta a la hoja, no había nada más, solo manchas que negaban cualquier posibilidad de saber la fecha de salida. Pudo ser una semana antes o después: — ¿Entonces huiste o pediste algo? —pensó por un segundo al mantener el recibo entre sus manos. Lo cual solo generaba dudas, aunque en ese momento, la posibilidad de encontrarla era mucho menor. Sin más, doblo el papel con cuidado y lo guardo en el bolsillo interior del gabán, junto a la cajita de música.  

Suspiró, se sentó en el suelo, y ahí se quedó, antes de poner la pierna estirada en busca de descanso. Estaba perdido, sin saber cómo continuar. Pronto Rho volvería a pasar, y no tenía nada del caso más allá de la idea vaga de que Clara haya simplemente huido. Siendo una de tantas historias de jóvenes agobiados por el peso del apellido, que prefieren huir cuando tienen la oportunidad. Aunque agradecía no tener que buscar una pareja de amantes que terminaría en tragedia, esto no facilitaba que, si no resolvía el caso, no podría continuar trabajando, o si lo hacía, no podría hacerlo en este sector. Con conocimiento pleno de que pedirían su cabeza en bandeja de plata por fallar a la compañía.  


Sin más, dejo que el tiempo pasara, sin ideas claras, hasta que escucho el rugir de un motor. El cual se extendió a lo largo del lugar, siendo el único ruido capaz de alejar la ausencia de los lugares. Dotando, por un momento, de vida a un lugar que no la tenía. Se paró con dificultad, casi tambaleándose, hasta ir a la ventana del cuarto principal, lugar donde pudo verlo. Un carro corporativo de líneas rojas en los costados.  


El vehículo se detuvo ante el edificio, aún con el motor encendido. No sabía quiénes estaban dentro, pero poco importaba una vez que el motor quedó en silencio. Momento en que pudo ver a Urik desde la ventana, quien, igual que Blake, observó el carro antes de cerrar las cortinas. Actuando de la forma apropiada, de quien no tiene nada que ver, en especial, cuando del vehículo salieron dos hombres de traje oscuro. Idénticos en toda forma, salvo el primero, quien pareció ajustarse algo dentro de la chaqueta, antes de darle una orden a su compañero para que se moviera Ambos, caminando en dirección al interior. 


No pareció que lo hayan visto, al menos, no era algo que deseara averiguar. Por lo que volvió sus pasos sobre la habitación, al tiempo que la puerta de abajo era abierta. Sin dudarlo, se ocultó bajo la cama, no sin antes terminar gimiendo brevemente, por lastimarse la pierna al ingresar bajo el armazón de metal: — "Piensa" — se dijo, sin pronunciarlo. — “¿Qué hiciste que alguien pudiera ver?” —susurró en un intento de alcanzar la daga con una mano. Aunque la respuesta llegó antes de terminar la pregunta. A lo largo de los días, había estado preguntando por Clara, caminando por lo que quedaba del sello, preguntando en puestos de venta y dialogando con quien se atrevía a escucharlo. Nada de eso habría importado si no hubiera recordado tener cuidado al regresar al sector. Tal vez confiado de que, al ser un lugar abandonado, no lo seguirían o porque a nadie le importaría, Pero nada de eso sirvió; una vez los pasos resonaron en la planta baja.  


Los escuchó moverse sin prisa y paso firme. Intentando saber si serían o no hostiles, en lo que aprieto el mango de la daga, en un intento de no temblar por la resequedad en su garganta.  Los pasos se detuvieron en el pasillo fuera del cuarto y luego llegaron las voces, de quien poco o nada, le interesa lo que dice: — Este sector lleva cuatro años abandonado — dijo uno, con el tono de quien constata algo que ya sabía y que le incomoda de todas formas. — ¿Por qué alguien viviría aquí? 


— Eso no es lo que nos preguntaron — respondió el otro, con un tono más fuerte. — Revisa bien la planta baja, voy a subir. 


— ¿Para qué? Sí, aquí no hay nadie.  


— Nos mandaron a confirmar. Si no hay nada, entonces podremos volver antes. 


— ¿Crees que aún haya de esos postres en la oficina? 


— Solo piensas en comida. 


— Y tú no puedes hacer nada, sin ese palo metido en el culo.  


Blake respiró despacio, en espera de oír algo. Pero salvo los pasos de un lado al otro, y el ruido de algunas cosas al ser tiradas al suelo, nada cambió. Hasta que notó cómo la puerta se abría aún más y del exterior, aparecieron los zapatos del agente, en un tono oscuro lustrado. Se mantuvo en el mismo lugar, el tiempo suficiente para que el silencio se volviera incómodo. Luego se movieron hacia la ventana, y en ese momento Blake salió. 


No fue elegante ni estaba pensado para serlo. Salió con la rodilla buena primero, la pierna afectada arrastrando un segundo más tarde, como si la misma se negara a reaccionar por completo. Se vio obligado a agarrarse la pierna para hacerla salir, lo cual ocasionó el ruido suficiente para que el agente diera media vuelta y lo encontrara. Ambos intercambiaron una mirada silenciosa. Antes que el hombre hablara: —¡Aquí! —gritó con la fuerza suficiente para oírse como algo en la primera planta se caía antes de varios pasos en su dirección.  


Blake no lo dudó ni un instante. Intentó arrastrarse hacia atrás sobre el suelo sucio y frío, buscando ganar la distancia suficiente para incorporarse, aunque fuera de forma breve y recuperar el equilibrio. Al menos eso consideró en ese segundo de pánico, hasta que el agente lo tomó de la pierna herida con una mano firme que lo detuvo en seco. El tirón fue violento y le arrancó un dolor agudo que le subió por toda la cadera. 


—¡Inténtalo! —gritó Blake antes de golpear con la pierna buena, un movimiento torpe pero cargado de furia que hizo que el hombre perdiera el equilibrio y cayera hacia atrás. En ese breve respiro tomó la empuñadura de la daga con fuerza y se obligó a dar un pequeño salto para ponerse de pie, tambaleándose hasta que su espalda encontró el apoyo áspero de la pared. 


El agente se levantó casi de inmediato y arremetió contra él sin perder tiempo. Blake empleó la daga para lanzar un tajo al aire, solo para mantenerlo a distancia unos segundos. El segundo ataque sí encontró carne y abrió una cortada irregular en el brazo del hombre; las gotas de sangre trazaron un arco breve entre los dos. Pero aquello no lo detuvo. El agente esquivó el siguiente movimiento y le soltó un golpe directo en el ojo, el mismo donde su visión ya estaba fracturada de por sí. El dolor le estalló en todo el lateral del rostro como un latigazo y le hizo soltar la daga sin poder evitarlo. 


En ese instante, el agente intentó agarrarlo. Blake forcejeó con todo lo que le quedaba, consiguió liberar una mano y le clavó un golpe en el costado. El hombre perdió el aire por un segundo, momento en que el detective encadenó otro ataque que lo apartó lo suficiente y, en el tercero, lo agarró por la ropa y lo lanzó con toda su fuerza contra el marco del cuarto de instrumentos. El impacto resonó con un golpe seco y el agente cayó descolocado.  


—Mierda —añadió Blake, intentando recuperar el aliento mientras se apoyaba en la pared. Pero no tuvo tiempo de nada más. El primer agente que había estado en la planta baja ya había subido las escaleras y, al ver la escena, no dudó en desenfundar una pistola de plasma de bajo calibre. La apuntó con rapidez y disparó. El sonido fue breve, casi seco, y el disparo rozó el cuello de Blake con un calor residual que le quemó la piel antes de desvanecerse. Aún podía sentir el ardor cuando se agachó por instinto, tomó la daga del suelo y embistió al hombre. El agente intentó volver a disparar, pero la daga se clavó en su muslo y las condiciones de ambos se igualaron de golpe. Uno gruñó por el dolor, otro insultó por el esfuerzo. Pero ninguno cedió. 


El agente no dudó en darle un golpe a Blake en el muslo, el cual le arrancó un gemido profundo. En ese momento, ambos volvieron a forcejear. El atacante anterior se incorporó con dificultad, todavía dando tumbos por el espacio hasta verlos. En ese instante se aventuró a agarrar a Blake por los hombros e intentar someterlo. Entretanto, el primer agente recuperaba su pistola que intentó usar, pero fue impedido por el detective, que le lanzó una patada desesperada que lo hizo soltar el arma. En ese mismo movimiento, tanto Blake como el agente que lo tenía sujeto terminaron empujados contra la baranda de las escaleras. Ambos parecieron dudar sobre lo que pasaría, pero al final la decisión fue tomada por Blake, quien prefirió la caída antes que seguir en ese lugar.  


No sabría decir cuándo empezó o terminó el recorrido por la escalera; su visión se tornó borrosa y el dolor no hizo más que empeorar una vez que los dos cuerpos chocaron contra el suelo de la planta baja. Era complejo determinar de qué parte provenían los quejidos, insultos y dolores de cada extremo, pero no los detuvo, al menos, no al detective, quien reaccionó primero; tomando de la cabeza al agente y entre quejidos, empezó a golpearlo una y otra vez en medio de un intento desesperado del hombre por defenderse, hasta que este dejó de moverse. 


Creyó que podría respirar, un momento de descanso, de alivio ante del dolor. Hasta el segundo disparo emergió de lo alto de las escaleras. Impactando a escasos centímetros de ambos. El agente que aún seguía arriba se tambaleaba de un lado al otro, en lo que un río de su propia sangre emanaba de la herida en la pierna, pero no lo detuvo de apuntar e intentar disparar nuevamente. Solo que a quien le dio, no fue a Blake, sino a su compañero, reventando todo el contenido de su cráneo en un variopinto cuadro abstracto en el suelo. 


 — ¡Al! —gritó el agente al darse cuenta de lo cometido. — ¡Te voy a matar, hijo de puta!  


Blake se lanzó hacia atrás, cayendo de espaldas sobre el suelo sucio, y en un movimiento desesperado agarró el cadáver de Al por las piernas antes de traerlo hacia sí. Al son de los disparos del agente, que disparaba a través del muro de la escalera en la medida que iba bajando: — ¡Te voy a matar! ¡Te voy a matar! — gritaba el hombre una y otra vez. Entre medio, los disparos terminaban levantando el polvo, fragmentos de yeso llovían alrededor de la estancia y, en medio, Blake encogido detrás del cadáver, que había empleado para defenderse de los impactos húmedos y sordos contra la carne muerta. 


Con las manos temblando y la respiración entrecortada, revisó el cuerpo de Al. Sus dedos resbaladizos por la sangre registraron los bolsillos, líneas y formas, hasta encontrar la funda y finalmente, encontraron la pistola de plasma enfundada en el costado. La sacó con torpeza. Intentó activarla, pero el arma emitió un pitido bajo y la luz de carga parpadeó en rojo; el seguro corporativo estaba puesto y sus dedos no conseguían girar el selector. Otro disparo atravesó la pared a solo unos centímetros de su cabeza, y el polvo le entró en los ojos. Maldijo entre dientes, forcejeó con el mecanismo, pero al saber que no lo activaría, tomó la mano de Al con la fuerza suficiente para desbloquear el camino. Momento en que la luz pasó a verde y el arma vibró ligeramente en su mano. 


En ese instante, el agente bajó el último tramo de escaleras, cojeando visiblemente, con el rostro deformado por el dolor y la rabia. Se detuvo al pie de la escalera, levantó su propia pistola y apuntó directamente a Blake. Durante un segundo eterno, los dos se miraron a través del polvo suspendido en el aire.  


No supo decir quién disparó primero. Pero el destello de luz iluminó la estancia brevemente antes de quedarse a oscuras por unos instantes. Para después, alcanzar a oírse el estruendo de un cuerpo al caer y el gorgoteo de quien intenta respirar en vano. El agente dio un paso hacia atrás, con la espalda tocando la pared antes de deslizarse por la misma y terminar en el suelo; aún con la herida visible en su cuello, acompañada de una mirada perdida y un hilo de sangre corriéndole por la comisura de la boca. No emitió ningún sonido más. 


Blake soltó la pistola, que golpeó el suelo con un sonido metálico. Se quedó tendido un momento, respirando con dificultad, el cuerpo entero temblando. Miró los dos cadáveres que yacían a su alrededor. No sintió triunfo, solo un cansancio profundo que le calaba hasta los huesos. Parpadeo, respiro y, antes de darse cuenta, llevo la mano hasta el dorso de la boca, donde sintió como una amalgama de saliva, mezclada con sangre y moco, emergía de su interior antes de escupirla hacia un lado: — ¿Qué mierda he hecho?  

 

 


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