Agatha: Capítulo 7: El peso de los días
- Ciaran. D'ruiz

- 25 abr
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Empezó por el principio, como siempre. Nunca era capaz de intentarlo por el medio o por el final. Por más que deseara llegar a la parte que más le gustaba, era incapaz de tomar esa decisión, dejándole la necesidad de hacerlo todo de acuerdo a las reglas. Aun así, debía repetir la misma pieza desde el inicio una y otra vez, con tal de corregir el fallo en el medio o el final; antes de practicar esa escena en particular, lo haría.
Ante ello, las primeras notas luego del cuarto intento, empezaron a llegar sin esfuerzo; con la fluidez de quien las ha repetido el tiempo suficiente para no tener que prestarles atención, siendo en esos breves minutos de práctica donde podía permitirse disfrutar la pieza hasta que debía prestarle atención. Recorriendo la misma pieza, en movimientos lentos, antes de pasar al siguiente, acortando ese breve instante entre el sentir y la actividad. Finalizando el primero, fue en el siguiente donde comenzó con problemas, obligándole a repetir una vez más, hasta que el quinto comenzó bien hasta llegar al pasaje.
Eran doce compases de transición hacia el registro agudo, una ascensión que en la partitura parecía sencilla y que en el instrumento llevaba semanas resistiéndose con la obstinación silenciosa de algo que sabe que puede esperar. Las manos subieron por el teclado con la intención correcta, el tempo correcto, y la caricia cuidada. Pero, aun así, en el noveno compás algo se deshizo, no una nota equivocada ni un ritmo roto, sino algo más interior. Que cada que estaba a punto de terminar la pieza, de lograr el tan ansiado final, terminaba fallando en el movimiento, dejando que la melodía terminara en un eco distante hasta terminar en silencio; volviendo al momento de la realidad donde solo estaba ella y el instrumento que aguardaba un nuevo intento.
Se frustró al fallar. Se miró las manos, rojizas y manchadas de algo similar a la sangre entre sus dedos manchados por tonos negruzcos a lo largo de la palma y dorso. Respiro al dejarlas caer sobre el instrumento, antes de maldecir, diciendo una palabra que, de pronunciarla ante alguien por fuera de esa sala, solo ocasionaría problemas en vez de interés. Y sin más a dónde ir o qué hacer, volvió a iniciar. En el siguiente intento llego al décimo compás, pero fallo al olvidar la última línea; de la misma forma que la continuación posterior, y la que le siguió a esa. Perdiendo la noción de cuántos intentos había hecho, solo para frustrarse una vez más por no lograrlo: — ¿Por qué no puedo hacerlo? —¿Por qué no puedo hacerlo bien? —repitió una vez más antes de golpear las teclas con el suficiente malestar para que ellas chillaran ante la presión.
Una vez más lo intento. Y esta vez no llegó más lejos que la primera, y eso era lo que hacía el pasaje difícil de verdad, no que fuera imposible, sino que era inconsistente, que no obedecía a ninguna lógica que ella pudiera estudiar y corregir, que un día cedía y otro no y no había forma de saber de antemano cuál sería. Selene bajó las manos al regazo al terminar. Resopló, e incluso un leve gesto de querer gritar se asomó, pero lo negó; no lo permitirá.
Negó esa muestra de debilidad y, con mirada cansada, observó el teclado durante un momento sin tocarlo; pensó en tantas cosas que podría hacer, desde destruirlo hasta limpiarlo, desde dejarlo hasta negarlo. Pero nada surgió, solo respiró y volvió a colocar los dedos en la posición inicial y empezó de nuevo. Fue en el cuadragésimo primer minuto; sin anticiparlo, el pasaje llegó. Dando por fin, resultado a una práctica incesante, dejándose llevar por la pasión sin medirla. Las manos subieron por el teclado con una soltura que ella no había buscado. Llegando a dejarse llevar por la melodía que la tomaba cual amante despechado, en busca de extender cuanto fuera posible aquel momento.
Recorriendo las notas altas ante su caricia, ligera, constante, sin dejarlas respirar ni apagar el ritmo. Por un instante, la sala solo era para ella, devolviéndole el cariño con sumo cuidado. La música llenó el espacio de una forma que no dejaba sitio para ninguna otra cosa. Los dedos completaron la frase, descendieron hacia el centro del teclado, aguardó, se aventuró y se permitió realizar la improvisación, y ese momento, fue suficiente para hacerla sonreír por primera vez en tanto tiempo, que el acorde final se sostuvo el tiempo suficiente para que el sonido tomara forma propia antes de disolverse en el silencio. Antes de regresar a la realidad que deseaba negar.
Fue entonces que bajó la mano en un suspiro. Colocando la mano derecha sobre el reclado, y la vio temblar. No era visible a distancia. Era algo más interior, una vibración que no llegaba a la superficie, pero que se sentía desde dentro, como un cable sometido a una tensión que supera lo que fue diseñado para sostener. Intento contenerlo, cerrar los dedos, pero estos no reaccionaron de inmediato, tomándose su tiempo con tanto esfuerzo, que le provocó dolor. El temblor no desapareció, solo se hizo más pequeño, lo suficiente para no notarse si no se buscaba; solo entonces, la mano reaccionó ante su orden. La mantuvo cerrada sobre el regazo, antes de masajearla con la mano izquierda. —Está empeorando. — dijo para sí misma; sus tiempos de reacción eran más demorados, su visión se volvía nublada por segundos y cada tanto, al respirar, un leve punzón en su pecho le recordaba el tiempo que quedaba.
—Llegaste hasta el final — dijo una voz detrás de ella.
— Lo hice, ¿no, Erhan?
— Lo hiciste. —Respondió el hombre desde un banco lateral. Donde portaba una libreta llena de anotaciones, varias hojas de partituras a su lado y un recipiente para líquido.
Selene no respondió de inmediato, dejando que las palabras de Erhan ocuparan el espacio sin contestarlas todavía. Desde el banco lateral donde había estado sentado en silencio durante toda la sesión, él tampoco insistió, porque llevaba suficiente tiempo enseñando como para saber que hay momentos donde la respuesta más útil es simplemente esperar a que el otro decida qué hacer con lo que acaba de escuchar. Pero, no evitó que ella se percatara de cómo su atención estaba fijada en sus manos.
—Llegué hasta el final y rompí en la última frase —dijo ella al fin.
—La última frase llegó. —Erhan se levantó del banco con el movimiento pausado luego de tomar el termo con una mano y darle un trago, antes de cruzar los pocos metros que separaban el banco del piano con la misma calma con que había estado sentado—. Las anteriores también. La semana pasada no pasabas del segundo compás sin perder el hilo. Hoy lo terminaste.
—Y luego esto. —Abrió la mano despacio sobre el regazo, mostrando los dedos extendidos, que volvían a temblar levemente ahora que había dejado de sujetarlos con la fuerza que los mantenía quietos. — Duele.
Erhan se detuvo a su lado sin decir nada durante un momento, manteniendo la vista fija en ella. Erhan era un hombre de unos cuarenta años, de complexión discreta, con manos que llevaban los mismos callos que demuestran su tiempo en la profesión y no por aparentar como muchos músicos que se jactaban con orgullo de su talento, aunque sus manos siguieran tan delicadas como en la infancia. Había llegado al complejo hacía tres semanas bajo un contrato que en los registros corporativos figuraba con una denominación genérica, del tipo que evita generar preguntas. Aunque ella podría haberse atrevido a descubrir la verdad, prefirió evitarlo. Eran pocas las ocasiones en que podía hacer algo realmente para sí misma sin tener que estar relacionado con la compañía, por lo que prefirió ignorarlo. Si él hubiera o no dado una respuesta a por qué estaba ahí, ya era demasiado tarde para formularla.
—Está bien fallar —dijo al fin, con una sencillez que no era condescendiente, sino simplemente directa—. Hay tiempo para mejorarlo.
Selene miró la mano un momento más, intentando mover los dedos pese al dolor. Pero nada cambió, seguía igual que antes. Lento, con su dolor punzante que solo se apagaba tiempo después. Hacía días que se había dado cuenta del deterioro, pero pensaba que tendría más tiempo antes de ser consciente del mismo. Como a quien le dicen que mantenga la postura recta para evitar encorvarse, ya que tomarían años para eso. Pero años era algo que ella no tendría de seguir así.
—No todos tienen el mismo tiempo —dijo.
La frase cayó en el espacio entre los dos con un peso que ninguno de los dos nombró. Erhan no preguntó a qué se refería, porque el modo en que lo había dicho no era el de alguien que espera que le pregunten, sino el de alguien que necesita que la frase exista en voz alta, aunque no llegue a completarse. Ante ello, se sentó en el banco del piano, a su lado, con la distancia cuidadosa de quien respeta un límite que nadie ha trazado explícitamente, pero que está ahí de todas formas, sosteniendo el espacio entre ambos con la discreción de no querer sobreponerse ante el otro.
—El pasaje del tercer movimiento tiene doce compases de transición antes del punto donde sueles perder el hilo —añadió sin esperar una respuesta.—. La próxima vez, en lugar de anticipar la llegada al registro, intenta no pensar en él hasta que estés en el décimo. El problema no es la llegada, es que empiezas a prepararte demasiado pronto. y genera que falles.
— No puedo fallar.
— No, pero lo seguirás haciendo de continuar así. — Puso las manos sobre el teclado, generando una pequeña melodía hasta interrumpirla. — Si al iniciar, solo pienso en el final, entonces fallaré en el medio.
— Yo... no lo entiendo.
— Te preparas tanto para el momento en que debes actuar, que no lo haces. Algunas cosas, deben de hacerse en su espacio, no antes.
Selene asintió despacio, con los ojos todavía en el teclado, pasando un dedo por la superficie de una tecla sin presionarla, recorriendo el borde donde el marfil sintético encontraba el negro del sostenido en una línea que conocía de memoria, pero que seguía buscando como si pudiera cambiar. Era un gesto que hacía cuando procesaba algo, cuando necesitaba que las manos tuvieran un lugar donde estar mientras la mente trabajaba en otro sitio, y Erhan lo había visto suficientes veces durante las sesiones como para reconocerlo sin nombrarlo.
—Lo intentaré —dijo ella con una voz tan pequeña que pareció un susurro.
— Solo eso tiene que hacer.
Él sonrió, ella asintió, y ambos quedaron en silencio una vez más No era esa ausencia del tipo que se instala entre dos personas cuando ya no hay nada urgente que decir y ninguno de los dos tiene prisa por romperlo. Selene apoyó los dos dedos sobre el teclado, probando la posición inicial del pasaje sin producir sonido, solo midiendo la distancia entre las notas con el peso de la mano, como si el cuerpo pudiera aprender algo que la mente todavía no había terminado de entender. Luego los retiró. Miró sus propias manos un segundo. Miró a Erhan de reojo, brevemente, antes de volver al teclado.
—¿Puedo preguntarte algo? —dijo.
—Claro.
— ¿Hace cuanto eres pianista?
— Creo que, desde hace más tiempo que el que recuerdo. — Hizo una pequeña mueca al darse cuenta de la edad. — Lo he hecho tanto tiempo, que no podría imaginarme haciendo otra cosa.
— ¿Aun si tuvieras la oportunidad?
— No lo cambiaria por nada. — bajo la cabeza, dando un pequeño roce sobre las teclas. — Me permitió conocer a mi esposa, me dio una vida y las mejores experiencias de mi vida. Aunque ya estoy viejo para volver a tocar ante público, no me arrepiento de haberlo vivido.
— Suena a que lo extrañas.
— ¿Qué cosa?
— Tocar.
— No. Mi tiempo ya ha pasado y con ello las experiencias que me dio. Enseñar es mas que suficiente.
— Me gustaría poder escuchar esas experiencias.
— Apuesto a que la heredera de una gran corporación tiene cosas más interesantes que hacer, que escuchar las historias de un anciano.
— Solo de los que son atractivos.
El anciano sonrió ante las palabras de ella, pero al observar la expresión fija de Selene, apartó la mirada con cierta vergüenza y rubor en su rostro.
— Si alguna vez tienes tiempo..., ¿podríamos ir a cenar?
— ¿A cenar?
— ¡Sí! —interrumpió con el suficiente entusiasmo que le hizo balbucear, llegando a apartar la mirada del hombre. — Me refiero, si... si quieres. No tiene que ser ahora, ni pronto. Solo si tienes tiempo. — Balbuceo al decirlo. — Me gustaría poder escuchar tus historias.
Erhan no respondió de inmediato, y en esa pausa Selene no lo miró, porque mirarlo habría sido el tipo de gesto que convierte una pregunta en algo más grande de lo que pretendía ser. Aunque para sí, se arrepintió al percatarse de lo hecho. No recordaba si alguna vez había realizado una proposición similar, o al menos, una que fuera propiamente de ella y no de los recuerdos que quien no era. De cualquier modo, el silencio que le siguió sí fue de ese tipo incómodo donde cualquier cosa que se dijera no sería suficiente. Ante ello, él miró el piano un momento, luego a ella, luego al espacio frente a ambos donde no había nada en particular que mirar salvo la sala con su recubrimiento acústico y la luz del techo que no tenía carácter propio, esa luz de los lugares diseñados para una función y no para una persona.
—Sí —dijo al final—. Me parece bien.
Selene asintió una vez, con la economía de quien intenta que la respuesta no cambie nada visible en su expresión, y no lo consiguió del todo. Algo en la línea de su hombro se soltó apenas, con la discreción específica de quien lleva suficiente tiempo sosteniendo tensión como para que el alivio, cuando llega, ocurra casi sin que el cuerpo sepa que está ocurriendo. La sonrisa llegó después, breve y sin ningún artificio, del tipo que no se construye, sino que simplemente aparece cuando el cuerpo decide que ya no tiene sentido evitarla, y que duró lo que duró antes de que Selene volviera a mirar el teclado con la expresión habitual, como si devolver la atención al instrumento fuera una forma de guardar algo que no quería exponer demasiado tiempo al aire.
Erhan movió la cabeza de un lado al otro ante la actitud de ella, antes de volver a ponerse de pie y regresar al banco donde estaba: — ¿La otra semana? —preguntó en lo que recogía la carpeta con las partituras. La respuesta de Selene, confirmando su cita, llegó antes de que él terminara de ponerse de pie. Lo que ocasionó que entre ambos hubiera una breve mirada y una risita de aquellas que se escapaba entre los labios cuando era absurdo negarla.
—Entonces, ¿el viernes? —añadió ella sin mirarlo, con la vista fija en el teclado, como si la pregunta fuera algo que había dejado caer ahí por descuido y que podía recoger si la respuesta no era la que esperaba.
Los dedos de su mano izquierda seguían apoyados sobre las teclas sin presionarlas, recorriendo de memoria la posición de las notas del pasaje con ese gesto que hacía cuando necesitaba que las manos tuvieran un lugar donde estar mientras el resto de ella esperaba algo que no sabía nombrar del todo. Erhan miró la carpeta que tenía entre las manos, luego a Selene, luego de nuevo a la carpeta, con el movimiento de quien busca en los objetos cercanos una respuesta que sabe que no van a darle. Había algo en la pregunta que no era solo una pregunta, en el modo en que ella la había formulado sin mirarlo, con esa torpeza específica de quien no ha tenido suficiente práctica en pedir cosas para sí misma. Dejó la carpeta sobre el banco con un gesto más lento de lo necesario, como si necesitara ese segundo adicional para confirmar lo que ya había decidido.
—No puedo esperar —dijo.
Selene no respondió de inmediato. Mantuvo la vista en el teclado unos segundos más, el tiempo suficiente para que la respuesta se asentara antes de reaccionar a ella, y cuando la reacción llegó, fue pequeña y sin artificio: algo en la línea de su hombro se soltó apenas, con la discreción específica de quien lleva suficiente tiempo sosteniendo tensión como para que el alivio llegara en una línea alegre en su rostro, antes que llegara una pequeña risita, tan diminuta que, de haber tenido algún recuerdo propio de la niñez donde obtenía algo por si misma, siendo motivo para sentir orgullo, sería igual.
Erhan recogió la carpeta del banco y se puso de pie con el movimiento natural de quien da por terminada una sesión, ajustando las hojas de partitura con una calma, que en ese momento no tenía ningún propósito práctico más que darles a las manos algo que hacer mientras el resto de él se ordenaba. Caminó hacia la puerta con pasos lentos, intentando evitar causar ruido alguno. Y, antes de llegar al umbral, giró la cabeza apenas lo suficiente para verla una vez más. Selene ya tenía las dos manos sobre el teclado, ya había vuelto al principio del pasaje, con esa concentración que era su forma de estar presente en el único lugar donde parecía que nadie le pedía ser otra cosa.
Erhan observó eso un segundo más de lo que era estrictamente necesario, con una expresión que no habría sabido describir si alguien le hubiera preguntado, antes de cruzar el umbral y cerrar la puerta detrás de él con más cuidado del necesario. El sonido del piano lo siguió unos pasos por el pasillo antes de que las paredes se lo llevaran, y cuando desapareció, el silencio que quedó era del tipo que hace notar su propia ausencia.
El pasillo del nivel quince tenía esa temperatura ligeramente más alta que el resto del edificio, producto de años de configuraciones personales que nadie había revertido porque nadie había considerado que valiera la pena hacerlo, y Erhan lo recorrió despacio con la carpeta bajo el brazo y los pasos más lentos de lo habitual, sin ninguna razón concreta para apresurarse y con suficientes cosas en la cabeza como para no querer llegar demasiado pronto a ningún sitio. El zumbido constante de la ventilación llenaba el espacio con su presencia indiferente, ese sonido de fondo que en el edificio de Helix llevaba tanto tiempo presente que la mayoría había dejado de escucharlo, aunque Erhan lo escuchaba ahora con una claridad que no tenía que ver con el sonido, sino con el silencio que había dejado el piano al apagarse.
Pensó en la primera sesión casi sin querer, de la misma forma en que uno piensa en el principio de algo cuando acaba de ocurrir y no lo esperaba. Aquel día Selene había llegado puntual, con la postura correcta y las manos en la posición exacta que cualquier manual indicaría, y había tocado durante cuarenta minutos con una precisión que en otro contexto habría sido admirable; de forma limpia, sin errores, del tipo de ejecución que producen años de práctica rigurosa bajo la supervisión de alguien que valora la corrección por encima de cualquier otra cosa.
Pero había algo ausente en esa precisión, algo que él había tardado dos sesiones en nombrar: no había ninguna decisión propia en lo que tocaba. Cada frase; dinámica y pausa, era la reproducción fiel de algo que alguien más había decidido en algún momento anterior, como si la música existiera en ella, pero no desde ella. Era extraño darle sentido. o palabras a algo que podía verse, pero no expresarse de forma coherente. Lo que sí podía decir era que Selene era buena pianista por ser capaz de repetir con exactitud lo que se le pedía, pero era incapaz de improvisarlo por sí misma.
Se detuvo un momento frente a una de las ventanas interiores del pasillo, de esas que daban a un patio central sin luz natural, solo la iluminación artificial del edificio reflejándose en el cristal tratado, y apoyó la carpeta contra el marco mientras miraba su propio reflejo superpuesto sobre el vacío del patio, pensando en eso, en la diferencia entre contener y generar, en lo que significaba que alguien aprendiera a tocar sin aprender a elegir. De la misma forma que se percataba del peso de los días, de las canas nacientes y arrugas en su rostro: — No debería haber accedido — dijo para sí mismo antes de continuar rememorando las sesiones.
Las semanas siguientes habían sido lentas pero constantes, del tipo de progreso que no produce saltos visibles, sino una acumulación silenciosa que de repente se hace evidente, y lo que más había cambiado con una rapidez que ni él mismo habría anticipado: los momentos donde Selene dejaba de reproducir y empezaba a decidir. Al inicio eran casi imperceptibles, una dinámica ligeramente distinta a la indicada, una pausa, un compás más largo de lo escrito, gestos mínimos que en cualquier otro estudiante habrían pasado desapercibidos, pero que en ella tenían el peso específico de algo que costaba, como si cada decisión propia requiriera atravesar una resistencia que los demás no tenían.
El ser creativo era, en sí, un acto de elección consciente; no solo emergía de la nada. Requería construcción e identidad, pero era algo que solo emergía cuando era por si mismo, y eso, era difícil para ella. En otro tiempo se habría molestado con un estudiante que se desviaba para improvisar, pero ahora, era algo que le generaba cierta ternura. Dejó la idea suelta, al momento en que el ascensor llegó detrás de sí y, recogiendo nuevamente la carpeta, se adentró en el mismo.
Recordó la tarde en que ella comenzó a ser un tanto más rebelde, a improvisar más seguido. Esa tarde había sido en una variación breve en el acorde final, cuatro notas que no estaban en la partitura y que, sin embargo, encajaban con una naturalidad que no se aprende, sino que simplemente aparece cuando algo interno encuentra por fin la salida correcta.
Erhan había visto eso antes en otros estudiantes, ese momento donde la técnica deja de ser el objetivo y se convierte en el vehículo, pero en Selene tenía un peso diferente, porque él sabía, aunque no lo hubiera nombrado en voz alta durante estas semanas, que para ella improvisar no era simplemente una decisión musical, sino algo más parecido a una declaración, la primera frase de alguien que hasta ese momento solo había sabido citar a otros. Lo había reconocido en el modo en que había sostenido el acorde más de lo necesario, como si quisiera escucharse a sí misma hacerlo antes de dejar que terminara, y lo había reconocido también en la sonrisa que llegó después, antes de ser negada con un gesto y una mueca; siendo una mezcla de vergüenza e inseguridad por lo hecho.
Llegó al ascensor y pulsó el botón sin dejar de pensar en eso, en la sonrisa y en el viernes, y fue entonces cuando la incomodidad llegó con una claridad que el pasillo había estado retrasando sin conseguirlo del todo. No era arrepentimiento, sino algo más parecido a la conciencia tardía de haber aceptado sin pensar del todo en el contexto donde estaba aceptando.
Las puertas se abrieron. El pasillo del nivel catorce era más estrecho que el de arriba, con el mismo revestimiento oscuro de toda la planta administrativa y una temperatura ligeramente más baja, del tipo de diferencia que el cuerpo nota sin que la mente la registre conscientemente, casi obligándolo a encorvarse, a bajar el ritmo del paso y buscar en cada momento, un motivo para demorarse, pero era en vano. Una vez llegó a la puerta sin nombre al fondo del corredor, apoyó la credencial en el lector biométrico, y esperó el parpadeo ámbar de confirmación antes de entrar, porque siempre esperaba ese parpadeo, aunque llevara semanas haciéndolo, esperando el día que fuera rechazado para marcharse, pero ese día no era ese.
La puerta de la sala del nivel catorce no hacía ningún sonido al abrirse, y Erhan entró con la carpeta bajo el brazo y la expresión que había conseguido ordenar en el ascensor. Lo primero que encontró fue el silencio de una sala donde la conversación había parado justo antes de que cruzara el umbral, del tipo de silencio que no es pausa sino suspensión, algo que se había detenido y que esperaba a que el recién llegado ocupara su lugar antes de continuar.
No levanto la vista, ni intercambio mirada. En un intento de extender ese momento para sí mismo, hasta llegar a la mesa, lugar donde depositó la carpeta sobre la misma. Nadie se lo habia pedido, pero lo hizo igualmente. Para después, quedarse de pie junto al borde, considero buscar un asiento, pero eso sería darle mayor familiaridad a un espacio que en sí no pretendía tener.
Ante toda esa actuación, Cassandra lo miró de reojo sin cambiar su expresión. Ella estaba de pie junto a la mesa central, portaba una tableta activa en la mano y la vista sobre las dos pantallas de la pared izquierda, que mostraban el interior de la sala de práctica desde ángulos que Selene no sabía que existían. La figura de la chica ante el piano con la cabeza agachada, acariciando levemente las teclas, antes de detenerse para masajearse la mano contraria ante un temblor visible, aunque nadie estuviera ahí, intentaba ocultar en todo momento.
A la derecha de Cassandra se encontraba Taren, que operaba la consola lateral, repleta de datos y gráficos que iban desde la temperatura hasta los contados movimientos que hacía la chica. Al otro extremo de la mesa, una mujer de piel ligeramente distinta a la humana, sin ser radicalmente diferente, solo lo suficiente para que la mirada se detuviera un instante antes de continuar, revisaba algo en el pad con las manos cruzadas sobre la superficie con esa quietud que no era tensión, sino simplemente su forma de estar presente en su propio mundo. Salvo el tono de su piel, resaltaban breves modificaciones en la piel; era difícil distinguir si era un alienígena o simplemente alguien que había modificado su cuerpo en exceso. Salvo eso, lo único destacable de su presencia era el identificador del sector médico en la solapa.
Junto a la ventana interior, se encontraba un hombre de aspecto intimidante, más alto que todos, de contextura fornida y ojos azules. En su uniforme se presentaba su nombre en una sola palabra: “Coran” quien, durante todo el tiempo, mantuvo los brazos cruzados y la mirada fija en las pantallas, aunque era evidente por la línea de su mandíbula que llevaba un tiempo considerable mirándolas sin ver realmente lo que mostraban. Cuando Erhan entró, fue el único que lo miró directamente, después de Cassandra. De arriba hacia abajo, buscando algo que nadie más entendería.
—¿Y bien? —dijo Cassandra, sin apartar la vista de la pantalla.
La sonrisa que Erhan había traído sin darse cuenta del piso de arriba desapareció antes de que pudiera hacer nada al respecto. Se aclaró la garganta brevemente y abrió la carpeta en la página de anotaciones de la sesión, buscando la distancia útil de los datos antes de hablar: —Ha habido avances significativos en las últimas tres semanas — añadió en la medida que mantenía la vista en las notas.
—Explícate —preguntó otra voz en la sala.
— Ella ha mejorado en cuanto a la habilidad de piano. Incluso hoy ha improvisado de forma constante en una melodía, aunque es posible que no se haya dado cuenta. Y... — Al sentir cómo perdía la atención de los presentes, volvió a aclararse la garganta. — Existe una mejora de igual forma, en cuanto a términos de interacción social. Rasgos de individualidad naciente.
Ejemplifícalo. — Pregunto Cassandra sin llegar a verlo.
— Me ha propuesto continuar el contacto fuera del contexto de las sesiones.
—Una cita —dijo Coran, desde la ventana, con el tono plano de quien constata algo que le parece irrelevante.
—Una invitación a cenar —respondió Erhan.
—Lo mismo.
—No es lo mismo —dijo Sura, sin levantar la vista del pad todavía—. Una cita es un protocolo aprendido. Lo que describes es iniciativa propia, donde hace tres semanas no existía ninguna. De seguir así, el clon, digo, Selene, ha desarrollado características propias de individualidad, sin los cuestionamientos identitarios que suelen verse en otros productos con el mismo tiempo en actividad que ella.
Coran se separó de la ventana y se acercó a la mesa con paso lento: —¿Y qué cambia eso? —dijo, apoyando las manos en el borde y mirando a Sura con la paciencia de quien espera una respuesta que ya sabe que no va a convencerlo.
—Que sus reacciones ante situaciones de estrés elevado son menos predecibles que hace un mes —respondió Sura, dejando el pad sobre la mesa y poniéndose de pie—. Lo que en una exposición pública puede traducirse en comportamientos que nadie ha autorizado.
— Ha desarrollado identidad y eso la hace difícil de controlar. — Coran observó a Cassandra al hablar. —. Un activo con iniciativa propia y deterioro avanzado es un problema antes de que sea una solución.
—¿Los datos, Taren? —dijo Cassandra, sin responder a Coran.
Taren amplió la imagen de la cámara hasta encuadrar las manos de Selene sobre el teclado, y la pantalla mostró la vibración mínima que recorría la mano de dentro hacia fuera en el instante en que la concentración cedía, con la insistencia de algo que no podía contenerse del todo. Abrió los gráficos en la pantalla secundaria sin que nadie se lo pidiera.
—Veintiocho por ciento — añadió —. Tres puntos por encima de la proyección base en las últimas dos semanas. Cada sesión de alta concentración produce un incremento que el organismo no recupera completamente en el descanso posterior.
—¿Y la presentación? —dijo Cassandra.
Taren miró brevemente hacia Sura, y Sura tomó el relevo.
—En el mejor de los casos, reduce la ventana de meses a semanas —dijo—. En el peor, a días. —Hizo una pausa—. Con los cuidados adecuados y sin presión adicional, el organismo puede mantenerse estable significativamente más tiempo.
—El organismo tiene una función —intervino Coran—. Y la función no se ha completado.
—Un activo estable rinde más tiempo que uno al que se lleva al límite antes de hora —respondió Sura, con la misma calma.
—O colapsa frente a varios cientos de personas en el Tenerius — cuestionó Coran—. He visto operaciones descarrilarse por menos. —Se giró hacia Cassandra—. Mi recomendación es evaluar un reemplazo antes de la presentación, ¿acaso no hemos tomado demasiados riesgos en esto? Si no desechamos a la joven, fallará ante el público; no tiene que ser ahora, pero sucederá y eso afectará a la compañía.
El silencio que siguió fue breve, pero denso. Erhan no dijo nada, aunque algo en la forma en que sus manos apretaron el borde de la carpeta fue suficiente para que Sura lo notara sin necesidad de mirarlo. Taren mantuvo la vista en la consola con la concentración específica de quien ha decidido que no va a tener una opinión sobre lo que acaba de escuchar y opta por enfocar cada parte de su atención en su trabajo.
—No hay tiempo para un reemplazo — pronunció Cassandra luego de revisar los datos.—. Y aunque lo hubiera, un clon nuevo en esta fase no tendría la credibilidad acumulada que tiene Selene ante quienes la han visto en los últimos meses. Sin contar que no hay material genético para hacerlo puramente puro, en el mejor de los casos, funcionaría una temporada antes de comenzar a desmoronarse nuevamente. No quiero soluciones a medias, necesito algo constante —Miró a Sura—. ¿Puede garantizarme que llega a la presentación en condiciones?
—Puedo minimizar la aceleración con los protocolos correctos, investigar y traer suplementos que ayuden en su metabolismo y condición física. Podrá prevenir deterioro por salud, pero en cuanto a lo emocional e identitario. — Hizo una pausa luego de unos segundos de reflexionar. Sura—. No puedo garantizar el resultado. Las altas presiones de estrés, en cualquier caso, solo acortarán su tiempo de funcionalidad.
—Es suficiente. —Cassandra tomó la tableta de la mesa—. Mantenedme al tanto de cualquier variación significativa en las próximas setenta y dos horas. Antes de que figure en ningún informe. Necesito que esté en las mejores condiciones para la presentación.
Fue entonces cuando el dispositivo de Dael emitió el pulso suave de una notificación. Lo consultó con el gesto rápido de siempre, y cuando levantó la vista, su expresión era la de quien tiene algo que decir y está aguardando el momento para hacerlo: —La delegación del anillo cinco lleva veinte minutos esperando en la sala de reuniones B —dijo—. Kovacs ha pedido que se le informe si habrá retraso.
Cassandra no respondió a eso. Se dirigió hacia la puerta con el paso que tenía siempre, y Dael la siguió con la naturalidad de quien lleva suficiente tiempo en ese rol como para anticipar cada movimiento sin que se lo indiquen. Erhan los vio salir, y Sura volvió al pad; dejando a Coran de pie a la mesa mirando las pantallas con la expresión de alguien que tiene más cosas en qué pensar que las que esta sala le ha dado, y Taren redujo la imagen de las manos de Selene hasta que volvió a ser solo una figura pequeña frente a un piano, tocando en una sala que desde aquí parecía muy silenciosa, aunque el sonido no llegara a estas pantallas.
En el pasillo, los pasos de Cassandra y Dael producían ese eco característico del nivel catorce, y Dael esperó hasta que estuvieron suficientemente lejos de la puerta antes de hablar: — La doctora ha sido bastante clara sobre los riesgos — habló de forma lenta, temerosa de que, al cambiar en cualquier momento el tono, generaría más dificultades—. Si la exposición pública produce la aceleración que proyecta, existe una posibilidad real de que Selene no llegue al final de la presentación en condiciones verificables...
— Eso ya lo expresó Coran en la reunión. La chica morirá antes por la presión; sé honesto conmigo y ahórrame los detalles, ¿quieres?
— Lo que... quiero preguntar es, ¿Está segura de seguir adelante con esto? ¿En especial ahora que ella está más cerca de ser.... una persona que un producto?
Cassandra no aflojó el paso ni lo miró: — Sí.
Dael anotó algo y esperó, porque había aprendido que cuando Cassandra respondía con una sola palabra después de una pregunta que él había tardado varios pasos en formular, no era el final, sino el inicio. Los pasos de ambos resonaban en el corredor hasta el giro del pasillo donde los ascensores aparecían al fondo. Aguardando la llegada de ambos, al menos, eso esperaba,
—Blake lleva semanas sin reportar —comenzó a hablar Cassandra, en cuanto el giró y los separó de cualquier puerta cercana—. La opción de invertir en el como una medida preventiva no ha generado ningún beneficio. Y sin comunicación verificable, ha dejado de ser un activo para ser una variable que no puedo controlar. —Hizo una pausa—. No puedo esperar indefinidamente a que aparezca con información que justifique la espera. Mas ahora que Triton ya ha comenzado el trámite para presentar su informe ante el consejo. Aunque Coran y sus agentes se encargaron de retrasar el archivo, solo nos dio algo de tiempo.
Dael siguió anotando. Siguieron caminando en silencio durante unos pasos, y cuando volvió a hablar, lo hizo con el tono de quien ha decidido que, si va a decir algo incómodo, es mejor decirlo antes de llegar al ascensor: —Si algo sale mal durante la presentación — tartamudeó —, Tritón va a tener exactamente el argumento que necesita. Cualquier incidente visible en el Tenerius se convierte en documentación adicional para ellos...—dejo la palabra a medias, deseando no terminar la oración — ¿Estamos preparados para ese escenario?
Cassandra se detuvo antes de llegar al ascensor y se giró hacia él con la expresión de quien va a decir algo que solo se dice una vez.
—No me hagas esa pregunta —dijo, con una calma que era más definitiva que cualquier tono elevado—. Si empiezas a formularte ese tipo de preguntas en voz alta, las dudas se vuelven visibles para quien no debería verlas. —Hizo una pausa de un solo segundo—. Lo que necesito de ti es que te asegures de que todo lo que rodea a esa presentación esté controlado hasta el último detalle.
— ¿Todo?
— Todo. Necesito que la chica funcione. Calmará a los accionistas, nos devolverá la confianza tanto de la colonia como de la opinión pública y evitará el avance de Triton con su chantaje. Quiero que priorices y supervises directamente todo lo que suceda. Desde el traslado de la torre hasta el teatro; el protocolo médico previo; la cobertura del evento y la disposición del personal de seguridad. Corán recibirá instrucciones específicas sobre el teatro antes de que acabe la semana. Quiero que coordines con él directamente, sin intermediarios. Y me reportes a mí en persona, ¿está claro?
— No es..., ¿excesivo?
— Si esta compañía cae, no será por mí Mi tatarabuelo fundó este lugar, mi abuelo lo expandió y mi padre lo consolidó No dejaré que nadie se atreva a amenazar el legado de mi familia.
— Pero... ¿Qué pasará con la chica?
Ante la pregunta de Dael. Cassandra no respondió, mantuvo la vista fija en el chico hasta que este palideció ante las posibilidades de lo que pasaría Ante lo cual, bajó la mirada temerosamente antes de continuar anotando algo en la tableta: — E... entiendo. —respondió al final de unos segundos que se sintieron eternos.
— Bien.
Sin nada más que decir o añadir. Cassandra reanudó el paso hacia el ascensor, y las puertas se abrieron antes de que llegaran. Entraron sin más hasta que las puertas se cerraron, dejando tras de sí el pasillo. En el cual, el silencio se unió con la ausencia, dejando solamente el zumbido de la ventilación para llenarlo, indiferente como siempre. En algún punto del nivel quince, separada de ese pasillo por varios pisos y el grosor de un edificio diseñado para no dejar pasar nada que no hubiera sido autorizado, Selene seguía tocando, completando el pasaje una vez más, sin saber que la conversación sobre su bienestar había terminado; sin ideas del futuro, o lo que pasaría Por ese instante, solo estaba ella, el piano y una canción que comenzó a tocar, pensando en la promesa del viernes venidero.






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