La Balada de los Errantes Capítulo 7: Bajo el Ojo Llameante
- Ciaran. D'ruiz

- hace 5 días
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“En Aethelgard, la justicia no se debe de pesar en balanzas de oro, sino en la pureza de la sangre. La Ciudadela de la Ceniza Sagrada se erigió para recordarnos que el perdón es una debilidad humana, mientras que la purificación por el fuego es un mandato divino del Hacedor.” — Cánones de la Vigilancia Ortodoxa, atribuidos al Primer Inquisidor Cassian Reeve.
El puerto de Aethelgard apestaba. Era en lo único que podía pensar al recorrer sus calles. No era solo el hedor habitual del pescado podrido o las algas descompuestas que se acumulaban entre los pilotes de madera. Tampoco el de las especias extranjeras junto con las diversas mercancías mercantes que entraban y salían del lugar. Era algo más cercano a la realidad, algo que desde que había puesto un pie en aquel lugar, solo aumentaba. Era un olor acre impregnado de codicia, del aroma al metal en las manos proveniente del vaivén de las monedas al ser pasadas entre manos. Era un olor particular que llegaba a seguir a cualquier mercante por el que pasaba.
Cada que pasaba cerca de uno, ese aroma metálico le enfermaba, pero poco podía hacer, porque en cuanto daba tres pasos, su abdomen le recordaba que no estaba en posición de cuestionamiento. A diferencia de los demás, de él provenía un olor amargo, de sangre vieja impregnada con el ácido fétido de una herida infectada. Solo bastó con pasar los dedos por encima de la camisa, encima de los vendajes y con un poco de presión, para terminar con los dedos manchados de esta misma. Dejándole una sensación pegajosa que no hacía más que empeorar entre cada respiración, siendo una punzada ardiente que ascendía por su torso, recordándole que el tiempo no estaba de su lado.
Al alzar la vista, se encontró con un grupo de mercaderes que pasaban de largo, ambos sumergidos en una calurosa discusión de precios, mientras dos cortesanas se reían con estridencia fingida, sus vestidos de seda ondeando como banderas de rendición ante la decadencia. Ragnar bajó la cabeza, ocultando su rostro bajo la capucha, y se deslizó junto a ellos sin llamar la atención. Nadie miraba dos veces a un hombre encorvado en los muelles; había demasiados desahuciados buscando trabajo o mendigando monedas.
Hasta que al girar la esquina se encontró con varios guardias interrogando a varios visitantes, señalándoles un cartel. No alcanzo a oírlos, pero las palabras “isleño” fueron suficientes tanto para sí, como para los visitantes, para alarmarse. Ante ello, y al saber que se acercaban, intentó moverse, pero el dolor fue suficiente para impedírselo, haciendo que terminara deslizándose por la pared hasta sentarse en el suelo. Respirando con dificultad a causa de su padecimiento. Se mordió la lengua antes de proferir un insulto, maliciando el haber pasado de ser un guerrero, un hombre libre, a un simple mendigo herido.
Intentó levantarse, luchar o moverse, pero sus piernas no reaccionaron ante sus órdenes, dejándolo ahí. El primero de ellos, de quien solo podía ver la parte baja, usaba un pantalón civil de tela, junto con dos botas militares, a diferencia del segundo, que portaba a diferencia del segundo, que portaba un pantalón militar, con armadura sobre el mismo.
—Deja al mendigo, Batiatus. No nos sirve de nada —ordenó el primero, su voz firme, invisible.
—Está herido. ¿No es nuestro deber ayudarlo?
—No.
—Pero, inquisidor… si un alma sufre, debemos auxiliarla. Es—
—Nuestro deber es proteger esta ciudad, no a un solo individuo —lo interrumpió—. Si ha de salvarse, será por el juicio del Hacedor y de sus ángeles; si ha de morir, la guardia se encargará de su cuerpo. Ahora tenemos un isleño que encontrar, antes de que la corrupción se acerque a esta tierra sagrada.
—Yo… entiendo, inquisidor.
—Bien. Déjalo ahí y llama a la guardia. Nosotros iremos a los Altos Caminos; hay rumores de que pudo pasar por allí.
Batiatus arrugó la nariz ante la orden, pero no protestó. Esperó unos segundos, hasta que la distancia fue suficiente, y entonces sacó un par de monedas del cinto, dejándolas caer con cuidado en el regazo del vagabundo.
—Oraré por tu alma y tu bienestar —murmuró
No tomó mucho para que esas palabras generaran una sonrisa en el hombre herido, quien, al recoger las monedas y ponerlas a la altura de sus ojos, no pudo evitar sonreír ante la ironía. — “Si Andreus pudiera verme ahora (...)” — pensó mientras guardaba las monedas en su bolsillo. — Me diría que incluso la desgracia tiene su sentido del humor. — Al terminar de decir esas palabras, pudo sentir cómo su cuerpo comenzó a reaccionar nuevamente, permitiéndole levantarse, no sin antes maldecir por lo sucedido.
No le tomó mucho; hasta llegar a la oficina de registros portuarios, se alzaba, al final del muelle principal, una estructura de piedra gris con ventanas estrechas que parecían ojos entrecerrados. Ragnar reconoció el edificio luego de rememorar las palabras de aquel trabajador que había amenazado no hace mucho por la ubicación. Aunque se tensó al notar cómo la entrada principal estaba vigilada por dos guardias con las insignias del gremio de comerciantes, aunque le incomodó, prefería verse las con dos guardias que con la propia Inquisición, de cuyas historias podía oírse incluso más allá de la frontera.
Se preguntó el motivo de su búsqueda, de por qué los inquisidores rastreaban sus movimientos, pero poco duró esa duda; en cuanto rodeó el edificio, arrastrándose entre cajas de mercancía y barriles de vino hasta encontrar lo que buscaba: una ventana lateral, apenas visible tras un montículo de redes de pesca abandonadas. —Tendrá que servir. — Pronuncio las palabras en lo que un gruñido profundo del esfuerzo emergía de su interior. En otro momento, se encargaría de sus perseguidores, pero hasta entonces, su mente solo se concentró en forzar el marco oxidado, del cual el mental crujió, rehusándose a ser doblegado antes de ceder.
Con un último esfuerzo que le arrancó lágrimas involuntarias, se impulsó hacia arriba y se deslizó por la abertura. Su torso pasó primero, luego sus caderas, y finalmente cayó al otro lado con toda la gracia de un saco de grano. El impacto contra el suelo de madera lo dejó sin aire en los pulmones, y sintió cómo algo en su abdomen se rasgaba de nuevo, liberando un flujo tibio que empapó sus vendajes. Se quedó tendido boca abajo, respirando en jadeos entrecortados mientras el mundo giraba sobre él, las vigas del techo oscureciéndose y aclarándose al ritmo errático de su visión.
—Cuidado con esa caja, imbécil. Si se rompe, sale de tu salario.
La voz áspera lo arrancó de su aturdimiento. Ragnar levantó apenas la cabeza, lo suficiente para ver a través de las rendijas entre las cajas apiladas que lo rodeaban. No había caído en una oficina vacía como esperaba, sino en un almacén de carga activo. Media docena de trabajadores portuarios se movían entre montañas de mercancía, arrastrando sacos, rodando barriles, gritándose instrucciones con la familiaridad de quienes llevaban años haciendo el mismo trabajo agotador.
—Ya voy, ya voy. Maldito calor. Deberían pagar el doble por trabajar en esta época del año.
—Si sigues quejándote, no te van a pagar nada. Ahora mueve ese trasero gordo y ayúdame con esto.
Ragnar se arrastró hacia las sombras entre dos torres de cajas de madera que olían a especias rancias y humedad. Cada movimiento era una agonía en sí agónica, llegando a obligarse a morderse el interior de su mejilla para no gemir. Sus dedos encontraron una grieta entre las tablas del suelo donde podía apoyarse sin resbalar con las gotas de su propia sangre. Se quedó inmóvil, controlando su respiración, observando.
El almacén era más grande de lo que había anticipado. Las paredes de piedra se elevaban hacia un techo de vigas cruzadas donde colgaban poleas y cadenas oxidadas. Montañas de mercancía se apilaban sin orden aparente: sacos de grano junto a barriles de vino, cajas de sedas orientales al lado de rollos de cuero sin curtir. El lugar apestaba a una mezcla nauseabunda de sudor humano, madera húmeda y el olor dulzón de frutas comenzando a pudrirse en algún rincón olvidado.
Pero lo que capturó la atención de Ragnar fue la estructura que dominaba el lado oeste del almacén. Siendo un montacargas portuario, una construcción imponente de madera oscura reforzada con hierro que se elevaba desde el suelo hasta atravesar el techo por una abertura rectangular. El sistema era simple en su forma: un brazo de carga horizontal sostenido por un mástil vertical, con un sistema de poleas y contrapesos que permitía subir y bajar mercancía pesada. En ese momento, varios trabajadores tiraban de las cuerdas, izando una enorme red llena de sacos que ascendía lentamente hacia el nivel superior, mientras el contrapeso, una jaula de hierro repleta de piedras, descendía por el lado opuesto.
—¡Más tensión en la cuerda este! ¡Se está ladeando!
—¡Ya voy, maldita sea! ¡No tengo seis brazos!
Los hombres gruñían con el esfuerzo, sus músculos tensándose bajo las camisas empapadas de sudor. El brazo del montacargas giró sobre su eje con un chirrido metálico que hizo eco en todo el almacén, transportando la carga suspendida sobre el vacío. Por un momento, Ragnar observó fascinado cómo la estructura completa se balanceaba ligeramente con el peso, las cuerdas tensándose y aflojándose, el contrapeso subiendo y bajando en respuesta a cada tirón. La carga ascendió hasta el nivel superior, donde otras manos la recibieron. Luego el proceso se invirtió: soltaron las cuerdas con cuidado controlado, el contrapeso bajó y el gancho vacío descendió de nuevo, listo para la siguiente carga.
Al volver en sí, hubo algo hipnótico en verlo funcionar, pero poco podía dedicarle en cuanto encontró una abertura por la cual moverse, arrastrándose entre las sombras del lugar. Moviéndose cuando los obreros estaban de espaldas, deteniéndose cuando alguno giraba la cabeza. El sudor le corría por la frente, mezclándose con la mugre y la sangre seca. Sus manos dejaban marcas húmedas en cada superficie que tocaba, pero con suerte nadie las notaría hasta que fuera demasiado tarde.
La oficina de registros debía estar en algún lugar de este nivel. Todos los almacenes portuarios tenían una: un pequeño cuarto donde el encargado llevaba el control de las entradas y salidas, firmaba los manifiestos, sellaba los documentos. Si quería encontrar información sobre el barco que había traído a los asesinos, ese era el lugar. Se deslizó pegado a la pared, utilizando las sombras proyectadas por las lámparas de aceite que colgaban de las vigas. Un trabajador pasó tan cerca que Ragnar pudo oler el tabaco barato en su aliento, pero el hombre estaba demasiado concentrado maldiciendo el peso de su carga como para mirar hacia abajo.
Al fondo del almacén, parcialmente oculta detrás de una montaña de cajas marcadas con sellos extranjeros, vio lo que buscaba: una puerta de madera con una pequeña ventana de cristal sucio. A través del vidrio pudo distinguir el resplandor tenue de una lámpara y la silueta de un escritorio repleto de papeles. Llegando agradecer que no habia nadie dentro, ante lo cual, espero.
Los trabajadores seguían con sus tareas, ajenos a su presencia. La oficina permanecía vacía. Quizás el encargado estaba en su descanso, o supervisando alguna descarga en otro muelle. No importaba. Era su oportunidad. Y lo fue, en cuanto se alejaron los trabajadores. Se movió rápido, cruzando los últimos metros en tres zancadas tambaleantes que le costaron toda su concentración para no colapsar. Alcanzó la puerta, giró el pomo con manos temblorosas y se deslizó dentro antes de que alguien pudiera verlo. Con aún la mano temblorosa, cerró la puerta detrás de sí con un clic suave que sonó ensordecedor en sus oídos.
Solo por un segundo, se permitió respirar, soltando todo el peso del momento en ese acto, antes de volver tras de sí y revisar la oficina. La cual poseía un variopinto paisaje organizado. Estantes repletos de libros de contabilidad cubrían tres de las cuatro paredes, sus lomos etiquetados con fechas y números que no significaban nada para él. El escritorio estaba sepultado bajo pilas de manifiestos, recibos, sellos de cera y tinteros medio vacíos. Una lámpara de aceite proyectaba sombras, sobre todo, haciendo que los números en los documentos parecieran retorcerse con vida propia.
Ragnar se acercó al escritorio, dejando un rastro de gotas oscuras en el suelo de madera. No tenía mucho tiempo. Tenía que encontrar algo, cualquier cosa que lo llevara hasta los responsables del ataque. Y ante ello, comenzó a revisar cada papel, desde las fechas actuales hasta atrás, revisando cada uno sin orden aparente. Pasando por facturas de grano, órdenes de carga de vino, impuestos sobre especias y artilugios poco atractivos para su gusto, aunque con solo leer lo que contenía, podía imaginarse a un noble mimado solicitando tales artilugios. Pero nada que pudiera servirle, siendo todo perfectamente legal, perfectamente aburrido. Apartó esos documentos y abrió el primer cajón del escritorio. Más de lo mismo. Recibos, sellos, lacre rojo.
El segundo cajón estaba cerrado con llave. Lo cual generó en sí un curioso interés. Sacó una de las horquillas que todavía sujetaban parte de su cabello largo, la enderezó con los dientes y la insertó en la cerradura. Se sintió disgustado de hacer tal acto, pero un mes viviendo en esa asquerosa ciudad le había obligado a adaptarse, a regañadientes. Sus dedos, entumecidos por el dolor, lucharon con el mecanismo hasta que escuchó el clic satisfactorio del pestillo cediendo.
Dentro del cajón había un solo libro. Más delgado que los demás, con una cubierta de cuero fino que contrastaba con el material barato de los registros comunes. Las letras del lomo estaban grabadas en oro, brillando incluso en la luz tenue de la lámpara. — “Manifiestos especiales, custodia del Consejo.” — Leyó el título con cuidado, antes de ponerlo sobre el escritorio, ignorando cómo sus dedos sucios y sudados, con pequeñas manchas de sangre, redecoraban el papel al pasar cada una de las páginas. No fue hasta la décima hoja que captó su total atención, una que contenía un solo sello: el ojo llameante dentro del círculo de cenizas, tan grande que ocupaba toda la superficie.
— El sello de la Inquisición. — No le tomó mucho recordarlo, y mucho menos al recorrer la página con urgencia, saltándose cada que podía la retórica religiosa que ocupaba la segunda y tercera página, hasta encontrarlo. — La Sierpe de Plata, capitaneada por Roderic Vane. — Una leve sonrisa se formó en su rostro al encontrar ese nombre. — Bien, capitán, línea. línea Había esperado el nombre de algún noble local, algún sello reconocible y pomposo, pero lo que encontró fue diferente. — Puerto de origen: Vahktaris, Per-Bhast.
Ragnar tuvo que leer esa línea tres veces antes de tener que aceptarlo completamente. Er Vahktaris. No, la capital del imperio. No algún puerto rebelde en los confines del territorio controlado. Vahktaris, en las malditas Tierras Perdidas de Per-Bhast, donde los mapas oficiales se volvían blancos y las leyendas comenzaban a sonar demasiado reales. Un puerto de piratas y contrabandistas había sido el origen del cargamento y no el mismo imperio. Podía escuchar las palabras de Varen sobre su hombro sin que este estuviera ahí, sentado frente al fuego de la chimenea de aquel bar.
—El comercio con las Tierras Perdidas está prohibido por decreto imperial, muchacho. No es solo una sugerencia o una recomendación. Es ley absoluta. Cualquier capitán que atraque en esas costas malditas pierde su licencia, su barco, y si la Inquisición está de mal humor, también su cabeza.
—¿Por qué? —había preguntado Ragnar luego de esperar la tercera cerveza.
—Porque de esas tierras no viene nada bueno. Contrabandistas, piratas, cultos prohibidos, magia corrupta. Todo lo que la Iglesia del Hacedor juró erradicar viene de allí como ratas huyendo de un barco que se hunde. Por eso cualquier comercio con Per-Bhast es traición automática. No hay juicio, no hay apelación. Solo la hoguera.
Ragnar volvió al presente, casi suplicante de haber deseado quedarse en Agatha con su hermano. Antes de volver a ver el nombre del puerto. Si comerciar con Vahktaris era traición, — ¿cómo demonios habían atracado este barco en Aethelgard sin que todas las campanas de alarma sonaran? —. Ahora lo único que nacía de sí eran nuevas preguntas y a cada una le costaba responderlas. Por lo que, al seguir leyendo, encontró la carga declarada. Mencionando especias, textiles, artefactos de ceremonia, etc., pero hubo dos datos que le llamaron la atención — Fecha de atraque: Luna menguante del séptimo ciclo. Y Estado: Aprobado para ingreso sin inspección. — Se detuvo un momento, antes de rascarse la barba y buscar el patrocinador del navío —. Firma. C. R.
Aparto la vista un segundo antes de llevarse dos dedos a la frente y rascarse. Si el navío había provenido del extranjero, igual que los atacantes de su hermano, era evidente que no eran del imperio en sí, algo ya sabido, pero no su origen con certeza. Hasta ahora. — Si vienen de allá, ¿quién os dio las malditas armas? — Se rasca la parte trasera del cuello; los atacantes no habrían pasado el primer control con armas u objetos prohibidos, por lo que no podrían haber venido con ellos.
Molesto e incómodo, bajó la vista nuevamente al manifiesto, repasando de forma lenta, taca detalle, línea y tachón que se encontraba, esperando encontrar algo, por mínimo que fuera, para darle respuesta a su pregunta. Hasta terminar en la quinta página, donde una notación clara expresaba cómo un cuarto del cargamento permanecía en custodia. Arqueo una ceja ante eso, pero las palabras seguían claras. — Cuestión temp” aunque era tan vago el título que no sabría decir si era una torre específicamente o un término para algo. Pero poca importancia le dio, cuando el mismo texto expresaba que como tres cuartos del cargamento ya habían sido trasladados al mismo lugar, y que el cuarto restante aún se encontraba en el lugar, esperando una calificación.
Se pasó una mano por el cabello al terminar de leer. Todo solo le hacía más confuso que lo anterior, indeciso de qué paso tomar a continuación en su estado actual, aunque fuera por gracia divina o ironía en los dioses de esas tierras. Terminó viendo a través de la ventana de la oficina, haciendo que su expresión amargada terminara en un ceño nuevamente. Al otro lado del cristal sucio, dos trabajadores cruzaban el muelle cargando una caja entre ambos, moviéndola con el cuidado exagerado que contrastaba con el trato brusco que normalmente daban a la mercancía común. Lo que captó su atención no fue el cuidado, sino el símbolo pintado en el costado de la caja: un escudo partido en dos, a la izquierda tres espigas de trigo cruzadas, a la derecha una torre sobre ondas. —¿El blasón de los Marleth? —
Llegó a sorprenderse brevemente al recordar aquel nombre. El sello de una casa de terratenientes en la región de Grenwald. Casi que, al hacerlo, podía recordar brevemente el día que Andreus los guiaba por montañas y valles en dirección a la región. Lugar que, en palabras de un Salomón menos distanciado de la realidad, describía como: —Allá solo viven campesinos, gente sin modales, ni oro ni mar, y aun así tratan su tierra como si valiera algo. —Aunque no estuvo de acuerdo con esas palabras inicialmente, rescataba algo de cierto en ello, y era que, para ser una tierra tan céntrica y sin acceso a una vía marítima, no había razón alguna para que tuvieran mercancías en un puerto.
Esa visión, aunque breve, fue suficiente para volver a revisar el libro. Repasó todo el segmento, pero las palabras no le llamaron la atención en esa ocasión, sino el símbolo de la página inicial, el ojo llameante de la Inquisición. Entrecerró los ojos, luego volvió a ver el exterior y una comezón en sus palmas empezó a incomodarlo. Siendo a falta de una noticia o razón mejor, devolvió el libro al cajón, intentando hacerlo parecer tan cercano a como lo había encontrado, no sin antes haber anotado la dirección del almacén en el dorso de su mano, empleando la horquilla para anotar en la suciedad de su piel.
En cuanto terminó de anotar, se dirigió hacia la puerta con pasos lentos, en espera de detectar cualquier sonido del exterior que pudiera expresarle si debía aguardar o emerger cuanto antes. En cuanto llego a la misma, presiono primero la oreja contra la superficie áspera, escuchando con atención lo que sucedía del otro lado antes de exponerse innecesariamente a miradas curiosas o preguntas incómodas. El bullicio habitual del almacén llegó hasta él amortiguado pero reconocible: voces masculinas gritando instrucciones sobre cargas y destinos, el arrastre pesado de cajas siendo empujadas sobre el suelo de madera, el chirrido rítmico de las poleas del montacargas que seguía operando con su cadencia mecánica.
Nada que indicara alarma, nada que sugiriera que alguien había notado la ventana forzada o que un intruso había estado hurgando en los archivos privados del encargado portuario. Ante ello, abrió apenas una rendija, lo mínimo necesario para poder observar sin ser visto desde el interior del almacén principal. Los trabajadores seguían ocupados con sus tareas habituales, demasiado concentrados en no dejar caer las cargas pesadas o en discutir con los supervisores sobre turnos y salarios como para prestar atención a una puerta de oficina que se abría silenciosamente en la penumbra del fondo. Nadie miraba en su dirección, nadie parecía haber notado nada fuera de lo ordinario durante los minutos que había pasado dentro revisando documentos que no le correspondían.
Se deslizó fuera de la oficina cuando la oportunidad se presentó, cerrando la puerta detrás de sí con el mismo cuidado meticuloso con que la había abierto, como si nunca hubiera estado allí, como si la oficina permaneciera tan intocada como la había encontrado. Se fundió nuevamente con las sombras del almacén, moviéndose entre las pilas desordenadas de mercancía apilada sin orden aparente, usando cada caja y cada barril como cobertura mientras avanzaba hacia donde creía que debía de estar el almacén siete.
Su recorrido fue acompañado entre silencios y penumbras. Buscando en todo momento una pista que le ayudara a orientarse en el lugar, recorriendo cada una de las paredes en busca de un indicio de su lugar, hasta terminar hallándolo en un cartel cerca del inicio: Almacén Tres, Sector de Importaciones Generales. Al leerlo, no pudo evitar la sensación de fatiga que le inundaba al tener que calcular la distancia de su lugar actual hasta el almacén siete. Consideró otras opciones de cómo podría moverse, aunque obviamente el atravesar el lugar por la vía principal era una estúpida idea, demasiado arriesgada para su gusto, aunque de ser Salomón quien estuviera, apostaría que él se enfrentaría a todo lo que estuviera por delante hasta llegar; agradecía que no fuera su hermano, pero tampoco favorecía su situación. Pensó en la ventana, pero la altura se lo impedía, por lo que optó por otra vía en cuanto notó el montacargas en operación al otro lado de su posición, divisando una puerta lateral.
Se movió hacia allá usando las pilas de mercancía como cobertura. El dolor en su abdomen se había vuelto constante con cada esfuerzo que realizaba, cada paso dejando marcas en el suelo que esperaba pasaran desapercibidas. Alcanzó la puerta y la abrió lo suficiente para deslizarse fuera. El aire fresco golpeó su rostro después del ambiente sofocante del almacén. Se apoyó contra la pared exterior mientras sus ojos se ajustaban a la luz del atardecer y finalmente pudo ver por completo del Puerto Este.
Un camino central amplio corría paralelo a la costa. A la derecha se alineaban los almacenes numerados, estructuras masivas con grandes puertas dobles. A la izquierda, los barcos mercantes atracados, algunos siendo cargados activamente. Al fondo, donde el muelle se curvaba, la abertura hacia mar abierto flanqueada por torres de piedra. Y justo antes de esa abertura se elevaba el montacargas principal, una estructura imponente con un mástil de veinte metros y brazo horizontal capaz de girar en arco completo. Estaba quieto ahora, su silueta recortándose contra el cielo anaranjado.
Recorrió el lugar con relativa seguridad, al no notar ningún trabajador en los alrededores, permitiéndose por un segundo disfrutar no solo del caminar, sino del paisaje de la costa, el cual le hacía añorar los viajes por barco, las costas de Aett y el deseo de descubrir nuevas tierras durante los trayectos. Ese breve recuerdo de tiempos mejores, de tiempos de charlas con Andreus y de bromas con Salomon sobre quién terminaría vomitando primero en la taberna, le generó una leve sonrisa durante su recorrido. Pasando los almacenes desde el cuatro, seguido del seis, antes de pasar por el cinco y terminar en el ocho, obligándolo a devolverse hasta llegar al séptimo, el cual, a diferencia de los demás, era particularmente grande.
La puerta estaba entreabierta, pero, a diferencia de los otros, lo único que encontró fue un interior sumido en sombras, iluminado apenas por dos lámparas de aceite. A diferencia del caos del Almacén Tres, este lugar estaba deliberadamente vacío, con grandes espacios entre las pocas pilas de cajas contra las paredes. Empujó la puerta y se deslizó dentro, quedándose inmóvil uno segundos en espera de si había alguien en su interior, aguardando hasta que sus sentidos se adaptaran al entorno y sus ojos a la penumbra. Lo más llamativo que encontró fue cómo las diversas cajas que contenía el lugar estaban marcadas con diversos blasones de varias casas nobles.
El escudo de los Marleth con sus espigas y torre. El león de la Casa Velthren de las minas septentrionales. Las uvas de los Othmar, productores de vino. El puente de los Corrigan, pastores terrestres. El martillo de los Drennor, herreros de montaña. Todas las casas nobles menores de regiones intermedias. Al repasar cada una, le incomodaba el saber que todas ellas pertenecían al territorio intermedio del imperio, entre la frontera y el corazón del mismo; cada una compartía una similitud: ninguna poseía un verdadero acceso a vías marítimas o riachuelos que permitieran que su mercancía se encontrara en el puerto. No porque no pudieran enviarlas a la capital, sino porque era imposible que todos los cargamentos de las casas estuvieran al mismo tiempo. Teniendo en cuenta los tiempos de envío que conllevaba el traerlos del intermedio hasta este extremo del territorio.
Volvió a sentir aquella picazón en sus manos, hasta que se asombró por las cajas del centro, ligeramente separadas de las demás. Estaban marcadas con un cuervo negro de alas extendidas sobre fondo rojo con tres estrellas plateadas. El blasón de la casa Thalwick de los pantanos de Mirewood. Hubo algo en ese símbolo que le molestó mucho más que a los demás, al recordar las palabras del lord de aquellos años, palabras que recordaba luego de diez años de distancia desde que la compañía les sirvió a ellos para espantar a una banda de forajidos. — "Nunca importamos nada que no podamos producir nosotros mismos". —No pensaba en las palabras en sí, sino en la confirmación de aquello que había estado viendo en todo momento; ninguno de ellos podría estar ahí, en especial los de Mirewood, quienes estaban separados por los acantilados de trescientos metros de la región, obligándolos a dar todo un rodeo con tal de comerciar.
Se acercó hasta el centro de las cajas, arrodillándose ante ella y dando pequeños golpes en ambos lados y en el centro. —Está llena. —Susurro antes de recorrer la madera con la mano. Madera de roble oscuro, pesada, sellada con clavos de hierro y cuerdas con nudos náuticos. Miró por sobre su hombro, creyendo si había algo ahí, alguien cercano, pero al asegurarse de su privacidad, llevó la mano hasta su bota y con un ligero movimiento sacó una pequeña daga, un cuchillo tan pequeño que parecía para mantequilla. Con cuidado cortó poco. poco La madera crujió ante el sacrilegio, resistiéndose cuanto pudo hasta que los clavos comenzaron a ceder, permitiendo una apertura.
Al abrirla, una tela negra envolvía su interior, de la cual un olor a hierbas amargas con algo ácido le hizo taparse momentáneamente la nariz, antes de llevar la mano y apartar las capas de tela con mano temblorosa, solo para encontrar aquello que había considerado desde hace rato. Armas. Dagas, cuchillos curvos, espadas cortas, envueltas individualmente con cuidado. Pero lo que le robó el aliento fueron las runas grabadas en cada hoja, inscripciones que brillaban con resplandor azulado propio, palpitando con ritmo casi vivo.
— Magia. —Gruñó al decirlo, antes de tomar una de las espadas cortas, sintiendo el metal extrañamente cálido al tacto. Las runas brillaron más al contacto y sintió algo vibrando bajo la superficie. No reconoció las runas; odiaba todo lo relacionado con la magia, lo consideraba indigno y asqueroso, pero solo bastó el tacto y un movimiento para tener seguridad de lo que diría: — Ustedes les dieron las armas para matarlo. — De solo pensar en usar una de ellas, le generaba repulsión, en especial al pensar en su hermano siendo herido por una de estas armas, las mismas que debían ser erradicadas, fundidas y olvidadas; ahí estaban ante él. Un almacén de la Inquisición, de los mismos que juraban erradicar la magia prohibida y velar por la pureza de los hombres, poseía en su interior lo contrario a lo que predicaban.
Mantuvo la espada a la altura del mentón, dejando que el brillo azulado le iluminara brevemente sus ojos. Era una hoja extraña, que podía llegar a sentirse tan cómoda al movimiento que la sola idea de quedársela era tan tentadora que despertaba su desprecio de inmediato. — ¿Quién sería capaz de crear algo así? — La pregunta fue murmurada para algo que no estaba allí, perdiéndose en el silencio del lugar; nada de eso le ayudaba ni mucho menos. En especial ahora que solo pensaba en cómo volvería a Agatha para compartir la noticia o si tendría que continuar investigando, aunque esto último solo ocasionó que el malestar de su pecho le recordara su condición actual.
Pensó en dejar el arma donde estaba e irse cuanto antes del almacén antes de que alguien descubriera su intrusión, cuando algo captó su atención en el reflejo azulado de la hoja. Movimiento. Seis figuras con túnicas oscuras entraban al almacén en formación coordinada, moviéndose con precisión militar mientras formaban un semicírculo perfecto a su alrededor, bloqueando efectivamente cualquier ruta de escape que pudiera haber considerado. Ragnar giró de golpe con sobresalto apenas contenido, apuntando la espada hacia sus nuevos acompañantes mientras su cuerpo adoptaba instintivamente una postura defensiva a pesar del dolor que protestaba en su abdomen. Cada uno de los acólitos mantuvo las manos sobre las empuñaduras de sus espadas sin llegar a desenfundar todavía, esperando órdenes o quizás evaluando la amenaza que representaba un hombre herido y acorralado.
Dos figuras más entraron después de los seis primeros, destacándose inmediatamente del resto por su comportamiento diferente. El más joven de ellos captó la atención de Ragnar porque, a diferencia de sus compañeros que emanaban confianza profesional en su capacidad para la violencia, este parecía incómodo con toda la situación y no se atrevía siquiera a tocar la empuñadura de su espada. Pese a no haber intercambiado palabra alguna ni poder ver sus rostros bajo las capuchas que los cubrían parcialmente, fue suficiente con observar los ropajes y la postura para que ambos se reconocieran del encuentro anterior en las calles del puerto. Batiatus sintió cierta sorpresa al confirmar que el isleño no era el monstruo que había imaginado según las descripciones que le habían dado, no era un horrible hombre repleto de locura en sus ojos ni un hereje corrupto por magia oscura, sino simplemente alguien agotado con una apariencia descuidada que bordeaba la desesperación completa.
Aunque ese reconocimiento mutuo resultó de poca importancia cuando la última figura hizo su entrada al almacén con paso medido y confiado. Era un inquisidor de apariencia meticulosamente cuidada, con ropajes demasiado pulcros y limpios para alguien que supuestamente hacía trabajo de campo persiguiendo herejes por los muelles sucios del puerto, lo cual de inmediato puso a Ragnar en mayor alerta porque ese tipo de vanidad personal generalmente indicaba algo peor que simple fanatismo religioso. Kael, a diferencia de sus acompañantes que mantenían silencio disciplinado esperando órdenes, fue directo al grano con palabras cortas y un tono casi alegre que resultaba perturbador dadas las circunstancias. Desenfundó su propia espada con un solo movimiento fluido y la mostró con cierto orgullo evidente, el mismo tipo de orgullo que exhibiría un niño que acaba de recibir un juguete nuevo y no puede evitar querer enseñarlo a cualquiera que esté dispuesto a mirarlo.
—Un hermoso trabajo del sur, estabilizado por las runas de los mediohombres —dijo Varian Mortas con una sonrisa extraña que no alcanzaba sus ojos mientras giraba la hoja para que la luz de las lámparas hiciera brillar las inscripciones grabadas en el metal—. Una hermosura que no es de virtud, lo admito, pero ayudará a que el deber se cumpla sin titubeos ni complicaciones innecesarias.
El inquisidor apretó el pulgar sobre la empuñadura de su arma en gesto posesivo antes de apuntarla directamente en dirección a Ragnar, su sonrisa transformándose en algo más amenazante:—Suelta el arma y ríndete ahora mismo, isleño, y tal vez con suerte puedas llegar a las celdas de interrogación relativamente entero para responder las preguntas que tengo preparadas para ti —hizo una pausa deliberada, inclinando ligeramente la cabeza—, aunque si es cierto lo que dicen sobre la terquedad de tu gente, estoy seguro de que harás que todo este esfuerzo valga realmente la pena.
Ragnar no respondió con palabras; en cambio, aprovechó esos segundos para evaluar a cada uno de los hombres que lo rodeaban de arriba hacia abajo, buscando debilidades en su formación o en su equipamiento que pudiera explotar si las cosas llegaban inevitablemente a combate. Todos portaban espadas de una mano de factura imperial estándar, y sus armaduras consistían en túnicas reforzadas con placas de metal estratégicamente ubicadas sobre los órganos vitales, además de petos brillantes que exhibían con orgullo el símbolo de la Inquisición grabado en el centro del pecho.
Aunque la apariencia coordinada y profesional de los acólitos resultaba ciertamente atemorizante para cualquiera que se enfrentara a ellos, Ragnar no logró determinar con certeza si ese equipamiento los haría significativamente más difíciles de matar o si simplemente era teatro diseñado para intimidar a herejes asustados que se rendían sin pelear. En el momento preciso en que uno de los acólitos del semicírculo se movió apenas medio paso hacia adelante probando su reacción, Ragnar respondió con voz firme a pesar de que su cuerpo temblaba por el esfuerzo de mantenerse en pie.
—El primero que se acerque un paso más, le cortaré el cuello antes de que pueda desenfundar completamente su espada —advirtió sin apartar la mirada del inquisidor—, y luego veremos cuántos de ustedes están realmente dispuestos a morir por capturar a un solo hombre.
La amenaza directa no pareció afectar particularmente a los acólitos entrenados, que probablemente habían escuchado bravuconadas similares docenas de veces antes, pero sí logró emocionar visiblemente al inquisidor Kael, cuyos ojos brillaron con algo parecido a anticipación genuina mientras daba un paso decidido al frente y señalaba a dos de sus hombres para que lo acompañaran en lo que claramente consideraba un desafío personal digno de aceptar.
—Ustedes dos, conmigo —ordenó Varian Mortascon tono casi entusiasta mientras ajustaba su agarre en la espada rúnica—. Yo aceptaré personalmente este reto del isleño y veremos si su reputación está justificada.
Los tres avanzaron en formación cerrada. Varian Mortastomó el centro con sus dos acólitos a cada lado, en lo que los otros cuatro mantenían posiciones, bloqueando las puertas del almacén, recordando a la figura de estatuas armadas. Ante ello, Ragnar retrocedió, aun manteniendo la espada en lo alto, evitando tocar las cajas detrás de él, revisando a cada uno de los presentes en busca de una oportunidad, hasta terminar chocando contra una pila de cajas marcadas con el blasón de los Drennor. Chasqueó la lengua ante el leve choque, que en cualquier otra circunstancia no sería nada, pero en su estado, fue suficiente para que el dolor desde la parte baja se acercara a su herida, llegando a rechistar ante ello.
Evaluó el espacio con ojos entrenados buscando algo, cualquier cosa que pudiera darle ventaja contra tres hombres frescos y bien armados cuando él apenas podía mantenerse de pie. Las cajas apiladas hasta el techo formaban torres precarias sostenidas principalmente por equilibrio y suerte más que por amarres adecuados, el tipo de almacenamiento descuidado que ocurría cuando los supervisores priorizaban velocidad sobre seguridad.
El acólito de la izquierda atacó sin advertencia, un tajo horizontal dirigido a su torso que Ragnar apenas logró interceptar levantando la espada rúnica en bloqueo desesperado. El impacto del metal contra metal le vibró por los brazos hasta los hombros, sus músculos debilitados protestando ante el esfuerzo de sostener la posición contra un oponente que no estaba herido ni exhausto. La fuerza del golpe lo empujó medio paso hacia atrás, sus botas resbalando ligeramente en el suelo de madera mientras luchaba por mantener el equilibrio.
No podría sostener este tipo de intercambios directos por mucho tiempo y todos en el almacén lo sabían perfectamente bien. Por ello, el segundo acólito se acercó por el flanco, lanzando un segundo tajo. Ragnar intentó frenarlo, pero sus piernas no respondieron ante la necesidad, haciendo que tuviera que contraatacar en contra de su sentido, evitando la herida, pero permitiendo que la espada enemiga, rozando su costado derecho, terminara abriendo camino a través de la tela de su capa y camisa, rozando levemente la carne debajo. No fue profundo ni hiriente, pero suficiente para añadir otra línea ardiente a su creciente colección de heridas.
—Acórralenlo contra la pared del fondo —ordenó Varian Mortas desde su posición segura detrás de sus hombres, observando el combate con esa sonrisa perturbadora que no había abandonado su rostro—. No tengan prisa, déjenlo sangrar un poco más antes de que decida rendirse y ahorrarnos a todos este teatro innecesario.
Las piernas de Ragnar temblaron visiblemente, sus rodillas amenazando con doblarse bajo su propio peso mientras el mundo se inclinaba peligrosamente en su visión. Retrocedió otro paso intentando mantener distancia, pero su pie se enganchó en algo en el suelo, probablemente una de las armas caídas cuando había abierto la primera caja. Tropezó, perdió el equilibrio por un segundo crucial, y el primer acólito aprovechó la apertura lanzando otro ataque que Ragnar apenas pudo desviar con un bloqueo desesperado que casi le arranca la espada de las manos entumecidas.
El acólito no le dio respiro, presionando con una serie de ataques reiterativos, buscando más el juego que el daño, cansando visiblemente al guerrero. Reaccionó bloqueando el primer ataque, se tiró a un lado para esquivar el segundo, girando torpemente, pero el tercero lo alcanzó limpiamente en el hombro derecho. Siendo más una punzada que una herida preocupante, pero fue suficiente para hacerlo gritar involuntariamente. Llegando al punto de que la espada casi se le escapa de los dedos por el dolor, llegando a notar cómo las runas de la misma llegaron a brillar brevemente con una intensidad azulada, respondiendo ante la sangre derramada. Escupió sangre en el suelo frente a él, las gotas salpicando sobre los adoquines formando patrones aleatorios.
El acólito levantó su espada para lo que claramente sería el golpe final, la hoja brillando bajo la luz tenue de las lámparas mientras descendía en arco calculado hacia el cuello expuesto de Ragnar. En ese momento, actuando puramente por instinto de supervivencia más que por plan consciente, Ragnar lanzó un puñado de polvo y astillas del suelo directamente a los ojos del hombre. El acólito retrocedió gritando con sorpresa más que dolor, sus manos yendo instintivamente a su cara mientras maldecía la táctica sucia del hereje que se suponía debía capturar con dignidad profesional.
Tomando el breve espacio para respirar, Ragnar dañó la punta de la espada para levantarse, empleándola como un bastón improvisado para impulsarse. Aunque poco duró ese breve respiro, cuando el segundo acólito se abalanzó sobre él, con espada en alto. Al no poder defenderse, lo único que pudo hacer fue abalanzarse ante el hombre, sorprendiendo su carga y evitando que la herida que seguiría fuera peor de lo recibido.
—Patético —dijo Varian Mortascon tono de genuina decepción mientras daba varios pasos hacia adelante para observar mejor a su presa caída—. Esperaba más de alguien de tu especie. ¿Dónde se supone que está el coraje de los supuestos guerreros de Aett? ¿El peligro de los azotes de los mares y asesinos de bestias?
Ragnar se arrastró hacia atrás entre las cajas, dejando un rastro grueso de sangre fresca en el suelo, proveniente de la herida en su muslo, nacida del ataque del segundo acólito. Aun en el suelo, continúa moviéndose, palpando con sus manos, en busca de cualquier cosa que pudiera ayudarle. Aunque se moviera con prisa, sus enemigos lo hacían con calma, con la seguridad de quien sabe que, aunque se resistiera, poco o nada podría hacer. Por eso solo se reían y se burlaban, a la par que él seguía buscando, dándole tiempo, sin desearlo, para que encontrara una daga entre las cajas.
Sus dedos se cerraron alrededor de la empuñadura envuelta en cuero. Esperó lo suficiente, evitando que se dieran cuenta de que la tenía, aguardando a que se acercara lo suficiente para que, en el momento que fuera necesario, pudiera lanzarla. Empleó toda su fuerza en aquel movimiento, aunque el acólito lo desvió en un solo movimiento lateral, que lo obligó a detenerse por un segundo. Suficiente para que el isleño pudiera levantarse, entre resoplidos y gemidos por el movimiento.
Al apoyarse en las pilas de cajas, estas comenzaron a moverse ante el peso del hombre, quien mirando hacia arriba, se dio cuenta de cómo esta torre en particular estaba apilada de forma precaria. Al menos ocho cajas de roble pesado, de colores lo suficientemente oscuros para evitar reconocer los blasones de las casas; notando cómo las cajas estaban una sobre otra, sin amarre ni soporte viable. Solo sosteniéndose únicamente por la gravedad y la fe de su posición. Su mirada se centró en las cajas inestables antes de ver sobre su hombro y observar a los tres individuos que se acercaban hacia él. —Esto debe ser estúpido — dijo al considerar la idea que comenzaba a formarse en su mente, una nacida de la necesidad y de la falta de ideas razonable. Siendo la única opción que tenía.
Con lo que le quedaba de fuerza en el brazo derecho, Ragnar empujó contra las cajas inferiores de la torre con toda la violencia que pudo reunir. La estructura completa se tambaleó peligrosamente, las cajas superiores inclinándose en ángulo cada vez más pronunciado mientras la base perdía estabilidad. Empujó de nuevo, esta vez pateando también con su pierna derecha, a colapsar hacia adelante en una avalancha ensordecedora de madera, estrellándose contra madera, clavos arrancándose de sus agujeros, cuerdas rompiéndose con chasquidos secos. El estruendo fue absolutamente masivo en el espacio cerrado del almacén, como si un trueno hubiera detonado dentro del edificio. Las cajas se estrellaron contra el suelo frente a los acólitos que avanzaban, algunas rompiéndose al impacto y derramando su contenido. Prohibido por todas partes. Armas rúnicas se desparramaron en cascada. Brillante de acero grabado con inscripciones que pulsaban luz azulada, docenas de dagas y espadas. y cuchillos. rodando en todas direcciones.
Mientras las telas aceitadas que las envolvían se desenrollaban formando un desastre textil. Los dos acólitos que habían estado presionando a Ragnar retrocedieron instintivamente ante la avalancha, uno de ellos tropezando con su propia capa en la prisa por evitar ser aplastado por el peso combinado de ocho cajas de roble macizo y la avalancha puntiaguda que traían consigo. Varian Mortasgritó algo que se perdió en el eco del estruendo todavía resonando entre las paredes del almacén. Pero el daño estaba hecho. Un muro temporal de cajas rotas y armas derramadas ahora separaba a Ragnar de sus perseguidores, no mucho, pero tal vez suficiente para darle los segundos preciosos que necesitaba. Se arrastró alrededor del desastre que había creado, usando las cajas todavía en pie como apoyo mientras intentaba poner peso en su pierna herida y descubría que podía soportarlo si no pensaba demasiado en el dolor. Contando también con cómo seguía empujando caja tras caja, en un intento de mantener la brecha entre su persona y los perseguidores.
Entonces escuchó nuevas voces desde la entrada principal del almacén, voces confundidas y alarmadas que no pertenecían a ningún acólito: —¿Qué demonios está pasando aquí? —gritó alguien con acento marcado de trabajador portuario, probablemente un supervisor atraído por el estruendo imposible de ignorar—. ¿Quién está destruyendo la mercancía? —Más pasos entrando al almacén, al menos cuatro o cinco hombres por el sonido, trabajadores que habían escuchado el colapso y venían a investigar qué idiota estaba causando tal desastre en un almacén que se suponía contenía carga valiosa bajo custodia especial. Ragnar los escuchó entrar, escuchó sus exclamaciones de sorpresa al ver las armas rúnicas derramadas por el suelo brillando con luz antinatural, escuchó a uno de ellos gritar algo sobre llamar a la guardia del puerto. Antes de ser silenciado por otro acólito, quien lo mantuvo en la entrada.
—¡Deténganlo! —La voz de Varian Mortascortó a través de la confusión con autoridad entrenada—. ¡Ese hombre es un hereje buscado por la Inquisición! ¡Apártense de nuestro camino!
Pero los trabajadores no se apartaron inmediatamente como Varian Mortasclaramente esperaba que hicieran. En cambio, bloquearon parcialmente la entrada mientras intentaban procesar la escena ante ellos: hombres armados con ropajes de la Inquisición, cajas rotas por todas partes, armas que brillaban con magia prohibida esparcidas en el suelo, y sangre, mucha sangre formando charcos oscuros. Ragnar aprovechó su vacilación para moverse entre ellos, empujando a uno suavemente hacia un lado mientras cojeaba desesperadamente hacia la puerta trasera que ahora podía ver claramente apenas a quince metros de distancia.
—¡Muévanse, maldita sea! —gritó Kael, su paciencia evaporándose ante la interferencia inesperada de civiles que no entendían la importancia de su misión sagrada.
Batiatus, el joven acólito que había permanecido cerca de la entrada sin participar en el combate, miró entre los trabajadores confundidos y su superior gritando órdenes, su mano todavía sin tocar la empuñadura de su espada. Por un momento pareció que iba a decir algo, a cuestionar si realmente debían atacar a través de civiles inocentes que solo hacían su trabajo. Pero entonces uno de los acólitos veteranos simplemente empujó brutalmente a dos trabajadores fuera de su camino, tirándolos al suelo sin ceremonia mientras se abría paso hacia donde Ragnar cojeaba tan rápido como podía.
Ragnar alcanzó la puerta trasera y la golpeó con su hombro sin molestarse en buscar el pestillo, usando su peso para forzarla hacia afuera. La madera protestó, pero cedió, las bisagras chirriando en protesta mientras se abría de golpe. La luz del atardecer lo cegó momentáneamente después de la penumbra del almacén, obligándolo a entrecerrar los ojos mientras sus pies encontraban los adoquines del muelle exterior. Detrás de él escuchó más gritos, tanto de Varian Mortasordenando a sus hombres que lo persiguieran como de los trabajadores exigiendo saber qué autoridad tenía la Inquisición para destruir propiedad portuaria sin órdenes escritas.
Los gritos se volvieron distantes, en la medida en que Ragnar avanzaba hasta donde su cuerpo le permitía, dejando un rastro de gotas de sangre en los adoquines grises del muelle. El aire fresco del puerto golpeó su rostro sudoroso, trayendo consigo el olor familiar a sal marina mezclado con pescado y especias que normalmente encontraba reconfortante, pero que ahora solo le recordaba cuán lejos estaba de cualquier lugar seguro. Sus ojos buscaron frenéticamente el montacargas que había visto antes, esa estructura masiva de madera y hierro que se elevaba contra el cielo como un gigante dormido. Ahí estaba, a unos cincuenta metros de distancia, su silueta oscura recortándose contra el cielo anaranjado del atardecer que comenzaba a fundirse en los tonos púrpuras de la noche que se aproximaba.
Detrás de él escuchó la puerta trasera del almacén estrellándose contra la pared al ser abierta violentamente, seguida inmediatamente por el sonido inconfundible de botas militares golpeando adoquines en ritmo de persecución coordinada. No se permitió mirar atrás porque sabía que eso solo le costaría velocidad preciosa que no podía permitirse perder. Sus pulmones ardían por el esfuerzo de respirar mientras corría, cada inhalación enviando punzadas de dolor desde sus costillas hasta su abdomen herido. La pierna izquierda protestaba con cada paso, la herida del muslo sangrando libremente ahora que no había presión directa manteniéndola cerrada, pero seguía funcionando lo suficiente para sostener peso si no pensaba demasiado en cómo eso era anatómicamente cuestionable.
—¡No dejen que alcance el montacargas! —La voz de Varian Mortasresonó a través del muelle con una urgencia que no había estado presente antes, como si finalmente entendiera que su presa podría realmente escapar si llegaba a esa estructura—. ¡Disparen si es necesario! ¡El Primer Inquisidor lo quiere vivo, pero no especificó en qué condición!
Ragnar escuchó ese último comentario y sintió su sangre helarse a pesar del calor generado por el esfuerzo físico. Aumentó su velocidad todo lo que pudo, ignorando cómo sus piernas gritaban protesta y cómo su visión comenzaba a estrecharse en los bordes, advirtiendo de inminente pérdida de consciencia. Cuarenta metros. Treinta. Veinte. El montacargas crecía frente a él con cada paso tambaleante, su estructura volviéndose más detallada a medida que se acercaba. Podía ver las cuerdas gruesas colgando de las poleas superiores, podía ver el contrapeso descansando en el suelo porque el mecanismo estaba en posición neutral sin carga activa, podía ver el brazo horizontal extendido sobre el vacío como un puente hacia algún lugar que no fuera aquí.
Varios trabajadores portuarios que habían estado descansando cerca del montacargas se pusieron de pie alarmados al ver a un hombre ensangrentado corriendo desesperadamente en su dirección, seguido por figuras con túnicas de la Inquisición. Uno de ellos gritó algo que Ragnar no procesó completamente, probablemente una advertencia o una pregunta, pero no había tiempo para cortesías sociales. Ragnar los pasó de largo sin reducir velocidad, sus ojos fijos únicamente en las cuerdas del contrapeso que representaban su única posibilidad real de escape de esta pesadilla que su vida se había convertido en las últimas horas.
Los acólitos ganaban terreno. Ragnar podía escuchar sus pasos acercándose, el tintineo de sus armaduras y armas cada vez más fuerte, indicando que estaban a apenas diez o quince metros detrás de él. Uno de ellos gritó algo sobre rendirse y ser misericordioso, una mentira tan obvia que el isleño casi se rio a pesar de la situación. Diez metros hasta el montacargas. Cinco. Sus dedos se extendieron hacia adelante, alcanzando las cuerdas que colgaban tentadoramente. Tres metros. Uno. Sus manos encontraron la cuerda conectada al contrapeso, áspera y gruesa bajo sus palmas sudorosas.
Ragnar envolvió la cuerda alrededor de su brazo izquierdo con movimientos frenéticos, creando dos nudos apretados que esperaba serían suficientes para sostener su peso cuando el inevitable tirón llegara. Con su mano derecha todavía empuñaba la espada rúnica que había recogido del suelo del almacén antes de escapar, negándose obstinadamente a soltarla a pesar de su repulsión hacia la magia porque era la única arma que tenía y soltar armas cuando estás siendo perseguido por asesinos fanáticos era el tipo de error que solo se cometía una vez. Los pasos de los acólitos estaban prácticamente encima de él ahora, tan cerca que podía escuchar su respiración pesada por el esfuerzo de la persecución.
No había tiempo para segundas consideraciones o planes alternativos. Ragnar levantó la espada rúnica con su mano derecha y la descargó con toda la fuerza desesperada que le quedaba contra la cuerda gruesa que mantenía el contrapeso anclado al suelo. Las runas brillaron con aprobación azulada ante el uso destructivo, el filo encantado cortando a través de las fibras como si fueran papel en lugar de cuerda diseñada para soportar toneladas de peso. La cuerda se partió con un chasquido seco que sonó como un disparo en el aire del atardecer.
El efecto fue instantáneo y más violento de lo que había anticipado incluso en sus cálculos más pesimistas. El contrapeso, una jaula de hierro llena de piedras pesadas que colectivamente sumaban varios cientos de kilos, quedó liberado de su anclaje, pero todavía conectado al sistema de poleas del brazo horizontal del montacargas. Las leyes de la física tomaron control inmediato de la situación: el contrapeso comenzó a descender con aceleración gravitacional mientras que, en el lado opuesto del sistema de poleas, la cuerda que Ragnar había envuelto alrededor de su brazo comenzó a elevarse con igual velocidad en dirección opuesta.
Ragnar fue arrancado del suelo con una violencia que le robó todo el aire de los pulmones en un jadeo involuntario, su cuerpo ascendiendo por el aire como marioneta tirada por cuerdas invisibles. El tirón casi le dislocó el hombro izquierdo, los músculos y tendones protestando ante la tensión repentina y brutal de sostener todo su peso corporal más el momento de la aceleración. Ascendió cinco metros en los primeros dos segundos, luego otros cinco en el siguiente segundo, el suelo alejándose debajo de él con velocidad alarmante mientras giraba descontroladamente en el aire sin forma de estabilizar su rotación.
Detrás y debajo, escuchó gritos de sorpresa de los acólitos que habían llegado a la base del montacargas justo a tiempo para ver a su presa escapando literalmente por los aires de una manera que claramente no habían anticipado ni entrenado para contrarrestar. Uno de ellos intentó saltar para agarrar sus pies antes de que subieran demasiado, sus dedos rozando la bota de Ragnar, pero fallando por centímetros en conseguir agarre sólido. El otro acólito tuvo la idea de intentar escalar por otra cuerda del sistema para perseguirlo, pero su compañero lo detuvo con grito urgente sobre no sobrecargar el mecanismo que ya estaba protestando ruidosamente ante un uso para el cual definitivamente no había sido diseñado.
El mundo debajo de Ragnar se convirtió en borrón de colores mientras continuaba ascendiendo y girando: grises de piedra de los edificios, azules profundos del mar en la distancia, naranjas y rojos del cielo del atardecer, marrones de la madera de los muelles. Su estómago se revolvió con náusea inducida por el movimiento giratorio, pero apretó los dientes y se concentró en mantener su agarre en la cuerda que era literalmente lo único entre él y una caída que probablemente lo mataría instantáneamente. Diez metros. Quince. El ascenso comenzaba a desacelerarse gradualmente a medida que el contrapeso se acercaba al fondo de su recorrido y la física comenzaba a equilibrar las fuerzas en juego.
Cuando finalmente se detuvo, Ragnar colgaba a aproximadamente dieciocho metros sobre el nivel del muelle, balanceándose suavemente con el viento que soplaba desde el mar, trayendo consigo olor a sal y algas. Su brazo izquierdo ardía con un dolor que rivalizaba con sus otras heridas, los músculos temblando visiblemente por el esfuerzo de sostener todo su peso corporal en una posición tan antinatural. Abajo, los acólitos se habían reagrupado y discutían en voces que llegaban distorsionadas por la distancia, probablemente debatiendo cómo alcanzar a alguien que había tenido la audacia de usar equipo portuario como escape improvisado.
Ragnar aprovechó esos segundos de relativa seguridad para evaluar su situación con la parte de su cerebro que todavía funcionaba racionalmente. Estaba colgando a dieciocho metros de altura con una sola mano útil, su pierna izquierda sangrando libremente y creando pequeñas gotas que caían hacia el suelo muy debajo, marcando su posición como faro escarlata. No podía descender por la misma cuerda porque los acólitos lo estarían esperando abajo con armas desenvainadas.
No podía quedarse colgando aquí indefinidamente porque eventualmente su brazo cedería o encontrarían forma de alcanzarlo. Sus opciones eran extremadamente limitadas y ninguna de ellas sonaba particularmente prometedora para su supervivencia a largo plazo. Sin llegar a olvidar que posiblemente su brazo tendría suficientes heridas por lo que había hecho, para saber que en cuanto lo alcanzaran, no podría defenderse.
Entonces su mirada se posó en el brazo horizontal del montacargas que se extendía a apenas dos metros de distancia horizontal desde donde colgaba. El brazo era esencialmente una viga masiva de madera reforzada con bandas de hierro, lo suficientemente ancha como para que un hombre caminara sobre ella si tuviera balance perfecto y cero miedo a las alturas. Y más importante aún, ese brazo se extendía hacia el este, cubriendo la distancia entre el muelle principal y los techos de los almacenes v Seis, Seis que se encontraba apenas a unos tres o cuatro metros de distancia horizontal del punto donde el brazo terminaba.
Era una idea terrible. Probablemente la peor que había tenido en una vida entera llena de decisiones cuestionables y riesgos mal calculados. Incluido entre esas experiencias, la noche que estuvo con más mujeres de las que alcanzaba a recordar, y de las cuales, al pensar en ellas, no le sorprendería la idea de tener un pequeño él por ahí, pero esa idea poco llegó a aflorar, cuando su mente se desvió hacia abajo, y veía a más acólitos llegando al área del montacarga. Ragnar se dio cuenta de que no tenía realmente ninguna alternativa realista que no terminara con su captura inmediata.
Con esfuerzo que le arrancó un gemido de dolor, Ragnar comenzó a balancearse en la cuerda como péndulo humano, usando su peso corporal para crear movimiento que lo acercara gradualmente al brazo horizontal del montacargas. Adelante, el dolor en su hombro protestando. Atrás, su pierna herida gritando. Adelante otra vez, un poco más cerca. Atrás, luchando contra la náusea. Las runas de la espada que todavía empuñaba obstinadamente en su mano derecha brillaban con intensidad creciente, como si la magia contenida en el metal pudiera sentir su determinación desesperada o quizás simplemente respondiera a la proximidad de su muerte inminente.
En el tercer balance hacia adelante, cuando estuvo lo más cerca posible del brazo sin garantías de que sería suficiente, Ragnar tomó la decisión final y soltó la cuerda que lo sostenía. Por un segundo eterno no sintió nada excepto el viento en su cara mientras caía libre por el aire. Luego, su mano derecha, actuando por instinto más que por pensamiento consciente, se estrelló contra la superficie áspera del brazo horizontal de madera. Sus dedos se cerraron alrededor de cualquier irregularidad que pudieran encontrar mientras el resto de su cuerpo se balanceaba violentamente debajo, amenazando con arrancarlo del agarre precario.
La espada rúnica se le escapó de los dedos en el impacto, cayendo hacia el vacío debajo con las runas todavía brillando, hasta que se estrelló contra el agua del mar con un fuerte sonido, que indicaba que el mar recibía su ofrenda sin duda alguna. Su mano izquierda, débil y temblorosa, alcanzó también el brazo de madera y se aferró con fuerza. La cual fue nacida de pura desesperación.
Colgó allí por varios segundos que parecieron eternos, sus brazos gritando protesta mientras sus piernas se balanceaban libremente sobre dieciocho metros de aire vacío. Entonces, con esfuerzo que probablemente acortó su esperanza de vida en varios años, Ragnar se impulsó hacia arriba hasta que pudo pasar una pierna sobre el brazo de madera. Luego la otra pierna, ignorando cómo el muslo herido protestaba ante el maltrato. Finalmente, rodó sobre sí mismo hasta quedar tendido boca abajo sobre la superficie del brazo, abrazándolo con brazos y piernas como náufrago aferrándose a madero flotante. Respiró en jadeos profundos por varios segundos, cada inhalación enviando oleadas de dolor, pero también trayendo oxígeno desesperadamente necesitado a su cerebro embotado.
Abajo, escuchó gritos de frustración y órdenes siendo dadas en voz alta. Levantó apenas la cabeza lo suficiente para ver a Varian Mortasseñalando furiosamente hacia arriba mientras dos de sus acólitos comenzaban a trepar por la estructura del montacargas usando los soportes de hierro como escalera improvisada. No tenía mucho tiempo antes de que lo alcanzaran. Tenía que moverse. Tenía que llegar al techo del almacén, que podía ver tentadoramente cerca.
Con movimientos que eran más reptil que humano, Ragnar comenzó a arrastrarse por el brazo horizontal del montacargas hacia su extremo que se extendía sobre el techo del Almacén Seis. No se atrevió a intentar caminar o incluso gatear propiamente porque el balance requerido estaba muy por encima de sus capacidades actuales. En cambio, se movió centímetro por centímetro, abrazando la madera mientras se deslizaba hacia adelante usando más fricción que técnica.
El techo del almacén se acercaba gradualmente. Tres metros de distancia. Dos metros. Uno. Ragnar alcanzó el extremo del brazo y miró hacia abajo, evaluando la caída hasta el techo de tejas de arcilla roja que brillaban bajo la luz moribunda del atardecer. Aproximadamente cuatro metros de caída vertical, que normalmente no sería problema para alguien en buena condición física. Pero él no estaba en buena condición. Estaba herido en múltiples lugares, exhausto más allá de lo razonable, y probablemente había perdido suficiente sangre como para hacer que cualquier médico lo declarara muerto.
Rasgo parte de sus prendas, quedando desnudo de pantalones para arriba, empleando los trozos de tela menos sucios y ensangrentados, para vendar de forma tosca y en contra de todo conocimiento de un maestre, para evitar el sangrado de algunas zonas, rogando que fuera suficiente para darle un par de minutos más, lo suficiente para moverse, lo suficiente para siquiera imaginar la posibilidad de volver a ver a su hermano. De abrazarlo antes de golpearlo por haberlo enviado a ese lugar lejos de la mano de todo sentido común. Solo podía pensar en Agatha, en su hogar lejos de sus tierras, lejos del mar, de las intrigas de piratas y saqueadores, de guerras por honor y muerte sin sentido. Ante eso, y reuniendo lo que le quedaba de coraje o locura, o aquello que mantuviera a los hombres desesperados funcionando. No tuvo otra que soltar el brazo y dejarse caer al techo de abajo.
El impacto le arrancó todo el aire de los pulmones, el sonido de arcilla quebrándose, resonando bajo su peso. Pero no tuvo tiempo de recuperarse porque inmediatamente sintió que las tejas bajo él se movían. El techo no era plano, sino inclinado, con una pendiente pronunciada para drenar el agua de lluvia. Sus manos intentaron agarrarse de algo, pero solo encontraron más tejas sueltas que se desprendían con cada intento. Comenzó a deslizarse por la superficie inclinada, su cuerpo ganando velocidad mientras rodaba sobre sí mismo tratando desesperadamente de frenar el descenso. Se lanzó hacia la izquierda, intentando cambiar su trayectoria, luego hacia la derecha cuando vio que se acercaba peligrosamente al borde. Las tejas se quebraban bajo sus codos, bajo sus rodillas, dejando un rastro de arcilla rota y sangre mientras se deslizaba sin control hacia el vacío. Tres metros del borde. Dos. Uno. Sus dedos arañaron desesperadamente buscando algo que lo detuviera, pero solo encontraron más superficie lisa. — Soy un idiota. —Gruñó ante la acrobacia que estaba haciendo, aunque no tuvo claro si la frase era para él o solo una forma de expresar a quien lo oyera. De un modo u otro, si muriera de esa forma, se sentiría tan avergonzado que con gusto desafiaría a la muerte misma para pedirle otra muerte.
La muerte no respondió ante la amenaza; aun si lo hiciera, poca importancia le daría al momento en que el mundo bajo Ragnar ya no era techo, sino un abismo sin aire, del cual distinguió el brillo oscuro del agua del canal que separaba el distrito portuario de los barrios bajos. Ragnar cayó en arco amplio, su cuerpo cruzando sobre la zona de agua mientras la gravedad lo arrastraba hacia abajo. El canal pasó debajo de él como un borrón oscuro, luego apareció la calle empedrada del otro lado y, sobre ella, extendidos entre los edificios precarios del barrio pobre, vio los toldos.
Su cuerpo impactó contra el primero con fuerza que le hizo gritar nuevamente. La tela se tensó violentamente, cediendo bajo su peso, pero no rompiéndose completamente. En lugar de eso, lo lanzó lateralmente como catapulta improvisada hacia el siguiente toldo dos metros más abajo. Impactó contra ese segundo toldo en ángulo, rebotando de nuevo, esta vez hacia el tercero, que estaba todavía más bajo y a un lado. Cada impacto ralentizaba su caída, pero también lo giraba en direcciones impredecibles, su cuerpo rebotando entre las telas tensadas como pelota en juego macabro.
El tercer toldo finalmente se rasgó bajo el peso acumulado de los impactos repetidos, dejándolo caer los últimos metros hasta el suelo. Pero en lugar de estrellarse contra los adoquines, su cuerpo atravesó algo que crujió y cedió bajo él con sonidos secos de mimbre quebrándose. Ragnar se hundió en un mar de cestas de mimbre apiladas frente a un puesto de venta, las estructuras de fibra vegetal colapsando bajo su peso pero amortiguando el golpe final lo suficiente para evitar que se fracturara el cráneo contra la piedra.
Se quedó enterrado parcialmente entre las cestas rotas y el mimbre desparramado, incapaz de moverse, cada respiración enviando oleadas de agonía por su cuerpo destrozado. Escuchó voces alarmadas de vendedores y transeúntes, gente gritando sobre alguien que había caído del cielo, pero ninguna de esas voces se acercaba a ayudar porque en estos barrios uno aprendía a no involucrarse. Habría deseado quedarse en ese estado, así fuera por un segundo, la sola idea de cerrar los ojos y dejarse llevar. Estaba fatigado, su cuerpo lo odiaba profundamente y apenas era consciente de sí mismo; se preguntó si aceptar ese fin sería suficiente para una vida de batalla. — Solo, déjenme aquí sangrar un rato y luego volveré... sí... Volveré — pronuncio con una voz rota y una mente confusa.
Creyó que la muerte era quien vendría por él al observar una mano negra acercarse, la cual lo agarró con tanta fuerza que lo arrastró por fuera de los restos de la tienda, rasgando lo que quedaba de sus ropas. Deseó que fuera la muerte y no se equivocó por mucho, cuando la voz gruñó algo que no comprendió, antes de levantarlo a la altura y estrellarlo contra la pared de piedra, en la medida en que manos fuertes se cerraban alrededor de su garganta, apretando con la suficiente fuerza para opacar la poca resistencia que le quedaba.
Ragnar abrió los ojos con esfuerzo y vio a un acólito de la Inquisición, uno diferente a los que lo habían perseguido por el puerto, probablemente asignado a patrullar esta zona de los barrios bajos. El hombre tenía expresión de satisfacción mientras apretaba, sus pulgares presionando exactamente donde necesitaba para colapsar la tráquea de Ragnar lentamente. No había prisa en sus movimientos, solo la satisfacción de quien quería disfrutar del momento. Aunque la visión del isleño comenzó a estrecharse en los bordes, originando puntos negros que bailaban frente a sí. Hizo un último esfuerzo en levantar las manos, en luchar una última vez, pero sus brazos no obedecieron, ni sus piernas, ni su mente, quedando colgado igual que un pescado. Y eso sería todo para sí, en la medida en que su mente se apagaba, que su cuerpo cedía. Su último pensamiento no fue dirigido a sus hermanos. Ni a Salomón, quien, aunque no sabía cómo había vuelto del consuelo de la muerte, en el fondo, aunque deseaba odiarlo, apreciaba profundamente tener a su hermano; deseaba golpearlo, pero también escucharlo, de la misma forma que a Andreus, hermano de sangre y separado por responsabilidades. Pensar en él era hacerlo desde el afecto, al mismo tiempo que la preocupación por la carga que decidía llevar solo; no sabía qué decirle si acaso pudiera volver a verlo, pero desearía ser capaz de ayudarle.
No alcanzó a pensar en sí mismo, no hubo tiempo, solo silencio. Sintiendo cómo una parte de sí se desvanecía al tiempo que un destello plateado alumbraba levemente sus ojos. No comprendió ni supo qué era en realidad, porque al siguiente momento, en un parpadeo, ya se encontraba en el suelo tosiendo con tanta brusquedad que era incapaz de saber qué era real o irreal. Entre movimientos inhumanos y respiraciones pesadas, su mente se fue aclarando hasta asustarse por la imagen ante él, la del acólito con la garganta rajada de izquierda a derecha y una expresión vacía en sus ojos; siendo la sangre derramada el único toque de calidez que le recordaba que seguía vivo.
Incapaz de moverse, tan solo respirando con la dificultad de quien aprende a hacerlo por primera vez, comprendía que una parte de él, tan pequeña y lejana como un recuerdo añejo, se había perdido para siempre, aun si no sabía que era. En especial, cuando es sensación era acompañada por una figura ante él, quien se movía con total tranquilidad hasta el costado del acolito. La figura vestía completamente una capa con capucha de color rojizo, ocultando parcialmente su rostro, las manos de la misma, se deviaron, en un inicio recuperando una daga cerca de la herida del hombre y la segunda mano, revisando los bolsillos de este, hasta encontrar una bolsa de monedas, ambos objetos los limpio en la túnica del cadáver, sin mostrar más emoción de la que mereciera el momento.
Luego la figura se volvió hacia él, dando pasos silenciosos hasta quedar de pie directamente frente a Ragnar. La capucha ocultaba la mayor parte del rostro en sombras profundas, pero no pudo ocultar los ojos. Ragnar los vio claramente incluso a través de su consciencia menguante, brillando tenuemente con luz propia en la penumbra creciente del atardecer transformándose en noche. — Violeta. — Pronuncio el nombre del color, de forma extraña, sin ira, sin dolor, ni aceptación, tan solo lo dijo como si aprendiera a decirlo por primera vez. —Lyria —murmuró Ragnar con voz ronca, apenas audible incluso para sí mismo.
La figura no respondió, solo se quedó observándolo con esos ojos imposibles mientras él sentía cómo la oscuridad finalmente lo reclamaba. No había más fuerza para resistir, no había más voluntad para mantenerse consciente. Sus heridas, su agotamiento, su cuerpo destrozado por la persecución imposible, todo conspiraba para arrastrarlo hacia el vacío donde el dolor no podía alcanzarlo.
Los ojos violetas fueron lo último que vio antes de que la oscuridad lo consumiera completamente. Luego nada. Solo el silencio profundo de la inconsciencia absoluta, misericordioso después de horas de agonía ininterrumpida. Ragnar sucumbió finalmente al cansancio y cayó en profundidades donde ni siquiera los sueños existían.






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