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La balada de los errantes: Capítulo 5: Los olvidados

“Y del mar alzado fue el Rostro Velado, nacido del designio del Hacedor y no borrado por las edades. En sus manos llevaba la señal de la sal y de la arena fecunda, y allí donde las aguas eran estériles, brotó el aliento de la vida. Con su insignia avanzaron los pueblos de la marea, cruzando las olas como quien atraviesa un umbral sagrado, y reclamaron nombre y dominio bajo un mismo cielo. Más cuando el propósito rozó su plenitud, la Gran Calamidad quebró el curso dispuesto y partió en dos el juramento primero: unos hallaron reposo en la tierra firme y sellaron su herencia en piedra; otros permanecieron fieles al vaivén del mar y fueron entregados al olvido. No obstante, la memoria del Rostro no se extinguió, y de entre los errantes surgieron guardianes del vínculo roto, intérpretes de una fe torcida por los siglos, que velan en sombra el límite donde el orden y el caos aún se disputan el mundo.” 

— Fragmento del Códice de las Arenas Veladas, texto apócrifo atribuido a los primeros cronistas de Per-Bhast, condenado como herejía por la Iglesia del Hacedor en el concilio de 413 D.C. 


Lo que alguna vez llegaron a ser los destellos de un cielo nocturno, que se alzaban por lo alto, ahora se había transformado en una insondable oscuridad que lo envolvía. El peso de su armadura lo hacía arrastrarse hasta lo más profundo. El aire se distanciaba de su cuerpo, al igual que la vida por su herida. Pero no sintió miedo ante aquel suceso. Un sentimiento que, ni a lo largo de treinta años de luchas constantes repletas de heridas, tragedias y enfermedades, había sido capaz de doblegarlo, no sería ahora el momento en que se rendiría ante ella. 


Hacía tanto tiempo que esperaba la muerte, que se negaba a luchar contra ella. «Si ella quiere mi vida, tendrá que tomarla», dijo alguna vez en compañía de sus hermanos de batalla. Y ese recuerdo fue lo suficientemente cálido para alejarlo del dolor, incluso del hilo oscuro de sangre que se dispersaba en el agua. Ante la imposibilidad de sentir miedo, sí hubo otro sentimiento que lo envolvió en aquellos contados segundos en que el peso de la armadura lo arrastraba al fondo del río, distanciándolo no solo de la superficie, sino del ruido de la guerra. Que para ese instante de la noche, el asedio ya estaría a punto de finalizar, de no ser el caso de ya haberlo hecho desde su caída. 


Aunque su mente divagó, el sentimiento se aseguró de quedarse en sus últimos instantes. No era cálido como la alegría, tampoco apasionante como una noche en vela con una dama, ni iracundo como un combate al mediodía. Si no algo sencillo, sutil y taimado que se mantendría por delante de todas aquellas sensaciones, y eso era la nostalgia. Sutil cuál vino, pero fuerte al darse cuenta de su presencia en su sistema. 


Lo cual lo llevó a que el único pensamiento que lo acompañó antes de desvanecerse en la oscuridad fueran aquellos ojos violetas que, una mañana al despertar, impregnados de ternura, se cerraran en un gesto antes de sentir el peso de su cabeza en su pecho. El olor a lirios que impregnaba la habitación y la pregunta que le siguió después: — «Cuando llegue el día en que no esté, ¿me recordarás?». — 


Ella no respondió de inmediato, dejando acentuar la pregunta el tiempo suficiente, para darle paso al silencio que comenzaba a envolverlos en una espesa manta frívola, hasta que en un gesto repentino, ella alzó la cabeza levemente, y con una mirada destellante que le recordaban a las estrellas, respondió. No con ternura, tampoco con distancia, sino con aquel tono taimado que solía acompañarle en momento donde la mentira sería captada y la honestidad valorada. 


—Dichoso, son ustedes los hombres. Que solo piensan en su legado, en el que pasara cuando no estén y por ello se aseguran de vivir sus días con pasión, carentes de todo raciocinio para dejarse llevar por el corazón. — Ella empleó sus manos para acomodarse a su lado, acomodando su cabeza, ahora más cerca de su corazón.  

— ¿Es tu forma de decir que lo harás? — Respondió luego de recordar la cita, proveniente de una obra de teatro que habían visto en Ironmarch. Una ciudad con pocos establecimientos entretenidos en la estancia que tuvieron durante una escolta aún noble, mimado del cual obtuvieron mayores dolores de cabeza que beneficios. 

— Si es necesaria darte una respuesta después de lo que hicimos. — Hizo una pausa para ver como había quedado la habitación luego de la celebración. — Entonces poco has aprendido a escuchar desde que nos conocimos. 

— Quizás, quizás no. — Dudo un instante antes de acomodar la cabeza sobre la almohada.  

— Solo piensas en el día de mañana, ¿No es así? ¿En el asedio? — Ella ahora fue quien mantuvo la mirada fija en su rostro, dibujando con una línea, cada fragmento de su expresión. Partiendo de sus ojos rojizos hasta la barba descuidada que traía consigo, hasta el tono ónix de su piel. 

— No sabré cuando volveré a verte. Podría hablar con él, encontrar otra manera de... 

— No la hay. — Interrumpió ella luego de colocar una mano cerca de su corazón, recorriendo una cicatriz del pecho de él. — No sería capaz de volver a ver otra aldea quemada, de oír otra familia destrozada, gritar por una perdida, no puedo.   

— Debe de haber otra forma. — Ahora fue el quién intervino, sin llegar a verla.  

— Si te refieres al ataque. Me rehusó a marchar sobre un campo de cenizas. Así que, por favor, confía en mí. — Ella dejó de recorrer la cicatriz del pecho, guiando sus dedos hasta su cuello y de ahí, pasando sobre la barba hasta su rostro. — No quiero que nuestra libertad, sea a cambio del sufrimiento de inocentes. 

— No son inocentes. 

— Siguen siendo personas, ¿Olvidas eso? ¿O años siguiendo las órdenes de Andreus te han envenenado la mente con el olvido lo que es ser un humano? 

— Yo … No lo sé. 

— Lo sé, pero no puedes seguir viviendo con la mente en la arena. — Lo acaricio suavemente, acercando su rostro hasta el de ella. — No eres un esclavo ni un gladiador, eres un hombre libre.  

— Le prometí que lo seguiría hasta el final, no puedo quebrantar esa respuesta. 

— Y por eso jamás serás libre. 

— Todos somos esclavos de algo.  

— Ahora soy yo, quien te hace tu pregunta, cuando ya no este, ¿Serás tú quien me extrañara? 

— Liria... 

— Ashax, por favor.  


Salomón no respondió, cerro los ojos con vergüenza antes de apartar la mirada. Había olvidado su verdadero nombre, aquel otorgado antes de que su maestro lo llamaran Salomón, antes de que su piel fuera marcada como esclavos y guiado hacia las arenas, había olvidado lo que era tener un nombre, algo realmente propio. O eso creía, porque ahora, cuando levantaba a mirada y observaba a Lyria, se preguntaba si realmente era libre de tener algo propio y no solo un instante de calma antes de una nueva tragedia. 

— Antes... — Comenzó a hablar lentamente, al mirarla con ojos fatigados, repletos de aquel cansancio que todo hombre carga y pocos desvelan. — Ahora. Le tomo las manos con ternura. —Siempre, seré tuyo.  


— Idiota. 


Añadió Lyria antes de besarlo suavemente. Aunque no se sintió con ternura, ni con amor o pasión que diera paso a algo más, sino amargo, cual despedida. Puesto que sería la última vez que la vería antes de que ella se marchara al día siguiente, antes de continuar su misión de infiltrarse y darles la ciudad sin necesidad de una gota de sangre. Y confió en ella; aun ante el paso de los días, siguió defendiendo aquella decisión, aun cuando ante las noticias de ejércitos que se aproximaban siguió firme a su promesa, hasta el día en que Andreus lo llamó junto con Ragnar y tuvo que tomar una decisión: si esperar un día más por la ciudad o atacar antes de que llegaran los ejércitos de las demás casas nobles. Nunca supo si se trató de una traición o de una simple patrulla que pasaba por ahí y, al pensar que los descubrieron, acabó en una masacre. 


Nunca entendió ni le interesó entender por qué Andreus dio la orden de atacar antes de tiempo, apresurando un plan labrado a lo largo de diez años. Años de servicio, sangre, oro y esfuerzo otorgado por la promesa de un hogar. Uno que, en sus instantes actuales, pensaba que jamás alcanzaría a observar, pero ahora, cuando el peso de la armadura antes verdosa, ahora un cúmulo de partes sueltas se hundían con él hasta lo más profundo. En el momento en que sus ojos se cerraban ante el cansancio y la mente se volvía difusa, le dedicó su último pensamiento a ella, a desearle una vida plena, una sin tragedias ni guiada por la ira. Una que pudiera ser vivida ahora que él no estuviera. 


El olor lo despertó. No era el perfume de lirios que había poblado sus sueños. Tan distante como un recuerdo añejo, si no algo más inmediato: madera de acacia consumiéndose en sus últimos estertores. Salomón abrió los ojos lentamente, encontrándose con un cielo que aún guardaba las estrellas del oeste, aunque en el horizonte oriental ya asomaba una línea delgada de tono cobrizo. La hoguera frente a él agonizaba. Rescoldos naranjas parpadeaban con la irregularidad de un pulso débil, proyectando sombras danzantes sobre las dunas circundantes: — ¿Cuánto tiempo dormí? — Pregunto levemente al incorporarse con cuidado, sintiendo la arena fría se desprendía de su capa de terciopelo rojizo. 

 

No sentía el cansancio que debería acompañar a tres días de marcha por el desierto desde su llegada al continente. Tampoco el hambre que otros habrían padecido con las raciones limitadas que cargaba, ni el dolor corporal que suele reclamar por las exigencias vividas. En su lugar, lo acompañaba una sensación de vacío: una ausencia instalada allí donde otras sensaciones deberían habitar. Por costumbre, más que por necesidad, se pasó la mano por el rostro, acariciando la barba sin que el gesto le despertara emoción alguna, antes de fijar la mirada en la luz mortecina de las brasas. 


Intentó, por un segundo, recuperar de su memoria el sueño, pero lo único que alcanzó a percibir fue un aroma a lirios que se disipaba en el aire, prolongando aquella ausencia el tiempo justo para caer en el olvido. Abandonó el pensamiento inconcluso y optó por concentrarse en lo que lo rodeaba: el desierto, extendiéndose en ondulaciones infinitas de arena plateada bajo la luz previa al amanecer. Las dunas parecían olas congeladas en un mar muerto, silenciosas y eternas, multiplicándose hasta donde alcanzaba la vista. 


Lo único que se oía era la caricia del viento recorriendo la arena; ni siquiera sus propias pisadas lograban imponerse al silencio. Bastaban un par de pasos en cualquier dirección para obligarlo a detenerse y orientarse de nuevo. Sin importar hacia dónde mirará, todo parecía igual. Era entonces cuando sacaba del bolsillo el colgante de Ostelia. Aquel trozo de hierro deformado bastaba para guiarlo: al alzarlo, percibía un leve cambio de temperatura, utilizándolo como una brújula improvisada. Cada vez que corregía su rumbo, se preguntaba por el funcionamiento del objeto, pero siempre que intentaba darle sentido solo acudían a su mente las palabras de Celadus, el maestro de Hemeris que había llegado a Agatha tras la partida de Ragnar al Imperio. 


Aún podía dibujar con facilidad su figura: el cabello largo de tonos cobrizos, la barba recortada y aquel andar recto, casi ostentoso, propio de quien observa el mundo desde encima del hombro. Fue breve el tiempo que compartieron, pero recordaba con nitidez la ocasión en que Andreus solicitó una revisión sobre el uso de la magia empleada por la Orden. Como dijo el propio rey desde su lecho: 


—He recibido múltiples heridas en mi vida, pero ninguna que siguiera ardiendo después de haber sanado. 

La frase solía tomarse con ironía entre quienes la oían, en especial por Orthen, quien insistía en que se trataba de un proceso interno de curación y defendía que sus tratamientos con sanguijuelas bastarían para devolverle la vitalidad. Aquello dio pie a discusiones extensas entre ambos. 

No fue hasta la llegada de Celadus, con su sonrisa extraña y su mirada inquieta, que la atmósfera cambió. Tras una reunión privada, emergió de la habitación con un semblante sombrío que mantuvo durante buena parte de su estancia. Un día antes de la fecha fijada por Andreus para su partida hacia Per-Basht, el propio mago lo detuvo y le pidió reunirse en el estudio, donde aguardaban el rey y sus consejeros. 

—¿Por qué lo habéis traído aquí? —preguntó Andreus, cerrando un grueso libro de cuentas—. Debería estar en un barco rumbo a Qtar, no en mi estudio. 

—Debería —asintió Celadus—. Pero usted me llamó desde Hemeris para una investigación, y he venido a compartir lo indispensable antes de que continúe con esa empresa. Si parte sin conocer lo que he descubierto, solo garantizará su fracaso. 

—Detente y habla sin rodeos —intervino Lazkel, adelantándose con la mano en la empuñadura—. Ya es suficiente con lo que se te concede durante tu estancia. 

El mago asintió y carraspeó, quizá por cortesía, quizá para ordenar sus palabras bajo la mirada expectante de los presentes. 

—Una parte de su alma ha muerto, señor. 

No dejó que el silencio se asentara antes de continuar: 

—La herida fue causada por un arma rúnica. No como las de los barbudos que viven bajo tierra —añadió con un dejo de desprecio apenas disimulado—, sino de aquellas forjadas más allá del Mar Negro. He visto y estudiado los horrores de esa hechicería. 

—Sé breve —gruñó Lazkel, reprimido de inmediato por una mirada de Andreus. 

—Las armas de la Orden emplean una variante de la magia de enlace —prosiguió Celadus—. No es un fin, sino un medio. Una herramienta. Puede enlazar objetos, personas… incluso estados. Dos anillos, por ejemplo, podrían encontrarse sin importar la distancia mediante cambios de temperatura o impulsos físicos. Es el mismo principio que usan los collares de los ejecutores. 

Andreus frunció el ceño. 

—¿Y qué tiene que ver eso con la misión de mí … subordinado? 

La palabra hermano estuvo a punto de escaparle. 

—El enlace puede adoptar muchas formas —respondió el mago—. Desde guiar a alguien hasta consumir su vitalidad con el paso del tiempo. 

—¿Estoy muriendo? —preguntó Andreus, acomodándose con esfuerzo en el asiento. 

—No —respondió Celadus con rapidez—. Su cuerpo sanará. Pero su Ethos ha sido afectado. Aquello que define quién es: su carácter, su percepción, su vínculo con el mundo. No lo sentirá de inmediato, quizá nunca de forma consciente. Pero el daño existe. 

—¿Y qué implica? 

—Que si ese daño se profundiza, podría perder emociones, recuerdos, vínculos. No morir, sino vaciarse. Convertirse en un cascarón. 


Andreus no reacciono ante las palabras del mago, tampoco evito la búsqueda de Lazkel quien comenzó amenazarlo en cuanto tuvo la ocasión, y las múltiples preguntas de Nymia sobre la teoría o formas de recuperar aquel fragmento de alma perdido; quien hasta ese momento, había sido una mera espectadora en la conversación, hasta el anuncio. Pero nada de eso pareció importarle al señor de Agatha, quien simplemente mantuvo la mirada fija en Salomón en todo momento. Hasta la finalización de la reunión, de la cual, no hubo despedida acogedora en comparación a la de Ragnar, sino un leve gesto entre ambos, antes de marchar.  


Esa imagen lo acompañaba cada vez que sostenía lo que quedaba del amuleto, un recuerdo que lo guiaba, pero del cual no reaccionaba. El trozo de acero malformado que luego de emplearlo en varias ocasiones, tras dos días de viaje, lo había guiado hasta las puertas de la ciudad de los olvidados. Qtar no lo recibió con palacios, ni con estatuas que desafiaran al cielo, ni con amplios parajes adornados para impresionar al extranjero. O puestos comerciales repletos de goyas, especias y artesanías locales. En cambio, lo hizo con algo más honesto: una declaración de principios tallada en carne humana. 

 

Dos hileras de esclavos crucificados flanqueaban el camino de entrada como árboles grotescos. Cada uno llevaba palabras grabadas en la frente — “Desertor, Ladrón, Blasfemo”— y muchos mostraban amputaciones recientes, muñones envueltos en trapos sucios. Otros simplemente colgaban, consumidos por días de exposición al sol implacable del desierto, sus cuerpos convertidos en advertencias visibles para cualquiera que osara desafiar el orden impuesto. 


Uno de ellos intentó hablar cuando Salomón pasó frente a él. Pero en vez de pronunciar palabra comprensible, lo único que broto fue la sangre, se escurrió de su boca y cayó al suelo en gotas espesas que la arena absorbió de inmediato. El esclavo lo observó con una súplica abierta, desnuda, antes de que la vida se extinguiera por completo. La cabeza cayó hacia adelante. Otro muerto en la extensa hilera que le seguía. 


Salomón se detuvo. No sintió horror ni piedad, tampoco el impulso de apartar la mirada. Nada ocupaba el lugar donde esas reacciones deberían haber nacido. Aun así, permaneció observando el cuerpo, no por emoción, sino porque comprendía, de forma puramente racional, que aquello debía importarle, que el hombre que fue habría sentido algo ante una escena así. 


Ahora solo había vacío, y ese vacío era más inquietante que cualquier dolor, porque Salomón podía reconocer su ausencia. Como saber que falta una palabra sin poder recordarla, como notar un hueco en la memoria sin recordar qué lo ocupaba. Pronto olvidaría incluso eso, y entonces no quedaría ni siquiera la conciencia de la pérdida. Lo sabía profundamente, aunque desconocía la causa de aquel mal que le acompañaba. Y aun así, opto por continuar. 


Alzó la vista y descubrió que los otros crucificados lo observaban. Todos los que aún conservaban fuerzas para hacerlo, cubiertos de heridas, labios agrietados, murmurando súplicas a dioses que no vendrían, gastaban sus últimos alientos en mirarlo. No comprendió de inmediato el motivo. Pensó en su ropa, en la espada que descansaba en su cinto, en su forma de caminar, sin cadenas ni titubeos. 


La respuesta llegó al notar a los guardias apostados cerca de la entrada, susurrando entre ellos mientras lo señalaban. Uno escupió al suelo; otro lo evaluó con los ojos entrecerrados. Entonces lo entendió. No era su porte, ni su arma, ni su libertad visible. Era su piel: la misma piel ónix que vestían aquellos hombres y mujeres crucificados, la misma que en Qtar marcaba a miles como propiedad. 

 

Volvió a mirar a los moribundos y comprendió sus miradas. No eran de esperanza ni de súplica, sino de duda, de envidia y de cuestionamiento. Cada par de ojos le formulaba la misma pregunta silenciosa, repetida entre respiraciones quebradas: ¿por qué él y no yo?  


No necesitaban palabras para entenderlo. Tampoco él tenía una respuesta que pudiera cambiar algo. Los guardias comenzaban a acercarse, sumándose desde las torres y las calles laterales, mientras comerciantes y viajeros reducían el paso para observarlo con una curiosidad que pronto se tornó cautela. Salomón rebuscó en un pliegue de la capa, tomó la capucha y cubrió su rostro. No por vergüenza sino por necesidad. Agachó la mirada y avanzó hacia el interior de la ciudad. 


Qtar se desplegó ante él como un organismo enfermo que había aprendido a sobrevivir a su propia putrefacción. Las calles principales estaban pavimentadas con losas oscuras, pulidas por siglos de tránsito, mientras que los callejones laterales se retorcían como venas secas, saturadas de polvo y residuos. El murmullo constante de la ciudad no era caótico, sino funcional: voces negociando, órdenes gritadas, llantos apagados, todo coexistiendo sin fricción aparente. 


No fue la única vez que vio el maltrato. En plazas menores, nuevos cuerpos ocupaban cruces improvisadas; en los mercados, esclavos eran examinados como mercancía, forzados a abrir la boca, a mostrar cicatrices, a girar sobre sí mismos. Mendigos mutilados se arrastraban junto a los muros, ignorados por todos, salvo por los niños, que los observaban con una mezcla de miedo y costumbre. En cada ocasión, Salomón se detenía unos segundos. 


No sentía repulsión ni ira. Tampoco compasión. Solo registraba los hechos, como si su mente los archivara sin asignarles peso. Sabía que aquello era importante, que debería provocar algo, pero la respuesta nunca llegaba. Observaba el disgusto silencioso de algunos sirvientes, el orgullo abierto de los nobles que ordenaban castigos, la indiferencia calculada de los mercaderes extranjeros. Él no compartía ninguna de esas reacciones. Ni el peso de los oprimidos, ni la arrogancia de los libres. Nada. 


De no haber sido por un detalle mínimo, habría permanecido allí, indefinidamente, detenido frente a la violencia como una estatua más de la ciudad. Su mano, sin que lo advirtiera, se aferró a la empuñadura de la espada. El cuero gastado bajo sus dedos activó algo que no era emoción, sino un eco de ella, una resonancia débil pero persistente. Que al ser acompañada con una mirada en la empuñadura, lo devolvía brevemente aquel instante. 

 

Andreus inclinado sobre mapas manchados de tinta. Ragnar riendo con una jarra en la mano, ajeno por un instante al peso del mundo. Bershka limpiando sus cimitarras con la precisión de un ritual antiguo. Sus hermanos. Su compañía. La razón por la que estaba allí. Y entre todos ellos, una figura a la distancia, que lo invitaba acercarse con sus ojos violetas. Pero cada que intentaba adentrarse en el recuerdo, una leve incomodidad se alojaba en su mente, distanciándolo del instante antes de acercarlo a lo que debía de hacer.  


Ante aquella tarea, aquel propósito o que lo había traído hasta el olvido del mundo. Ese algo que debía completar antes de que el vacío terminara de cerrarse sobre él. Soltó la empuñadura y reanudó el paso.  Aferrándose al eco de la imagen de Bershka. Sabía que debía de encontrarla, que debía de darle sentido a su misión. Pero con cada paso que avanzaba, el porqué ya no existía. Solo el qué. Era lo que quedaba. Obligando a moverse, sin un rumbo fijo más allá del deseo. 


Ignoró los olores del mercado —especias, incienso, carne asada— como si no le pertenecieran. El viento rozó su rostro sin provocar reacción alguna, y la arena dentro de las botas fue registrada como un hecho, no como una molestia. Caminar se redujo a una función mecánica, respirar a una necesidad biológica, existir a una condición temporal. Incluso, podría haber continuado así durante días, un cuerpo en movimiento sostenido por la costumbre y la lógica, de no ser por un sonido que cortó el murmullo constante de Qtar. 


Una campana. Sonó de forma irregular: tres golpes rápidos, una pausa, otros tres. Un patrón antiguo, aprendido en campañas pasadas, siendo el sonido de la misa. Desconocía si se trataba del final de una o el inicio de otra. Pero fue suficiente para hacerle cambiar de rumbo. No sintió preocupación ni anticipación, pero algo parecido a la curiosidad fue lo que lo incentivo a seguirla. Como si era algo, a lo que debía de asistir.  


La campana lo había guiado hasta una estructura modesta en un barrio lateral, alejada del bullicio de las plazas comerciales. No era un templo imponente como los dedicados al Hacedor en el continente, sino algo más íntimo, casi secreto. Las paredes de adobe blanqueado reflejaban la luz del sol, y sobre el dintel de la entrada había tallado un símbolo que reconoció vagamente: un círculo partido por una línea ondulante, como si representara el horizonte entre dos mundos. 


Salomón cruzó el umbral sin ceremonias. El interior olía a incienso de sándalo mezclado con algo más dulce que no logró identificar. Había pocos fieles: un anciano arrodillado cerca del altar, dos mujeres con velos oscuros en un banco lateral, y un niño que sostenía una vela con manos temblorosas. El espacio era pequeño, quizás capaz de albergar a treinta personas si se apretaban, con bancos de madera oscura que mostraban el desgaste de décadas de uso. 

Sus ojos recorrieron el espacio con la eficiencia de quien ha aprendido a evaluar terrenos desconocidos. Suelo de piedra pulida. Ventanas estrechas que dejaban entrar haces de luz en ángulos calculados. Todo aquello en su mente, fue suficiente para preparar diversas formas de combate llegado el momento. Aunque al sentir el peso de su espada, llegaba a preguntarse si de haberlo, se giraría por la razon o solo se dejaría fluir como solía hacerlo Ragnar. Ese pensamiento llegaba a darle una sensación cálida por unos segundos.  


Mantuvo sus observaciones, guiándose por las paredes casi desnudas, hasta detenerse ante una pared en el fondo, detrás de un altar sencillo de madera de acacia, colgaba un cuadro de tamaño considerable. No era la obra de un maestro imperial ni de un artista consumado. Al tratarse de una obra con que eran más simples, ejecutados con pigmentos minerales que le daban una cualidad casi etérea, aun ante la falta de talento. Pero había algo en él que capturaba la atención de forma inmediata. 


Una figura femenina flotaba en un espacio indefinido, ni oscuridad ni luz, sino algo intermedio. Un gris plateado que parecía moverse si uno lo miraba lo suficiente. Velos translúcidos la envolvían como niebla solidificada, ocultando la mayor parte de su forma, pero revelando detalles inquietantes: una mano pálida, casi traslúcida, sosteniendo una balanza donde los platillos parecían contener cenizas en uno y estrellas diminutas en el otro. La otra mano elevaba una lámpara cuya llama ardía en un tono verdoso, no el dorado natural del fuego. 


Su rostro estaba parcialmente cubierto por un velo más denso que los demás, pero un ojo era visible. Uno, el cual parecía seguirlo sin importar desde qué ángulo lo mirara. No era amenazante ni reconfortante. Simplemente lo observaba. Alrededor de sus pies, figuras sombrías sin rostros definidos se extendían en todas direcciones, algunas arrodilladas en súplica, otras simplemente de pie, existiendo en ese espacio entre mundos. Algunas parecían desvanecerse en los bordes del cuadro, disolviéndose en la nada. 


Salomón se acercó sin darse cuenta, sus pasos resonando suavemente contra la piedra. No sentía reverencia ni temor, tampoco el impulso de apartar la mirada que otros podrían experimentar ante una imagen sagrada. Pero algo en la pintura lo mantenía observando. Era como mirar un reflejo distorsionado de sí mismo, algo que debería reconocer, pero que permanecía justo fuera de su comprensión. Esas figuras sin rostro, existiendo sin propósito visible, le recordaban a algo que no podía articular. El vacío dentro de él resonó brevemente ante la imagen. No fue emoción, sino el reconocimiento de un patrón, como cuando dos tonos similares se encuentran y crean una armonía involuntaria. 


—¿Buscas consuelo, hermano? 


La voz lo sobresaltó. No por su volumen, sino por la cercanía. Un hombre había aparecido a su lado sin que lo notara, algo que raramente sucedía. Era de mediana edad, quizás cuarenta y cinco años, con la piel curtida por el sol del desierto hasta adquirir un tono caoba oscuro. Sus ojos, de un marrón casi negro, habían visto demasiado, pero conservaban una calidez que contrastaba con el entorno desolador de Qtar. Vestía túnicas simples de color arena, remendadas en varios lugares, con un cuidado que hablaba de pobreza digna más que de descuido. De su cuello colgaba un símbolo que Salomón reconoció vagamente: una estrella de seis puntas con un círculo en el centro, tallada en madera oscura. 


—No —respondió Salomón después de una pausa más larga de lo que pretendía. Las palabras se formaban con dificultad, como si tuviera que recordar cómo funcionaba la conversación— Solo observaba. 


El sacerdote asintió con una media sonrisa que sugería que había escuchado esa respuesta muchas veces antes. No había juicio en su expresión, ni el fervor proselitista que Salomón había visto en los sacerdotes del Hacedor. Era algo más natural, casi humano. Llegaba a recordarle a Andreus en los días que podía sentarse, al rededor de una hoguera, a hablar de la vida sin rangos. Aunque llegado a ese punto, le inquietaba la cantidad de veces que recordaba el pasado en las últimas semanas. 


—Muchos dicen lo mismo cuando la ven por primera vez —dijo, su voz suave pero clara—. La Dama tiene esa forma de llamar incluso a aquellos que no saben que la buscan. Especialmente a ellos, diría yo. 

—¿La Dama? 

—La Patrona del Velo. La Guardiana de los Olvidados. —El sacerdote hizo un gesto hacia el cuadro con una mano que mostraba cicatrices antiguas en los nudillos—. Aquí, en las Tierras Perdidas, su culto es más antiguo que la fe del Hacedor. Algunos dicen que es más honesto también, aunque eso depende de a quién le preguntes. Si no, siempre habrá quienes hablaran de los Tules y sus etéreos, pero eso son otras lenguas. 

Salomón volvió a mirar el cuadro siguiendo las palabras del sacerdote. Ahora, intentando comprender qué era lo que lo había atraído. Las figuras sin rostro. El espacio indefinido. El ojo que observaba sin juzgar. Por más que lo hiciera, no podía evitar sentir que había algo que no notaba, algo que llegaba a escaparse por más que lo intentara. Y aun ante eso, lo acepto. 

—No conozco esa fe. 

—Pocos en el continente la conocen. La Iglesia del Hacedor prefiere ignorarnos, o condenarnos en voz baja cuando creen que no escuchamos. —No había amargura en su tono, solo la aceptación de quien ha vivido demasiado tiempo en los márgenes—. Pero aquí, en Qtar, donde tantos mueren sin nombre y sin ser recordados, Ella es tan real como el sol que nos quema cada día. Quizás más. — Una leve sonrisa emergió de sus comisuras al hacerlo, antes de señalar con un dedo. 

El sacerdote se movió hacia el altar con un andar que cojeaba ligeramente, invitando a Salomón a seguirlo con un gesto sutil. Por razones que no podía articular, accedió ante aquella invitación. Fuera o no beneficioso en sí, era la oportunidad de obtener conocimiento y eso, era razon suficiente para sí mismo.  

—Dime, hermano —comenzó el sacerdote, girándose para mirarlo directamente—, ¿conoces la doctrina del Hacedor sobre el más allá? Sobre lo que sucede cuando el alma abandona el cuerpo. 

—Sí —respondió—. Los consagrados que vivieron con virtud se unen al Hacedor en su reino eterno. En cambio, aquellos que rompieron sus leyes sagradas, son arrojados al Abismo de Cenizas para sufrir eternamente. — No hubo emoción al decirlo, tan solo la libertad de quien dice algo sin darle mayor importancia.  

—Así lo enseñan —asintió el sacerdote, sin contradecirlo directamente—. Y no es falso, en tanto que cualquier verdad puede ser incompleta sin ser mentira. Pero dime, ¿qué pasa con aquellos que no son ni virtuosos ni malvados? ¿Con los que nunca fueron consagrados al Hacedor? ¿Con los esclavos que mueren sin nombre, los niños que perecen antes de conocer el bien o el mal, los olvidados que simplemente... existen, y luego dejan de existir sin que nadie lo note? — Hizo una pausa, dejando la pregunta para ser respondida luego de su reflexión.  


Salomón no respondió de inmediato. La pregunta era retórica, pero tocaba algo que hacía tiempo se preguntaba desde su viaje. En el cual había visto a esos hombres y mujeres en las cruces a la entrada de Qtar. Muchos probablemente nunca habían pisado un templo del Hacedor o alguna iglesia de tener la ocasión, nunca habían sido bautizados con sus aguas benditas. Ni dirigidas oraciones en su bienestar, por lo que, ¿Dónde irían sus almas? ¿Dónde iría la de él? 


—No lo sé —admitió finalmente. 

—La doctrina del Hacedor no lo menciona, ¿verdad? —El sacerdote se sentó en el borde del altar, un gesto informal que ningún sacerdote imperial se permitiría—. Porque reconocer que existen esas almas sería admitir que su sistema no es tan completo como proclaman. Que el Hacedor, en su infinito poder, ha cometido un error y eso, lo hace más humanos que nosotros mismo. Pero nosotros... nosotros conocemos la verdad que ellos ignoran.  

Se inclinó hacia adelante, y su voz adoptó el tono de alguien compartiendo un secreto antiguo. 


—Existe un tercer lugar. El Velo. No es un reino de recompensa ni de castigo, sino un espacio intermedio. Un umbral entre la existencia y la nada absoluta. Allí van las almas que no fueron consagradas, las que no dejaron huella suficiente en el mundo para ser recordadas, las que simplemente se desvanecen en silencio. Vagan en ese espacio gris, sin propósito, sin dirección, olvidadas incluso por la muerte misma. 


El sacerdote señaló las figuras sin rostro en el cuadro. 


—Estos son ellos. Los habitantes del Velo. Y allí, en ese lugar olvidado por los dioses que reclaman gobernar el destino de las almas, reina la Dama. La Patrona del Velo. Ella no los juzga ni los redime. No les ofrece gloria eterna ni castigo infinito. Les ofrece algo más simple y, quizás, más honesto. 

—¿Qué? —preguntó Salomón, la palabra emergiendo sin que conscientemente decidiera hablar. 

—Consuelo —respondió el sacerdote simplemente—. Les ofrece compañía en el olvido. Les recuerda que existieron, aunque nadie más lo haga. Y cuando están listos, cuando han encontrado paz en ese reconocimiento, los guía hacia el verdadero final. No al Hacedor, no al Abismo. Si no a la disolución completa. A convertirse en parte del todo, sin identidad pero sin sufrimiento. Un descanso real. 

Algo en esas palabras resonó en Salomón de una manera que no podía explicar. El Velo. Un espacio de existencia sin propósito. Almas que vagaban sin dirección, reconociendo su propia ausencia. ¿No era eso exactamente lo que él estaba viviendo? Existía, caminaba, respiraba, pero algo esencial faltaba. Algo que había muerto con él en ese río, arrastrado al fondo junto con su armadura. Y solo un día despertó, sabiendo, gracias a retazos de memoria, quién era y que debía de hacer, pero aquel intermedio entre quién fue y quién era ahora, seguía siendo borroso.  Desconocía si fue por obra del destino o maquinaciones fuera de su comprensión, pero estaba ahí y ahora, eso era lo unico que tenia.  


—Los fieles de la Dama —continuó el sacerdote, notando quizás la atención silenciosa de Salomón— buscan dos cosas en vida. Primero, recordar a los olvidados. Dar nombre a los sin nombre. Asegurarse de que al menos alguien note cuando un alma parte de este mundo. Es por eso que mantenemos registros de los esclavos que mueren aquí, aunque a nadie más le importe. Es por eso que oficiamos ritos fúnebres, incluso para aquellos cuyos cuerpos nadie reclama. 


Se levantó del altar y caminó hacia uno de los bancos, donde reposaba un libro gastado. Lo alzó con reverencia. 


—Este libro contiene nombres. Miles de nombres. Esclavos, mendigos, criminales ejecutados. Personas que el mundo prefiere olvidar. Pero nosotros los recordamos. Porque si alguien recuerda que exististe, aunque sea una vez, aunque sea brevemente, no desapareces completamente en el Velo. Dejas una huella, por pequeña que sea. 

—¿Y lo segundo? —preguntó Salomón. 


El sacerdote dejó el libro con cuidado y lo miró directamente. 


—Aliviar el sufrimiento. No juzgarlo, no explicarlo, no justificarlo con planes divinos incomprensibles. Simplemente aliviarlo donde podamos. Porque si el Velo es el destino de tantos, lo mínimo que podemos hacer es asegurarnos de que lleguen allí con la menor carga posible. 


Hubo una pausa. El sacerdote pareció considerar sus siguientes palabras con cuidado. 

—Hay quienes malinterpretan esta doctrina. Quienes creen que aliviar el sufrimiento significa terminarlo de la forma más rápida. Quienes se convierten en. Instrumentos de un tipo diferente de misericordia. No aprobamos aquellos métodos, pero igual que ha habido purgar por el Hacedor o tantos dioses creados, olvidados y alabados, no queda más que aceptarlo, pero no corresponderlo.  

— ¿Por qué te ha de importar las interpretaciones de tu Dama?  

— Porque, igual que yo, igual que muchos otros, son los encargados de guiar y obrar por esta tierra. Pero habrá muchos tantos que lo harán bajo nombre de dioses o líderes y todos ellos, destruirán el mensaje por el cual se guían, por su beneficio. Es mi deber, ser neutral, de acuerdo a las enseñanzas de mi señora.  


El sacerdote suspiró, y por primera vez su expresión mostró algo parecido a la tristeza. 

—Pero en Qtar, donde el sufrimiento es tan común que se vuelve invisible, es fácil entender cómo algunas personas llegan a esas conclusiones. Que la muerte es más un alivio que un castigo, pero a cambio del precio de la honra, dignidad y virtud de la persona. Es fácil mirar las cruces afuera y pensar que un cuchillo rápido sería más misericordioso que días de agonía bajo el sol. 


Salomón no mostró interés alguno en las palabras del hombre, pero en ellas, en su extraña doctrina, encontraba cierto confort, llegando a ser coherente, en sí, demasiado coherente para ser aceptado sin más. Incluso,  sin la promesa de gloria eterna o castigo infinito. El Velo era simplemente idea, honesto y un espacio para aquellos atormentados por seguir una línea o caer en sus pasiones, encontraban alivio. Uno, que al sentir el colgante en su bolsillo, le daba sentido a lo que buscaba, aunque no podía afirmar que se trataran de los mismos. 


—Me gustaría mostrarte más —dijo el sacerdote, su tono volviéndose más cálido—. Hay textos, historias, parábolas que podrían ayudarte a entender mejor. Si buscas respuestas, quizás las encuentres aquí. Quizás la Dama te llamó por una razón. 


Salomón estuvo a punto de asentir guiado por la idea de confirmar lo que consideraba, casi tentado por la oferta de información, cuando su mirada cayó sobre algo que había ignorado hasta ese momento. El colgante del sacerdote. La estrella de seis puntas con el círculo en el centro. Pero ahora, viéndolo más de cerca bajo la luz que se filtraba por las ventanas, notó algo más. No era simplemente decorativo. Había grabados diminutos en cada punta de la estrella, símbolos que no reconoció, pero al volver a sentir el colgante bajo su cinto, fue suficiente para levantar la sospecha.  


Los dos objetos no se parecían en sí. Principalmente, porque el que poseía el errante, era un trozo de hierro mal formado que apenas llegaba a conservar un atisbo de su forma. Pero al rememorar lo hablado con los testigos de Ostelia todos podían confirmar algo de los atacantes, el colgante que mantenía su forma similar.  Una estrella, un círculo, una daga, una luna.  


El sacerdote notó su mirada y sonrió con comprensión. 


—Ah, veo que has notado mi símbolo. —Se llevó una mano al colgante—. En Qtar, los colgantes no son solo ornamentos religiosos, hermano. Son mucho más prácticos que eso, aunque no menos importantes. 

—¿Qué quieres decir? 

—Estatus —respondió el sacerdote simplemente—. Identidad. Propósito. En una ciudad donde la mitad de la población son esclavos y la otra mitad vive con el temor constante de convertirse en uno, necesitas una forma de distinguir quién es quién. Los colgantes cumplen esa función. 


Se acercó más a Salomón, señalando diferentes elementos de su propio símbolo. 

—La estrella de seis puntas me identifica como sacerdote de la Dama. El círculo en el centro indica mi rango dentro de la jerarquía del templo. Estos pequeños grabados —señaló las puntas— muestran mi linaje y mi lugar de origen. Cualquier guardia en Qtar puede mirar mi colgante y saber inmediatamente que tengo ciertos derechos, ciertas protecciones. Lo mismo puede ocurrir con cualquier ciudadano libre.  


Hizo una pausa, estudiando a Salomón con renovado interés. 


—Tú no llevas ninguno visible. Eso es inusual. Muy inusual. De hecho, en Qtar es más extraño ver a alguien sin colgante que ver a alguien con uno. Incluso los esclavos llevan marcadores, aunque los suyos son de hierro barato y solo indican a quién pertenecen. 


Salomón sintió el peso de esa cuestión. No llevaba colgante porque nunca había considerado que necesitara uno. Pero ahora comprendía por qué los guardias lo habían mirado con tanta suspicacia, por qué los comerciantes apartaban la vista con rapidez. Sin un marcador visible, era una anomalía en un sistema que dependía de la categorización inmediata. Uno, que podía ser tomado por quien tuviera mayor poder, esa breve posibilidad de ser marcado como objeto, no la acepto. 


—Los mercaderes llevan círculos dorados —continuó el sacerdote— Los soldados, espadas cruzadas. Los artesanos, herramientas específicas de su oficio. Los viajeros autorizados, mapas estilizados. Cada grupo tiene su símbolo, y dentro de cada símbolo hay variaciones que indican rango, riqueza, procedencia. Por supuesto, hay distinciones y cambios, pero todos deben de llevar uno. — Se apartó un poco, evaluando a Salomón con ojos que habían aprendido a leer a las personas. 


—Si planeas quedarte en Qtar más de un día, hermano, necesitarás conseguir uno. De lo contrario, los guardias seguirán acosándote, los mercaderes no comerciarán contigo, y tarde o temprano alguien decidirá que, sin marcador, probablemente eres un esclavo fugitivo. Y ya viste lo que le hacen a esos en las cruces de entrada. 


—¿Dónde se consiguen? —preguntó.

 

—Hay artesanos especializados en todo el distrito mercantil —respondió el sacerdote—. Pueden hacerte uno en pocas horas si pagas lo suficiente. Solo necesitas decidir qué símbolo llevará. Qué historia quieres que cuente sobre ti. Siempre que concuerde con los registros oficiales.  Si necesitas ayuda para navegar la ciudad, hermano, estoy aquí. Los templos de la Dama no son como los del Hacedor. No exigimos conversiones ni juramentos. Solo ofrecemos lo que podemos: información, refugio temporal, y a veces, simplemente alguien que escuche. Puedes encontrarnos en todas las ciudades, sobre todo, en aquellas donde siempre haya afectados por la violencia. Ven, siéntante, incluso podrías pertenecer y... 


Aceptar la ayuda del sacerdote, pertenecer a una fe, a cambio de continuar con su encargo, era tentadora. Pero ante la generosidad desmedida, siempre había algo que debía de darse, aunque no pudo identificar cuál sería aquel precio. Y antes de poder dar una respuesta, un sonido distante atravesó las paredes del templo. 


Un estruendo. Fuerte y repentino, seguido del estrépito inconfundible de algo pesado golpeando el suelo. Luego gritos. Muchos gritos, creando un coro de alarma que se extendía desde algún punto en el distrito mercantil. Fue tanto el conflicto, que el sacerdote, interrumpió su calma habitual, para girarse en dirección a la entrada, frunciendo el ceño y entrelazando los dedos.  


—¿Qué fue eso? 


Salomón ya se movía hacia la puerta. No por curiosidad, sino por un instinto cultivado de años  en batalla que lo hacían guiarse con un pensamiento de supervivencia. Dejando al sacerdote solo en el templo, salió del mismo y en solo unos segundos, fue recibido por el aire asfixiante de Qtar, el sol, golpeando su rostro con fuerza renovada. A lo lejos, en dirección al distrito mercantil que había cruzado antes, una nube de polvo se elevaba sobre los edificios. El sonido de cascos contra piedra se hizo más claro, acompañado de más gritos, algunos de advertencia, otros de dolor. 


Comerciantes y transeúntes corrían en dirección opuesta al disturbio, creando pequeñas estampidas de pánico en las calles estrechas. Guardias de Qtar comenzaban a moverse hacia el origen del sonido, desenvainando espadas mientras gritaban órdenes que se perdían en el caos general y apartaban con brusquedad a quien se interpusiera en su camino. Dejando con heridas a quienes se suponía que debían de cuidar.  


Salomón se mantuvo quieto, observando. Su mano se movió instintivamente hacia el colgante deformado en su cinto. Lo sacó de la bolsa y lo sostuvo en la palma, medio esperando que le diera alguna indicación, alguna señal. La cual fue leve, cuando el metal se calentó. No mucho, pero lo suficiente para ser notable contra su piel. Y la dirección del calor no era ambigua. Apuntaba directamente hacia el origen del disturbio, hacia la nube de polvo y el sonido de cascos que ahora se hacían más distantes, como si alguien huyera. 


Ante la oportunidad de perder el rastro, comenzó avanzar en aquella dirección, la cual no apuntaba hacia el mercado, sino hacia la dirección de la salida.  Dudando de si seguir el colgante o el ruido, opto por lo primero. Si al final lo había traído hasta la ciudad, entonces debía de servirle. Por lo que comenzó a caminar en la misma dirección, pero tomando otras vías cada que se topaba con algún guardia, ocultando su rostro con la capa y apartando la mirada de comerciantes, solo manteniendo el colgante por delante de su persona. 


Lo cual termino, llevándolo a una calle más amplia, con múltiples puestos a lo largo y ancho de una vía lo suficientemente grande para una comitiva de carrozas de tener la oportunidad. Al notar como la temperatura aumentaba levemente, significaba que pronto se encontraría con lo que fuera que estuviera enlazado el mismo. Llego a desviar su mano dominante hasta la empuñadura de su espada, ante el aumento de gritos provenientes de la parte más lejana de la calle, lo que fuera que pasara, había empeorado. Se preparó para salir de donde estaba e ir en su dirección, hasta que una voz lo llamo. 


—¡Hermano! ¡Hermano, espera! —El hombre se acercó con pasos rápidos, casi tropezando con su propia túnica—. Vi que ibas recorriendo y has llegado a mi puesto ¿Buscas algo? ¿Necesitas algo? Tengo lo mejor del mercado. Amuletos, protecciones, mapas... 

Salomón intentó apartarse, pero el vendedor era persistente como una mosca en carne podrida. Se colocó directamente en su camino, alzando las manos en un gesto de paz. 

—No quiero nada. — Respondió sin verlo, solo sosteniendo el colgante en su mano, el mismo que el vendedor observo.  

— Ese colgante. ¿De dónde lo sacaste? 

Salomón bajó la mirada hacia el objeto deformado. 

—No está a la venta. 

—Todo está a la venta en Qtar, hermano. Todo. —El vendedor se acercó más, entornando los ojos para examinar el metal retorcido—. Ese... ese es trabajo de enlace. Trabajo viejo. Muy viejo. ¿Sabes cuánto pagarían los coleccionistas por algo así? ¿Los académicos de la Ciudadela? Te daría... —hizo un cálculo mental rápido— cincuenta monedas de oro. Aquí. Ahora. 

Era una suma considerable. Al oírla, siendo suficiente para comprar pasaje en un barco, provisiones para meses, incluso contratar guardias. Pero rechazo ante la idea al percibirla. Por lo que su respuesta fue más tajante que la anterior:—No —repitió, alzando el colgante unos segundos antes de guardarlo, momento en que el vendedor abrió la boca para insistir, pero en ese momento el sonido de cascos volvió a resonar, mucho más cerca ahora. Salomón alzó la vista justo cuando los tres jinetes pasaban por el borde de la plaza, en dirección a las dos torres que formaban la entrada.  

Y, Por un instante, Salomón noto un destello que le ilumino el rostro, al son de como el colgante aumento su temperatura. En el segundo que cruzo miradas con quien era el primer jinete que lideraba el grupo. De cabellos oscuros que hondeaban ante la caricia del viento; de piel con tono terracota oscurecida por el sol. Cimitarras cruzadas en el cinto, junto con un joven de aspecto herido, agarrado en su cintura. Ambos terminaron cruzando miradas, siendo los ojos esmeralda de ella, quienes reconocieron los rojizos de él, antes que en un parpadeo, la distancia por los caballos opacara el momento.  

—  Bershka. — pronuncio Salomón al reconocerla.  


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