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Agatha: Prologo

Prólogo: 


El pasillo se abrió en un susurro hidráulico, dando pie al blanco que proyectaba. Uno con aliento a desinfectante, metal que limaba los bordes de la habitación y un frío que provocaba incomodidad, el mismo que podría encontrarse en la sala de un hospital. La mujer que ingresó entró sin variar el ritmo, indiferente a cuanto le rodeaba; el rojo mate de su vestido bebía de la luz estéril y devolvía una presencia a una zona que no la requería.  Si hubiera sido una zona de trabajo, se habría llevado las miradas de quienes la presenciaran, pero no había nadie allí, ni nada que llegara a considerarla importante. 


El suelo pulido devolvía pedazos de su silueta; el reflejo rojizo era más una advertencia que una invitación.  Incluso los drones de limpieza se alejaron de ella al detectarla, incapaces de comprender los colores que proyectaba, por lo que, al momento donde sus tacones dejaban de sonar, se apresuraban a limpiar por donde había estado, eliminando cualquier rastro de que siquiera hubiera estado en primer lugar. Al pasar una segunda puerta, el único pensamiento que se atrevió a darle al lugar fue tan básico como pasajero: — “Demasiado blanco” —, pensó, y el pensamiento se disolvió en el zumbido regulado de los ventiladores. 

 

—¡Bienvenida al Módulo de Recuperación Siete! — dijo el administrador, con la respiración pesada, al intentar igualar su paso. — Somos referencia en tiempo de respuesta, incluso con racionamiento de energía de frontera —añadió en un momento de pausa que tomó para respirar. 


A ella, en cambio, no le interesaron sus palabras, ni siquiera pareció prestarle atención cada que hablaba. Tanto su postura como su mirada se encontraban fijas en el pasillo, que, llegado a ese punto, le parecía interminable. No solo eso, sino que la palidez de las luces, la ausencia de cualquier ruido salvo el de ellos dos, era suficiente para hacerle incomodar, aunque no lo evidenciara: — “¿Cuánto más tomará esto?” —Volvió a dirigir un pensamiento que no llegó a pronunciar. 


 —Continúe. —Añadió una vez el hombre llegó a su lado.  —Claro; aquí nada se pierde sin que antes lo apruebe una hoja de cálculo, y créame, las hojas de cálculo en la frontera son más sagradas que cualquier juramento médico. —Intento añadir una breve sonrisa a su comentario, pero de nada sirvió

 

El ventanal interior les mostró cápsulas verticales con cuerpos sostenidos por gel opalescente, y las líneas verdes latían como luciérnagas disciplinadas dentro de botellas muy bien contadas.  Con cada parte recorrida, con breves espacios para los ventanales que se volvían cada vez más escasos en el recorrido, la imagen era lo mismo. Desde salas completamente oscuras, junto con esa enfermiza luz blanca que comenzaba a molestarle. Con o sin luz, la imagen se mantenía: filas interminables de cápsulas médicas.  Todas iguales, sin ningún rastro distintivo, ni siquiera nombre, código o algo que identificara alguna de ellas.   


— ¿Le interesa lo que ve? Le aseguro que todo es perfectamente controlado. Este es el sector de estabilización primaria; sellamos, nutrimos a nuestros pacientes y luego subimos los datos una vez estables. El sistema se encarga de enviar un aviso que nos permitirá notificar a quien pueda pagar; si respira y la factura es pagada, se entrega.  


— ¿Y de no hacerlo? — La voz de ella era indiferente, haciendo que el hombre se aclarara la garganta.  


— Bueno... la... la ley de recuperación catorce – B nos ampara — Intento no dar mayor información, aunque sintió como ella mantuvo la mirada sobre él; incapaz de verla a los ojos, respondió — El rescate es primero, en cualquier zona y sector de la frontera. Luego el cobro se realiza después de la estabilización, y si nadie responde... — Dejo el comentario suelto unos segundos más — Vera, lo humano empieza donde empieza la póliza.  


Carraspeó un poco, antes de mover algo en la tableta que llevaba consigo, y se lo evidenció en la gráfica con varias cifras.  Era simple y llanamente un negocio. Se recuperaba a cualquier extraviado, independiente de su estatus u origen. Si se salvaba, se cobraba y devolvía; de no hacerlo, se descartaba. Por un segundo, breve, pero se mantuvo, la pregunta sobre qué pasaría con todos aquellos que estaban en esas cápsulas, en todas esas almas suspendidas. De haber permitido que ese rastro de compasión siguiera, se atrevería a mostrar interés, pero no lo hizo; solo miró la cifra antes de pasar por uno de los tanques y en cómo, cerca del suelo, uno de los cables suministraba el gel a la cápsula. 


No pensó en quién estaba dentro, no era el motivo por el que había venido, por lo que prefirió seguir adelante, deseando terminar cuanto antes, antes de que esa extraña sensación que comenzaba a pegársele en su piel se hiciera más presente, como si el tiempo allí fuera consumido sin medida.  Avanzaron a otra cámara, mismo pasillo de tonos blancos, luces frías y vacío constante. Siendo lo único llamativo, cuando terminaron ante una esclusa, que ante ellos respiró sobre ellos un aire yodado y la señalética repitió consignas en tres idiomas y dos códigos industriales extintos que alguien nunca se molestó en borrar. 

  

El altavoz sonó por lo alto, con una nota seca, antes de que las luces se atenuaran lo justo para hacer vacilar el tono frío, antes de recomponerse sin pedir disculpas: — Anillo de carga tres en protocolo gris; variación en delta por impacto menor.  —Pronuncio la voz sin género y emotividad. Ella miró en la dirección de donde consideró que provenía, antes de ajustarse un mechón del cabello que le cubría el rostro. — La red alrededor de la base tiene un respaldo doble; no debe de preocuparse, aun si un escombro se acerca, no afectará la integridad de la estación. —Apresuró el administrador a hablar, en cuanto tuvo la oportunidad — Puede dejarlo de lado; igualmente, hemos llegado. —Añadió y, en un gesto, abrió la esclusa que intentó hacer parecer como si fuera rutinario.

 

Ella no respondió ante los intentos de cercanía del hombre, tan solo asintió antes de seguirlo en cuanto entraron. La sala que los recibió era más pequeña, sin tanques a la vista, con paredes igual de lisas que las anteriores. Era tan igual a las otras, que comenzaba a aburrirle el prestarles atención. Lo único diferenciable en comparativa con las demás era la consola al fondo de la habitación, de pantalla en negro, borde ámbar y teclado con una leve capa de polvo. — Es la zona de descarte. — Se aclaró la garganta el administrador en lo que se dirigía a la máquina — Un paso antes de decidir si se descarta o no un perfil, un trámite previo al olvido, ¿no? —Sí, el hombre intentó ser interesante, poco o nada sirvió, porque ella ni siquiera le prestó atención. Su mirada se había concentrado en el interior de su bolsa, en la medida que compartía el mismo pensamiento anterior. — “Que esto se termine pronto” —pensó. 


El tablero desplegó un menú que recordaba más a un rompecabezas que a algo con sentido, aunque poco interés le generó.  En lo que continuaba buscando dentro de su bolsa, en comparativa con el administrador, que seguía moviéndose entre columnas de nombres, datos, registros y categorías sin sentido para ella.  Pasó un largo rato realizando esa actividad, hasta que ella terminó de buscar y sacó un encendedor.  


— No se puede fumar aquí —pronunció el hombre en cuanto escuchó el primer sonido. Pero ante la mirada indiferente de ella, terminó por bajar la cabeza. — Lo siento. — Aclaro nuevamente en lo que continuaba buscando los registros hasta obtener uno que le hizo sonreír. —¡Aquí está! 


— ¿Lo es? — Fue la única pregunta durante todo el trayecto, que presentaba genuino interés. 

— No fue fácil al inicio. — Admitió con cierta incomodidad. — Sin huellas legibles, sangres con marcadores alterados, incluso sus implantes son etiquetados obsoletos o en desuso; un catálogo sin catálogo.  Una sonrisa nerviosa emergió de él, en lo que seguía enumerando factores que dificultaban la identificación del individuo. — No sabemos nada de él, salvo que fue encontrado en un carguero con la cabina sellada, hace aproximadamente tres meses. Los investigadores que lo encontraron lo catalogaron como un vagabundo con la peor suerte que existe.  Al hacer la mención de la palabra “suerte”, se le quedó a medio camino.  


— ¿Ha estado aquí desde entonces? — Al hacer la segunda pregunta, fue acompañada con un movimiento del cigarrillo que traía consigo, el cual, al ser visto por el administrador, generó una mueca en el mismo. 


 —Sí y no. — Se detuvo ante la mirada de la mujer que mostró su desagrado. — En un inicio se mantuvo hasta que no fue viable por no obtener quien respondiera por él Y, al enviar la orden de descarte, saltó lo imposible.  —Continuó entre risitas nerviosas y un sudor que comenzaba a brotarle de la frente. — Una aseguradora externa clavó un sello; no identidad, no motivo, solo “mantener con vida, coste a cargo”, con carácter vinculante — dijo, y el menú redujo su brillo como si quisiera hacerse pequeño. —No encaja: todo en él grita pobre de manual, pero va y aparece un seguro que solo llevan altos corporativos, políticos o militares; perdone la broma, no es mía, es del sistema — intentó, con una risa que no nació. —Nivel — dijo ella, sin subir la vista. —Máximo; el que hace que incluso los abogados digan “por favor”. 


La consola obedeció otra orden y el anillo rotó con cortesía, hasta que una cápsula emergió por un carril interno y se detuvo frente a ellos con un suspiro contenido. Un brazo oculto limpió el vidrio con una pasada exacta, y lo primero que se mostró fue la máscara completa, un arnés de soporte que le daba al rostro un anonimato de máquina. Válvulas finas exhalaban sin esfuerzo, tubos delgados entraban y salían como si el aire hubiera firmado un contrato perpetuo, y el gel devolvía un brillo pálido que hacía parecer al silencio un dato. — Nos sigue sorprendiendo que se mantenga vivo. Aunque el consumo de basal para mantenerlo en ese estado sigue siendo superior, casi rayando lo que su seguro no cubre, de seguro debe ser alguien importante.  — Leyó el administrador, ahora, sin adornos ni comentarios llamativos.  Solo con una neutralidad de quien sabe que no obtendrá nada.

 

— ¿Me permite hacerle una pregunta? 


— ¿Solo una? —añadió ella en lo que intentaba volver a ascender el cigarrillo, ante la insistencia del hombre, de no hacerlo. 


—Con todo respeto.  Traga saliva antes de hablar. Con solo verla, ese semblante neutro de la dama se había convertido en algo extraño, con la mirada fija en la pequeña ventana de la cápsula. — ¿Por qué alguien como usted buscaría a alguien como él?  


Soltó la frase con la misma premura de quien desea que se termine cuanto antes una reunión llena de incomodidades. Ella no respondió, ni lo miró o mostró interés en cualquier cosa, salvo en la persona en el interior de la cápsula.  Al momento en que por fin pudo encender el cigarrillo y dar una calada, su semblante se convirtió en algo similar a la tranquilidad, tanto que sonrió al soltar el humo.   Considerando todas las opciones de lo que podría hacer, una vez despertara.  



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