Agatha: La llamada del borde; Prologo
- Ciaran. D'ruiz

- 12 jun
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Prólogo:
El peso del casco era extraño al sostenerlo en sus manos. Era uno igual que otros tantos que habría portado con anterioridad, una de tantas piezas que cumpliría su función antes de caer destrozada, dejada en el olvido y reemplazada por otra igual. Tal vez era el color, el peso o el lugar; no importaba si intentaba encontrarle sentido o no, simplemente, era extraño. En especial al verse reflejado en el vidrio y pensar en cuánto había envejecido.
Apenas los primeros hilos blancos en su cabello comenzaban a notarse luego de una vida entre las estrellas. Con una mano sostuvo la pieza de armadura antes de que la otra acariciara la barba rojiza que traía consigo, la cual, al haber tenido que recortar, se sentía extraña ante el tacto. De la misma forma que sus ojos de un tono carmesí que parecían haberse oscurecido con el paso del tiempo.
— ¿Tienes miedo, chico? —sonó una voz ante él—. ¿Primera vez?
Lo observó unos segundos al oírlo, antes de alzar una ceja por su pregunta. —Si supiera mi edad, no diría eso —pensó, antes de fijarse en quién le hablaba. Era más joven que él, de actitud confiada, rayando la arrogancia, de cabellos amarillos y dientes de igual tono. Aunque de apariencia joven, la forma en que se mantenía hablando con quienes le rodeaban demostraba que no era su primer encargo. Nikell era como se hacía llamar.
— No. — Aunque la palabra sonó extraña al decirla, intentó mantener la seguridad al hacerlo, aunque Nikell pareció no creerle.
— Todos tenemos una primera vez. — Mostró sus dientes amarillentos y soltó una risita al hacerlo.
— ¡No te pongas a joderle la vida! — intervino otra voz, ahora perteneciente a una mujer. — ¿Acaso quieres terminar con un tiro entre cejas por decir lo que no era?
— Ah, Vael, ¡por favor! — Nikell le hizo una mueca a la chica, quien aún mantenía entre sus manos una pistola de plasma de bajo calibre, la cual había estado limpiando con un trapo. — Solo es una broma.
— Dilo hasta que lo creas. — Vael terminó de limpiar el cañón del arma antes de apuntar al suelo con ella, hasta estar segura del resultado. Tenía cabellos castaños y varias pecas en su rostro, aunque la mayoría comenzaba a desaparecer bajo las arrugas que señalaban el paso de los años. — Nos pagan por un trabajo; con suerte, tal vez dejen algunos en la nave. La mayoría solo quiere que les paguen y se largan, ¿para qué querer servir en una nave imperial?
Nikell mantuvo la sonrisa al decirlo, aunque nadie respondió ante su comentario. Todos los presentes sabían por qué estaban ahí. Encontrados en estaciones de paso, otros se habían acercado en puestos de reclutamiento o recogidos por naves mercantes. El trabajo era como cualquier otro que se esperaría de carroñeros: llegar a una nave destruida, buscar algo útil, reportarlo y cobrar. Pero a diferencia de otros tantos contratos, ese seguía sintiéndose extraño para cualquiera que llegara a considerarlo luego de estar presente.
— ¿No les parece extraño? —volvió a hablar luego de unos instantes en silencio.
— ¿Qué cosa, Salomón? —La pregunta provino de un tercero, un hombre calvo y de patillas frondosas, pero sin bigote. En su uniforme se presentaba un apellido, Osei.
— No recuerdo si alguna vez se hizo una oferta similar: ser recolector y, si demuestras "valía", podrás tener la oportunidad de pertenecer a la nave.
— Es más habitual de lo que crees. —Intervino Vael luego de enfundar el cañón en el cinto. — Toda nave necesita tripulantes nuevos; son normales los contratos de reclutamiento.
— Pero no de una imperial tipo crucero, ¿acaso saben cuántas almas puede llevar esta cosa?
Los tres observaron a Nikell en espera de que respondiera, quien se deleitó con la atención antes de volver a sonreír. Pero no respondió de inmediato; en cambio, respiró, cruzó los dedos y se acercó para hablarles, evitando que cualquier otro pudiera oírlo. Aunque el espacio de la cabina era relativamente amplio, el escuadrón seguía disperso en sus propias actividades. El capitán de la sección, un hombre que solo había dado su rango y apellido, se mantenía en la puerta con una tablilla de datos e intercambiaba información con un asistente; en la parte trasera estaban dos hermanos, hombre y mujer, que poco o nada habían compartido con los demás, enfocados en su propio mundo al hablar en otra lengua, aunque por su apariencia la mayoría apostaba que no eran humanos por su piel amarillenta y ojos oscuros; aunque eso mismo podrían haber dicho de Salomón, quien de piel de ónix y cabello rojizo daba la sensación de ser de cualquier otra especie menos humana.
— Este navío puede llevar dos mil ochocientas personas, ¿se lo imaginan? Muchos de ellos han nacido y muerto en esta nave, sin siquiera llegar a pisar tierra alguna vez.
—Estás mintiendo. —Señaló Oris al escucharlo. — Es imposible que una nave pueda ser tan grande.
— ¿Acaso llegaste a verla cuando la lanzadera nos trajo a bordo?
— No...
— Solo los imperiales son capaces de crear una estructura semejante y hacerla funcionar. — Vael apoyó la espalda en el muro de acero, buscando una posición más cómoda para estar.— Por eso jamás verás una nave así en cualquier otro sector.
Nadie discutió eso. Era difícil hacerlo cuando la prueba estaba en cada remache del techo, en el grosor de los muros, en el suelo que no vibraba como el de cualquier carguero barato. Hasta el aire olía distinto, más limpio de lo que cualquiera de ellos estaba acostumbrado. De haber querido negar que se encontraban en una nave más avanzada, se habrían llamado mentirosos antes de siquiera hacer algo más.
—Lo que sí me pregunto —retomó Nikell, bajando apenas el tono, como si la conversación hubiera cruzado algún límite invisible—, es quién es el hombre capaz de estar a cargo de todo esto.
—¿Qué importa eso? —dijo Oris sin levantar la vista.
—Importa porque en la última estación de paso escuché cosas. —Nikell cruzó los brazos, satisfecho de tener la atención de todos otra vez, volviendo a aguardar el tiempo hasta saber que lo volvían a tomar de centro de atención—. Dicen que es un exiliado. De Terra.
Vael soltó una breve carcajada, seca y sin humor. Meneando la cabeza de un lado a otro, desplazando la atención del hombre hacia ella, quien los miró a todos con esa satisfacción de saber que puede hablar libremente porque no hay forma de refutar lo que le digan. Tal vez fuera por control, o porque había estado ausente en su mundo durante todo el tiempo que habrían estado esperando a que el capitán diera la señal para que se prepararan. De un modo u otro, ahora quería participar.
—Eso es un rumor de cantina. — Hizo una pausa, sintiendo la atención antes de añadir. — Ningún exiliado de Terra termina con una nave imperial a su nombre. Para eso se necesita una casa de prestigio o un rango que el propio Aestus te otorgue. Las dos cosas que un exiliado no tiene por definición.
—Quizás por eso no está dentro del Aestus. —Nikell arqueó las cejas, en un intento de volver a obtener la atención de los presentes—. Los hombres de casa noble no desaparecen cuando los destierran. Solo dejan de existir para quienes firmaron el destierro. ¿Acaso no has visto las noticias de cuántos piratas en realidad eran de la nobleza antes de cometer algún error?
Vael no respondió de inmediato. Eso solo, en ella, equivalía a conceder el punto.
—Si eso es cierto —dijo al fin, con el mismo tono plano con que había hablado todo el rato—, entonces estamos en el peor tipo de nave en el peor sector posible. Una imperial aquí es un blanco. Cualquier pirata, cualquier facción del Sector Arvón que valga algo querría esta cosa para sí.
— ¿Por qué? —preguntó Salomón, aún sosteniendo el casco entre sus manos, casi arrepintiéndose al hacerlo una vez que todos lo miraron, algunos confundidos, otros curiosos.
Solo después de un interminable intercambio de miradas que se sintió eterno, Oris respondió la pregunta, aunque ni siquiera se atrevió a mirarlo al hacerlo, concentrando toda su atención en el movimiento circular que hacía con la pierna en el suelo:— Porque una nave imperial es capaz de conectarse a un nodo y viajar entre sistemas en cuestión de segundos; de la misma forma que son tan grandes que podrían viajar a la velocidad de la luz sin ni siquiera notar el paso del tiempo.
Salomón los miró a los tres. Después de oírlo, antes de volver la vista al casco, aún dándole vueltas a lo que acababa de escuchar, no podía dejar de pensar en la misma pregunta de Nikell. —“¿En qué tipo de nave tendremos que estar, para que generaciones sean capaces de vivir y morir sin ver la luz desde la tierra?” —pensó por unos segundos antes de volver a verlos.
—Si tienen tantas dudas —dijo—, ¿por qué aceptaron?
Oris respondió primero, con la naturalidad de alguien que ya había hecho ese cálculo muchas veces: — Porque las opciones son peores. Estamos en un sector desconectado. Sin un nodo cerca, viajar entre sistemas puede costarte años reales de tu vida. Si alguna vez has estado en una colonia, sabes que no es vida: o te atacan, o te ponen bajo el yugo de algún gobernante que redactó sus propias leyes la semana pasada antes de entrar en guerra. O vivirás trabajando hasta caer muerto sin ver el fruto de tu esfuerzo. — Asintió al decir esas palabras antes de mirarse las manos. Callosas, repletas de cicatrices que solo pueden provenir del trabajo en la tierra. — Ser carroñero es lo más cercano a libertad que existe aquí. Tocas puerto, cobras y te vas antes de que nadie te ponga nombre en su lista. —Hizo una pausa—. Casi siempre.
—¿Y si esto resulta mejor? —añadió Nikell, aunque sin la sonrisa de antes.
— Suenas seguro de eso. — Agregó Vael al verlo.
— Vivir en una ciudad flotante donde no vivirás los peligros de una colonia o del próximo ataque, porque quién sabe qué señor de la guerra le dio por querer saquear qué planeta, a sabiendas de que ni el Imperio ni la Coalición responderán. Así que, sí, prefiero arriesgarme a hacer bien el trabajo y ganarme un puesto en la nave.
— No creo que sea tan fácil — respondió Salomón, ahora obteniendo todas las miradas de atención, y sin esperar que hablaran, añadió—. Nadie nos explicó qué encontraron exactamente.
La pregunta se quedó suspendida. Oris abrió la boca para decir algo, o quizás solo para ganar tiempo, cuando el capitán de sección levantó la vista de su tablilla por primera vez desde que habían entrado a la cabina. Desplazando a su asistente a un lado luego de darle quién sabe qué instrucciones, captando la atención de los presentes, pero antes de siquiera decir una sola palabra, la puerta del espacio se abrió de par en par.
— Un navío de guerra, es lo que van a revisar.
La voz era autoritaria, aunque con un toque cálido al final. Suficiente para llamar la atención de los presentes sin llegar a despertar reproches. Al observarlo, era un hombre de apariencia cuidada, aunque los cabellos plateados en los laterales, junto con las arrugas y marcas en el rostro, señalaban que se acercaba a la mitad de la vida. En sí, era lo único que podía señalarse, porque cada apartado de su apariencia era de quien se ha asegurado de prepararse para ocasionar una impresión. Desde la barba cuidada hasta el cabello recortado, seguido del semblante sereno que solo un hombre justo podría tener.
Aunque contrastaba con su físico, llevaba una armadura de tonos azules con líneas moradas en los costados, las cuales llegaban a resaltar con sus ojos azules que llegaban a recordar a las imágenes de los mares en mundos paradisíacos. El hombre observó a todos los presentes de la misma forma que ellos lo analizaban; aunque nadie habló de inmediato, no evitó la sensación de que algo debía suceder. No era de aquellas ausencias que generan incomodidad, sino incertidumbre, curiosidad y, ante todo, la invitación a considerar qué hacer de la misma manera que toda la habitación decidía cómo debía comportarse ante aquella presencia.
El capitán de sección fue el primero en reaccionar, cuadrando los hombros con la velocidad discreta de quien intenta que nadie note que los tenía caídos, mientras su asistente guardaba la tablilla contra el pecho sin saber muy bien qué hacer con ella. En el fondo, incluso los dos hermanos dejaron de hablarse en su lengua para intercambiar miradas y ver al extraño, quien esperó un momento más para hablar, porque otra figura captó la atención de los presentes.
Era más alto por algo más que unos centímetros, de complexión que no dejaba lugar a dudas sobre para qué había sido construido ese cuerpo. Cabello rubio casi amarillento, recortado a los lados y recogido en una coleta que caía sobre la nuca sin ninguna pretensión. Barba de pocos días, suficiente para existir y nada más. Lo que detendría a cualquiera no era el tamaño, sino los ojos, de un tono miel que recorrían cada rincón de la cabina con la cadencia de quien no mira, sino inventaría. No dijo nada. Pasó junto al extraño antes de llevar la mano hasta el cinto, donde descansaban cómodamente en el lado derecho una pistola de plasma y un cuchillo de combate que fácilmente podría pasar por una espada corta. Solo cuando terminó de revisar el lugar, volvió a ver al visitante, a quien le hizo un gesto de que podía continuar.
— Capitán Harren. — Volvió a hablar el extraño luego de recibir el gesto. — Por su reacción, me da a entender que mi presencia no estaba contemplada. — Hizo una breve pausa, observando un punto distante en el espacio antes de continuar. — El Oficial de Señales recibió instrucciones de no notificarlo hasta que yo estuviera aquí, así que no tiene por qué haberse preparado para esto. Puede descansar.
— Es un honor, señor. — Harren midió cada palabra antes de soltarla, con la postura de quien elige sus batallas. — Aunque debo ser directo: esta misión no justifica su presencia en campo. Es territorio de riesgo, y La Balada depende de su mando. Si algo ocurriera durante la operación, las consecuencias irían mucho más allá de este equipo, y yo tendría que responder por ello.
Ante la forma en que se comportaba el capitán, los demás volvieron a verse unos a los otros, incapaces de decidir si debían participar o mantenerse al tanto de la conversación entre los dos hombres, aunque la identidad del visitante no tardó mucho en ser revelada. Harren balbuceó un poco en un inicio, manteniendo esa incomodidad de quien no está seguro si hablar en confianza o mantener una formalidad que se hacía cada vez más asfixiante.
— Discúlpeme, señor, pero no entiendo qué hace el capitán de la nave interesado en mi equipo.
— Verá. — Señaló a su alrededor antes de verlo por sobre el hombro. — He leído su historial. Entre todos los equipos de la nave, el suyo tiene las mejores referencias entre los oficiales de cubierta. Quería verlo trabajar antes de tomar cualquier decisión sobre su futuro aquí. Ese era mi único motivo, Harren, y en cuanto al riesgo, es mío. No necesita cargarlo usted.
— Con el debido respeto, señor — insistió Harren, bajando apenas el tono.
— Puede emplear mi nombre si así lo desea, creo que esta circunstancia lo permite.— Pero...
— Insisto.
—Sí, capitán... digo, Andreus, señor. — El capitán Harren bajó la mirada por un instante al hablarle a Andreus; era difícil olvidar que quien estaba ante él no era otro que el encargado de mantener dos mil ochocientas almas a bordo y de quien, hasta la más mínima decisión que tomara, podía significar la vida o la muerte de cada una de ellas. — Si regresamos sin usted de una operación que en ningún informe figuraba como prioritaria, no hay forma de explicarlo ante el resto de los oficiales. — Hizo una pausa breve, y añadió sin pensar demasiado: — No hay forma de explicárselo a Ragnar.
El hombre de la coleta giró apenas la cabeza hacia Harren desde la puerta. Solo eso. Harren tuvo la decencia de no añadir nada más.
— No he pasado tanto tiempo en el Trono como para olvidar lo que es una revisión de campo — dijo Andreus, con esa certeza particular de quien ha tomado esa misma decisión antes y conoce exactamente su peso —. Y no pienso empezar a olvidarlo hoy. Lo que sí le pido, cuando estemos ahí afuera, es que me trate como a cualquier otro miembro del equipo. Sin consideraciones especiales. Si me gané un lugar en esta nave, fue haciendo exactamente esto.
Harren sostuvo su mirada más tiempo del necesario, buscando algo en esa expresión que le diera una razón válida para continuar. No la encontró. Asintió, una sola vez, con la postura de un hombre que ha perdido un argumento y ha decidido archivarlo. En espera de que en un futuro no tenga que volver a presenciarlo; pero en el momento en que creyó que podía respirar, Andreus dio media vuelta para salir y se detuvo, interrumpiendo el alivio apenas nacido del oficial y tomando la atención de cada uno de los presentes.
— Una cosa más. — Andreus se giró apenas hacia el resto de la cabina —. Eso aplica para todos. No soy el capitán de La Balada mientras estemos en esa nave. Soy un miembro más del equipo del capitán Harren. — Recorrió los rostros presentes con esa calma de quien confirma lo que ya decidió antes de entrar —. Dicho eso, los espero en el hangar. Y con suerte — se dirigió al oficial al hacerlo —, quienes ha seleccionado para acompañarlo sean merecedores de pertenecer a la nave.
El oficial palideció ante las palabras del hombre, dejando a todos los presentes observándolo marchar sin llegar a estar seguros de cómo reaccionar. Todos, salvo Salomón, quien volvió a mirar el casco entre sus manos mientras los pasos de Andreus se alejaban por el pasillo. Afuera había una nave de guerra destruida esperando ser revisada, y el hombre a cargo de dos mil ochocientas almas había decidido ir a verla en persona. Nikell, que llevaba un buen rato sin sonreír, volvió a hacerlo, aunque esta vez era distinto, más pequeño, como el gesto de alguien que acaba de decidir algo sin terminar de saber si es una buena idea.






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