Agatha: La llamada del borde Interludio: Cargo de conciencia
De todas las sensaciones, emociones o pensamientos que pudiera recibir al despertar, si había uno que se sobreponía a todos, era el malestar de tener la garganta seca, junto con los labios quebradizos. Cada respiración que emitía le recordaba el dolor en sus extremidades, junto con el malestar de su cabeza. Intentó moverse, pero fue en vano, en cuanto todo lo que le rodeaba era oscuridad, salvo por la ocasional luz de las estrellas que atravesaba el ventanal del cuarto. Se quedó un momento ahí, observando el vacío antes de intentar moverse, pero su cuerpo no reaccionó de inmediato; incluso, este mismo pareció rechistar el que fuera obligado a dejar la tan cómoda cama que parecía pegarse en cada extremidad, cual abrazo de una amante.
Al colocar el primer pie en el suelo, se sorprendió por lo cálido y suave que era, hasta que reconoció que se trataba de una alfombra, de aquellos lujos que solían tener los capitanes y nobles a bordo de un navío, y no los suelos de metal de la tripulación y oficiales en sus cuartos. Al ponerse de pie y dar el primer paso, el dolor en su costado le hizo gemir antes de terminar sentándose en el borde de la cama: — Mierda. — Dijo por lo bajo al llevar la mano al costado y palpar los vendajes empapados de sudor.
Se llevó ambas manos hasta el rostro, donde una barba de varios días y el sudor de la frente le esperaban, incomodando de por sí una situación molesta. La cual solo empeoró cuando una sensación de que algo lo observaba nació desde la parte baja de su espalda hasta subir a su oreja. Sin apartar una mano del rostro, comenzó a desviar la segunda por la cama, hasta sumergirse por la almohada en busca de una pistola que no estaba allí.
— ¿Buscabas esto? — La voz era joven, cargada de aquel hastío que solo se encuentra en quienes han estado esperando para decir algo.
Al dirigir la mirada, lo primero que se encontró fue la penumbra misma, hasta que pudo dibujar una silueta en el medio, la cual extendía un trozo de metal que parecía destellar brevemente antes de ser colocado sobre uno de los muebles de la entrada a la habitación principal. Ante ese simple acto, le siguió el chasquido de una lengua, antes de que las luces se encendieran.
El cuarto era tan grande como una pequeña casa; la cama se encontraba en el medio y en la cabecera un gran cuadro junto con unas cortinas adornaba el apartado superior. Bajo la cama, un mueble de madera descansaba plácidamente. Al otro extremo, en el lateral derecho de la misma cómoda, se encontraban dos grandes ventanales que daban pie a la imagen del mismo vacío con su vestido de estrellas. Junto con dos cómodas que decoraban los laterales. Las cuales combinaban con su tono claro, el azul rojo de las paredes, al igual que la alfombra terciopelada. Nuevamente, lujos que solo unas cuantas naves podían permitirse.
Lujos que se extendían como el pasar de la puerta y encontrarse un gran baño privado donde una fuente de agua acompañaba una pequeña piscina; saliendo de los baños, recorriendo un pequeño corredor, se encontraba un gran estudio con paredes repletas de trofeos, armamentos y decorados tan antiguos como la misma nave, todos ante un extenso escritorio metálico con aún más decorativos que iban desde libros de papel, hasta pequeñas estatuas, al igual que armas.
Siendo estas últimas, las que hicieron que Andreus pensara en lo útiles que serían tenerlas cerca ahora mismo, cuando su acompañante era una mujer de traje ceñido al cuerpo, repleto de artilugios que difícilmente entendería sus funciones, que iban desde correas con diversas dagas, hasta la funda de dos pistolas. Subiendo la mirada, lo único visible era el rostro de la mujer, quien poseía una piel tan pálida que parecía un cadáver en vida, junto con un ojo completamente gris y otro tan negro como una perla. El cabello de ella era corto, a la altura de las orejas, que llegaba a resaltar junto con las líneas de cicatrices que decoraban su rostro, siendo la más prominente una que iba desde detrás de la oreja hasta la barbilla en una sola línea continua, que, sin duda alguna, le causaba un dolor constante que podía evidenciarse en leves tics en su rostro.
—«Tuvo que ser un combate digno de ver » — pensó Andreus al observarla detenidamente. Ella se percató de la forma en que él la veía, no con temor ni con asco, sino con curiosidad. La misma que emergió cuando, tras unos segundos de silencio, él habló: — Una Venatrix. —La palabra salió de sus labios sin asombro ni explicación alguna. Muy pocas personas llegaban a conocer aquel nombre, pues las Venatrix no pertenecían al ejército ni respondían a los tribunales ordinarios del Imperio. Constituían una orden cuya única función era ejercer de jueces, jurados y verdugos frente a las mayores amenazas para el Imperio y sus intereses. Algo que ella no tardó en confirmar una vez tomó la palabra.
—Mi designación: V.77-Séptima, adscrita al Tribunal Itinerante del Aestus, bajo Estatuto de Persecución Extraterritorial, con mandato de captura y ejecución fuera de las fronteras reconocidas del Imperio. —Dio un paso más hacia el centro de la habitación, deteniéndose justo donde la luz de las estrellas que entraba por el ventanal le iluminaba el rostro de perfil, revelando con mayor claridad el contraste entre su ojo gris, opaco como una piedra pulida, y el otro, negro y brillante, que parecía absorber cada movimiento de Andreus sin llegar a parpadear del todo—. Andrepheus Renetian Ilarion Alexander Von Temerius, tercer hijo de la Casa Von Temerius, segundo en la línea de sucesión al Trono de Agatha, conocido en los registros de la Extensión bajo la forma abreviada de Andreus Von Tenerius.
—Ese soy yo. —Andreus permaneció sentado en el borde de la cama, con ambas manos apoyadas sobre las rodillas, sintiendo el frío del suelo metálico que se filtraba a través de la alfombra bajo sus pies descalzos, un frío que no había notado hasta ese instante, como si el cuerpo entero hubiera decidido registrar cada detalle del entorno ahora que ya no tenía un arma con la que defenderse—. Aunque hacía años que nadie se molestaba en decirlo completo.
Hizo un esfuerzo por contener la risa ante su propia broma. Si esta llegó a hacer gracia o no a la ejecutora, ella no dio muestra alguna de ello. Andreus, por su parte, procuró ocultar el desagrado que todavía le producía escuchar su nombre completo pronunciado en voz alta. Bastaba con oírlo para recordar una etapa de su vida que llevaba años intentando dejar atrás; pero tener a una Venatrix frente a él significaba algo peor que un simple recuerdo. Era la certeza de que el pasado había terminado por encontrarlo y, con él, todas aquellas culpas que había preferido enterrar antes que afrontar.
—Mi presencia aquí obedece al cumplimiento de mi mandato de registro, captura y juzgamiento, conforme al protocolo establecido por el Código de Linajes Imperiales. Su Artículo Séptimo, relativo al Procedimiento de Sentencia Sumaria, dispone que los cargos deberán leerse empleando la titulación completa tanto del acusado como de las personas mencionadas en la acusación, sin abreviaciones ni omisiones, bajo pena de nulidad del procedimiento. —Ella recitó cada palabra con la precisión de quien llevaba años memorizando la ley, manteniendo un tono formal, neutro y desprovisto de cualquier juicio personal. Aquel tono terminó por recordarle a Andreus la voz de un sacerdote durante una liturgia de Estado, razón suficiente para obligarse a intentar mantenerse despierto y no divagar entre la interminable cadena de terminología que ella dictaba, hasta que recobró el sentido una vez que escuchó los cargos. —. Se le imputan, en el orden establecido por el propio Código: el intento de asesinato de un miembro de segundo grado de consanguinidad, siendo su hermano identificado como Dorian Ilarion Von Temerius, regente del Protectorado y guardián del Trono de Agatha en ausencia del debido proceso de reconocimiento como heredero legítimo, conducta tipificada bajo el Estatuto de Fratricidio Nobiliario.
Andreus dejó que la mente se le escapara apenas un instante al contener un bostezo al oírla. Aunque duró poco, una vez el nombre de su hermano volvió a sus sentidos, aunque el desagrado del recuerdo de su pariente era algo que podía dejarse a un lado para discutir, el recordar la forma casi hipnótica que solían tener los nombres imperiales al pronunciarse, siempre le daba la sensación de que uno les prestaba más atención al ritmo de las palabras antes de comprender su significado. —«Concéntrate»— se ordenó a sí mismo, apretando los dedos contra la rodilla para mantenerse anclado al presente, sintiendo el sudor frío descender lentamente por su nuca mientras ella, sin concederle tregua alguna, continuaba con el siguiente cargo.
—Se le imputa el robo de propiedad imperial, concretamente del crucero de asalto clase Aestus registrado bajo la designación La Voluntad de Agatha, propiedad legítima de la Casa Von Temerius y, por extensión, de la Corona. Conducta tipificada bajo el Acta de Bienes de la Corona. —Hizo una pausa apenas perceptible, suficiente para que Andreus creyera que había concluido, antes de proseguir con idéntica entonación—. Se le imputa complicidad, por negligencia deliberada, en el debilitamiento de las defensas del planeta Agatha, hecho que permitió la incursión posterior de fuerzas hostiles contra el Protectorado, conducta agravada por el Estatuto de Traición por Omisión.
Andreus entrecerró los ojos al irla, en un intento de rescatar el recuerdo añejado de esos años y los actos que tuvo que realizar. Aunque aceptaba la participación en la lucha contra su hermano Dorian, quien defendió en ese tiempo La Balada cuando aún se llamaba La Voluntad de Agatha con pistola láser en una mano y espada de energía en la otra, solo para terminar luego de una hora de combate en el suelo con la cadera quebrantada y una pierna al otro lado de la habitación. Mientras soltaba un variopinto repertorio de insultos y amenazas hasta que fue acompañado a una cápsula de salvamento para ser lanzado de regreso al planeta. No recordaba que sus actos terminaran involucrando el ataque de fuerzas hostiles al planeta capital y sistemas circundantes, aunque eso último importó poco cuando nuevamente le prestó atención a ella, que terminaba de declarar el último cargo.
—Finalmente, se le imputa la agresión directa contra un noble de primer grado de consanguinidad, siendo reconocido como su padre, Jakobus Ilarion Von Temerius, patriarca de la Casa y legítimo señor del Protectorado hasta la fecha de su incapacitación, conducta tipificada como Parricidio Frustrado conforme al mismo Código que rige la presente audiencia. — La Venatrix dejó que el silencio se instalara unos segundos entre ambos, lo suficiente para que Andreus volviera a recuperar sus sentidos en un intento de quedarse dormido, antes de que ella formulara la última oración que le faltaba. —¿Cómo se declara?
Ella formuló la pregunta sin transición alguna, como si el peso ceremonial de los nombres completos y los estatutos recién citados exigiera que aquellas dos palabras llegaran con la misma sequedad que el resto del procedimiento, sin la menor concesión al hecho de que el hombre frente a ella se encontraba desarmado, herido y apenas vestido. Andreus no pudo evitar esbozar una leve sonrisa al recordar los interminables debates de la nobleza imperial, donde una sola cuestión de procedimiento era capaz de prolongarse durante horas antes siquiera de alcanzar el fondo del asunto. Comparado con aquello, la Venatrix parecía empeñada en administrar la justicia con la precisión de un disparo.
—Inocente. —Andreus se incorporó despacio, sintiendo el tirón familiar del costado vendado mientras se obligaba a permanecer erguido. No pensaba defender su nombre sentado al borde de una cama, como si ya hubiese aceptado la sentencia antes de escucharla—. De los cuatro cargos. Y estoy dispuesto a sostener esa declaración ante cualquier tribunal que todavía reconozca el debido proceso, cosa que dudo mucho que usted haya venido a ofrecerme.
Hizo un leve ademán con la mano antes de llevar ambas detrás de la espalda, recuperando casi por instinto la postura que durante años había adoptado frente a los funcionarios del Protectorado. Pese al dolor que le recorría el costado, la espalda permaneció recta, con esa dignidad aprendida que la nobleza terminaba imponiendo incluso a quienes hacía tiempo habían dejado de creer en ella.
—El Código de Linajes Imperiales concede al acusado el privilegio de presentar su defensa antes de la ejecución de la sentencia. —La Venatrix permaneció inmóvil junto a la cómoda donde había dejado el arma de Andreus, manteniendo la suya apuntando hacia el suelo, aunque lista para levantarse al menor movimiento brusco—. Es un privilegio reservado a los miembros de la nobleza, no un derecho inherente a toda persona sometida a proceso. Le aconsejo emplearlo para desvirtuar los cargos formulados. Toda consideración ajena al procedimiento carece de relevancia jurídica.
—Sin extensiones, entonces. —Andreus tomó un momento para respirar antes de llevar ambas manos detrás de la espalda, recuperando casi por instinto la misma postura con la que durante años había comparecido ante los distintos funcionarios del Protectorado. Resultaba curioso lo rápido que el cuerpo recordaba costumbres que la mente llevaba tanto tiempo intentando olvidar; bastaba una acusación formal para volver a sentirse frente a un escritorio administrativo, aunque esta vez quien lo escuchaba no llevaba sellos ni pergaminos, sino dos pistolas al cinto—. Mi padre, Jakobus Ilarion Von Temerius, reconocido por grado de consanguinidad hacia mi persona, ordenó la ejecución de Ragnar Strombrige. Quien, antes de obtener el título correspondiente, era un simple centurión en el protectorado próximo a obtener el título de mariscal por mérito propio.
—El individuo mencionado no figura entre las víctimas contempladas en los cargos que motivan este procedimiento. —La Venatrix no esperó a que terminara la frase para intervenir, con la misma sequedad que había mantenido durante toda la lectura—. Si pretende fundamentar su defensa sobre hechos ajenos a los ya expuestos, deberá establecer primero qué relación jurídica que guarda ese nombre con la presente causa. De lo contrario, considérelo tiempo desperdiciado. — Deslizo brevemente el dedo en el gatillo del arma, acortando el tiempo de lectura.
—La relación jurídica es sencilla, aunque no crea que voy a resumírsela en una sola frase para que le resulte más cómoda. —Andreus dio un paso hacia la cómoda más cercana, sin acercarse todavía a la que ella custodiaba, deteniéndose junto a la madera tallada mientras hablaba, apoyando parte de su peso sobre el borde con un gesto que intentaba disimular el dolor del costado más de lo que en verdad lo lograba—. Antes de asumir el mando de esta nave, yo era curador de la Biblioteca Imperial del Protectorado. Custodiaba los archivos correspondientes a todo lo relacionado con el protectorado, entre ellos, los documentos genealógicos de la Casa. Sé mejor que cualquier juez cómo funciona el procedimiento de reconocimiento de linaje, porque lo apliqué con mis propias manos durante años antes de que se aplicara sobre mí.
—Un cargo administrativo no acredita autoridad para reinterpretar el Código de Linajes a su conveniencia. —Ella ladeó apenas la cabeza, el ojo negro fijo en él sin parpadear, aunque algo en el tono había perdido parte de la sequedad inicial, como si el dato la hubiera obligado a reconsiderar, aunque fuera mínimamente, el tipo de hombre que tenía delante—. Continúe.
—Ragnar obtuvo su apellido de guerra en la batalla del Bastión Strombrige, durante el intento de anexión que la Casa Kaeroth llevó a cabo contra dos de nuestros sistemas fronterizos. Sostuvo el puente de mando de un crucero prácticamente solo, con un hacha de energía como única arma, mientras el reactor colapsaba a su alrededor. — Una leve sonrisa emergió en su rostro al decir tan acto de valía. — Cuando el combate terminó, el capitán enemigo Zomarda, capitán de la desalmada, junto a toda su escolta yacían muertos, y él seguía de pie. —Andreus hizo una pausa breve, no porque dudara de lo que iba a decir, sino porque todavía le costaba pronunciar lo siguiente sin que la voz se le endureciera de más—. El Consejo del Protectorado propuso ascenderlo a Mariscal. Un cargo que exige, por protocolo, la verificación formal de la filiación de cualquier candidato antes de concederlo. Nadie esperaba que ese procedimiento revelara nada distinto a lo que ya se sabía de él: un soldado nacido en los bajos fondos de Agatha, sin casa ni apellido propio. Hijo de una sirvienta despedida.
— Especifique ese hecho o será considerado desviación.
— Vera. — Mantuvo la sonrisa al hacerlo. Si había algo que disfrutara, eran las historias con datos. — Encontraron que compartía padre con los cinco hijos reconocidos por Jakobus Von Temerius. Y que había nacido antes que cualquiera de nosotros. —Dejó que el silencio se asentara un instante entre ambos antes de continuar, observando cómo ella procesaba el dato con la misma inmovilidad con la que procesaba todo lo demás—. Conforme al Código que usted misma cita, Venatrix, el hombre al que todo el Protectorado conocía como un soldado era, en realidad, el primero en la línea de sucesión al Trono de Agatha. Antes que Dorian. Antes que yo, y, sobre todo, mucho antes que mis hermanas.
—El orden de nacimiento no otorga sucesión por sí solo. —La respuesta llegó rápida, casi demasiado en un intento de obtener la autoridad antes de aceptar lo que escuchaba—. El Código exige reconocimiento formal del patriarca en vida. Sin ese reconocimiento, el orden biológico carece de peso jurídico, sin importar cuántas batallas haya ganado el individuo en cuestión.
—Lo sé. Lo supe entonces, y lo sé ahora. —Andreus asintió, sin apartar la mirada de ella—. Cuando pude comprender mi parentesco con mi hermano, fui el primero en acudir a mi padre para que fuera reconocido. Ragnar no representaba una amenaza legal, eso lo sabe también como yo. Pero no evitaba el acto de que alguna facción externa presionara por ese reconocimiento formal.
— Cita precedentes ajenos a esta causa. Si pretende fundar una interpretación del Código sobre ellos, establezca primero su analogía jurídica. A menos que se considere que está desvariando.
— No, no lo hago, ¿o acaso ha olvidado cómo La Casa Bellamira legitimó a dos hijos ilegítimos hace tres generaciones? ¿Y La Casa Orsivane cómo hizo lo mismo hace apenas cuarenta años? Mi padre no actuó contra un heredero reconocido. Actuó contra la posibilidad de que algún día existiera uno.
Ella no respondió de inmediato a eso. Se limitó a sostenerle la mirada, con el mismo tic leve recorriéndole la cicatriz de la mandíbula que le hizo. Parpadear, antes de tomar una pausa para respirar. Momento en que permitió un leve gesto para ladear la cabeza antes de tomar la palabra: — Sus conjeturas sobre las motivaciones de Jakobus no constituyen prueba. —dijo al fin, aunque el tono había perdido algo de su filo ceremonial.
—Cuando intenté impedir la ejecución, mi padre me atacó primero. —Andreus cerró los ojos un instante, al recordar por un solo instante el ataque a traición. Los propios guardianes del salón de audiencias abriendo fuego contra los súbditos, la amenaza de su padre e intento de ejecución por el mismo antes de que Ragnar lo sacara del auditorio, dejando la marca en su espalda de prueba de ese día, fue suficiente para hacerlo soltar el aire. —. No hubo debate, no hubo intercambio de argumentos como el que estamos teniendo usted y yo ahora. Solo un hombre decidido a completar lo que había empezado, y otro decidido a impedirlo. — Dejo la palabra a medias al recordar a Dorian por un instante antes de evitar el recuerdo. — No maté a mi hermano y quiero dejar eso claro pese a mis diferencias con él, aunque lo intenté durante el tiempo suficiente para que él llegara a creer que sí lo haría.
—El Estatuto de Parricidio Frustrado no exige resultado letal, solo intención demostrable. —La Venatrix lo dijo casi de pasada, como si necesitara recordarle a sí misma, más que a él, que el cargo seguía en pie pese a todo lo demás.
—Lo sé. Y no voy a negar que hubo intención. —Andreus abrió los ojos de nuevo, sosteniéndole la mirada—. Lo que niego es que esa intención constituya traición. Un hombre que defiende a su hermano de una ejecución injusta no está traicionando a su casa. Está defendiendo lo único que quedaba de ella que todavía valía la pena proteger.
—¿Y la huida? —preguntó ella, finalmente, cuando el silencio empezaba a resultar más incómodo que cualquier pregunta—. El robo de La Voluntad de Agatha. Ese cargo no admite la misma defensa que los anteriores.
—La Voluntad de Agatha nunca debió abandonar puerto salvo en caso de guerra declarada. —Andreus mantuvo la mirada fija, luego de evitar un escalofrío por el frío de la habitación. —. Era la nave más valiosa que poseía el Protectorado, resguardada precisamente por eso. Dorian la convirtió en su transporte personal. La usaba para intimidar a los planetas vasallos durante la recolección del diezmo, apareciendo sobre sus cielos con todos los cañones desplegados como si cada lugar fuera un enemigo a someter, no un territorio que proteger. — Nego con la cabeza al recordar la cantidad de reportes de abuso que solían presentarse en los registros, y solo podía observarlos sin poder hacer algo. — Cuando huimos hacia ella, no robé un bien de la Corona. Rescaté lo poco que quedaba de la dignidad de esa nave, de esta en la que ahora nos encontramos, de las manos de quien la había convertido en un instrumento de terror.
—Su hermano lo defendió como capitán y heredero como protector. —Ella lo dijo casi como una acusación propia, aunque el tono seguía siendo neutro—. A cambio, terminó con la cadera destrozada y una pierna perdida.
—Terminó vivo. —Andreus no apartó la mirada—. Igual que mi padre. Igual que yo. Nadie en mi familia ha muerto por mi mano, por mucho que el Código insista en tratarme como si lo hubiera hecho. Eso debería contar para algo, incluso bajo la ley más rígida que su Orden esté dispuesta a aplicar.
Fue en ese instante, mientras el silencio volvía a instalarse entre ambos, cuando Andreus creyó percibir algo que no supo identificar del todo al principio: un peso distinto en el aire del corredor exterior, un ritmo de pasos que no pertenecía a ningún guardia de turno, demasiado firme, demasiado decidido para tratarse de una ronda rutinaria. No dijo nada al respecto, aunque el corazón le dio un vuelco que intentó disimular concentrándose en la Venatrix, que seguía inmóvil junto a la cómoda, ajena por completo a lo que fuera que se acercaba.
— ¿Algo que desee añadir a su declaración?
— Solo una cosa. Se me acusa de traición cuando no la he cometido. — Andreus, bajó la voz, no por miedo, sino porque el momento parecía exigirlo—. Dígamelo de verdad. Sin el código de por medio, sí puede permitirme eso. Si mi padre tenía derecho legítimo a matar a un hombre inocente por el simple accidente de su nacimiento, y yo cargo la culpa por haberlo impedido, entonces dígame: ¿traición a quién he cometido?
El silencio que siguió a esa pregunta se extendió lo suficiente para que Andreus pudiera escuchar el zumbido lejano de los sistemas de la nave, el latido de su propio pulso, incluso el roce de la tela del vendaje contra su piel cada vez que respiraba. La mandíbula de la Venatrix se tensó apenas, un movimiento distinto al tic constante de la cicatriz, más breve, más contenido, como si algo en su interior hubiera empezado a resquebrajarse justo en el instante equivocado para que ella misma lo notara a tiempo.
— La defensa ha sido escuchada. Los hechos alegados no desvirtúan el contenido del Bando de Caza. Conforme al Procedimiento de Sentencia Sumaria... la sentencia permanece inalterada. —Lo dijo al fin, aunque la palabra le salió más lenta de lo que cualquiera de las anteriores, empujada casi contra alguna resistencia interna—. No ha presentado prueba documental que contradiga los hechos establecidos en el Bando de Caza. Robo de propiedad imperial, complicidad en el debilitamiento de Agatha, agresión contra su padre. Ante la ausencia de evidencia exculpatoria, el Código exige que la sentencia se ejecute de inmediato.
Andreus alcanzó a presionar el botón oculto en el borde del mueble apenas un instante antes de que la Venatrix levantara el brazo y efectuara el primer disparo. El rayo atravesó la estancia hasta incrustarse en el centro de la cama, donde el tallado de las trece musas imperiales quedó reducido a doce, mientras otras dos parecían llorar la pérdida de su compañera entre la madera carbonizada.
Sin concederse tiempo para lamentar semejante sacrilegio artístico, terminó lanzándose hacia un costado y arrastrándose por la habitación mientras murmuraba una plegaria que jamás habría admitido pronunciar en voz alta, esperando que, por una vez, el llamado a la guardia no respetara los dos minutos reglamentarios de espera antes de irrumpir en el dormitorio. Aquella absurda disposición existía precisamente por culpa suya. Años atrás, durante unas delicadas negociaciones con una enviada de los seguidores de San Threll, había activado aquel mismo mecanismo por accidente en medio de una conversación que, tras varias copas de vino, terminó derivando hacia una forma de diplomacia considerablemente menos protocolaria.
Convencidos de que nadie acudiría por una falsa alarma, ambos retomaron exactamente donde lo habían dejado, solo para descubrir, dos minutos después, que un pelotón completo de soldados navales era perfectamente capaz de mantener la disciplina mientras fingía no ver a una embajadora religiosa intentando ocultarse, con escaso éxito y todavía con menos ropa, detrás del mismo mueble hacia el que Andreus se arrastraba ahora con la esperanza de que, esta vez sí, el reglamento llegara unos minutos tarde. Siendo por ese motivo que dejó pasar un segundo entero antes de asomarse por encima del mueble, apoyando apenas el peso en el brazo bueno mientras el costado vendado le recordaba, con un tirón que le subió hasta la mandíbula, que aquel no era el mejor momento para hacer cálculos de distancia para huir.
Alcanzó a ver la silueta de la Venatrix recortada contra la penumbra del cuarto, inmóvil junto a la cómoda donde descansaba Quietud cerca de la entrada, el arma todavía fuera de su alcance, antes de que ella terminara de recargar el arma con una nueva batería y, sosteniéndola sin cambiar de posición, volviera a disparar. El rayo pasó lo bastante cerca del hombro de Andreus para que este volviera a hundirse detrás del mueble antes de terminar de procesar el sonido del impacto, un chasquido seco que continuó su trayectoria hasta morder el muro junto al ventanal y hacer vibrar, con un tañido bajo que se sostuvo un instante de más en el aire.
La leve vibración recorrió la totalidad del muro hasta alcanzar el escudo de armas de la familia. Donde el blasón de la Casa, la misma torre y escalera de libros que se repetía en cada columna del Trono, tembló sobre su soporte, de la misma forma que la espada ceremonial de algún antepasado que habría olvidado su nombre. Y de seguro desaprobaría el sacrilegio de ser un simple decorativo en la pared y no empleada en ceremonia o combate requerido. Lo cual generó en el capitán la idea de tomarla, pero ante la insistencia de su atacante de mantenerlo agazapado detrás del mueble, fue una idea que tuvo que desechar, de la misma forma que recordarse a sí mismo que el combate con espadas no era su fuerte junto con otras artes de combate físico: —Soy un erudito, no un guerrero. — Maldijo por lo bajo al pensar en las oportunidades desperdiciadas para aprender a combatir mano a mano.
—Puedo hacer que esto termine sin más dolor del necesario. —La voz de la Venatrix cruzó la habitación con la misma neutralidad con que había leído los cargos, como si el disparo fallido no mereciera ni una pausa en su discurso—. Entréguese de forma voluntaria. — Añadió antes de volver a disparar. — La ejecución sería rápida e indolora, si usted coopera con el procedimiento.
—Qué generosa oferta. —Andreus tragó saliva, buscando con la mirada cualquier cosa que pudiera servirle de arma, sin encontrar más que el marco tallado del propio mueble—. ¿Y si le confieso que prefiero la versión lenta, con más quejas de mi parte y algún que otro insulto a su código?
—Esa variante no está contemplada en el procedimiento. —Por primera vez, su tono resultaba irritado, dejando de lado la neutralidad de hacía unos segundos.
—Qué pena. Empezaba a acostumbrarme a la idea de morir con dignidad.
—La dignidad no figura entre los criterios de sentencia.
—Debería. — Añadió, luego de medir cuánto le tomaría en medio del ataque correr hasta la cama para ocultarse, antes que el mueble en el que se ocultaba cediera ante el daño. — Le daría al asunto algo de encanto.
Fue en ese instante que la puerta se abrió de par en par, con la violencia suficiente para que el marco crujiera contra la pared, y Ragnar entró con la armadura de combate completa, todavía con las abolladuras y cortes de su experiencia al aplacar el motín de las bahías bajas; incluso aún podían notarse pequeñas manchas carmesí oscurecidas. del combate, que, por un motivo u otro, no habían sido limpiadas. El primer ataque fue con el hacha de energía ya encendida, emitiendo una luz celeste en el borde de la hoja, la cual iluminó el cuarto brevemente al trazar un arco descendente que, sin ambigüedad ni preámbulo, buscaba separar la cabeza de la ejecutora del resto de su cuerpo.
Ella se apartó girando sobre el propio eje del golpe, en vez de retroceder ante él, con una agilidad que no debería haber sido posible en alguien que hacía segundos permanecía tan quieta junto a la cómoda, y en el mismo movimiento, el filo del hacha le arrancó una de las pistolas de la funda, cortándola a la mitad antes de salir despedida en dos partes hasta perderse bajo la cama con un ruido metálico que nadie en la habitación se detuvo a considerar.
—Strombrige. —Fue lo único que dijo al reconocerlo, sin que el nombre pareciera cambiarle en nada la postura ni el ritmo de la respiración; tan solo entrecerró los ojos al observarlo—. Su intervención no altera la validez de la sentencia.
—Me importa una mierda tu sentencia. —Pronunció el senescal al observarla.
Sin darle tiempo a reaccionar, volvió a atacarle, ahora empleando el hacha para trazar un corte horizontal a la altura del pecho, y ella se dobló hacia atrás, apoyándose en ambas manos contra el suelo cual gimnasta, girando el cuerpo sobre ese mismo punto de apoyo para completar la vuelta y descargar una patada que apartó a Ragnar antes de que este pudiera corregir el impulso, terminando el movimiento de pie otra vez, como si jamás hubiera llegado a tocar el suelo.
Pero a cambio de realizar tal proeza de habilidades, había perdido la segunda pistola de la funda, la cual fue apartada por Ragnar con una patada en lo que volvía a empuñar el hacha con ambas manos. Ante eso, la ejecutora observó la habitación en un segundo antes de observar de reojo a Andreus y de él, desviar la mirada hasta la espada. Sin cambiar de expresión, volvió a girar sobre sí antes de tomar impulso para correr hacia Andreus, quien sin dudarlo se abalanzó a un lado de la mujer antes de arrastrarse por el suelo para apartarse de ella, quien, tomando el impulso, se apoyó en lo que quedaba del mueble donde se ocultaba su presa, para dar un pequeño salto que le permitió arrancar la espada ceremonial de su soporte de un solo tirón.
Ante la falta de ceremonia y de respeto alguno por las generaciones de linaje que aquel acero representaba, la sostuvo con la misma precisión de su equipamiento anterior, antes de hacer breves cortes en el aire para asegurarse de que el peso del arma se adaptara a sus movimientos, antes de apuntarla al senescal, empleándola de la misma forma que cualquier otra pieza reglamentaria del Aestus.
Ragnar se preparó antes de volver a lanzar una estocada, la cual fue soportada por la espada ceremonial, que resistió tanto la fuerza del impacto como el filo de plasma del hacha sin que una sola chispa lograra fundir el metal. Una proeza que captó la atención de los hermanos, por un momento antes que ella apartara a Ragnar de un ataque y mantuviera la distancia con el guerrero. Algo que desde el suelo, Andreus observaba de forma atónita mientras continuaba tomando distancia de ambos, antes de sentir una sensación de incomodidad al ver el filo de su propia casa empuñado contra su hermano, preguntándose brevemente cuál de sus antepasados se estaría revolviendo en su tumba ante semejante espectáculo.
Recordando que aquellas armas eran simplemente forjadas para sobrevivir tanto a una ofensa verbal como a la descarga de un arma reglamentaria; había olvidado el nombre de la aleación empleada para su creación, pero debía de reconocer la eficacia de un metal que tolerara las altas temperaturas, mantenerse en pie luego de intercambiar aceros con el guerrero, quien no daba espacio para descansar a la ejecutora, que constantemente contraatacaba antes de volver a moverse de forma que recordaba un baile.
En medio del intercambio, Andreus pudo alcanzar a llegar hasta la cómoda cercana a la entrada, donde, luego de levantarse torpemente por el sudor y la raspadura de las rodillas que le recordaban la necesidad de encontrar ropa próximamente, pudo tomar a Quietud del mueble, casi agradeciendo el frío del arma que contrastaba con el aumento de temperatura que comenzaba en su pecho y se extendía hasta sus manos.
La tomó con ambas manos, buscando entre los cuerpos entrelazados de su hermano y la ejecutora un ángulo que le permitiera disparar sin arriesgar a Ragnar, pero el combate se movía demasiado rápido y demasiado cerca, dos siluetas que giraban una alrededor de la otra en un espacio que no dejaba margen para un tiro limpio, y cada vez que creía tener una línea de fuego, un nuevo giro de los cuerpos se la arrebataba antes de que pudiera confirmarlo.
Maldijo por lo bajo, sintiendo el peso de cada segundo perdido acumulándose en el pecho, y decidió que, si no podía disparar hacia ella, podía al menos hacer que el arma completara la carga que tanto necesitaba mientras pensaba en otra salida. Giró el cuerpo hacia el ventanal, dejando que la energía se concentrara en el cañón unos instantes de más, y apretó el gatillo en dirección al cristal de la habitación. Emitiendo un sonido seco que hizo que ambos luchadores dejaran el combate un segundo cuando el sonido llegó antes que la imagen.
El impacto no produjo una explosión, sino algo más parecido a un lamento largo del material forzado más allá de su límite, un sonido que pareció recorrer todo el marco del ventanal antes de asentarse en la primera fisura, que apareció en el centro exacto del disparo y comenzó a extenderse hacia los bordes en líneas irregulares, ramificándose como las raíces de un árbol invertido, mientras una alarma empezaba a sonar por los altavoces del cuarto con la insistencia aguda de algo diseñado para no dejarse ignorar.
El primer hilo de aire escapó por la grieta con un silbido fino que se fue agudizando conforme la fisura crecía, y Andreus sintió el cambio de presión como una succión suave en los oídos, el mismo tipo de molestia que había experimentado alguna vez durante un descenso demasiado rápido, aunque ahora acompañada del frío repentino que empezaba a filtrarse por la habitación como si las paredes mismas hubieran decidido dejar de sostener el calor.
—¡Ragnar! —El grito le salió con más urgencia de la que había planeado, y fue suficiente. Su hermano respondió con un golpe lateral del mango del hacha contra el costado de la Venatrix, no buscando herirla, sino apartarla el tiempo justo para dar media vuelta y correr hacia la salida.
—¡Muévete, que no pienso cargarte otra vez esta noche! —le gritó a Andreus, quien ya se había puesto de pie apoyándose contra el borde de la cómoda y disparaba dos veces más en dirección a ella, sin esperar acertar, solo comprando los segundos que ambos necesitaban para cruzar el umbral.
Cruzaron la puerta casi al mismo tiempo, Ragnar empujando a Andreus por el hombro bueno con más fuerza de la estrictamente necesaria, al son que el capitán terminaba de disparar por última vez, impactando a los pies de la ejecutora, cuya última imagen antes de que una puerta de acero reforzado, que figuraba como entrada al dormitorio en sí, se cerrara sobre ellos, sellando el cuarto una vez que el cristal terminó por quebrarse y el vacío del espacio se extendió sobre el cuarto, llevándose consigo todo el interior de la habitación, dejando la imagen de la ejecutora en cómo ella observaba la destrucción a su alrededor antes de que el muro de metal los separara.
Andreus se quedó en el suelo unos segundos, respirando con cierta dificultad, sintiendo la alfombra bajo su espalda al mismo tiempo que el corredor de sus aposentos parecía agrandarse antes de encogerse entre respiraciones. Ahora, sosteniendo el zumbido lejano que se perdía entre las paredes del pasillo que conectaba el baño con el estudio y el salón de trofeos. Los dos se quedaron un momento en silencio, Ragnar apoyado en la pared sin cambiar de expresión, manteniendo la vista fija en el muro de metal que los separaba de lo que alguna vez fue el dormitorio del capitán. Solo volvió a mirar a su hermano, una vez el zumbido grave y descendente del ascensor de la habitación se ponía en marcha, anunciando que pronto nuevos individuos llegarían a los aposentos del capitán.
—Deberá de haber muerto con eso —masculló algo Ragnar antes de apagar el hacha y enfundarla a un lado.
— Lo dudo. —Respondió Andreus de forma entrecortada, en lo que volvía a sentir su cuerpo nuevamente luego de la experiencia. — Si alguien es capaz de sobrevivir al espacio, será ella. — Dejo la palabra sonando antes de respirar y dejar salir el aire nuevamente.
Sin esperar respuesta, Ragnar llevó una mano hasta el broche de la capa que aún colgaba de su armadura, manchada en los bordes, y la desprendió con un solo gesto antes de colocarla sobre los hombros de su hermano antes de ayudarlo a levantarse. Cubriendo la dignidad del capitán ante la próxima visita, una vez que un pequeño timbre sonó por el cuarto y con ello, las puertas del ascensor se abrían en par, anunciando la llegada de guardias que recorrían el cuarto a paso de tropa.
—Gracias. —Andreus se ajustó la tela contra el pecho, sintiendo el calor residual de la armadura todavía atrapado en el forro—. ¿Qué te tomó tanto tiempo, si puedo preguntar?
—Quería estar seguro de que fuera una emergencia real.
—¿Y el hacha ya desenfundada antes de entrar no te lo confirmaba?
—La última vez que corrí así hacia tu cuarto, terminé interrumpiendo una de tus visitas nocturnas. —Ragnar seguía sin mirarlo, aunque algo en el tono delataba que disfrutaba más de la cuenta el recuerdo al notar la vergüenza en su hermano al desviar la mirada—. Y la oficial en cuestión no me dirigió la palabra en semanas, ni a mí ni en los reportes que tenía que firmarme.
—Eso pasó una sola vez.
—Pasó tres veces. — Replicó con un leve movimiento de cabeza. —, y cada vez juraste que solo se trataba de un procedimiento de revisión interna.
Andreus suspiró, sin fuerzas ya para sostener la discusión; aunque aceptaba su debilidad por la carne, aún le quedaba el atisbo de dignidad que, en cada una de esas oportunidades, solo correspondió a los intereses de sus visitantes al estar a solas con su persona, lo cual a veces le llamaba la atención, la cantidad de atención que podía recibir de diplomáticos y subalternos al entrar en confianza. Algunos por su carácter noble o por su mente brillante.
Al dejar ir el pensamiento, fue el momento justo cuando el sonido de pasos apresurados anunció la llegada de Kolsi por el extremo del pasillo, la maza todavía sujeta al cinto y la placa metálica de su cráneo devolviendo la poca luz que quedaba encendida en aquel tramo del corredor. Detrás de él, con la respiración algo más agitada de la que solía permitirse en público, llegó Adrali, la tablilla de cuentas apretada contra el pecho y el ojo protésico de un verde apagado fijo de inmediato en la puerta sellada, como si pudiera calcular a través del metal el coste exacto de lo que fuera que hubiera ocurrido al otro lado. Y junto a ellos, la escuadra de guardias que se posicionaban en diferentes áreas del estudio en busca de un enemigo que ya no estaba allí; incluso algunos no pudieron evitar asombrarse al estar en los aposentos del capitán, de maravillarse con los trofeos, artilugios y decorados de la habitación, algo que evitó que la mayoría se diera cuenta de que el líder de la nave se encontraba en paños menores ante ellos.
—¿Qué ha sucedido? —preguntó Kolsi, sin perder tiempo en cortesías ni en preguntar por el estado de su capitán, algo que a esas alturas ya nadie a bordo esperaba de él.
—Esa es la alarma del sector de camarotes privados de mando. —Adrali habló casi al mismo tiempo, sin apartar la vista de la puerta—. Si el vidrio reforzado de un cuarto de esa categoría ha terminado con una fisura de ese tamaño, el coste de reposición se comerá lo que quedaba destinado a las reparaciones del ala de hidroponía, y eso sin contar...
—Adrali. — Interrumpió Andreus en lo que se ajustaba la capa, dejando a la vista sus piernas.
—Solo señalo que esos cristales no se fabrican en cualquier astillero, capitán.
Andreus fue incapaz de evitar una mueca antes de volver a acomodarse la capa sobre los hombros para después recomponerse lo suficiente para dar un paso al frente antes de aclararse la garganta, ante la atenta mirada de sus subalternos, que no podían evitar verse entre sí al no entender la situación que sucedía adelante, y que solo se volvió más confusa ante la petición del capitán: —Necesito ropa nueva. —Se permitió una mirada de reojo hacia Adrali, anticipando ya la próxima queja sobre presupuestos—. Y muebles nuevos para mi habitación. Pero antes, necesito que alguien me traiga una copa de Vetusco.







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