Agatha: La llamada del borde. Capítulo 3: Fuego cruzado
Las puertas se abrieron en par y de ellas emergió un hombre con la armadura manchada de sangre ajena que había recogido durante el camino. Si entre todo aquel enmarañado de porquería que traía consigo había sangre que le perteneciera a causa de alguna herida, lo sabría luego cuando tuviera la opción de quitarse la armadura. Hasta entonces, dejó descansar el hacha de energía sobre su hombro, una pieza de metal con tallados dorados que decoraban la empuñadura hasta terminar en una hoja curva de acero oscurecido, donde las líneas de sangre seguían salpicando el suelo por donde pasara; aun cuando el arma estaba apagada, seguía manteniendo el porte de un instrumento de guerra.
Con cada paso que dio, se encargó de guardar el arma en el cinto, de quitarse el casco que le dificultaba la vista y de permitirse por un breve momento, un gesto tan humano como apartarse el cabello que le cubría parcialmente el rostro, del cual algunos mechones dorados terminaron cayendo al suelo durante el trayecto. Gesto que le recordaba que no había tenido tiempo para ocuparse de su propia apariencia en los últimos días. A medida que cruzaba el puente, varios oficiales lo observaban de reojo antes de apartarse de su camino, todos con la atención puesta en evitar que la nave cayera en aquel instante, pero no impedía que le dedicaran tiempo al senescal.
Fuera por su apariencia desaliñada, por la sangre que manchaba casi la totalidad de la armadura o de la hombrera destrozada que mostraba el rasguño reciente de algo que había estado tan cerca de cortarle más que la tela de la capa que traía consigo, la cual a esas alturas del día era solo una tela hecha girones repleta de cortes. Para el momento que llegaron a mitad de la sala, su acompañante tomó la delantera, avanzando a su lado sin despegar la vista de una tablilla de datos de la cual comenzó a recitar la información una vez evitó a un técnico que cruzó ante ellos, quien cargaba de forma torpe un panel de repuesto en dirección a otro sector de la bahía que recién sobrevivía a un incendio.
— De los oficiales muertos durante el motín, fueron cuatro, un número mínimo teniendo en consideración la fuerza de ataque y el escuadrón de respuesta. — Pronuncio cada palabra sin el más mínimo atisbo de preocupación, antes de guardar la tablilla de datos bajo el brazo antes de continuar.
— ¿Qué pasó con los atacantes restantes?
—El resto se rindió en cuanto las bajas comenzaron a afectar su moral. Con suerte, evitará nuevos levantamientos para tomar los compartimentos de raciones por una temporada.
— Quiero que se instaure doble vigilancia en los trabajadores, si es necesario que se emplee la fuerza.
— ¿En todas las raíces?
Ragnar se detuvo al oír aquel título que solían darle al compartimiento de carga, al menos uno de los tantos de la nave. No disimulo para nada, el desagrado de aquel título junto con otros tantos que solían emplearse para nombrar partes de la nave, dejando en el olvido o casi en el desuso los nombres y terminaciones apropiadas para cada sector. Aunque su intento de llamar a las cosas por lo que eran, había caído en un intento puramente absurdo al intentar luchar contra un coloquialismo nacido de generaciones de trabajadores del sector que nacían y morían en aquel lugar sin llegar a conocer lo que era un planeta o la Tierra bajo sus pies. Llegado a ese punto, el nombre de Las Raíces se había convertido en una forma cultural entre varios de aquellos trabajadores, para referirse a la totalidad de los sectores que componían las bahías bajas de la nave.
Ante lo cual, no respondió de inmediato; al prestarle atención primero a la presión sobre su hombro a causa de la hombrera destrozada, la cual arrancó de un solo movimiento de mano antes de dejar caer en el suelo, revelando parte de una herida sangrante: — Tuvo suerte aquel idiota. —Susurró al recordar al trabajador que lo atacó con una cortadora de plasma para el metal. Movió un poco la extremidad antes de volver a dirigir su atención a Ferrant Kolsi, también apodado el torturador de la frente de metal; por la placa de metal que cubría la mitad de su cráneo a causa de una herida pasada en un motín olvidado por parte de los trabajadores.
Algo que Kolsi solía mostrar con cierto orgullo, puesto que su deber como oficial de disciplina y armas de la nave era asegurar la misma disciplina en la totalidad de la nave, aun si eso llegaba a requerir la fuerza y tortura para mantener el orden, algo que, por la mirada casi de satisfacción al observar brevemente una abolladura en su armadura, disfrutaba.
— Mantenga doble vigilancia en el sector y zonas de ingreso a las demás bahías. — Dio la orden luego de unos segundos. — ¿Se sabe el motivo de esta ocasión?
— El mismo de siempre. —Respondió el maestro de armas sin mucha importancia. — Alguien corrió la voz de los voluntarios y nuevo ingreso para puestos de exploración o de seguridad. Creyendo que eso significaba que los oficiales recibirían mayores raciones junto con los recién llegados y los de las bahías bajas seguirían comiendo sobras. — Hizo una mueca antes de insultarlos. — Montón de idiotas, si se esforzaran más por cumplir su deber en vez de quejarse por mejores condiciones, serían los primeros en ser seleccionados para mejores trabajos. Deberían agradecer que tienen donde dormir y un estómago lleno.
Ragnar miró al oficial un momento ante su respuesta en busca de algún atisbo de ironía en su voz, pero la seriedad del hombre era la misma que mantenía desde que lo conocía; incluso luego de luchar a su lado y observar cómo destruía la cabeza de un alborotador empleando la culata de su rifle de pulsos, evidenciaba que cada acto que hacía era tan consciente que llegaba a incomodar al propio senescal.
— Quiero que los interroguen, si hay más alborotadores o si quiera plan de volverlo a hacer, quiero saberlo, en especial por qué ahora.
— No es necesaria la investigación para saber por qué actuaron en esta ocasión y no en otra. — Añadió con total neutralidad. — Esperaron que el capitán no estuviera en el puente para no intentarlo. Siempre hay alguien de las cubiertas superiores que pasa la información. Me aseguraré de que mis agentes lo encuentren y lo usen de ejemplo.
Al pronunciar la última palabra, el oficial no dudó en apretar la empuñadura de la maza que colgaba en su cinto. Algo que le ocasionó cierta incomodidad a Ragnar; aunque el senescal era el primero en querer salir a combate y acabar con todo, el nivel de violencia que podía ejercer Kolsi, llegaba a rivalizar o superar por momentos al propio guerrero. Quien prefirió hacer caso omiso del ferviente entusiasmo del oficial, de quien en más de una ocasión le generaba la misma pregunta de por qué su hermano decidía mantenerlo a bordo antes de lanzarlo al espacio. Pero igual que esa y otras tantas preguntas, caerían en lo más profundo de su mente antes de ser ignoradas, en especial porque ahora su atención se dirigía a otros asuntos, ahora enfocada en los movimientos del puente de mando.
El cual parecía no haber cambiado nada en el tiempo que se encargaba de acabar con el motín de las raíces. Salvo por algún que otro fallecido en la sala producto de las explosiones de algunos equipos de la sala por los daños de algunos sistemas, el lugar seguía siendo el mismo. Diversas estaciones dispersas a lo largo del lugar, cada una separada de la siguiente sin muros que las dividieran, solo el desnivel del suelo y la disposición de los paneles marcando dónde terminaba una función y empezaba otra. El trono dorado del fondo, heredado de un tiempo donde la nave tenía otros propósitos más nobles que el del comercio itinerante, junto con una que otra actividad de piratería de por medio.
Ahora, simplemente era un asiento que funcionaba más como un recordatorio de tiempos donde el apellido significaba algo junto con pertenecer a una casa imperial, donde el ahora, simplemente, era un accesorio opulento que era empleado para darle nombre al recinto. Uno igual que otros tantos términos, apañado por generaciones de nacidos en las cubiertas que dejaron de usar el nombre correcto para cada lugar y que solo les ocasionaban dolores de cabeza al tener que orientarse en la propia nave. La misma que seguía manteniendo los diseños de su época de esplendor en sus decorados, que se negaban a caer ante el paso del tiempo. Iniciando por las columnas que sostenían la bóveda del techo, conservaban el tallado original del emblema de la casa, la torre rodeada por la escalera de libros, repetido en cada una con la insistencia de algo que se negaba a dejarse olvidar del todo, aunque el dorado se hubiera oscurecido en los bordes donde generaciones de manos habían apoyado el peso de sus propias preocupaciones.
Lo mismo ocurría con estatuas de generaciones de capitanes que ni el más antiguo de los archivistas de la nave sabía su nombre. También en las luces que, en vez de ser simples y funcionales, eran un variopinto tumulto de candelabros, velas y demás excentricidades que recordaban a un palacio que a una nave de guerra. Seguido de la alfombra de tonos azules manchados ahora por la sangre como partes decorativas de la misma. Y si continuaba prestando atención, terminaría mirando los cuadros que decoraban los muros de la sala, que contrastaban con los cableados, equipos de diagnóstico y puntos de trabajo de los oficiales.
Casi le causaba un dolor de cabeza observar todo eso, si no terminara viendo a una de las oficiales, quien, sin que nadie le prestara demasiada atención, ejercía su trabajo con agilidad y mano de hierro al ordenarles a sus subalternos que se movieran. Aunque el término mano de hierro era literal al observar la prótesis mecánica que reemplazaba la totalidad de su brazo derecho, la cual, en vez de ser una prótesis funcional y estética para una oficial, era un amasijo de metal y cables que resaltaban más que el cabello rojizo de la timonel.
Ver trabajar a Isel, era tan atractivo como un combate para el senescal, aunque ignoró tales pensamientos en cuanto ella se apartó un mechón antes de gritarle a un técnico por equivocarse. Algo que le causó gracia, pero que no compartía el segundo oficial cercano a ella. El navegante Tavian destacaba de la misma forma que una flor en una montaña de cadáveres, desde su túnica blanca que resaltaba, hasta la cantidad de pantallas que le rodeaban. Todas mostrando datos en tiempo real junto con hologramas constantes de diversos escenarios que pasaban o que podrían pasar; aunque la diferencia entre ambos radicaba en las ecuaciones que hacía para apostar por el mejor resultado.
Ni siquiera el navegante se molestó en prestarle atención a otra cosa que no fueran sus datos, aun cuando a su lado terminaba de ser atravesado un ingeniero por un trozo de metal del puente luego de un impacto en el casco exterior de la nave. El navegante simplemente le dedicó un segundo de su tiempo a ver el cadáver antes de continuar haciendo cálculos y expresar una sola oración: — ¿Alguien puede quitar el cadáver? El olor es insoportable.
Ninguno de los dos levantó la vista al paso de Ragnar, cada uno absorto en su propia tarea, como si el resto de la sala hubiera dejado de existir para ellos en cuanto empezó el combate; ignorando tanto los cadáveres como las continuas explosiones, incendios en la bahía y otros tantos accidentes que, a cualquier individuo normal, le afectarían de inmediato, pero para los encargados de la balada, era casi un requerimiento perder una parte de su humanidad para afrontar el espacio. Y entre todos ellos, si alguien resaltaba, era la mujer de cabellos castaños y ojo protésico de un color verdoso, quien concentraba toda su atención en una tablilla de datos y un cuaderno a su lado en el que constantemente anotaba cosas.
Si los demás oficiales se encargaban de mantener la nave a flote, la persona encargada de que hubiera recursos constantes era ella. Quien debía centrarse en las finanzas y en los costes de reparación, junto con el apartado tanto diplomático como de venta de bienes; al pasar cerca de ella pudo oír uno de sus murmullos: —A este paso, agotaremos todas las existencias de metales para los costes de reparación. — Hizo una pausa antes de comenzar a morderse la uña del meñique. —A menos que disminuyamos el uso de telares para eventos; aunque podrían usarse para crear vendajes en la bahía médica y economizar, pero de hacerlo, ¿con qué recibiríamos a nuestros aliados y comerciantes? —Dejó de morderse las uñas antes de negar con la cabeza. — No,no,no, ¡no podemos dejar la etiqueta a un lado a cambio de la supervivencia!
Ragnar arrugó la nariz al oírla; al menos en comparativa con la petición del navegante, ella parecía ser la más cuerda del lugar. Se detuvo en cuanto un golpe sordo recorrió el suelo bajo sus botas antes de que Kolsi terminara de informar otro asunto en las bahías bajas, momento en que él también sintió la vibración cuando esta comenzó a escalarle las piernas. Momento en que una de las lámparas del techo, las que imitaban cristal con su entramado de cuentas talladas, chisporroteó antes de apagarse del todo sobre sus cabezas, y en el sector de comunicaciones un panel completo escupió una lluvia breve de chispas sobre uno de los tapices bordados con el emblema de la casa. El fuego prendió despacio, dudando, lamiendo apenas el borde de la tela antes de decidirse a crecer, hasta que dos hombres de las cuadrillas de contención cruzaron corriendo con extintores en mano, cubriéndolo de espuma blanca antes de que alcanzara la madera del panel contiguo. Yeva Sorentha ya estaba ahí, dándoles indicaciones sin necesidad de alzar la voz, con la calma de quien ha visto ese mismo fuego arder en otras cien formas distintas.
—Contenido —dijo, girando apenas la cabeza sin dejar de vigilar a sus hombres—. Sala de máquinas reporta temperatura estable, por ahora.
—¿Por ahora? —repitió Kolsi, alzando una ceja al pasar junto a ella.
—Por ahora. —Yeva no ofreció más que eso.
Si algo caracterizaba a una de las dos personas encargadas del sector de ingeniería, era que Yeva era menos máquina que persona en comparativa con el otro oficial que, para sorpresa de Ragnar, no se encontraba en la sala de mando. Aunque quiso saber la posición de todos los oficiales, prefirió evitar exigir una respuesta más larga, porque sabía que no la había. Y de haberla, estaría seguro de que preferiría no saberlo hasta haber salvaguardado la nave.
Tan solo asintió sin detenerse, siguiendo junto a Kolsi hacia el sector de ingeniería, donde Cassian Ordovek permanecía inclinado sobre su propio panel, las manos cibernéticas moviéndose con una precisión que sus dedos de carne nunca habrían alcanzado, el respirador silbando bajo cada vez que se estiraba para ajustar algo fuera de su alcance. La túnica color café le colgaba suelta sobre la armadura ligera con cada uno de esos gestos, y por un instante levantó apenas la cabeza al notar el paso de Ragnar, sin llegar a interrumpir lo que fuera que estuviera revisando, un gesto tan breve que fácilmente podría haber pasado por casualidad de no ser porque ambos sabían que no lo era. Nadie interrumpió su trabajo, y Ragnar tampoco lo intentó, guardando en su cabeza la lista de preguntas que tendría que hacerle en cuanto el combate se lo permitiera.
Al llegar frente al trono, bajo la gran vidriera segmentada que filtraba la luz pálida de las estrellas exteriores en franjas irregulares sobre el suelo pulido, encontró a Corven en su estación junto al asiento vacío, la piel pálida bajo la luz artificial y los implantes de la sien parpadeando con un ritmo que nunca terminaba de coincidir con su respiración. Solo le daban una apariencia más demacrada que la de los demás oficiales, incluidos sus ropajes negros que cubrían casi la totalidad de su cuerpo, de no ser por los ocasionales movimientos de sus manos, no se revelarían las diversas cicatrices de quemadura que decoraban su cuerpo. Ante él, Kolsi se quedó un paso atrás, revisando algo en su propia tablilla, mientras Ragnar se detenía junto al oficial de comunicaciones.
—Corven. —No llegó a sentarse en el trono, posición que solo le pertenecía a su hermano, prefiriendo quedarse a un lado—. ¿Alguna noticia de mi hermano?
—La lanzadera atracó hace cinco minutos. —Corven no levantó la vista del panel al responder—. No hay reporte de hacia dónde se dirige el grupo. La bahía médica no ha confirmado su llegada.
—Avíseme en cuanto lo sepa.
—Lo haré, senescal.
Ragnar arrugó la nariz nuevamente ante aquel título. Lo detestaba de la misma forma que quien porta una prenda de ropa mojada, pero tampoco se detuvo a corregirlo. Porque Corven ya estaba revisando otro canal cuando volvió a hablar, con el mismo tono neutro de quien reporta cualquier otro dato de rutina, sin que el peso de lo que decía cambiara algún atisbo en su voz una vez el puente se sacudió. fuertemente, haciendo tambalear a varios trabajadores.
—Impacto confirmado en la Bodega Primaria de Carga, nivel subcuatro.
A Ragnar le tomó un segundo de más ubicar el lugar, el nombre oficial resonando extraño en su cabeza hasta que se acomodó del todo, y solo entonces cayó en cuenta de que Corven hablaba de Las Raíces, aunque nadie ahí, salvo él, la hubiera llamado así en años. Kolsi levantó la vista de su propia tablilla al oírlo, cruzando una mirada breve con Ragnar que no necesitó palabras para decir lo que ambos ya sabían.
—¿Bajas?
—Aún sin confirmar.
—Avíseme apenas lo sepa, junto con lo de mi hermano.
—Lo haré.
El holograma central, ubicado en pleno centro de la sala, a un par de metros de distancia del trono, emitió un leve pitido, suficiente para captar la atención de quienes lo reconocieron sin llegar a interrumpir el por sí, ya atareado tumulto de tareas que hacía cada uno de los miembros de la tripulación. Ragnar no preguntó al respecto; con una sola mirada, el mapa del sistema comenzó a parpadear; el holograma mostraba la estrella central junto con varios de los planetas aún sin registrar, seguido de la forma de la nave imperial destrozada, pero nada de eso llamó su atención, salvo cómo tres luces parpadeantes de un color rojizo emergieron del otro extremo del sistema y comenzaban a dirigirse hacia su posición. Pronto los puntos dieron forma a cuatro objetos triangulares que aceleraron de golpe, sin ninguna maniobra previa que lo anunciara, cerrando la distancia con una velocidad que ningún oficial en la sala había terminado de calcular todavía. El resto de la sala pareció tensarse al mismo tiempo, como si el gesto hubiera despertado algo en cada oficial presente antes de que la alarma formal terminara de sonar por los altavoces, un pitido agudo que se sumó al ruido de fondo sin llegar a dominarlo del todo.
—Están abriendo fuego. —La voz de Isel llegó clara desde su estación, sin necesidad de alzarla—. Impacto directo al casco exterior, estribor, y en la cubierta nueve.
Ante las palabras de la timonel, Ragnar se apresuró a comenzar a subir los escalones en dirección al trono, haciendo gala de su agilidad para evitar caer ante el constante tambaleo de la sala hasta llegar a lo alto. No ocupo el trono, tan solo se quedó de pie al lado del mismo antes de tomar aire y dar una sola orden con la fuerza suficiente para que la propia sala temblara por sí sola: — —Contramaniobra evasiva, ya. —Se giró hacia el sector de armamento, donde Rovan Sethric ya tenía ambas manos sobre los controles. El condestable se preparó para ingresar varios datos a la velocidad de un hombre sin aumentos, antes de dar la respuesta esperada. — Cañones de babor, listos en cuanto tenga un ángulo.
— ¡Esperen! —gritó Ragnar al observar cómo un nuevo holograma emergía a su lado, mucho más pequeño que el central, pero suficiente para orientarse sin necesidad de observar el vidrio que los separaba del espacio.
— ¡Nos atacan! —resonó una voz al otro lado de la sala luego del último ataque.
—Ya los tengo, senescal. —Rovan no apartó la vista de su panel en cuanto este le mostró la misma imagen que la de Ragnar una vez que una de las naves se acercó lo suficiente.
— ¡Ahora!
No necesitaron verlo para sentir un temblor que asoló la totalidad de la nave, significando que la nave enemiga había explotado tan cerca que varias grietas se habrían formado en el flanco de la misma Balada. Ragnar sonrió al observar en el holograma cómo las otras tres naves comenzaban a apartarse de los laterales, en busca de posicionarse adelante y hacia atrás del navío.
— Es hora de la cacería. — Gruñó con cierto atisbo de satisfacción. — ¡Todos los que no hayan muerto o perdido una extremidad, pónganse en sus posiciones, es hora de atacar!
Varios gritos sonaron al unísono, salvo uno que no identifico: — Se supone que somos los encargados de la defensa, no el extranjero. Resonó una voz baja, pero no lo suficiente para que Ragnar la oyera: — A quien haya dicho semejante estupidez, guárdese el reclamo para cuando sobrevivamos a esto si no quiere tener una cita con la maza del maestro Kolsi—Ragnar no apartó la mirada del holograma en cuanto escuchó un fuerte golpe, apostando que quien haya dicho el comentario, acababa de terminar con un hueso roto. Poca importancia le dio; cuando su atención se concentraba en las tres naves, se preparaban para tomar posición, dos adelante y una atrás.
A diferencia de las naves enemigas, que al aparecer ante la Vidriera no hacían honor a la claridad con que el holograma las representaba, ante ellos se encontraban dos naves triangulares de bordes irregulares, de un negro que parecía camuflarse directamente con el vacío, si no fuera por los destellos dorados al disparar o por lo que podía llamarse luz emergiendo de algunas zonas de su casco. De no ser por eso, podrían haberse confundido con la nada misma. Pero, aunque fueran avanzadas, caían en el mismo error que muchas naves de sigilo: su única ventaja era atacar por el frente cuando su armamento se enfocaba en ataques rápidos y no pesados, los cuales solían estar enfocados en costados que solían quedar expuestos en un combate donde los números hacían la diferencia.
A diferencia de ellas, la Balada no necesitaba velocidad, sino fuerza, y en cuanto una de las naves se posicionó frente a su proa, la Balada se apresuró a desplegar una descarga de metralla directamente hacia el frente enemigo, que poco o nada importó cuando lo que impactaba eran toneladas de metal reforzado que apenas provocaron un roce. Donde otras naves priorizaban dejar el frente descubierto por sus armas, la Balada priorizaba la fuerza bruta.
—Toda la potencia a los motores —ordenó Ragnar, ante la confusión visible de los técnicos que lo rodeaban.
—Eso hará que la embistamos, el casco no resistirá eso —gritó alguien, aunque Ragnar lo ignoró por completo.
—Avancen —repitió, y la nave comenzó a tomar velocidad, ignorando los constantes impactos frontales de la nave enemiga mientras se distanciaba de la que los seguía por la retaguardia. A medida que el espacio entre ambas proas se acortaba, la siguiente orden emergió del senescal.
—Cañón central, disparen —gruñó mientras la Balada seguía avanzando.
—No hay forma de asentar en un punto crítico, solo la afectaremos, no la destruiremos —replicó una voz, que fue silenciada de la misma forma que el primer alborotador, causando que Ragnar comenzara a tomarle aprecio a las habilidades del maestro de disciplina. Aquello permitió que el cañón desplegara un haz de tanta potencia que una onda de tonos azules recorrió el espacio hasta impactar contra la nave enemiga, donde varios destellos anaranjados anunciaron la destrucción de parte de su frente, dejándola sin funcionamiento. En cuanto estuvieron lo bastante cerca, Ragnar señaló, con un atisbo de entusiasmo y emoción que desconcertó a los técnicos que no sabían qué hacer:—Prepárense para el impacto.
Varios terminaron cayendo uno tras otro en cuanto la Balada se estrelló contra la nave enemiga, atravesándola en una amalgama de colores rojizos y anaranjados que se deslumbraban por todo el puente, junto con cientos, si no miles, de restos metálicos que se estrellaban contra el vidrio. Donde unos vieron una auténtica locura por parte del senescal, otros solo vieron valentía en un hombre que, a diferencia de otros tantos, sabía que el gran trozo puntiagudo del frente no era solo decorativo, sino un refuerzo diseñado exactamente para ese tipo de momentos. Agradeciendo que el ariete cumpliera su función luego de tantos años en desuso.
La satisfacción duró poco, porque la siguiente orden llegó para los ya aterrados técnicos que no habían sucumbido ante el estruendo, el mareo o los restos de su almuerzo esparcidos por el suelo de la bahía, donde varios robots de limpieza emergieron de los lugares menos insospechados para atender las raciones verdosas del lugar ante los perplejos y ya afectados hombres que ni siquiera podían creer que hubiera mecanoides en la nave aún en funcionamiento.
—Vire a estribor, expongan el costado —ordenó, y nadie replicó, ni siquiera se atrevieron a hacerlo cuando un nuevo estruendo hizo saltar a alguien y un segundo grito emergió de otro extremo de la sala. Afuera, la primera nave delantera había comenzado a distanciarse, pero la que los había estado siguiendo por detrás fue incapaz de detenerse a tiempo cuando, en el lateral de la Balada, doce cañones emergieron apuntando en su dirección. Sin importar hacia dónde intentara girar, fue demasiado tarde: una lluvia carmesí de proyectiles tiñó el espacio con tanta brusquedad que lo único que quedó de la nave enemiga fueron desperdicios metálicos que impactaron contra el casco de la Balada sin llegar a perforarlo.
Ragnar pareció aliviado del resultado, aunque no llegó a respirar del todo cuando una segunda explosión emergió de la parte trasera de la nave: la cuarta y última embarcación enemiga había atacado y ahora empezaba a tomar distancia. Lo que hizo que el senescal se tambaleara en su puesto antes de apoyarse en la barra frente al trono para evitar caerse. Llegando a presionarla con tanta fuerza que esta crujió bajo su esfuerzo.
—Es hora de seguirla —señaló Ragnar, antes de que una voz lo detuviera.
—Es imposible. Atacaron directamente la zona de baterías; perdemos energía con rapidez. Si no desviamos o apagamos algunos sectores, la nave quedará inmóvil en el espacio. — La voz del maestro de ingeniería resonó con la fuerza suficiente para hacerse paso entre la orquesta de quejidos e insultos de los ya fatigados técnicos que descansaban en el suelo por tanto movimiento.
—¡Mierda! —gritó Ragnar al oírlo, justo cuando el holograma volvió a emitir un sonido y varias naves desconocidas comenzaron a adentrarse en el sistema.
—Es imposible que acabes con todas antes de que lleguen —dijo una voz más tranquila, casi serena, que hizo eco en la sala y que solo incomodó a Ragnar.
—Ya lo veremos, en cuanto me ocupe de todas ellas —gruñó, sin apartar la vista del holograma y la tablilla de datos que se desplegaba, anunciando con colores el estado de varios sectores de la nave. Antes de que la voz volviera a interrumpirlo.
—Es mejor retirarnos.
—¿Retirarnos, dices? ¡No somos cobardes! —replicó Ragnar, alzando la cabeza para encontrarse con el origen de la voz.
—No lo somos. Pero tampoco arriesgaremos lo poco que tenemos por una lucha sin sentido.
Las palabras de Andreus fueron suficientes para que Ragnar bajara el tono y abriera los ojos de par en par. Su capitán tenía parte del costado de la armadura destrozado, dejando ver varios vendajes sobre la piel, ahora ensangrentados y grisáceos. A su lado se encontraban cuatro personas, de derecha a izquierda: la oficial Matta, que no había cambiado en nada durante su travesía salvo por el cansancio que emitían sus ojos y las bolsas oscuras bajo ellos, aunque mantenía la apariencia de la edad gracias a su cabello canoso y su piel sin aumentos; junto a ella, un hombre de tez oscura y barba rojiza, y un nacido de cubierta tan pálido que recordaba a las historias de fantasmas, ambos observando cuanto los rodeaba con el mismo asombro infantil, que contrastaba con el último individuo.
Quien poseía una armadura rojiza y rostro un tanto más joven que el de Matta, aunque la edad ya comenzaba a notársele en las arrugas y en las canas que nacían en sus sienes. El médico asintió hacia Ragnar, y solo entonces este volvió a tomar la palabra una vez se aseguró de reconocer a los presentes, pero manteniendo su mirada enfocada en su hermano. Si alguien hubiera esperado un reencuentro conmovedor, lo que se encontró fue una amalgama de insultos seguida de una sola oración comprensible.
—Deberías estar en la bahía médica, no aquí, idiota. ¿O quieres que te maten?
— Aunque agradezco tu preocupación por mi bienestar. — Andreus dio un paso al frente, seguido de Pern y Matta, quienes, a diferencia de los voluntarios, no se atrevieron a dejarlo solo. — Me han informado del incidente en las bahías y el fracaso en el motín.
— Hasta el momento se han recuperado seis de los doce sectores. — Intervino Corven una vez que apagó un holograma que mostraba en colores diversas áreas de la nave, desde la menos afectada hasta la más dañada. — Entre ellos, la bahía de almacenamiento trece; el sector de hidroponía; el coliseo; también la catedral y el mausoleo, respectivamente. — Dejó la palabra a medias cuando la mirada de Ragnar le hizo bajar la mirada.
— No necesitamos que estés aquí. — Ragnar señaló a su alrededor. — Seguimos bajo ataque y de nada servirá si logramos superar esta lucha si vas a morir por tu herida. ¿Cuánto tiempo tiene antes de que se le pudra el costado?
—Un lapso de seis horas antes de que la infección se propague. Ya he notificado a la Bahía Médica que nos esperen para realizar la cirugía; hasta entonces, el capitán ha solicitado estimulantes de combate y relajantes para mitigar el dolor hasta que sea tiempo de la operación y...
— Es suficiente sobre mi salud. — Las palabras de Andreus cortaron la conversación al son que daba un paso al frente en dirección al trono. Dejando a Ragnar observarlo con evidente molestia por el descuido a su estado. — Necesito saber la situación de los sistemas actuales de la nave.
— El casco ha sufrido un daño mayor al sesenta por ciento de integridad; varios sectores de la nave alrededor del motor se han quedado sin energía. Actualmente, los guardias y oficiales de cada sección están organizando una evacuación a áreas con soporte vital y acondicionado activo, en un intento de minimizar las bajas por el frío o las heridas, aunque se estipula la pérdida de al menos el dos por ciento de la tripulación. — Corven volvió a tomar la palabra una vez que Andreus comenzó a subir las escaleras del trono.
— No podemos olvidar la nueva incursión de las naves desconocidas; se estipula que harán contacto en menos de veinte minutos. — La voz de la timonel fue suficiente para captar la atención de los presentes; a ella pareció importarle poco las miradas de sorpresa ante un corte en su rostro. —¿Qué? ¿Esto? —Señaló con uno de los dedos metálicos del brazo metálico. — Un leve fallo luego de la primera explosión. — Su indiferencia ante la herida, hizo que Pern la observara unos segundos hasta que Matta le hizo un gesto permitiéndole acercarse a atenderla.
— Necesito saber qué opciones tenemos. — Andreus retomó la palabra al mismo ritmo que subía las escaleras hasta el trono. — ¿Opciones de escape?
— Negativo. — Añadió Corven sin desviar la mirada de las diversas pantallas de su puesto. — Varias lanzaderas terminaron destruidas o dañadas durante el ataque; también perdimos acceso a algunas zonas de los hangares, y con ello la oportunidad de las cápsulas de escape, al igual que los torpedos de abordaje. — Hizo una leve pausa al señalar un punto en el mapa. — Con cada minuto que pasa, el motor pierde potencia; de continuar así, quedaremos varados en el espacio, a disposición de nuestros atacantes.
— Salvo que lo sobrecarguemos. — El tono de Isel incomodó a quienes la escucharon; una vez continuó. — Puede darnos un impulso suficiente para salir del sistema y llegar al siguiente sin necesidad de emplear uno de los nodos de señalización.
— De hacerlo, estás condenando a los trabajadores del sector. —¡Estás sugiriendo calcinarlos vivos! — La réplica del navegante fue acompañada con la del oficial de ingeniería.
— Mi deber es asegurar esta nave; unas almas a cambio de la supervivencia lo valen.
— Pero no a costa de la muerte. —Señaló el navegante a la timonel.
— La muerte es la única opción, la de ellos o la de todos.
— A menos que se distribuya energía al motor, podemos suspender el funcionamiento de algunos sectores para alimentarlo; será suficiente para el salto. — La voz de Cassian tomó autoridad al sugerirlo. —Así mis hombres no tienen que morir.
— Pero a cambio navegaremos a oscuras. — Isel dio un paso al frente ante el ingeniero, dejando de lado las suturas del médico de combate. — ¿No reportaste que perdimos parte de los sistemas de guía? — Le dirigió una mirada a Tavian.
— Lo hice. —Asintió el navegante sin cambiar su expresión.
— De hacer ese salto, iremos a oscuras, ni siquiera sabremos dónde terminaremos. Puede que alcancemos una de las puertas de salto para viajar a lo largo de la extensión, como podemos terminar en medio de un agujero negro. — Las palabras de la timonel se mantuvieron firmes. — Es mejor sobrecargar el motor.
— No lo es. — Nego Cassian una vez más, ahora, con un leve temblor en el labio al pensar en la muerte de sus hombres. — Capitán, por favor, no condene a los trabajadores. Yo mismo los conozco e incluso los he formado, no podríamos encontrar mejores especialistas en la nave si llegan a perderse.
Andreus no respondió de inmediato, solo puso las manos en el regazo una vez se acomodó en el trono, escuchando ambas posiciones con la tranquilidad antinatural ante las circunstancias que estaban viviendo. Los oficiales seguían apagando pequeños incendios, tanto en un sentido de metáfora como de realidad, cuando alguien le entregó un extintor a otro, dejando una cadena de espuma que debía ser limpiada.
Siendo la tarea otorgada a los dos voluntarios que había traído Andreus a la sala, uno de los técnicos se acercó a un ausente Salomón y asombrado Tev, quien al ver al hombre recibió sin protestar el estropajo antes que le señalaran la mancha de espuma; sangre y mugre que debía ser erradicada. Tev asintió antes de comenzar a limpiar, seguido de que a Salomón le dieran una tarea similar.
Andreus observó aquella insignificante tarea antes de terminar, observando el mapa estelar, en el cual, con cada segundo que pasaba, las naves enemigas se acercaban a pasos agigantados. No había forma de defensa, pero tampoco una manera de escapar sin sufrir más de lo ameritado. Kolsi se acercó al holograma sin que nadie se lo pidiera, deteniéndose junto a Andreus con la misma calma con que se había acercado antes a informar sobre el motín, como si el peso de lo que estaba a punto de decir no fuera distinto al de cualquier otro reporte de rutina. Señaló tres puntos distintos en el diagrama de la nave, cada uno parpadeando en un tono ámbar que contrastaba con el resto de los sistemas marcados en verde.
—Calefacción, gravedad artificial y soporte de aire en los sectores no prioritarios de carga, se pueden apagar del séptimo al duodécimo. —Trazó una línea invisible entre los tres puntos, sin apartar la vista del holograma—. Podemos desviarlos hacia el motor en ese orden, ganando el tiempo suficiente para completar la sobrecarga sin que el núcleo se queme antes de tiempo. Pero cada uno cobra un precio distinto, capitán, y ninguno es barato.
—Detállelo. —Andreus no apartó la vista del holograma al pedirlo, aunque el tono ya llevaba el peso de quien sospecha la respuesta antes de oírla.
—Sin calefacción, los sectores afectados empiezan a perder temperatura de inmediato. —Kolsi continuó sin que la voz se le quebrara en ningún punto—. Los primeros síntomas de hipotermia aparecerán en menos de una hora; las primeras muertes, poco después, sobre todo entre los más jóvenes y los más viejos, que son los que menos resisten el frío. Sin gravedad artificial, el riesgo directo es menor, pero aumentan los accidentes: caídas, objetos sueltos, maquinaria sin anclaje que puede aplastar a quien esté cerca. —Enumero cada uno de los puntos al enumerarlos con los dedos. — Y sin soporte de aire, los sectores sellados agotan su reserva en poco más de veinte minutos. Ahí no hay margen de duda ni de suerte que valga.
—¿Cuántas almas, en total, si cortamos los tres?
—Dependiendo del tiempo que tome alcanzar el nodo, entre ciento veinte y ciento ochenta. —Kolsi lo dijo sin que la cifra le temblara en la boca, con la misma neutralidad profesional que aplicaba a todo lo demás, aunque el silencio que siguió no fue solo de Andreus.
—Eso es casi el triple de lo que perderíamos con mi plan original. —Cassian dio un paso al frente, la voz quebrada por primera vez desde que había empezado la discusión, el respirador silbando con más fuerza que antes—. Capitán, con todo respeto, eso no es una alternativa mejor. Es simplemente repartir la muerte entre más gente para que a ninguno de nosotros nos duela tanto verla de cerca.
—No es una decisión que tome para que me duela menos, ingeniero. —Andreus se giró hacia él, sin alzar la voz, aunque la mirada bastó para que Cassian retrocediera medio paso—. La tomo porque su plan nos condena a navegar sin guía en un sector desconocido, y el de la timonel nos condena a matar de golpe a la gente que usted formó con sus propias manos. La misma que hacía unos segundos, me pedía salvar, ¿o acaso lo ha olvidado?
— No, capitán, pero...
— Ninguna opción es limpia y soy yo quien la decide.
Ragnar cerró los ojos un instante junto al trono, y Andreus supo, sin necesidad de mirarlo, que estaba haciendo la misma cuenta que él: cuántos de esos sectores pertenecían a Las Raíces, cuántos nombres de esa cifra terminarían siendo gente que Ragnar conocía de memoria, aunque nunca lo dijera en voz alta frente a los demás oficiales. El silencio en el Trono se extendió más de lo que cualquiera de los presentes habría considerado prudente, roto solo por el crujido distante de otro impacto en algún punto de la nave, y por el sonido húmedo de Pren terminando de suturar la herida de la timonel, quien le agradeció poco más con un movimiento del implante.
Andreus recorrió con la mirada a cada uno de los presentes, uno por uno, deteniéndose un segundo de más en Ragnar antes de continuar, como si necesitara ver el rostro de quien iba a cargar con la decisión antes de pronunciarla en voz alta ante toda la sala. Solo cuando ambos hermanos intercambiaron la mirada, pudieron tomar una decisión. Y de ella, la orden simple, sin ningún término posterior.
—Hagan el salto. —Lo dijo sin levantar el tono, aunque el peso de las palabras bastó para que nadie necesitara que las repitiera—. A ciegas, si es necesario.
—No hay garantía de destino, capitán. —Isel dio un paso al frente, sin la insolencia de antes, solo la urgencia de quien necesita que la orden se entienda en toda su magnitud antes de ejecutarla—. Podemos alcanzar un nodo registrado, o podemos aparecer en medio de un campo de escombros, o de algo peor. Nadie en esta sala puede prometerle un lugar seguro al otro lado, ni yo, ni Tavian, ni el propio holograma.
—Lo sé. —Andreus se giró hacia ella y hacia Tavian, que esperaba junto al holograma con las manos quietas por primera vez desde que había empezado el combate, como si incluso él hubiera dejado de confiar del todo en sus propios cálculos y en los mapas que constantemente revisaba como navegante—. Por eso confío en que ustedes dos encuentren la forma de sacarnos de donde sea que terminemos, en cuanto lleguemos al nodo. No les pido que acierten el destino, porque sé que no está en sus manos hacerlo. Les pido que no nos dejen varados una vez lleguemos y, con suerte, salvar parte de las almas que hemos condenado.
Isel sostuvo la mirada un momento más de lo estrictamente necesario, con la mandíbula tensa y el brazo protésico cerrando el puño sobre el borde de su panel, y luego asintió, con la misma brusquedad con que aceptaba cualquier orden que no le gustaba, pero que ya no tenía sentido seguir discutiendo. Tavian hizo lo mismo un segundo después, ya con las manos moviéndose de nuevo sobre su propio panel, trazando las líneas de un cálculo que, por primera vez en toda la travesía, no tenía un destino fijo esperando al final del trazo.
—Ejecuten la secuencia. —Andreus se apartó del holograma central en dirección a la Vidriera. Ragnar se colocó a su lado sin decir una palabra, con las manos cruzadas tras la espalda y la vista perdida en el mismo punto oscuro del espacio exterior que el capitán observaba, ambos hermanos guardando el mismo silencio por razones que ninguno de los dos necesitaba explicarle al otro.
La Balada tembló primero como quien contiene el aliento, y después como quien deja de intentarlo. Las luces del Trono, incluidas las que imitaban cristal con su entramado de cuentas talladas, perdieron intensidad al mismo tiempo que el suelo bajo sus botas comenzó a emitir un zumbido grave, distinto a cualquier otro sonido que la nave hubiera hecho hasta entonces, la vibración de un motor obligado a rendir mucho más de lo que su diseño original habría tolerado. En algún punto de la nave, la calefacción de un sector dejó de funcionar sin que nadie en el puente pudiera verlo; en otro, la gravedad se apagó lo suficiente para que algo pesado cayera con un estruendo que llegó amortiguado hasta el Trono; en un tercero, el aire empezó a agotarse sin que ninguno de los presentes pudiera ver los rostros de quienes lo respiraban por última vez.
—Velocidad en aumento —anunció Isel, sin apartar las manos de su panel—. Ochenta por ciento de la potencia disponible ya redirigida al motor.
—Manténgala así hasta que Tavian confirme el nodo —respondió Andreus, sin girarse, la vista todavía fija en el vacío exterior.
—Nodo confirmado a treinta segundos de distancia —dijo Tavian, con la misma voz plana con que había pedido antes que retiraran un cadáver—. Trayectoria estable. En cuanto lleguemos, no habrá forma de corregir el rumbo.
Ninguno de los dos habló más mientras la nave ganaba velocidad, ni cuando el punto que Tavian había marcado en el holograma empezó a crecer frente a ellos, ni cuando la propia Vidriera comenzó a mostrar, en el centro exacto de su campo de visión, una distorsión que no parecía pertenecer al resto del espacio: un remolino de luz y gravedad plegándose sobre sí mismo, como si algo hubiera tomado el tejido mismo de la nada y lo hubiera obligado a formar un embudo. Las estrellas más cercanas al punto empezaron a estirarse en líneas delgadas antes de desaparecer del todo, tragadas por algo que ningún ojo humano estaba diseñado para entender del todo, y la Balada se precipitó hacia ese punto con la misma determinación ciega con que se había lanzado contra la primera nave enemiga horas antes.
— ¡Diez segundos! —anunció Isel, y por primera vez desde que había empezado el combate, algo parecido al miedo se coló en su voz.
El cruce no duró más de un instante, aunque ese instante se sintió como algo que debía medirse de otra forma. Un tirón que recorrió cada cubierta de la nave al mismo tiempo, un silencio total donde hasta el zumbido del motor pareció contener el aliento, y después, la Balada emergió al otro lado con la misma violencia con que había entrado, sin la desaceleración que cualquier salto por una puerta estelar habría ofrecido. El látigo del impulso recorrió todo el casco antes de que los sistemas de inercia lograran compensarlo, y en el Trono, más de un oficial terminó en el suelo, aferrándose a lo primero que encontró a su alcance; Salomón cayó de espaldas contra uno de los pilares tallados, soltando el estropajo que aún tenía en las manos, mientras Tev se sostenía del borde de una consola con ambas manos sin llegar a caer, a diferencia de otros técnicos que terminaron volando por los aires antes de golpearse con fuerza contra los pilares de la sala, e incluso hubo quien cayó al vacío de la nave por los bordes del puente. En ese instante, las luces se apagaron por completo durante tres segundos que se sintieron como una eternidad, antes de volver, parpadeando, a su intensidad habitual.
—Reporte de estado —pidió Andreus, todavía apoyado en el torno antes de escupir una saliva ennegrecida al suelo. Su propio cuerpo, comenzaba a fallar mientras más tiempo se demorará en recibir atención. Incluso, el tono de su voz delataba un cansancio que él mismo habría preferido evitar admitir frente a su tripulación.
Antes de que nadie pudiera responder, un destello anaranjado iluminó el espacio exterior, breve y distante, seguido del eco tardío de una explosión que ninguno de los sensores de la nave había anticipado. Andreus se giró hacia Corven, que ya proyectaba sobre el holograma central la imagen completa del nuevo sistema, sus dedos moviéndose entre canales con la misma rapidez con que lo hacían siempre, aunque el rostro pálido del oficial mostraba, por primera vez, algo parecido al alivio.
—Sector Solance —anunció Corven, mientras el mapa terminaba de definirse, mostrando la estrella central, un puñado de planetas menores y, en el borde exterior, la silueta reconocible de una puerta estelar activa, rodeada de un enjambre de puntos verdes en formación defensiva—. La Armada del Nexo mantiene posición alrededor de la puerta, evacuando naves civiles hacia el punto de salto. La explosión corresponde a uno de sus destructores de largo alcance, que acaba de destruir una de las naves negras que nos siguió desde el sistema anterior.
—¿Cuántas más hay? —preguntó Ragnar, hablando por primera vez desde que había cedido el mando.
—Solo una detectada, por ahora. Retirándose del alcance del destructor.
Andreus no necesitó más para tomar la siguiente decisión: —Diríjanos hacia la puerta. Toda la velocidad que el casco pueda soportar. Y comiencen a restablecer los sistemas de soporte vital en las zonas afectadas. Con suerte, alguien seguirá con vida. — Esas últimas palabras, fueron más un susurro para sí mismo que una orden, en espera de que aún hubiera alguien vivo en los lugares que habría condenado.
—El casco no puede soportar mucho más, capitán —advirtió Cassian, aunque ya estaba ajustando los controles necesarios antes de terminar la frase, el respirador silbando bajo con cada movimiento de sus manos cibernéticas.
Andreus no le dirigió la palabra, tan solo asintió en la medida que intentaba ponerse de pie nuevamente. Aun sintiendo cada movimiento de La Balada. La cual obedeció al navegar entre el espacio en dirección a la puerta. Una gran estructura de diversos metales del tamaño de un planeta, donde resaltaban en cada extremo de su circunferencia grandes concentraciones de energía que alimentaban la estructura, de la cual emergió un destello de tonos blancos en el centro antes de extenderse a los bordes de la misma; de la cual varias naves de la flota del Nexo emergieron para apoyar en la defensa, una vez que nuevas negras emergieron del propio espacio, estallando una lucha entre ambas armadas, y en medio, las naves mercantes, civiles y extranjeras que buscaban cualquier medio para ingresar a la puerta, desapareciendo en destellos azules a cualquier otro lado de la propia extensión.
A medio trayecto en dirección de la puerta, podían observarse nuevos destellos anaranjados, anunciando la destrucción de naves en ambos lados. Justo cuando podían hacerse visibles a vista de ojo los puntos de las naves, una nueva onda de destellos blancos y azules apareció en el otro extremo del sistema. De la cual las explosiones captaron la atención de todos los presentes, y antes de que Andreus preguntara, Corven ya tenía la respuesta en palabra antes de mostrar un nuevo holograma del sistema.
— Doce naves han llegado al sistema. Cuatro de ellas pertenecen a la flota de los corsarios rojos.
— Piratas. — Mascullo Ragnar antes de apoyarse en la baranda.
— Tres pertenecen a los contrabandistas de la red gris.
— ¿Y esos quiénes son?
— Aliados de la red gris. Comerciantes y traficantes, mi señor.
Andreus asintió antes de observar las cinco nuevas naves negras que se adentraban en el sistema, las cuales eran más grandes que aquellas que habían enfrentado horas antes, de las cuales el láser de un tono verde esmeralda acababa de destruir una de las naves de los piratas, que ahora se había convertido en una esfera rojiza antes de caer al vacío del espacio. Ragnar pareció sonreír ante la muerte de los piratas, pero Andreus no compartió su entusiasmo una vez que señaló la que parecía ser la nave más grande de los contrabandistas: — ¿Qué nave es esa?
— Está registrada como La Hoz; no tenemos registro de sus capitanes, aunque se encuentran varias advertencias tanto del Nexo como del Imperio que anuncian recompensa por su captura o destrucción, debido a su participación en múltiples asaltos a navíos mercantes y planetas de varios protectorados del Imperio. — Corven dejó la palabra suelta, una vez que sus ojos se abrieron en par antes de ver a Andreus. —Incluido el protectorado Von Tenerius...
Al decir el apellido de Andreus, fue suficiente para que Ragnar le lanzara una mirada que hizo palidecer al maestro de comunicaciones, quien rápidamente bajó la mirada. Sin darle tiempo a decir algo, la voz de Andreus se antepuso a la de Ragnar, solicitando en una sola frase que se ampliara la imagen, sin apartar la vista del holograma: — Quiero ver el estado de su casco, no solo su silueta.
Corven obedeció sin hacer más preguntas, aunque las manos le temblaron lo suficiente sobre el panel para que el primer intento de ampliación fallara, obligándolo a repetir el gesto una segunda vez antes de que la imagen de La Hoz creciera en el centro de la sala. Era una nave alargada, de líneas simples y sin ornamento, gris como toda su facción, con marcas de soldadura visibles en al menos tres puntos del casco donde alguna reparación anterior no se había molestado en disimular el daño original. Ragnar la observó un momento más de lo necesario antes de girarse hacia su hermano, y lo que encontró no fue sorpresa ni duda, sino algo más viejo, algo que llevaba ahí desde mucho antes de que la nave apareciera en el sistema.
—¿La conoces? —preguntó, aunque la pregunta ya llevaba la respuesta dentro.
Andreus no contestó de inmediato. Se quedó con la vista fija en el holograma, en la forma en que la nave esquivaba el fuego cruzado de corsarios y las naves oscuras, con la torpeza de quien ha perdido la mitad de sus propulsores, y solo entonces asintió, una sola vez, sin ofrecer nada más que ese gesto. Algo que fue suficiente para irritar al ya fatigado Ragnar por aquellos actos.
—Capitán. —Isel dio un paso adelante, con la cautela de quien sabe que está a punto de decir algo que no será bien recibido—. Si me permite la opinión: lo más sensato es dejarlos. Mientras los corsarios y esas naves se destruyan entre sí, nosotros tenemos la ventana perfecta para cruzar sin que nadie nos preste atención. No hay casco que soporte otra pelea, ni motor que aguante otra sobrecarga.
—Coincido con la timonel. —La voz de Cassian llegó desde su estación, todavía inclinado sobre los controles que redirigían la poca energía que les quedaba—. Cada segundo que pasamos en este sistema es un segundo que le restamos a los que ya perdimos allá atrás. No tenemos margen para gestos, capitán, por más que la nave le importe.
—No es un gesto. —La voz de Andreus se mantuvo baja, aunque firme, y Ragnar reconoció en ella el mismo tono que usaba cuando ya había tomado una decisión y solo escuchaba las objeciones por cortesía—. Corven, ¿tenemos forma de contactarlos?
—Solo de emitir, capitán. —Corven no levantó la vista del panel al responder—. No hay garantía de que reciban la señal en medio de tanta interferencia, y menos aún de que puedan responder si la reciben.
—Entonces que reciban una orden, no un saludo. —Andreus se acercó al holograma, con el paso más lento del que había mostrado en toda la escena, la mano apretando el costado vendado sin que pareciera del todo consciente de hacerlo—. Díganles que disparen sus torpedos de abordaje contra nosotros. Todos los que tengan. Cápsulas, torpedos, lo que sea capaz de perforar nuestro casco sin destruirlo del todo.
El silencio que siguió a la orden fue distinto a cualquiera de los anteriores. Kolsi fue el primero en romperlo, aunque no con una objeción, sino con la misma neutralidad profesional con la que asumía cualquier tarea que se le encomendara. Aunque las líneas de su frente evidenciaban su pensar ante la orden: —Voy a necesitar refuerzos en los puntos de acceso probables, capitán. Si van a dispararnos torpedos de abordaje, no todos los que lleguen serán tripulación de esa nave buscando refugio.
—Encárguese de eso. —Andreus asintió, sin apartar la vista del holograma—. Cassian, Rovan, quiero cálculos de los puntos probables de impacto antes de que los disparen. También que una escuadra de ingenieros y médicos acompañe a los hombres de Kolsi en los sectores afectados.
—Con el debido respeto, capitán. —Rovan habló por primera vez desde el inicio del combate—. ¿Sabe siquiera si esa tripulación merece que arriesguemos lo que nos queda por ellos?
Nadie respondió a eso de inmediato. Fue Ragnar quien finalmente rompió el silencio, aunque no con la pregunta que todos esperaban, sino con una más directa, dicha en voz lo bastante baja para que solo Andreus la oyera del todo, aunque el resto de la sala la captó igual.
—¿Por qué, Andreus? —No era una pregunta táctica, ni una objeción de mando. Era la pregunta de un hermano que ya conocía parte de la respuesta y necesitaba oírla de todas formas—. Esa nave tiene una orden de captura del Aestus. Sin contar que atacó el protectorado, no hay nada que merezca la pena en ser salvado.
Andreus no respondió. Se quedó mirando el holograma, donde La Hoz seguía esquivando fuego enemigo con la torpeza de un animal herido, y el silencio se extendió el tiempo suficiente para que Ragnar entendiera que no iba a obtener nada más, ni ahora, ni quizás nunca, a menos que las circunstancias lo obligaran. Apretó la mandíbula, pero no insistió. Se limitó a asentir, con la misma rigidez con que había aceptado cada orden anterior desde que Andreus subió al trono, y se apartó un paso para dejarle espacio al resto de los oficiales, que ya empezaban a moverse hacia sus estaciones sin necesidad de más instrucciones.
—Kolsi, necesito guardias en el sector de carga trece y en el corredor de servicio adyacente al hangar dañado, los dos puntos más probables de impacto según mis cálculos. —Cassian ya había proyectado un segundo holograma más pequeño, superpuesto al primero, marcando en rojo las zonas de mayor riesgo.
—Hecho. —Kolsi ya se movía hacia la salida más cercana, llevándose consigo a dos de los guardias que habían permanecido junto al trono desde el inicio del combate.
Fue en ese instante, en medio del reordenamiento apresurado de la sala, que uno de los técnicos se acercó de nuevo a Salomón y a Tev, quienes seguían con el estropajo en las manos, ya casi sin espuma que limpiar. El técnico les entregó, sin mediar palabra, dos fusiles de pulso reglamentarios, señalando con la cabeza en dirección al sector que Kolsi acababa de abandonar: — Necesitamos cuerpos que sepan sostener un arma, y ustedes ya demostraron que pueden hacerlo. —El técnico no esperó respuesta antes de continuar hacia otro grupo de voluntarios—. Repórtense con el maestro de disciplina en el sector de carga trece.
Salomón se quedó mirando el fusil un momento, con la misma expresión que había tenido al recibirlo por primera vez en el comedor destruido de la nave imperial, antes de que Tev le diera un golpe suave en el hombro, casi imperceptible, un gesto que no necesitaba palabras para decir que era momento de moverse. Ambos cruzaron la sala en dirección a la salida, dejando atrás el estropajo y la espuma a medio limpiar, y por primera vez desde que habían llegado al Trono, nadie los miró como forasteros.
Los primeros impactos llegaron antes de lo que cualquiera hubiera esperado. El casco de la Balada se sacudió con una serie de golpes secos, distintos al estruendo de los cañones o al temblor del salto, más parecidos al sonido de algo clavándose en la carne que al de una explosión. Uno tras otro, los reportes empezaron a llegar por el canal general: una cápsula había perforado el sector de carga trece sin bajas, otra había fallado el impacto y se había perdido en el vacío exterior, una tercera había golpeado cerca del hangar dañado, obligando a Kolsi y a sus guardias a moverse con la premura de quienes no saben todavía si están recibiendo refugiados o intrusos.
—Cinco supervivientes confirmados en el sector de carga trece —anunció Corven, con la voz apresurada de quien procesa demasiada información al mismo tiempo—. Heridos, pero con vida. Pren ya se dirige hacia allá con su equipo médico.
En efecto, Pren había abandonado su posición junto a la timonel en cuanto escuchó el primer reporte, cargando el botín de combate enrollado alrededor de la pierna con la misma eficiencia con que había atendido a Andreus horas antes, deteniéndose solo un instante junto a Salomón, que caminaba con evidente dificultad tras el impacto que lo había hecho tropezar contra uno de los pilares del corredor.
— Respira hondo. —Pren lo tomó del brazo, ayudándolo a incorporarse con la misma calma con que trataba cualquier herida, sin preguntar ni juzgar—. No es nada roto, solo el golpe. Puede seguir caminando, pero no corra hasta que se le pase el mareo.
Salomón asintió, aceptando la mano que el médico le extendía sin llegar a decir nada, y ambos continuaron en direcciones distintas: Pren hacia los heridos que ya empezaban a acumularse cerca del sector de carga, Salomón detrás de Tev, que ya lo esperaba unos pasos más adelante sin haber perdido de vista el fusil que llevaba entre las manos.
En el Trono, Andreus observaba el avance de la Balada hacia la puerta estelar a través de la Vidriera, la silueta de la estructura creciendo con cada minuto que pasaba, mientras los reportes de tripulantes rescatados seguían llegando por el canal general: ocho, luego doce, luego quince, un número que crecía sin que nadie supiera todavía si entre ellos estaba quien Andreus había esperado encontrar. Ragnar permaneció a su lado durante todo ese tiempo, sin hablar, con los brazos cruzados y la vista fija en el mismo punto que su hermano, ambos guardando un silencio que ya no era de estrategia, sino de algo más parecido a la espera.
—Diecinueve confirmados —anunció Corven, cuando la puerta estelar ya ocupaba la totalidad del campo visual de la Vidriera, un anillo de metal y energía tan vasto que hacía parecer pequeña incluso a la propia Balada—. Sin nuevos reportes de La Hoz en el sistema. La explosión que acaban de detectar los sensores corresponde a los restos de su casco.
Andreus no respondió de inmediato. Se quedó mirando la puerta, el destello blanco que empezaba a formarse en su centro conforme la Balada se aproximaba, y por un instante, algo en su postura pareció aflojarse, como si el peso que había sostenido durante todo el capítulo por fin encontrara un lugar donde depositarse. Fue entonces cuando sus piernas cedieron sin previo aviso, sin un solo sonido de advertencia, y su cuerpo cayó hacia adelante contra los escalones dorados que llevaban al trono.
—¡Andreus! —Ragnar se lanzó hacia él antes de que terminara de caer, atrapándolo a medio camino entre el trono y el suelo, sintiendo el peso muerto de su hermano contra el propio cuerpo con una fuerza que ningún combate anterior le había preparado para sostener. La sangre, que llevaba horas empapando los vendajes bajo la armadura, se extendió sobre el terciopelo gastado del escalón dorado, mezclándose con las manchas antiguas que ya decoraban la tela desde mucho antes de que ninguno de los presentes naciera.
—¡Pren! —gritó Ragnar, aunque el médico ya corría desde el otro extremo de la sala, dejando a medio atender al último de los rescatados de La Hoz—. ¡Necesito a Pren, ahora! —Ordénele que vuelva a la sala.
La Balada cruzó la puerta estelar en ese mismo instante, envuelta en el mismo destello blanco y azul que habían visto tragarse a docenas de naves antes que ella, dejando atrás el Sector Solance y el eco distante de una batalla que todavía no había terminado del todo. Ragnar no lo vio. Tenía la vista fija en el rostro pálido de su hermano, sosteniéndolo contra su pecho con la misma desesperación con que alguna vez había sostenido un hacha de energía en su nombre, mientras el resto del Trono se movía a su alrededor en una danza de órdenes, gritos y pasos apresurados que, por primera vez en todo el tiempo presente, no lograron captar del todo su atención.







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