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Agatha: La llamada del borde Capítulo 2: Adentrarse en lo desconocido

5 jul
39 min de lectura

De haber sabido lo que sucedería, no habría aceptado el trabajo. Aquella mañana en Hollis era tan rutinaria que habría pasado por alto cualquier riesgo de haber tomado la labor. En la parte del atrio de la estación, ya superaba el centenar de trabajadores que habían perdido alguna extremidad reparando las casas que conformaban la calle. Luego de la última revuelta contra el señor de la estación por la escasez de alimentos, limpiar la sangre, retirar los escombros y soldar nuevamente el metal de los techos se había convertido en la imagen misma de la cotidianidad, tan habitual como el zumbido intermitente de los conductos de ventilación, que llevaban meses fallando sin que nadie se tomara la molestia de repararlos del todo, dejando bolsas de calor estancado en algunos sectores y un frío seco y metálico en otros, según el capricho de la maquinaria.


Cada tanto, en la zona central, donde se erguía por lo alto la estatua del señor fundador, solían acercarse los bien mal llamados reclutadores. El nombre del fundador, así como su rostro, se habían perdido entre generaciones que ya no tenían motivo para recordarlo; ahora era solo una silueta de acero descuidado, cubierta de óxido en los pliegues de la túnica esculpida, donde los niños más pequeños solían sentarse a la sombra sin saber muy bien a quién rendían homenaje sin querer. Algunos de los que se acercaban a la plaza pertenecían a clanes mercenarios; otros a los Remaches, la banda que controlaba los sectores bajos de la estación con la misma eficiencia con que controlaba las deudas de quien trabajara en ellos; y cada tanto, de forma pareja, extranjeros en busca de tripulación para acompañarlos entre las estrellas.


La única diferencia entre esos dos últimos era que al menos uno garantizaba un plato de comida y un techo donde resguardarse del frío de los conductos dañados, mientras que el otro bien podía terminar contigo en quién sabe qué rincón del espacio, con un tiro en la cabeza a cambio de las pocas pertenencias que llevaras consigo. Pudo haber sido incredulidad, hambre o simple curiosidad, pero a esa hora terminó en aquella plaza para observarlo, como tantos otros.


Era un escuadrón de seis individuos, marchando con la cadencia uniforme de quien ha repetido la misma formación cientos de veces, con armaduras de exploración reforzadas en placas de plasticero, los rifles colgados al hombro con esa quietud que solo tienen las armas que rara vez necesitan ser usadas. Comparado con los fusiles que portaban los apaciguadores de la estación, que eran simples piezas viejas, recicladas y reparadas tantas veces que quien recibiera un golpe o disparo de la misma sería un milagro tanto sobrevivir a la herida como a la infección que provocaría la misma. 


No era la primera vez que veía un arma, y bien sabía que no era la única, pero con observarlos se preguntaba lo costoso que sería el mantenimiento de esas armas. Ni siquiera los contrabandistas de las Rutas de Polvo solían pasearse armados, aun sabiendo que, a diferencia de las otras facciones de la estación, eran de los que mejor les iba junto a los piratas y traficantes. 


De las armas paso a observar el equipamiento de los soldados; los cascos reglamentarios cubrían cada rostro. La única variante entre aquella fuerza sin identidad eran los pequeños distintivos de color en uno de los laterales, contrastando contra el blanco desgastado de las placas. Uno de esos hombres, quien portaba sobre los hombros una capa de un azul profundo que hacía difícil aceptar que aún existían colores más allá de los metálicos, mostraba un emblema de una torre rodeada por una escalera de libros bordada en hilo plateado. 


Este se adelantó hasta el centro de la multitud antes de quitarse el casco. Revelando un rostro curtido: sus ojos eran grises, que resaltaban junto a su cabello oscuro que le caía parcialmente sobre la frente, de ahí, la mirada pasó a la barba de pocos días del hombre junto a las leves marcas de quemaduras ya sanadas que recorrían parte de su mejilla izquierda, como si alguna vez el fuego hubiera estado demasiado cerca y él hubiera decidido no apartarse a tiempo.


— ¡A todos los presentes! — La voz del hombre resonó con la fuerza suficiente para imponerse sobre el ruido de la construcción, captando la atención de quienes caminaban a su alrededor. — Soy el oficial Seberian Xhentir, del tercer escuadrón de exploración de la nave La Balada de los Errantes, capitaneada por el capitán y señor de la misma, Andreus Von Tenerius.


Detrás de él, uno de los cinco hombres restantes alzó un estandarte del mismo azul que la capa de Seberian, donde el emblema de la torre y los libros volvía a repetirse, ahora ondeando sobre las cabezas de quienes empezaban a acercarse, atraídos tanto por la curiosidad como por el hambre. Pasando del rostro del hombre hasta el abanderado para luego volver al primero. 


— Buscamos voluntarios. — Continuó, dejando que el peso del nombre recién pronunciado se asentara entre la multitud, donde más de uno intercambió miradas sin atreverse a interrumpir. — Hombres y mujeres dispuestos a servir en nuestro grupo de exploración, sin importar oficio previo ni casta de origen. Quienes se enlisten viajarán con nosotros entre una y dos semanas, tiempo en el que recibirán instrucción, alojamiento y comida garantizada. — Levantó dos dedos al decirlo, como si la promesa necesitara prueba física para resultar creíble. — Quienes demuestren su valía durante ese tiempo, tendrán la oportunidad de pertenecer a la tripulación de La Balada. Quienes no, regresarán a esta estación con el pago de su peso en áureos, sin deuda ni obligación posterior.


Nadie aplaudió, porque en Hollis nadie tenía la costumbre de aplaudir, pero el silencio que siguió tuvo el peso de algo que se estaba considerando en serio. Los cinco hombres detrás de Seberian se pusieron firmes, formando una línea, y con un simple gesto de cabeza indicaron a quienes ya se acercaban que formaran fila para la entrevista. Fue entonces cuando Reth se acercó a su lado, sobresaltando a un ya incómodo Salomón que mantenía los pulgares puestos sobre el trozo de cuero que mantenía sus pantalones sujetos. Reth sonrió, mostrando una hilera de dientes amarillentos con espacios oscuros, producto de más de un turno de soldadura en el sector industrial de la estación. 


— ¿Vas a enlistarte? — preguntó, sin apartar la vista de la fila que comenzaba a crecer. 

Salomón no respondió de inmediato. Tenía la mirada fija en el estandarte azul, en cómo se movía con la corriente de aire reciclado que recorría el atrio. Preguntándose la última vez que había visto colores similares. Cuando el silencio fue suficiente, hablo de forma pausada, distante, producto del hambre y la fatiga: — No lo sé.


— Yo lo haría. — Reth se cruzó de brazos, aunque el gesto no logró ocultar el temblor de hambre que llevaba en la voz desde hacía días. — Y tú también deberías intentarlo.


— ¿Por qué? —Siguió sin ver a su compañero de soldadura al hablar, aun manteniendo la vista en los colores. 


— Si lo has olvidado, aquí no hay nada. Los Remaches solo dan trabajo si ya les debes algo, y lo poco que no se queda el Gremio Gris, termina en manos de la Horda Carmesí, y esos no preguntan antes de disparar. —  Hizo un gesto de negativa con la cabeza antes de verse los dos dedos faltantes de una mano, producto de un disparo de uno de aquellos piratas que lo habían atacado por simple aburrimiento. — Una pena, incluso Chordy perdió a uno de sus hijos por el hambre esta semana. Ya no hay para tragar aquí. 


— Ir al espacio sería peor, podría salir mal. Salomón bajó la vista a sus propias manos, que, en comparativa con las extremidades faltantes de su compañero, las suyas estaban repletas de callos y cicatrices de años cargando el metal y soldando techos producto de explosiones, caídas o accidentes durante las revueltas. — Al menos aquí sabes que hay algo; allá afuera no.


— Si sigues con esa actitud, no llegarás a viejo aquí; además, ¿cuándo fue la última vez que comiste algo? — Reth se encogió de hombros al decirlo antes de señalar a la fila que cada vez más crecía en el atrio. — Se puede intentar; si no, no hay nada más que hacer por hoy. No creo que el bar abra luego de lo de anoche.


— Fue un accidente.


— Golpeaste a un hombre.


— Estaba molestando a Octavia. 


— Ya, como si la bartender que le da de beber a media estación estuviera desprotegida. ¿Acaso viste que encontraron el cuerpo del tipo en los barrios bajos? 


Salomón bajó la mirada con cierta vergüenza al oírlo. Llevaba tanto tiempo en la estación que poco o nada alcanzaba a recordar de la vida que tuviera antes de quedar abandonado en la misma, aunque solía mantener la idea de apoyar aun si terminaba traicionado o golpeado, se rehusaba a abandonar la poca humanidad que le quedaba a favor de la supervivencia, siendo el mismo motivo por el que Reth le dio un golpecito en la espalda antes de dar un paso al frente.


— Puedes quedarte aqui pensando en lo que quieras, al menos yo voy a intentarlo.


— ¿Y si mueres? — La pregunta fue más una súplica que un intento de detenerlo, cosa que poco pareció importarle al obrero.


— Si es el caso, al menos podré morir habiendo comido algo primero. — Volvió a mostrar la hilera amarillenta de dientes antes de formarse.


Salomón miró a su alrededor, desde la casa del señor de la estación, que se encontraba sobre el atrio, una mansión de metal y luces cálidas, hasta el otro extremo de la plaza, donde una hilera de puestos construidos uno sobre otro ocupaba el lugar de lo que alguna vez fue una sección de carga de la estación. Abrió y cerró las manos antes de buscar un puesto en la fila sin más que hacer; años de trabajo de un lado al otro, le habían hecho conocer la estación con la misma seguridad de las cicatrices en cada palma de sus manos, las mismas que cada tanto llegaban a dolerle a causa del esfuerzo. 


No podía evitar recordar el peso en sus manos, tanto del esfuerzo ante el trabajo como del dolor luego de lanzar un golpe, aunque en ese momento derivaba al peso de una vida que no era la suya. Si tenía que luchar, lo hacía de la misma forma que tuviera que soportar cualquier dolor con tal de llegar al final del día. Sin siquiera importarle los otros. Podía recordar los rostros de sus compañeros, de los obreros igual que el, que mantenían una expresión ausente durante el trabajo, solo para, al final de la jornada, dejarse ganar por el dolor antes de caer al suelo en una súplica por el fin. No del trabajo, sino del hambre, del silencio, de la pesada carga de vivir sin sentido.


Habría aceptado mucho tiempo atrás la idea de morir; había visto cuerpos antes, y no le sorprendería encontrar su final tan abrupto como su vida. Pero a diferencia de otras tantas veces que habría decidido detenerse, en busca de que todo terminara o comenzara nuevamente, en ese caso, fue distinto, cuando la carga que llevaba no era la de su vida, sino una ajena. Una que, con cada paso que daban, alejándose de la bahía, gemía de dolor antes de soltar uno que otro insulto. Andreus respiraba con dificultad a su lado, de la misma forma que obreros hacían luego de haber caído de una gran altura, impidiendo su trabajo porque una parte de sí se había quebrado.


De ser en la obra, el gemido de dolor sería solo una melodía más, pero en ese espacio, era un recordatorio de vida, de la misma por la cual intentaban continuar avanzando, aun cuando el silencio de la muerte se acercaba con cada segundo, y que no los dejaría en ningún momento de la misma forma que el  cuerpo de Harren, que seguía flotando alrededor de ellos en el espacio sin gravedad, girando despacio con el rostro todavía sorprendido, como si la muerte lo hubiera tomado antes de que pudiera estar de acuerdo con ella.  


Salomón no había visto el momento exacto, pero sí lo que quedó después: el oficial interponiéndose entre la garra y Andreus, el sonido que no era el que uno esperaría, sino algo más parecido al metal cediendo bajo presión, y los dos pedazos de lo que había sido el oficial comenzando a flotar en direcciones opuestas, con la misma forma e indiferencia que otros tantos objetos a su alrededor antes de pertenecer al espacio, de no ser por el hilo de sangre que aún conectaba ambas extremidades. Andreus había caído de lado contra el suelo cuando aquello sucedió, con el costado derecho inutilizado por el impacto que sí lo había alcanzado antes de que Harren se interpusiera, y de no haber sido por Salomón, que llegó antes de que la criatura redirigiera la atención, el resultado habría tenido el mismo aspecto que los dos pedazos del oficial perdiéndose en la oscuridad. 


— ¡Hay que irnos! — gritó Salomón al llegar, tomando el brazo del capitán para alzarlo del suelo antes de que cualquiera de los dos pudiera detenerse a procesar lo que acababan de ver.


Kael cubrió la retirada. Una vez ambos comenzaron a retirarse, el guardaespaldas mantuvo la cadencia de disparar en intervalos de ráfagas cortas con el fusil láser, mientras retrocedía paso a paso sin apartar los ojos de la criatura, con los impactos del láser dejando marcas oscuras en las placas del torso que la máquina ignoraba, como si fueran meros efectos decorativos en su forma, en la medida que continuaba avanzando y acortando el espacio entre ella y sus objetivos.


Siguió disparando hasta que Salomón y Andreus llegaron al pie del muro de acceso, y fue entonces cuando dio media vuelta y corrió, que fue exactamente lo que la criatura estaba esperando; en un simple gesto, el brazo con la hoja salió en un arco lateral que no necesitó precisión a esa distancia, y Kael terminó contra el muro con suficiente fuerza para que el metal cediera en el punto de impacto, quedando suspendido ahí de la misma forma que Nikell antes que él, dejando en el acero una mancha rojiza y oscura que el espacio sin gravedad no tardó en dispersar. 


De no haber sido por los insultos continuos de Boran en su lengua, cuyo tono no necesitaba traducción para entenderse, habrían perdido tiempo deteniéndose ante la segunda muerte del momento. La voz llegó desde arriba, desde el mismo agujero que habían usado para entrar, donde Boran se asomaba con un brazo extendido y la otra mano aferrada al borde, gritando en Teserio algo que por el contexto solo podía ser una instrucción de moverse. Primero subió a Tev, quien se impulsó con la naturalidad de quien lleva toda la vida moviéndose en espacios donde la gravedad es una sugerencia, y una vez arriba, los dos extendieron los brazos hacia Vael; ella llegó al borde, los miró, miró el agujero, miró el muro que la separaba de la criatura, y sin mediar más deliberación saltó al suelo del otro extremo por su cuenta, dejando en lo alto a Boran y a Tev quienes no sabían cómo asimilar el actuar de la joven. 


— No voy a morir por un lastre. — Fue lo único que se escuchó de ella antes de comenzar a cruzar la viga. 


Las mismas palabras recibieron tanto Andreus como Salomón al llegar al muro, donde Essa los esperaba sin haber dicho nada; entre ella y Salomón sostuvieron a Andreus desde abajo mientras Boran tiraba desde arriba, y el ascenso fue lento y costoso en la medida en que Andreus intentaba contener lo que le costaba sin terminarlo de conseguir, hasta que Boran lo empujó hacia el otro lado y cayó con dificultad sobre el suelo del extremo contrario. Donde Tev lo esperaba con expresión ausente, antes de ayudarlo a ponerse de pie, antes de señalar la viga con la cabeza.


— Mi señor, ya casi. Tenemos que llegar al otro extremo.


— Primero tú. — Andreus llegó al borde y se detuvo ahí, con una mano apoyada sobre el hombro del joven y con la mirada puesta en el espacio en que estaban, entre la viga que separaba los dos extremos y en la oscuridad del vacío que aguardaba una caída. — Si paso yo los retrasaré, y no sabemos qué hay más adelante.


— Pero, mi señor.


— Es una orden, Tevye. Si algo sucede, necesito que le informes a la nave, ¿entendido? 


El muchacho cedió ante el tono, luego de intentar replicar, pero nada de lo que dijera sería suficiente para que Andreus avanzara. Y, ante la orden, el joven terminó dejando a un lado al capitán antes de comenzar a pasar sobre la viga, en la cual terminó tambaleándose unos segundos antes de tomar ritmo en lo que se repetía que no debía ver hacia abajo. En contraparte, Andreus cedió ante el dolor y se arrodilló en el borde del abismo, con una mano en el costado y la otra buscando la funda de la pistola con un gesto que podría haber pasado por precaución si Salomón no lo hubiera visto en el momento exacto en que ocurría una vez que llegó a su lado. Llegó de un salto al lado del capitán, se tambaleó un segundo antes de recuperar el equilibrio, y desvió la mirada hacia Boran, que desde la esquina superior del agujero gritaba el nombre de Essa con una urgencia que no necesitaba traducción.  


— ¡Vamos!


Ninguno de los dos alcanzó a ver lo que ocurrió al otro lado, pero el silencio abrupto de Boran les dio la respuesta antes de que pudieran formularla; el hombre se dejó caer al suelo junto con el cuerpo de Essa, desde el cual un hilo de sangre emergía desde el torso y se dispersaba lentamente hasta alcanzar el metal de la nave, en un hilo carmesí que se cristalizaba ante ellos. Todo, durante el momento en que, al tocar el suelo, Boran llevó una mano hasta la herida de su hermana y comenzó a hablarle en Teserio con esa cadencia baja y continua de quien no habla para ser respondido, sino para que alguien escuche. No hacía falta entender las palabras para saber lo que eran.


Habrían querido un momento para asimilarlo, pero la bahía no se los ofreció; el muro comenzó a hundirse primero en la parte izquierda, luego el movimiento se extendió hacia el centro y después hacia la derecha, anunciando que pronto la muerte se encargaría de entrar a la sala; de un modo u otro y sin importar lo que hicieran, sería un hecho. El mismo que captó la atención de Andreus desde el suelo. 


— La maldita cosa va a destruir la pared. — Andreus lo masculló mientras intentaba ponerse de pie.


— ¿Qué hacemos? — La pregunta de Salomón emergió de él como emerge el aire cuando algo lo comprime desde afuera, y al mismo tiempo buscó con la mirada el MK144 que había dejado en algún punto del trayecto cuando necesitó ambas manos para sostener a Andreus, encontrándolo ausente con esa sensación específica de quien busca algo que ya sabe que no va a encontrar.


— Movernos o morir. — La voz de Andreus era la de alguien que gestiona el dolor al mismo tiempo que piensa; se puso de pie, apoyó la mano en el hombro de Salomón, y lo miró. — Así que es momento de que me digas algo.


Salomón no respondió de inmediato, manteniendo la mirada en el agujero que la criatura seguía ampliando con la guadaña, extendiéndolo de fisura a grieta con la paciencia de algo que no conoce la fatiga, antes de que el cuarto golpe sacudiera el muro entero y permitiera ver por la abertura la silueta de la máquina moverse al otro lado. Fue entonces cuando Andreus volvió a hablar, y esta vez el tono tenía algo diferente, una determinación amarga en el fondo que hizo que Salomón lo mirara a los ojos por primera vez desde que habían llegado al muro.


— ¿Va a huir o ayudarme?


En el azul de los ojos del capitán había algo que Salomón reconoció sin poder nombrarlo del todo, algo que había visto antes en el espejo de los baños del sector industrial durante los turnos nocturnos, cuando el cansancio superaba cierto límite y las preguntas que uno no quería hacerse empezaban a tener más peso que las respuestas disponibles. Pasó la mirada hacia Boran, que seguía en el suelo junto a Essa recitando algo en su lengua sin levantar la cabeza, y luego la bajó hacia la pistola que Andreus sostenía con el tipo de agarre que no es el de quien apunta hacia afuera, el metal tan oscuro que parecía absorber la poca luz que quedaba en la sala. La criatura metió la garra por el agujero y comenzó a abrirlo desde adentro.


Salomón pensó en las manos, en las cicatrices, en los años de trabajo sin nombre ni destino, en esa presencia constante que nunca terminaba de llegar, pero tampoco se alejaba, que se sentaba a su lado en los turnos largos con la misma quietud con que ahora Boran sostenía a su hermana. Pensó en Reth mostrando los dientes amarillentos antes de ponerse en la fila. Pensó en todo eso, y luego dejó de pensar. Antes que sus labios se abrieran y su cabeza negara. Aunque las palabras salieron antes de que terminara de decidir si eran ciertas.


— No quiero morir, ni usted tampoco.


No podía saber con certeza si lo que había dicho era una verdad o una decisión tomada en el instante de pronunciarla, pero sí pudo observar la forma en que la expresión de Andreus se suavizó apenas, como si algo que había estado tenso encontrara un punto donde apoyarse, y el agarre sobre la pistola se aflojó de una manera tan pequeña que de no haber estado mirando no lo habría notado. Era evidente que, de haber dicho otra cosa, el silencio que habría seguido habría sido el de dos voces más añadiéndose a todos los silencios que ya poblaban la bahía.


Lo que siguió no fue agradable para ambos, puesto que no había forma de cruzar la viga de forma digna. Ambos compartieron una mirada antes de apoyarse para avanzar al mismo paso hasta que el camino los obligó a ir uno delante del otro. Andreus avanzó primero, con paso lento, sostenía su costado con una mano, en lo que empleaba la otra en un intento de mantener la coordinación. Detrás del mismo, Salomón caminaba con la mirada fija al frente, incapaz de haber apagado el comunicador del grupo, con cada paso que daba, podía escuchar los lamentos de Boran que decoraban el paso con su dolor. Llegando a preguntarse cómo Andreus era capaz de continuar hacia adelante e ignorar el dolor ajeno. 


Detrás de ellos, el muro seguía cediendo, y no necesitaban mirar para saberlo. Los golpes llegaban a través del metal de la viga como una vibración baja y constante que subía por las suelas de las botas y se instalaba en las rodillas, recordándoles con cada sacudida que el tiempo que les quedaba no era una abstracción, sino una medida física y concreta, tan real como el vacío que aguardaba debajo de sus pies. Andreus no aceleró el paso porque acelerar significaba perder el equilibrio que con tanto cuidado estaba manteniendo, y Salomón tampoco, porque si Andreus caía, lo haría encima de él, y esa era la clase de pensamiento que uno prefería no completar mientras estaba a mitad del recorrido.


Recordándole el mismo ejercicio de cuando debía soldar en las alturas las chabolas de los sectores bajos de la estación. Donde la única diferencia de ese entonces al ahora era que, al menos con el equipo de soldadura, se sentía más protegido que con la armadura. Continuaron el trayecto hasta estar tan cerca para visibilizar al nacido del vacío; Tev extendió una mano para hacerles un gesto antes de que su voz pudiera sonar por el comunicador: — Ya casi llegan. — Su voz era una mezcla de alivio y angustia antes de quedarse en silencio. 


Fue entonces cuando los lamentos cesaron luego de que una sola palabra pudieran identificar. “Essa”, pronunció Boran antes de que el canal se convirtiera en una melodía agonizante que duró unos segundos antes de que lo último que escucharan fuera un gorgoteo. La reacción de Tev, quien dio un paso atrás antes de girarse para ocultar su rostro, evidenciaba que no deseaban presenciar lo que hubiera pasado. Andreus continuó el último tramo, ante un absorto Salomón que no pudo evitar la culpa que comenzaba a nacer en su interior, junto con las preguntas de si debieron de haber hecho algo, al menos de intentarlo. Pero fueron las palabras ajenas las que le hicieron continuar: — Ya había muerto una vez que la perdió a ella. — El tono de Andreus fue indiferente, sin siquiera girarse para observarlo, antes de dar un paso adelante.


Llegaron al último tramo cuando la criatura entró a la sala. Las vibraciones del suelo, producto de la violencia de los golpes, cesaron y, por un segundo, la nave pareció volver a lo que era en un inicio, un gran trozo de metal flotante sin vida en su interior. Pudieron sentir un leve alivio al no percibirlo, hasta que un estruendo que hizo temblar el suelo nació desde la parte trasera hasta llegar hasta ellos, llegando a ejercer la suficiente presión para que las piernas de Salomón cedieran y terminara arrodillando la pierna izquierda: — ¿Qué mierda? —preguntó por el canal de comunicaciones en la medida que las vibraciones subían por su cuerpo hasta alojarse en su pecho en un fuerte punzón. 


Sin dudarlo por un segundo, se apresuró para empujar a Andreus sin avisarle, provocando el insulto del capitán al percibir cómo ambas manos del hombre lo levantaban por el aire unos centímetros suficientes para caer lo suficientemente cerca del borde, donde Tev se lanzó al suelo para acortar la distancia y tomarlo, permitiendo la llegada del capitán al otro extremo con más velocidad de la que sus costillas habrían preferido, siendo recibido por Tev que lo tomó del brazo antes de que el traspié se convirtiera en caída.


Dejando solo a Salomón en la viga. Quien observó hacia delante el improvisado rescate del capitán, quien de a poco se levantaba en medio de un leve gemido de dolor. Solo entonces, los presentes pudieron respirar antes que la viga cediera y comenzara a tambalearse con la suficiente fuerza para anunciar que pronto caería y con ello, al único ocupante de la misma, quien terminó cayendo ante el movimiento y terminar con el pecho sobre el metal antes de aferrarse con ambas manos en los extremos. 


Los tres volvieron a respirar una vez la viga dejó de moverse y observaron el otro extremo de la misma, donde la criatura había colocado dos de sus seis patas sobre el metal, obligando a que este se doblara ante el peso de la criatura. Quien intentó volver a avanzar, pero solo ejerciendo mayor presión, que se transformó en una nueva vibración que anunciaba el quiebre del metal: — Mierda, ¡Por la mierda de un Raatkk! —vociferó el hombre antes de terminar dándose un breve golpe en la cabeza por el temblor. Salomón no tuvo que observarlo, para comprender que debía moverse, aunque sus extremidades parecieron no reaccionar. De la misma forma que Andreus observaba cómo la criatura hacía su siguiente movimiento, el cual no fue un intento de cruzar, sino algo diferente: levantó el brazo con la hoja y lo descargó contra el punto donde la viga se unía a la columna de soporte del lado opuesto, y el golpe produjo una vibración que sacudió toda la estructura de una forma que ocasionó que el hombre volviera a golpearse una vez más, ahora, llegando a escupir dentro del propio casco y manchando parte del mismo. 


— Salomón. — La voz de Andreus llegó por el canal con el tono de quien da una orden sin llamarla así.


Ante ella, Salomón no intentó ponerse de pie, solo se obligó a sí mismo a arrastrarse, abollando la armadura, que llegó a rechistar ante el trato otorgado, al son de los golpes de la criatura que no dejaron de llegar, uno tras otro, causando nuevos y demoledores estruendos que solo empeoraban la situación con cada metro recorrido. Lo cual hizo que, al llegar a las últimas distancias, hiciera algo que bien mal podría llamarse arrastrarse, cuando tuvo que impulsarse torpemente para avanzar, en especial cuando el último golpe cayó y con ello, la viga cedió. 


Lo que en su momento era un punto de unión, ahora se había desplazado para dejar de ser horizontal y convertirse en una pendiente que bajaba hacia el vacío y no hacia el corredor. Con las rodillas en el metal y las manos en los bordes, no hizo otra cosa que intentar moverse. El corazón no dejaba de latir al son de cómo el casco se empañaba por su respiración, y una sensación de asfixia se cerraba sobre su garganta en cada movimiento que hacía, por mínimo que hiciera. En especial cuando el vacío llegaba a respirarle en la nuca, sin considerar su bienestar por un segundo, se aventuró a apoyarse en las piernas, en soltar las manos y emplear el impulso para saltar, en un intento de alejarse del silencio que le envolvía alrededor, junto con las líneas frías del vacío que llegaban a abrazarlo en espera de su caída.


Durante lo que podía asegurar que fue una eternidad, no hubo nada que lo sostuviera. Ni el vacío, ni la gravedad, ni siquiera la conciencia de sí mismo. Había hecho el mismo salto años antes, cuando tuvo que saltar de un edificio a otro, antes que las llamas terminaran de consumir parte del sector industrial de la estación. En aquellos días, varios trabajadores habían fallecido a causa de las llamas, igual que otros tantos que intentaron escapar antes que él, solo para saltar a una muerte antes de sentir el dolor de quedarse. Pensó en esos hombres, en cómo los volvería a ver una vez el espacio lo tragara; pero esa idea, igual que otras tantas, quedó en recelo cuando una mano lo tomó de la muñeca y otra del cuello de la armadura antes de darse un golpe con la parte baja del muro, que le hizo volver en sí.


Tev gruñó algo antes de tomarle la otra mano, seguido de Andreus, quien no soltó el agarre por ningún momento, hasta que, entre los dos, lo sacaron de la nada una vez que la viga terminó de separarse de la columna, antes de emprender su viaje en la oscuridad, donde la ausencia de sonido hizo que la estructura quedara en el olvido del sentido, sin llegar a percibir si tocaba el fondo. Salomón observó el vacío antes de ser arrastrado hasta el borde y de ahí hasta el suelo del corredor; solo en cuanto tuvo algo en lo que apoyarse, pudo respirar.


Los tres se quedaron en el suelo del corredor un momento, apoyados contra la pared del lado opuesto, oyendo entre el canal compartido las respiraciones de todos. El espacio parecía encogerse entre cada respiración antes de que uno pudiera reaccionar ante el resto. Siendo Tev quien, al intentar recomponerse, pudo observar la criatura al otro lado. De tener rostro, ojos o incluso un implante o punto iluminado que pudiera considerar una mirada, estaría seguro de que los observaba, pero ante la ausencia de rostro o de cualquier cosa similar, la sensación de que veían una simple estatua sin más llegaba a incomodarle más que la idea de la muerte que ocasionaba.


La criatura mantuvo la misma posición por mucho tiempo, sin llegar a reaccionar, sin moverse o hacer cualquier gesto; tan solo, se quedó ahí. — ¿Está... quieta? — La pregunta de Tev era una expresión de confusión igual que su rostro. Al cual se sumaron Andreus y Salomón, siendo este último el que se llevó una mano al casco para tocarlo en un intento de percibirse a sí mismo.


— Debemos de movernos. —Gruñó Andreus una vez se puso de pie.


— ¿Qué hay de esa cosa? ¿Y si nos sigue? —Salomón comenzó a palparse cada extremidad, como si necesitara asegurar que todo seguía ahí.


— No hay otro camino. —Añadió Tev manteniendo la mirada en la criatura. —Está atrapado.


Ninguno necesitó decir algo, tampoco quisieron hacerlo, una vez que uno en uno se preparó para avanzar, sin dejar de lado, la sensación de que aquella cosa, los observaba aun si no tenía ojos, que los percibía de alguna forma. Aun cuando se alejaron en el interior del pasillo de servicio, la cosa no se movió, mantuvo su posición hasta que la luz se ahogó y volvió a reinar la penumbra que la envolvió. Si llegó a moverse, ninguno quiso saberlo.


El trayecto duró poco una vez que Andreus se detuvo en cuanto su comunicador intervino. Vibrando con la insistencia de algo que lleva tiempo intentando sin recibir respuesta. Observo a sus acompañantes antes de hacerles un gesto para que continuaran avanzando, en lo que el capitán se detenía para activar el comunicador antes de buscar un punto de apoyo en una pared cercana para descansar parte de la postura. La voz que llegó del otro lado tenía la calidad específica de una comunicación de largo alcance y el tono de quien está dando un reporte que preferiría no dar.


—Comandante. Gracias al exaltado por responder. — La voz de Corven llegó limpia, pero con ese peso particular de quien mide cada palabra antes de soltarla. — Llevamos diecisiete minutos intentando establecer contacto con su grupo. La lanzadera ya va en camino a sus coordenadas junto con un grupo de asalto. El tiempo estimado de llegada, es de nueve minutos.


— Es una buena noticia. — Andreus respondió con pesadez, casi de forma distante, en cómo observaba a sus acompañantes continuar avanzando un par de pasos hasta buscar un punto para descansar.


— ¿Se encuentra bien? Los datos de la transmisión indican una disminución de su ritmo cardíaco.


— Ha sido una experiencia difícil, pero mi salud podrá ser tratada una vez en la nave; necesito saber qué ha sucedido en el exterior.


— Se ha registrado la entrada de cuatro naves desconocidas sin una clasificación de categoría. — Si Corven decidió ignorar el comentario de Andreus en cuanto a su salud, o solo lo aceptó antes de continuar, el comunicador no indicó interés en su tono al hablar. — El senescal Ragnar ha ordenado a todos los oficiales presentes en el puente de mando que tomen posiciones. Fue necesaria la intervención de la timonel Verenne junto al oficial de ingeniería y disciplina interna de la nave, para evitar la salida de su... hermano, para ir en su búsqueda.


— ¿Por qué lo impidieron?


— De permitirle la retirada, la cadena de mando quedaría en los oficiales principales del navío. La timonel Verenne, la factótum Adrali y mi persona como principales encargados; de ahí derivaría en el apoyo del oficial de ingeniería y el maestre de disciplina y control de la nave junto con los auxiliares de...


Después de la tercera parte del informe, Andreus terminó por ignorar parte de la información sobre el sistema de autoridad de apoyo y sus respectivas áreas auxiliares, cuando lo único que pensó era en su hermano. Aun entre amenazas e insultos, la lealtad de Ragnar era suficiente para recordarlo porque había hecho el sacrificio por él, y aun ante eso, agradecía saber que seguía al tanto de su persona. Al menos, en idea, porque si lo viera con la herida en el costado, estaría seguro de que primero lo insultaría otra vez antes de mostrar cualquier signo de preocupación por su bienestar.


— Comprendo. — Asintió al responder, aunque sin saber por qué hacía el gesto. — ¿Algo que deba saber antes?


— Nada de lo que deba de preocuparse; los oficiales ya se han encargado de los asuntos menores del navío. Esperamos su pronto regreso.


— Corven.


— ¿Sí, capitán?


— En cuanto lleguemos, quiero que prepare un funeral. — Andreus observó a sus dos nuevos acompañantes, quienes parecían listos para continuar avanzando. — Presencié las bajas de al menos la mitad del segundo grupo de exploración; se desconoce el actual paradero del tercer grupo a cargo de Sohoo y del primero a cargo de Matta. — Hizo una pausa que llegó a extenderse un tiempo considerable. — Prepárense para obtener mayores informes de bajas y, cuando lleguemos a la lanzadera, necesito que la bahía médica esté lista para recibirnos. — Se llevó una mano al costado, considerando cuánto había empeorado la herida. — He informe a la timonel que mantenga posición defensiva hasta confirmación de embarque, y que, si las naves desconocidas atacan antes de que estemos a bordo, La Balada tiene autorización para responder con fuego completo sin esperar instrucción adicional. ¿Entendido, Corven?


Del otro lado llegaron dos segundos de silencio que valían más que cualquier respuesta apresurada, seguidos de un tono afirmativo: — Entendido, comandante —, pronunciado con la sequedad de quien acaba de recibir una orden que implica dejar a su capitán atrás si las circunstancias lo exigen, y ha procesado ese hecho y ha decidido que no es el momento de cuestionarlo. Andreus cerró el canal sin añadir nada más, evitó considerar el cansancio, ni siquiera permitirse un momento para pensar en los muertos, puesto que ellos no lamentarían su muerte.


Al momento de regresar con el grupo, el avance fue apresurado, como un consenso de que deseaban salir cuanto antes de ese asfixiante lugar a como diera lugar, un mismo pensamiento que fue compartido cuando llegaron al final del corredor, donde encontraron a Vael  en cuclillas frente a un acúmulo de paneles desprendidos del techo que bloqueaban parcialmente el paso, apartando los más pequeños con ambas manos y usando el hombro para empujar los grandes, con la eficiencia pragmática de alguien que ha decidido que si va a sobrevivir, lo hará sin esperar que nadie le ayude porque esperar es lo que hacen los que no regresan.


Los oyó llegar gracias al comunicador de girarse, y cuando lo hizo y los vio, su expresión no fue de alivio ni de culpa, sino de algo que no terminaba de ser ninguna de las dos cosas, ese punto intermedio que Salomón reconoció como la cara de quien sabe exactamente lo que hizo y ha decidido que no va a disculparse por ello, pero tampoco puede ignorar del todo que los está mirando a los ojos. Los observó a los tres de la misma forma que ellos a ella.


— ¿Y bien? — Hablo luego de que las miradas comenzaran a tornarse insoportables.


— Lo discutiremos luego. — Andreus movió la cabeza antes de hacerle un gesto a sus acompañantes. — ¿Podrían ayudarla, por favor?


Tev entrecerró los ojos, pero accedió de mala manera, en comparativa con la de Salomón, quien no reaccionó de ninguna forma más allá de dar un paso al frente hasta estar cerca del panel que ella había estado intentando mover. Y empleando la fuerza de años de trabajo forzado y gracias a la ausencia de gravedad, pudo desprender el panel atascado para dejarlo a un lado, llegando a alejarse de ellos con el movimiento. Luego observaron los siguientes paneles: objetos metálicos, mesas, sillas y demás elementos que bloqueaban el paso, y uno en uno comenzaron a despejar la vía.


Salomón tomaba los más grandes al moverlos; Tev y Vael apoyaban con los costados e intentaban evitar que los restos terminaran volando alrededor de ellos cuando los apartaban. Cuando el camino quedó despejado, pudieron verlo antes que las comunicaciones se activaran: un destello amarillento seguido de uno rojizo en dirección contraria; para después que las comunicaciones se activaran y una maraña de voces dispersas, órdenes entrecortadas, gritos e insultos sonaran al unísono.


Vael observó el corredor iluminado por los destellos para después dirigir su vista hacia Andreus, y luego volver al frente sin comentar nada: — ¿Qué hacemos, capitán? —preguntó Tev al acercarse al corredor. Acto seguido, también Salomón, aunque el rostro oscurecido del hombre por la falta de luz no ayudó a distinguir si compartía la idea de ir por ese camino o de trazar otra ruta.


— La muerte está allá. — Asintió Salomón luego de ver otra ráfaga de destellos.


— Es la única forma de volver a la nave. — Andreus dio un paso al frente, con la pistola desenfundada. — Si queremos salir de aquí, será mejor que avancemos.


— Debe de haber otro camino. —Intervino Vael al negar con la cabeza. — Moriremos si vamos.


— Igual que si nos quedamos. — Las palabras de Tev eran extrañas al decirlas, con un acento que solo pertenecía a las cubiertas inferiores de la nave.


Sin esperar palabra, Andreus fue el primero en dar un paso al frente, adentrándose en la oscuridad con arma en mano y costado herido, si le siguieron después o se mantuvieron en el corredor, no quiso saberlo. Conforme más se acercaban, eran mayores las interferencias en el canal de comunicación, seguidas do de los destellos provenientes de las armas láser de los soldados, los cuales, luego de varios minutos en la penumbra, llegaron a observarlo en acción.


La sala que se abrió ante ellos con la brusquedad de algo que no da tiempo para prepararse. No era el comedor que el plano de la nave habría descrito en condiciones normales, con sus mesas de aluminio y sus filas ordenadas y su capacidad para alimentar a cientos de personas por turno, sino la versión destruida de ese espacio, donde las mesas habían sido volcadas y apiladas unas sobre otras para formar barricadas irregulares que dividían la sala en dos mitades desiguales, y donde la única fuente de luz constante eran los destellos dorados y rojizos que se extendían de un lado al otro.


Detrás de las barricadas, se encontraba Matta la Gris, con una pistola láser de color verdoso, tono característico de las VDF47 para los oficiales. de exploración. La armadura de la mujer era de un tono gris igual que su apodo, con delineados verdosos en los costados. Detrás de la figura de ella, se encontraba una gran apertura en el casco de la nave, donde era un milagro no terminar volando hacia el espacio de no ser por las botas magnéticas de las armaduras; cada tanto, en medio de la orquesta iluminada de láser, la habitación se oscurecía cuando trozos de la nave tapaban la apertura, negando la luz de las estrellas. Era en esos momentos, donde las palabras: — “Mantener la puta formación y no os expongáis” — resonaban con mayor fuerza por los canales de comunicación.


Porque, al otro lado de la sala, de donde la oscuridad de la nave se extendía, emergían criaturas sintéticas de apariencia humanoide; pero sin ningún detalle que las hiciera semejantes a un ser vivo. No poseían rostro ni nada similar, solo una superficie lisa donde deberían haber facciones. Sus articulaciones eran demasiado amplias para ser naturales; incluso cada uno, en lo que debería ser su antebrazo, se alzaba un arma que lanzaba destellos dorados en intervalos regulares que, con el orificio que solían dejar en la armadura de los cuerpos que flotaban en la sala, era sin duda, algo a temer.


Y, cada que estaban a la distancia cuerpo a cuerpo de los soldados, el arma desaparecía dentro del antebrazo en un movimiento hacia arriba y en la parte posterior del antebrazo se desplegaba una hoja metálica sin reflejo y tan delgada que su única función no era la de intimidación, sino de perforación, asegurándose de que cada estocada generara la muerte o la posibilidad de que el soldado falleciera por la fuga en el traje.


Con cada muerte que se apilaba, las órdenes de Matta se volvían más desesperadas, ordenando a los soldados ceder terreno ante las máquinas en un intento de preservar las vidas suficientes hasta la llegada de su rescate. Coordinando el fuego de supresión entre señas y palabras que llegaban antes que el disparo: — Flanco izquierdo, ¡flanco izquierdo! —ordenaba cuando las máquinas llegaban a las barricadas y con ello, sumaban una nueva decorativa al espacio entre sangre y metal. Creyendo haber retrasado el asalto de las máquinas, consideró la orden de avanzar, hasta que vio llegar al capitán y sus acompañantes por el umbral de la puerta. No fue necesario saber qué reacción tuvo ella, cuando su orden salió antes que los soldados se dieran cuenta.


— ¡Protección al comandante!


Varios soldados se miraron entre ellos confundidos, hasta que pudieron percatarse de la presencia de Andreus, siendo motivo para que dos de los soldados más cercanos a la entrada se reposicionaran sin cuestionarlo. Comenzando un intercambio de disparos con la nueva oleada de máquinas que comenzaban a aparecer por los diversos puntos de apertura de la sala, emergiendo no solo de las entrañas de la nave, sino de los agujeros del techo y del suelo de la misma.


Lo que siguió ocurrió en el espacio entre una orden y la siguiente. Vael entró a la sala con esa decisión de quien ha esperado demasiado tiempo en un corredor y ha decidido que cualquier cosa es mejor que seguir esperando. Sin medir palabra, comenzó a correr, cruzando el espacio abierto entre la puerta y la primera barricada con la pistola ya desenfundada y la cabeza baja, disparando hacia los sintéticos sin detenerse. De forma desesperada, en un intento de llegar al siguiente punto seguro entre disparos.


— Vael, ¡detente! —gritó Salomón al observarla correr.


— ¡Ni loca dejaré que me maten por esperarlos! —anunció ella en medio de un intercambio de disparos contra una de las máquinas, generándole tres perforaciones, dos en el pecho y una en donde debería ser la frente de la criatura.


Puede que fuera el orgullo; o la desesperación que lleva al descuido, porque, cuando había terminado de cruzar la mitad de la sala, llegando a la primera barricada, fue cuando se detuvo, luego de que un destello dorado le alcanzó primero el costado derecho; de forma limpia le atravesó de un lado al otro. Ni siquiera se dio cuenta del dolor, tampoco reaccionó cuando el segundo disparo salió de las entrañas de la nave; primero quebrando el cristal del casco de exploración antes de tocarle la frente y alojarse en el medio.


El cuerpo de Vael, se unió al coro de almas que se alejaban del suelo para unirse al mar de cuerpos que decoraban el techo. Sin ceremonia, ni palabra alguna. Tan solo floto, como si se hubiera desprendido de cualquier carga que tuviera en vida, pareciendo más ligera, incluso serena al flotar. Todo ante la atenta mirada de Salomón, que se había detenido al ver la escena. Habían sido pocas las palabras que intercambió con ella; poco sabía y poco recordaría de la mujer que se elevaba hacia la penumbra, pero no por menos, el impacto fue menos doloroso de asimilar.


— ¡Muévase! —ordenó Andreus cuando empujó a Salomón, haciéndolo tambalear y caer al suelo, evitando que él compartiera el mismo destino que su antigua compañera.


Salomón alzó la mirada, para encontrarse con Andreus, siendo sostenido por Tev, quienes no dudaron en gritarle al hombre que se moviera si no quería morir en el mismo lugar donde se encontraba. Antes de comenzar a caminar y dejarlo hacia atrás. En cada intervalo de disparos, descansaban en una cobertura, donde Andreus le ordenaba a Tev que le señalara la posición de sus enemigos, momento en que apuntaba la pistola hacia ellos y de ella salía un rayo tan oscuro que atravesaba cuanto tocaba sin detenerse. Llegando a captar la atención de los sintéticos, que poco a poco comenzaron a tomarlo como prioridad antes que los soldados.


Andreus bajó la mirada al observar el arma. Quietud es como se llamaba, y era el nombre que le había dado luego de obtenerla al haber conquistado la Balada de su anterior capitán. De quien no deseaba recordar su nombre. Y, de entre todos los tesoros que se encontraban exhibidos en los aposentos de aquel capitán, descansaba aquella pistola de origen desconocido, que fácilmente podría pasarse por alto, si no fuera por el gatillo.


A diferencia de otras armas láser, lo que le habían enseñado luego de constantes análisis y pruebas por parte de los ingenieros, investigadores y armeros de la nave, era que no disparaba energía térmica ni plasma concentrado. Sino que colapsaba el espacio inmediato en el punto de impacto. Lo que visualmente, le otorgaba aquel característico punto negro o estela que salía en cada disparo.


Cada que observaba el cuerpo de los sintéticos, confirmaba la potencia de cada disparo. No dejaban deformaciones por calor ni quemadoras como el láser. Sino que destruye el material en el punto donde impactará, dejando un corte limpio, si podía decirse, en sus víctimas. Pero, igual que toda historia fantástica, los enemigos no paraban de llegar, y menos los gritos de Tev al señalar nuevos objetivos que se acercaban hacia ellos.


Aunque Andreus apuntó nuevamente, no pudo disparar con la misma eficiencia de hacía un segundo. Porque el arma necesitaba recargarse; mientras más cargara, mayor sería el daño provocado, pero al no permitirlo, el impacto sería mucho menor y eso se vio reflejado cuando no les hizo nada a los tres objetivos que se prepararon para disparar: — Juro que, si muero aquí, me llevaré esta cosa conmigo. —Gruñó Andreus al mantener el arma desenfundada, sabiendo que solo tenía un solo disparo disponible, el cual hubiera usado de no ser por la intervención de los soldados que abrieron camino para que ellos escaparan en dirección a las barracas.


Para cuando llegaron al otro extremo, ya había caído la mitad del grupo de Matta, seguido de uno que otro soldado que había recibido heridas y pronto se uniría a la hilera de cuerpos que flotaban en el lugar. Para ese entonces, Matta había descendido de lo alto hasta el frente de batalla con pistola en mano y daga en la otra, aunque el término daga no sería apropiado, sino más el de una hoja larga que fácilmente podría considerarse una espada corta de antaño, la cual, luego de cortarle la cabeza a un sintético, se aseguraba de ser tan fiable como su pistola. Fue esa misma actitud la que le permitió ser eficiente al rescatar a los soldados individuales y que, al observar a Andreus en cuanto llegó, dio una sola orden.


— Pren. — Matta señaló a Andreus sin apartar los ojos del frente.


El hombre que respondió a ese nombre era de complexión media y movimientos calmados, con las manos de alguien que ha aprendido a trabajar en espacios reducidos y bajo presión, y una expresión que era la de quien ha decidido que el pánico es un lujo que su profesión no le permite. Se colocó junto a Andreus en cuanto se acercaron a la parte superior del espacio, entre las filas de seguridad y soldados que evitaban que el enemigo se acercara. Sin mediar saludo, le ordenó a Tev que dejara al capitán sobre el suelo de la tarima, antes de empezar a palpar el costado del mismo con la eficacia de quien busca información a través de las manos antes de pedirla con palabras.


— Costillas. Al menos dos, posiblemente tres. — Pronunció con la neutralidad de quien da un diagnóstico y no una condena. — Laceración en el costado, no profunda, pero necesita sellado. Y el hombro izquierdo tiene una distensión severa, probablemente por sobrecarga reciente. — Levantó la vista hacia Andreus. — Nada que lo mate ahora mismo, pero tampoco nada que deba ignorar más de lo que ya ha hecho.


— Siempre es necesario un médico. — Murmuró Andreus al recostarse contra la barricada, con ese tono entre el agotamiento y algo que podría haber sido humor si las circunstancias hubieran sido otras. Pren no respondió, porque era el tipo de hombre que consideraba que responder a ese tipo de comentarios era tiempo que podía invertir salvando a quien le pagaba.


El medio de campo rápidamente llevó su mano hasta el cinto, donde al soltar un gancho se descubrió un variopinto botiquín de combate que se enrollaba y se deslizaba alrededor de la pierna de apoyo del médico, donde medicamentos tanto orales, como herramientas y sustancias que colgaban alrededor de la funda, se deslumbraban en espera de su uso. Llevo una de sus manos hasta un tubo metálico con punta hueca y la coloco en un punto de apertura del traje: — Le va a doler. — No espero la reacción del hombre cuando perforo el traje y lo sello a la misma velocidad que el líquido atravesaba el cuerpo de Andreus en un rápido movimiento que le hizo gritar.


Salomón fue incapaz de apartar la vista de cuanto le rodeaba. Desde el exterior del navío, donde podía verse parte de la Balada de los Errantes, el gran navío que se extendía como una sombra oculta por las estrellas, costándole dimensionar lo grande que era esa cosa. De la misma manera que observar el mismo espacio a partir de la abertura de la nave, desde el tintineo de las estrellas que eran faros en pleno vacío, hasta la manera en que cada tanto una estrella atravesaba el mismo lugar en un parpadeo. Aquella imagen era suficiente para devolverle cierto atisbo de esperanza, si no fuera porque una mano lo tomó del hombro para hacerlo girar y volver a la realidad.


Primero le entregaron un fusil de pulsos antes de percatarse de que era empujado hasta una cobertura cercana. Momento en que pudo comprender que el soldado que lo empujaba hacia el frente, era Osei, quien no tenía ánimos de intercambiar palabra alguna que no fuera una orden: — No desperdicies los cartuchos. — Fue lo único que dijo antes de apuntarle la siguiente oleada de criaturas que emergían de la nave. Ante lo cual, no dudo en colocar el rifle sobre la cobertura y comenzar a disparar.


Salomón no respondió, ni siquiera tendría idea de cómo responder ante ello, al sentir la textura del arma, la cual, gracias a la ausencia de la gravedad, se sentía tan liviana que casi podía escapársele de las manos si no llegaba a sostenerla. Entre disparos, órdenes y gritos acompañados de aullidos de dolor, no pudo hacer otra cosa que tragar saliva antes de ponerse a la altura de la barricada y prepararse para disparar. Si alguna vez había usado un arma antes de aquel día, era evidente que se le habría olvidado a causa del temor que sintió en cuanto disparó y no llegó a darle a una de las criaturas, la cual se detuvo antes de alzar su arma en dirección al hombre y disparar. De no ser por la intervención de Osei que le empujó a un lado antes de volverle a gritar que disparara, habría decorado el techo como otros tantos. Y sin medirlo o pensarlo, volvió a ponerse de pie y siguió la orden sin saber por qué.


Ante la evidente falta de experiencia de Salomón, Matta lo observó unos segundos antes de aceptar que, si sobrevivían a aquel encuentro, sería a causa de milagro y no por esfuerzo; momento que, al volver al combate, se preparó para dar un paso hacia atrás para evitar la cercanía de una de las máquinas que había tomado el atrevimiento de abalanzarse sobre ella. Momento en que la oficial retrocedió, esperó la segunda estocada del ser, para girar sobre sí y acortar la distancia entre ambos, evitando que el sintético hiciera su siguiente movimiento; colocó su pistola sobre la sien de la criatura, donde efectuó un único disparo que dejó las entrañas de esta volando por el espacio: — ¡Sigan disparando! —gritó nuevamente al asegurarse de que su oponente había caído, antes de retroceder y buscar la siguiente cobertura interna.


Detrás de la cobertura, la oficial descargó el arma, cambiándola por un clip de combate. Que funcionaban como pequeñas baterías que ayudaban a cargar el arma. Que, a diferencia de las armas láser tradicionales, era mucho más fácil tener un par de baterías que duraban toda una misión que disparar de forma continua hasta que el arma se sobrecalentara y tuvieran que esperar hasta que se enfriara para volver a disparar.


Era en medio de la recarga que agradeció lo que observó al alzar la mirada. Un cambio de luz breve pero suficiente para atravesar la oscuridad del espacio, asegurándose de que se movía dentro de ella, en dirección hacia ellos: — La lanzadera, ha llegado. — Pudo permitirse una leve sonrisa de alivio antes de terminar de cargar, ponerse de pie y disparar a otras dos criaturas antes de correr hasta la siguiente barricada del interior, la cual era la única que la separaba de la tarima y del capitán del navío, que seguía gritando cada tanto por los tratamientos del médico que evitaba la muerte de este mismo en el espacio.


En medio de todo eso, fue cuando pudo ver a Tev cerca de Andreus, quien sostenía el cuerpo del capitán en un intento de evitar que entre espasmos terminara lastimándose más de lo debido. Sin dudarlo, ella se acercó a él entre destellos del exterior hasta que la comunicación pudo oírse: — Muchacho. — La voz de Matta atravesó el canal con la eficiencia de quien no repite las órdenes. — Agarra la chispa de abordaje del cinto de Pren y sube a la tarima. Necesito que esa lanzadera nos vea.


Tev no preguntó qué era una chispa de abordaje, o qué función cumplía, porque ya el mismo médico la había tomado de su cinto y entregado al joven antes de apartarlo. Provocando que este cayera sentado, con lo que, en sus manos, sería la tan famosa chispa de abordaje, que en realidad era un tubo corto y robusto, del cual había un botón titilante en espera de ser activado. Observo la herramienta, luego a sus compañeros que no le prestaron atención y, siguiendo las órdenes, se puso de pie para correr hasta el punto donde el agujero en el casco quedaba directamente a su espalda, con el espacio abierto detrás de él y el combate debajo: — Por favor, que esto funcione. — Susurró antes de extender la chispa lo más lejana de sí, y presionar el botón.


La luz que salió del dispositivo no era discreta, porque no estaba diseñada para serlo: una columna de color blanco azulado que se extendía hacia el espacio con la claridad de algo que tiene un solo propósito y lo cumple sin ambigüedades, iluminando por un instante todo el comedor con una intensidad que hizo que los sintéticos se giraran brevemente en su dirección, antes de continuar el asalto. Los pocos exploradores que quedaban tomaron la oportunidad para comenzar a subir entre barricadas en dirección a la tarima, cediendo terreno a las criaturas que, de por sí, eran suficientes para comprender que apuntar, elegir y disparar, ya no era necesario.


La lanzadera respondió antes de lo que cualquiera habría esperado, con las luces de aproximación apareciendo en el agujero como dos puntos que se volvían más grandes con cada segundo. La lanzadera rozó los bordes del agujero, emitiendo una vibración que llegó a interferir con el sistema de comunicaciones de los exploradores, quienes tampoco intentaron entender cómo ambos sucesos estaban relacionados, prefiriendo ignorarlo y continuar escalando. La nave tomó posición, girando sobre sí misma y mostrando la parte trasera, de la cual se extendió una rampa que comenzó a extenderse hasta tocar la tarima. Del interior de la nave, aparecieron dos soldados catárticos, de los cuales, tanto sus armaduras pesadas como las dos ametralladoras rotativas, fueron suficientes para emitir una ráfaga rojiza que brilló en todo el comedor.


— ¡Evacuación! — La voz de Matta no necesitó más explicación que esa. — Por orden de heridos, primero. Pren, Andreus.


Pren no necesitó oír la orden, porque era el primero quien tenía al capitán en brazos ;, incluso de hacerlo, sería en vano, mientras luchaba con mantenerse despierto y evitar caer ante el sueño que le daban las drogas suministradas, haciendo que tanto sus sentidos como su propia mente, se encontraran nublados.


Ante la huida de los exploradores, los sintéticos aumentaron la brusquedad en su asalto, pasando de disparar a comenzar a abalanzarse con hojas en mano, pasando sobre las barricadas cual manada, y apuñalando a los desafortunados exploradores que no habían alcanzado a huir. El siguiente en subir a la nave fue Tev, quien soltó la chispa y se aventuró en el interior de la lanzadera, buscando el asiento más lejano de la entrada de la lanzadera; quien no tuvo la misma suerte en reflejos, fue Salomón, quien continuaba cubriendo la retirada sin cambiar de posición. Desde lo alto, seguía disparando a cuanto sintético subiera.


Aquel gesto de valentía o de estupidez fue suficiente para que Matta le prestara la atención suficiente para acercarse y tomarlo del cuello para obligarlo a moverse: — No es tiempo de hacerse el héroe. — Chasqueo la lengua antes de ayudarlo a moverse, pero, donde uno tuvo la oportunidad, a otro le fue negada, siendo al pobre Osei, quien recibió una perforación en la pierna, evitando que pudiera moverse y terminando arrastrándose en el suelo: — Mierda. — Dijo el hombre antes de desviar el segundo ataque del sintético con el rifle y usando la pierna buena, apartando a la criatura de una patada.


Matta ya estaba en la rampa junto a Salomón, cuando se dio cuenta de que faltaba. Quiso regresar por él, por aquel voluntario que desde hacía horas había estado combatiendo a su lado. El mismo que le entregó la caja de los navegantes y quien había evitado que se perdiera en la nave. Pero al querer regresar, la lanzadera ya se encontraba volando, dejando tras de sí la imagen de aquel hombre, rodeado de máquinas que comenzaron a apuñalarlo en cada extremidad.


Los gritos de Osei fueron suficientes para que los pocos supervivientes de la exploración apartaran la mirada, incapaces de verlo sufrir. Lloro, grito, insulto mientras las máquinas continuaban su carnicería sobre mí, pero quien no apartó la mirada, fue la oficial, que apuntó en dirección del hombre y disparó. Si el gesto fue de clemencia, fue ignorado por los presentes, quienes ya habían apagado los comunicadores para evitar escuchar el lamento del difunto.


La lanzadera tomó vuelo, abandonando la nave maldita y todo lo que conllevaba; quienes sobrevivieron desearían no haberlo hecho, y los pocos que aún tenían la valentía de afrontar lo que vendría, perderían toda esperanza cuando, al mirar por las ventanas, vieran cuatro grandes naves atravesar el sistema en dirección a ellos. Momento en que la Balada cambió de rotación, desplegando sus cañones, y el espacio pareció iluminarse cuando un rayo salió de la parte frontal de la nave, impactando a una de aquellas naves desconocidas que no esperaron para disparar también, emitiendo de ellas el mismo ataque en un tono dorado que al impactar a la Balada, varios sectores comenzaron a arder. Aunque, si el destello fue mínimo antes de caer en el olvido por la ausencia de oxígeno, era evidente que la batalla había empezado y ellos se dirigían hacia ella.



 
 
 

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