Agatha: La llamada del borde Capitulo 4: Una pausa para lo cotidiano
Se desperezó lentamente mientras hacía fila, estirando ambos brazos a los lados antes de mover los hombros también. No sabría decir el motivo por el cual se sentía más emocionada aquel día; tal vez fuera por la oportunidad presentada, o por levantarse antes que los gritos mañaneros que solían emerger del mercado con las primeras ventas y enfrentamientos contra la guardia. Pero ese día se sentía diferente.
No solo por la ausencia de anuncios de castigo, ni por el constante insulto que solía haber en el mercado por quien llegaba antes a las filas de entrega de tarjetas de racionamiento y líneas interminables para anunciar voluntarios para los próximos trabajos de la nave. Simplemente, era un inicio de jornada demasiado tranquilo y rutinario que le animaba el ánimo de por sí optimista que solía mantener, tanto que poco o nada le afectó el aumento de temperatura que solía extenderse en todo el compartimiento. Un aumento lo suficientemente ligero para generar incomodidad y con ello despertar a quienes aún seguían en pleno sueño.
Algo que, para desgracia de quienes no estaban en pie ante el ruido de los motores y las órdenes de los oficiales, en compañía del inicio del mercado, solía hacerles perder la oportunidad que ella tomaba con cierta alegría. Entre esa calma mañanera, paso cerca de uno de los puestos de anuncio, donde dos guardias con rifles en ambos brazos escoltaban a un tercero sentado detrás de un escritorio que anunciaba con una voz tan monótona la única noticia que importa fuera de los cambios de ciclo y próximos trabajos que se abrirán: — El día de hoy el capitán ha mandado quinientas cincuenta tarjetas para raciones. A quienes cumplan su función se les otorgarán tres, suficientes para tener comida todo el día. — Hizo una breve pausa al tomar nota de algo antes de continuar. — Quienes hagan esfuerzos extras o notables ante la guardia, recibirán cinco en total. Ahora, hagan fila.
Ante la orden, varios voluntarios se presentaron, extendiendo brazos para asegurar que mantuvieran todos los dedos; luego se levantaban las camisas y bajaban los pantalones para asegurarse de que no tuvieran infecciones o enfermedades, antes de luego ser guiados a una sala privada donde se les daría número de identificación y función a seguir. Aún podía recordar los días en que llegó a tocarle el trabajo para la inspección de las cañerías internas, o tener que ayudar a levantar escombros de una de las bahías bajas luego de un ataque; incluso el pensar si aún estaban las brigadas para la recolección de cuerpos de tras un motín, junto con los ayudantes para el apoyo de ingeniería y sectores médicos.
Al pensar en esos trabajos, no pudo evitar mirarse las manos, de las cuales solía sentirse segura al compararlas con dos barras de metal, ya que nunca le habían fallado. Aun con las líneas de cicatrices y callos por el trabajo duro, estas siempre gozaron de buena salud, lo que le daba mayor entusiasmo. Una vez pasó por el lado de las filas de voluntarios, hasta llegar a la puerta que separaba la bahía de viviendas del mercado de hierro, nombre que solía dársele a esa zona por el trueque constante entre sectores, y que también daba paso al ingreso del tranvía interno de la nave, lugar donde solo oficiales, guardias y un puñado de trabajadores enumerados tendrían la posibilidad de pisar alguna vez en la vida.
Subió las escaleras con cierta cautela al observar la línea de guardias que resguardaban la entrada, los cuales en un inicio la detuvieron hasta confirmar nombre y apellido, siendo esto último un lujo del que pocos podían gozar, en especial si no pertenecían a alguno de los clanes de trabajo que solían dividirse sectores donde la guardia nunca se atrevía a dirigirse. Ante lo cual mantuvo la misma alegría al subir y posicionarse detrás de una pareja de adultos mayores que susurraban por lo bajo, momento en que un guardia cerca de ellos llamó la atención a ambos antes de llamarla a ella por su nombre: —Mariela Dosne, ¿se encuentra en fila?
El guardia que la llamó era un hombre mayor, con la vista puesta en una tablilla de datos que sostenía con una mano, en lo que señalaba con la prótesis del dedo índice de la otra, usándola para guiar el nombre de los trabajadores presentes. Aun con la voz neutra de todos los guardias, había algo en aquel guardia que le inspiraba mayor tranquilidad que los que solían vigilar el mercado de hierro: —Último llamado para Mariela Dosne —repitió el guardia, momento en que ella alzó una mano con sus cinco dedos intactos.
Un simple acto que captó la atención de varios trabajadores que la observaron de reojo, permitiéndole a ella observar que la mayoría lucía sus mejores harapos: desde vestidos y camisas casi limpias y sin agujeros, hasta trajes completos que solo el respaldo de un clan podía otorgarles a los hijos con la fortuna de trabajar en las bahías superiores. Todos mantenían la misma expresión de nervios, duda y un alivio a medias por estar ahí, incluso susurrando entre ellos sobre sus nuevos puestos de trabajo y lo que significaría para sus familias.
—Aquí —respondió con una sonrisa que mantenía todos sus dientes, motivo del que se sentía orgullosa al limpiárselos con carbón y vinagre todos los días, convencida de que la habían llamado por su higiene y buenos modales. Algo que su nana se lo había inculcado desde que tenía memoria, y que incluso antes de salir aquel inicio de jornada se lo había recordado. —«Recuerda siempre tener modales y sonreír cuando es debido, ser bueno es difícil, pero siempre trae lo mejor. —Pensó en las palabras de su nana una vez que el guardia se acercó hasta ella.
—Bien, hoy se te ha asignado al sector de hidroponía catorce de la nave, felicidades —repitió el guardia con la misma voz monótona sin levantar la vista de la tablilla—. A continuación, ingresarás en el tren de la nave; por favor, toma asiento y mantente atenta a la parada correspondiente; allí serás recogida y trasladada de vuelta al finalizar tu turno. Si cumples todos los requisitos y no tienes dificultades antes de final de semana, se te otorgará un puesto en la bahía superior para ti y tu familia. — Se detuvo antes de ver de reojo a la chica, quien mantuvo una expresión de asombro ante sus palabras—. ¿Preguntas?
— No... — Nego tímidamente con la cabeza, creyendo que cualquier gesto haría perder la oportunidad ante ella.
— Bien. —Agregó el guardia antes de extender la planilla a la chica. — Por favor, ingresa la dirección donde vives o cualquier punto de identificación con miembros con los que compartas grado de consanguinidad o se evidencie relación familiar. No se permite miembros no identificados que no se reconozcan como familia, ni amigos, adoptados, compañeros de piso o similar, ¿entendido?
—Sí... — Ella bajó la mirada al ver la tablilla de datos, tomándola con sus manos y sintiendo lo liviana que era; casi que podría partirse ante su tacto.
— Necesito que llenes cuanto antes para continuar con el registro. — El oficial añadió, luego de verla unos segundos en silencio, momento en que se fijó en sus cachetes regordetes, en sus ojos oscuros y su cabello castaño, llamándole la atención, pero sin darle mucha importancia posterior. — ¿O sucede algo, señorita?
— Es que... — Dudo al hablar. — Solo vivo con mi nana; bueno, no es mi nana, ella siempre ha cuidado a todos en los barrios; ella me acogió desde chiquita. Verá, no sé quiénes son mis padres o si alguna vez tuve, solo recuerdo a mi nana, bueno, a Nana, pero siempre me he sentido más cercano a ella porque me deja vivir en su casa, a diferencia de los otros chicos, de quienes me advierte que no me involucre porque son malos, pero no creo que sean malos. —Titubeó un poco al decirlo. Al observar al guardia cómo mantenía la expresión rígida en su rostro, quien obviamente no le interesaba lo que ella estaba diciendo — No quiero dejarla sola, es una señora amable y siempre me ha cuidado. Y... soy fuerte, ¿ve? —mostró los músculos en sus brazos al contraerlos. —Quiero cuidarla y.... —
Dejo la palabra a medias cuando el guarda, luego de varios segundos, soltó un suspiro largo que evidenciaba que no era la primera vez que escuchaba algo así. Luego observó detrás de ella a los nuevos trabajadores que se acercaban y en silencio chasqueó la lengua, algo que hizo que Mariela bajara la vista avergonzada, regañándose por hablar cuando no se lo habían pedido, considerando que por su imprudencia perdería el trabajo y con ello a su nana. —«Lo siento, nana, me equivoque» — pensó para sí, hasta que la voz del guardia le hizo levantar la vista: — Bien, solo por hoy, pero no le digas a nadie más que te deje hacerlo, ¿entendido?
Ella sonrió al oírlo, casi con los ojos cristalinos como si fuera a llorar, pero el guardia solo le hizo un gesto para que evitara aquello, antes de ayudarle a firmar la tablilla con los datos requeridos para después continuar registrando a los nuevos trabajadores. Dejándola a ella con la sensación cálida de que todo mejoraría para ambas y asegurando que las palabras de su nana eran verdaderas, lo cual se mantuvo cuando avanzó hacia la puerta del tranvía, donde los demás trabajadores rápidamente tomaron asientos con la misma mezcla de nervios y esperanza contenida.
El vagón olía a metal recalentado y a algo dulzón que nadie parecía capaz de identificar del todo, un aroma que se filtraba por los conductos de ventilación y que, según las historias que corrían entre los sectores bajos, provenía de los cultivos mismos, como si la nave entera se perfumara con lo poco de vida vegetal que aún conservaba entre tanto metal. Mariela se sentó junto a la ventana, apretando el borde de su camisa con nervios mientras observaba los compartimientos de viviendas a través de la ventana; los cuales daban paso a corredores más amplios, con más luz artificial y menos manchas de óxido en las paredes, que contrastaban con los del sector del que ella provenía. Podía haberse quedado observando aquella imagen, hasta que el tranvía se detuvo con un chirrido metálico frente a una compuerta doble marcada con el número catorce en pintura descascarada.
Al bajar del tranvía, ella junto con varios trabajadores fueron llevados en fila hasta llegar a la entrada del sector catorce, que, desde la entrada, debían bajarse escaleras hasta llegar a un espacio tan amplio y repleto de luz que fácilmente podrían haber hecho llorar a quien lo viera. Cuanto observaba ante sí eran hileras interminables de bandejas hidropónicas suspendidas bajo luces de un blanco casi quirúrgico, donde crecían desde tubérculos de raíz corta hasta enredaderas de hojas anchas que trepaban por estructuras de metal reciclado, cada una etiquetada con un código que solo los técnicos de mayor rango sabían interpretar del todo. Era, según se decía entre los trabajadores de las bahías bajas cuando alguien tenía la oportunidad de comentarlo, de los pocos lugares de la nave donde el aire olía a algo que no fuera aceite, sudor o descontaminante, motivo suficiente para que el puesto fuera uno de los más disputados en cada convocatoria de tarjetas, al igual que los de ingeniería o medicina.
Mariela avanzó despacio, sin saber a qué sección dirigirse, hasta que un supervisor con la manga bordada en verde le señaló, sin mucha ceremonia, el pasillo marcado con una pequeña placa oxidada que rezaba “Cafeto — Nivel 3”, donde una docena de arbustos de hojas oscuras sostenían racimos de frutos rojos, listos para ser recolectados antes de que perdieran su punto óptimo de maduración. Intento preguntar sobre lo que tenía que hacer, pero al intentar buscar al oficial, este ya se encontraba en otra área con otros trabajadores.
Sin más que hacer, primero se dirigió al sector que le correspondía, y sin nadie cercano a quien preguntarle, se concentró en observar a los demás trabajadores a lo lejos, desde qué hacían hasta cómo lo hacían, e imitándolos de la mejor forma que podía. Trabajó con torpeza al principio, hasta encontrar el ritmo correcto: girar la muñeca en vez de tirar, para no dañar la rama, y depositar cada fruto en el saco de tela colgado a un lado de los cultivos.
Cuando el saco estuvo lleno, lo cargó hasta el punto de recolección, que reconoció gracias al gran letrero que se encontraba al final de la línea, donde un joven de cabello revuelto y overol remendado en las rodillas esperaba junto a una carretilla, revisando una lista sujeta a una tablilla con más paciencia de la que el trabajo en sí ameritaba. Al verla llegar, algo en su expresión cambió, pasando de la rutina al interés genuino con la misma rapidez con que se endereza quien reconoce una cara nueva entre las de siempre.
—No te había visto por aquí. —Dejó la tablilla a un lado para tomar el saco de sus manos, calculando el peso con un gesto casi automático—. ¿Primer día?
—Primer día —confirmó Mariela, sin saber muy bien si debía sonreír o simplemente asentir, optando finalmente por ambas cosas.
—Se nota. Nadie que lleve más de una semana aquí sonríe tanto por un saco de cafetos. —Lo dijo sin malicia, con la clase de humor que solo se permite quien ya ha decidido que la persona frente a él le agrada—. Soy Teodoro. — Le extendió una mano luego de dejar el saco dentro. —Aunque si me llamas así, voy a pensar que estoy en problemas con algún oficial, así que mejor Teo. ¿De qué sector vienes?
—Del dieciocho, en las viviendas bajas. —Se limpió las manos en la camisa, consciente de la tierra que aún le quedaba bajo las uñas, algo que prefirió antes de residuos de dudosa procedencia como antes, que le habían llevado a perder algunas uñas de la mano derecha—. Aunque supongo que eso ya no importa mucho, sí voy a estar aquí de ahora en adelante.
—Importa más de lo que crees, pero no para lo que piensas. —Terminó de acomodar el saco en la carretilla junto a otros dos ya llenos—. Los del dieciocho suelen tener buena mano con las plantas trepadoras. Algo de la humedad del sector, dicen los que saben más que yo. —Se encogió de hombros, como restándole importancia a su propio comentario, antes de señalar hacia la hilera de arbustos con la cabeza—. Un consejo, ya que es tu primer día: no cortes los frutos que todavía tengan una sombra verde en la base, aunque parezcan maduros. Los supervisores lo notan enseguida y te descuentan puntos de la evaluación semanal.
—Nadie me dijo eso.
—Nadie te dice la mitad de las cosas que deberían decirte el primer día. Por eso te lo digo yo. —Sonrió de lado, ajustando el mango de la carretilla bajo el brazo—. Si quieres, a la hora del almuerzo suelo sentarme cerca del ala de riego, donde da algo de sombra. Ahí te explico el resto sin que un supervisor nos esté respirando en la nuca.
Mariela sintió que el calor le subía a las mejillas, algo que atribuyó, sin mucha convicción, al esfuerzo del trabajo antes que, a la invitación en sí, aunque asintió de todas formas antes de que él se despidiera con un gesto de cabeza y comenzara a empujar la carretilla hacia el fondo del sector, dejándola de vuelta entre los arbustos con una sonrisa que le costó más trabajo disimular que el propio cafeto.
Teo avanzó por el pasillo central, sorteando a otros trabajadores y carretillas con la soltura de quien ha recorrido ese mismo trayecto cientos de veces, hasta llegar al punto de entrega donde Ilan, un hombre mayor con el brazo derecho cubierto de cicatrices de quemadura antigua, revisaba el inventario del turno sin levantar demasiado la vista.
—¿Y esa cara de tonto? —preguntó Ilan sin más preámbulo, notando algo en el andar de Teo que no encajaba con la rutina de siempre—. Pareces del que acaba de ganar la lotería de raciones.
—Nueva en el catorce. Del dieciocho. —Fue lo único que dijo, aunque el tono lo delataba más de lo que él mismo parecía dispuesto a admitir.
—Ah. —Ilan dejó la tablilla a un lado con una lentitud deliberada, la misma que emplea quien está a punto de disfrutar de algo—. No te enamores todavía, muchacho. Ni siquiera sabemos si va a durar la semana. La mitad de los que entran nuevos al catorce terminan siendo trasladados por falta de responsabilidad o por intento de robo de frutas. —Chasqueó la lengua con eso último antes de rascarse la barba con la mano.
—No estoy enamorado de nadie. —Teo comenzó a descargar los sacos de la carretilla hacia el contenedor de transporte, evitando la mirada del otro con más esfuerzo del necesario—. Solo le di un par de consejos. Es lo mínimo que se hace con cualquiera el primer día.
—Claro, claro. —Ilan sonrió sin necesidad de decir nada más, dejando que el silencio hiciera el resto del trabajo, mientras ayudaba a acomodar el último saco dentro del contenedor metálico—. Solo digo que la última vez que te vi con esa cara, terminaste regalándole tu ración de postre a la chica del dieciséis durante dos semanas seguidas, y ni siquiera recuerdo cómo se llamaba.
Teo no respondió, limitándose a cerrar la compuerta del contenedor con más fuerza de la necesaria, antes de presionar el botón que activaba el ascensor de carga. El mecanismo respondió con un zumbido grave, elevando el cargamento de cafetos hacia el siguiente nivel de la nave, donde ninguno de los dos alcanzaría a ver qué sería de él, ni de la sonrisa que Mariela seguía sosteniendo entre los arbustos, varios pasillos atrás.
El contenedor avanzó por varios minutos hasta detenerse con un chasquido seco tres niveles más arriba, en una sección donde el aire ya no olía a tierra húmeda ni a metal recalentado, sino a una mezcla de pan recién horneado y vapor denso de especias que se escapaba por cada rendija de las ollas industriales. Las paredes, aunque seguían siendo del mismo acero que en cualquier otro punto de la nave, lucían pintadas de un blanco que alguien se molestaba en mantener limpio semana tras semana, y el ruido de los motores, tan presente en los sectores bajos que terminaba por confundirse con el propio pulso de quien vivía ahí, aquí se reducía a un zumbido casi cómodo, el tipo de sonido que uno dejaba de notar después del primer turno de trabajo.
Este era el nivel siete, conocido entre los trabajadores simplemente como las ollas, al ser en realidad el sector de cocina que alimentaba gran parte de la nave, aunque el nombre oficial en los planos de la nave fuera mucho más largo y burocrático de lo que cualquiera se molestaba en recordar. A diferencia de los sectores bajos, donde el trabajo se medía en tarjetas de ración y golpes de guardia, aquí se medía en turnos rotativos, evaluaciones de sabor y la posibilidad, remota pero real, de ascender algún día al servicio directo de los oficiales de mando, el tipo de puesto que garantizaba comida sobrante, mejores horarios y, con suerte, un compartimiento propio sin necesidad de compartirlo con media docena de desconocidos.
Entre todos los desconocidos, un hombre de barriga prominente y delantal manchado de grasa antigua recibió el contenedor sin mayor ceremonia, revisando el sello de procedencia con el pulgar antes de abrirlo con ambas manos y hundir la nariz directamente en el saco, como si necesitara confirmar con el olfato lo que ya sabía por experiencia. Ferran llevaba catorce años en las cocinas del nivel siete, tiempo suficiente para haber perdido la cuenta de cuántos sacos de cafetos habían pasado por sus manos desde que llegó siendo apenas un muchacho asustado del sector nueve, aunque no el suficiente para perder el gusto por comentar la calidad de cada nueva entrega como si fuera la primera vez que la viera en su vida.
—Buen color este lote, muy buen color. —Levantó uno de los granos entre dos dedos, examinándolo contra la luz de las lámparas colgantes antes de dejarlo caer de vuelta al saco con un gesto casi ceremonial—. Dalia, ven a ver esto antes de que lo tostemos, que hoy sí que nos mandaron algo decente y no la porquería de la semana pasada.
Una mujer joven, de trenzas apretadas contra el cráneo y manos cubiertas de pequeñas cicatrices de cortes por su oficio, se acercó desde el otro extremo de la cocina, secándose los dedos en el delantal antes de dejar a un lado la olla que había estado removiendo sin descanso. Dalia llevaba apenas dos años en el puesto, ascendida desde el sector de panadería tras demostrar un talento particular para calcular tiempos de tostado que ni el propio Ferran había logrado enseñarle del todo, aunque él insistiera en atribuírselo a sus años de experiencia cada vez que alguien lo mencionaba. Tomó un puñado de granos, los olió con los ojos cerrados, y asintió con la seriedad de quien lleva suficiente tiempo en el oficio como para no necesitar palabras de más.
—El catorce, otra vez. —No era pregunta, sino una constatación que llevaba repitiendo desde hacía meses—. Ese sector siempre entrega mejor que el resto; no sé qué hacen distinto, pero deberían mandar a todos los aprendices nuevos allá en vez de repartirlos donde se le antoje al supervisor de turno.
—Eso díselo al capitán, a ver si te escucha entre tanto papeleo de guerra. —Ferran ya estaba vertiendo los granos en la tolva de la tostadora, un artefacto de metal ennegrecido por generaciones de uso que crujía cada vez que se ponía en marcha, como si protestara por seguir funcionando después de tantos años de servicio sin descanso—. Mientras tanto, encárgate de que esta tanda quede lista antes del cambio de turno. Es para la bahía de mando, y ya sabes cómo se pone el oficial de comunicaciones cuando el pedido llega tarde; la última vez amenazó con reportarnos a disciplina por un retraso de diez minutos.
—Diez minutos que no fueron culpa mía, sino de la tostadora vieja esa que insistes en no cambiar.
—La tostadora vieja lleva funcionando más años que tú, muchacha, un poco de respeto. — Nego con la cabeza las palabras de su compañera antes de susurrarle a la máquina que no era culpa suya, que seguía haciendo un gran trabajo como la primera vez que la vio.
Lo que siguió fue el proceso reiterativo de una tarea que, aunque Dalia lo repetía tantas veces al día que sus manos se movían casi sin que ella lo pensara, seguía teniendo algo de ceremonia difícil de explicar a quien no lo hubiera vivido de cerca: el tostado lento, vigilando el color grano a grano hasta el punto exacto antes de que el amargor se impusiera sobre el aroma; el molido, grueso para los pedidos destinados a los sectores bajos, donde el sabor fuerte importaba más que la sutileza, y fino para las cubiertas superiores, donde los oficiales preferían algo que no les rasgara la garganta al primer sorbo; y finalmente el filtrado, a través de un sistema de bandejas de tela reutilizada cientos de veces, remendadas con hilo de colores distintos hasta que ya no quedaba mucho de la tela original bajo tantos parches. Cuando el líquido oscuro empezó a caer en el recipiente térmico destinado a la bahía de mando, Dalia lo selló con cuidado, verificó dos veces la temperatura contra el dorso de su muñeca, y lo colocó sobre una bandeja de transporte, marcándola con el código correspondiente antes de entregarla a los dos hombres que ya esperaban junto a la salida, uniformados con el distintivo verde pálido de los mensajeros internos.
—Para el capitán —dijo, sin necesidad de aclarar cuál de los capitanes existentes a bordo, porque en esa cocina, como en la mayoría de la nave, solo existía uno que mereciera semejante prisa.
— Siempre a tiempo, Dalia.
Sonrió el primer guardia antes de tomar la bandeja y despedirse con una media sonrisa antes de girarse y encontrarse con su compañera Petra, quien movió la cabeza de un lado al otro por la actitud tan cordial de Ossian, que casi le repetía que debía invitarla a salir a la cocinera alguna vez, solo para que Ossian interrumpiera diciendo que nunca lo aceptaría. Pero aquella conversación se vio interrumpida una vez que ambos terminaron de acomodarse, cada uno al lado del otro para sostener mejor el extremo de la bandeja, con el cuidado aprendido de quien ha pasado, a base de reprimendas, por la experiencia de derramar el café del comandante y perder el resto del turno limpiando conductos de ventilación como castigo; era una tarea que preferían evitar a toda costa.
Avanzaron por el corredor que conectaba las cocinas con el sistema de transporte neumático, un pasillo notablemente más ancho que los de los sectores bajos, con paneles de luz regulada que imitaban, con bastante torpeza, la calidez de un amanecer que ninguno de los dos había visto jamás fuera de una pantalla de entretenimiento. Después cruzaron primero el nivel de administración, donde funcionarios menores se apilaban entre escritorios y torres de tablillas de datos sin apenas levantar la vista al paso de ambos; después el nivel de la sala de oficiales, un lugar reservado para el descanso y entrenamiento de oficiales de rango medio, con sus propias salas de recreo visibles a través de ventanales esmerilados, donde alcanzaron a distinguir siluetas jugando a algo con piezas de metal sobre un tablero; y finalmente el corredor ceremonial que precedía a la bahía de mando, decorado con estandartes de la Casa que colgaban del techo a intervalos regulares, cada uno más limpio y menos deshilachado que el anterior conforme se acercaban al centro de poder de la nave.
—¿Ya te enteraste de lo de la subasta? —preguntó Petra, acomodando mejor su lado de la bandeja mientras esquivaban a un grupo de técnicos que discutía, con evidente frustración, sobre algo relacionado con los conductos de refrigeración del ala oeste.
—¿Cuál subasta?
—La del mercado de hierro, al final de la jornada. —Bajó la voz, aunque nadie a su alrededor parecía prestarles la menor atención—. Dicen que están rematando ropa fina, de las que ni siquiera los oficiales de rango medio pueden costear con su paga completa. Camisas bordadas, telas que no había visto ni en los catálogos de suministro que a veces circulan por las cocinas.
— De seguro solo es otra estafa; igual que la historia del flautista con tres brazos o los gatos del sector siete. Aún recuerdo los rostros de decepción de los muchachos al saber que no había forma de tener animales en la nave sin que se murieran por los saltos entre las puertas o los sectores que se derrumbaban luego de un ataque al casco.
— Te aseguro que esta vez es en serio. —Gruñó ella luego de evitar que se derramara lo que transportaban. — Un amigo del área de exploración me contó que la encontraron flotando cerca del casco esta mañana; dicen que un grupo entero de técnicos tuvo que salir con arneses magnéticos para recuperar lo que pudieron antes de que se perdiera en el espacio para siempre.
— ¿Otra vez le crees esas historias a Abel? ¿No fue el mismo que le dio un rayo en medio de una tormenta eléctrica porque se quedó fuera de la nave?
— Ese mismo, pero te aseguro que es cierto lo que dice.
— Si tú lo dices. — Hizo una mueca al responder. — Me pregunto quién termina perdiendo su ropa en el espacio.
—Esa es exactamente la pregunta que todos se están haciendo. —Petra sonrió con la clase de picardía reservada para los rumores demasiado jugosos como para no compartirlos con cada persona que se cruzara en el camino—. Alguien del sector doce ya dijo que está dispuesto a vender medio mes de raciones con tal de pujar por una de las camisas. Según él, si es tan fina como cuentan, puede revenderla después por el triple en la próxima estación donde atraquemos.
—Eso suena a la clase de plan que termina con alguien durmiendo con hambre por dos semanas.
—O con alguien comiendo mejor que todos nosotros juntos durante un mes entero, dependiendo de cómo le salga la apuesta.
Ossian no respondió de inmediato, más concentrado en no derramar el café mientras cruzaban el umbral de la última compuerta antes de la bahía de mando, donde dos guardias apostados a los lados apenas les dedicaron una mirada de reconocimiento antes de dejarlos pasar sin mediar palabra. A diferencia de los nuevos técnicos de la bahía, que eran entrenados por los nuevos oficiales, quienes apenas habían terminado su entrenamiento recientemente; debido a que gran parte de la plantilla de la bahía había sido cambiada con nuevos reclutas o veteranos recién ascendidos luego de la pérdida de la mitad de los operadores durante la defensa de la nave ante el motín y las naves desconocidas; a ellos dos, quienes recorrieron el puente a toda prisa sin los rostros de asombro de quienes veían el lugar por primera vez, se dirigieron rápidamente hasta el panel central, detrás del holograma que presentaba la estación de atraque donde La balada estaba siendo reparada.
—Con suerte, nadie pregunta demasiado de dónde salió —dijo en voz baja, justo cuando ambos alcanzaron a distinguir, en el borde exterior del cristal, a un técnico suspendido con arnés magnético, forcejeando con algo pequeño y de tela clara que se resistía a dejarse atrapar por el brazo mecánico que manejaba con torpeza evidente, mientras un segundo técnico gritaba instrucciones desde una plataforma cercana que nadie parecía estar siguiendo con demasiado éxito.
Andreus observaba la escena desde su posición habitual, desde el trono. Mientras mantenía los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión que oscilaba entre el hastío profesional y algo peligrosamente cercano a la resignación, cuando Ossian y Petra se acercaron con la bandeja, entregándosela a un oficial de guardia que a su vez la hizo llegar hasta el capitán sin mediar palabra, tal como dictaba el protocolo para cualquier cosa que llegara a esa distancia del trono. Solo entonces se escuchó un murmullo del capitán que ambos mensajeros parecieron comprender como una nota de agradecimiento antes de continuar repartiendo la bebida con cierto entusiasmo; la misma bebida que le llegó también a Ragnar, que observaba la misma escena que su hermano.
Ragnar mantuvo la taza entre sus manos, permitiendo que el calor se filtrara a través de la porcelana antes de dar el primer sorbo, sin apartar en ningún momento la vista del técnico que seguía batallando contra la prenda flotante. Esta se soltó del brazo mecánico justo entonces, girando despacio en el vacío para mostrar con toda claridad el bordado dorado en la cintura, el mismo diseño que decoraba, según pudo contar sin demasiado esfuerzo, al menos media docena de prendas más de ropa interior que continuaban orbitando en silencio alrededor del casco de la Balada, junto con demás elementos como sábanas, almohadas y decoraciones que solo podían ocurrírsele a alguien en su intimidad y que, cada que pasaba una de ellas por el ventanal, Andreus hacía un esfuerzo en evitar observarlas, aunque para disfrute de Ragnar, era algo que terminaba disfrutando ante la reacción de vergüenza de su hermano cada que la pequeña constelación privada que acompañaba la nave se hacía presente antes de volver a rotar alrededor de la misma.
Andreus dejó que el silencio se extendiera un momento más de lo necesario, con la taza aún entre las manos y la mirada fija en la prenda que el técnico seguía persiguiendo al otro lado de la Vidriera una vez que esta se le escapó de la herramienta que empleaba para capturarla, antes que volviera a viajar por el espacio. Al verla, no lograba recordar con exactitud cuándo había sido la última vez que la había vestido; probablemente en alguna cena protocolar con delegados del Nexo, de esas donde el bordado dorado importaba más que la conversación, y donde la incomodidad de la tela ceñida terminaba por olvidarse entre tanto brindis vacío y palabras juguetonas al final de la velada: —«Qué curioso que ahora sea lo único de esa noche que aún recuerdo»— pensó, sin poder evitar una sonrisa breve que se apagó tan rápido como había aparecido.
—Los oficiales ya están listos para presentar su informe. —La voz de Ragnar llegó desde su izquierda, con el mismo tono con que interrumpía cualquier otro momento de distracción, sin miramientos ni preámbulos innecesarios—. A menos que prefieras seguir contemplando la... escena el resto de la jornada.
—Podría acostumbrarme a la idea. —Dejó la taza sobre el reposabrazos del Trono, sintiendo el calor residual filtrarse a través de la porcelana una última vez antes de soltarla, al menos, entre tanto caos, algo tan absurdo era suficiente para devolverle algo de esperanza—. Aunque supongo que el informe no va a esperar a que termine de lamentar mis pérdidas.
Con un gesto de la mano, activó el mecanismo que hacía girar el Trono sobre su propio eje, un movimiento lento y pesado que respondía más al peso ceremonial de la pieza que a cualquier necesidad práctica, generando un sonido chirriante de los engranajes que llegaron a demorarse un tanto más para completar el giro, hasta quedar de frente al resto de la sala. Donde podía observarse el recorrido desde la entrada de la sala, hasta el puente que se detenía en pleno holograma central y continuaba hasta las escaleras del trono, lugar donde los oficiales ya se habían agrupado cerca del holograma central, cada uno con su tablilla o su terminal preparado, en el mismo orden silencioso que solían adoptar cuando sabían que la reunión estaba por comenzar. Cassian fue el primero en dar un paso al frente, el respirador emitiendo su silbido característico bajo cada movimiento de las manos cibernéticas mientras terminaba de ajustar algo en su propio panel portátil.
—Casco al setenta y cuatro por ciento de integridad, capitán —dijo, sin levantar la vista del todo, como si prefiriera que los números hablaran antes de que su propio rostro emitiera emoción alguna—. Suficiente para volar sin riesgo inmediato, pero no lo bastante para resistir otro combate extenso como el de Solance. Los cañones de babor siguen sin recalibrar del todo, y el generador auxiliar tres no ha vuelto a dar señal desde el salto.
—¿Cuánto tiempo más necesitas? —preguntó Andreus, apoyando ambos codos sobre los reposabrazos del Trono, en la postura que solía adoptar cuando se preparaba para escuchar una respuesta que no le gustaría del todo.
—Con la plantilla actual, dos semanas más. Tal vez tres, si el clima social del astillero sigue tan inestable desde que llegamos. —Cassian hizo una pausa breve, ajustando algo en el panel antes de continuar, como si necesitara ese instante para ordenar la siguiente parte del informe—. Iría más rápido si pudiéramos comprar piezas ya fabricadas en vez de fundirlas nosotros mismos, pero desde que cerraron la puerta estelar de Solance, ni los proveedores más confiables se atreven a cruzar la Extensión con un cargamento completo. Prefieren quedarse en el Imperio o en el Nexo antes de volver a abrir rutas comerciales hacia la frontera.
Andreus asintió despacio, dejando que la información se asentara antes de responder, mientras a su lado, Ragnar cruzaba los brazos con la expresión de quien ya había escuchado ese mismo pronóstico de tiempo en más de una ocasión anterior y sabía, por experiencia, que discutirlo no serviría de mucho: —Entonces dos semanas, con la esperanza de que no se conviertan en tres —dijo finalmente, con un tono que no dejaba demasiado espacio para el optimismo—. Continúa, Cassian. ¿Algo más que deba saber antes de pasar al siguiente informe?
Cassian negó con la cabeza antes de retroceder un paso, cediendo el espacio al siguiente en la fila con la misma disciplina silenciosa que empleaba para cualquier trámite del puente:—Nada urgente de mi parte, capitán. El resto son ajustes menores que no ameritan su atención directa. —Volvió la vista hacia su propio panel, ya absorto en alguna cifra que solo él parecía capaz de descifrar, dejando que Kolsi ocupara el lugar que había dejado libre frente al Trono. En lo que Andreus aún conservaba la vaga idea de que estaban aislados en la Extension, sin puertas para viajar, el único medio era por Luz lenta, lo cual eran años completos navegando a oscuras sin sistemas donde repostar. Mantuvo vagamente esa idea hasta que el maestro de disciplina avanzó hacia él.
La placa metálica de su cráneo resaltaba lo suficiente para devolver parte de la luz artificial del puente con un brillo apagado, y llevó ambas manos detrás de la espalda antes de comenzar, como si el gesto formara parte obligatoria de cualquier informe que estuviera a punto de dar: —Los sectores de seguridad interna se mantienen estables tras el motín. Sin nuevos intentos de levantamiento en las bahías bajas, aunque seguimos con doble vigilancia por precaución. —Hizo una pausa breve, suficiente para que Andreus entendiera que lo siguiente merecía un poco más de atención—. Sobre el asunto de la subasta en el mercado de hierro, han surgido nuevos nombramientos.
— ¿Nombramientos para una subasta? ¿No es común ya el comercio en el autoproclamado mercado?
— Lo es, y por eso ya hemos destinado a tres agentes para infiltrarse entre los compradores del mercado negro.
Andreus no pudo evitar llevar una mano para taparse parcialmente el rostro antes de decir algo entre dientes que se comprendió a duras penas como un reclamo sobre por qué era necesario destinar a tres guardias veteranos para recuperar sus propias vestiduras. Era bien sabido que, igual que en cualquier nave lo suficientemente grande para albergar un sistema similar al de una ciudad-estado, siempre emergería el comercio legal o ilegal en todo ámbito, pero la sola idea de que se terminara originando algo tan específico por un montón de tela de colores con bordados llamativos, le era difícil de aceptar. Lo cual pareció comprender Kolsi quien esperó el gesto de Andreus para continuar su informe.
— El motivo de esta operación es porque dentro de la nave es bien sabido que pertenece a las cubiertas superiores; por lo que nos hemos asegurado de que se propaguen rumores sobre que pertenecía a varios oficiales que buscaban vestidores apropiados para un evento de gala. En busca de salvaguardar su identidad. —Kolsi no cambió el tono, ni siquiera ante la evidente ironía de lo que decía. — De saberse que pertenece al propio señor de la nave, podría generar descontento de la tripulación para originar un nuevo motín, o luchas internas en busca de algo cercano a su persona, sin contar los riesgos de que salgan de la propia nave en medio del tráfico que suele originarse entre quienes tienen permiso para bajar y ayudar con labores de exportación e importación de bienes, junto con labores de exploración. Cualquier detalle íntimo del capitán que termine en tierra puede terminar en potenciales riesgos ante su persona.
Andreus, aun manteniendo la mano en el rostro, tuvo que parpadear varias veces para aceptar que estaba despierto y que la seriedad del hombre ante él, que expresaba su argumento con tanta claridad, era verídica y no una forma de ironía o sarcasmo hacia su persona, por lo que le tomó suficiente para encontrar una forma adecuada de continuar la conversación: — ¿Está tan seguro del riesgo que profesa unas simples prendas de vestir?
— Siempre. — Asintió sin cambiar el tono neutro y la mirada fija. — El código genético que puede encontrarse en lo que usa, siempre puede ser empleado para cualquier función que imagine. Incluso el maestro de mi antecesor, que sirvió en la nave antes de que dejáramos los tiempos en los que seguíamos en el imperio, señalaba en la formación que una sola gota de sangre noble podía abrir cualquier bóveda de la nave que requiriera autorización sin necesidad de que la persona a la que le perteneciera estuviera presente. Si aplicamos eso a cualquier escenario que busque atentar contra su vida, no hay forma de garantizar su seguridad en todo sentido que desee aplicar la palabra.
Andreus cerró los ojos un instante, dejando que el peso de la observación se asentara sobre él con más fuerza de la que hubiera querido admitir en voz alta, antes de asentir una sola vez: —Tienes razón. — Añadió casi a regañadientes al obligarse a aceptar tal lógica. — Autorizo los fondos y requerimientos extras que sean necesarios para esta operación. — Agrego luego de suspirar y abrir los ojos de nuevo, encontrándose con la mirada fija de Ragnar a su lado, quien no dijo nada, aunque el gesto de su hermano dejaba claro que también él había llegado a la misma conclusión mucho antes que el resto de la sala:—. Solo procura que no terminen gastando más raciones en sobornos de las que vale la ropa misma.
—Eso ya no puedo garantizarlo, capitán. —Kolsi hizo una leve inclinación de cabeza antes de retirarse hacia su posición habitual, cediendo el lugar a Corven, quien ya se acercaba desde el otro extremo del puente con el holograma central esperando su activación.
Corven tocó dos veces el panel de control antes de que la esfera de luz azulada se expandiera sobre el centro de la sala, proyectando un círculo enorme donde dos manchas mucho más extensas que cualquier otra devoraban la mayor parte del espacio disponible, dejando apenas un margen irregular entre ambas donde la luz se volvía más tenue, casi vacilante. Su voz mantuvo la neutralidad habitual al dar un paso junto al holograma, aunque esta vez no dirigió la mirada hacia el capitán, sino hacia los reclutas que observaban el mapa con una mezcla de curiosidad y desconcierto, como si contemplaran algo que jamás hubieran imaginado existiera más allá del metal de la nave.
—Con el permiso del capitán, antes de continuar con el estado del sector en el que nos encontramos, conviene repasar el panorama completo. Sospecho que varios de los presentes nunca han visto un mapa de la Extensión fuera de los registros de entrenamiento.
Esas últimas palabras fueron dirigidas a los reclutas provenientes de las bahías bajas, la mayoría aún intentaba asimilar que existía algo más que la propia nave, incluso, algo que no fueran estrellas y vacío. Fue por eso que uno de los reclutas se aventuró a dar el primer paso; un muchacho de mirada inquieta al que los oficiales ya conocían como Yannick, quien frunció el ceño mientras seguía con la vista las dos enormes masas de luz. Apenas llevaba una semana asignado al área de comunicaciones, por lo que, tras vacilar unos segundos, terminó levantando ligeramente la mano antes de hablar con una cautela que contrastaba con la evidente curiosidad que reflejaba su rostro,
—¿Y... esas dos zonas tan grandes son...?
Corven asintió con calma, como si hubiera esperado la pregunta desde el momento en que activó el holograma. Deslizó un dedo entre ambas manchas luminosas, siguiendo la estrecha franja que las separaba hasta detenerse en un pequeño punto donde parpadeaba la posición actual de la Balada: — Son El Imperio y el Nexo. Los dos mayores poderes conocidos de este lado de la galaxia. Entre ambos se encuentra la Extensión Rovengard, que es donde nos encontramos actualmente. — Hizo una pausa al ver como varios reclutas intercambiaban miradas. — Se que al haber estado aquí estos últimos años les suene extraño el nombre de la Extension, ya que solo suele emplearse entre los oficiales e informes, pero por favor, presten atención. —El dedo descansó sobre el punto brillante antes de avanzar hacia la franja irregular que dividía ambos territorios—. Este punto es la extensión. Un espacio que ninguno de los dos ha reclamado por completo. Lo que ha permitido el nacimiento de un territorio lleno de estaciones independientes, casas nobles de parias, corsarios, comerciantes y mundos que sobreviven negociando con cualquiera que esté dispuesto a pagar. Una frontera por derecho propio.
El dedo continuó desplazándose hasta detenerse en una región completamente oscura, sin marcas ni rutas registradas, donde incluso el holograma parecía perder intensidad por unos instantes. Corven permaneció en silencio un momento antes de volver a hablar, con un tono más grave que el empleado hasta entonces: — Y esto es el Medio. Un punto antes de terminar en la totalidad del espacio, donde no se han encontrado sistemas planetarios que permitan puntos de apoyo para la generación de cartografía, por lo que las expediciones que se internan demasiado rara vez regresan, y las pocas que lo hacen nunca coinciden en lo que dicen haber encontrado. Por eso nuestras rutas comerciales siempre bordean esa región para moverse por las diversas extensiones o puntos de frontera a lo largo de la galaxia.
—¿Y el Nexo por qué cerró su puerta, si todos quieren entrar? —preguntó Yannick, olvidando por un instante dónde se encontraba antes de ser silenciado con una mirada.
—Porque consideran que aquello que ha generado esta crisis, es un riesgo mucho mayor que los recursos que dejarán de recibir de la propia Rovengard. —Corven no emitió juicio alguno al responder, limitándose a señalar el extremo occidental del mapa, donde una puerta estelar permanecía resaltada en rojo—. Desde el cierre de la puerta de Solance, cualquier nave que intente cruzar sin autorización es rechazada por la armada del Consejo, líderes del Nexo. Algunas son escoltadas de vuelta. Otras nunca alcanzan siquiera a cambiar de rumbo.
Andreus hizo un leve gesto con la mano para que continuara. Corven amplió entonces el holograma hasta mostrar el sistema donde se encontraba la estación Thot. Lugar de reparación de la Balada, que era señalada con un punto morado, a diferencia de las decenas de puntos verdes alrededor del astillero, formando un anillo irregular que crecía conforme el mapa aumentaba de escala y comenzaba a ocupar un porcentaje del propio mapa del sistema solar en el que se encontraban.
—Desde nuestra llegada hemos registrado un incremento cercano al cincuenta por ciento en el tráfico local. Han arribado naves civiles, mercantes, corsarias y refugiados de prácticamente toda la Extensión. Todas buscan exactamente lo mismo: atravesar la puerta del Nexo antes de que la situación empeore. Sin embargo, Thot es la única estación de este sector que aún dispone de un astillero capaz de reparar buques de gran tonelaje y de un puerto con capacidad suficiente para repostar. Las demás estaciones han comenzado a rechazar nuevos atraques por falta de espacio y suministros.
—Así que todos vienen aquí esperando escapar... para descubrir que el resto tuvo la misma idea. —Ragnar dejó escapar una mueca mientras contemplaba el creciente número de señales alrededor de la estación—. Si esto sigue así, no tardarán en pelear por comida o combustible.
Andreus permaneció unos segundos observando el mapa antes de rascarse la barba: —¿Y el Imperio? Si mal no recuerdo, aún conservan sus propias puertas en la frontera.
Corven desplazó el holograma hacia el extremo opuesto de la Extensión. La inmensa masa rojiza del Imperio ocupó buena parte de la proyección antes de que aparecieran resaltados varios sistemas periféricos separados de su territorio principal: — Las puertas imperiales también permanecen cerradas. La diferencia es que no han abandonado por completo a los refugiados. Permiten el acceso únicamente a colonias de extracción situadas fuera de su territorio central, donde ofrecen protección y trabajo, pero no ciudadanía ni libre tránsito hacia el interior del Imperio. Los informes sitúan la mayor concentración de naves desplazadas en los sistemas de Serpent, Hidra y Trinnitos. No existe un comunicado oficial que confirme esa política, aunque los rumores procedentes de los puertos coinciden en que la orden provino directamente de la capital, no de un gobernador regional.
Isel, que había permanecido en silencio junto a su propia estación durante buena parte del informe, dio un paso al frente en cuanto Corven hizo una pausa, con el brazo protésico cruzado sobre el pecho y la expresión de quien lleva ya un rato esperando el momento oportuno para intervenir: —Lo que nadie ha preguntado todavía es si podemos irnos de aquí sin usar ninguna de las puertas del Imperio o de Nexo, ya que ambas parecen decididas a no colaborar. —Su voz llevaba el mismo filo directo de siempre, sin adornos innecesarios—. La Balada puede viajar por luz lenta durante meses sin necesidad de reabastecerse, algo que muy pocas naves de este tamaño pueden decir con la misma tranquilidad. Eso juega a nuestro favor, si llega el momento de salir de la extensión por cuenta propia.
—¿Y él, pero? —preguntó Ragnar, con la certeza de que existía uno, porque en su experiencia, Isel jamás presentaba una ventaja sin acompañarla de inmediato con su contrapartida. — Sabemos que podemos crear nuestra propia comida; tener industrias funcionando y defensas funcionando; pero tarde o temprano la materia prima que tendremos no sobrevivirá el mismo viaje que planteamos, volviendo a cortar sectores para mantener a unos pocos.
—Quizás, pero eso no importa siempre que lleguemos al otro lado. Lo único importante de viajar en Luz Lenta es la integridad del casco. Cassian lo menciono, solo está al setenta y cuatro por ciento; si contamos con que las armas no están recalibradas y los motores a pleno funcionamiento, el intento de salir del sistema es un riesgo en sí mismo. —Isel no suavizó el dato en ningún momento, dejando que cada palabra cayera con el mismo peso seco que solía emplear—. La nave soportaría, llevarnos al otro extremo de la galaxia, siempre y cuando nada intente detenernos en el camino. Pero si algo lo intenta, no tenemos garantía de poder defendernos como corresponde, y mucho menos de escoger un destino seguro una vez que salgamos de la frontera.
Andreus se quedó en silencio un momento, dejando que ambas caras del argumento terminaran de asentarse antes de volver la vista hacia el resto de la sala, donde Adrali esperaba con la tablilla ya lista contra el pecho, en la misma postura que solía adoptar cuando algo relacionado con costos, acuerdos o negociaciones estaba a punto de sumarse a la conversación: —Adrali, algo que añadir antes de que cierre esta reunión. — Fue más un gesto de oportunidad que de interés en sí, sintiendo cómo comenzaba a dolerle la cabeza de tanto parloteo.
—Dos cosas, capitán. —Adrali dio un paso al frente, sin necesidad de consultar la tablilla, como si llevara ya memorizado cada dato desde antes de que se le diera la palabra—. La primera, que el grupo de contrabandistas rescatados del sistema anterior ha solicitado formalmente una audiencia con usted antes de que decidan su próximo destino. — Habló tan rápido que Andreus tuvo que hacer un esfuerzo para escucharla sin perder la idea. — La segunda, que el señor Heronymmus, quien es el líder de la estación, ha enviado una invitación separada, con un tono considerablemente más urgente que de costumbre, para tratar un asunto que no especificó en el mensaje.
—¿Urgente en qué sentido? —preguntó Andreus, aunque el gesto de Adrali, un breve encogimiento de hombros acompañado de una expresión que no ocultaba del todo su propia curiosidad, dejaba claro que ni ella misma tenía una respuesta mejor que ofrecerle.
—En el sentido de que su ayudante insistió tres veces en el mismo mensaje, que la reunión debía darse en persona y sin intermediarios de ser posible. —Adrali cerró la tablilla contra el pecho, dando por terminada su parte del informe—. Si me permite una opinión, La Balada es la única nave funcional en casi su total capacidad para resistir el espacio, y es evidente la pronta escasez de recursos que sufrirá la estación, por lo que es una oportunidad perfecta para obtener beneficios para la nave.
—Estás hablando del sufrimiento de miles o incluso más. — Intervino Ragnar con evidente discordia en su hablar. — ¿Y a cambio de qué? ¿Llenarnos los bolsillos mientras otros mueren?
— Me temo que no entiende mi punto. — La neutralidad de Adrali llegaba a rivalizar con la de Kolsi. — La estación sufre y no hay nada que podamos hacer para ayudarla, pero si aliviamos el sufrimiento, será suficiente para conseguir un pase por la puerta estelar del Nexo; es bien sabido que Heronymmus suele mantener tratos tanto con los corsarios como con los contrabandistas grises y, sobre todo, con la propia armada naval. Al menos, si no podremos salvar a la estación, podemos asegurar un pasaje para nosotros mismos sin tener que padecer el mismo destino que ellos.
Las palabras frías de la mujer hicieron eco en la sala, que comenzó a extenderse en un silencio de incomodidad que fue acumulándose en todo el lugar hasta instalarse en algún punto entre los hombros y la nuca de los presentes. Que no pudieron evitar intercambiar miradas, susurros e incluso opiniones que fueron silenciadas rápidamente ante la idea que presentaba la mujer. Ante la cual la única respuesta recibida, fue la necesidad de tiempo para considerarlo por parte del capitán antes de cerrar la reunión.







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