Agatha: Interludio III El olvido que seremos
- Ciaran. D'ruiz

- 19 may
- 8 min de lectura
El robot llevaba doce minutos hablando de prótesis con la misma entonación con que habría leído un contrato de arrendamiento. Citando línea por línea de pros, contras y presentando una tabla comparativa sobre cada modelo, desde los más accesibles en el mercado, hasta los de última generación; mencionando también los sistemas de respuesta neural, compatibilidad con implantes existentes, cobertura de polímero en tres tonos distintos que el mecanoide presentaba en una pantalla lateral como si el color fuera la parte relevante de la conversación.
Blake escuchaba con la atención que le sobraba, pronunciando cada tanto una que otra palabra para continuar la conversación, aunque era más un gesto para evitar quedarse en silencio que otra cosa. Necesitaba el ruido, la emoción, algo que le hiciera olvidar el tiempo encerrado que llevaba en ese lugar. Paso una mano por el cuello antes de dejarla descansar sobre su pecho, empleando la misma postura que desde hace tiempo, acostado sobre la camilla con la vista al techo y dejando que el robot continuara llenando el silencio con ese tono indiferente que caracterizaba las unidades médicas.
Para el momento en que el mecanoide llegó al quinto modelo y comenzó a detallar el sistema de amortiguación en superficies irregulares, Blake bajó la vista hacia la pantalla el tiempo justo para señalar el tercero de la lista sin incorporarse del todo: — Quiero ese. —Respondió más por evitar que continuara hablando que por interés, algo que el robot comprendió, pero no evitó que diera una opinión al respecto.
—Este modelo presenta limitaciones en el rango de flexión lateral respecto a los dos anteriores — respondió el robot, con la cadencia de quien no registra la impaciencia como variable relevante en sus cálculos.
—Ya lo sé, y aun así es ese —replicó Blake, volviendo la vista al techo antes de que el mecanoide terminara la frase, con el tono de quien cierra una conversación que nunca consideró abierta del todo.
El robot procesó la elección y apagó la pantalla de modelos sin más comentario. Blake aprovechó el silencio para alcanzar el control del panel lateral y encender la pantalla de noticias, que llevaba días apagada y que recibió con el gesto distraído de quien necesita algo que ocupe el espacio sin exigirle nada a cambio. La imagen llegó en mitad de una transmisión desde algún sector del borde exterior, imágenes aéreas de una estación comercial con daños estructurales visibles en el ala de carga, y una locutora explicando con tono neutro que la disputa entre dos corporativos por las rutas de extracción del sistema había escalado por tercera vez en el mismo trimestre.
No reconoció ninguno de los nombres. Ni siquiera hizo el intento de hacerlo, tan solo los dejó fluir de todas formas, porque en los sectores de frontera las historias eran siempre la misma historia con nombres distintos, y escucharla sin prestarle atención tenía algo de familiar que en ese momento era lo más parecido a la comodidad que la sala podía ofrecerle. Incluso a la normalidad de la que estaba acostumbrado.
Los minutos que siguieron tuvieron esa textura particular de las esperas médicas que se extienden más allá del procedimiento: el zumbido constante de los sistemas de soporte, el movimiento metódico del robot preparando la instalación, la luz blanca sin carácter propio que no distinguía entre las horas del día porque en esa sala las horas del día no existían como categoría útil. En la pantalla, la transmisión pasó a otro titular, esta vez desde un sector más cercano, y Blake prestó suficiente atención para entender que se trataba de un informe sobre el estado de seguridad en Veridian tras el incidente del Tenerius. La palabra incidente le produjo algo que no llegó a ser ironía, solo el reconocimiento de que así era como terminaban llamándose las cosas cuando alguien necesitaba que cupieran en un titular sin generar preguntas adicionales, y que ese alguien casi nunca era quien las había vivido.
Coran apareció en pantalla antes de que Blake terminara ese pensamiento, de pie frente a un logo corporativo de Helix con el uniforme en orden y la postura de siempre, respondiendo preguntas sobre protocolos de respuesta con la economía de palabras que Blake ya le conocía. Lo que no le conocía era la cicatriz. Ocupaba el lateral derecho del cuello y parte de la mandíbula, del tipo de lesión que no admite disimulo porque el tejido ya tomó su forma definitiva, una superficie irregular que solo podía ser expresada como dolorosa. Se quedó mirándola más de lo esperado, sin llegar a cambiar de postura, con los antebrazos apoyados sobre las rodillas y la vista fija en la pantalla, sin decir nada, dejando que la imagen existiera frente a él el tiempo que necesitara existir antes de que él decidiera qué hacer con lo que producía.
—La lesión visible en el individuo corresponde a quemadura de tercer grado con probable componente de trauma por contacto directo — dijo el robot desde el lateral, con la misma voz neutra que empleaba para todo, sin que nadie le hubiera pedido que lo dijera —. El área afectada sugiere exposición sostenida a una fuente de calor a distancia corta durante un período superior al que el tejido puede gestionar sin daño permanente. El nivel de dolor crónico asociado a ese tipo de cicatriz varía según el umbral del individuo, aunque en la mayoría de los casos se mantiene presente de forma intermitente durante años sin que el tratamiento consiga eliminarlo del todo. Se podría aconsejar un tratamiento de...
Blake terminó ignorando al robot y continuó observando la pantalla. Si el mecanoide dio su opinión por algún sentido de conciencia, o por su programación enfocada en el análisis y categorización de heridas para tratar, era otro asunto. Simplemente no existía nada que ambos pudieran decir más allá de la necesidad. Cuando la transmisión pasó al siguiente titular, se recostó sobre la camilla con el movimiento lento de quien administra un cuerpo que todavía no responde del todo como debería.
Sin más que hacer, en un gesto inconsciente, buscó en el bolsillo del gabán con la mano buena antes de recordar que no había gabán, que llevaba semanas sin gabán, y que el cigarrillo que buscaba no estaba ahí desde antes de que cualquiera de las cosas que recordaba hubiera ocurrido. Incluso de haberlo estado, tampoco podría dar certeza de que fuera el suyo o una de tantas prendas de ropa que terminaba adquiriendo de forma involuntaria a sus dueños originarios, a los cuales, jamás se les devolvería la prenda en cuestión.
—Quiero un cigarrillo —expresó sin mediarlo mucho.
—El estado actual de sus vías respiratorias no es compatible con la introducción de agentes irritantes en este período de recuperación — respondió el robot, con una precisión que no dejaba espacio para la negociación —. La solicitud queda registrada para cuando las condiciones lo permitan.
Deseo replicarle al cacharro de metal, pero sería estúpido hacerlo, igual que tantas otras cosas que considero hacer. Sin más, se limitó a cruzar el brazo sobre los ojos y dejar que la pantalla siguiera hablando de cosas que ocurrían en lugares donde él no estaba: una disputa territorial en el borde exterior; el anuncio de una nueva ruta comercial entre dos sistemas cuyos nombres sonaban intercambiables; cifras de producción en colonias que existían para producir y producían para existir sin que nadie en esa cadena hubiera considerado necesario preguntarse si había otra forma de organizar las cosas. Junto con otras tantas cosas que solo podía decir, que eran más aburridas que las anteriores: — ¿Cuánto llevo aquí? — pensó, sin calcular la respuesta, dejando que la pregunta se quedara donde estaba, en el techo, sin que nadie la respondiera. La sensación no era exactamente impaciencia, era algo más parecido al reconocimiento de que afuera el universo seguía funcionando con la misma indiferencia de siempre, que ese funcionamiento no había esperado ni esperaría a que él terminara de recuperarse para continuar, y que eso, por alguna razón que no tenía ganas de examinar, le resultaba en este momento más pesado de lo habitual.
En algún punto entre un titular y el siguiente, sin transición clara, el techo dejó de ser el techo. Para convertirse en un bostezo y, sin medirlo ni contarlo, en quedarse dormido. Soñar era extraño; luego de tantas experiencias, no había otra que más le incomodara que el dormir. El dejar de estar atento o activo, le parecía extraño. Entrenado para funcionar por más tiempo del que el cuerpo estaría y, aun así, terminó en ese espacio que existe entre la conciencia y la existencia.
Lugar donde se encontró con el frío, la oscuridad y un fuerte peso en sus manos, que, al bajar la cabeza, le generaron algo similar al miedo. Había alguien entre sus brazos, y lo primero que llegó no fue una imagen, sino el peso, la temperatura, la forma en que ese cuerpo se acomodaba contra su pecho con la resignación de algo que ya no tiene energía para sostenerse solo. En medio de una súplica: — “Lo siento” —repitió el cadáver antes de apoyar su cabeza sobre el pecho del hombre.
Ante ese acto, Blake intentó pasar una mano sobre su rostro, acomodarle los cabellos para descubrir quién era, e intentar decirle algo, pero nada de eso pasó, ni la revelación de quién era, ni el consuelo prometido, tan solo, una sensación de vacío que se mantuvo en cuanto despertó con la sensación de la garganta seca y la incomodidad de vivir algo que no era una pesadilla, pero tampoco agradable de recordar.
Despertó sin terminar de salir de ahí, con la imagen todavía presente, pero ya sin bordes, disolviéndose en la luz blanca de la sala antes de que pudiera sostenerla. Parpadeó un par de veces antes de tocarse la garganta. — Sed, qué sed. —Repitió nuevamente en lo que se acomodaba sobre la camilla, buscando al mecanoide, quien no estaba ahí. Si no alguien más, de quien primero comprendió quién era por el aroma del cigarrillo antes que por su presencia.
— Despertaste, bien.
Las palabras de ella eran tan neutras como siempre. Aunque, a diferencia de las anteriores secciones, la mujer tenía una apariencia descuidada. Sentada al lado de la mesa de la salida, sostenía un pad de datos con una mano en lo que fumaba con la otra, y por la cantidad de colillas que se encontraban sobre la superficie, llevaba un tiempo ahí El porqué no lo habría despertado antes, no sabría decirlo, pero pudo atribuirlo a su apariencia descuidada.
Probaba la chaqueta mal colocada sobre los hombros y un mechón fuera de lugar que no había hecho ningún gesto por corregir, lo cual en ella era más información de la que habría dado cualquier otra señal visible. Incluso la segunda botella vacía que acompañaba la hilera de cigarrillos era otro dato importante. Dejó el pad sobre la mesa; antes de suspirar, se llevó dos dedos a la frente antes de masajearse las sienes y decir algo que no se le entendió.
Para el momento en que alzó la mirada, en sus ojos se notaba un desgaste, de aquellos que se producen luego de haberle dedicado tanto tiempo a algo y no poder terminarlo. Las sombras bajo sus ojos, la palidez de su rostro y la manera en que volvió a fumar, solo aumentaban lo cerca que estaba entre la línea que separa la frustración con la ansiedad. No le dejo hablar, tampoco lo habría hecho de todas formas, porque su mirada fue suficiente antes de pronunciar la primera palabra: —Cuando la tomaste en brazos — dijo ella, sin preámbulo y con la seguridad de volver a tomar otro cigarrillo antes de llevárselo a los labios. — ¿Qué fue lo primero que notaste?






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