Agatha: Capítulo 9: Tenerius
- Ciaran. D'ruiz

- 18 may
- 32 min de lectura
De todos los lugares en los que había estado, el interior del teatro era, sin duda, de los más confusos. Los corredores del Tenerius eran laberínticos, con suficientes entradas, salidas y lugares que daban siempre al interior de la sala y no directamente al lugar esperado. Aunque eso ayudaría a los artistas a moverse y llegar al escenario, solo significaba dolores de cabeza para su persona, al no saber dónde terminaba y cuándo empezaba. Sin contar el olor a cable caliente, cera para encerar los pisos de madera, antes de cada función, y un olor extraño, amargo, de esos que solo tienen los lugares con suficiente antigüedad para ser reconocidos a la vista.
Había solicitado el cambio de los filtros antes del día, pero ni eso ayudaba a menguar ese aroma. Incluso la petición de cubrir las tuberías del techo, que recorrían cada parte que le recordaba a un organismo viviente, cada uno marcado con diferente color, atribuido a un sistema diferente Desde los electros hasta los de climatización, y cada ciertos metros, entre medio, la aparición de alguna lámpara que proyectaba un círculo de luz fría sobre el suelo de concreto que no alcanzaba a iluminar los extremos del pasillo. Era la parte del teatro que el público nunca iba a ver.
Desde algún punto sobre su cabeza llegaba el ruido metálico de la parrilla, donde dos técnicos de tramoya verificaban el estado de las barras de telones antes de que el sistema quedara bloqueado para la función. Uno de ellos decía algo sobre un contrapeso que no había respondido bien en el ensayo de la tarde, y el otro respondía con la economía de palabras de quien ya ha escuchado esa queja suficientes veces como para saber que o se resuelve solo o no se resuelve, y que en cualquiera de los dos casos el espectáculo no se detiene. Se escuchaba también, más amortiguado, el movimiento del equipo de iluminación en la cabina técnica del nivel superior, ajustando los ángulos de los focos con esa concentración específica de los oficios que nadie nota cuando están bien hechos. Más adelante, donde el corredor hacía un giro hacia la caja escénica, alguien del equipo de producción hablaba por el sistema interno confirmando que el ciclorama posterior estaba instalado y que la pantalla de proyección respondía al sistema de la cabina. Todo funcionaba. Hasta ahora, todo funcionaba.
Se rascó la cabeza, antes de encender el pad de datos que traía consigo, y comenzaba a anotar cada comentario escuchado, verificando que todo se estuviera llevando a cabo en la medida que recorría el lugar, hasta terminar ante una puerta que, al empujarla, le llevó al corredor de servicio, que conectaba con la sala principal. Momento que, al pasarlo, se encontró con la totalidad del teatro que lo recibió en escala y colores, que recordaba porque era importante su existencia. Desplegado ante sí, la majestuosidad de un cuadro de la vieja tierra. De los tiempos donde el color rojizo, dorado y sus tonos oscuros aún no habían sido reemplazados por los azules y fríos de la modernidad.
El Tenerius tenía capacidad para novecientas personas distribuidas en tres niveles: la platea en el nivel de acceso, donde las butacas se inclinaban suavemente hacia el escenario en bloques separados por dos pasillos longitudinales y uno central, y los dos niveles de palcos laterales que se curvaban sobre la sala como las costillas de algo que respirara despacio. Las columnas de piedra oscura que sostenían los palcos no tenían ninguna función estructural que no pudiera haber resuelto una viga de acero, pero alguien había decidido ponerlas de todas formas, y ese gesto anacrónico era exactamente lo que hacía que el Tenerius fuera el único lugar en la colonia donde los anillos se mezclaban sin que nadie tuviera que justificarlo.
El teatro había sido construido con financiamiento de Helix cuarenta y dos años atrás, durante la primera administración de la colonia, como gesto de buena voluntad hacia los sectores no corporativos, y desde entonces había desarrollado esa neutralidad peculiar de las instituciones que todo el mundo necesita y que nadie quiere controlar del todo porque controlarlo implicaría reconocer que se necesita.
Los protectores de tela de las butacas de las primeras filas ya estaban retirados. El resto del personal de limpieza trabajaba en los bloques del fondo con la eficiencia silenciosa de quien sabe que tiene un tiempo fijo y que ese tiempo ya está corriendo. En el proscenio, el borde frontal del escenario que avanzaba ligeramente sobre el foso de orquesta, el piano de cola ocupaba el centro exacto bajo el foco principal, que alguien había encendido para verificar el ángulo y que proyectaba sobre el instrumento vacío un cono de luz con la precisión de algo que lleva semanas esperando ese momento. Por el vestíbulo del fondo comenzaban a entrar los primeros grupos, voces bajas, el sonido de pasos sobre el mármol del acceso, el murmullo específico de la gente que entra a un lugar así y baja automáticamente el tono porque el espacio lo pide.
Los observó un momento desde el lateral, sin avanzar todavía, catalogando sin propósito inmediato: trabajadores del primer anillo con ropa que habían guardado para una ocasión así, técnicos de las empresas de suministro que venían en grupos de tres o cuatro, algún ejecutivo del segundo que llegaba temprano porque llegar temprano era la única forma de llegar que no implicaba ser visto llegando. Aunque no debía darle importancia, hasta una parte de sí se sentía orgulloso de saber que el trabajo en la decoración y preparación del evento originaba en los presentes ese sentimiento de asombro ante el lugar, algo que, aunque mínimo, valoraba, el saber que alguien apreciaba el tiempo invertido; al menos, el tiempo suficiente hasta que el dispositivo de su muñeca vibró, y la leve alegría duró poco, al recibir un tipo de notificación que no esperaba.
Leyó el mensaje en silencio en la medida en que caminaba en dirección al lugar de origen. En todo ese tiempo, esperaba la llegada del evento principal; tanto que su atención se había centrado en cada uno de esos detalles que había olvidado lo demás, o no olvidado, sino dejado de lado y delegado a quienes debían concentrarse en esos asuntos, esperando que sus órdenes se cumplieran con la eficiencia esperada. Al menos, eso quiso creer cuando, al girar el pasillo, se encontró con Coran, apoyado contra la pared y manteniendo los brazos cruzados, en la medida que su vista se centraba en las butacas del sector central como si las estuviera leyendo.
—Los bloques C y D para Helix, E y F para Tritón. —No era una pregunta. Coran señaló el pasillo central con un gesto que abarcaba los cuatro metros de distancia entre los dos bloques—. Cuatro metros. ¿Acaso quieres que se maten, Dael?
— En realidad están a cuatro metros y cincuenta centímetros, según el plano del recinto — replicó el asistente, mientras consultaba la tableta—. Es la medida reglamentaria del pasillo central.
—Es la medida reglamentaria de un pasillo entre espectadores. No de un límite entre dos corporaciones que llevan ocho meses en disputa activa por una colonia. —Coran giró la cabeza hacia él con la expresión de quien ha llegado a una conversación con la conclusión ya formada y sin ánimos de escuchar—. Los palcos dan más distancia vertical. Si ponemos a uno arriba y al otro en platea, el contacto físico entre grupos se vuelve prácticamente imposible.
—Y el mensaje que enviamos es que uno merece el palco y el otro la platea. —Dael no levantó la vista de la tableta—. Tritón leerá eso como una declaración de posición antes de que empiece la presentación. Helix también, aunque en sentido contrario.
— ¿Y?
— El objetivo del evento es demostrar que la colonia tiene estabilidad institucional suficiente como para que las partes en disputa compartan un espacio sin incidente. —Observo de reojo al agente. —Si segregamos la sala por nivel, destruimos ese argumento antes de que logremos un concilio.
Coran no respondió de inmediato. Miró nuevamente los bloques, luego el pasillo central, luego el escenario con el piano bajo el foco, antes de volver a observar al asistente, con la expresión de quien está evaluando algo que no es el argumento que acaba de escuchar, sino sus consecuencias que pueden provenir del mismo. Lo cual, solo hizo que mantuviera la mueca en el rostro y un resoplido; la política y diplomacia le parecían una estupidez en todo aspecto.
—¿Fue aprobado por Cassandra?
—Personalmente. Asintió Dael con cierto orgullo. — El protocolo de disposición de sala lleva su firma desde hace diez días. Igual que los demás elementos, como los decorados y ...
Coran exhaló por la nariz antes de descruzar los brazos y empezó a caminar hacia el fondo de la platea sin anunciar el movimiento, solo para detenerse y observar cómo el asistente lo miraba confundido, motivo por el que le hizo una señal a regañadientes para que lo acompañara, sin importarle si le interesaba o no, lo que estuviera haciendo. Dael dudó, volvió a ver el lugar antes de recibir las notificaciones y si alguna de ellas podría ser lo suficientemente importante para evitar esa conversación, pero al no encontrar ninguna, comenzó a caminar.
—Explícame el resto —dijo Coran, sin mirarlo, su mirada estaba enfocada en el nivel de los palcos que comenzaban a llenarse en los extremos—. Todo el protocolo, desde el personal hasta las salidas.
—Doce efectivos en total. —Dael avanzó a su lado, ajustando el paso al de Coran,—. Cuatro en el vestíbulo durante el acceso del público, cuatro en sala durante la función y cuatro en la zona de backstage y camerinos. Es el máximo que podemos tener activo sin que el nivel de seguridad visible altere la percepción del evento.
—¿Y la cabina técnica?
—Personal del recinto. Un técnico de iluminación contratado por el Tenerius. Te mando nombre y credenciales.
Coran giró hacia la escalera lateral que subía al nivel de los palcos, y Dael lo siguió hacia arriba, donde la perspectiva de la sala cambiaba de forma considerable: desde el palco se veía el patio de butacas como un mapa, los bloques claramente definidos, el pasillo central como una línea que dividía el espacio en dos mitades que en ese momento todavía no estaban cargadas de nada, pero que en unas horas iban a estarlo. Coran se apoyó en la barandilla y miró hacia abajo con la atención de quien verifica líneas de tiro, aunque nadie le haya pedido que lo haga.
—Desde aquí se ve cualquier movimiento en los bloques C, D, E y F —dijo—. Quiero un hombre en el palco del nivel dos, lateral izquierdo.
—Eso excede el número de efectivos visibles que acordamos con la administración del recinto.
—Que esté sentado. Que parezca que pagó la entrada.
Dael lo anotó sin comentarlo. Empezaron a bajar de regreso a la platea, y durante el trayecto Coran preguntó por el corredor trasero, por los accesos de servicio laterales, por el protocolo médico que Sura había confirmado para esa noche, por la ruta del traslado de Melody desde la torre hasta los camerinos y si había sido verificada sin incidentes. Dael respondió a cada punto con la precisión de quien ha preparado esas respuestas con anterioridad, aunque algunas llegaran con la ligera demora de quien consulta la tableta antes de hablar porque prefiere que los datos sean exactos a que sean rápidos. Lo cual, le hizo poca o ninguna gracia al hombre, aunque terminó aceptando la respuesta al final. El teatro seguía llenándose a su alrededor mientras bajaban, y el murmullo de la sala había alcanzado ese volumen específico que se produce cuando hay suficiente gente como para que las voces individuales desaparezcan en el conjunto, pero no tanta como para que el ruido se vuelva impersonal.
— Hay otro asunto que debemos de tratar. —Añadió Dael en cuanto Coran terminó de citar las diversas irregularidades y posibles escenarios caóticos de la noche, los cuales terminó ignorando luego del tercer escenario sobre la posibilidad de un tiroteo.
— ¿Cuál?
—El carguero Ashlley, el de carga mixta que tenía entrada a órbita esta noche, no obtuvo autorización de tránsito.
— Explica.
— Lo desviaron a tierra. —dijo Dael, cuando llegaron al nivel de la platea—. En este momento está en el puerto industrial del anillo exterior, en la zona de carga cuatro del sector norte. La descarga está programada para después de medianoche.
—¿Afecta al perímetro?
—El puerto está a cuatro kilómetros. No afecta directamente, pero implica actividad en el sector norte que no estaba en el plan original, lo cual puede complicar las rutas de salida de vehículos después de la función si hay que moverlos con rapidez.
— Entonces manda a alguien de apoyo o extiende el turno de los obreros que están por salir. Es tu trabajo; si no afecta a la seguridad, no me interesa.
— Pero...
— Pero, nada. Resuélvelo.
Dael intentó añadir algo más, pero Coran lo terminó por ignorar. Cualquier tema que no involucrara seguridad, armas o planes que conllevaran a los primeros dos puntos. No le interesaban en absoluto; su trabajo era velar porque todos estuvieran vivos al inicio y final de la jornada; poco y nada más le interesaba fuera de ello. Todos lo sabían, o lo terminaban sabiendo luego de convivir con el hombre, quien, para ese momento, se había detenido y revisaba el dispositivo de su muñeca, el mismo que portaba Dael, siendo similar a un reloj inteligente de muñeca, que facilitaba la comunicación y navegación por la red, sin necesidad de implantes neuronales o similares. Para cuando termino de leerlo, cambio de rumbo al vestíbulo.
— ¿Qué sucede?
—Hay un altercado en el acceso lateral. —Guardó el dispositivo—. Ven.
—Estoy esperando la notificación del traslado y llegada de Melody —replicó Dael, en un intento de evitar continuar la conversación. Si algo detestaba, era que le preguntaran punto por punto, por el trabajo ya realizado.
—Tardará veinte minutos. —Coran ya caminaba hacia la salida—. Necesito que el incidente quede en la bitácora oficial del evento. Eso requiere un testigo con autorización administrativa. — Se detuvo un momento en cuanto dos técnicos entraron por el pasillo, intercambiando un pequeño gesto antes de continuar caminando. — Y ahora mismo, eres el único que me sirve.
Dael cerró la tableta antes de suspirar y lo siguió, porque cuando Coran encuadraba algo como un requisito, en especial si tenía que ver con el procedimiento o seguridad, lo hacía con la seguridad de quien sabe exactamente qué palabras hacen que la otra persona no tenga argumento disponible. Así funcionaba y lo seguiría haciendo sin excusas. Por lo que, no fue sorpresa que nada en su expresión cambiara, una vez llegaron al exterior, donde fueron recibidos por el aire amargo de la colonia, junto con los paneles de publicidad en las fachadas del bloque residencial en el norte, donde se proyectaban imágenes de la colonia, el tipo de imágenes que se usan cuando quieren que los espacios públicos parezcan institucionales: panorámicas del tercer anillo con luz de amanecer, familias en los parques del segundo, trabajadores del primero con expresiones que ningún trabajador del primero tenía en realidad durante un turno de doce horas. El acceso lateral del teatro, que debía estar despejado por protocolo, no lo estaba.
Entre todos los vehículos, el que resaltaba a simple vista era el aerodeslizador. Modelo MK38, siendo de los modelos del corredor corporativo más exclusivos del sector. Tenía la carrocería oscura y las líneas bajas que indicaban que alguien había pagado por la versión que no necesita anunciarse. Ocupaba exactamente el ancho del acceso, bloqueando el paso con la indiferencia de un objeto que ha sido dejado así porque quien lo dejó no consideró que las consecuencias fueran su problema. Un acomodador del teatro intentaba explicarle algo a un hombre de traje claro que escuchaba con la expresión de quien ha decidido que lo que le están explicando no aplica a su caso, que era la expresión específica de alguien que ha llegado a esa convicción no por razonamiento, sino por hábito.
—El acceso lateral es de uso exclusivo para emergencias y personal autorizado durante el evento —dijo Coran, llegando al hombre sin preámbulo ni cambio de velocidad—. El vehículo tiene que moverse ahora.
—Mi asistente coordinó el estacionamiento con la administración del recinto hace tres días —respondió el hombre, con el tono de quien siente que citar una coordinación previa debería ser suficiente para cerrar cualquier conversación—. Si hay un problema de comunicación interna, ese problema no es mío.
—El protocolo del evento está activo desde las catorce horas y reemplaza cualquier coordinación previa. —Coran sostuvo la mirada con calma, aunque no dudó en apretar el puño, en espera de una razón para emplearlo—. Puede dejarlo en el acceso trasero norte. Es el único espacio disponible a esta hora.
—Presentaré una queja formal ante la directora Cassandra sobre el manejo de este evento si se atreve a mover mi vehículo. ¿Si quiera sabe a quién le está hablando?
— A un cadáver, si no mueve el vehículo al lugar asignado, ¿está claro?
— ¡Esto es un insulto! Presentaré la queja y me aseguraré de que no pueda volver a trabajar en este sector.
—Hágalo, siempre y cuando mueva el puto cacharro.
El hombre miró a Dael como si esperara que la presencia de una segunda persona le ofreciera alguna variable adicional, y Dael le devolvió la mirada con la expresión de quien está pensando en otra cosa, que era exactamente lo que estaba haciendo. Ante lo cual, el hombre giró hacia su asistente con la energía de quien transfiere la incomodidad en la única dirección disponible, y donde la pobre chica, no tuvo opción que obedecer luego de una variopinta cadena de insultos hacia su persona. En la medida en que Coran continuaba a su lado y se aseguraba de que se acatara la orden. Todo mientras Dael repasaba punto por punto la lista del evento, en espera de tenerlo todo asegurado, hasta que, una vez más, volvió a recibir una notificación anunciando la llegada de la estrella principal: — Melody se encuentra en los camerinos. —
—Vuelvo adentro —pronuncio en espera de que fuera suficiente para poder terminar la salida.
Si Coran le prestó atención, solo lo sabría el agente, quien ni siquiera le prestó atención o interés alguno, en la medida que Dael volvía al interior del teatro dejando atrás el ruido exterior, y cuando empujó la puerta que lo devolvió al vestíbulo, el murmullo de la sala lo recibió como algo que hubiera estado esperando su regreso. Cruzó entre los últimos grupos que buscaban sus butacas y llegó al corredor de servicio que conectaba el vestíbulo con la zona de backstage y camerinos. Empujó la segunda puerta y, en el tránsito entre el espacio público y el interno, se permitió, durante los cuatro segundos que duró ese trayecto, simplemente, disfrutar del momento.
Dael empujó la puerta del camerino esperando encontrar lo mismo que había encontrado en los ensayos de las semanas anteriores, que era una chica sentada frente al espejo con la expresión de quien está cumpliendo por deber y no por pasión. Pero a diferencia de otras tantas ocasiones, lo que encontró en cambio fue a alguien que no reconoció de inmediato, no porque hubiera cambiado de forma radical, sino porque el cambio era del tipo que ocurre cuando todos los elementos de una persona finalmente ocupan el lugar correcto al mismo tiempo. Las maquilladoras habían terminado el trabajo principal y una de ellas estaba dando los últimos ajustes en el cabello con la concentración silenciosa de quien sabe que lo que tiene entre manos ya no necesita mucho más. Ante ella se encontraba Melody quien estaba sentada con la espalda recta y las manos sobre el regazo, mirando el espejo con una expresión que Dael no supo clasificar de inmediato. Ante lo cual, se detuvo un momento más de lo necesario antes de avanzar, y cuando ella lo vio llegar por el reflejo, giró levemente la cabeza hacia él, Dael dijo lo primero que era verdad.
— Te ves hermosa. —dijo, con el tono neutro de quien constata un hecho.
—Gracias —respondió ella, y lo dijo con la incomodidad específica de alguien que no tiene mucha práctica recibiendo ese tipo de observación, pero que, en el fondo, la valoraba, aunque no supiera qué respuesta dar.
Dael se colocó a su lado en cuanto no supo cómo continuar la conversación, por lo que prefirió retomar la labor que lo había traído en primer lugar. En cuanto abrió el pad de datos, comenzó a repasar el orden del evento. Creyendo que sería motivo suficiente para iniciar una conversación, aunque la mirada de ella, era la de quien no está presente en ese momento. Y sin saberlo, comenzó a explicarle cada parte del evento, comenzando con la apertura de Cassandra, quien abriría con un discurso de apertura. Donde se cubrirían los avances de la colonia y la conmemoración de los Tenerius como familia fundadora. Siendo uno de los tres linajes que habían firmado el acta de colonización sesenta y cuatro años atrás junto con los Ashford-Reyes y los Murai, nombres que todavía aparecían en las placas del vestíbulo y en las cuentas de patrocinio del teatro, aunque los Murai llevaban dos generaciones sin aparecer en ningún evento de este tipo.
Después vendrían dos actos musicales, grupos del segundo y tercer anillo que habían solicitado el espacio a través del programa cultural de Helix, y luego ella cerraría la noche: —Si todo sale bien y calculando el total de los tiempos de cada acto. — Pronuncio al repasar el estimado. Se tendría un aproximado de treinta y cinco minutos sobre el escenario, por grupo, desde que la anuncia hasta el final de la presentación — Hubo algo al decir los datos, que le daba confianza, creyendo que eso mismo podría hacerle sentir a ella, quien seguía observándose en el espejo, pero con una mirada ausente, ante lo cual arrugó la nariz.
— Si te preocupa algo, te aseguro que todo saldrá bien; me he asegurado de eso.
—Gracias —dijo Selene, pero lo dijo hacia el espejo, con los ojos en sus propias manos, que habían empezado a moverse sobre el regazo de forma tímida.
Dael arrugó levemente la nariz al no estar seguro si había hablado demasiado rápido o si le había faltado algo, por lo que volvió a consultar la tableta creyendo en lo segundo, pero al repasar todo el evento, arqueó la ceja antes de volver a verla, quien seguía con la vista baja y los dedos entrelazándose y desenredándose con la paciencia de algo que no tiene prisa porque no sabe a dónde ir.
—¿Sucede algo? —preguntó.
Selene tardó un segundo en responder, como si estuviera decidiendo si la pregunta merecía una respuesta honesta o una funcional, y terminó eligiendo algo entre las dos: —Me gustaría saber si Erhan pudo venir —dijo, sin levantar la vista—. Le di la invitación hace un par de días, pero no supe si llegó a tiempo o si pudo conseguir entrada o... —Se detuvo, y el gesto de los dedos se detuvo también—. Solo quería saber.
Dael abrió la tableta antes de haber decidido qué iba a hacer con ella, navegando entre los registros con más lentitud de la habitual mientras buscaba algo que sabía que probablemente no iba a encontrar en esa lista, porque era una lista de invitados corporativos y de interés institucional y no de instructores de piano del segundo anillo que habían recibido una invitación de manos de una chica durante una clase.
Estaba a punto de decirlo cuando notó, por el reflejo lateral del espejo, que Sura había levantado la vista de la tableta médica y los miraba a los dos con la atención de quien acaba de cambiar de prioridad sin anunciarlo. Miró a Dael. Luego miró a Selene. Luego volvió a Dael con una expresión que no era una pregunta, sino la antesala de una.
—¿Qué está pasando? —dijo, en voz suficientemente baja para que no llegara al otro lado del camerino.
—Nada —respondió Dael—. Estoy verificando si alguien figura en el registro de asistencia.
Sura sostuvo su mirada un momento más, luego dejó la tableta médica sobre la mesa lateral con el cuidado específico de quien está liberando las manos para una conversación, y se dirigió a Selene con una brevedad cortés.
—¿Me prestas a Dael un momento?
Selene asintió sin preguntar nada, y Dael se disculpó con ella con un gesto y siguió a Sura hacia el lateral del camerino, el punto donde las maquilladoras no podían escucharlos sin esforzarse y que era el único espacio disponible para una conversación que no era para todos los presentes.
—¿Por qué estás haciendo eso? — preguntó Sura, sin rodeos.
—Porque me lo pidió. —Dael bajó la tableta—. No cuesta mucho verificar si alguien está en el registro.
—Este tipo de cosas cuestan. —Sura lo dijo sin énfasis, como quien constata algo que ya está en los datos y no necesita ser argumentado—. Para ella, especialmente esta noche.
Dael arqueó una ceja: —¿No notaste los nervios? —continuó Sura—. La ansiedad desde que entraste.
—Es comprensible —respondió con ademán de que era normal—. Es un evento importante, hay novecientas personas al otro lado de esa puerta y ella lo sabe. Cualquiera estaría nervioso.
—Cualquiera. Pero no ella, no hoy. —Sura repitió la palabra con una cadencia que la vaciaba de contenido sin contradecirla directamente, y luego continuó con el mismo tono—. Hace media hora, antes de que llegara al teatro, le administré Seralene.
Dael frunció el ceño levemente, el gesto de quien reconoce un término sin estar completamente seguro de sus implicaciones, ante lo cual Sura lo interpretó correctamente antes de que tuviera que pedirle que continuara: —Es un regulador de cortisol. Actúa sobre el eje de respuesta al estrés, lo que mantiene los niveles anímicos dentro de un rango funcional durante un período definido. —Hizo una pausa breve.
— ¿Por qué hiciste eso?
— Cualquier indicio de estrés solo aumentará la degeneración de órganos que padece. Le calculé la dosis para la duración de la presentación, con margen. El problema es que esos síntomas que estás viendo ahora. — Hizo un gesto para que la viera antes de comenzar a contar con los dedos. — El movimiento con los dedos, la mirada ausente, la pregunta sobre el instructor, son exactamente lo que debería estar suprimiendo el Seralene. Que no lo esté suprimiendo significa que el efecto está cediendo antes de lo previsto.
Dael procesó eso un momento, mirando de reojo hacia el espejo con una expresión que había dejado de ser la de alguien que gestiona una agenda y estaba siendo, sin haberlo planeado, la de alguien que acaba de recibir información que cambia el peso de lo que tiene delante. Lo cual, solo generó una mezcla de incomodidad, malestar e incluso de pesar ante la chica al no imaginar lo avanzado que estaría en ese punto.
—¿Y si le aplicas otra dosis? —dijo.
Sura negó con la cabeza, despacio, con el gesto de quien ya consideró esa opción y la descartó antes de que la conversación empezara: —A esta concentración el Seralene interactúa con el proceso de degeneración orgánica. Una segunda dosis antes de que la primera haya completado su ciclo no duplica el efecto, lo invierte. Acelera exactamente lo que estamos intentando retrasar.
El camerino siguió siendo el mismo espacio con el mismo ruido de fondo y las mismas maquilladoras recogiendo los últimos instrumentos de trabajo, pero algo en él había cambiado sin que nada visible lo justificara, y Dael lo sintió en los hombros antes de procesarlo como pensamiento. Miró hacia el espejo, hacia el reflejo de Melody con las manos ahora quietas sobre el regazo y la vista al frente, y luego volvió a Sura con una pregunta que tardó un segundo más de lo habitual en formular porque estaba eligiendo cómo hacerla.
—¿Por qué llega a ese punto si tiene un tratamiento activo? ¿El tratamiento no debería estar compensando esto?
Sura lo miró con la paciencia específica de quien ha tenido que explicar algo complicado a alguien que no tiene el contexto necesario y ha decidido que la culpa no es de la persona, sino del contexto: —¿Leíste el informe completo o solo el resumen ejecutivo? —preguntó, y antes de que Dael pudiera responder añadió—: No importa. Lo hablaré con Cassandra después de que termine el evento. Ahora mismo lo que importa es lo siguiente. —Se detuvo, y cuando continuó, el tono era idéntico, pero el peso era considerablemente distinto—. Cualquier estímulo que eleve su ansiedad esta noche, cualquiera, por pequeño que parezca, garantiza que el Seralene falle antes de que termine la presentación. Y si falla antes de que termine, lo que venga después de ese fallo no es algo que podamos manejar con lo que tenemos aquí.
— ¿Qué es lo que necesitas? —dudo Dael al responder.
— Que evites cualquier cosa que la haga pensar. Así que necesitamos que suba, que toque, y que se retire lo antes posible. Eso es todo. Nada más. —Hizo una pausa de un segundo exacto—. Así que lo que sea que estés pensando decirle sobre el instructor, piénsalo dos veces.
Dael no respondió de inmediato. Se quedó mirando hacia el espejo durante más tiempo del que habría tardado si hubiera tenido una respuesta disponible. Luego guardó la tableta con un movimiento que era más lento que sus movimientos habituales, y asintió una vez, sin palabras, que era la forma en que confirmaba las cosas cuando no tenía nada útil que añadir, pero necesitaba que la otra persona supiera que había escuchado.
Lo que ninguno de los dos notó, porque estaban de tres cuartos hacia el espejo y no de frente, era que Selene llevaba suficiente tiempo mirándolos por el reflejo como para haber leído más de lo que cualquiera de los dos habría querido que leyera. No todo, porque el ángulo no lo permitía y la distancia tampoco, pero sí suficiente para saber que estaban hablando de ella y que lo que decían no era tranquilizador. Selene procesó eso y decidió, con la misma calma con que había decidido otras cosas esa noche, no dejar que cambiara lo que ya había decidido. —Será una buena noche —pensó para sí misma con cierto orgullo, recordándose una y otra vez, que estaría bien.
Que, por primera vez, al verse al espejo, se veía a sí misma y no a otra persona. Que el cabello recogido, la elección de maquillaje, incluso el vestido celeste que eligió para la presentación, era ella en realidad y nada más. Por lo que no pudo evitar sonreírse a sí misma al sentirse por primera vez hermosa, al igual que orgullosa de sus decisiones, las mismas que la llevaron a retocarse el maquillaje al sentir que no reflejaba lo suficiente su alegría, pero ese breve instante de orgullo pronto se transformó en una sensación amarga de terror, cuando notó una pequeña mancha en la parte baja de su ojo derecho.
Abrió la boca, pensando en llamar a Sura, pero al observar cómo continuaba con Dael, prefirió cerrar la boca; aunque la incomodidad la llevó a bajar el párpado con el dedo índice y lo que encontró le hizo sentir mareo. Una línea fina y oscura que avanzaba desde el lagrimal hacia el iris con la lentitud de algo que lleva tiempo moviéndose y que solo ahora, bajo esta luz y con este ángulo, había decidido hacerse visible.
Soltó el párpado. Parpadeó una vez. Volvió a mirarse, y el punto seguía ahí. Todo seguía ahí; para bien o para mal, su alegría duraba hasta donde la enfermedad reclamaba. Pronto comenzó a observar las leves manchas debajo del maquillaje, la expresión cansada, la piel pálida, las líneas blancas entre el cabello. Detalles menores, pero que por más que intentaba ignorar seguían ahí: — ¿Estoy muriendo? —y solo entonces, dijo en voz alta lo que había callado por tanto tiempo, que le hizo tragar saliva antes de abrazarse a sí misma. — No, por favor, así no. —Repitió en voz baja, tan silenciosa que nadie la habría oído susurrar.
—Está en el registro de asistencia general —intervino Dael con la expresión perdida. —. No ha llegado todavía, pero el acceso sigue abierto hasta que empiece el primer acto.
Espero que eso fuera suficiente para hacer algo correcto, aunque no sabía para quién en realidad, aunque hubiera esperado cualquier otra cosa, que no fuera la expresión angustiada de ella, de quien hubiera esperado alivio y no temor en su mirada. Lo que, solo hizo que Dael sintiera que se había equivocado al haberlo aceptado. Dudo en hablar, pero lo hizo. Aunque ella no lo miró.
— Todo estará bien, Melody, él está aquí y será una buena presentación.
Ella levantó levemente la cabeza, para verlo con unos ojos cristalinos: — ¿Puedo pedirte algo?
Dael se detuvo y la miró, y ella lo miró por el espejo al ser incapaz de sostenerle la mirada. Dejando el espacio entre ambos, tomará más tiempo del esperado, llegando a formarse ese silencio incómodo de quien no quiere decir algo y de quien no quiere oírlo, aunque en ese caso, no se sabría diferenciar quién de los dos era el que quería callar o hablar. Aún más, cuando el reflejo de ella solo evidenció ese temor.
—Al menos esta noche — comenzó a hablar de forma lenta—, deja la farsa.
— ¿Farsa?
—Dime, Melody. — Ella respiró con dificultad al decirlo. — Sé que sabes. Los dos sabemos que sabes. Solo llámame por mi nombre.
— No, no lo sé. —Intentó evitar verla, pero ella lo detuvo.
— Si lo sabes, todos fingen que no, pero desde hace mucho tiempo lo sé. No soy ella, pero al menos, por hoy, di mi nombre. Por favor.
El camerino tuvo un silencio que las maquilladoras llenaron con sus movimientos, pero que entre Dael y Selene existió completo y sin interrupción durante el tiempo que Dael tardó en mirar a su alrededor con la incomodidad de quien está pensando el costo de algo pequeño y descubriendo que no es tan pequeño como parecía. Luego volvió al reflejo y la miró, y algo en la expresión de ella, no la petición, sino lo que había debajo de la petición, hizo que la duda se volviera irrelevante.
—Todo estará bien, Selene.
No esperó a que ella respondiera; en cambio, prefirió darse media vuelta y salir del camerino antes de decir algo más. Podría haber dicho que era porque lo necesitaban, que debía hacer algo más o incluso excusarse en que tenía que ir al baño. Pero la realidad era otra, y eso era, que no soportaba verla una vez más y mentirle. Decirle que todo estaría bien, que todo sería fácil. Pero luego de lo hablado con Sura, y comprendiendo lo que significaba, no soportaba la idea de continuar siendo partícipe, así que, solo continuó caminando en espera de que eso fuera más que suficiente para otorgarle nuevamente certeza.
Aun entre sus dudas y temores, el oír su nombre proveniente de alguien más, ese pequeño detalle de identidad fue suficiente para hacerle olvidar su enfermedad y todo lo que ello significaba. Simplemente, prefirió concentrarse en eso que en todo lo que le rodeaba, incluso llegando a disfrutar el proceso, aunque monótono, del maquillaje, prueba de vestuario y cumplidos a medias que eran más para compensar el no saber de qué hablar. Por lo que esa sensación de normalidad, le hizo imaginarse de qué hubiera sido su vida de no haber tenido las condiciones que tenía.
Tal vez fuera una violinista en vez de pianista. Tal vez se habría enamorado y fugado o simplemente tendría una vida ordinaria; todas esas posibilidades se le fueron presentando en un breve parpadeo, hasta que la realidad golpeó, no con brusquedad, sino con la sutileza que recuerda que esas ideas, solo son eso, ideas. En algún momento, Sura había vuelto a aparecer a su lado, ahora, sosteniendo un vaso de agua y dos cápsulas que dejó sobre la superficie con la naturalidad de quien deja algo que ya estaba acordado.
—Para los nervios —dijo—. Vitaminas del complejo B, principalmente. Ayudan con la concentración.
Selene agradeció antes de volver al silencio, observando las cápsulas a su lado. Las cápsulas eran de un tono ligeramente distinto al de cualquier vitamina que hubiera tomado antes, pero al volver a ver a Sura y observar cómo ella anotaba algo en el pad de datos, solo le generó mayor incomodidad. Todo en medio del ruido exterior, proveniente del teatro, donde el anuncio para el espectáculo daría inicio, acortando el tiempo que quedaba en ese espacio.
No supo cuánto tiempo estuvo mirándolas. Pero fue lo suficiente para que la maquilladora que quedaba en el camerino terminara de recoger los pinceles y los guardara en el estuche con ese cierre metálico que sonó como algo definitivo en el silencio del cuarto, y lo suficiente para que el ruido del teatro al otro lado de la puerta alcanzara ese volumen que ya no era murmullo, sino presencia, el sonido acumulado de novecientas personas que han ocupado su lugar y están esperando que algo comience.
Selene tomó el vaso con la mano izquierda y se llevó las cápsulas a la boca y bebió, y mientras lo hacía no pensó en lo que eran, sino en el punto negro en el blanco de su ojo y en la línea que se extendía desde el lagrimal hacia el iris, y en cómo esa línea no había estado ahí la semana anterior ni el día anterior ni esa mañana cuando se revisó frente al espejo del baño de la torre, y en cómo iba a estar ahí mañana y más extendida, y pasado, y todos los días que siguieran hasta que no hubiera suficiente blanco donde extenderse.
Dejó el vaso sobre el tocador, se limpió la comisura con el dorso de la mano izquierda y se puso de pie. Con la mente y mirada perdida, temerosa de lo que haría a continuación: — No quiero desaparecer. Repitió para quien no estuviera ahí, siendo esa sensación la que comenzó a crecer en su interior. El temor de haber tenido una existencia sin ser vista, ni oída o querida.
El corredor que llevaba a los bastidores era el mismo por el que había llegado, al recorrerlo, el ruido crecía con cada metro, dejaba de ser fondo para convertirse en algo físico que llegaba por el suelo y por las paredes con la insistencia de algo vivo, y que alcanzó su punto máximo cuando empujó la puerta lateral que daba a los bastidores y el sonido la recibió completo y sin filtro, con todo su peso encima.
Los bastidores del Tenerius tenían esa condición particular de los espacios que existen exactamente en el límite entre lo que el público ve y lo que no ve, y que por eso no pertenecen del todo a ninguno de los dos mundos: las bambalinas colgaban a ambos lados del escenario creando las calles de entrada, y entre ellas y la pared del fondo había un espacio donde el personal técnico se movía con la economía de los movimientos de quien sabe que cualquier ruido innecesario va a escucharse en sala. Había cables recogidos contra la pared, una pantalla de monitoreo que mostraba el ángulo de la cámara de cobertura sobre el escenario, y uno de los efectivos de Coran apostado en el extremo opuesto junto al acceso al corredor trasero, con la vista al frente y la postura de quien ha aprendido a ocupar el mínimo espacio posible en un lugar donde su presencia ya es demasiado visible de todas formas.
Selene se colocó junto a la bambalina derecha, desde donde el escenario era visible en su totalidad sin que el público pudiera verla a ella. Sola en ese lugar, miró hacia la sala por primera vez desde que había llegado al teatro. La escala desde esa perspectiva era distinta a la de los ensayos, porque en los ensayos la sala estaba vacía y el vacío tiene sus propias dimensiones, y lo que tenía enfrente en ese momento eran novecientas personas con la densidad de un espacio llenado hasta el límite de lo que el arquitecto consideró tolerable, con el murmullo colectivo que tenía una temperatura propia, algo que se sentía en la piel antes de procesarse como sonido.
Lo recibió con la mano izquierda apoyada en el marco de la bambalina y la derecha quieta junto al costado, y buscó entre el público con la vista, recorriendo fila por fila con la atención de quien busca algo específico sin saber exactamente en qué parte del mapa está, hasta que el coordinador de escena apareció a su lado con el auricular puesto y la tableta en la mano y la interrumpió antes de que pudiera terminar de buscar.
—Los tiempos van bien —dijo en voz baja, inclinándose levemente hacia ella para no proyectar hacia la sala—. Cassandra está terminando. Primer acto: Sube en cuanto ella baje, y usted entra minutos después. ¿Todo en orden?
—Sí —respondió Selene, sin apartar la vista del público.
El coordinador esperó un segundo, como si hubiera esperado algo más, y luego se retiró con la discreción de quien tiene demasiadas cosas que hacer como para insistir, y Selene volvió a buscar entre las filas con la vista, sabiendo que era probable que no lo encontrara desde esa distancia, pero, aun así, se obligó a intentarlo una vez más. No solo por afecto, sino porque en medio de un mar de desconocimiento que se jactaba de aprecio, buscaba el gesto sincero.
En lo que la hija buscaba el afecto, la madre se acercaba al centro. Cassandra se aclaró la voz y comenzó a hablar con ese tono de quien se siente segura de lo que está haciendo, que nace de forma natural. Antes de comenzar con el agradecimiento a los presentes, antes de continuar con su discurso. El cual abría de una forma simple y coloquial: — Hace setenta y cuatro años, la colonia fue fundada por tres familias, y bajo el amparo del acta de colonización, se dio inicio a esta sociedad. La cual, el día de hoy, se celebra en este espacio. Bajo la influencia de los Tenerius, la colonización y avance de la sociedad humana en la frontera ha encontrado un lugar y por ello...
Selene escuchaba entre medidas, en la medida que continuaba su búsqueda. Repasando rostro, idea, vestimenta. Cuando creía que se acercaba, se decepcionaba al encontrar otra mirada perdida. Pero lo siguió intentando una y otra vez, hasta que su nombre volvió a sonar. Mirando a su alrededor, terminó encontrándose con la mirada de Cassandra, quien extendía una mano hacia su dirección: — Ahora, para conmemorar este evento, mi hija, mi única y verdadera heredera. — Pronuncio la ejecutiva con algo similar al orgullo, aunque su mirada estaba vacía o, de no serlo, era difícil de leer. Selene dudó, palideció, incluso deseó desaparecer, pero ante la invitación, se armó de un valor inexistente antes de dar un paso al frente, ante una sala que, en vez de recibirla con aplausos y reconocimiento, lo hacía desde el silencio y la expectativa, todo durante el trayecto de la oscuridad hasta la luz y de ella, hasta el piano.
Se tomó la mano derecha con la izquierda, masajeando los dedos antes de suspirar. Dudó con la primera nota. En la segunda empezó a reconocer la melodía, y para la tercera el miedo seguía ahí, pero ya no ocupaba todo el espacio. Tocó. Ignoró el dolor que le recorría la mano al ejercer más presión sobre ciertas teclas, el cansancio acumulado en la espalda y el ligero desenfoque que por momentos volvía borrosa la partitura bajo la lámpara del piano. Por esa noche, aunque fuera solo por esa noche, quería dar algo honesto.
La música la llevó hacia recuerdos que no sabía que seguían intactos: los días en que todavía podía sonreír mientras practicaba, los chistes malos de su maestro, los pocos momentos en que Cassandra pronunciaba su nombre como si realmente le perteneciera, el día en que Blake la miró sin verla como un reemplazo. Continuó tocando, aferrándose a esos momentos pequeños y desordenados, recorriendo en segundos una vida que nunca había sentido completamente suya, pero que aun así era lo único que tenía. Y mientras el Tenerius permanecía en silencio alrededor de la melodía, Selene comprendió algo que nunca había sabido decir en voz alta: no quería desaparecer sin dejar constancia de que había estado ahí. — “Quiero vivir” —pensó para sí en cuanto se acercó al final de la obra. — “Quiero amar” — repitió para quien no estaba ahí —. “Quiero ser amada” —añadió en cuanto las notas comenzaron a apagarse y lo único que quedó fue la ausencia del recuerdo, la memoria y el olvido, acercándose en uno solo.
Una vez se detuvo y apartó las manos del instrumento, cerró los dedos en un gesto antes de respirar con dificultad; miró a su alrededor en busca de la aprobación del público, pero lo único que encontró fue un murmullo de quienes la veían de lejos. Poco a poco, la sensación de haber fracasado nació ante la presencia de un espacio que, en vez de valorar la diferencia, la señalaba con escepticismo. Intento volver a buscarlo desde el centro, pero no encontro el rostro de quien quería que la viera. Fue entonces, desde algún punto del lateral izquierdo de la platea, que alguien aplaudió. Un aplauso solo, sin compañía, del tipo que requiere una decisión consciente porque implica ser el primero, y ese aplauso encontró a otro, y ese otro encontró a un tercero, y en menos de diez segundos el Tenerius se había decidido y el sonido llenó la sala con la velocidad de las cosas que la gente hace cuando tiene permiso para hacerlas.
Sonrió tímidamente antes de ponerse de pie, sintiendo la mirada cristalina antes de hacer una inclinación. Por primera vez, se sentía viva, perteneciente a un mundo que la había empleado más como objeto que como persona. Mantuvo la sonrisa, incapaz de levantar la mirada, creyendo que, de hacerlo, ese breve momento quedaría en el olvido. Fue entonces cuando el presentador avanzó desde el lateral derecho con el micrófono extendido, con la sonrisa de quien ofrece algo que el público ya pidió sin haberlo pedido en voz alta.
Desde los bastidores del lateral opuesto, Selene alcanzó a ver el movimiento de Dael hacia el coordinador de escena, y más atrás la figura de Cassandra girando hacia alguien con una expresión que desde esa distancia no podía leerse con precisión, pero que no era la de quien aprueba lo que está ocurriendo. El presentador llegó hasta ella con el micrófono extendido y el público siguió aplaudiendo, y Selene miró el micrófono un momento, y luego miró la sala, pero el presentador habló.
— ¡Por favor, por favor! —incentivó el presentador—. —¡Qué apasionante presentación de la heredera de Helix! —sonrió el hombre antes de extenderle el micrófono —. Por favor, dinos en tus palabras, ¿qué fue eso?
— La verdad. —Respondió con dificultad en la medida que volvía a observar el lugar y su corazón seguía latiendo. —
— ¿La verdad? —volvió a reiterar el presentador en un acto que sonaba más como eco que interés.
Antes de añadir algo, el presentador, empleando un pequeño control, cambiará las diapositivas de la pantalla de proyección por una fotografía, la cual, no necesito observar, porque el público ya lo había hecho. La fotografía apareció con la claridad de algo que no puede desdecirse: Cassandra joven, con una sonrisa que Selene no le había visto nunca en persona, y junto a ella una chica de la edad que Selene tenía ahora, pero que no era Selene, con los ojos del color que Selene veía cada mañana en el espejo, pero con la piel sin manchas y la mano derecha apoyada sobre el hombro de Cassandra con la naturalidad de algo que no ha tenido que aprenderse porque siempre estuvo ahí. Selene no giró la cabeza para verla. La vio en los ojos del público, que primero miraron la fotografía y luego la miraron a ella.
— ¿Hay algo que quieras decir, Melody?
Preguntó el presentador antes de dar un paso atrás y señalar la fotografía que, al final, Selene observó. Desde la parte trasera del escenario, podía notarse el breve caos que se había originado. Desde Dael con su pad de datos intentando dar una respuesta, y a Sura, quien le hacía gestos de no decir nada. Pero al final ella tragó saliva. Entre volver al olvido o vivir por un segundo, tomo una decisión.
—La persona de esa fotografía no soy yo —dijo Selene al micrófono, con la voz de quien está hablando en su propio nombre por primera vez en mucho tiempo.
— ¿Entonces quién es? — Sonrió el presentador al preguntar, antes de volver a apartarse.
Selene mantuvo la mirada en la joven que no estaba, antes de volver a ver a Cassandra, quien dejó de dar órdenes para observarla con una expresión difícil de entender, más allá de poder decir que, la estaba viendo a ella y a nadie más. Tal vez, por primera vez en su vida, o lo que quedaba de ella. Había tanto que quería decirle, pero lo que vino después nació del fondo de sí.
—La conocen como Melody Helix. Yo la conocí como la razón por la que existo. — Dudo — se mordió la lengua para no querer decirlo, pero lo hizo. Necesitaba hacerlo. —Soy un clon. Me crearon para reemplazarla, y durante meses he estado aquí, con su nombre, siendo lo que necesitaban que fuera. —Hizo una pausa, no para dar tiempo a que la sala reaccionara, sino porque lo que venía a continuación era lo que había querido decir desde antes de saber que quería decirlo—. Solo quiero que me vean. Y lo lamento, por favor, no juzguen a la compañía que me dio la vida; solo quiero que me vean.
Deseo decir algo más, cualquier cosa antes que la pantalla cambiara de imagen y presentara el laboratorio de clonación, la cápsula donde había nacido y documentos que presentaban el costo de transferencia, todo junto a una imagen que presentaba a la empresa, y en la última toma, una imagen del logo de Triton. Todo el teatro se sumió en silencio, luego en murmullos antes de terminar en gritos, acusaciones e insultos.
Fue capaz de ignorar todo eso, menos cómo Cassandra la seguía observando. No existía rastro de odio en su mirada, de impacto o temor, tan solo, algo cercano al alivio en medio del caos de quienes le rodeaban, desde el equipo de seguridad que comenzaba a movilizarse hasta los señalamientos y preguntas por Dael y Sura. Todo eso quedaba en el olvido en medio de la mirada de ellas dos, que, en sí, fue el acto más honesto desde que se habían conocido.
Se preparó para decir algo, pero todo fue interrumpido por dos actos. El primero, un grito desde el fondo del teatro: — ¡Un arma! — No supo decir de dónde provenía, antes que sintiera cómo era arrastrada por el agarre de alguien, y terminara cayendo al suelo, luego del segundo acto. El inconfundible y constante grito que proviene de alguien luego de oír un disparo, antes de finalizar en una variopinta orquesta de gritos que eran ahogados por un tiroteo proveniente de los primeros asientos.






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