Agatha: Capitulo 8: Trago amargo.
- Ciaran. D'ruiz

- 4 may
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La llamada terminó antes de que cruzara el umbral, gesto que agradeció una vez que cerró la conexión con un gesto tan natural como apagar la luz con un chasquido. Sin ceremonia, ni conclusión o sentido. Después de tantos años a la cabeza de la compañía, debía recordarse que cada conversación, trato y pausa, era simplemente eso; algo que no terminaba y simplemente se interrumpía hasta el siguiente dolor de cabeza.
La oficina la recibió en silencio durante unos segundos; hasta que la luz se ajustó en un tono más cálido. No en busca de incentivar el trabajo, sino más para estar y tomar un espacio del exterior. Recorrió ese espacio con la mirada, en busca de algo distintivo, siendo más una necesidad de asegurarse de que todo seguía igual, antes de buscar una forma de ocupar el espacio. Comenzó a caminar, una vez se aseguró de que no hubiera nadie allí. Ni una persona con una reunión a último minuto, ni pantalla anunciando el siguiente evento para asistir. No había nada y la nada fue la que le recibió.
Se quitó la chaqueta con el movimiento de quien lleva horas esperando hacerlo, dejándola sobre el respaldo de la silla sin doblarla, que era exactamente el tipo de gesto que no existía cuando había alguien mirando, y los dos botones superiores de la camisa fueron después, revelando en parte la piel pálida de su pecho. Lo hizo de forma lenta, con la misma calma de quien administra el alivio porque ha aprendido que apresurarlo no sirve de nada.
Fue hacia la consola lateral donde la botella de licor anaranjado llevaba días en el mismo punto; se sirvió sin medir, con la generosidad específica de las noches donde el protocolo ya no aplica, y mientras lo hacía, activó el panel de mensajes con el gesto distraído de quien revisa por hábito en la medida que se servía el líquido, y dejaba que la pantalla desplegara la cola de notificaciones en espera de su revisión.
Comenzaba la lista desde tres comunicados del Consejo de Colonias sobre la agenda de la próxima sesión; un informe de producción del anillo exterior con las cifras del turno nocturno; dos alertas de seguridad marcadas como resueltas, y entre ellas, casi perdida entre los comunicados corporativos, una nota breve de los servicios de inteligencia interna sobre un incidente en el límite exterior de la colonia, que tuvo que leer de reojo antes de decidir si debía preocuparse o no, una vez que la nota señalaba que se trataba de un convoy de transporte de eridio con destino a los pozos del anillo uno que había sido interceptado por un grupo de pro mutantes. Aunque el anuncio de una amenaza de saqueadores debía ser un motivo de alerta, poco o nada le interesó al final, sabía que funcionaba el corporativo cuando, aun habiendo pérdidas, estas no afectaban en nada el flujo general: — Hasta para el ladrón debe de haber. — Repitió ella luego de dejar de leer.
Deslizó el panel hacia el lateral y abrió el calendario, que confirmó lo que ya sabía: la siguiente reunión era a las nueve de la mañana y hasta entonces el tiempo era suyo, lo cual en ese edificio era una forma de decir que el tiempo era de nadie y hacía mucho que eran escasos los días en que el término de “tiempo libre” podía emplearse.
Recorrió la oficina despacio, con la copa en la mano y la mirada yendo de un detalle a otro sin detenerse en ninguno demasiado tiempo: —No sé qué hacer. —Repitió ahora en voz baja, en lo que seguía caminando por el espacio. Hasta fijarse en el panel izquierdo de la pantalla, el cual mostraba la proyección de la colonia vista desde arriba, los anillos en distintos tonos según la actividad industrial, el tercero casi blanco de actividad, el primero casi negro, la línea entre ambos tan definida desde aquí arriba como difusa en el terreno, donde la diferencia entre un anillo y el siguiente era simplemente la acumulación de años de decisiones que alguien había tomado sin bajar nunca a ver el resultado. Había estado ahí desde la inauguración del edificio.
Lo cual, al verlo con cierta distancia, no recordaba haberle prestado atención de verdad en años, solo de pasada, solo como fondo de conversaciones que ocurrían frente a ella, y ahora, durante un momento, existía para ella. De la misma forma que el sabor del licor, o el frío de la oficina al que nunca le habría prestado atención. En otro tiempo se preguntaría sobre aquellos detalles ignorados y olvidados. Incluso considero por un instante, cambiar la oficina. Mover de lugar algunas cosas y quitar otras, pero igual que muchas ideas, serían opacadas por otros intereses. En este caso, cuando el sistema de noticias se activó en otra de las pantallas, aun con el volumen bajo, se podía comprender cada detalle otorgado por la presentadora de ojos rojizos.
Sobre si le presto o no atención. Solo lo sabría ella, pero las noticias se mantuvieron al aire: —Se informa que el grupo radical pro-muntantes, que lucha por la defensa de los trabajadores modificados, ha asaltado un transporte de eridio al límite de la colonia. —Informaba con el mismo tono neutro de siempre. —Pero esta vez, perteneciente a Tritón Capital. Se confirma el estado de dos conductores heridos, la mitad de la carga parcialmente recuperada y —dejo que la noticia continuara, al ritmo que continuaba bebiendo, usando las noticias más como melodía de fondo que como medio informativo. — La presentadora pasó al siguiente titular sin pausa, con la misma neutralidad de siempre: — En otro apartado, representantes del sector minero solicitaban una audiencia de emergencia ante el Consejo de Colonias debido a... (...)
Ignoro la frase, en cuanto una lanzadera pasó a la altura de la oficina. Las lanzaderas eran el término general que solía emplearse para todo vehículo volador de carácter terrano o colonial. Ya que, aunque existían los vehículos de tierra, junto a su variopinto repertorio, las lanzaderas eran en sí algo que solo sectores de alta cuna o corporativos podían permitirse, aún más en las fronteras. Observo el vehículo por un instante, hasta que una frase de la locutora la hizo volver en sí: — Se recuerda a la ciudadanía que la heredera de Helix Veridian, Melody Helix, ofrecerá una presentación en el Teatro Tenerius la próxima semana. Será un evento abierto a todos los sectores de la colonia como gesto de celebración y compromiso con la comunidad. También se celebra en el mismo día que la familia Tenerius, originarios de la tierra, fueron los primeros en financiar y promover no solo el viaje espacial, sino las leyes y política que han influenciado en gran medida la exploración y colonización de nuevos planetas en el sector ...
Dejó la copa cerca de sus labios al escuchar sobre el teatro. Haciendo que, por primera vez, el aroma amargo del licor, fuera suficiente para no querer beberlo. Al son que el noticiero seguía hablando con la indiferencia de algo que no distingue entre noticia y lo que sigue. Para ella, ya había dejado de escuchar y solo pensaba en el teatro. En el malestar ocasionado en su construcción, en el papeleo interminable y las negociaciones consecuentes de traer lo que algunos inversionistas en su momento llamaron “cultura” a un lugar que no necesitaba distracciones. Pero que hizo igualmente por los motivos correctos, aunque las circunstancias no lo permitieran.
Fueron esos mismos motivos los que la llevaron hasta el escritorio, aun con la copa en la mano. Para acto seguido, sentarse en el borde sin llegar a ocupar la silla del todo, negando a querer tomar una posición que deseaba delegar. Momento en que, la fotografía que solía estar oculta entre papeles, dispositivos y objetos, se alzaba sobre el espacio, mirándole sin atreverse. La imagen retrataba a dos mujeres. Una versión de ella más joven, alegre y sin la obstinación junto con el carácter que se forma por las decisiones nacidas de la presión constante. Entre el cabello corto, la falta de implantes faciales y la vestimenta casual, casi le costaba reconocerse: — ¿Hace cuánto de eso? —preguntó para quien no estaba allí, antes de dejar la copa a un lado y tomar la fotografía, donde su reflejo juvenil, tomaba de la mano a una niña de cabellos claros y sonrisa de oreja a oreja, mientras sostenía con la otra mano un violín de marfil, que no era para nada económico, pero para ella y ese día había valido la inversión.
— Carajo. —Pronuncio por fin, luego de unos instantes que parecían eternos, antes que la línea de sus labios se convirtiera en una mueca y el constante intento de evitar las lágrimas emergiera. Llevaba tanto tiempo ignorándola que no podía continuarlo. —No sé dónde estás —dijo, en voz baja, al nivel de hablar con alguien que está en la misma habitación—. Y ya no sé si importa saberlo, o si es mejor así para las dos. —Pasó el pulgar por el borde del marco, por la cara de la chica que sonreía sin saber lo que vendría—. Te extraño. —Admitió luego de unos minutos en silencio. — Si estás viva, por favor, espero que estés bien, y si no. — No continuó esa oración, decidió no hacerlo y prefirió quedarse acariciando el marco con el borde de los dedos. — Ah, lo siento. —Suspiró al hacerlo antes de dejar la fotografía en su sitio; no tenía caso hablar, ninguno que realmente le ayudara.
No añadió nada más, aunque lo consideró. Prefirió dejar esas cuestiones para otro tiempo, que esas palabras y justificaciones se quedaran donde realmente pertenecían, entre los pasillos y las reuniones; entre los informes que merecen una llamada de atención y los despidos justificados. Sin querer continuar observando la foto, tomó la copa y se puso de pie antes de dirigirse hacia la ventana, dejando que las luces de la colonia hicieran lo que hacían siempre a esa hora, que era existir sin pedirle nada a nadie, indiferentes y constantes como todo lo demás en ese planeta que llevaba sesenta y cuatro años produciendo sin que a nadie le importara demasiado lo que le costaba hacerlo.
Y, se quedó ahí un momento, con la copa en la mano y la mirada en las luces, en las extensiones de la colonia que alcanzaba hasta una frontera repleta de penumbras y campos vacíos, que sin dudar pronto serían dominados por la expansión constante. Dio un sorbo al líquido un instante. Antes que ella, su padre había estado en esa misma oficina, observando la expansión, motivo creado por su abuelo y quién sabe qué generaciones más, de las que habría perdido la cuenta. Ahora estaba ella, considerando qué pasaría en la siguiente generación cuando ya no esté Las preguntas que le siguieron no fueron agradables. Desde quién tomaría el control, hasta qué recordaría la colonia de ella.
Cada duda, fue mayor que la anterior, sumergiéndola en sí misma. En las preguntas, respuestas a medias y acusaciones que vendrían Sabía bien qué dirían al final de ella, aún más con lo que pasaría después de esa semana. Y sin más, no tenía otra cuestión que aceptarlo como tal. De la misma manera que el lugar aceptó su presencia, igual que la propia oficina que le pertenecía, ahora, solo estaba ella; y fue ella quien recibió la llamada.
Detrás de sí, la consola de comunicaciones, un pequeño aparato en el techo, emitió un pulso discreto de una conexión entrante, con el código de prioridad que indicaba que quien llamaba tenía autorización de acceso directo, saltándose tanto el protocolo y seguridad que conllevaba. No dudo en arrugar la nariz en una mueca de asco; lo último que quería era compañía o solicitudes, pero ahí estaban.
Volvió a beber, de la misma forma en que observó de reojo la consola, sin llegar a moverse de la ventana, antes de activar la conexión, sin ocultar su molestia. Del techo emergió una luz celeste, antes que se proyectara en un inicio borroso hasta volverse nítido un holograma de un hombre. Tendría aproximadamente cincuenta años, de complexión cuidada y traje oscuro con líneas rojizas en los bordes que resaltaban con las decoraciones doradas en sus brazos. Tenía una sonrisa que era más postura y expresión, junto con un aire de quien puede tenerlo todo sin necesidad de aguardar.
— ¡Ah, Cass, querida! — Sus primeras palabras, fueron suficientes para generar una mueca en la mujer. — Pensaba que no me recibirías, pero... —Dejo la palabra a medio pronunciar antes de mirar de arriba hacia abajo a Cassandra. — Carai querida, tienes una cara de perros, ¿noche difícil?
— Deja el teatro Illo. — Intervino ella con un gesto de la mano antes de moverse un poco, pero manteniéndose de pie al otro lado del escritorio, sin sentarse, a sabiendas de que hacerlo, solo alargaría más la conversación de lo que estaba dispuesta a conceder—. Tengo un dolor de cabeza que me está matando y poca paciencia para lo que venga a continuación. Di lo que tengas que decir.
El hombre sostuvo la sonrisa un segundo más antes de dejarla ir, con el gesto de quien guarda un objeto que sabe dónde está para cuando lo necesite, y cuando habló lo hizo con un tono diferente al anterior, más directo, aunque sin perder del todo esa falsa ironía y gracia con la que había empezado la conversación: —Verás, querida. Cuando empezó este juego entre nosotros, asumí que seguirías el juego sin saltarte las reglas.
— ¿Juego? ¿Qué juego?
— Ah, bien. Lo pondré más simple. Los sabotajes, la extorsión a los inversionistas, la documentación falsa, el asesinato y enfrentamiento entre agentes por fuera de la frontera, tanto terrestre como espacial, ¿te suena, junto a la larga lista de cosas que venimos haciéndonos? ¿Sí? bien. —Empleó su mano para contar cada uno de los objetivos, y sin dejarle hablar, continuó: — Todo eso está dentro de lo que se permite dentro del desacuerdo de adquisición de un corporativo. Aunque estoy seguro de que pronto llegaremos a un acuerdo.
— No, no lo haremos.
—Sí, sí lo haremos. Asintió al decirlo. — Porque, verás, lo que no está dentro de esta disputa, es el asalto directo a una instalación. Mi instalación: Eso era evidente, te puedo joder los encargos y envíos, pero no atacaría tus oficinas o amenazaría a la familia. Porque eso, o eso, tiene consecuencias que van más allá de nosotros dos.
— He seguido esta guerra como ha sido, no sé de qué hablas.
— Espero que pronto lo sepas, porque ambos sabemos que la última disputa corporativa que escaló a ese nivel generó la intromisión del consejo y la alianza, y no necesito eso en mi sector.
Cassandra lo miró sin cambiar de expresión, con la copa todavía en la mano, dejando que el silencio ocupara el espacio entre los dos el tiempo suficiente para que él entendiera que no iba a reaccionar antes de saber exactamente de qué estaba hablando. Lo cual, si funciono o no, no cambio mucho de la respuesta que vino después de su negativa ante un ataque directo. Era de las cosas que menos necesitaba ahora.
—No sé de qué hablas —dijo al fin.
—Claro que no. —El hombre hizo un gesto hacia el lateral del holograma, y la imagen se expandió para incluir una secuencia de vídeo: un hombre de gabán oscuro cruzando un pasillo con un maletín en la mano derecha, moviéndose con la concentración específica de quien no tiene ninguna intención de detenerse por nada, derribando a dos agentes de seguridad al lanzarle el maletín a uno y golpeando al otro con la suficiente fuerza para hacerle caer, antes de volver a tomar el maletín y emplearlo para golpear al siguiente agente antes de continuar avanzando hacia una puerta que lo llevo al lateral donde la cámara lo perdió de vista. —. Este individuo entró a nuestras instalaciones hace cuatro días —continuó el hombre, con la neutralidad de quien lee un informe que ya se sabe de memoria—. Neutralizó a seis miembros del personal de seguridad, dos de los cuales siguen en recuperación, y salió con material confidencial cuyo contenido preferiría no discutir en detalle esta noche.
La imagen se detuvo en un fotograma que mostraba la cara del hombre con suficiente claridad para ser identificado sin esfuerzo, y el hombre dejó que ese fotograma permaneciera visible el tiempo justo para que Cassandra lo procesara antes de continuar: —. Llegó a Veridian hace tres semanas en un carguero sin registro previo, pasó por la aduana sin incidentes, y fue recogido directamente por vehículos con credencial activa de Helix. —Recuperó algo de la sonrisa anterior, más pequeña esta vez—. Eres mala mintiendo, prima. Siempre lo has sido.
Cassandra miró el fotograma con la atención de quien está procesando algo que no esperaba encontrar, sin dejar ver que no lo esperaba, y luego fue hasta la consola lateral y se sirvió otro dedo de licor sin apresurarse, con esa calma específica de quien necesita un segundo para ordenar lo que sabe antes de responder y ha aprendido a convertir ese segundo en un gesto cotidiano para que no parezca lo que es. Cuando se giró de nuevo, su expresión era la de siempre, funcional y sin fisuras visibles.
—Dime una cosa —dijo, apoyando la copa sobre el escritorio y mirándolo con la paciencia de quien va a hacer una pregunta cuya respuesta ya conoce—. ¿Tú sabes exactamente lo que sucede en cada nivel de tu compañía en cada momento del día?
El hombre dudó un segundo, lo suficiente para que la duda existiera, aunque no la reconociera, y en ese segundo Cassandra no dijo nada, solo sostuvo la mirada con la tranquilidad de quien sabe que el silencio en este tipo de conversaciones trabaja para quien lo sostiene mejor: —El punto es que —comenzó él.
—Responde la pregunta.
Otro silencio, más corto esta vez, con algo en la postura del hombre que indicaba que no le gustaba estar en este lado de una pregunta que no había formulado él.
—No todos los detalles, no —respondió con duda. — Pero es...
—Yo tampoco. —Cassandra tomó la copa—. Lo que ves en ese vídeo no es una operación que yo autoricé, y lo haré investigar. — Empleo la copa para señalar. —Cuando sepa qué pasó, lo sabrás tú también. Pero no voy a aceptar una acusación basada en que alguien con conexión a Helix hizo algo que yo no ordené, porque con ese criterio cualquiera de los dos podría acusar al otro de cualquier cosa en cualquier momento, y los dos tenemos suficiente material para hacerlo durante mucho tiempo. — Llevo la copa hasta sus labios, no para dar un sorbo, sino para ocultar la media sonrisa que se originó en su rostro. — ¿Estás seguro de que quieres pasar esto de los sabotajes a una campaña de desprestigio? ¿Quieres saber lo que harán los inversores cuando sepan en qué te has ganado cierto finiquito trayendo cortesanas no humanas a la colonia? ¿O sobre la investigación de cierta sustancia de uso solamente militar, que has empleado para mejorar el rendimiento de los obreros? Sé que caeré, pero no tan profundo como tú.
El hombre la miró durante un momento con la expresión de quien evalúa si lo que acaba de escuchar es verdad o es una versión muy bien construida de algo que no lo es, y que ha llegado a la conclusión de que la diferencia no importa tanto como el hecho de que no puede demostrarlo esta noche. Se recostó levemente en el holograma, recuperando algo de la postura inicial, y cuando habló de nuevo, el tono había vuelto a ser el de antes, más amplio, más cómodo, como si la conversación hubiera pasado por alto lo anterior.
—Muy bien —dijo—. Jugaremos con tus reglas. —Hizo una pausa que no era duda, sino preparación—. Tienes dos opciones.
— Te escucho.
— La primera es aceptar el trato inicial sobre la colonia y evitamos todo lo que viene después, que puede ser mucho o puede ser nada. Movió la mano haciendo un gesto de balanza. — Dependiendo de cómo decida el Consejo leer la situación. —Hizo otra pausa, y esta vez algo en su expresión cambió levemente. — Aunque tengo que reconocerlo, el movimiento del teatro no lo esperaba; que conste que no lo esperaba de ti. Es una jugada osada. No elegante, pero osada. Te felicito.
— ¿Tan osada como amenazar lo que construyó nuestra familia, poniendo en duda a tu sobrina, mi hija? A quien dijiste amar y proteger desde que nació Si hiciera eso mismo con Enzo, no reaccionarías igual.
— Son negocios, prima. Y jamás he traicionado mi palabra. Amo a mi sobrina como si fuera una hija mía, y eso que presentas, no lo es.
— No tienes pruebas para decir algo así.
—Quién sabe. Pero al menos yo sí sé quién tiene un hijo a su lado.
— ¿Uno de cuántos?
Illo no respondió, hizo una mueca en respuesta. Lo cual hizo que Cassandra continuara: — Eso no importa, ¿cuál es la segunda opción?
—El nombre de quien contrató a ese hombre. —El tono cambió apenas, lo suficiente para que la cordialidad dejara de ser completamente convincente—. No puedo permitir que un extranjero entre a mis instalaciones, robe material confidencial y salga como si nada sin que haya un ajuste de cuentas.
— Como si no fuera la primera vez que envías a un extranjero a hacer algo.
— Al menos yo me encargo de cuidar a mi personal. Todos los que resultaron lesionados tienen familia y contratos. Entenderás que mi compañía tiene una reputación que mantener en los sectores donde operamos.
— ¿La compañía, o tú?
— Yo soy la compañía. — Hizo una pausa al escucharse a sí mismo, antes de mover la cabeza en negativa por lo dicho.—. También tengo dos operativos que no han reportado desde hace semanas; espero sinceramente que no tengan ninguna relación con este asunto, porque si la tienen, las opciones que te estoy ofreciendo esta noche dejan de estar disponibles mañana.
Cassandra dio un trago largo y sin prisa, manteniendo la vista en el holograma con la calma que era la única respuesta posible en ese momento, sin ceder terreno, y el hombre leyó ese silencio con la facilidad de quien lleva suficiente tiempo en este tipo de conversaciones como para saber cuándo el otro ha llegado al límite de lo que va a decir esta noche, cuando guardar silencio ya no es estrategia, sino simplemente todo lo que queda. La sonrisa volvió completa, con esa calidez específica que no daba garantías, pero poco más daría.
—No te preocupes demasiado —dijo Illo—. Al final del día, seguimos siendo familia. ¿No es así, prima?
No esperó respuesta. El holograma se cerró con la misma discreción con que había comenzado, y la oficina quedó en el mismo silencio de antes, que ahora tenía un peso diferente al que tenía cuando Cassandra había entrado. Ahora todo se sentía incómodo, extraño y, sin duda, amargo. Sostuvo la copa un momento, mirando el punto donde el holograma había estado, y luego la dejó caer contra el borde del escritorio con un movimiento que no fue accidente, sino decisión, y el cristal cedió en dos piezas limpias que quedaron sobre la superficie con el licor anaranjado extendiéndose entre ellas antes de caer por el borde en un hilo constante que nadie iba a limpiar esta noche, al menos, no ella.
Miró el resultado un segundo, con la expresión de quien ha hecho algo y no está segura de sí se arrepiente o no, antes de activar la consola de comunicaciones con un gesto que no tenía ninguna duda en él: — Dael. No sé qué estás haciendo y no me importa. Quiero que llames a Coran y lo envíes a mi oficina ahora mismo. No me importa dónde está, lo quiero ahora. —Apenas sonó la voz de Dael en un sentido afirmativo, antes de ser acortado por otra orden—. Y trae a alguien que limpie la oficina antes de que llegue.
Cerró la conexión sin esperar confirmación y se quedó de pie frente al escritorio, con los fragmentos de la copa y el licor derramado que, aparte de recorrer el suelo, comenzaba a acercarse a la fotografía, siendo el único objeto de todo el escritorio que tomó entre sus manos, apartándolo de la ola amarillenta con aroma amaderado. La cual, al sostener entre sus dedos, terminó agrietando y generando en ella, un chillido proveniente del cristal antes de ceder por la presión.






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