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Agatha: Interludio I: Registro incompleto

Interludio I: Registro incompleto  

 

El aire le sabía a metal. No era una sensación nueva, pero sí lo suficientemente ajena como para despertar antes que la memoria. Abrió los ojos con dificultad, sin saber si lo hacía por voluntad o por reflejo, y lo primero que encontró fue resistencia en su garganta al intentar respirar. En un acto impulsivo, comenzó a moverse de un lado a otro, hasta sentir su mano libre y llevarla hasta su rostro. Lo recorrió unos segundos, hasta encontrar una abertura de donde provenía el tubo. Con una carga de temblor y malestar, empezó a tirar del mismo. Más por instinto que por decisión, haciendo que convulsionara en cada caso, en la medida que el dolor le atravesó el cuello hasta que terminó arrancándolo en un tajo. Solo encontró, pudo moverse, en lo que escupía sangre y agua contra el vidrio empañado del tanque. 


El cuerpo no respondió como esperaba. Intentó incorporarse y el movimiento falló en un punto que no supo ubicar de inmediato. Miró hacia abajo. Donde debía haber continuidad, había interrupción. Vendajes. Espacio. La pierna izquierda no estaba. El brazo derecho tampoco. Generando que empezara a golpear la puerta del tanque, una y otra vez con sus extremidades, hasta que el vidrio se agrietó en el tercer golpe. Un chorro de agua emergió del mismo hasta que el tanque, ajeno a lo que sucedía en su interior, terminó por abrirse en un suspiro suave, dejándolo caer fuera, sin ceremonia ni consideración. 


Golpeó el suelo con el hombro, el frío atravesándole la espalda mientras el mundo se llenaba de pitidos ordenados. Una ceguera proveniente del ardor en sus ojos, y unos pulmones que no hacían más que generar que el cuerpo expulsara agua en un intento de retomar el control para dar pie a respirar con normalidad, dejándolo en un charco de sangre, nutrientes y agua. Solo después de unos minutos, cuando su cuerpo comprendió que seguía existiendo, pudo comenzar a respirar con normalidad.  


Parpadeó varias veces, buscando algo que fijara la realidad. No encontró nada salvo luces de un tenue azul que contrastaba con el blanco de las paredes. Muebles metálicos y el insistente pitido de las máquinas que anunciaban al exterior, que estaba despierto. Intenta moverse, pero solo termina por arrastrarse con dificultad. Impulsándose Impulsándose con la única mano que tenía antes de colocar el muñón, dirigiéndose a lo que resultaba ser una puerta, en la medida que su mente se aclaraba.  


No sabía dónde estaba, ni por qué, pero cada parte de sí le incitaba a moverse. A buscar el calor, el refugio del frío y la humedad de su cuerpo, que solo exigía descanso. Se arrastró unos segundos, hasta que la puerta se abrió en par, generando un leve chillido metálico y revelando un mecanoide. Era de torso y brazos humanoides, pero donde debería haber piernas solamente  existía una rueda; donde debió haber rostro, solo se encontró con una esfera negra en la cual resaltaba una sola línea amarilla. 

 

El robot se desplazó por la sala con ambos brazos por delante, que rápidamente lo sostuvieron, antes que un tercero emergiera de la estructura de su espalda con una jeringa lista.  La esfera que hacía de rostro emitió un pulso azul, breve, como reconocimiento. Se inclinó sobre él sin dudarlo. El procedimiento no requería consentimiento: —Paciente despierto —dijo con voz neutra—. Respuesta irregular. Iniciando estabilización. 


Intentó apartarse, pero la pinza lo sostuvo con firmeza suficiente para impedirlo. Sintió el pinchazo en el cuello y luego el frío recorriendo sus venas, apagando la urgencia poco a poco. El ruido de las alarmas se volvió lejano, como si alguien hubiera bajado el volumen del entorno. Su respiración se estabilizó sin su intervención. El cuerpo dejó de resistirse antes que la mente. Dejando tras de sí un suspiro amargo. En la medida en que alcanzaba a oír una frase entrecortada:  —Alerta enviada —continuó el robot—. Supervisión autorizada. 


La segunda vez que volvió de la oscuridad no trajo humedad, ni metal, ni dolor. Llegó con la pesadez de unos párpados que insistían en permanecer cerrados, como si unos segundos más de sueño bastaran para calmar cada extremidad. Su cuerpo no respondía con urgencia, sino con una lentitud espesa, casi ajena. Antes de cualquier imagen, fue el olor lo que lo alcanzó. Seco, reconocible, fuera de lugar, con un dejo amargo que se adhería a la respiración. Después, casi superpuesto, apareció un tono floral que solo podía pertenecer a un perfume. 


Abrió la boca para decir algo, pero el intento se quebró antes de tomar forma. El dolor en la garganta lo obligó a detenerse, áspero, profundo, como si cada palabra tuviera que atravesar una herida. Llevó una mano hacia el cuello por reflejo, buscando aliviar la molestia, pero lo que encontró no fue piel ni dedos. El golpe leve de un muñón contra su propia garganta lo dejó inmóvil por un instante. No reaccionó de inmediato, como si su mente se negara a procesarlo. En el segundo intento, su otra mano alcanzó su rostro, recorriéndolo con torpeza antes de que sus párpados cedieran. 


La imagen regresó de forma gradual, desdibujada al inicio, hasta asentarse con una claridad incómoda. Se encontraba en una sala médica, delimitada por armarios cerrados y superficies limpias que reflejaban una luz tenue. A un lado, una máquina emitía un pitido constante, rítmico, demasiado preciso para no pertenecer a sus propias constantes vitales. El aire estaba cargado con el mismo aroma que lo había despertado, pero ahora podía distinguirlo mejor. Tabaco. Su mirada siguió ese rastro hasta la salida, donde una figura permanecía quieta. 


Una mujer de cabellos dorados fumaba en silencio, apoyada con una calma que desentonaba con el entorno. Vestía de negro, con un escote cerrado que reforzaba la rigidez de su presencia. El humo ascendía con lentitud, dibujando formas difusas antes de desaparecer. Él la observó sin estar seguro de si era real o una extensión tardía del sueño. Intentó hablar, pero la voz emergió desgastada, apenas audible, como si hubiera sido olvidada junto con el resto de su cuerpo: —¿Dónde…? 

 

La palabra no llegó completa. La mujer giró la cabeza hacia él con una lentitud medida, sosteniendo la mirada con unos ojos de tono esmeralda que no mostraban sorpresa. Retuvo el humo unos segundos antes de soltarlo, como si evaluara algo en silencio. Cruzó una pierna sobre la otra, apagó el cigarrillo en un vaso vacío y, sin prisa, tomó otro que dejó sobre la mesa. Junto a él descansaban varios Pads de datos y una botella de licor anaranjado que reflejaba la luz con un brillo opaco. 


—¿Recuerdas quién soy yo? 


Su voz no era fría, pero tampoco cálida. Había en ella un matiz contenido, una forma de atención que no terminaba de convertirse en empatía. Él tardó en responder, no por duda, sino por el esfuerzo que implicaba ordenar cualquier pensamiento. Sentía su cuerpo como algo prestado, distante, y cada palabra requería atravesar esa distancia. Tomándole más tiempo de decir palabra por palabra.  


—Eso… creo. 


Ella asintió apenas, como si la respuesta fuera suficiente para continuar, aunque no para tranquilizarla del todo. No sonrió ni cambió de postura; simplemente avanzó: —Bien. Entonces recuerdas dónde estabas. 


—Recuerdo… el espacio y a… 


—Eso ya lo sé —interrumpió, con un leve gesto de la mano—. Lo que quiero saber es por qué terminaste ahí. 


Él no respondió. Las palabras comenzaron a dispersarse antes de formarse, mientras su atención regresaba poco a poco a su propio cuerpo. Sintió primero los dedos de los pies, luego la respiración, el ritmo irregular del pecho. Y, con esa recuperación, llegó también la conciencia de lo ausente. Bajó la mirada hacia sus extremidades, o hacia lo que quedaba de ellas, y el vacío terminó por imponerse con una claridad bruta. Estando seguro, que la última vez que despertó, seguían ahí.  


—¿Me estás prestando atención? 


El tono de la mujer se elevó lo justo para sacarlo de ese punto fijo. Él apartó la vista con dificultad, como si despegarla de allí implicara un esfuerzo físico. : —Necesito que lo hagas —continuó ella—. Luego encontraremos prótesis. Ahora dime, ¿cómo terminaste en un carguero en órbita? — El la miro confundido, luego volvió la vista a las partes faltantes de si, intentando reaccionar ante ello, pero nada emergió.  


—Yo… no lo sé. 


—Ah, fantástico —respondió ella en un resoplido, antes de agarrar uno de los pads para anotar algo con rapidez—. Esto nos va a demorar una eternidad. Tendré que avisar que llegaremos tarde. 


—¿Tarde a… dónde? 


—No importa, si no recuerdas nada. 


—Recuerdo un caso… una joven. 


Ella alzó ligeramente la mirada, lo suficiente para mostrar interés, pero no sorpresa: —Ya es un inicio. Necesito detalles. ¿Por qué estabas en el carguero? ¿Quién más estaba ahí? 


Espero una respuesta que no llegó, siendo él quien volvió a perderse en sí mismo. Tenía imágenes difusas de metal, sangre y sudor. Recordaba que estaba corriendo, o al menos avanzando hacia un punto; a lo lejos, una joven que gritaba y, de cerca, cerca una oscuridad que lo envolvía. No había claridad en esas imágenes, o de haberla, si era el orden correcto, dejándolo en un silencio que no fue cómodo para ninguno de los dos. Aun ante ello, él parpadeó, intentando sostener algo más que esa imagen fragmentada. La mujer no lo interrumpió esta vez, esperando. 


—Al menos dime que recuerdas el inicio —insistió—. Eso servirá para el informe. 


—Algo… un bar. 


—Bien. Continúa. No tenemos todo el tiempo del mundo. 


Él intentó seguir, pero las palabras se disolvieron antes de tomar forma. En su lugar, llegaron sensaciones. La joven corriendo, el intento de alcanzarla, la distancia que no se cerraba. Luego, el sonido. Después, el silencio. Se llevó la mano al oído cuando un pitido agudo atravesó su cabeza, impidiéndole pensar con claridad: — No te distraigas. —Intervino ella en cuanto notó que volvía a perderse, haciendo que tomara el cigarrillo de la mesa, que pasó entre sus dedos antes de encenderlo en un chasquido seco. Aun con la mirada atenta a él, dio primero una calada antes de extenderlo hacia él Quien, no se opuso a tomarlo, primero intentó agarrarlo con la extremidad sin dedos, y al darse cuenta, lo agarró con la otra mano, en un gesto que parecía más persistente que otra cosa. No respondió, ni agradeció o la miró, solo fumó en silencio hasta que ella volvió a dirigirle la palabra.  


—Bien —dijo ella, observándolo con atención—. Ahora empieza desde el inicio. ¿Qué sucedió, Blake? 



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