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Agatha: Capítulo 3: Elegir otra vida 

Arrugo la nariz ante el olor. Le daba gracia que el cuarto mantuviera un olor a cigarrillo añejo, como si toda experiencia que acababa de vivir, siempre compartiera los mismos aromas. El cigarrillo, café, licor o sudor.  Pero en este caso, se mantenía.   El primero y el último.  Aunque también le acompañaba un olor metálico, de saber si estaba antes o después, era difícil de discernir; podría provenir de la calefacción, o del barrio, del exterior que parecía tan cercano y distante.  


Llegado a ese punto, poco importaba pensar en aquello, en la ventilación, en los olores que podían provenir de un sistema que llevaba décadas compartiendo conductos con todo lo demás. La luz de neón se filtraba por la rendija de la persiana en franjas intermitentes de un rojo anaranjado que pulsaba con la cadencia irregular de un letrero que necesitaba mantenimiento y que nadie iba a darle, trazando líneas sobre el techo que aparecían y desaparecían sin pedir permiso, como si el cuarto respirara a su propio ritmo y los dos que había dentro fueran simplemente pasajeros de ese ritmo. 


Mantuvo la vista en esa danza discordante, como si fuera suficiente para mantenerlo al tanto. Su cuerpo, en cambio, le reprochaba cualquier intento de moverse, suplicando por quedarse un instante más en el estado que estaban. Y, ante la falta de cualquier noción que lo motivara a moverse, optó por quedarse.  Mente en blanco, aroma alrededor y una mirada que se concentraba en lo desconocido, hasta que el peso sobre su pecho comenzó a moverse, uno proveniente de la noche anterior y no antes. Que, en un solo gesto, le devolvía un tenue dolor que recorría el lado derecho de las costillas. Era del tipo que no llegaba de golpe, sino que esperaba a que uno estuviera suficientemente despierto para apreciarlo en su totalidad. Cerró los ojos un segundo, los volvió a abrir, y decidió que el techo podía quedarse donde estaba. 


— ¿Estás despierto?  


La voz era suave, demasiado para el momento compartido. Ella hablaba entre susurros, en lo que se movía con cuidado. Había estado durmiendo con una mano apoyada sobre su pecho, dándole pie a que su cabellera pudiera extenderse sobre la almohada en una masa oscura que la luz de neón tocaba cada cierto tiempo, revelando brevemente los tonos más cálidos antes de volver a ocultarlos. La piel rojiza de su hombro captaba esa luz de una forma distinta a como lo habría hecho la piel humana, con una profundidad que hacía que el color pareciera venir de adentro y no de la superficie, y en la línea donde el hombro se convertía en espalda, la discreta cresta de protuberancias que recorría su columna se insinuaba bajo la luz intermitente como algo que uno notaba y luego dejaba de notar, del mismo modo en que dejaba de notar los cuernos pequeños y curvados que emergían de entre el cabello con la naturalidad de quien ha tenido toda una vida para acostumbrarse a ellos. Blake no se movió. Escuchó el letrero de neón pulsar afuera, contó tres ciclos completos, y en el cuarto ciclo ella abrió los ojos.  


— ¿Te hice daño? — preguntó ella, con la voz de quien no ha terminado de salir del sueño, pero ya está suficientemente presente para que la pregunta importe, mirándolo con esos ojos de un dorado sólido que en la penumbra parecían casi luminosos. 


— No — dijo Blake, aunque se detuvo un segundo al sentir la mirada fija de ella. — No lo has hecho, Rael. — Ella pareció sonreír al escuchar su nombre, de forma que llegó a sorprenderlo a él, quien desvió la mirada a un punto distante de la habitación.  


Ella lo observó un momento sin responder, con la calma de quien no necesita llenar el silencio para que este tenga sentido, y luego apoyó la barbilla sobre su mano en el pecho con el gesto de quien se instala para quedarse un rato más. La luz de neón pulsó dos veces antes de que volviera a hablar. 


— Blake — dijo, pronunciando el nombre con la curiosidad de quien lo sostiene para ver cómo pesa —. ¿Por qué Blake? 


— Es el nombre que tengo — respondió él. 


— No te pregunté cuál era — dijo ella —. Te pregunté por qué. 


Blake miró el techo un momento antes de responder, buscando la forma más breve de algo que en realidad no tenía una versión corta. Llevó la mano hasta el cuello y sacó las dos placas de metal que colgaban de una cadena fina, del tipo que los militares de la Alianza usaban para identificar a sus soldados en los campos donde los sistemas de registro no funcionaban o habían dejado de funcionar, y las sostuvo en el aire entre los dos sin decir nada, jugueteando con ellas entre los dedos hasta que  la luz de neón las tocara el tiempo suficiente para que ella pudiera leerlas. Las iniciales grabadas eran B.K.; debajo estaba el número de serie y, más abajo, el código de regimiento que llevaba diez años intentando rastrear sin éxito. 


— Son tuyas — dijo Rael, sin que fuera pregunta. 


— Eso creo —respondió de forma vaga mientras las sostenía y las dejaba caer sobre su pecho. —. No recuerdo mucho de antes.  —Respiro pesadamente antes de pasar una mano sobre su pecho, recorriendo líneas de tonos plata, provenientes de heridas que había olvidado. — Un planeta rocoso, combate, estar a punto de no despertar.  —Contó con los dedos, como si fuera la única manera de narrar la historia. — No sé mucho, aparte de que mi traje había fallado y estaba muriendo. Sobreviví porque una nave me recogió.  —Dejo la palabra suelta, el tiempo suficiente para evitar dar detalles. —Lo siguiente que supe era que alguien de Cobalto me ofrecía un trato: trabajar para ellos a cambio de ayudarme a encontrar lo que no recuerdo. — Hizo una pausa —. Llevo diez años esperando que cumplan esa parte del trato.  


Ella volvió a mirar las placas, pasando dedos de tonos rojizos sobre el metal, antes de que sus uñas de un color obsidiana las rascaran levemente.  Había algo en aquella sensación que inquietó a Blake, pero no lo pronunció, no era necesario hacerlo ante ella, quien seguía recorriendo el metal de un lado al otro, de la misma forma que un gato al encontrarse con un objeto curioso. 


— ¿Y las placas? —preguntó luego de juguetear con ellas un rato.  


— Las tenía cuando desperté — añadió sin volverla a mirar.—. Y en el cuello, esto. — Se apartó el cabello de la nuca con un gesto breve, dejando visible el tatuaje pequeño y antiguo, dos letras que alguien había decidido que merecían ser permanentes en un momento que él no recordaba —. Supuse que eran mis iniciales. Blake terminó siendo más sencillo que esperar a saber el nombre completo.  


Rael miró el tatuaje sin tocarlo, con la atención de quien lee algo en un idioma que conoce, pero en un contexto que no esperaba. La Alianza Humana tenía sus propios sistemas de identificación, sus propios registros de personal activo y baja, y en teoría cualquier placa de servicio podía rastrearse hasta el regimiento, la nave o la operación a la que había pertenecido, en teoría, porque en los sectores donde los corporativos operaban sus propias guerras y los mercenarios trabajaban bajo contratos que no pasaban por ningún registro oficial, había maneras de hacer que un soldado dejara de existir en los archivos sin que fuese en ningún otro sentido, y Blake lo sabía porque había intentado todas las vías disponibles en diez años y cada una había terminado en el mismo lugar. Igual que ella, recordando las incontables historias provenientes de todo tipo de amantes, que, en su mayoría, provenían de la milicia, algo que comenzaba a considerar atractivo.  


— ¿Y no sabes si eras de la Alianza —pasó una mano sobre otra cicatriz del pecho, siendo un pequeño punto, tan delgado que sería fácil pasar por alto —, o de alguna milicia, o simplemente alguien que estaba en el lugar equivocado con el equipo equivocado?  


— No —suspiró al decirlo —. Llegué a un punto en que dejé de intentar averiguarlo. 


— ¿Por qué? —Sus ojos parecieron brillar ante la pregunta, al tiempo que colocaba su cabeza sobre su pecho, intentando que sus cuernos se clavaran en la piel del hombre. 


— A veces, no sé si recuerdo o solo son ideas vagas.  Imágenes que vuelven a veces, olores, sensaciones, nada que pueda armar en algo coherente.  —Hizo una mueca al decirlo.  —Al principio creí que tendrían sentido, buscaba cualquier cosa que se les pareciera, pero después de un tiempo, fue un callejón sin salida. No sé si es amnesia, algún fallo biológico, o si alguien se aseguró de que fuera así. — Lo dijo sin amargura visible, con la cadencia de quien ha tenido esa conversación consigo mismo suficientes veces como para que ya no le cueste pronunciarla en voz alta —. Simplemente sé que desperté, tenía un encargo, y llevo diez años haciendo lo mismo. 


— Suena difícil — puso una mano sobre el costado de Blake, ahora, pasando por tres líneas que solo podrían haber sido producidas por un arma de contacto. — ¿Y la compañía? — preguntó Rael —. ¿Sabes quiénes son realmente? 


— Recibo un mensaje — se mordió el labio inferior al decirlo, preguntándose por qué le contaba tanto a ella, pero de un modo u otro, no podía evitarlo, le daba tranquilidad hacerlo —. Llego a un lugar, recojo el encargo, comienzo el trabajo. Muy pocas veces he hablado con alguien que dijera ser de Cobalto en persona. Funciona así y no he encontrado motivo suficiente para que deje de hacerlo.  


Rael no respondió de inmediato, y en ese silencio Blake notó que ella miraba la marca que había entre su hombro y cuello, antes de verle los labios, antes de terminar en sus ojos. Había una expresión en su rostro, que no evidenciaba lástima por su historia. La cual, no tenía nada diferente a otras tantas que podrían haberle contado. No deseo pensar en otros amantes que ella podría haber tenido, en cuántos soldados, mercenarios o errantes pudo haber atendido. Tan solo, era un momento y poco más lo que compartían, pero en la forma en que ella lo miraba, había algo más parecido a la consideración y el aprecio, que simple neutralidad de una transacción.  


— ¿Eres solitario? — preguntó al fin. 


— Estoy bien — dijo Blake. 


— No te pregunté si estabas bien — intervino, con la misma precisión de antes —. Te pregunté si eres solitario. 


No respondió de inmediato, solo respiró antes de volver a buscar las placas, las cuales enrolló entre sus manos antes de alejarlas, colocándolas en una mesita al lado de la cama. Esperando que ese gesto fuera suficiente para ella, pero no bastó ante la mirada que le devolvió.  Por lo que, rindiéndose ante su presencia, solo añadió:   — A veces —volvió a dejar la palabra aflorar, antes de agregar algo más — es la vida que tengo, y he aprendido a que me guste. 


— ¿Y si tuvieras otra? — preguntó Rael. 


Blake la miró. Era una pregunta que en otro contexto habría esquivado con facilidad. Pero en ese cuarto con la luz de neón pulsando y el olor a cigarrillo helado junto al dolor que seguía recorriéndole las costillas con una constancia casi educada, el esquive le pareció más trabajo del que valía. — Te haría la misma pregunta —respondió de forma que a ella pareció causarle gracia. Esto terminó en que ella sonriera. Mostró una hilera de dientes amarillos, con dos colmillos afilados a cada lado.  — Si tuviera otra vida — dijo, con la voz de quien habla hacia el interior del cuarto y no hacia ninguna persona en particular —, no te habría conocido. Así que prefiero esta.  —Ante la respuesta de Rael, no le quedó otra que aceptarlo; ambos habían llegado a un punto muerto de la conversación. 


 

No había nada más de que hablar, al menos, por el momento. Se habían conocido hacía un par de horas, en uno de tantos clubs de la estación.  Él solo estaba de paso y ella solo buscaba diversión. Poco o nada más los unía, ni siquiera la vaga promesa de volverse a ver. Aun si la hiciera, no poseía nada que pudiera entregarle. Tan solo vivía entre viajes, a veces en dirección al vacío del universo, otras hacia alguna colonia perdida entre los sectores desconectados, o alguna batalla espacial de la cual siempre se preguntaba si sería el día en que moriría.  


Si ella le hubiera querido algo más de él que ese instante, habría fallado sin dudarlo. Por lo que, antes de que siquiera la idea de una conexión se formara, se adelantó en colocar la mano por su cabeza, antes de recorrer su cabello entre sus dedos. Al tiempo que ella dejó descansar la cabeza nuevamente en su pecho, buscando un punto donde acurrucarse, al son del baile neón del techo, antes de estabilizarse en un tono constante que tampoco duró, y en ese intervalo volvió a fijar su mirada en el techo, perdiéndose en los fragmentos de una vida  no vivida.  Dejándose llevar en el preciso momento en que Rael volvió a apartar su mano antes de acercarse a sus labios y darle un beso, que se sentía extrañamente frío para la calidez del cuerpo de ella. Siendo motivo suficiente para evitar sus pensamientos y darle el control. 


Poco a poco la distancia se acortó entre ambos, aunque el exterior seguía siendo el mismo. Aun con ese olor a cigarrillo frío mientras el letrero afuera pulsaba una última vez antes de apagarse, y la oscuridad que quedó era más completa que la anterior, sin el ritmo intermitente que había estado marcando el tiempo, solo el peso de alguien sobre su pecho y el metal frío de las placas contra su piel y el sonido de una respiración que no era la suya, hasta que dejó de ser cualquiera de esas cosas y se convirtió en la iluminación uniforme y sin carácter de un ascensor corporativo subiendo con la cadencia de quien no tiene prisa porque nunca la tiene, y las paredes eran distintas y el techo era distinto y Selene estaba de pie a su lado mirándolo con esa atención completa y ligeramente excesiva que tenía. 


— Blake — dijo. 


Él parpadeó una vez. 


— ¿Estás bien? — preguntó ella. 


— Sí — dijo Blake —. Solo pensaba en algo. 


Ella lo miró un segundo más con la expresión de quien evalúa si esa respuesta es suficiente o si vale la pena insistir, y decidió que no valía la pena, que era exactamente el tipo de decisión que Blake habría tomado en su lugar. Las puertas del ascensor se abrieron sin anunciarlo, con el movimiento lento y sin esfuerzo que el edificio reservaba para todo lo que hacía, y Selene salió primero sin esperar a que él la siguiera, con el paso medido de quien sabe adónde va porque es el único lugar al que puede ir. Blake la siguió. El pasillo del piso diecisiete era más cálido que el resto del edificio, con esa diferencia de temperatura que los sistemas de climatización corporativos producían cuando alguien había ajustado la configuración de una habitación a preferencias personales y nadie había considerado necesario revertirlo, y Selene abrió la puerta con su credencial sin decir nada, entró, y fue directamente al piano. 


Blake se quedó en el umbral el tiempo suficiente para leer el espacio antes de entrar en él. Sabía bien que no sería ni la primera, ni la última vez que entraría a ese cuarto, o a un aun lugar en general, pero había algo que le solía llamar la atención en los lugares que visitaba, en especial si era donde alguien había vivido de verdad, haciendo que aquellos lugares aún guardaran remanentes de lo presenciado, haciendo que, aunque el gesto más mínimo, tuviera que tener cuidado, siendo necesario, analizarlo antes de proceder. 


Hasta la más mínima mota de polvo, o la ausencia de la misma, podía decir más de una persona que ella misma. Aunque, las paredes blancas con líneas amarillas, eran demasiado corporativas para su gusto, incluso de tratarse de una elección personal, sería evidente que pocas o ninguna opción se habría perdido de tener la oportunidad de considerarse. Sobre esa base neutra, alguien había ido depositando capas de presencia que el tiempo había vuelto permanentes: una pila de libros físicos sobre la barra de la cocina con los lomos gastados de una forma que no era decorativa, sino producto del uso real; una pequeña figura de manufactura claramente no corporativa sobre el alféizar; y en la pared junto a la entrada, un póster sin marco con los bordes enrollados hacia adentro que mostraba una formación rocosa en un planeta que Blake no reconoció, pero que tenía el aspecto específico de los mundos del borde exterior, esos lugares que no aparecían en los mapas corporativos porque nadie había considerado que valiera la pena cartografiarlos. Siendo más un adorno producto del espacio.  


— No sabía que los investigadores esperaban en la puerta — dijo Selene, sin abrir los ojos ni detener la música. 


Blake dio un paso al interior: — Depende del lugar.

 

— ¿Y este qué es? — preguntó ella. 


— Aún no lo sé — respondió, acercándose a la barra sin tocarla todavía —. A veces, lo que tarda en definirse es lo único que vale la pena mirar.  


La música continuó, pero había cambiado de forma casi imperceptible, como si la ejecución ya no fuera completamente ajena a su presencia. Blake desplazó la mirada hacia los libros sobre la barra, pasando los dedos por los lomos sin extraer ninguno, sintiendo el desgaste irregular de las cubiertas, el tipo de deterioro que no podía replicarse artificialmente. Tres idiomas distintos, dos reconocibles y uno no, con temas que no compartían una línea evidente: bioquímica aplicada, historia de colonias de frontera antes de la expansión corporativa, teoría musical, ese último con el lomo más gastado de todos. 


— ¿Los leías tú? —tomó uno de los libros antes de hablar.  


Selene dejó de tocar por completo, aunque mantuvo las manos sobre las teclas como si retirarlas implicara algo más que detener la música: — No  


— Pero sabes lo que dicen. 


— Sé lo que contienen — respondió ella con la mirada fija en las teclas —. No es lo mismo. 

Blake levantó la vista, observándola con una atención más directa. — Explícalo. 


Selene dudó un instante, no porque no supiera qué decir, sino porque parecía medir si valía la pena hacerlo. — No los recuerdo — dijo finalmente —. No recuerdo haberlos leído. Pero cuando los abro no hay nada nuevo, solo reconocimiento. Como si alguien hubiera hecho el trabajo y yo llegara después a recoger lo que quedó. 


Blake cerró el último libro y lo devolvió exactamente al mismo lugar, ajustando el ángulo con una precisión casi imperceptible. — Entonces alguien más lo hizo por ti. 


Selene negó levemente, aún sin girarse hacia él: — No — dijo —. Alguien más hizo eso por mí.  


Y el matiz se instaló entre los dos con más peso del que las palabras sugerían, y Blake lo dejó asentarse sin intervenir, desplazando la atención hacia el cuaderno delgado que sobresalía entre los libros con una presencia distinta al resto, del tipo de objeto que no ha terminado de fijarse en el espacio porque quien lo dejó ahí no había concluido de advertir tampoco. Lo tomó y lo abrió, encontrando pentagramas dibujados a mano, compases incompletos, correcciones superpuestas que se acumulaban sobre sí mismas como si cada intento negara parcialmente al anterior sin borrarlo del todo, la evidencia de alguien que no estaba satisfecha con lo que encontraba, pero que insistía en buscar una forma más precisa de expresarlo. 


— Esto es distinto — dijo, sin apartar la vista de las páginas —. Aquí hay intención, no solo memoria. 


— Era suyo — dijo Selene, y su voz había perdido parte de la firmeza anterior. 


— ¿El cuaderno? 


— Todo — respondió ella —. Yo no escribo. No de esa forma. 


Blake cerró el cuaderno con la deliberación de quien reconoce que ha encontrado algo relevante sin saber todavía qué hacer con ello, lo devolvió a su lugar y se dirigió hacia la habitación principal sin apresurarse. Con la mirada de Selene detras de si, cuyas intenciones sentía claramente, sin atreverse a responder.  Sabía bien el motivo al respecto, un clon era creado físicamente, pero los recuerdos de una persona, una mente e identidad, era un asunto completamente diferente, que no estaba ligado a la lógica Aun ante ello, no pudo evitar una sensación de incomodidad al continuar investigando. En especial ahora, al entrar en la habitación. 


Era más diminuta de lo que el resto del apartamento sugería, con una cama de dimensiones estándar y una ventana que daba a un patio interior donde la luz llegaba filtrada y sin carácter, del tipo de luz que no ilumina, sino que simplemente impide la oscuridad completa, y había una estantería con más libros y algunos objetos que Blake revisó sin encontrar nada que cambiara el panorama. Salvo un escritorio pequeño con la superficie limpia de una forma reciente, en contraste con el leve polvo de los alrededores.  Incluso, pudo observar el pequeño baño de la habitacion, el cual le genero un fuerte deseo de querer entrar, pero al recordar que selene seguia en el lugar, opto por evitarlo, distanciando su mente al revisar el lugar, encontrandose con el cuadro enmarcado sobre la pared de la cama.


El cual, no era una pintura sino un programa impreso con cuidado, del tipo que se repartía en la entrada de los recintos donde todavía se hacían actuaciones en vivo. A diferencia de todo el cuarto, era lo único destacable que le llamó la atención, lo suficiente para acercarse y leer su contenido. El cual relataba que se trataba de un recital que solía presentarse en un lugar llamado El Sello. No le sonaba el nombre de nada, ni sobre una compañía teatral o algún club proveniente de algún artista adinerado. Atribuyéndolo a algo más de la colonia que a cultura general.  


Al revisar nuevamente, pudo leer la fecha de hacía poco más de un año. En la lista de intérpretes aparecía un nombre que no era el de la heredera de Helix, sino uno más corto. Era del tipo que se adopta cuando se quiere existir en un sitio sin que ese lugar sepa exactamente quién eres. Junto al nombre había una fotografía diminuta que era suficientemente clara para reconocerla: una joven de rasgos similares a los de Cassandra, pero con algo en la expresión que era completamente distinto, más alegre, consciente y feliz. En la fotografía estaba sentada frente a un piano, con las manos sobre las teclas en una postura que no pudo evitar recordar a las de Selen hace unos segundos.  


Selene apareció en el umbral de la habitación sin que él la hubiera escuchado llegar. — ¿Qué encontraste? — preguntó, mirando el programa desde donde estaba. 


— Un recital —asintió al decirlo, como si esa palabra pesara.—. El sello, en el fondo. Hace un año. — Hizo una pausa antes de continuar —. ¿Lo conoces? 


Selene cruzó los brazos con un gesto que no era exactamente defensivo, sino del tipo que uno hace cuando necesita algo donde apoyarse. — Sé que ella iba, pero poco más. 


— ¿Con quién? 


— No lo sé. 


— ¿Con qué frecuencia? 


— No lo sé — repitió, y esta vez había algo en el tono que no era evasión, sino incomodidad —. Hay cosas que llegaron conmigo cuando desperté, y otras que no. El piano llegó. Los libros llegaron de otra forma. Esto — señaló el programa con un gesto mínimo — es algo que vi colgado y que nunca pregunté. Tampoco me habrían respondido de haberlo hecho.  


Tomo la palabra de la joven y la de estar. Antes de volver al programa, repasaba la estructura. Desde el nombre, hasta la estructura; recorriendo el nombre falso de la joven hasta la idea que le hacía el que hubiera dado tanta importancia para querer conservarlo. Para enmarcarla y colgarla junto a su cama. No necesito mucho más, para comprender que El Sello, era justamente el lugar donde una joven corporativa, asfixiada por el peso del apellido, habría ido a buscar consuelo, al menos, un espacio para respirar.  


Con la figura de la presentación, no pudo sentir que tenía sentido para sí mismo, aunque al volver sobre sus pasos de regreso a la sala de estar... Con la mirada confusa de Selene detrás, quien no se detuvo a preguntar. Observo cómo se sentó frente al piano. Miro de regreso a la habitación y luego al instrumento con expresión sombría, antes de intentar posicionar las manos en las mismas teclas que estaban en el cuadro.  


— ¿Qué haces? — preguntó Selene desde detrás, con una tensión nueva en la voz. 


— Compruebo algo — dijo Blake, ajustando la posición de los dedos hasta que coincidió con lo que había visto en la fotografía, y presionó. 


El sonido fue breve, cuatro notas que no formaban ninguna melodía reconocible, y luego un clic suave, casi inaudible, y una pequeña sección del panel lateral del piano se separó con el movimiento de algo que ha estado esperando ese gesto específico durante mucho tiempo: —Chica lista. No pudo evitar decirlo, al revisar el compartimiento, en el cual  había un hueco forrado con material oscuro que amortiguaba los golpes, y dentro del hueco había una cajita musical del tipo que ya no se fabricaba en los sectores integrados, pero que seguía circulando en los mercados del Fondo, pequeña y de metal oscuro con bisagras de latón, y en el dorso, grabado con la precisión de algo hecho por encargo, el mismo símbolo del programa enmarcado junto a la cama: un círculo con una línea horizontal que lo cruzaba a la mitad, la señal de reconocimiento. Al tomarla entre sus dedos, le pareció ligera en peso y suave al tacto, lo suficiente para ponerse de pie con la mirada fija en el objeto.  


— Déjala — dijo, ella con una voz que era más pequeña que cualquier cosa que hubiera dicho antes. 


— Es una pista —replicó. 


— Lo sé — respondió Selene —. Por eso te pido que la dejes. 


— No puedo hacer eso. 


— Sí puedes — había en esa afirmación algo que no era exactamente súplica, sino la certeza de quien sabe que el otro tiene la capacidad de hacer lo que se le pide y está eligiendo no hacerlo —. Puedes dejarlo y buscar de otra forma. Hay otras formas. 


Blake sostuvo la cajita en la mano sin moverse, mirándola con la atención de quien está escuchando de verdad y no simplemente esperando a que el otro termine de hablar: — ¿Por qué te importa tanto esta cajita específicamente?  


Selene bajó la mano despacio, con el gesto de quien acaba de confirmar algo que ya sabía pero que esperaba que no fuera verdad: — No me importa la cajita — dijo —. Me importa lo que pasará cuando se lo digas a Cassandra.  


— No te entiendo.  


— No quiero morir —alzó la mirada, encontrándose con los ojos fríos de Blake, los cuales reflejaban los suyos cristalinos. —. Sé lo que soy. Sé para qué fui creada. —Resopló al hacerlo. — Sé que no tengo nada que sea realmente mío, ni dinero, ni influencia, ni un nombre que no sea una copia de otro. —Puso una mano sobre la otra, apoyándola con fuerza. — Lo único que tengo es este apartamento, este piano y el tiempo que me queda mientras los tratamientos funcionen. Y no quiero que ese tiempo se acorte más de lo que ya está. No quiero quedarme sola.  


Blake no respondió, tampoco le dirigió la palabra, solo sostuvo la cajita antes de darle la espalda a la chica. Un acto extraño, todo en el caso lo era, y escucharla no hacía más que aumentar esa incertidumbre, la misma que volvió en su mente al recordar a la Ilyr, la especie de Rael. De todas las personas en las que podía pensar, el recordar a la mujer de ojos dorados, cabello oscuro y colmillos afilados, no le hacía nada de gracia. En especial, al recordar que fueron esas mismas palabras que ella le dijo al día siguiente antes de partir, antes de tomar la siguiente nave que lo llevaría a encontrarse con Rho: — Lo siento. —No estaba seguro de por qué lo decía, no le debía nada, tampoco daba alternativa a otra cosa. —. Tengo que continuar. 


Selene no respondió. No había nada que pudiera decir, ni algo que él añadiera. Solo el silencio se extendió entre ambos, al son en que ella volvía a caminar en silencio hasta el banco del piano. Apoyo las manos sobre las teclas sin presionarlas, mirando sus propios dedos con la expresión de quien busca en ellos algo que no va a encontrar, antes de que una lágrima recorriera su rostro antes de caer sobre las teclas.  


Dejando al hombre con un sabor amargo en la boca. Algo le decía que debía decirle algo, incluso el gesto más mínimo de contacto para otorgarle así fuera un momento de alivio, pero no sucedió, no lo haría Ante ello, guardó la cajita en el bolsillo interior del gabán y salió del apartamento sin mirar atrás porque mirar atrás en ese momento era el tipo de gesto que no servía de nada y que, sin embargo, costaba, y prefirió ahorrárselo. 


El pasillo del piso diecisiete era igual que cuando había llegado, más cálido que el resto del edificio y con esa luz que no terminaba de decidir si era cálida o fría. Bueno o malo, raro o extraño. Nada de eso servía en ese instante, así que, caminó hasta el ascensor, aunque todavía sin tener una propuesta de hacia dónde ir o qué esperar al llegar. Por lo que fue un breve alivio, no tener que tomar una decisión, hasta que las puertas se abrieron en par.  


Al ingresar, presiono el botón de las oficinas. Solo entonces, cuando las puertas se cerraron, se permitió suspirar, llevar una mano al rostro y acariciarse la frente, como si ese gesto fuera suficiente para todo lo que había sucedido desde que llegó, pero, ante la falta de alivio, no pudo evitar dar un golpecito en el tablero del lateral, lo que terminó por encender la pantalla del noticiero de la colonia, con la presentadora de ojos rojizos hablando frente a imágenes que Blake reconoció antes de que el audio llegara a sus oídos, porque el humo negro sobre el fondo y las paredes de un edificio de tres plantas que ya no tenían techo eran suficiente información sin necesidad de comentario, porque al aparecer el letrero con el símbolo que llevaba en el bolsillo, fue suficiente frustrarlo aún más: —Perfecto —murmuró—. Llegué tarde.



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