Agatha: Capitulo 4: Interferencia
- Ciaran. D'ruiz

- 9 abr
- 16 Min. de lectura
Si tuviera que llamar al lugar, por una sola palabra. Se atrevería a decir, mencionaría a ese objeto que cumple su función y a nadie le importa su deterioro, hasta que es demasiado tarde. Obligado a cambiarlo. Era en sí la mejor descripción de lo que los colonos llamaban El Fondo. Un distrito ubicado en la frontera con el exterior de la colonia. Lejos de los anillos, del sector corporativo, industrial y urbano. Todo lo que existía más allá de las columnas eran extensos valles rocosos, algunos con planicies, pero en sí, solo kilómetros de tierra que, tarde o temprano, serían empleados para nuevos pozos de minerales.
Al recorrer las calles semivacías, el olor a azufre mezclado con la ceniza alcanzaba a pegarse en la nariz. En mayor o menor medida, era algo desafiante de ignorar. Tan solo bastaba dar un vistazo a los depósitos de material, a los trabajadores que eran expulsados de las fábricas, con rostros cubiertos de sudor, suciedad y una mirada perdida de quien ha aceptado que esa es y sería su vida, hasta el final de sus días. En comparativa con él, quien era un extraño, alguien que se iría en algún momento, con el recuerdo del momento.
Sus pasos lo terminaron por llevar al lugar esperado. Reconociéndolo más por las vallas titilantes que anunciaban lo que alguna vez fue un club de descanso. Un lugar de paso entre la industria y lo urbano. Un lugar, donde los hombres volvían a ser hombres, y no trabajadores. Ahora, reducido a un montón de escombros ultrajados por los oficiales del Seg-C, quienes habían establecido un perímetro alrededor de lo que quedaba del lugar. Ocupaba media manzana del segundo nivel del anillo exterior. Estaba delimitada por vallas móviles de supresión activa, que emitían una frecuencia de baja intensidad. Esta frecuencia no hacía daño, pero producía suficiente incomodidad para desincentivar el contacto prolongado.
La fuerza de seguridad de los sectores corporativos de frontera empleaba esta tecnología con regularidad. Habían aprendido que la disuasión pasiva cuesta menos que la intervención directa y genera menos documentación. Los drones de vigilancia patrullaban el perímetro en patrones fijos y predecibles, del tipo de cobertura que se desplegaba cuando la prioridad no era detectar, sino registrar, documentar quién se acercaba y durante cuánto tiempo. También construían un archivo que podía no usarse nunca o podía usarse exactamente cuando resultara conveniente.
Frente a lo que podría considerarse el cordón que separaba a los agentes y a las personas. Se reunía una multitud con rostros curtidos. No era la imagen esperada luego de ver las noticias, donde habría esperado caos, gritos e insultos al aire. Siendo el tipo de energía desordenada que caracterizaba las protestas espontáneas de quien actúa más por dolor que por convicción. En cambio, era una congregación de personas, no alcanzaba a contar la cantidad, pero podía estimar fácilmente más de cincuenta. Siendo grupos que se dividían en pequeños apartados, pero todos, manteniendo la mirada de duelo en dirección al club.
Podía distinguir, gracias a sus ropajes, que la mayoría eran diferentes trabajadores de diversas áreas de la industria. Algunos de bloques enteros; otros desorganizados y desliñados, que no estaba seguro si eran obreros o simplemente vagabundos que se habían acercado en busca de fuego y algo que llevarse a la boca. Siendo, en este último grupo, donde estaban los que consideraba más interesantes. Individuos con mutaciones visibles, malformaciones que iban desde marcas extrañas y protuberancias en el rostro, hasta manos de más o menos dedos y deformidades que fácilmente podrían rivalizar con un cuadro abstracto.
En sí, a dónde quisiera que viera. Asimilaba que el Fondo, era el lugar donde se convivía con normalidad con todo rastro de individuos, sean candidatos o no, que la colonia prefería ignorar. Más que los olvidados. Existían únicamente para esperar un turno, una oportunidad de ser vistos o volver al olvido. Nadie quería ser el primero en cruzar el umbral de la violencia, aunque todo gesto, mirada y susurro estaban cargados de una intensa desaprobación hacia la seguridad, a quienes se referían como inútiles. Quienes solo estaban de pie, mirando a los alrededores, antes de hacer algún acto que presentara su interés por investigar los motivos del incendio.
Al llegar cerca de los escombros, una multitud un tanto más animada que los demás se había parado ante la seguridad, exigiendo respuestas sobre lo sucedido. Solo para obtener la respuesta de la indiferencia ante sus reclamos. Blake se integró entre ellos, tratando de pasar desapercibido. Sin embargo, esto poco sirvió cuando avanzó entre los grupos que comenzaban a acercarse a lo que quedaba del establecimiento. Un acto que los agentes desplegados alrededor, tomaron como provocación, con manos puestas en los bordes de las armas, expectantes de si tuviesen o no que usarlas ante los manifestantes.
Fue entonces cuando escuchó la voz, elevada por encima del murmullo general con la urgencia de quien ha estado intentando mantener la calma y ha llegado al límite de lo que esa calma puede sostener: — Ya les dije que no pueden estar aquí — decía uno de los agentes con voz autoritaria, siendo un hombre de unos treinta años con la armadura ligera de los destacamentos de control civil y la expresión de quien repite una instrucción que no diseñó y con la que no está del todo de acuerdo, pero que va a cumplir de todas formas porque es lo que hay —. El perímetro está activo por orden de la Dirección de Operaciones.
— El incidente — repitió el hombre frente a él, y en esa repetición estaba toda la ironía que cabía en dos palabras pronunciadas por alguien que llevaba suficiente tiempo en el Fondo como para saber exactamente qué significaba que Seg-C llamara incidente a algo —. Llevamos doce años usando ese local. Doce años pagando el espacio, cumpliendo los registros, sin causar problemas a nadie. Y ahora es un incidente.
El hombre que hablaba era alto, de complexión marcada por el tipo de trabajo físico que se acumula en el cuerpo durante años sin que este termine de acostumbrarse del todo. También tenía modificaciones cibernéticas en el antebrazo izquierdo que eran claramente de procedencia no certificada. Este tipo de trabajo se instalaba en los talleres donde el sistema de salud corporativo no lo cubría.
Junto a él había una mujer de piel de un azul grisáceo. Al verla de cerca, pudo identificarla como una de las especies de los sectores del borde exterior que habían comenzado a instalarse en las colonias de frontera desde que la Liga amplió los tratados de residencia temporal hacía unos años. Tenía marcas en el rostro que en su cultura indicaban afiliación de linaje y que en Veridian probablemente indicaban simplemente que era de allá y no de aquí. Pese a que le causó la impresión de verla, intentó ignorarla, igual que a los demás, en especial a ella, de quien estaba seguro de que habría pertenecido a alguna pandilla, por su forma de sostener el tubo metálico entre las manos. En espera de un incentivo para usarlo.
— El espacio está bajo revisión de seguridad — dijo el agente, con la cadencia de quien sabe que lo que está diciendo no es suficiente, pero no tiene nada más —. Cuando concluya la revisión, se determinará el estatus del local.
— El estatus del local — dijo el hombre del antebrazo modificado —. El estatus del local es que está carbonizado por dentro y a nadie le importa.
— Se está investigando; por favor, espere a que...
— Y una mierda lo de esperar. —Señaló el hombre con un dedo metálico. — A nadie le importa lo que nos pasa; llevan años pidiéndonos que muramos en las fábricas a cambio de comida. Y cuando existe un lugar donde podemos estar, desaparece. — Hizo una pausa que no era para respirar, sino para dejar que lo que acababa de decir ocupara el espacio que merecía —. Eso tiene un nombre, y no es incidente. Si no hacen algo, entonces nosotros lo haremos.
Blake pasó a dos metros de ese intercambio sin detenerse, aunque no evitó escuchar cuanto pudo. Desde la forma en que defendía el club como único lugar de descanso, ante el desinterés de la corporación por los ignorados. Hasta la manera en que amenazaban con el bienestar de los guardias. Lo cual solo ocasionó que tanto los trabajadores como los mutantes comenzaran a hablar al unísono en pro de presentar su inconformidad por un sistema que llevaban décadas ocupando el espacio que este no había diseñado para ellos, en los huecos entre lo que Helix necesitaba que existiera y lo que prefería ignorar que existía.
Pronto comenzó una discusión entre los guardias y los trabajadores, que no necesito ver, para saber el resultado luego de escuchar el primer disparo. Solo en ese momento, apuró el paso, en espera de evitar involucrarse en el conflicto. Al segundo disparo, corrió y al tercero, casi que saltó al pasar una esquina. Siendo su cuerpo el que reaccionaría primero, colocándose a cubierto y llevando la mano a un arma inexistente en su cadera. Espero la posibilidad de atacar, pero al palpar su lateral no pudo evitar soltar una risita nerviosa: — Lo olvidé — No pudo evitar decirlo con una mezcla de ironía y autocastigo.
De todos sus años como investigador. Emplear armas para defenderse se había vuelto tan natural, como terminar fundando un cigarrillo en una oficina apestada a licor y otras sustancias, hasta que llegara el próximo caso. Pero luego de los primeros años, comenzó a dejar de llevar armas de fuego. Esto se debía tanto a la incomodidad de transportarla en cada desplazamiento como al mantenimiento necesario para su adecuado funcionamiento en diversas situaciones.
Sin contar que cada cúmulo, planeta o sector, llegaba a manejar su propia distribución de armas, mantenimiento o negocio. Siendo a veces inviable tener los componentes del mismo tipo, al estar en espacio no regulado ni por el consejo, o por algún corporativo privado encargado de la seguridad o distribución de armas. Aunque dejó la idea en el aire al escuchar un quinto y sexto disparo que lo llevó a colocarse detrás de la pared.
Cerró los ojos y tuvo que recordarse a sí mismo, que no era su pelea, que involucrarse y hacerse el héroe solo traería mayor desgracia a una situación que deseaba no vivir. No era la primera vez que estaba en esa posición: el extranjero que llega y lucha contra los malvados, solo para irse y saber tiempo después que alguien más tomará el puesto anterior, siendo motivo para que la lucha reanudara una y otra vez. Pero, eso no evitó que terminara bajando la mano hasta la daga en su bota. Siendo más un puñal de combate, recubierto de un polímero bajo en metales. Lo que facilitaba el ingreso, de la misma forma que poder sacarle filo para su funcionamiento. Antes que comprarle un nuevo cargador o batería. Siendo motivo de sorpresa al sostenerlo en su mano cuando sonó el séptimo disparo y con ello un grito que desgarró el aire antes de que le acompañara un sollozo. Consideró involucrarse, pero prefirió apartar la vista y continuar con daga en mano, en busca de una entrada al local, en la medida en que un olor a sangre comenzaba a adornar el aire.
Bastó un par de minutos para encontrar un acceso al local, en el lateral del edificio, parcialmente oculto por una batería de contenedores de residuos industriales que olían a lo que era vulgar basura acumulada con residuos minerales. La puerta estaba sellada con un sistema de bloqueo estándar de tercera generación, el mismo parpadeo ámbar que Blake había visto en el lector del ascensor de Helix, pero en una versión diez años más antigua y con el tipo de desgaste en los bordes que sugería que ese acceso se había abierto y cerrado muchas más veces de lo que el registro oficial indicaba.
Se rascó el cuello al ver el lector, antes de ver a su alrededor. Empleando la daga, apuñalo el lateral de la cerradura antes de hacer palanca y abrirla. Recibiendo un destello de chispas y cristales antes de exponer parcialmente los cables del dispositivo: — Tanta tecnología y solo basta cortar para ingresar. — Repitió esa frase una vez que empezó a destrozar los cables y probar diversas combinaciones hasta que la puerta se abriera, sin pensar en alarmas o seguridad. El lugar estaría destrozado de todos modos y cualquier alarma, de seguro, sería ignorada por el conflicto entre los trabajadores y la seguridad de la colonia.
El interior de El Sello era exactamente lo que el exterior había prometido que sería y nada de lo que había sido antes. Desde las mesas ennegrecidas por las llamas, hasta la fila directa hasta el escenario, donde cualquier punto de la sala sería tan visible de cada lado. La forma en que las paredes estaban hechas del tipo que permitía socializar, pero también ocultarse cuando se buscaba privacidad. Dio un par de pasos hasta que la oscuridad comenzó a rodearlo. Momento que tuvo que darse un par de golpecitos en la placa de circuito debajo del ojo, para lograr que el sistema de la retina cambiara de la visión normal hasta una similar a la infrarroja para poder ver a tientas, aunque no evitó el ocasional golpe contra alguna superficie fácilmente ignorable, junto con el insulto que le acompañaba cuando terminaba dándose otro golpe en el mismo lugar por descuido.
Continuo atientas por el lugar. En ocasiones caminaba sobre los restos de las bebidas y los inmuebles, en espera de encontrar algún cadáver, pero en todo el lugar, desde la entrada del servicio hasta llegar al fondo de la estancia, le sorprendió la ausencia de muerte. Lo cual, le permitió concentrarse en lo que aún era notablemente visible, desde los restos de un piano carbonizado a medias que el fuego no había terminado de consumir, hasta la barra del bar, que parecía sostenerse más por milagro que por fuerza.
Los sistemas de audio estaban destruidos. El escenario estaba destruido. Las zonas de almacenamiento lateral estaban destruidas. Pero las paredes que daban al exterior seguían en pie con una integridad que el fuego no habría respetado si hubiera seguido su propio criterio, permitiendo ver entre las grietas, el conflicto del exterior, que solo hacía escalar con cada minuto que pasaba en su interior. Sus pasos lo llevaron a una pequeña oficina, casi intacta en su interior, donde lo único mínimamente aceptable, era la mitad de un escritorio de madera, que parecía haber resistido. Fuera de ello, el lugar era simplemente, otra zona lastimada por el exterior, que aún se negaba a caer.
Al acercarse al escritorio, comenzó a tantear entre los cajones que no habían cedido ante las llamas, deteniéndose en uno que se resistía a abrirse. Igual que en el exterior, utilizó la daga, esta vez arrancando astillas hasta que la madera cedió lo suficiente como para sacarlo de un tirón. El contenido se desparramó sobre el suelo cenizo sin ningún orden aparente, mezclando billetes inútiles con papeles que apenas conservaban forma. Entre todo aquello, lo único que parecía haber sobrevivido con cierta intención era una pequeña libreta improvisada. Más que un cuaderno, era un conjunto de hojas adheridas entre sí por el calor, deformadas pero legibles.
A falta de otro lugar, tanto para ir como para sentarse, optó por acomodarse en el borde de la mesa que aún no cedió ante su peso. La escaramuza del exterior solo empeoraba por lo que oía; al menos en lo que quedaba del interior estable, era lo suficientemente seguro para aguardar hasta encontrar una oportunidad para salir. Sin más que hacer, comenzó a leer, pasando las primeras páginas sin demasiado interés: — “Presentación de Clara en el piano, miércoles a las veintiuno”— leyó en voz baja, más por inercia que por curiosidad.
La lista continuaba con nombres irrelevantes, horarios variables y descripciones escritas con descuido, como si cada entrada hubiera sido hecha con prisa o desgano. Algunos tenían notas adicionales, comentarios breves sobre actitud o apariencia, pero nada que destacara realmente. Era el tipo de registro funcional que nadie esperaba volver a consultar. Pasó otra página, y luego otra, hasta que el nombre volvió a aparecer sin anunciarse. Clara. Esta vez sin descripción, solo acompañado de una hora distinta y un pago ligeramente mayor. Retrocedió una hoja, luego dos, repasando con el dedo los bordes ennegrecidos mientras buscaba algo que justificara la repetición. No encontró explicación inmediata, pero sí una frecuencia que no encajaba con el resto de los nombres.
—“Chica atractiva, de unos veintitantos, podría ser una buena bailarina si accede — leyó en otra de las primeras apariciones, generándole cierta incomodidad del tipo de persona que podría hacer un comentario así, aunque continuó leyendo a falta de más. No era el comentario lo que le llamó la atención, sino el hecho de que desaparecía en las siguientes entradas. A partir de cierto punto, el nombre se mantenía, pero las observaciones dejaban de acompañarlo. Como si ya no hicieran falta. Como si ya no fuera necesario describirla para reconocerla.
Siguió pasando páginas hasta contar las repeticiones con una certeza incómoda. Haciendo una que otra ocasional pausa ante un disparo del exterior o lo que considero que podría haber sido una explosión. Pero era difícil de saberlo. Lo cual, no facilitó que comenzara a sentirse mareado por la ceniza y una pequeña gota de sangre emergiera de su nariz antes de empapar el papel. Se limpió descuidadamente con el dorso de la mano, antes de continuar. Llegando a cuestionarse por qué no habría pagado alguna mejora o filtro para la nariz. Al continuar leyendo, pudo acertar que Clara había ido al local unas diecisiete veces antes de su prematuro cierre.
El alias le resultaba familiar, aunque no por el contexto en el que lo estaba leyendo. Lo había visto antes en un entorno distinto, limpio, dispuesto para ser observado sin esfuerzo. No encajaba con el resto de los nombres, ni con el lugar en el que aparecía ahora. Regresó a la última página donde figuraba Clara y encontró, al margen, una anotación hecha a mano, apenas conservada bajo el rastro gris que había dejado el fuego. No era parte del registro original, sino un añadido posterior, más preciso, más directo: — “No pudo venir hoy, llevar su pago a la siguiente dirección (...)” —chasqueó la lengua al hacerlo, no estaba seguro de la dirección a qué lugar daba, no conocía la colonia para saber a dónde ir, pero al menos, era suficiente para seguir o preguntar.
Arrancó el trozo de papel para guardarlo en el bolsillo interior del gabán, junto a la cajita que había obtenido en la habitación de Selene. No le preocupaba si tuviese donde guardarlo; tenía una intensa debilidad por toda indumentaria donde tuviera más bolsillos que diseño. Casi alegrándose de que, al momento de terminar su lectura, el conflicto parecía haber acabado. Lo cual agradeció cuando salió de la oficina, momento en que su cuerpo le recordó su necesidad de ir al baño, y no tuvo otra opción que buscar uno, aunque cuando encontró el del local, era más una pila de escombros que un lugar donde estar, por lo que tuvo que aguantarse hasta salir del edificio.
Tan solo dio tres pasos por el callejón, hasta que la sensación se hizo insoportable: — Juro que cuando tenga dinero, me quitaré la vejiga — gruñó con malestar al recorrer el callejón en busca de un lugar lo suficientemente privado para saciar sus necesidades. Lo que le terminó en una zona mucho más oscura y alejada, repleta de grafitis supuestos en capas que contaban años de quejas, nombres, fechas y símbolos que no hacía falta conocer, para saber que era un lenguaje del lugar para hablar sin necesidad de que la autoridad llevara, soltando un extenso quejido de alivio al son que comenzaba a leer los grafitis.
Tuvo que tener cuidado para no pisar ni regar un par de flores marchitas a la pared. No por nada en particular, sino porque sentía que sería extraño regar unas flores muertas. En la medida en que continúo y sin más que hacer, continúo leyendo los garabatos de la pared, que eran más trazos; se superponían unos sobre otros como si el muro hubiera sido usado más para insistir que para decir algo nuevo. Había nombres repetidos hasta deformarse, fechas tachadas con rabia y símbolos que parecían responderse entre sí sin llegar nunca a una conclusión. Blake siguió varias líneas con la mirada, leyendo en voz baja fragmentos inconexos, quejas que no terminaban de sostenerse por sí solas: —Siempre lo mismo— murmuró, sin detenerse demasiado en ninguno, dejando que el sonido de su propia respiración llenara los espacios entre cada palabra. En la medida que repasaba por momentos, lo aprendido del caso.
Desde la llegada a la colonia, hasta las pistas de la heredera. Quien posiblemente se hacía pasar por la tal Clara para vivir una vida de artista independiente. No terminaba de estar seguro si tendría alguna relación con el incendio del Sello, o si eran dos casos aislados. Lo importante era que tenía una idea de adónde debería ir, aunque no sabía cómo llegar, pero pronto lo averiguaría, una vez terminara su actividad primaria. Lo cual terminó una vez que su vista descendió un poco al notar unos trazos más limpios que los anteriores. No estaba cubierta ni corregida, como si nadie se hubiera atrevido a tocarla desde que fue escrita. La letra era más diminuta, más cuidada, ajena al resto del muro. —“Para Elena. Que este rincón te guarde donde nosotros no pudimos”— leyó en voz baja, reduciendo el tono casi sin darse cuenta. No era una consigna ni una queja. Era otra cosa. Algo que no pertenecía al mismo lenguaje del resto.
El hilo de alivio se interrumpió por completo, pero no por decisión consciente, sino porque el silencio que siguió al nombre se sintió distinto. Más pesado. Bajó la mirada sin apartarse del muro, terminando lo que había empezado, aunque ya sin prestar atención al resto de grafitis. Durante un segundo, el callejón dejó de ser solo un lugar de paso. Algo en esa frase lo había obligado a quedarse un poco más de lo necesario.
—Te dije que no viniéramos hoy, los agentes estan demasiado cerca, estoy seguro que aparecerán pronto— dijo una voz masculina desde la entrada, lo suficientemente cerca como para cortar el momento sin esfuerzo. Blake no giró de inmediato. Aun esperando poder terminar esas últimas gotas. —Solo un momento— respondió una mujer, con un tono contenido, como si cada palabra tuviera que pasar por un filtro antes de salir.
Los vio avanzar unos pasos dentro del callejón. No caminaban como alguien que estuviera perdido. Sabían exactamente a dónde iban. La mujer sostenía un modesto ramo entre las manos, flores ya marchitas en los bordes, pero aún cuidadas. No miraba el suelo ni los muros. Miraba directamente hacia el punto donde Blake había estado de pie segundos antes. Terminando por detenerse con una mirada entre asombro, que pasó a desagrado rápidamente. No dijo nada al principio. Solo lo observó, como si necesitara confirmar algo que no terminaba de encajar. Luego, muy despacio, levantó la mirada hacia el muro detrás de él. Sus dedos se tensaron alrededor de los tallos. —Es ahí— dijo, apenas por encima de un susurro, señalando el lugar exacto donde estaba la inscripción.
Blake siguió la dirección de su gesto, entendiendo demasiado tarde. Pasando de la mirada de la pareja hasta el muro, del muro al suelo y del suelo, al cierre de su pantalón, que lo subió lentamente. Sin ser capaz de sostenerles la mirada. Ese simple gesto, demorado, humano y distante, fue lo que dio paso a que el hombre que acompañaba a la mujer reaccionara primero. No hablo, ni pronuncio palabra alguna, antes que la ira lo inundara y avanzara directamente hacia el detective, acortando la distancia. Solo cuando estuvo tan cerca que Blake notó el aliento a licor, escuchó la pregunta antes del golpe: — ¡¿Qué crees que estás haciendo?! —masculló el hombre después de empujar al detective con la suficiente fuerza para hacerle caer.
El impacto lo tomó desprevenido. Cayó de espaldas, aún con las manos en la entrepierna, hasta que su espalda tocó el suelo y la sensación fría llegó antes que el olor. Haciendo que terminara soltando un insulto y maldiciendo por lo bajo, en lo que intento incorporarse mientras la mano buscaba apoyo en un suelo que no ofrecía nada firme.
—¡Miguel, no aquí…!— alcanzó a decir la mujer, dando un paso adelante, pero sin acercarse del todo.
—¿No aquí?— repitió él, tirando de Blake por el gabán hasta obligarlo a levantarse. —¿Después de lo que acaba de hacer?— añadió, empujándolo contra la pared con un golpe seco que le recorrió la espalda. —¿Sabes siquiera dónde estás parado?
Blake negó apenas con la cabeza, todavía desorientado, intentando ordenar una respuesta que no sonara peor de lo que ya era: —No sabía— dijo finalmente, pero la frase se deshizo en cuanto salió.
—Claro que no— respondió el hombre, con una risa breve que no tenía nada de humor. La mano ya estaba dentro de su abrigo, sacando un arma que no apuntó de inmediato, pero que dejó claro todo lo demás. —Nadie sabe. Nadie pregunta. Solo vienen, ensucian y se van. Y justo tenías que venir a orinar la tumba de mi niña.
El hombre no permitió que Blake dijera algo. Primero fue el dolor antes de percatarse del golpe. Al son que la mujer se llevaba el ramo hasta el pecho y con ojos cristalinos repetía en voz baja: —Hoy habría sido su cumpleaños — dijo, casi sin voz, como si no esperara que nadie la escuchara. Eso fue lo que terminó de romperlo todo. Aun cuando Blake intentó disculparse, de nada sirvió al sentir el segundo golpe del hombre, que venía acompañado de una sola frase: —Te voy a enseñar a respetar— dijo, sin elevar la voz. Pero sí elevando el cañón a la altura del rostro de Blake.
El detective miró al hombre, luego a la mujer antes de cerrar los ojos por un segundo, preguntándose cómo había terminado en esa situación y si debió hacer algo antes. Pero la incomodidad solo le siguió el malestar, seguido del dolor cuando el hombre deslizó el dedo hasta el gatillo. Podría haber esperado o incluso intentado volver a disculparse, al considerar que podría ser solo una amenaza vaga por parte de un padre dolido. Pero ante la mirada enfurecida y la pasividad de la mujer, comprendió que debió actuar. El movimiento fue torpe, nacido más del reflejo que del pensamiento directo, y solo actuó cuando la mano descendió hasta la bota, encontrando el mango del cuchillo y sacándolo en un gesto seco. No apuntó. No pensó. Solo cortó hacia donde tenía espacio.
El hombre retrocedió con un gesto brusco, desviando el arma al mismo tiempo que el dolor le arrancaba el aire de golpe. La respuesta llegó de inmediato, antes que las primeras gotas de sangre al suelo. La culata descendió en un arco rápido, impactando de lleno contra el rostro de Blake. El golpe le atravesó la cabeza con un destello seco, concentrado en el ojo. La imagen no desapareció, pero se fracturó en capas desfasadas, como si algo hubiera dejado de coincidir dentro de su propia visión. Parpadeó, pero el parpadeo no corrigió nada. El mundo quedó dividido en dos ritmos distintos.
—¡Basta!— gritó la mujer, soltando finalmente las flores, que cayeron entre ambos, desarmándose al tocar el suelo.
El sonido de sirenas se filtró desde la entrada del callejón, seguido de pasos más firmes, más rápidos, demasiado coordinados para ser casualidad. —¡Alto!— una voz amplificada irrumpió en el espacio, acompañada por una luz que no pertenecía al lugar. El hombre no bajó el arma: —¡No entienden!— gritó, girándose apenas hacia los agentes sin apartar del todo la vista de Blake. —¡Está profanando su lugar!
Blake apenas lograba mantenerse en pie. La mitad de su visión titilaba en tonos apagados, cargada de interferencia. Dio un paso hacia un lado, luego otro, intentando orientarse hacia la salida mientras el ruido comenzaba a mezclarse en una sola masa indistinta. Aunque el ruido llegaba primero que la visión, partiendo de la orden del oficial: —¡Suelte el arma!— insistió la voz, más cerca ahora. La mujer retrocedió, llevándose una mano a la boca antes de girar y perderse en la oscuridad del callejón, dejando atrás las flores esparcidas en el suelo. El oficial gritó nuevamente ante el padre. Quien dudó por un segundo, antes de darse cuenta de que Blake se alejaba, momento que le apuntó, aun con la mano ensangrentada: — Hoy sería su cumpleaños — dijo el Padre. El oficial dio nuevamente una orden. Blake intentó moverse y el disparo resonó.






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