Agatha Capitulo 1: Luz lenta.
- Ciaran. D'ruiz

- 28 mar
- 25 Min. de lectura
Capítulo 1: Luz lenta.
“Me pagaron por cruzar a los sectores desconectados una vez. Solo una. No hay rutas allí, no hay saltos ni nodos que te lleven de inmediato… solo la luz y el tiempo suficiente para arrepentirte del encargo. Vi corporaciones devorando lo que encontraban, piratas cazando como animales… y otras cosas que no sabría cómo explicar. No volvería allí por más créditos que me ofrecieran. Y si eres inteligente, tú tampoco lo harás.” — Declaración de un piloto anónimo
En cuanto la puerta se abrió, fue justo cuando terminaba de subirse el cierre. No importaba cuándo o dónde estuviera, cualquier viaje que tuviera que hacer en una nave, le generaba constantes ganas de ir al baño. Para esas alturas, creería que era algo normal, aunque cuando había un médico capacitado en la nave, le advertía de lo peligroso que podría ser. Ya que eran conocidos los diversos riesgos o síntomas que podía ser viajar por el espacio. En parte, agradecía que, en su caso, fuera la necesidad de ir al baño y no sangrados o vómitos incontrolables como otros que había conocido.
Fuera el frío de la nave, el olor metálico en el aire o el silencio que se veía interrumpido por la música de dudosa calidad del piloto, agradecía que fuera uno de los viajes más tranquilos que había tenido en mucho tiempo. Desde el baño hasta la cabina solo fueron un par de pasos, suficientes para ver por una de las ventanas la inmensidad del vacío, las innumerables estrellas titilantes y, de vez en cuando, algún escombro espacial.
— Si no fuera al lugar de mierda al que vamos. Hasta daría gusto quedarse un tiempo por la frontera. —Añadió el piloto en cuanto la puerta de la cabina se abrió en par.
— Por algo de pago, ¿no, Rho?
Rho era, de todas las personas que conocía, extraño. De los pocos humanos que aceptaban la vejez como lo que era, una etapa más en la vida. De cabellos cenizos, su frente cubierta por un paño oscuro y un ojo mecánico de luz rojiza. Todo en él recordaba a las historias de piratas de la vieja tierra, algo de lo que se sentía orgulloso cada que le preguntaban, a lo cual sonreía mostrando un diente de oro y guiñaba con el ojo biológico.
— De todos mis clientes, eres el mejor que tengo.
— Soy el único al que no le has disparado por la espalda. —Replicó ante la oración del pirata, quien hizo un gesto exagerado en señal de respuesta.
— Pagas lo suficiente para evitar querer saber más. Hablando de saber, ya hemos llegado.
Rho señaló con una mano arrugada un holograma que se proyectó ante ellos, mostrando el exterior de la nave, sin necesidad de tener un ventanal ante ellos. Se visualizaba un planeta de tonos verdes con manchas azules y algunas oscuras: — Es Veridian seis, no me preguntes por los otros cinco, pero es catalogado como mundo industrial. ¿En serio viajamos casi tres meses por este planeta? Apenas tiene algo de valor.
— Es trabajo. —Respondió sin darle mayor importancia, antes de tomar asiento en la silla de copiloto.
— Tus trabajos apestan. — Rho movió la cabeza de un lado a otro, en lo que repasaba la información del planeta. — Lo único interesante, es que pertenece a una de las ramas menores del corporativo Helix. Me suena de algo ese nombre.
— ¿No fueron a los que intentaste vender ese motor de vacío falso?
— ¡¿Falso dices?! —levantó la mano con molestia. — ¡Era un modelo E-M47!
— Uno descontinuado.
— Estaba en perfectas condiciones, solo necesitaba algo de cariño para que funcionara.
— De solo necesitar eso, lo hubieras arreglado.
— ¿Y arriesgarme a que explote como el modelo cuarenta y seis? No arriesgaré a la vieja Becky por eso, ¿acaso quieres lastimarla, Blake?
Cada que lo llamaban por el nombre de Blake, una mueca se generaba junto con una incomodidad visible. Cuando le preguntaban al respecto, evadía la pregunta con cualquier otro tema. Porque era más fácil que tener que explicar que no sabía su propio nombre, que un día solo despertó con la marca en su rostro para después comenzar a trabajar para la compañía.
— Eso no importa ya. —Evadió el tema de conversación, en lo que tomaba una planilla de datos. — ¿En cuánto tiempo aterrizaremos?
— Llegaremos a la plataforma de desembarco en ocho horas.
— ¿La plataforma? —levantó levemente la cabeza, dejando al descubierto el enunciado en la tablilla, siendo una página de noticias sobre la galaxia. — Te pagué para que me llevaras al planeta.
— No, me pagaste para traerte hasta el planeta, no para dejarte en él. — Rho no dudó en sonreír al hacerlo. —Si quieres que te deje, eso tendrá un coste mayor.
— Esperaste mucho para decirlo.
—¿Qué puedo decir? Son negocios. Además... — Con su pulgar, señaló la parte trasera de la nave, en dirección a la zona de carga. — ¿Crees que me dejarán entrar luego de inspeccionar lo que llevamos? ¿Deseas que nos quiten a Becky?
— No soy el contrabandista.
— Ah, hieres mi corazón con tan vil comentario. —Hizo un ademán con la mano. — Tan solo soy un simple mercante.
— Que trafica con tecnología, armas y equipos. En su mayoría, inútiles.
— Prefiero replicar: la basura de algunos es el tesoro de otros. Se echó a reír ante su comentario, algo que incomodó a Blake.
— Eso no soluciona la trampa que me has puesto,¿Entonces me dejarás abandonado? —arqueó la ceja al decirlo y Rho cambió de postura.
— No, eres mi único cliente que paga a tiempo, y sin tu identificación no podría usar los nodos de salto. Y no pienso quedarme viajando por años hasta volver a tener negocio. Movió la cabeza en señal de negativa. —Así que el trato es el siguiente. Con una mano, amplió el holograma del exterior, moviendo el planeta y señalando una estrella. — Tengo que dejar el equipo de perforación en esa estrella. No tiene nombre legible, pero el viaje tomará un par de semanas, sumando la entrega y el negocio. —Comenzó a contar con los dedos. Volvería a recogerte dentro de un mes, un mes terrano, para que me entiendas.
— Me cuesta creer que me esperaras.
— Ah, no lo haré. Tan solo pasaré cerca de la órbita y esperaré en la estación; si llegas, nos vamos; si no llegas, me voy con tus cosas. No pienso dejar que el Seg-C me encuentre. ¿Sabes qué hacen con los comerciantes honestos como yo?
Blake no respondió; para ese momento se había concentrado nuevamente en la plantilla de datos, viajando entre párrafos de noticias y comentarios en la red. Desde las que actualizaban sobre el estado de las colonias humanas en diversos cúmulos hasta aquellas que reportaban el avance de las diversas guerras a lo largo y ancho de la galaxia, aunque ninguna historia sobre humanos contra alienígenas, máquinas o Dios sabe qué nuevo peligro existiría por culpa de algún atrevimiento, le interesaba. Por lo que terminó en la sección sobre las últimas compañías, y se sorprendió al encontrar una nota sobre Helix: —«Helix Veridian desmiente ausencia de heredera; Tritón Capital solicita suplencia por “inestabilidad operativa”». —
Al continuar leyendo, era evidente que la nota se había planteado como una forma de generar calma entre accionistas y asustar competidores, en especial cuando el mensaje terminaba hablando sobre las cuotas de extracción de eridio, algo que debía ser de mayor importancia, junto con la especificación de una auditoría externa que no afectaría la continuidad del servicio. En sí, todo era palabrería de los medios, pero no evitaba que fuera una nota llamativa, aunque la información sobre cómo la joven heredera no se le había vuelto a ver desde hacía tiempo en presentaciones, se convertía en diversos rumores al leer los comentarios del artículo.
— Ah, las noticias, ni sé por qué las leen, si todo lo que se dice en ellas es falso. — Interrumpió Rho en cuanto tuvo oportunidad.
— Es necesario estar informado, aun si no nos interesa. —Replicó Blake en cuanto dejó la tableta a un lado.
— Es lo mismo, no importa en qué sector te encuentres. Siempre habrá un corporativo que quiera acabar con otro que no le gusta. Hoy es Helix y Triton, ¿mañana qué será? ¿O al año siguiente, cuando se anuncie la próxima guerra, porque a dos razas les dio por discutir sobre quién la tenía más grande? Hazme caso y deja de leerlas.
— Has olvidado que parte de mi trabajo se remonta a aprender.
— Y el mío es cobrarte por sacarte del planeta, estación o tugurio donde te metas luego de haber matado a alguien. Escúchame lo que te digo, no importa a dónde vayas, los problemas te persiguen.
— Es el trabajo. —Volvió a añadir Blake, antes de acomodarse en el asiento y cerrar los ojos.
— Un día lo único que encontraré de ti, es tu cadáver y cuando eso pase, no podré cobrarte.
— Ya encontrarás a otro errante a quien llevar.
Rho intentó decir algo más, pero de poco sirvió en cuanto escuchó los ronquidos del hombre. No importaba cuántas veces lo llevara, le seguía impresionando lo rápido que podía dormirse en una cabina. Aunque para el hombre en cuestión era lo de menos, tan solo se dejó arrullar por el ronroneo de la vieja Becky, en la que atravesaba el vacío del espacio. Pero, para el piloto, que no podía darse el lujo del sueño, mantuvo el rumbo fijo hasta entrando en trayectoria; la estación de tránsito salía en son del encuentro. Con sus luces frías y el brillo amarillento que emanaba, solo eran tocados por los grandes paneles con las palabras Azogue" en el lateral, junto con publicidad e información del siguiente conteo de racionamiento en los anillos de carga.
Lo que para uno fueron ocho horas de trayecto recto, para el otro fue un plácido sueño que en un parpadeo era despertado de forma constante por el otro. El semblante de Rho era de quien no ha dormido y deseaba el descanso, antes que nada. —Si no fuéramos amigos, te habría sacado de la nave a patadas. Para poder ir a dormir antes.—Replicó el hombre antes de señalarle la salida a su pasajero, quien solo movió la cabeza de un lado a otro antes de ponerse de pie.
— ¿El trato sigue en pie? —preguntó Blake en dirección a la escotilla lateral.
— En treinta días volveré a uno amargo, de quien solo quiere dormir cuanto antes. — Recuerda tener mi dinero.
— Siempre se lo cobras a la compañía.
— Y tú siempre evitas pagarme.
Blake sonrió ante las palabras del hombre, quien le extendió la mano en señal de despedida. En un breve apretón, ambos se despidieron en silencio, y contados segundos después, el pasajero se encontraba caminando por el pasillo telescópico de la compuerta; deja — “dificultades en el presupuesto”—. Pero nada de eso era importante en cuanto descendió de la vieja Becky, y caminó por la sala de carga.
No dudo en suspirar al hacerlo; habría sido mucho pedir que el anciano lo dejara en la entrada de desembarco. Pero al recordar los diversos objetos para nada aceptables en el sistema legal que solía llevar consigo, ya era algo el que lo hubiera acercado y no enviado por una cápsula de pasajeros. Pero, sin llegar a cuestionarse mucho, disfruto el poder tener un momento para estirarse y respirar aire que no oliera a sudor de semanas embotellado.
En especial, al tener la oportunidad de ver algo más allá de las mismas cuatro paredes, así fueran montones de cajas y naves de carga. Todo a su alrededor era lo que se esperaría de una zona así. Colores metálicos, oxidados, luces amarillentas y metal sumado a más metal en todas direcciones, pero no vio a otros seres a su alrededor. Al menos, no orgánicos, solo máquinas automatizadas que cargaban, contaban y distribuían la carga. Todo dividido por secciones y grandes números en las paredes que mostraban hacia dónde se dirigía la carga. No fue hasta que subió al segundo piso de la instalación que encontró un pequeño comedor donde varios de los pilotos se reunían para comer.
Algunos de ellos evidenciaban mejoras cibernéticas, desde brazos metálicos hasta prótesis faciales como ojos de otro color o placas de metal en el rostro. Pero no todos eran humanos; existían otros pertenecientes a razas alienígenas, o eso considero por el tono de su piel; algunos de un azul claro o celeste; en vez de cabello, tenían tentáculos, cuernos o marcas; de ojos grandes, oscuros y diversos colores. También había otros, con trajes presurizados que se ceñían completamente al cuerpo. Llegado a ese punto del trayecto, era difícil saber quién era un ser humano de quién; entre las modificaciones extremas que llevaban a algunos individuos hasta la diversidad genética de otros, comenzaba a ser notable que la línea de lo que separaba a uno del otro, era casi inexistente. Y al no estar seguro, desde hacía mucho tiempo había comenzado a ignorarlos.
Fuera alienígena o humano, cibernético o mutante, le era indiferente llegado a ese punto. Eran simple y llanamente, un tumulto de formas carnosas que existían y era suficiente para su trabajo. Si había alguna especie o raza que recordara, era porque se debía a lo comunes y distintivas que eran en realidad. Para un universo en constante expansión, al igual que descubrimiento, no hacía falta ser científico, loco o filósofo para imaginar la totalidad de especies que existían, de la misma forma que las pocas de las que se tiene conocimiento; por algo las noticias, al igual que las guerras, ya se encargaban de mostrar que cada tanto emergía una nueva especie en el universo, siendo el resultado de ese descubrimiento uno de dos.
O se unía al gran colectivo de especies, al consejo para ser parte de la comunidad, o negaba de la posibilidad de pertenecer para terminar en un sector desconectado, en algún sistema donde, en cuestión de años o siglos, terminaría siendo llenado por parias, piratas o corporaciones hostiles que emplearían el territorio para sus propios intereses. Era unirse o aislarse en un sistema renegado. Apenas había llegado a las escaleras del tercer piso cuando pasó cerca de una pantalla de publicidad. — “¿Sabes que apenas se ha descubierto el uno por ciento del universo conocido? ¡Si tienes interés en descubrir nuevos mundos y no le temes al vacío, únete a los pioneros y juntos descubramos la galaxia!”
Puso la mirada en blanco al leerlo. No era ni sería la última vez que la publicidad aparecería, aun en lugares donde no debería estar. Una vez llegado al tercer piso, se detuvo para volver a ver la zona de carga. Maquinaria, metal y tonos grises; era aburrido, pero de alguna forma, preferiría eso antes que cruzar la puerta hacia la zona común. Que, en cuanto lo hizo, fue inundado con luces, ruidos y aromas que eran suficientes para desear no haber estado en la estación Publicidad, pantallas, luces neón y rojizas, amarillentas o violetas; a donde fuera que observara la estación, era más similar a una ciudad industrial de algún mundo urbano que una zona de paso hacia el planeta.
A donde fuera que dirigiera la mirada, encontraba puestos de ventas, guardias armados, grandes pantallas y ruidos extraños. Aunque nada de eso se comparó cuando un dolor de cabeza comenzó a emerger de su interior. Se llevó la mano hasta la frente y, en un parpadeo en su interior, lo que para cualquiera que pasara a su lado sería un brillo en sus ojos, para él era un tono rojizo y amarillento que le revelaba los datos de su interior. — ¿Hace cuánto no revisaba mi sistema? —preguntó en voz baja al tener que concentrarse. El sistema de conexión neuronal o, como prefería llamarlo, el “menú” de su interior, era uno de los muchos dispositivos de modificación que podían emplearse para modificarse. En este caso, había olvidado cerrar la opción de conectarse automáticamente a la intranet local, la cual generaba una conexión con el dispositivo que era en sí una prótesis pequeña bajo su retina.
Habría deseado apagarlo antes, porque al conectarse a la red de la estación, el HelixNet le envió un mensaje automatizado de saludo, antes que una marea de mensajes comenzara a inundar su interior con tanta intensidad que agravaba el dolor de cabeza, un fallo en los dispositivos LV-3 que usaba, pero llegado a ese caso, era imposible cambiar sin tener que modificarse más allá. Los demás habitantes de la estación que pasaron a su lado, lo veían extraño, comportándose con movimientos similares a los de un adicto, apartándose en cuanto lo veían, pero para Blake, era tener que cerrar pestaña por pestaña de mensajes que se habían estado acumulando durante los tres meses del trayecto. A diferencia de un puerto local, viajar en una nave espacial, era no obtener acceso a la red, salvo a la del propio sistema de la nave, a menos que fuera una fragata de mayor coste, que permitía el acceso a la intranet, pero al ser un individuo, debía desconectarse cada que viajaba.
Tuvo que sentarse en el primer banco que encontró, asustando a una madre con su hijo. Se llevó las manos hasta la sien, para después darse un pequeño masaje en lo que terminaba de cerrar cada uno de los mensajes entrantes, en lo que el propio sistema interno, le advertía de la falta de alimentación adecuada, descanso, saturación y otros tantos datos que, aunque fueran importantes, poco le importaban en este caso. Cuando se sintió mejor, emprendió el camino hacia la taquilla más cercana para obtener un pasaje, en lo que intentaba concentrarse para apagar el sistema interno de su persona y ver en el exterior, el cual no cambiaba mucho.
En ese vaivén de caminar y revisar, resalto que uno de los mensajes guardados tenía un título importante, perteneciente a alguien que guardaba como V, quien había enviado tres correos distintos, aunque el último fue llamativo: — “No sé dónde estás, pero tenemos que hablar, llámame en cuanto tengas oportunidad” —Dudo un poco en ingresar, pero al intentar abrir el primero, la red local le pidió una clave de acceso que solo se obtenía pagando diez créditos por mensaje, una estafa, pero considero hacerlo para revelar su contenido, aunque intentó volver a ingresar, pero en ese chocó con un hombro que olía a metal caliente y sudor contenido.
La pareja apenas se movió. Él llevaba las sienes tatuadas con bio‑tintas que la luz industrial volvía verdosas, cicatrices que parecían mapas mal curados y un aro en el tabique que colgaba como advertencia. Ella, rapada, con un parche dérmico mal asentado detrás de la oreja derecha y una ausencia cuidadosamente ocultada por un pañuelo, alzó la mirada lo justo para medirlo. El guardia de estación gritó algo por detrás, alguien maldijo más adelante, y Blake se apartó con la disculpa justa. —Perdón —dijo, sin detenerse—. El chico lo insultó y le levantó el dedo, algo que la chica evitó señalándole que continuaran adelante. Blake solo se alejó en la medida en que ambos lo miraban por sobre el hombro antes de continuar caminando en dirección a la multitud, desapareciendo entre mochilas, cajas atadas con cinta y puestos de comida mal ubicados.
Dudo un poco de lo que había pasado; no era ni sería la última vez que tenía breves encontronazos con alguien en la calle, pero las cicatrices de la muchacha le hicieron recordar casos anteriores, aunque prefirió dejar la idea en el aire y no hondar en problemas ajenos. Tan solo, continuó su recorrido hasta el vestíbulo. En el lugar, tenía el mismo diseño de todas las estaciones de viaje que se podía pedir: largas filas de viajeros. La mayoría con miradas con tonos de hartazgo por la espera. Por lo que, al formarse, no tomó mucho para que se uniera al coro de suspiros, insultos y maldiciones de tener que hacer fila. En esos momentos, solo podía desconectarse para ver a su alrededor.
Desde los logos de Seg-C, o la abreviatura de segmento C, uno de los nombres que solía darse a la fuerza de seguridad interna de cada sector desconectado. Al igual que las señales o carteles alrededor que ofrecían diversos tipos de servicios no aptos para todo público, aunque resaltaban los de carácter sanitario que colgaban como una broma privada: — “LSB: UNO A LA VEZ. Denuncie clonación. Respire con moderación.”
A la derecha, un panel de azogue marcaba en verde la estabilidad de los bioreactores superficiales y, en ámbar, un aviso de racionamiento previsto para los turnos nocturnos del anillo cinco. Nadie miraba el cielo a través del filtro de la cúpula; todos leían esa pantalla. Incluido él, que tras una hora de espera avanzó por fin hasta el mostrador. El contador de vales, de mirada cansada y tono neutro, no alzó la vista. Solo extendió la mano hacia el registro y habló como si repitiera una línea aprendida.
—Nombre completo —dijo, sin apartar los ojos del visor.
—Blake —respondió él, y la palabra dejó en su rostro la mueca de siempre.
—Apellidos, filiación corporativa, puerto de origen —continuó el hombre, con la cadencia de quien ha hecho la misma pregunta demasiadas veces.
—Rastreador privado, contrato civil —replicó Blake, deslizando una placa sobre la superficie transparente.
El marco ámbar iluminó el borde y desplegó la identificación: Cobalto Investigaciones, licencia externa, intercambio de seguridad. El supervisor, que aguardaba a dos pasos con una carpeta física entre las manos, se acercó sin prisa. Tomó la placa con dos dedos, como si le incomodara tocarla más de lo necesario. La revisó en silencio antes de devolverla al mostrador. Su expresión no cambió, pero su atención ya no estaba en la rutina.
—Un sabueso en la frontera —dijo al fin, con una voz más fatigada que curiosa—. No me diga que viene por turismo.
—Trabajo —respondió Blake.
—Tres meses en luz lenta para “trabajo” —añadió el supervisor, ladeando apenas la cabeza—. Tendrá que darme algo mejor que eso.
—No puedo hacerlo. Y menos aquí.
El contador de vales hizo una pausa mínima antes de intervenir, como si dudara si debía hacerlo.
—Su perfil no aparece en el sistema —dijo, esta vez levantando la vista.
El silencio que siguió no fue largo, pero sí suficiente para cambiar el tono de la escena. El supervisor sostuvo la mirada sobre Blake por primera vez, evaluándolo con un interés que ya no era administrativo. La carpeta en su mano descendió unos centímetros, olvidada. A su alrededor, el flujo de personas continuó sin detenerse, pero la fila dejó de importar.
—¿Qué hacemos, señor? —preguntó el contador, con una rigidez nueva en la voz.
—Llévenlo a la sala de espera —respondió el supervisor, sin apartar los ojos de él.
Blake no se movió de inmediato. Mantuvo la placa entre los dedos antes de guardarla con calma.
—Me esperan abajo —dijo—. Verifiquen la licencia y termino el trámite.
El supervisor no contestó. Dio un paso al frente y apoyó la mano en su pecho, deteniéndolo antes de que pudiera avanzar.
—Tú no entras al planeta —dijo, ya sin rastro de neutralidad.
Uno de los oficiales se acercó desde el lateral, atento al gesto, con la postura de quien espera una orden o un motivo. Blake intentó apartarse sin brusquedad, pero el segundo empujón fue más claro que cualquier respuesta. No había negociación en ese gesto, solo una frontera marcada. La respuesta del supervisor no llegó a completarse. El sonido la cortó antes de nacer: un zumbido seco, profundo, como si algo inmenso hubiera crujido dentro de la estación. Las luces cambiaron sin pedir permiso; el verde estable del sistema se quebró en un ámbar irregular, y durante un segundo todo pareció inclinarse apenas, como si el lugar dudara de su propia estructura. La voz automática se impuso sin urgencia ni emoción, anunciando un Protocolo Gris por variación en el anillo exterior. Nadie gritó al inicio. Lo primero fue la pausa, el instante en que todos miraron a otro esperando una explicación que no llegó.
El origen no era claro, pero la consecuencia sí. Una llamarada azul surgió desde un contenedor de carga, breve pero intensa, suficiente para que el aire cambiara de densidad y el calor se expandiera en una ola corta. El estruendo llegó después, desfasado, como si el sonido hubiera tenido que ponerse al día con lo ocurrido. Los guardias giraron hacia el punto equivocado, atraídos por el destello más que por el riesgo real. El supervisor retiró la mano del pecho de Blake sin darse cuenta, su atención absorbida por la anomalía. Alrededor, los civiles comenzaron a moverse sin dirección, chocando entre sí en un flujo torpe que deshacía cualquier orden previo.
—¡Mantengan la calma! —intentó imponerse una voz, sin lograrlo—. ¡Permanezcan en sus posiciones!
Nadie obedeció. El murmullo creció hasta convertirse en ruido, un tejido de voces, pasos y objetos cayendo que llenó el espacio. Las compuertas laterales parpadearon al entrar en modo manual, abriéndose y cerrándose con retrasos irregulares, como si dudaran en cada decisión. Los paneles de información dejaron de actualizarse con precisión, mostrando datos congelados o incompletos. El aire olía distinto, más denso, cargado de un residuo químico que no pertenecía al circuito habitual. Por un momento, la estación dejó de ser un sistema y se convirtió en un lugar. Blake no corrió. Nunca lo hacía cuando otros sí. Caminó con rapidez contenida, midiendo cada paso mientras el resto se movía sin dirección. Primero se acercó de nuevo a la zona del monitor, tomando su placa en un solo gesto antes de chocar con uno de los civiles, lo cual lo llevo a caminar entre ellos hasta estar cerca del supervisor, momento donde tomo de su cinturón la tarjeta de identificación, y en un par de pasos más, en medio del desorden que intentaba volver a una normalidad fingida, paso por el acceso de la cabina.
—¡Tú, detente! —gritó alguien a su espalda.
No respondió. Ni siquiera se atrevió a girar a revisar, solo se deslizó y continuó caminando. Momento donde el titileo de las luces cambiaba en tonos bruscos, en la medida que los gritos, insultos y órdenes fallidas comenzaban a amplificarse en todas direcciones. Dejándose llevar por la multitud, sintió como una mano se cerró sobre su antebrazo. Otra intentó sujetarlo por el hombro. Momento en que se giró para ver al guardia que intentaba detenerlo en medio de la turba, solo para hacer un movimiento breve para soltarse, sin violencia, causando que el hombre se tropezara y terminara en el suelo, antes de ser arrastrado por la muchedumbre.
—¡Deténgase! —insistió la voz, ahora más cercana—. ¡Alto!
El acceso a la pasarela de embarque estaba a unos metros, parcialmente abierto, retenido en ese punto intermedio donde el sistema aún no decide cerrarse. La estructura metálica vibraba bajo el peso de quienes intentaban salir en dirección contraria. Blake se abrió paso entre cuerpos tensos, miradas inquietas y respiraciones aceleradas. El miedo comenzaba a tomar forma en los rostros, no como pánico, sino como esa certeza incómoda de que algo estaba fuera de lugar. Y todos, de un modo u otro, buscaban alivio.
La estación, vista desde allí, era un organismo fragmentado. Paneles de azogue reflejaban luces inestables, las grúas automatizadas se detenían a medio ciclo y los drones de carga flotaban sin dirección clara, esperando órdenes que no llegaban. Los anuncios publicitarios seguían activos, repitiendo consignas optimistas sobre eficiencia y seguridad en medio de un entorno que ya no las sostenía. Todo funcionaba, pero no en conjunto. Cada sistema por su cuenta, sin sincronía. Pero en medio, individuos asustados, de apariencias deformes o distintivas que comenzaban a dividirse en grupos. Algunos anunciando dónde debían ir, otros comenzando a discutir acaloradamente sobre lo que pasaba; antes de comenzar una disputa, primero en palabras, luego a puñetazos...
Entretanto, Blake cruzó la pasarela justo cuando el sistema intentó recuperar el control. Las luces se estabilizaron por un instante, como si nada hubiera ocurrido, pero el ruido detrás de él decía lo contrario. El transbordador esperaba al final, inmóvil, con la compuerta abierta como una boca paciente. No parecía apurado. No lo necesitaba. Solo iba recibiendo uno a uno a los pasajeros que habían llegado con anterioridad, cada uno mirándose con incertidumbre de lo que sucedía, pero ninguno atreviéndose a salir para averiguarlo.
—¡Cierren ese acceso! —ordenó alguien a lo lejos.
Blake no aceleró al oírlo, aunque debió de hacerlo. Mantuvo el ritmo hasta el último paso y cruzó el umbral del shuttle sin mirar atrás. Organizándose el gabán sobre sus hombros, antes de pasar la puerta, que se cerró poco después. Dejando tras de sí los gritos del exterior. Y con ello, el sonido de la estación quedó amortiguado, suspendido antes de ser resucitado en un eco distante que ya no le pertenecía. Dentro, el ambiente era distinto. Filas de asientos estrechos, superficies desgastadas por el uso continuo y un aire reciclado que llevaba semanas acumulando presencia humana.
Algunos pasajeros lo miraron al entrar, evaluándolo sin disimulo. Otros desviaron la vista, más interesados en sus propios pensamientos que en un recién llegado. Nadie habló. No querían hacerlo, ni siquiera lo habrían hecho de tener la oportunidad, por lo que se concentraron en sí mismos. Incluso hubo quien, siguiendo tradiciones antiguas, casi olvidadas, sacó un libro para leer. Otros conversaron o susurraron entre ellos, mientras el detective buscaba un asiento donde acomodarse. Se sentó sin prisa, ajustando el cuello y apoyando la espalda contra el respaldo rígido. Su respiración se estabilizó antes que su pulso. Para después llevarse una mano a la cabeza. Afuera, la compuerta terminaba de sellarse. Adentro, todo volvía a una normalidad construida.
—Retraso mínimo por contingencia en anillo exterior —anunció una voz en la cabina—. Despegue en curso.
La pantalla primero mostró una estática inicial, hasta ir cambiando al mensaje de emergencia sobre conservar la calma durante el incidente, antes de cambiar a un noticiero local, donde una presentadora de ojos rojizos informaba sobre las actualidades del planeta. Siendo de esta forma, que aquello que había pasado hacía unos segundos, quedara olvidado en la forma de la rutina; mientras ella hablaba, se presentaban imágenes de zonas marcadas, gráficos simples, palabras que intentaban contener lo ocurrido. Se mencionaba una posible acción de un grupo radical, defensores de derechos mutantes según la narrativa oficial. Nada confirmado. Nada concreto. Solo noticias de un planeta que sería olvidado en cualquier otro.
Blake prestó atención suficiente antes de aburrirse, momento en que su cuerpo le recordaba que seguía siendo humano, al menos en parte, al hacerle sentir que debía ir al baño. Miró sobre su hombro en todas direcciones, pero al no encontrarlo, no le quedó de otra que poner una pierna sobre la otra y desviar su mirada hasta el ventanal. Allá afuera, Veridian se extendía bajo ellos. Primero pasaron por las nubes grises, antes de dar por un breve segundo, a enormes fábricas e industria que se extendía hasta donde las nubes lo opacaban. Las estructuras industriales formaban patrones exactos, líneas que cortaban el terreno en segmentos funcionales. Los bioreactores se distribuían en franjas verdes opacas, atravesadas por canales rectilíneos que reflejaban la luz sin variación. No había estética en ello, solo propósito. Un recuerdo más: el planeta donde estaban era industrial y siempre lo sería.
La imagen del exterior, le ayudó a ignorar su emergencia humana, al menos por un tiempo, antes que el descenso empleara una vibración leve que recorrió de extremo a extremo la cabina, haciéndolo maldecir. El planeta crecía en el campo visual, perdiendo su orden distante para convertirse en bloques individuales, torres, plataformas. El azul de algunas zonas se oscurecía en los bordes, como si la superficie rechazara su propia composición. Todo estaba diseñado para producir, para sostener una lógica que no necesitaba ser comprendida por quienes la habitaban. Solo una producción constante, incluso en la medida que se acercaban, comenzaba a verse de forma constante, los logos amarillos y blancos de la compañía, dejando tras de sí cualquier rastro de identidad en la colonia.
Blake cerró los ojos por un instante. No sabría decir si preocuparse o incomodarse al permitirse un momento para recordar, aunque fuera breve; su mente lo devolvió al pasado. A una época donde lo único que recordaba eran colores fríos, voces distantes y preguntas constantes. Solo para finalizar, con un color rojizo intenso y un cabello de tonos dorados que le hacían sentir el corazón agitado, aunque también esto último podría haber sido por el fuerte movimiento de la cabina que le hizo sobresaltarse y agarrarse con fuerza a los bordes del asiento, en la medida que el descenso continuaba sin ceremonia ni orden.
No sabría decir en qué momento aterrizaron, solo que, al detenerse, bastó unos segundos para que la voz del piloto anunciara la llegada al lugar y con ello, la compuerta se abrió poco después, dejando entrar un aire más pesado, cargado de actividad constante. Afuera, la zona de desembarco se extendía en una explanada amplia de concreto, diseñada para el flujo continuo de llegadas y salidas. Los transbordadores descendían y ascendían sin pausa, liberando pasajeros que se dispersaban siguiendo rutas marcadas por señalética luminosa. No había bienvenida, solo tránsito.
Bajó sin prisa, dejándose llevar por el flujo de pasajeros que se dispersaban con la certeza de quien sabe adónde va. Él no la tenía, pero lo aparentaba bien. El aire afuera era más denso que en la estación, cargado de ozono procesado y un residuo químico que olía vagamente a eridio refinado, ese olor particular que los trabajadores de frontera aprendían a ignorar y que los médicos corporativos llamaban, en los informes, "exposición tolerable". El cielo sobre Veridian no era azul; era una capa gris uniforme y sin grietas, como si el planeta hubiera decidido que la luz natural era un gasto prescindible en el presupuesto de operaciones.
La explanada de desembarco era funcional hasta el aburrimiento: concreto sellado, señalética en tres idiomas, drones de tráfico que circulaban en patrones fijos sin desviarse jamás. Los logos de Helix aparecían cada ciertos metros, amarillo sobre blanco, con el lema impreso debajo en letra pequeña que nadie leía: — “Veridian produce. Helix garantiza”: No había bancos, ni fuentes, ni ningún detalle que sugiriera que alguien había pensado en quienes llegaban como personas y no como carga pendiente de clasificar.
Siguió el flujo hasta la plaza de salidas, que era apenas una extensión cubierta de la explanada, con más gente y menos espacio. Ahí lo encontraron. Dos hombres de traje gris, del mismo tono exacto que el cielo sobre sus cabezas. El de la derecha sostenía una tableta con su nombre en letras blancas: “BLAKE.” Sin apellido, sin número de contrato, sin ningún dato adicional, como si el nombre solo fuera suficiente para identificarlo entre todos los que salían, o como si quien los había enviado supiera que cualquier otro dato sobraba. Se detuvo frente a ellos sin cambiar el paso.
— ¿Cobalto Investigaciones? — preguntó el de la izquierda, con la inflexión neutra de quien confirma un pedido de almacén.
— El mismo — respondió Blake, sin ofrecer más.
No hubo presentaciones, ni apretón de manos, ni ninguno de los gestos que la gente emplea para fingir que los encuentros tienen algo de humano. El de la tableta la guardó bajo el brazo y giró hacia la salida sin esperar confirmación. El otro se quedó un paso atrás, dejándole claro sin decirlo que era Blake quien debía seguir, y no al revés. El vehículo los esperaba en la zona de acceso restringido: una unidad larga de carrocería oscura, sin logos visibles y con ventanas que no devolvían reflejo, del tipo que existe precisamente para no ser recordado por las cámaras de tránsito ni por quienes lo ven pasar.
El interior olía a plástico nuevo y aire filtrado con demasiada precisión, ese olor que delataba sistemas de purificación de gama alta en un vehículo diseñado para parecer discreto. Los asientos eran firmes, sin concesiones al confort. Ninguno de los dos hombres habló cuando el vehículo comenzó a moverse, y ninguno lo miró tampoco. Blake apoyó la cabeza contra el respaldo y desvió la vista hacia la ventana, dejando que la ciudad entrara sola.
La colonia empezaba donde terminaba el perímetro del puerto, y lo hacía sin transición ni aviso. Primero llegó el anillo exterior, que los locales llamaban el Fondo, aunque en los mapas corporativos aparecía catalogado como Zona de Soporte Industrial Cuatro. Era una franja de kilómetros de bloques de procesamiento sin ventanas, conectados entre sí por pasarelas elevadas por las que circulaban cintas de carga automatizadas a todas horas. Las calles en esa zona eran anchas y estaban pensadas para maquinaria pesada, con marcas de desgaste profundas en el pavimento que ningún presupuesto municipal había cubierto jamás. Los pocos peatones que aparecían caminaban pegados a los muros con la postura de quien sabe que el espacio no fue diseñado para ellos.
En las paredes de los bloques de procesamiento, entre ductos de ventilación y cableado expuesto, los grafitis se acumulaban en capas superpuestas que contaban años de quejas sin respuesta. Algunos eran simples: fechas, nombres, marcas de grupos que ya nadie recordaba. Otros eran más elaborados, pintados con bio-tintas que brillaban levemente en la penumbra industrial, mostrando figuras sin rostro con el logo de Helix atravesado por líneas rojas, o la frase: — “LSB MIENTE” — repetida en distintos tamaños y colores como si la repetición fuera a convertirla en verdad. Uno solo, sobre una compuerta sellada que llevaba tiempo sin abrirse, decía con letra cuidadosa: — “Aquí trabajó mi padre. Aquí murió mi padre”
— Primera vez en Veridian — dijo Blake, sin inflexión, sin girarse del ventanal.
Uno de los hombres lo miró brevemente por el espejo retrovisor antes de responder.
— Eso no es algo que se pregunte, señor Blake — respondió el del asiento del copiloto, con la misma neutralidad con que habría leído un parte meteorológico.
— No era una pregunta — replicó Blake, y no añadió nada más.
El vehículo continuó su trayecto en silencio mientras el Fondo cedía paso al segundo anillo, que los mapas llamaban Zona Residencial Operativa y que sus habitantes habían rebautizado simplemente como el Medio, porque estaba entre lo peor y lo menos peor, y eso era suficiente distinción. Los edificios allí ganaban alguna ventana y perdían algo de uniformidad, con fachadas que llevaban décadas acumulando remiendos: parches de material distinto donde el original había cedido, tuberías externas que nadie había tenido el presupuesto de encastrar, antenas improvisadas que brotaban de los tejados como plantas que hubieran decidido crecer en dirección equivocada. En las esquinas, puestos fijos vendían comida caliente, piezas de repuesto usadas y servicios de conexión neuronal sin certificar que prometían velocidad de transmisión sin garantizar nada más.
La gente en el Medio miraba los vehículos que pasaban sin interés real, con esa mirada de quien ha aprendido que observar no modifica nada. Había trabajadores con el mono de Helix desabrochado hasta la cintura, sentados en escalones comiendo sin prisa, con el cansancio visible no en el cuerpo sino en la forma en que sostenían el recipiente. Había niños corriendo entre los puestos con la indiferencia específica de quienes han crecido en un lugar y no pueden imaginarse otro. En una esquina, una mujer con mejoras cibernéticas en los antebrazos discutía con un vendedor sobre el precio de algo que ninguno de los dos llevaba encima todavía. Todo funcionaba, pero sin holgura, con la eficiencia de un sistema que no puede permitirse parar y que tampoco puede permitirse mejorar.
— ¿Cuánto lleva la colonia en producción activa? — preguntó Blake, sin apartar la vista del exterior.
El hombre del copiloto consultó algo en su tableta antes de responder, como si necesitara verificar que la pregunta merecía una respuesta oficial.
— Sesenta y cuatro años de operación continua bajo administración Helix — dijo — Antes fue territorio de prospección libre durante casi una década, aunque ese periodo no figura en los registros que el corporativo reconoce formalmente.
— Claro que no — murmuró Blake, y el hombre no preguntó a qué se refería.
El tercer anillo llegó con el cambio de pavimento: de concreto desgastado a superficie tratada que absorbía el sonido de las ruedas y devolvía el trayecto en silencio. Era el sector administrativo de Helix Veridian, y la diferencia no era sutil ni pretendía serlo. Los edificios allí tenían altura y cristal tratado con filtro cromático que cambiaba de opacidad según la hora del día, superficies limpias que no acumulaban polvo porque alguien se encargaba de que no lo hicieran, y logos corporativos iluminados con una intensidad que funcionaba igual de día que de noche, como un recordatorio de que la compañía no necesitaba oscuridad para existir. Las calles eran estrechas y silenciosas, pensadas para el tráfico autorizado, y los pocos peatones que circulaban allí llevaban el traje gris o las credenciales visibles con la costumbre de quien ha aprendido que en esa zona la ausencia de identificación tiene consecuencias.
No había grafitis en el tercer anillo. No porque faltaran manos o motivos, sino porque la superficie misma parecía rechazar cualquier intento de permanencia. Los muros, paneles y pilares estaban tratados con una capa activa que degradaba pigmentos en cuestión de minutos, y aun así, los drones de mantenimiento patrullaban con una precisión obsesiva, escaneando cada centímetro en busca de anomalías. Pequeñas unidades flotantes, de carcasa blanca y sensores azules, descendían sin ruido ante la mínima irregularidad y la borraban antes de que pudiera convertirse en mensaje. El vehículo redujo la velocidad al aproximarse a la zona central del anillo. El tránsito disminuía de forma casi imperceptible, no por congestión, sino por diseño. Las vías se ensanchaban, los carriles se separaban y la distancia entre estructuras aumentaba lo suficiente para que cada elemento pudiera ser observado sin interferencias. Era un espacio que no estaba pensado para el movimiento rápido, sino para la contemplación obligada. Y en el centro de esa disposición, elevándose sin competencia real, se encontraba el edificio.
No necesitaba letreros. Su tamaño resolvía cualquier duda antes de que pudiera formularse. Era el punto más alto del sector administrativo, no por accidente, sino por decisión. Todo a su alrededor parecía haber sido construido con la intención de no rivalizar con él: estructuras más bajas, líneas más simples, materiales menos densos. La torre no competía porque no tenía con quién hacerlo. Su presencia era suficiente para establecer jerarquía. La fachada, de un tono oscuro casi absoluto, no reflejaba la luz; la absorbía. Incluso las fuentes artificiales del anillo parecían perder intensidad al tocar su superficie, como si el edificio no solo dominara el espacio, sino también la forma en que este se percibía. Entre esos bloques opacos, franjas de cristal recorrían la estructura en intervalos perfectamente calculados. No eran ventanas en el sentido habitual, sino cortes controlados que dejaban ver movimiento, sombras desplazándose, siluetas que trabajaban o transitaban sin detenerse. Nada de lo que ocurría dentro se revelaba por completo; todo era fragmento.
En la base, el acceso se abría en dos filas amplias, delimitadas por barreras invisibles que organizaban el flujo sin necesidad de intervención humana. El vestíbulo interior se insinuaba desde fuera, no por detalle, sino por escala. Columnas altas, superficies pulidas, una profundidad que sugería distancia más que cercanía. No era un espacio diseñado para recibir, sino para imponer. Cada proporción, cada línea, comunicaba que cruzar ese umbral no era un acto cotidiano, sino una transición de control.
—Llegamos —anunció el conductor, por primera y única vez durante el trayecto.
El vehículo se detuvo con suavidad frente al acceso principal. Durante un segundo, nada ocurrió, como si incluso el descenso tuviera que ajustarse al ritmo del lugar. Luego, las puertas del complejo se abrieron hacia adentro. El movimiento fue lento, medido, sin el menor indicio de esfuerzo mecánico. No había brusquedad ni automatismo evidente; la apertura parecía responder a una lógica distinta, casi intencional, como si el edificio no reaccionara, sino que eligiera.
Blake se tomó un instante antes de salir. Ajustó el cuello del gabán con un gesto breve, más por hábito que por necesidad, y descendió del vehículo sin prisa. Aun ante la necesidad que le recordaba la importancia de encontrar un baño cuanto antes. Se detuvo apenas un segundo antes de avanzar. Lo suficiente para sentir el cambio, para reconocerlo, y para entender que, a partir de ese punto, todo lo que ocurriera lo haría bajo condiciones que no le pertenecían. Luego cruzó el umbral.






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