La balada de los errantes: Interludio; El precio de la libertad
- Ciaran. D'ruiz

- 27 oct 2025
- 28 Min. de lectura
Interludio: El Precio de la Libertad
Se llevó una mano hasta el labio, palpando con cuidado la gota de sangre que emanaba de él. Llegando a detenerse al observarla: una minúscula gota rojiza, tan pequeña que podría confundirse con vino. Para el público expectante, que gritaba y celebraba en un coro de halagos, acompañados de toqueteos, brindis de copas e insultos hacia el rival caído, aquello no era motivo de celebración. En especial, ahora que su corazón se calmaba, la adrenalina se disipaba, dejando solo una emoción vacía y un dolor punzante.
El dolor se extendía por cada extremidad, en cada movimiento, gesto y acto, creciendo con cada segundo. Alzó la mirada, primero con curiosidad, a todo lo que la rodeaba: una arena descuidada, repleta de armas ensangrentadas, cadáveres esparcidos y columnas que se elevaban hasta donde los espectadores vitoreaban. Pero al final, sus ojos se posaron en un cuerpo solitario en medio de la nada, sin armas, sin cadáveres ni restos de lucha; tan solo una figura tan pequeña que podría pensarse que se encontraba dormida.
Intentó dar un paso al fijarse en ella, pero el dolor de una pierna fracturada la hizo gritar. Aquel gemido doloso, representante de todo por lo que había pasado, fue interpretado como una muestra de osadía, de orgullo por haber sobrevivido lo que otros no. Los espectadores lo tomaron con satisfacción, considerando que compartía el valor de una buena lucha y las ganancias que ello conllevaba. Pero ella no pensaba en glorias ni honores; su mente estaba fija en aquella figura. En su deseo de querer alcanzarla. Al no poder caminar, saltó, y de salto en salto, terminó cayendo. Desde allí se arrastró por la arena ensangrentada hasta alcanzarla. Con cada gesto, un único pensamiento crecía en su interior: —Por favor, no. —Lo repitió una y otra vez, en un intento desesperado de encontrar esas palabras, algún indicio de bendición, sin importar a quién fueran dirigidas u oídas. Solo esperaba que no se hiciera realidad. —Por favor, no, por favor, no —continuó diciendo mientras se arrastraba.
El cuerpo era más pequeño, frágil y de figura infantil, que al tacto, carecía de toda calidez. Al tomarlo entre brazos, sintió la mano húmeda por la sangre que brotaba de su pecho, una mancha que solo iba en aumento. Intentó presionarla, evitar que continuara, antes de llevar la vista hasta el rostro. La imagen de un niño dormido, impregnada de toda inocencia, carente de aquel salvajismo que los rodeaba. La llevó a su pecho. —No —volvió a repetir, creyendo que eso sería suficiente para detener lo que sucedía ante sus ojos, que aquella palabra bastaría para evitar el sufrimiento, el sangrado y las lágrimas que comenzaban a recorrer su rostro.
—¡Qué increíble espectáculo esta noche nos han dado! —se oyó desde el público.
—Lo mejor por lo que he pagado, ¿qué será lo siguiente? ¿Un rival? ¿Un antiguo amante? ¿De qué será el próximo espectáculo? —decía una mujer de alta cuna con una copa en la mano, señalando en dirección a la gladiadora.
—El maestre Zarkon se ha superado a sí mismo, obligarla a luchar contra su propia hermana, ¡qué espectáculo tan maravilloso, qué espectáculo tan maravilloso!
Cada una de esas voces generaba en ella el nacimiento del odio, del rencor. Quería que se callaran, que dejaran de sonar. Gritó, insultó y amenazó mientras aún sostenía en brazos lo que quedaba de su hermana, de aquella chiquilla que lo único que deseaba en el tormento de la oscuridad era la oportunidad de sentir el aire en su rostro, de probar el agua de un manantial y de conocer aquel mundo que por años le había narrado en historias, del cual ella siempre decía: —El día que consigamos nuestra libertad, ¿podremos ir a Letheria? ¿O a las islas de París? Dicen que son tan hermosas que los mismos dioses suelen ir a verlas en grandes navíos. —Ante lo cual, lo único que podía hacer era sonreírle, sosteniendo aquella esperanza que ahora se sumía en silencio.
—¿Hermana? —susurró la joven en medio del dolor.
—¿Veri? ¿Veri?
—¡Aquí estoy! —la acercó cuanto pudo a sus labios—. ¡Lo siento! Por favor, no te vayas, por favor, quédate conmigo.
—Quiero... quiero...
—¡Aquí estoy! Por favor, no te vayas. —Era incapaz de decir otra cosa, llevándola a su pecho, abrazándola con fuerza, creyendo que sería suficiente para que no se fuera.
—Mamá... quiero a mamá... —susurró la niña antes de dejar de respirar.
—¿Veri? ¿Veri? —gritó la gladiadora, en un intento desesperado de traerla de regreso con su voz.
Nadie la escuchó lamentar, nadie la escuchó. Ni siquiera ella misma.
—¡Atenla! ¡Preparen a la bestia para el siguiente espectáculo! —La voz de un hombre, gruesa y autoritaria, resonó por la arena, ahogando sus gritos.
Los guardias, en una disciplinada formación de colores amarillos y terracota, se desplegaron desde la entrada de la arena, marchando en formación hasta donde estaba ella. Cada soldado, impasible, observaba la escena con total indiferencia. Hasta que dieron la orden y dos de ellos se aproximaron por la espalda para agarrarla.
—¡Aléjense de ella! —volvió a gritar la gladiadora, antes de que la sometieran en el suelo, apartándola de un golpe del cadáver de su hermana. —¡Déjenla! ¡Déjenla! —volvió a gritar, pero la sombra de los guardias fue lo único que visualizó antes de que un golpe seco la sumiera en la oscuridad.
Y una sonrisa cargada de un olor a vino resonó en su mente. —Aún me debes, esclava. Y me pagarás en la arena o con tu cuerpo. —Sintió asco ante el tacto en su piel, el maltrato de su cuerpo ante las cadenas y el desagrado al sentir la asfixia de la oscuridad.
Luchó cuanto pudo, pero fue en vano. Sin importar lo que hiciera, se vio sumergida en aquel horror por tanto tiempo que, al despertar, lo único que quedaba era un eco de aquel otro, de aquel que le había arrastrado a la oscuridad. El golpe había sido suficiente para que, al abrir los ojos y con el corazón martillando en su pecho, se abalanzara hacia adelante con la daga en mano, lista para desgarrar.
—¡Capitana! ¡Capitana, soy yo! ¡Roric! —La voz, cargada de sorpresa y un matiz de miedo, la detuvo.
Sus ojos, aún nublados por el sueño y el terror, se enfocaron. No era la arena, ni los guardias de Zarkon. Era el interior de un cuarto maltrecho, cubierto de polvo, con restos de muebles de madera agrietada. El techo, de vigas carcomidas, dejaba pasar hilos de luz que danzaban con las motas de polvo en el aire. El suelo, de tierra apisonada, estaba cubierto de paja y botellas rotas, vestigios de vidas pasadas. El aire, denso y estancado, olía a humedad y especias rancias. Fuera, el sol del mediodía ya castigaba la ciudad fronteriza, y el murmullo constante de las calles, el grito de los mercaderes de agua, el tintineo de las monedas y el lejano lamento de un músico callejero le recordaban dónde estaba.
Frente a ella, arrodillado, con las manos alzadas en señal de rendición, estaba Roric, un joven de apenas dieciocho inviernos, con el rostro aún sin la dureza que las Tierras Perdidas solían imprimir. Sus ojos, grandes y asustados, la miraban con una mezcla de respeto y temor. Era uno de los reclutas más recientes, llegado de las aldeas fronterizas, buscando fortuna o, al menos, una vida menos precaria bajo su mando. Su vestimenta, una túnica de lino grueso y un chaleco de cuero raído, era típica de los errantes de la región, pero su piel, más clara que la de los nativos, delataba su origen de las afueras del desierto.
El aliento le regresó a los pulmones en una bocanada temblorosa. La adrenalina aún corría por sus venas, pero la imagen de la arena se desvanecía, reemplazada por la familiaridad de su vida actual: la de una mercenaria curtida, líder de un grupo de errantes que se movían entre las ciudades fronterizas y los caminos polvorientos, ofreciendo protección a caravanas y comerciantes. Una vida dura, sí, pero libre.
Bajó la mano, que aún temblaba, y se frotó la sien.
—¿Roric? ¿Qué demonios...? —Su voz sonó ronca, más áspera de lo habitual.
—Lo siento, Capitana. No quería despertarla así. —Titubeó un poco al hablar, mientras se ponía de pie—. Pero... los clientes han llegado a la ciudad. Dentro de poco estarán aquí. Mencionó que le avisara en cuanto supiera algo, aun si se trataba de despertarla.
Ella cerró los ojos un momento antes de llevarse una mano al rostro, acariciándose suavemente la sien, mientras enfundaba la daga en su cinto. El eco de la arena aún resonaba en lo profundo de su mente, y la sensación de que, por más distancia que tomara, nunca sería suficiente para darle fin a aquella pesadilla. Ahora, en el presente, el calor abrazador era suficiente para obligarle a concentrarse en otra cuestión: su garganta seca.
—¿Agua? —preguntó ella en cuanto volvió a observar su alrededor. Roric, al oírla, señaló la otra sala de la estancia.
—En la barra hay una jarra. Cerca de la mercancía.
Bershka miró nuevamente al joven, quien ahora, con una media sonrisa, asentía con la cabeza mientras ella se dirigía hacia la puerta maltrecha. Llevaba una espada corta en el cinto y una ballesta amarrada con una cuerda desgastada a la espalda. Era de los pocos que sabían usar una, a diferencia del arco.
Llevaba apenas un par de semanas en la compañía, reclutado en cuanto llegó a la frontera con los nuevos errantes, y eso le generaba cierta añoranza por el pasado, de cuando casi podía llegar a dirigir toda una legión y permitirse asaltar un castillo. Ahora, mientras caminaba hasta la jarra, pensaba en su caída en desgracia, en todo lo que había terminado luego del asalto a la corona.
—¿Esto será todo lo que quedará de nosotros? —se expresó en voz baja, mientras tomaba la jarra con una mano y se la llevaba a los labios. Sonrió al pensar en cómo hacía los mismos gestos que su antiguo teniente. —¿Qué habrá sido de ti, Andreus? —pronunció su nombre con cierto malestar.
Lo habían llegado a tener todo: riqueza, fama, poder, contactos y libertad de ir y venir entre las tierras. Siendo la única preocupación el lugar donde acamparían y las riquezas que prometían. Ahora no tenían nada; el rumor de su muerte en el imperio se había extendido por todos los canales. Desde el continente hasta el norte, del norte hasta las tierras del sur, hasta el desierto y el archipiélago. Incluso podría apostar que, más allá del mundo conocido, la noticia de la muerte de los errantes en el asalto a la corona había llegado.
No todo había sido en vano; tenían tierras en un lugar próspero y aquellos que sobrevivieron vivían vidas honestas. Pero la sola idea de quedarse por tanto tiempo en un lugar le incomodaba en lo más profundo. Pero no duró mucho, cuando en medio de sus reflexiones, un nuevo sonido se unió al coro de sus pensamientos. Era el sonido de una voz ahogada, de un gemido que expresaba un lamento. No le tomó mucho para descubrir su origen. En cuanto dio un paso alrededor de la barra, pudo notar cómo su mercancía se encontraba despierta. Un hombre gordo, con correas que evitaban que moviera sus manos y pies, con los ojos vendados y una correa de cuero en la boca. Su cuerpo, lleno de diversos tatuajes representativos de varios gremios mercantiles del desierto, delataba su posición como mercante.
—Así que estás despierto —sonrió al ver al hombre, dejando la jarra a un lado y agachándose hasta su altura.
—¡Hmmm!
—¿Me recuerdas, no es así? —Desenfundó la misma daga de hacía un instante y la usó para bajar parte de la correa que evitaba que hablara.
—¡No me mates! —gritó el mercader en cuanto tuvo la oportunidad—. ¡Te daré lo que quieras! ¿Oro? Los mercenarios les gusta el oro, ¿no? O... o... ¿Mercancía? ¿Vino? ¿Quieres vino, no?
—No tienes nada que me interese —tomó la daga para volver a subirle la correa, pero se detuvo al oírlo.
—¡Por favor, no! Solo dime lo que quieres. ¿Quieres mujeres? ¿Esclavos? ¡Sé dónde conseguirlos! ¡Incluso jóvenes, fáciles de usar! Y... y...
El golpe que prosiguió fue suficiente para hacer que el mercader terminara en el suelo, llamando la atención de Roric, quien desde la entrada centró su mirada en la capitana. Ella observaba con desagrado al hombre que lloraba desde el suelo, repitiendo que les daría lo que quisieran con tal de salvar su vida. Bershka alzó su bota, lista, para volver a golpear, pero al ver la imagen del hombre, sintió una punzada de empatía que la hizo dudar. —¿Qué te hace pensar que me interesan tus ofertas? —dijo, su voz impregnada de desdén—. No soy como tú.
El mercader, aun en el suelo, la miró con ojos suplicantes: —¡No quiero morir! ¡Debo hacer una entrega a la Luna! No puedo faltar al trato... Y...
Bershka frunció el ceño, desestimando sus palabras como una tontería. —No me importa lo que debas hacer. —Con aquellas palabras, escupió al hombre con una mirada de disgusto, volviendo sobre sus pasos hasta la entrada. Notó cómo Roric la observaba de reojo, su rostro delatando una mezcla de preocupación y curiosidad. —¿Esperas que nos paguen menos por el maltrato? —dijo él, intentando romper la tensión.
Bershka soltó un suspiro, sintiéndose algo más aliviada. —No creo que eso importe. Lo que importa es que esté vivo y que nos paguen por eso.
Roric asintió, aunque su expresión mostraba que no estaba del todo convencido.
—¿Y qué haremos ahora, Capitana?
—Venderemos al idiota a la guardia, obtendremos el dinero y nos reuniremos con Khalin y el resto de la banda. Ahora mismo deben estar a mitad de camino de la escolta.
—¿No hubiera preferido estar a la cabeza de la escolta? ¿Por qué aceptar este encargo?
Bershka entrecerró los ojos al oírlo, antes de mirar de reojo el lugar de donde provenían los lamentos del esclavista. Fue suficiente para que el joven bajara la mirada en señal de vergüenza, arrepintiéndose de haberle hecho una pregunta a ella. En vez de reaccionar con ira, le dio una palmada en el hombro antes de llevar su mano hasta la empuñadura de su cimitarra.
—Nunca te avergüences de preguntar. Si sigues ciegamente órdenes, nunca terminarás avanzando.
Con la mano en la empuñadura de su cimitarra, le hizo una seña para que se alejara de la puerta. Escucharon murmullos del otro lado, seguidos de un golpe seco. El joven se apresuró a tomar la ballesta, con el dedo en el gatillo listo para disparar, pero ella lo detuvo, señalando la sombra de la ventana, que permanecía quieta unos instantes, con la figura en dirección a ellos, siendo la tela casi translúcida, lo único que los separaba.
—Capitana, tengo tiro —intervino Roric, acariciando levemente el gatillo, esperando el momento para disparar.
—No, no lo hagas.
—Pero...
El joven la miró con incertidumbre, pero ella negó con la cabeza. Mantuvo la mirada fija en la sombra, que luego de unos instantes terminó doblándose antes de mostrar cómo algo salía de lo que parecía su cabeza, tambaleándose. El sonido fue suficiente para decirles que el hombre había bebido más de la cuenta, generando en ambos una media sonrisa absurda ante lo que pasaba. Escucharon cómo, en cuanto el individuo terminó de vaciar su estómago, prosiguió con su vejiga antes de continuar caminando, tarareando una canción mal sonante sobre una mujer, un burro y un tarro de miel.
—Qué idiota —añadió Roric con cierta desilusión en su voz, mientras bajaba el arma.
—Eres tú, casi matas a un hombre.
—Pensaba que era una amenaza. Y...
—Ese es el problema. No pensaste en realidad, sino que creíste. Es bueno tener instintos, pero debes pulirlos. Recuerda que en este trabajo, cada decisión que tomes no se mide en oro, sino en vidas tomadas.
Roric murmuró algo antes de bajar la cabeza con desdicha. Bershka solo lo miró antes de asentir. —Aún queda algo de beber, será mejor esperar a que lleguen. —El chico la siguió con la mirada antes de ver la puerta, le parecía extraña con tan solo verla. Bershka Mac Tell, la dama de hierro, era el título que se le había otorgado en la frontera. Pocas, por decir, escasas, eran las veces que se le había visto en el desierto o cerca de las Tierras Perdidas, muchas veces de paso, sin llegar a tomar un solo contrato.
Pero ahí estaba la capitana fronteriza, bebiendo de una jarra resquebrajada que podría cortar fácilmente a alguien, como quien toma entre semana sin sentir los efectos que conlleva. Con la misma calma habitual y la mirada puesta en la entrada, dudó al verla, dudó de por qué lo había elegido para acompañarla y aún más, para protegerla, cuando fácilmente su labor ahí era innecesaria.
Ella, en cambio, continuó bebiendo hasta vaciar la jarra, llegando a derramar parte de su contenido. Bajó la mirada al ver cómo una de las gotas se escapaba de sus labios y comenzaba a deslizarse por su mandíbula hasta su cuello, acariciando su piel hasta ser detenida por ella misma al pasar un dedo por encima. El calor que hacía en aquellas tierras le recordaba por qué prefería evitarlas, haciendo que hasta el mínimo gesto de alivio se sintiera necesariamente costoso a cambio del momento que proveía.
Su pensamiento se vio reformado al volver a ver la taberna maltrecha. Pensaba en cuántas veces había estado allí a lo largo de su carrera. Cuántas noches entre risas y música había brindado por un contrato bien hecho o por una pérdida que sería recordada hasta caer en el olvido. En los días oscuros, cuando lugares así convertían el mal del exterior en un ambiente cálido. En las personas que se reunían a compartir historias entre copas. En sus hombres celebrando al son de una danza dictada por la música. O de promesas airadas en medio de un combate entre dos idiotas, que sería solucionado con un par de bebidas.
Pensó en los miembros anteriores de la banda. En aquel noble exiliado que encontró como un esclavo más, que terminó siendo no solo su mano derecha, sino su llave a una vida de lujos que aún aguardaba su llegada. En aquel isleño pasional que vivía entre luchas y canciones, que hablaba de honores y venganzas, hasta que terminaba debatiendo con el último de ellos, el recién llegado errante del desierto, sin historia o nombre propio, encontrado como un borracho más que solo necesitó un motivo para querer volver a vivir.
Recordó aquellos instantes hasta que las sombras de una promesa los llevaron a la muerte de su comunidad. —Lo teníamos todo y lo sacrificamos por un estúpido sueño —maldijo antes de dejar la jarra en la barra. Pronunció aquel nombre imperial con desdicha, por haber confiado en él, antes de quedarse con lo que tenían: una vida libre, en la cual no debían seguir a nadie que no fueran sus propias ambiciones. Al no tener que ver a nadie más que no fueran por sí mismos, arrugó la frente al pensar tanto en el pasado, pero aún más, al alzar la mirada, se encontró con los ojos de Roric fijos en los de ella.
—Si me sigues mirando así, comenzaré a considerar que estás viendo algo más que mi rostro —habló con un tono autoritario, generando en el joven un sobresalto y rubor en su rostro ante la orden.
—¡No, capitán! ¡Digo, capitana!
Bershka sonrió ante la imprudencia del joven, quien rápidamente apartó la mirada para caminar hasta donde ella. Esto le generó una breve sonrisa, de aquellas que pocas veces podía permitirse. Sabía bien qué era lo que despertaba en quien la observaba; no era la primera, y tampoco la última vez que alguien la vería de aquella forma pícara. Pero en los ojos del joven, aunque con breves destellos de quien ha visto la muerte, aún aguardaban pequeños retratos de la inocencia de quien aún no ha vivido lo suficiente y puede permitirse soñar.
—¿Sigues pensando en tu pregunta? —añadió sin prestarle atención al avergonzado joven, quien ahora miraba hacia la puerta, evadiendo la mirada de ella—. No fue mala. Si sigues pensando por ti, llegarás a ser bueno, tal vez mejor. Si dejas de temerle a algo tan simple como preguntar.
—¿Lo cree, capitana? —respondió Roric, empuñando la ballesta entre sus manos—. ¿No temes que un día yo te supere?
—¡Ja! Esa es buena. Eso sería un milagro, Roric —movió la cabeza de un lado al otro con una breve sonrisa, acomodándose al apoyar su espalda contra la barra, resaltando aún más sus atributos, lo suficiente para que el joven la mirara de reojo en un intento disimulado de alcanzar su bolsa con los virotes de ballesta—. Pero si alguna vez llegas a superarme, asegúrate de que sea en una pelea, y no en otra cosa.
—Valoro mucho mi vida como para intentar arriesgarla, así como así.
—¿Aun si la recompensa lo vale?
Roric no respondió, bajó la mirada, luego la alzó y la miró con incertidumbre, como quien no está seguro de si aquello que le dicen es cierto o solo una forma de generar una respuesta que causara entretenimiento para el otro. Pero ella, en cambio, mantuvo la mirada fija en él, de arriba hacia abajo, generando en el joven una sensación que esperaba que no fuera verdadera, ocasionando que girara su cuerpo en espera de que ella no notara aquella señal. Pero, para la capitana, solo sonrió levemente antes de guiñarle un ojo, generando aún más en el joven una respuesta que no estaba seguro de querer sostener.
La puerta se abrió de golpe, dejando que la luz intensa del mediodía inundara la taberna y el calor seco se colara como un intruso no deseado, arrastrando consigo el polvo fino de las tierras abiertas. Cuatro guardias entraron con paso firme, sus capas pardas ondeando como velas gastadas, el cuero tachonado de sus armaduras reflejando el sol implacable. El símbolo de un sol partido adornaba sus pechos, un recordatorio de que incluso lo más fuerte puede fracturarse bajo la presión del tiempo y la tierra. Tres llevaban espadas cortas y armaduras completas, mientras el cuarto, rezagado, cargaba una caja ornamentada que sostenía con ambas manos, como si fuera un tesoro robado de un rincón olvidado.
Bershka los escudriñó en un instante, su mano aún jugueteando con la jarra vacía. Roric, en cambio, no podía despegar los ojos del líder, su rostro tenso como una cuerda de arco a punto de romperse.
—Tarik —dijo Bershka, su voz, un murmullo cortante, reconociendo al hombre de rostro pulcro y colgante desgastado en forma de sol. A diferencia de sus hombres, con piel curtida y mirada endurecida por años de vida en los mercados y caminos polvorientos, Tarik parecía intocado por la aspereza del mundo, su uniforme impecable, su porte sereno, pero arrogante, como un mercader de Khalantir que negocia con calma y desdén.
—Pensé que los muertos no caminaban bajo este sol, Dama de Hierro —dijo Tarik, su voz destilando sorna mientras hacía un gesto a sus hombres, como un escorpión alzando su aguijón. El que llevaba la caja avanzó y la depositó en la barra con un golpe seco, levantando polvo que giraba en el aire, suspendido como motas en un remolino.
—Los rumores mienten, Tarik. Pero tú nunca fuiste de fiar con los cuentos de caravanas —replicó Bershka, inmóvil en su asiento, girando la jarra con el dedo—. Pensaba que a los reclutas no les asignaban hombres. ¿O has subido de rango atragantándote igual que un camello con lo que no debe?
Tarik paseó la mirada por la taberna ignorando el insulto de la mujer: vigas carcomidas como huesos blanqueados por el sol, botellas rotas como promesas olvidadas, el aire cargado de humedad rancia y especias quemadas. Roric, con los ojos fijos en la caja, no vio al guardia que se deslizó tras la barra, acercándose al mercader atado como una serpiente a su presa. Tarik chasqueó la lengua, su sonrisa, torciéndose en desprecio, como si oliera algo desagradable que traía el viento.
—Historias... —dijo, casi escupiendo la palabra—. Cuando era un recluta, los Errantes eran un mito de estas tierras. Una banda que hacía temblar la frontera, que abría las puertas de señores y nobles con solo nombrarla, como... como un burdel abre sus piernas ante una bolsa de especias. Decían que nunca tomaban contratos contra inocentes, que su acero era demasiado puro para mancharse con sangre indigna. —Hizo una pausa, luego de recorrer el lugar, antes de clavar su mirada en Bershka—. Y ahora, mírate. Una sombra en esta pocilga, vendiendo esclavistas por migajas de pan duro. ¿Esto es lo que queda de la gran Bershka Mac Tell de la que estuve oyendo durante años? ¿Ahora es solo un perro sin dueño, rabioso y sin ley, que se cree por encima de todos?
Los nudillos de Bershka se blanquearon alrededor de la jarra, su mandíbula apretada como una trampa para escorpiones.—Cuidado con esa lengua, Tarik —siseó, sus ojos brillando con furia contenida—. No todos los mitos terminan en cantos de bardo. Algunos se escriben con sangre... la tuya, si sigues ladrando como un chacal en la noche.
—Sangre, eh... curioso que lo digas, entre tanta grandeza pasada. —Una sonrisa se formó en sus labios, enseñando unos dientes amarillentos que contrastaban con su porte—. La tuya siempre fue la que más resonó en la ciudad: sangre en la arena, sangre en la frontera, sangre en el continente. —Usó los dedos para contar, como si al citar cada uno de esos lugares, representara algo no dicho—. Tanta muerte, como ríos secos que claman por justicia. Esperaba entrar aquí y ver esa mítica banda de la que hablaban los mercaderes, pero solo veo a una anciana y su cachorro sin nada para comer. Mercenarios como tú... siempre os habéis creído intocables, sobrepasando a la guardia, robando lo que no os pertenece. Pero estas tierras enseñan orden: los perros rabiosos se sacrifican antes de que muerdan a los justos. —Al bajar los dedos, colocó su mano sobre la empuñadura de la espada.
Bershka masculló algo entre dientes, como una maldición al viento, mientras Roric agarró la ballesta con manos temblorosas y los guardias dieron un paso adelante, tensos como cuerdas en una tormenta que se avecina.
—¿Viniste a insultarme o a matarme? Porque tengo mejores cosas que hacer que escuchar a un niñato orgulloso. —gruñó Bershka, aún apretando con tanta fuerza la jarra, que esta chirrió ante su fuerza.
Tarik rio, un sonido frío que resonó en la taberna como un eco en un cañón vacío.—La tuya... jamás aceptaría hacer negocios con un criminal como tú, un escorpión que envenena el orden. La justicia de esta pulcra ciudad no puede tolerarlo. —Se volvió hacia el guardia junto al mercader y dio una orden seca, al momento que se tocaba el collar del sol—: No necesitamos la lengua de un traficante en estas tierras de justicia.
En un instante, el guardia desenvainó y hundió su espada en el cuello del mercader. La sangre brotó, salpicando la barra como una tormenta roja, y el hombre se desplomó con un gorgoteo, aún atado. Roric retrocedió, su ballesta temblando en dirección a los guardias, intentando decidir cuál estaba más próximo para disparar, o cuál se encontraba en mejor posición para no errar. En contraparte, Bershka se levantó de la silla, generando que esta última cayera en un fuerte estruendo, llegando a mancharse con la sangre del mercader, quien en sus últimos segundos observaba la forma en que Tarik lo observa, con una indiferencia impropia de un guardia, lo cual género, que en medio un susurro agónico repitiera la misma frase. : —¡La luna! ¡La luna os ha enviado! — Dijo una y otra vez, sin apartar la mirada, hasta ahogarse en su propia sangre.
—¡Hijo de una puta! —rugió Bershka, su cimitarra ya en la mano, el filo destellando como un relámpago en la tierra seca—. ¡Ese hombre era mío! ¿Crees que puedes venir a mi terreno, matar mi presa y llamarme muerta? ¡Voy a arrancarte esa sonrisa, por las tierras que nos vieron nacer!
—¡A una muerta no le debo nada! —espetó Tarik, desenvainando su espada con un siseo—. ¡Yo, Tarik Ulr, declaro la ejecución de Bershka Mac Tell, por el asesinato e intento de contrabando contra nuestro señor Ivbon Trulk! El orden debe prevalecer... y los perros como tú se sacrifican.
Bershka gruñó, pero no reaccionó de inmediato. Esperó a que el guardia a su lado diera el primer paso. Retrocedió un paso, aún sosteniendo la jarra vacía con la otra mano, fingiendo que contenía líquido. Fingió lanzarla, y el guardia, intentando evitar mojarse con algo que ya no existía, dio un paso atrás. Ese pequeño descuido fue suficiente para que Bershka apuntara con la jarra y la lanzara con tal fuerza al rostro del guardia, que fragmentos de vidrio se desprendieron y esparcieron en todas direcciones. El guardia gritó, cayendo al suelo entre gemidos e insultos, mientras la sangre brotaba de sus ojos y rostro, formando un velo carmesí que lo cubría por completo.
Un grito resonó en la taberna, pero esta vez no era de un guardia, sino de Roric, quien, sin mediar palabra, insultó al distraerse al ver cómo un virote había terminado clavado en una viga del techo. El guardia frente a él también miró la viga con sorpresa, preguntándose cómo había fallado. Al recuperar la vista, lanzó un golpe con todas sus fuerzas, blandiendo la espada hacia el joven. Roric, en un intento desesperado por defenderse, alzó la ballesta para cubrirse, que crujió bajo el impacto del metal contra la madera.
Con todas sus fuerzas, Roric forcejeó contra el guardia, quien lo arrastró hasta el borde de la barra, impidiéndole moverse. En medio del forcejeo, Roric gritó por ayuda: —¡Capitana!—. El chasquido de lengua de Bershka reflejó su decepción, pero duró poco, pues Tarik se abalanzó sobre ella con la espada en mano. —¡Tu cabeza la exhibiré en una pica en lo alto! —insultó el hombre, lanzando un tajo que Bershka esquivó por poco, tropezando con una silla caída y cayendo de culo. Su cimitarra se desprendió de su mano y quedó cerca de la barra.
El tercer guardia, que hasta entonces no había actuado, vio la oportunidad para acabar con Bershka. Sonriendo, avanzó con una daga en mano. Pero ella, al verlo venir, esperó un segundo y pateó la silla con tal fuerza que el guardia tropezó y cayó al suelo con un golpe que ella sintió hasta en sus entrañas. Un gemido ahogado escapó del hombre, que, boca arriba, se llevó las manos al cuello para intentar detener la sangre que brotaba tras haberse clavado la daga en la caída. Extendió la mano hacia Bershka, intentando alcanzarla, pero quedó inmóvil en esa posición.
—Maldita sea.
Dijo ella, paralizándose brevemente por el asombro, hasta que Tarik la agarró con fuerza del cabello y la lanzó contra la barra. —¡Aún no hemos terminado! —gritó, espada en mano, lanzando un tajo con tanta fuerza que ella no pudo esquivarlo. Roric, incapaz de apartar al guardia, se interpuso, recibiendo la puñalada en el hombro. Con un grito de dolor, se separó de él con una patada, empujando a la capitana y haciendo que el tajo de Tarik, dirigido a Bershka, cortara la espalda del guardia. Bershka cayó de nuevo al suelo, notando cómo Roric gemía mientras se llevaba la mano al hombro sangrante, observando con asombro su herida. Tarik en cambio los miraba con mezcla de sorpresa e incertidumbre, sin apartar la vista del guardia herido que gritaba en el suelo y su espada manchada de sangre aliada. Ese preciso momento fue suficiente para que Bershka, en un intento de moverse, terminara sintiendo la empuñadura de la cimitarra con la punta de sus dedos.
Tarik, al verla ponerse de pie, atacó de nuevo en un intento de terminar cuanto antes. Pero en un breve intercambio de aceros, el sonido metálico resonó con mayor fuerza. El guardia no cedió ante la mercenaria, quien sostuvo la postura el tiempo suficiente para que Roric, haciendo gala de lo que ella consideró una temeridad impregnada de estupidez, corriera hacia Tarik y, con un movimiento intentara empujarlo. Este no cedió y golpeó a Roric con el codo para apartarlo. — Idiota — añadió Tarik al ver a Roric en el suelo, siendo aquella distracción, suficiente para la capitana quien apuntando al cuello de Tarik con la cimitarra. Ataco.
Él retrocedió ante el ataque, con una sonrisa orgullosa en sus labios. Antes de sentir el ardor de una extremidad faltante. Primero grito, luego maldijo y se tambaleó al bajar la mirada y ver un muñón sangrante, a la par que su mano dominante, aún aferrada a la espada, saltaba en el aire, distanciándose de su cuerpo. Tarik se tambaleó, incapaz de luchar, caminando en dirección a la entrada, en búsqueda de su mano, solo para caer al suelo de rodillas. Aun presionando lo que quedaba de su muñón en un intento de evitar desangrarse.
Bershka puso la punta de la cimitarra en la nuca del guardia, considerando lo fácil que sería acabar con él, tan solo haciéndole falta un pequeño movimiento. Pero detrás de aquella postura gélida y determinaba, aguardaba una mujer que, con notar a su alrededor, solo se sintió asqueada. Ya había matado antes, y sabía que volvería, ha hacerlo, pero en aquella ocasión, no sintió satisfacción, ni orgullo o tranquilidad de haber sobrevivido.
— ¿Capitana?
La voz de Roric sonaba, agitaba, el chico, aun con la mano sobre su hombro, la observaba con dolor. En la medida que volvía a ponerse de pie. Bershka, sin apartar la mirada, solo corto el colgante de Tarik con la punta de la cimitarra, y haciendo uso de la misma, se llevó el colgante hasta su mano, notando la forma del sol desgastado. El metal se sentía tibio al tacto como si hubiera sido expuesto al sol con anterioridad.
— ¿Qué estás esperando? — Retomo Tarik la palabra, aun manteniendo la espalda erguida en llegar a verla. — ¡Mátame de una vez!
Bershka mantuvo la vista en el colgante unos segundos más, llegando a sentir como su mano temblaba ante tal acto. Aunque deseaba hacer el movimiento, no encontró odio, ni deseo alguno en querer hacerlo. — Debemos irnos. — Dicto la orden luego de un segundo de pensarlo. Tarik, aun con el muñón sangrante, la miro con un odio inquisitivo, y con los dientes manchados de su propia sangre, parecía dispuesto a replicarle, pero ella lo impidió con un golpe de la empuñadura.
— ¿Por qué? — Bramo el joven, aun sosteniéndose el hombro.
Bershka tan solo miró al chico, sin atisbo de expresión, antes de negar con la cabeza.
— No lo vale.
El chico pareció desear replicar, pero nuevamente aquel instante de calma, era interrumpido por el coro de gritos y órdenes provenientes del exterior, antes de que la maltrecha puerta de madera que separaba el interior del exterior, fuera superada en un ataque repentino de golpes, ocasionando su caída y permitiendo la entrada de varios soldados. Siendo el primero que entro, mirar el lugar con horror, apuntando su espalda en alto, hasta terminar observando a su capitán. — ¡Tarik! — Grito el soldado antes de pronunciar algo en su lengua.
La mezcla de insultos extranjeros y señalamientos fue suficiente para que ambos mercenarios terminaran mirándose brevemente antes de correr a la parte trasera del local. — ¡Joder! — agrego Roric al coro de insultos en cuanto se tropezó con el cuerpo de aquel soldado que se había clavado así mismo su daga al caer, provocando que el chico se golpeara con la punta de la barra. Entre tropezones, injurias y movimientos pocos prácticos, termino por llegar a la salida del local, la cual se encontraba detrás de una pila de madera mal colocada. Ante la mirada de Bershka, Roric hizo gala de la poca fuerza que poseía para apartar el obstáculo, en lo que la capitana, terminada de lanzar otra silla a un soldado, para después correr hasta la barra y apoyándose en el inconsciente Tarik, usarlo de base para saltar en dirección a la barra, escuchando el crujido de algún hueso bajo el peso de sus botas.
Aterrizo con un fuerte estruendo, detrás de ella, usando el impulso y un mal movimiento de mano, que origino que la caja que habían traído consigo los guardias, cayera junto con ella. Gruño e insulto ante el dolor en su brazo, pero duro poco al tomar el cofre con una sola mano y continuar corriendo hacia la salida. Escuchando detrás de sí los gritos de los guardias, en espera de atraparla antes de pasar el lumbral. El mismo que en un solo parpadeo, hacía que aquella imagen de una taberna desecha por el paso del tiempo, que era acompañada por el olor al polvo, la cerveza rancia y la sangre. Terminará desapareciendo en un breve rayo de luz.
Ahora, lo que alguna vez fue un espacio asfixiante, terminaba distanciándose para dar paso a un paisaje de callejones estrechos y laberínticos; impregnados de un fuerte olor a orina que llegaba a entrelazarse con especias, maderas, sudor y basura. Siendo todo aquello, acompañado de un aumento de temperatura que llegaba a secar la garganta e irritaba los ojos con tan solo sentirla. — ¡Capitana! — Señalo Roric al detenerse brevemente. Al fondo del callejón maltrecho, emergieron dos guardias que, al verlos, comenzaron a gritar, comenzando a dirigirse hacia ellos, en medio de empujones y amenazas a los vagabundos y ciudadanos que al no entender las órdenes que destacaban, terminaban siendo hostigados con brusquedad.
—¡Por aquí! — Empujo Bershka a Roric en una intersección, reanudando el recorrido. Por momentos el joven terminaba tropezando o disminuyendo el ritmo, en la medida que su respiración se tornaba agitaba y comenzaba a sudar. La capitana, en cambio, mantenía el ritmo al recorrer aquel laberinto polvoriento de callejones que los llevo a un pequeño mercado de los bajos fondos; repleto de toldos con artículos peculiares, casas derruidas, tiendas repletas de objetos que a simple vista era evidente que no pertenecían a una zona como esa, junto con miradas indiscretas que los seguían en la medida que corrían por el lugar. Siendo la mayoría de ellas, fijas en el cofre adornado que llevaba la capitana.
Algunos de los vagabundos comenzaron a seguirlos a distancia, llegando a evidenciar como hacían gestos entre ellos. Siendo algunos los cuales comenzaban a rebuscar objetos entre sus túnicas raídas, al tiempo que no dejaban de observarlos. El recorrido los llevo a una intersección de dos caminos, y un muro en medio, repleto de una fina capa de suciedad y arena que resaltaba a la vista, junto con pintorescas manchas que generaban incomodidad con solo verlas.
Roric se detuvo ante el muro antes de terminar cayendo al suelo de rodillas, su herida no hacía más que empeorar junto con el sudor que recorría su rostro. Bershka lo tanteo con la mirada antes de observar a su alrededor. Solo para encontrar desesperanza al momento. Por el lado derecho, un camino un tanto más amplio que llevaría al centro de la ciudad, podían notarse diferentes habitantes de vestiduras coloridas, junto con guardias que hacían su patrulla. Entre ellos, al verlos, comenzaron a susurrarse e incluso, pudo notar como uno de ellos llego a señalarlos, en referencia al cofre que portaba la capitana.
Bershka, mascullo algo, y al no ver opciones, alzo el cofre por sobre su cabeza. — ¡¿Esto es lo que quieren?! — Grito con la suficiente fuerza para captar la atención, tanto de los guardias como de los vagabundos y transeúntes curiosos que al verlos, todos fijaron la mirada en el cofre que portaba. Ella soltó una pequeña risita, hasta que uno de los vagabundos, que se encontraba por el camino de los guardias, desenfundo un trozo de metal envuelto en tela, siendo el segundo en que los guardias estuvieron lo suficientemente cerca para lanzarles el cofre a los pies de ellos.
Tanto la codicia como el desespero fue suficiente para incentivar a los vagabundos a lanzarse contra los guardias, quienes en medio de la sorpresa no alcanzaron a reaccionar, sintiendo la ira de los desamparados, en medio de gritos y órdenes de advertencia; Bershka tomo del brazo a Roric y lo apoyo contra su cuerpo: — Será mejor irnos cuanto antes. —Roric susurro algo apenas oíble a la capitana, quien apenas alcanzado a dar tres pasos, hasta que un guardia se interpuso en el camino con espada en alto. — ¡Deténganse de inmediato! — Advirtió el hombre con la mirada fija en ellos.
Berhska paso el peso del cuerpo de Rocic en su lateral izquierdo, permitiendo tomar la empuñadura de su cimitarra, pero sin el tiempo suficiente para desenfundarla, el guardia ataco, y la sangre salpico el rostro de ambos. Primero se escuchó un gorgoteo, y apenas pudieron levantar la vista, notaron como el guardia, quien había dejado caer la espada dentada, llevaba sus manos hasta su garganta.
Una lanza le había atravesado desde el posterior de su cabeza hasta el cuello. Dejando al hombre con una expresión que llevaría a darles pesadillas. El guardia, al caer ante sus pies, solo un sonido que llego a incomodarlos, no sin antes, que una nueva voz se sumara al coro caótico que los envolvía: — Suban de una puta vez. — La voz era femenina, con un resquicio de fatiga en su voz. Bershka se limpió la sangre para verla mejor. Era una mujer de rostro quemado por el sol, con una pequeña cicatriz en el mentón, de ojos de un tono rojizo, que llegaron a despertar en Bershka el recuerdo de un fantasma.
Khalin quien aún seguía sobre su caballo, dio la orden al que llevaba de las riendas, permitiendo a la capitana ayudar a Roric a subir al jamelgo, el cual, nervioso por los sonidos de la batalla, se movía de un lado al otro, ante los intentos de la jinete por calmarlo.
— ¿No deberías de estar con los demás? — Pregunto Bershka luego de esforzarse para terminar de subir al muchacho sobre el caballo.
— Se fueron antes de que despertara. — Gruño la chica luego de asegurarse de que el muchacho estuviera sentado, llegando a manchar parte de la silla con su sangre. — Y, ustedes se estaban demorando demasiado. — Añadió, luego de tomar la lanza con una mano y buscar con la mirada, el sonido de un grito lejano, encontrando la escena de como uno de los vagabundos se había arrastrado por el suelo hasta el cofre ornamentado, solo para gritar en cuanto uno de los guardias le corto la mano en el acto. — ¿Qué carajos paso?
— Larga historia. — Intervino la capitana luego de subirse al caballo. — Será mejor que nos larguemos de este lugar.
Khalin arqueo una ceja al escucharla, pero de poco sirvió en cuanto noto como el enfrentamiento que les daba tiempo de escapar, comenzaba a menguarse y los vagabundos, aun en su desesperado intento de encontrar riqueza, terminaban siendo superados por el temor y la violencia de los guardias, comenzando a huir ante su poderío: — Espero que hayas podido conseguir algo de valor, después de todo esto. — Refunfuño, la mercenaria, en cuanto comenzaron a galopar.
Bershka pasó por el lado de los guardias, notando como estos, aún manchados de sangre, intentaban abrir el cofre que había causado tal masacre. Solo a varios metros de distancia, ella buscó entre su cinto el colgante que le había arrebatado a Tarik, aún sintiéndolo cálido en su mano. —Tal vez. — Añadió con un tono amargo, al verlo por un instante. El colgante del sol le parecía extraño con tal de tomarlo, pero eso fue suficiente para moverlo por un segundo, y un destello llegará a cegarla, llegando a sentir como el metal había aumentado levemente su temperatura.
Al alzar la cabeza, pudo notar como cerca del camino, en un puesto de baratijas y artilugios de dudosa procedencia, el cómo el dueño del puesto discutía con un cliente, el cual había alzado una mano, enseñando un colgante oscurecido y derretido, que llego a destellar al ponerlo a la luz del sol. Al pasar cerca de la misma, pudo notar como la figura era mucho más alta que un hombre, portando una capa maltrecha de tonos rojizos y diversos bordados, aunque aún podía distinguirse el emblema de un oso en su espada. Siendo esta misma que se giró sobre sí, llegando a intercambiar una mirada entre ambos. No pudo distinguir su rostro, ni sus facciones, dejando en su memoria, como dos ojos rojizos le siguieron el paso, llegando a hacerle temblar, aun si fue breve ese encuentro.
Le hicieron dudar de lo que había visto, incluso casi llego a soltar el colgante y disminuir el paso, si no fuera por Kahlin quien le gritara para evitar que empujaran a una anciana en mitad del camino. Bershka se aferró a las riendas, guio su montura, la cual relincho ante el esfuerzo para luego continuar avanzando, y a tan solo unos contados pasos, pudo sentir alivio al observar las dos torres que presentaban la entrada de la ciudad. Incluso se habría permitido sonreír, si no fuera porque una vez llegada a la entrada, volvió a mirar sobre su hombro, en busca de la figura de hacía unos instantes, solo para no encontrar nada allí.






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