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La balada de los errantes: Capítulo 6: El Precio de la Corona 


"En las cárceles de Valthros, los condenados a muerte reciben tres visitas antes de la ejecución: la del sacerdote, la del verdugo, y la del rey. El sacerdote ofrece consuelo para el alma. El verdugo, certeza para el cuerpo. Pero el rey... el rey busca algo mucho más peligroso: comprensión (...)”  

— Extracto de "Los Aforismos del Juez Ciego", colección de sentencias judiciales del Magistrado Corin Thale, prohibida por orden imperial tras su ejecución por traición en el año 387 D.C. 


El alfil se deslizó en diagonal, capturando la torre con un clic suave contra la madera gastada. Kaelen retiró la mano, dejando que el silencio hiciera el resto del trabajo. Sus dedos, marcados por las cicatrices rituales de la Orden, se entrelazaron sobre su regazo mientras observaba el tablero con expresión neutra: — Jaque mate — ante las palabras de ella, Andreus parpadeó, bajando la vista al tablero como si esperara que las piezas se hubieran reordenado por arte de magia en el segundo que apartó la mirada. Su rey blanco estaba acorralado entre el alfil negro y un peón que había subestimado tres movimientos atrás. No había salida. No había salvación de último momento. Solo el inevitable reconocimiento de la derrota. Y ante ello, sonrió.  


La luz de la única vela que los acompañaba proyectaba sombras danzantes sobre el rostro de Kaelen, haciendo que sus ojos parecieran más profundos, más antiguos de lo que su edad aparente sugería. El silencio en las mazmorras era absoluto, roto solo por el goteo distante de agua filtrándose a través de piedra centenaria y el ocasional crujido de las cadenas oxidadas que colgaban de las paredes, testigos mudos de torturas que esta celda particular nunca había presenciado. 


Andreus se recostó contra la pared fría, sintiendo cómo el frío de la piedra penetraba a través de su túnica. La herida en su hombro pulsaba con ese dolor sordo y constante que se había convertido en su compañero más fiel durante el último mes. Orthen le había advertido que no hiciera esfuerzos innecesarios, que descansara, que permitiera que su cuerpo sanara. Pero aquí estaba, en el fondo de su propia fortaleza, jugando ajedrez con una mujer que había intentado matarlo. 


—Bien jugado —dijo finalmente, y había genuina sorpresa en su voz. No el tono condescendiente de quien felicita a un niño por un logro menor, sino el reconocimiento real de alguien que ha sido superado. Un gesto, que pocas veces se permitía expresar.  

—No lo fue. —Kaelen apartó la mirada del tablero, fijándola en la pared opuesta donde la humedad había dibujado mapas de países que no existían—. Estabas pensando en otra cosa. Tu mente no estaba aquí. Moviste tu caballo tres turnos atrás sin considerar las consecuencias. Sacrificaste tu reina por un ataque que cualquier jugador competente habría visto venir. No me venciste; te derrotaste a ti mismo. Me dejaste ganar.  


Andreus estudió el tablero nuevamente, repasando los últimos movimientos en su memoria. Tenía razón. Por supuesto que tenía razón. Había estado pensando en el informe de Nymia sobre las negociaciones con los no-humanos, en la carta que había recibido esa mañana del capitán de la guardia fronteriza reportando movimientos inusuales de la legión imperial, en el hecho de que llevaba tres noches sin dormir más de dos horas seguidas. En cada una de esas responsabilidades que lo envolvía en un manto asfixiante, que solo llegaba a desvanecerse por momentos en la partida, y aquel breve espacio de descanso, se había terminado una vez que las dejo llegar. 


—Mi mente rara vez está donde debería. —Intentó encontrar una posición más cómoda, pero el dolor protestó con cada movimiento—. Es uno de los privilegios de gobernar. Siempre hay una crisis más urgente que el momento presente. Pero ganaste justamente. El resultado es el mismo, independientemente de mi distracción. 


—Justicia. —Kaelen probó la palabra como si fuera veneno, dejando que cada sílaba se deslizara lentamente—. Qué interesante que la menciones. Especialmente viniendo de ti. 

Se giró para mirarlo directamente, y en la tenue luz de la vela, Andreus pudo ver algo en sus ojos que no había estado allí en visitas anteriores. No era irá, ni miedo, ni siquiera el fanatismo frío que caracterizaba desde que se habían conocido, era algo más, algo extraño que no esperaba encontrar. Era confusión. Genuina, desconcertante confusión. Que llegaba a suavizar el rostro de ella, dándole un sentido un tanto más juvenil, inocente. 


— Llevo cuarenta y cuatro días aquí—Kaelen alzo cuatro dedos de una mano, cada uno marcado con pequeñas cicatrices circulares que formaban patrones que Andreus había aprendido a reconocer como escritura ritual—. Treinta y nueve días exactos, de acuerdo con el calendario que ustedes manejan. En ese tiempo, me has visitado diecisiete veces. Cada tres días, como un reloj. Siempre después de medianoche, hasta antes del amanecer. Jugamos ajedrez. Hablamos de filosofía, de historia, de literatura. — Hizo una breve pausa, bajando la mano y volviendo a ver el tablero por un segundo.  

 

Había algo extraño en su mirada, una desconcertante, repleta de una extensa duda que anteriormente no existía. Lo cual, llego a sorprender al monarca, quien no respondió, no era necesario, tan solo escucho, aunque una parte de sí, estaba puesto en otro pensamiento más distante. Hacía un mes que sus hermanos habían marchado de Agatha, del cual, se comunicaban una vez a la semana, desde entonces, al menos, lo hacía Salomón, debido a que desde hacía dos semanas Ragnar había dejado de reportarse. Aun sintiendo preocupación por él, no se atrevió a mostrarla, y aun de hacerlo, no había nada que pudiera hacer desde la frontera de haber algún problema, tan solo le quedaba esperar. Al momento que su mente volvió a la celda, ella continuó hablando. 


—Discutimos sobre si la Iglesia del Hacedor es una institución de control o de salvación. — Hizo un gesto con los dedos, colocando uno sobre el otro — Debatimos sobre la naturaleza de la memoria y el olvido. Me preguntaste mi opinión sobre los tratados de paz de Oswinter, sobre la caída de la Academia de Hierro, sobre todo excepto de por qué estoy aquí. — Se inclinó hacia adelante, y las cadenas decorativas que colgaban de las paredes, las cuales nunca las habían usado con ella desde el día que fue traída a la mazmorra, tintinearon suavemente con el movimiento del aire. —¿Por qué no me has torturado? ¿Por qué no me interrogas sobre la Orden, sobre quién contrató mi servicio, sobre los rituales de enlace, sobre cuántos más vendrán? ¿Por qué no me has ejecutado y colgado mi cuerpo en las murallas como advertencia para cualquier otro que intente lo mismo? 


La pregunta flotó en el aire viciado de las mazmorras. Era la misma pregunta que Lazkel le había hecho tres veces, que Nymia había insinuado con miradas preocupadas, que incluso Orthen había sugerido cuando mencionó que el estrés de un prisionero sin resolver podría estar afectando su recuperación. Y era la pregunta que Andreus se había hecho a sí mismo cada noche antes de descender estas escaleras. 


—¿Responderías si lo hiciera? —Andreus sostuvo su mirada sin parpadear—. Si trajera al Maestro Thorn con sus instrumentos. Si te encadenara a esa pared y dejara que hiciera lo que mejor sabe hacer. Si te prometiera libertad, clemencia, oro, lo que sea que pudiera incentivar a cualquier individuo en tu posición. ¿Responderías mis preguntas? 

—No. —La respuesta fue inmediata, sin vacilación—. Morirían antes de traicionar mi juramento. El dolor es temporal. La traición es eterna. 

—Ya tienes tu respuesta. —Andreus asintió lentamente—. Entonces no veo la necesidad de emplear esfuerzo o recursos en castigos que no llevarán resultado alguno. La tortura es efectiva solo cuando el sujeto tiene algo que temer perder. Tú no temes al dolor. Ni al sufrimiento, ni a la muerte, como muchos otros que estuvieron aquí y estarán.  No tienes nada más que pueda quitarte. Ni familia, ni amigos, ni siquiera la esperanza de un futuro diferente. 

Hizo una pausa, observando cómo las palabras impactaban en ella. No gesticulo, ni movió alguna extremidad, pero en su mirada cambio, un leve movimiento, una breve chispa de algo. Podrian haber sido solo ideas pasajeras, o un reflejo breve de la luz, pero ninguna de esas opciones le pareció acertada. Algo había cambiado, al memo, esperaba que así fuera, si no, sus palabras no tendrían sentido. 

—Ya he aprendido más de ti en estas conversaciones que lo que cualquier sesión de tortura podría revelar. Sé que la Orden recluta huérfanos y niños no deseados. Sé que los entrenan desde los cinco o seis años. Sé que el ritual de marcado comienza a los doce y se completa a los dieciocho, una cicatriz por cada año de entrenamiento. —Señaló las marcas en sus manos—. Tienes treinta y dos, lo que significa que completaste tu entrenamiento hace catorce años. Has sido ejecutora durante más de una década. 

Kaelen no confirmó ni negó, pero el ligero ensanchamiento de sus pupilas fue confirmación suficiente. 


—También sé que la Orden tiene una estructura jerárquica basada en contratos completados. Las marcas en tu antebrazo izquierdo sugieren al menos quince trabajos previos. Probablemente más. Y sé que el hecho de que intentaras matarme con un cuchillo de trinchar en lugar de un arma propia significa que no pretendías sobrevivir al intento. Era un sacrificio, no una misión con escape planeado. —Se inclinó hacia adelante, ignorando el dolor que el movimiento le causaba. —Así que dime, Kaelen, ¿qué información podría obtener torturándote que no haya deducido ya, simplemente prestando atención? 


—Eso es mentira. —Kaelen golpeó el suelo de piedra con el puño, el sonido resonando en el espacio confinado, el primer gesto de descontrol que evidenciaba—. Los hombres como tú no funcionan así. Los hombres como tú no perdonan intentos de asesinato porque "ya dedujeron suficiente información". Los hombres como tú torturan por venganza. Por enviar un mensaje a otros que podrían intentar lo mismo. Por miedo a parecer débiles si no actúan con dureza. Por el simple placer de tener poder sobre otro ser humano. 


Se puso de pie con un movimiento fluido que traicionaba años de entrenamiento marcial, caminando hasta los barrotes que la separaban de Andreus. Este no se movió, observándola con la misma expresión tranquila que había mantenido durante toda la conversación. Dibujando cada apartado de ella, desde el tono de su cabello en que los hilos de plata se habían multiplicado, hasta el tono de su piel que había recuperado un poco de color, producto del descanso y la comida.  

 

—Tu reputación te precede, Andreus Tenerius. —Su voz era ahora un susurro —. El noble exiliado que se convirtió en esclavo. El gladiador que lideró una rebelión. El mercenario que conquistó su propio hogar a sangre y fuego. Conozco las historias. Las aldeas quemadas. Los prisioneros ejecutados por no dejar cabos sueltos. Los tratos con bandidos y saqueadores que luego fueron masacrados una vez cumplieron su propósito. 


Andreus sintió cada palabra con dolor, no porque fueran falsas, sino porque eran completamente ciertas. 


—¿Qué te hace diferente ahora? —preguntó Kaelen, su rostro a centímetros de los barrotes—. ¿Qué te hace pensar que puedes simplemente dejar de ser quien eres? ¿Qué puedes lavarte las manos de toda esa sangre jugando ajedrez con tu prisionera en lugar de interrogarla como cualquier gobernante sensato haría? 


Andreus consideró la pregunta por un largo momento. Afuera, en algún lugar de la fortaleza, escuchó el cambio de guardia. Las botas marchando en formación, las órdenes gritadas, el tintineo de armaduras. El mundo continuaba moviéndose, indiferente a esta conversación en las profundidades. Indiferente a sus dudas, a su cansancio, a la pregunta que lo perseguía cada noche: ¿cuándo dejó de ser necesidad y se convirtió en elección? 


—Quizás nada. —Se puso de pie con dificultad, apoyándose pesadamente en el bastón que Orthen había insistido que usara—. Quizás soy exactamente el mismo hombre que ordenó quemar esas aldeas. El mismo que ejecutó a los saqueadores después de que me ayudaron a tomar la ciudad. El mismo que permitió que mi ejército saqueara las propiedades de los nobles ejecutados. Para darles un alivio antes de prescindir de sus servicios.  


Caminó hacia los barrotes, deteniéndose a una distancia prudente. Lo suficientemente cerca para hablar en voz baja, lo suficientemente lejos para que ella no pudiera alcanzarlo si decidía atacar, aunque ambos sabían que esa distancia era más cortesía que necesidad real. Si Kaelen quisiera matarlo, los barrotes no serían obstáculo suficiente. Ni aun con toda la guardia presente. 


—O quizás. —continuó, su voz más suave ahora— simplemente estoy cansado de ser el hombre que todos esperan que sea. El noble vengativo que debe castigar cada ofensa con brutalidad. El señor despiadado que debe demostrar su fuerza constantemente. El rey que gobierna a través del miedo porque es el único idioma que el poder entiende. El continuar con el camino que se ha marcado en muchas historias desde el pasado y que seguirá hacia el futuro. El del monstruo que debe de actuar por un mal pasado.  


Se apoyó contra la pared, sintiendo el frío de la piedra, penetrar su ropa. 


—¿Sabes qué he aprendido en estos dos años gobernando Agatha? —No esperó respuesta—. Que la violencia es increíblemente fácil. Cualquier idiota con una espada puede infligir dolor. Cualquier tirano puede gobernar a través del miedo. Dar una orden de ejecución toma cinco segundos y ningún esfuerzo mental real. Incluso en la guerra, el adversario más peligroso, no es el experimentado, es novato, el desconocido e idiota que opta por atacar primero y pensar después.  


Hizo una pausa, observando las sombras danzantes en las paredes. Pronto su tiempo se agotaría. 


—Pero construir algo que dure, algo que tenga significado más allá de tu propia existencia, algo que las personas elijan seguir en lugar de ser forzadas. —  Dejo la palabra un segundo ante de pasar la lengua por el labio inferior — Eso requiere algo más que brutalidad. Requiere que seas algo más que el monstruo que tus enemigos necesitan que seas para justificar su resistencia. 


—Bellas palabras. —Kaelen se cruzó de brazos, pero había algo diferente en su tono. La acusación había dado paso a algo más cercano a la curiosidad—. Muy inspiradoras. Pero tus manos están tan manchadas de sangre como las mías. Probablemente más. No me hables de construcción cuando tu trono está cimentado sobre las cenizas de los que mataste para obtenerlo. 

—No he dicho que sea mejor que tú. —Andreus sonrió, aunque no había humor en el gesto—. De hecho, creo que somos inquietantemente similares. Ambos fuimos entrenados como instrumentos desde jóvenes. Ambos hemos matado por causas que otros consideraban justas. Ambos hemos hecho cosas terribles que nos mantienen despiertos por las noches, aunque pretendamos que no es así. 


Kaelen abrió la boca para replicar, luego la cerró. Sus ojos se entrecerraron, evaluándolo de una manera nueva. 


—La diferencia —continuó Andreus— es que yo estoy intentando ser algo más que eso. No porque sea mejor persona, sino porque estoy cansado. Cansado de matar. Cansado de justificar cada atrocidad con ideales de ser necesarios. Cansado de pretender que cada decisión terrible que tomo es por un bien mayor cuando ambos sabemos que a veces simplemente elegí el camino más fácil.  


Se sorprendió a sí mismo al decirlo, consideraba que debía de dejar de hablar, de expresar aquellos pensamientos que otros podrían tomar como motivo de guerra, pero había algo extrañamente liberador en ello, y le gusto: — Se dio media vuelta, comenzando a caminar hacia la salida, pero Kaelen habló antes de que pudiera dar más de tres pasos. 

—¿Por qué yo? 

Andreus se detuvo. 

—¿Qué? 

—De todas las personas con las que podrías tener estas conversaciones. —Kaelen gesticuló vagamente hacia el mundo exterior—. Tienes consejeros. Amigos. Hermanos que han luchado a tu lado durante años. ¿Por qué bajas aquí cada tres noches a jugar ajedrez y filosofar con alguien que intentó matarte? 


Fue una pregunta justa. Andreus se la había hecho a sí mismo más de una vez mientras descendía estas escaleras, sabiendo que Nymia estaría esperándolo en su estudio con informes que requerían su atención, al inicio antes de pasar a su acercamiento y muestras de afecto por su preocupación. Al igual que Lazkel frunciría el ceño con desaprobación apenas visible, sabiendo que cada minuto aquí era un minuto robado a responsabilidades más urgentes. 


—Porque tú eres la única persona en este castillo que no necesita nada de mí. —Las palabras emergieron con más honestidad de la que había pretendido—. Nymia me ve como su mentor, su salvador, quizás algo más que no quiero examinar demasiado de cerca. —  Hizo un ademán con la mano, como si fuera suficiente para distanciar lo dicho. — Lazkel me debe lealtad por haberlo salvado. Los nobles me necesitan para mantener sus tierras. El pueblo me necesita para no caer en el caos. Incluso mis hermanos... Ragnar me sigue por honor familiar, diferente madre, mismo padre. Salomón por una deuda que nunca debí cobrar. Y...  


Se giró para mirarla directamente. Dejando esa última persona en el olvido 

—Pero tú... tú no necesitas nada de mí. No mi aprobación, no mi perdón, no mi oro, no mi protección. No finges gustarme para obtener favores. No mides tus palabras por miedo a ofenderme. Cuando me dices que soy un hipócrita o un monstruo disfrazado de reformador, lo dices porque lo crees, no porque estés intentando manipularme. Hablas con la honestidad de un hermano, sin la prudencia del afecto. 


Caminó de regreso hacia los barrotes, deteniéndose justo fuera de su alcance. 

—Es... refrescante. Incluso incómodo, y a veces doloroso. Pero refrescante. Es como mirar un espejo que no me miente. Que no suaviza los bordes ni oculta las cicatrices. Solo muestra lo que realmente está ahí. 

Kaelen lo observó en silencio por un largo momento, su expresión imposible de leer en la penumbra. 

—Suena solitario —dijo finalmente, y había algo en su voz que no era completamente desprovisto de empatía—. Estar rodeado de personas que necesitan cosas de ti, pero ninguna que esté contigo. 

—Lo es. —Andreus no intentó negarlo. Llegado a ese punto, la prudencia había marchado y la mentira no era viable.—. Pero es el precio del poder, supongo. La corona que todos ansían es más una cadena que un símbolo de libertad. Y mientras más poder acumulas, más pesadas se vuelven esas cadenas. 

—Podrías renunciar. —Kaelen se sentó, recostándose contra la pared de su celda—. Dejar todo esto. Desaparecer en algún rincón del mundo donde nadie te conozca y empezar de nuevo. 

—¿Lo haría? —Andreus se sentó también, al otro lado de los barrotes, ignorando el dolor que el movimiento le causaba—. ¿Tú? Si de repente la Orden te liberara de todos tus juramentos, te dijera que eres libre de irte y vivir como quieras, ¿lo harías? 

Kaelen no respondió de inmediato. Sus dedos trazaron los patrones de cicatrices en sus manos, esos símbolos rituales que representaban años de entrenamiento, de sacrificio, de convertirse en algo más que un ser humano. Un gesto increíblemente honesto que días o incluso semanas antes serían imposibles de mostrar. Ella tampoco comprendía por qué hablaba, pero le causaba tranquilidad decirlo. 

—No lo sé —admitió finalmente—. La Orden es todo lo que conozco. Todo lo que soy. Sin ella... ¿Quién sería? ¿Qué haría? ¿Cómo vivir una vida que nunca aprendí a vivir? 

 

—Yo podría renunciar a Agatha. —Andreus asintió nuevamente, generando un pequeño dolor al hacerlo— Podría dejar que los nobles se despedacen entre sí por el control. Podría tomar un barco hacia alguna tierra donde nadie haya oído el nombre Tenerius y vivir el resto de mis días en paz. Pero... 

—Pero entonces todo habría sido por nada. —Kaelen terminó la frase—. Todas las personas que murieron. Todas las decisiones terribles. Todo el sufrimiento que causaste y que experimentaste. Si te vas ahora, todo lo que hiciste sería solo violencia sin propósito. Solo destrucción sin creación que la justifique. 


—No estoy seguro de que nada pueda justificarlo. —Andreus cerró los ojos—. Pero al menos puedo intentar que signifique algo. Que Agatha se convierta en algo más que el monumento a mi venganza. Que los que murieron... que sus muertes no sean solo estadísticas en una campaña militar olvidada. Que mi familia no lo sea tampoco.  


El silencio se extendió entre ellos, pero ya no era tenso u hostil. Era el silencio de dos personas que habían alcanzado un entendimiento, quizás no un acuerdo, pero al menos un reconocimiento mutuo de humanidad compartida a pesar de las circunstancias. Extraño, liberador y comprensible en ambos aspectos. Aunque la duda sobre qué pasaría después emergía, ninguno la expreso. Ninguno se atrevió a preguntar si eso sería el fin de lo que habían hecho, de las noches de juego, de extensas conversaciones antes del alba, de todo eso que, llegado a ese punto, no querían que desapareciera.  


—Me recuerdas a alguien. —Kaelen habló tan suavemente que Andreus casi no la escuchó—. Mi instructora. La Maestra Silvana. Ella también hacía estas preguntas. También dudaba. Decía que un ejecutor sin dudas, sin cuestionar, era solo una mera herramienta sin alma.  

—¿Qué le pasó? 

—La ejecutaron por herejía. —Kaelen sonrió sin humor—. Por cuestionar demasiado. Por preguntar si tal vez algunos contratos deberían rechazarse. Si tal vez había líneas que incluso nosotros no deberíamos cruzar. La duda, no puede ser tolerada. 

—Lo siento. 

—No lo sientas. —Kaelen sacudió la cabeza—. Ella eligió sus preguntas sabiendo el precio. Decía que una vida sin cuestionamiento no valía la pena vivirse, incluso si los cuestionamientos te mataban eventualmente. Creo que finalmente entiendo lo que quería decir. 


Andreus sintió el peso de esas palabras. Se preguntó cuántas otras personas en la Orden habían tenido dudas similares, habían hecho preguntas similares, solo para ser silenciadas antes de que pudieran articular completamente esas dudas. Se preguntó cuántos ejecutores más como Kaelen existían, atrapados en una estructura que no toleraba la humanidad que aún conservaban. 


—¿Puedo hacerte una pregunta? —preguntó Andreus después de un momento. 

—Has estado haciéndome preguntas durante treinta y nueve días. 

—Esta es diferente. —Hizo una pausa, aguardando algún motivo de negatividad en ella, al no encontrarlo, hablo con lentitud—. ¿Alguna vez te arrepentiste? De algún trabajo que hiciste. De algún contrato que cumpliste. 


Kaelen lo miró por un largo momento, sus ojos buscando los de él en la penumbra. 

—Todos. —La palabra cayó como una piedra en agua quieta—. Me arrepiento de todos. Cada vida que tomé. Cada persona que maté por contrato. Pero el arrepentimiento no cambia nada, ¿verdad? No devuelve a los muertos. No limpia las manos. Solo te da otra carga que llevar hasta que finalmente te quiebras. 


—No. —Andreus concordó suavemente—. No cambia nada. Pero tal vez nos recuerda que todavía somos humanos. Que aún podemos sentir. Que no nos hemos convertido completamente en fantasmas. 


Se puso de pie lentamente, usando el bastón para estabilizarse. Ahora, llegando a gemir de dolor al hacerlo, su brazo no soportaba tanto movimiento en tan poco. De su capa, sacó un libro delgado. La cubierta de cuero estaba gastada por años de uso, las esquinas dobladas, las páginas amarillentas. Había manchas de agua en algunos lugares, y una esquina estaba ligeramente chamuscada, como si alguien lo hubiera rescatado de un incendio. Con cuidado, casi reverencia, lo dejó junto a los barrotes, lo suficientemente cerca para que Kaelen pudiera alcanzarlo sin que él tuviera que acercarse más. 


Cuentos de los Siete Reinos. —Su voz era más suave ahora, cargada con algo que podría haber sido nostalgia o dolor, probablemente ambos, aunque no lo pensó—. Mi hermana solía leerlo. Alinne. Tenía siete años cuando... cuando el asedio terminó. 


No dijo más. No necesitaba hacerlo. Ambos sabían cómo había terminado el asedio. Ambos sabían que no había sido limpio ni heroico, sino brutal y terrible, como todas las guerras lo son eventualmente. 


—Le gustaba especialmente el cuento del príncipe que se perdió en el bosque de los espejos. —Andreus tocó la cubierta del libro con un dedo—. En la historia, cada espejo muestra una versión diferente de quién podría haber sido si hubiera tomado decisiones diferentes. El príncipe ve todas las vidas que podría haber vivido, todos los caminos que no tomó. Al final, tiene que elegir cuál espejo atravesar, sabiendo que una vez que lo haga, todas esas otras posibilidades desaparecerán para siempre. 


—¿Cuál elige? 


—El que muestra su reflejo real. —Andreus sonrió tristemente— Alinne decía que le gustaba porque le recordaba que incluso cuando estamos perdidos, incluso cuando hemos tomado caminos equivocados, siempre podemos encontrar el camino de regreso. Aunque el final no es de mi agrado, puede que sea suficiente. 


Kaelen miró el libro sin moverse, como si fuera una trampa o un truco elaborado. 


—Considéralo una disculpa por mi ausencia. —Andreus reanudó su camino hacia la puerta—. Debo partir de viaje antes del medio día. Negociaciones con los pueblos del bosque sobre las minas. Asuntos aburridos de estado que probablemente no te interesen. Si pudiera faltar, lo haría, solo es el tipo de teatro político que hace que desear estar de vuelta en el campo de batalla. Al menos allá, los enemigos son honestos sobre querer matarte. 


—¿Y si no regresas? —La pregunta emergió antes de que Kaelen pudiera detenerla. 


Andreus se detuvo con la mano en el pomo de la puerta. Se giró lentamente, estudiando el rostro de Kaelen en busca de... ¿Qué? ¿Preocupación? ¿Esperanza de que muriera en el viaje y la liberara de estas conversaciones incómodas? ¿Simple curiosidad sobre qué pasaría con su propia situación si él ya no estuviera? 


—Entonces supongo que Lazkel finalmente tendrá su deseo de ejecutarte como ejemplo público. —Las palabras fueron dichas con ligereza, pero ambos sabían que no era completamente una broma—. O tal vez Nymia, en su infinito pragmatismo, te ofrecerá un trato. Información a cambio de clemencia. Ella es lo suficientemente inteligente para ver el valor en mantenerte viva. 


Caminó de regreso hacia los barrotes, ahora su brazo comenzaba a matarlo de tanto movimiento, reclamándole que no podía continuar haciéndolo. Avanzo hasta detenerse más cerca de lo que lo había hecho en cualquier visita anterior. Lo suficientemente cerca para que Kaelen pudiera alcanzarlo si quisiera. Ambos eran conscientes de la vulnerabilidad del gesto. Y, aun así, lo mantuvo.  


—Ambos sabemos que podrías haber escapado hace tiempo si lo decidieras. —Las palabras emergieron con más certeza de la que sentía—. He observado cómo mides los cambios de guardia. Cómo evalúas cada punto débil en la estructura de esta celda. Cómo tus ojos siguen el patrón de las antorchas y los momentos de mayor oscuridad. Cómo ocasionalmente pruebas la resistencia de los barrotes cuando crees que no estoy prestando atención. 


Kaelen no negó ninguna de las acusaciones. 


—Eres lo suficientemente habilidosa para haber matado a ambos guardias afuera sin hacer ruido. —Andreus continuó—. Lo suficientemente entrenada para navegar estas mazmorras en la oscuridad. Lo suficientemente inteligente para haber planeado tres rutas de escape diferentes basadas en qué guardias están de turno en qué noche. ¿Me equivoco? 


—No. —La admisión fue simple, sin elaboración. 


—Entonces la pregunta no es si puedes escapar. —Andreus se apoyó contra los barrotes, un gesto que habría horrorizado a Lazkel—. La pregunta es por qué no lo has hecho. Y creo que la respuesta es la misma razón por la que yo bajo aquí cada tres noches en lugar de simplemente ordenar tu ejecución y terminar con esto. 


—¿Y cuál es esa razón? 


—Porque los barrotes no son lo que te mantiene aquí, igual que las responsabilidades no son lo único que me mantiene en este castillo. —Se enderezó con dificultad—. Algo nos ata. Algo que ninguno de los dos ha puesto en palabras porque hacerlo sería admitir que somos más similares de lo que nos gustaría creer.  


—Kaelen se puso de pie también, acercándose a los barrotes hasta que estuvieron cara a cara, separados solo por el hierro frío.  


— tal vez —dijo suavemente— ambos estamos demasiado cansados para continuar interpretando los papeles que nos asignaron. Tú, el noble vengativo que reconstruye su reino. Yo, la ejecutora que muere por su causa. Tal vez estamos atrapados en nuestras propias narrativas y no sabemos cómo escribir finales diferentes. 


—Entonces tal vez sea tiempo de que ambos busquemos nuevos propósitos. —Andreus sostuvo su mirada—. Más allá de la venganza. Más allá de las órdenes. Más allá de lo que otros nos convirtieron. No sé qué aspecto tiene eso. No sé si es posible. Pero... 


Dejo la palabra suelta, no espero respuesta de ella. Incluso si lo hiciera, no sería suficiente, solo asintió, asimilando el sabor de lo que significaba, y regreso hasta la entrada, ahora, sin nada que decir, abrió la puerta de la mazmorra para marcharse, no sin antes, dirigir unas últimas palabras que consideraba sin sentido, —Cuídate, Kaelen. —Las palabras fueron dichas, simplemente, sin pompa ni ceremonia—. Y si decides escapar mientras estoy fuera, al menos espera hasta que regrese para poder decir que fue una falla de seguridad y no una liberación intencional. 


—¿Y si decido quedarme? 


Andreus se detuvo en el umbral. No la miro, no lo haría. — Entonces volveremos a jugar y hablar sobre la vida. — Y con esas palabras, cerró la puerta tras de sí. El suspiro que siguió, no sabría decir si fue del rey o de la cautiva, el primero en hacerlo, pero la ausencia se sintió de inmediato. Él avanzó, subiendo las escaleras por la oscuridad, y ella, se quedó en medio de la celda, con la luz a su alrededor, y sin más que hacer, se sentó a leer.  


Andreus emergió de las mazmorras tiempo después, haciendo que el eco de sus pasos terminara desvaneciéndose una vez llegada a la superficie, siendo recibido por el aire del castillo. El cual aún mantenía el mismo porte cada que entraba y emergía desde las profundidades, un punto estático que agradecía que se mantuviera. Debido a que, con cada visita a Kaelen, dejaba en sí, una sensación de aguardo, llegando a desear quedarse más tiempo hasta que las responsabilidades lo llamaran, dejando en sí, un sentimiento de haber olvidado algo importante por decir. Pero a diferencia de ocasiones pasadas, esta vez, el peso que llevaba, no era de algo no dicho, sino de algo que no se atrevía a pronunciar: Despedida.  


Al pie de las escaleras de piedra, Lazkel lo esperaba. Estaba recostado contra la pared con los brazos cruzados, una postura que habría parecido casual en cualquier otro hombre, pero que en él transmitía la tensión de un depredador preparado para saltar. Vigilante en los alrededores de la entrada, mantuvo su mismo porte, llegando a resaltar su armadura, pulida hasta brillar, pero marcada por abolladuras que había rechazado reparar, siendo causadas en su combate en Ostelia, negándose a cambiar o modificar hasta haber completado su cometido de erradicar hasta el último asesino que se atreviera a desafiar a su señor.  


No había ornamentación innecesaria, no había grabados elegantes ni incrustaciones de oro como las que los otros capitanes de la guardia lucían para impresionar a las damas de la corte. Cada que tenían la oportunidad, o entre los voluntarios que decían que era la mejor forma de hacerse notar entre los instructores. Para Lazkel, solo era acero funcional, cuero reforzado, y el emblema de Agatha sobre su pecho: una torre coronada por una escalera de libros. La cual portaba con orgullo.   


—La guardia habla. —Las palabras emergieron en voz baja, de forma controlada. No era una acusación, todavía no, pero había un filo de reproche al hacerlo—. Dicen que el señor de Agatha pasa más tiempo con una prisionera que con su consejo. Que baja en las noches como si fuera peregrinaje. Que se queda hasta casi el amanecer mientras los informes se acumulan en su escritorio sin leer. 


Andreus se detuvo un segundo, observando por un instante el cómo un pájaro emergía del interior de un árbol rumbo al cielo. Anhelando por un segundo ser esa misma ave, antes de pronunciar una palabra, por lo que continuó caminando, obligando a Lazkel a separarse de la pared y seguirlo por el pasillo empedrado. Sus pasos resonaban en la piedra antigua, cada golpe de su bastón marcando un ritmo que sonaba demasiado parecido a una cuenta regresiva.  


—La guardia siempre habla. —Su voz surgió más cansada de lo que pretendía—. Es su único entretenimiento, además de apostar sobre cuánto tardará el próximo recluta en vomitar durante el entrenamiento. 


—Esto no es una broma. —Lazkel aceleró el paso, sus botas golpeando la piedra con propósito hasta alcanzarlo. Se plantó directamente en su camino con un movimiento que habría sido insubordinación en cualquier otro subordinado, pero que entre ellos era simplemente honestidad—. Nymia pregunta por qué no la convocas. Ya van dos días desde que solicitó audiencia para discutir los tratados comerciales con los mercaderes de Oswinter. Los nobles murmuran en los pasillos que estás... distraído. Desenfocado. Que el ataque te afectó más de lo que admites. 


Hizo una pausa, y cuando continuó, su voz había bajado a un susurro áspero que sonaba más peligroso que cualquier grito. 


—Y si supieran que visitas a una de tus atacantes cada noche, que juegas ajedrez con la mujer que intentó clavarte un cuchillo en el corazón, que le hablas como si fuera... como si fuera... 


—¿Como si fuera qué, Lazkel? —Andreus lo interrumpió, girándose para mirarlo directamente a los ojos.—. ¿Una amiga? ¿Una confidente? ¿Algo peor? Termina la frase. Que por algo tienes la libertad de hablarme con franqueza y no entre susurros como otros. 


Lazkel apretó la mandíbula, los músculos visibles bajo la piel bronceada, trabajando como si masticara palabras que sabía que no debía escupir. Finalmente, exhaló por la nariz. 

—Como si importara y que su opinión tuviera un verdadero peso. Olvidando que fue ella quien intento matarte, ¿Es eso cierto?  


—Entonces asegúrate de que no lo sepan. —Las palabras de Andreus interrumpieron a Lazkel, dejando esa pregunta sin respuesta—. Es una orden, no una sugerencia. No una solicitud que puedas debatir o cuestionar en tus rondas nocturnas con los guardias. Una orden directa de tu señor. 


Lazkel apretó la mandíbula con tanta fuerza que Andreus escuchó el crujido de dientes. Por un momento, pensó que finalmente había empujado demasiado lejos, que la lealtad inquebrantable de Lazkel finalmente se quebrantaría ante su solicitud. Pero, en cambio, él simplemente asintió con reticencia, su puño derecho, golpeando su pecho izquierdo en un saludo que parecía más castigo que respeto. 


—Como ordenes, mi señor.  


El silencio que siguió fue incómodo, cargado con todo lo que ninguno de los dos diría. Andreus lo rompió primero, suavizando deliberadamente su tono mientras reanudaba la marcha. Y hacía un gesto para continuar su conversación. 


—Al menos dime por qué. —La voz de Lazkel llegó desde atrás, despojada de su formalidad anterior. No era el capitán de la guardia preguntando a su señor. Era el hombre que había luchado a su lado y no dudaría en abandonarlo—. Ayúdame a entender. Dame algo que pueda defender cuando los demás pregunten. Incluso Nymia comparte estas preocupaciones. 


Andreus se detuvo, apoyándose en el bastón con ambas manos, observo a Lazkel, ni la mentira, ni la persuasión serían suficiente para calmarlo. E igual que en la madrugada, acepto que la honestidad sería la única forma de mantener el control, al menos, la confianza de quienes debía de ser conservada: —Porque ella es la única persona en este castillo que no necesita nada de mí. —Las palabras emergieron más honestas de lo que había planeado —Nymia me necesita para mantener su posición, para validar las reformas que implementó en mi nombre. Los nobles me necesitan para proteger sus tierras de la retribución imperial. El pueblo me necesita como símbolo de que las cosas pueden cambiar, de que un esclavo puede convertirse en rey. Incluso tú, Lazkel, amigo antes que guardián. Me necesitas para justificar todo lo que hicimos después del asedio, desde que te conocí hasta hoy, tuvieran un propósito. — Apretó el bastón con fuerza, observando aquel muchacho joven encontrado entre los escombros de una casa, llorando por la muerte de sus padres, se había convertido en su guardián. — Me pregunto si mi intervención al encontrarte te ha conducido a un camino que no deseabas, pero lo recorres porque te lo he impuesto igual que a mis hermanos.  


Hizo una pausa, buscando las palabras correctas. Llegando a notar como Lazkel bajaba brevemente la mirada, antes de sostenerla de nuevo. 


—Pero Kaelen... ella no quiere mi aprobación, no busca mi oro, no espera mi perdón. No finge gustarme para obtener favores. No mide sus palabras por miedo a ofenderme. Cuando debate sobre lo que hacemos, lo dice porque lo cree, no porque esté jugando algún juego político. Es... refrescante. Hace que todo se sienta sencillo, igual que antes. 


Lazkel lo observó por un largo momento, sus ojos oscuros, evaluando cada palabra, cada expresión, buscando la mentira o la evasión. No encontró ninguna, porque no la había. 


—Eso suena peligro. —Su voz se había suavizado, despojada de reproche—. En especial sí decide confiar en ella. 


—Lo es. —Andreus no intentó negarlo—. Pero es el precio del poder. Siempre alerta, avanzado, sin guía, solo con tus ideales. Quien considere que el poder es solo para el placer, ha olvidado que solo es una cadena que libertad.  


Se enderezó, volvió avanzar con lentitud hasta que tuvo la fuerza para reanudar la marcha con renovado propósito. Y, en un intento de evitar que su guardián divagara más de lo necesario, hizo la pregunta correcta, en un terreno que pudieran encontrarse en igualdad de condiciones: — Ahora que pronto tendré que partir, háblame de los cambios en las reformas. Deseo saber que estoy dejando Agatha en condiciones de sobrevivir mi ausencia. 


Lazkel relajó ligeramente los hombros, reconociendo el intento de Andreus por redirigir la conversación hacia asuntos más amenos. Cayeron en paso juntos, moviéndose a través de los corredores, como lo habían hecho cientos de veces antes, desde las primeras semanas de la reconstrucción, hasta aquellas caóticas de regreso desde el baile. Donde la idea de que todo hubiera terminado se convertía en una realidad. 


—Las cosas... avanzan, lentamente, pero avanzan. —Lazkel adoptó su tono de informe, midiendo cada palabra—. La Guardia de Préstamo ha logrado estabilizar las rutas principales. Los bandidos se han replegado a los caminos secundarios. Cuatro caravanas llegaron esta semana sin incidentes, y dos mercaderes de Ceryn solicitaron permisos para establecer puestos comerciales permanentes en La Corona. No es mucho, pero es un comienzo. La gente empieza a confiar en que los caminos son transitables. 


Caminaron juntos hacia el patio exterior, donde la luz menguante del medio día pintaba el cielo en tonos amarillentos y azules. 


—El Consejo de la Frontera se reunió dos veces desde el ataque. —Lazkel continuó—. Las casas menores, los Darné y Yvellen han aceptado formalmente los términos de la nueva estructura fiscal. Los Darné incluso redujo los impuestos a sus campesinos sin que tuvieras que presionarlos; quieren demostrar lealtad después de lo que pasó con los Tharne. Pero, con los de  Yvellen es más complicada, están usando la situación para consolidar control local, pero al menos cooperan abiertamente. 


Llegaron a una ventana que daba al patio principal. Lazkel señaló hacia las murallas distantes, donde cuadrillas de trabajadores laboraban en una hilera recta, llevando carromatos de piedras y herramientas, siendo apoyados unos a los otros para lograr el cometido. Aun ante la distancia, podía notarse el esfuerzo de aquellos hombres que estarían prestando sus servicios desde antes del amanecer.  

—La reconstrucción del sector este avanza según lo planeado. Hemos despejado todos los escombros y los cimientos están listos. Los maestros constructores dicen que, si conseguimos acceso a la Raíz de Plata en las próximas semanas, podemos tener ese sector completamente restaurado en seis meses. Con hierro de calidad, podríamos incluso incorporar los diseños de refuerzo que Celadus sugirió. 


El capitán hizo una pausa, su expresión ensombreciéndose. 


—Pero hay problemas que necesitan resolución inmediata. —Su tono se volvió más grave—. El primero es Ostelia. Con Calveth Tharne muerto y su casa infiltrada, Luthen Valcross y Gered Malk están moviendo piezas para controlar los graneros y herrerías. No se han enfrentado abiertamente, pero ambos están enviando "representantes" para "asegurar los activos del reino". Es una lucha de poder disfrazada de lealtad. 


Lazkel cruzó los brazos. 


—El pueblo de Ostelia está inquieto. Eran territorio Mervaine antes de la guerra, y el resentimiento nunca desapareció del todo. Ahora, con su lord muerto en circunstancias sospechosas, los rumores se multiplican. Hubo un incidente menor hace tres días: una turba apedreó a una patrulla que investigaba. Nadie murió, pero la tensión está subiendo. 

Hizo una pausa antes de continuar. 


—El segundo problema es Lord Reth. Se niega a implementar las reducciones fiscales y está presionando a sus vecinos, acusándolos de esconder "no humanos" en sus tierras. Está usando el miedo para consolidar su posición. No ha cruzado la línea hacia la rebelión abierta, pero está probando hasta dónde puede llegar sin consecuencias. 

El peso de las palabras se asentó entre ellos. 


—El tercer problema es la Fraterna Yseldra. —Lazkel continuó—. La Iglesia envió un mensaje formal hace cuatro días. Ofrecen sus hospitales y fondos para la reconstrucción, pero a cambio exigen "voz consultiva en la redacción de las nuevas leyes". No están pidiendo control directo, pero quieren asegurarse de que tu apertura hacia los no humanos no se convierta en lo que llaman o consideran un posible precedente herético. Incluso han comenzado a dar sermones en las plazas, en busca de mantener el llamado, orden del hacedor. 


Lazkel respiró hondo. 


—Y finalmente, están los no humanos en el bosque de Cedra. Hemos tenido dos incidentes en las últimas dos semanas. Un grupo de leñadores humanos se adentró demasiado en territorio pactado, alegando que "solo era madera sin dueño". Los elfos los desarmaron y los expulsaron sin violencia, pero presentaron una queja formal. Ejecuté al líder de los leñadores como advertencia. Ante ello, la Casa Yvellen protestó, diciendo que estás "favoreciendo a las razas inferiores", pero no ha ido más allá de palabras. 


Hizo una pausa, y su voz se volvió más directa. 


—Lo que estoy diciendo, mi señor, es que tenemos avances reales: los caminos son más seguros, dos casas menores cooperan activamente, la reconstrucción progresa. Pero también tenemos cuatro problemas que podrían impedir el avance, si no se manejan correctamente durante tu ausencia: Ostelia al borde de revuelta, la lucha por el control de los activos Tharne, Lord Reth probando límites, y la Iglesia presionando por influencia. 

Lazkel lo miró directamente. 


—Necesito instrucciones claras, mi señor. ¿Qué hago con cada uno de estos problemas mientras estás en el bosque? 


Andreus continuo caminando sin dar respuesta, con cada paso que daba, sopesaba las decisiones que podría tomar. A diferencia de hacía dos años donde el temor era la mejor herramienta para llegar a la estabilidad, ahora era momento de comenzar la construcción a largo plazo, pero no podía evitar sentir un peso en su espalda al prepararse para hablar, sabiendo que, lo que dictara determinaría si Agatha seguiría en pie cuando regresara. 


—Ostelia primero. —Su voz era firme—. Envía a Nymia con una delegación oficial. Que lleve fondos para compensar a las familias afectadas por el ataque y que organice un funeral público para Calveth Tharne. Al menos, uno dedicado a su memoria. Nada ostentoso, pero suficiente para mostrar respeto. Quiero que la gente vea que honramos a su lord, no que nos aprovechamos de su muerte. Será suficiente para presentar que aun ante las rivalidades, seguimos viniendo del mismo lugar y eso debe de primar.  


Hizo una pausa, considerando, incluso llegando a murmurar al hacerlo para sí mismo.  


—En cuanto a Valcross y Malk: convoca una reunión del Consejo de Logística en tres días. Que ambos presenten formalmente sus propuestas para administrar los activos Tharne. Nada de movimientos unilaterales. Todo debe pasar por el consejo. Si alguno intenta actuar por su cuenta antes de la reunión, tiene autorización para arrestar a sus representantes por "alteración del orden durante crisis de estado". No queremos guerra entre nobles, pero tampoco permitiremos que se despedacen la frontera mientras estoy ausente. 


Lazkel asintió, memorizando cada palabra. Aunque la falta de que escribiera o intentara hacer algo para mantenerlo, alerto a Andreus. Quien llegado a ese día, no se había preguntado si Lazkel sabía realmente escribir y leer, o simplemente su mente funcionaba de otra forma que no requería el uso de las habilidades comunes. Aunque al hacerlo, e intentar recordar si alguna vez lo había visto leyendo o haciendo un informe, género que aumentara su duda, una, que resolvería una vez regresado del viaje. 

—Lord Reth. —Andreus continuó aunque en esta ocasion, paso una mano por su cuello—. Ese es más delicado. No podemos permitir que sus acusaciones contra los vecinos se salgan de control, pero tampoco queremos convertirlo en mártir arrestándolo sin causa. 

 

Dejos sus palabras al aire, dudando de lo que diría, ahora, pasando por un ala interior del patio, caminando cerca de algunos soldados que se preparaban para el cambio de turno. Algunos de ellos, los saludaron con formalidad, en lo que otros tantos intercambiaban palabras y susurros al respecto. Por los gestos, algunos eran de respeto ante ellos, aunque las dudas y rumores, no estarían faltas de aquellos murmullos.  


— Envía un emisario oficial con este mensaje: tiene dos semanas para implementar las reducciones fiscales acordadas en el Consejo de la Frontera o presentar formalmente una objeción documentada. Si hace lo primero, no hay consecuencias. Si hace lo segundo, tendrá audiencia formal a mi regreso. Pero si ignora ambas opciones, tomaremos su silencio como rechazo al pacto de lealtad. 


Hizo una pausa. Ahora, observando como algunos sirvientes se turnaban para ayudar a descargar varias cajas de víveres que iban camino a la cocina. Algunos sirvientes apartaron la mirada ante la presencia de ambos, pero igual que los soldados, unos se atrevieron a verlos con asombro. Entre ellos, una tan joven, que apenas debería de estar llegando a la adultes, quien con dos ojos cafés y una media sonrisa que revelaba sus dientes torcidos, hacía una reverencia ante ellos, antes que una cocinera la empujara por su actuar.

 

—En cuanto a sus acusaciones sobre no humanos escondidos: ordena una inspección oficial de las propiedades que ha señalado. — Hizo un gesto a uno de los sirvientes para que continuara caminando, luego de cederle el paso. — Pero que la haga un equipo mixto: dos guardias humanos, un escriba, y un observador élfico del bosque, si es posible, si no, uno de los refugiados servirá para la tarea. Si encuentra no humanos, que se les ofrezca refugio formal en el bosque o documentación de trabajo legal en la ciudad. Si no encuentra nada, que Lord Reth pague compensación a los acusados por daño a su reputación. Así evitáremos problemas a futuro y mostramos que tomamos las leyes, son igualitarias para todos.  


Lazkel esbozó una leve sonrisa. Aunque no pareció estar de acuerdo a la petición de Andreus, no hizo nada para negarla. Lo cual hizo que el monarca dudara de si realmente apreciaba a los no humanos, o simplemente los toleraba. Pero a diferencia de su hermano, que los rechazaba completamente, prefería a alguien tolerante para llevar a cabo esta tarea, aunque esperaba, en el fondo, que su séquito compartiera su visión ante las demás razas.  

 

—La Fraterna Yseldra. —Andreus suspiró al pronunciar aquel nombre, ahora, pasando cerca de la pequeña capilla del interior de la fortaleza.—. Ese es el más complicado. No podemos rechazar su oferta directamente sin crear un conflicto con la Iglesia, pero tampoco podemos darles veto sobre las leyes. —  Se detuvo a ver a los feligreses emerger del interior de la capilla. Siendo una variopinta mezcla de sirvientes, guardias y creyentes. —  Responde que aceptamos su participación en un "Consejo Consultivo de Ética y Tradición". Que tengan voz, pero no voto. — Asintió al decirlo — Pueden presentar objeciones formales que el Consejo Mixto debe considerar, pero la decisión final sigue siendo nuestra. Y asegúrate de que ese consejo incluya no solo a la Iglesia, sino también a representantes de los gremios, los maestros académicos, y sí, incluso, un representante de los no humanos.  


Hizo una pausa, su voz volviéndose más suave, pero no menos firme. 


—En cuanto a las predicaciones sobre "orden natural": no las prohibas. Eso solo crearía mártires. Pero asegúrate de que nuestros propios pregoneros estén en las mismas plazas, hablando sobre los beneficios tangibles de las reformas: caminos más seguros, menos impuestos, reconstrucción avanzando. Que la gente elija entre sermones abstractos sobre jerarquía y mejoras concretas en sus vidas.  


Andreus se enderezó, sintiendo el dolor en su hombro protestar. Llegando a hacer que deseara que la conversación se terminara prontamente, deseaba el descanso, o al menos, la posibilidad de uno antes de la continuación del día, y el deseo del hambre que sentía, si al menos no tendría tiempo para lo primero, la posibilidad de saciar el apetito, debería de bastar para dar continuidad a su jornada.   


—Y finalmente, los incidentes con los no humanos. —Su tono se volvió más grave, llegando a mostrar su incomodidad.—. No podemos permitir más provocaciones mientras estoy negociando en el bosque. Emite una orden formal: cualquier civil que cruce los límites pactados del territorio élfico sin autorización expresa será arrestado por violación de tratado. No importa su excusa. No importa si "solo era madera". Los límites existen por una razón. Queremos construir una vía hacia el progreso, y continuar esa guerra tradicional, solo impedirá el avance. —Hizo una pausa en cuanto noto a un sirviente, de cabello esponjado y piel morena, quien a diferencia de los que le rodeaban, sus orejas puntiagudas revelaban su origen. Una leve alegría afloró en su interior al saber que fueron aceptadas sus peticiones de incluir no humanos entre su servidumbre, al menos con el ejemplo, algo se lograría. 

 

 

Lazkel asintió lentamente, absorbiendo cada instrucción. Manteniendo la mirada fija en su señor en todo momento, sin llegar apartarla ni por un segundo. Lo cual, solo hizo que aquella pregunta de si realmente comprendía las instrucciones dadas o solo las registraba mentalmente antes de darlas sin ningún sentido, llego a mantenerse por un momento, hasta que hablo.  


—¿Y si algo que no hayamos hablado, sucede mientras estás fuera? —preguntó finalmente—. ¿Si Ostelia se rebela, o si Lord Reth cruza la línea, o si hay un incidente violento real con los no humanos? 


Andreus lo miró directamente. 


—Entonces usa tu mejor juicio. —Su voz era firme—. Te estoy dejando el reino porque confío en que harás lo correcto. Si necesitas ejecutar a alguien para mantener el orden, hazlo. Si necesitas negociar cuando yo habría usado fuerza, hazlo. Solo recuerda: nuestro objetivo no es ganar cada batalla inmediata, sino mantener a Agatha en pie hasta que podamos fortalecerla lo suficiente para que se sostenga sola. Y Nymia estará a tu lado, sigue su consejo, en ustedes está nuestro futuro. —  Hizo una pausa final. Volviendo a ver al joven unos instantes. — —Y Lazkel... si no regreso del bosque, si algo sale mal en las negociaciones... —Su voz se suavizó—. Nymia sabe qué hacer. Juntos pueden mantener esto funcionando hasta que el Emperador decida qué hacer con Agatha. 


Lazkel apretó la mandíbula, claramente incómodo con esa posibilidad, pero asintió. 


—No llegará a eso, mi señor. Volverás con acceso a las minas, y todo esto se volverá manejable. 


—Eso espero. —Andreus reanudó la marcha hacia el patio, en dirección a la entrada—. Pero prepárate para lo peor, siempre. — Y para evitar tu pregunta sobre mi bienestar. Celadus estará conmigo. Los elfos respetan el poder arcano, incluso si desprecian nuestra mortalidad. Sera suficiente para tener una oportunidad. 


Al decirlo, habian llegado finalmente al patio exterior, donde la carroza negra aguardaba como un presagio. Estaba adornada con el blasón de la casa Tenerius, una que había ordenado personalmente después de tomar el poder. Los nobles lo habían considerado presuntuoso; los plebeyos en cambio, lo habían encontrado apropiado incluso aumentado su apoyo entre el pueblo, al tener a un gobernante original al mando. Pero para Andreus lo había elegido porque deseaba volver a hacer brillar su hogar.  


Los caballos, cuatro sementales negros con arneses de cuero reforzado, pateaban el suelo inquietos, como si pudieran oler el bosque en el viento y no les gustara lo que prometía. El cochero, un hombre encorvado cuyo rostro Andreus raramente veía porque siempre estaba escondido bajo una capucha profunda, verificaba las riendas con movimientos pausados. Incluso desde afuera, alcanzo a escuchar como Celadus ya estaba en su interior, antes que su imagen se hiciera visible a través de la ventana abierta. Estaba rodeado de pergaminos desplegados, libros abiertos, y frascos pequeños que contenían líquidos de colores imposibles que tintineaban suavemente con cada movimiento de la carroza. Alzó la vista cuando Andreus se acercó, sus ojos de un azul penetrante e inhumano, valuándolo con la mirada de quien ve más allá de la carne. Y esa extraña excentricidad que le caracterizaba.  


—Llegas tarde. —No era una acusación, simplemente una observación, pero había un matiz de diversión en su voz. Uno originado luego del suficiente tiempo para que la confianza naciera—. Pensé que tendría que enviar a alguien a sacarte de las mazmorras. 


—Estaba despidiéndome. —Andreus alcanzó la puerta de la carroza, pero antes de subir, se volvió hacia Lazkel, quien permanecía al pie del vehículo con una expresión que mezclaba preocupación profesional y algo más profundo, más personal. 


El patio alrededor de ellos había comenzado a vaciarse a medida que atardecía. Los guardias tomaban sus posiciones, las antorchas se encendían en secuencia a lo largo de las murallas, preparándose para la llegada de la noche y el castillo se preparaba para otro día de ausencia. Pero en este pequeño círculo, al rededor de la carroza, el mundo se había reducido a solo ellos dos: el rey y su capitán de la guardia, el señor y su amigo. 


—Lazkel. —La voz de Andreus adoptó un tono formal, pero sus ojos traicionaban la emoción que intentaba ocultar—. Encomiendo el resguardo del reino a ti y a Nymia hasta mi regreso. Mantén las reformas en marcha; no permitas que los nobles las desmantelen argumentando mi ausencia. Protege a la gente por encima de todo, incluso, por encima de los tratados, por encima de la conveniencia política, por encima incluso de la ley si es necesario. 


Hizo una pausa, y cuando continuó, su voz había bajado hasta casi un susurro. 


—Si no vuelvo. Entonces haz mi voluntad mejor que nadie. Has estado a mi lado en cada decisión, cada compromiso, cada traición necesaria. Aun ante la ausencia de mis hermanos, no confiaría en otra persona capaz de llevar esta carga. — Aunque sus palabras estuvieran plagadas de dulces emociones, en el fondo, no deseaba darle esa responsabilidad, ni a él, ni a nadie más.  


—Mi señor. —Lazkel dio un paso adelante, y por un momento pareció que iba a agarrar el brazo de Andreus, que iba a romper el protocolo y simplemente hablar de igual a igual—. No hables así. Volverás. Siempre vuelves.  


—Quizás. —Andreus sonrió, pero no había humor en el gesto—. O quizás mi suerte finalmente se agote. El destino solo puede doblarse tanto antes de romperse. 


Lazkel inclinó la cabeza, llevando su puño cerrado sobre el pecho en un saludo que había visto hacer mil veces, pero que ahora parecía cargado de un peso adicional. Su voz, cuando habló, era firme a pesar de la preocupación que Andreus podía leer en cada línea de su rostro. Y aun así, la mantuvo: —Como ordenes, mi señor. Que el Hacedor te guíe en el bosque. Que los antiguos te muestren misericordia. Puesto que vuestra voluntad, está en mis manos.  


Andreus asintió, incapaz de confiar en su voz para responder sin traicionar más de lo que quería. Se giró y subió a la carroza con ayuda de su bastón, el dolor en su hombro, protestando con cada movimiento, fue suficiente para hacer que la expresión impecable de su rostro, flanqueara y el dolor aflorara. Para cuando tomo asiento al lado opuesto del mago, este se encontraba enrollando uno de los pergaminos, marcando cuidadosamente su lugar antes de fijarlo con una cinta de seda púrpura. 


— Curiosa elección de palabras. Curiosa es. — Dijo el mago sin prestarle mayor atención en cuanto la carroza comenzó a andar.  


— Si no hablaras con claridad, entonces prefiero la compañía del silencio. Ya es suficiente con intentar entenderte. 


— Lo mismo digo mi señor. Es curioso que de todos vuestros acompañantes, me hayáis traído para una misión diplomática.  


— Hablaremos de eso, en cuanto lleguemos con los elfos. No solo necesito las minas, necesito saber que estarán de nuestro lado, en caso de que el emperador dicte  sentencia sobre mi cabeza. 


— ¿Por qué habría de hacerlo? 


— Eso, no importa ya. Prefiero que enfoques tu mente en una pregunta que he estado teniendo desde hace tiempo, una que requiere la maxima prudencia de tu parte— Celadus lo miro con curiosidad, incluso llegando a acercarse. — ¿Que sucedería, si un hombre pudiera ser inmortal? 



 
 
 

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