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La balada de los errantes: La frágil reconstrucción

Actualizado: 31 ago

Capítulo 2:


"No te pido que regreses con gloria, ni que me escribas desde los bordes del mundo. Solo que recuerdes quien eras, cuando aun creias que la bondad era posible"

Astia de Hipolita a su amigo Tanar Martillo de Hierro, en una carta encontrada en un mensajero imperial asesinado en la frontera de las monañas de acero.


Se acercó cerca del alba, cuando la noche se alistaba para despedirse. Entrando con un cuidado espectral, sin decir nada, sin precipitarse. Deslizándose en silencio por la habitación igual que una aparición. De haber algún sonido, sería el de sus movimientos producto del vestido al rozar su piel, antes de caer al borde de la cama, revelando una piel de tonos miel. Ese tenue sonido no se habría resonado en ningún momento, o eso creyó, porque fue suficiente para despertar al isleño. O puede que solo le sacara de un momento ausente de la realidad, navegando brevemente en las profundidades de su mente, similar a la calma que yace en la superficie del mar al amanecer. Masas de vivencias, experiencias y emociones rememoradas en un segundo, antes de desaparecer en un parpadeo.  


No se movió, no pestañeó, sus ojos observaron la figura de la chica. Dibujando cada línea, forma, marca y curvatura que alcanzara a ver en la penumbra. Ella vaciló un poco al poner una rodilla sobre el borde de la cama. Podía dibujarse la duda en sus labios, pero él no actuó, esperó igual que cazador, hasta que ella sintió la confianza para subirse sobre el lecho, posándose sobre él, llegando a apretarle entre sus muslos, en la medida que sus dedos comenzaron a recorrer su cuerpo. No pudo verlas, pero pudo recorrer las cicatrices de la cadera, hasta ir subiendo por el abdomen y llegar hasta el pecho, deteniéndose en una herida cercana del corazón. Siendo en ese instante, donde un olor dulce, cercano a la menta con notas de jengibre, hicieron que él esbozara una sonrisa.  


Al sentirlo, igual que ciervo asustado, ella se preocupó, pero la impaciencia era palpable y el deseo le hicieron actuar antes que la razón. Provocando que, con un movimiento muy lento, muy cuidadoso, delicado, inclusive, besara la cicatriz en su pecho, antes de ir subiendo hasta el cuello. Él sonrió, guiándola con un movimiento entre sus dedos, hasta llegar a sus labios. Ella se detuvo, irguió, e incluso huyó de sus dedos, para tomar el control entre sus manos, pero él se movió manteniendo la cercanía entre ambos, haciendo que la presión de ambas manos evitara cambiar de posición. Ella volvió a reafirmar su deseo con un movimiento de caderas, en exigencia de una respuesta.  


Sin llegar a esperar, él respondió en una toma entre sus brazos, ella fingió querer escaparse, pero al hacerlo, dejó caer sus cabellos hacia su espalda, revelando los lunares de su cadera, abdomen y seno; su piel era tibia y suave al tacto, dándole seguridad de seguir recorriéndola, ignorando los callos y cicatrices de un par de manos usadas en la guerra. Ambos se vieron un instante más, haciendo que él evaluara sus ojos, de un tono verde igual a los bosques y distante cuál mar. Ante él, yacía una ninfa en imagen y dríada en gemido. 

Tomándola en un balanceo, se dejó llevar en un mar de menta y jengibre, embriagándole, calmándole y guiándole. Una vez que todo finalizo, el silencio volvió a la habitación, siendo invitado ante la ausencia de movimientos, se habría esperado que después de aquella jornada, se hubiera sumergido en el abrazo del cansancio, sumergiéndose en el sueño, de haber sido otro tiempo y lugar, lo habría hecho, pero en aquel momento tan solo podía quedarse observando la ventana. 


Los tenues rayos iluminaban la parte baja de la cama, donde se alcanzaba a evidenciar el camino de la dama al llegar hasta el, desde las vestiduras hasta las sábanas que formaban una guía hasta el interior. Considero volver a dormir, pero le era imposible, después de tantos años de vivir en el exterior, de dormir bajo las estrellas o de no hacerlo con tal de no despertar con una daga en el cuello y una amenaza a su vida en el oído. O de estar alerta en vigilia antes de asaltar una fortaleza, al amanecer, habían provocado que la sola idea de descanso se volviera tan distante como el amanecer en medio del invierno. Dejándolo solo con sus propios pensamientos hasta tener que comenzar nuevamente. 


Soltó un suspiro y paso una mano por su cabeza, antes de intentar levantarse, no esperaría la llegada del día, pero le fue imposible en cuanto sintió como ella le sostenía del brazo. No alcanzaba a verla por la penumbra, pero alcanzaba a percibir el sonido de su respiración, el calor en su brazo junto con la forma en la que ocupaba la cama, en una esquina tan apartada, que le recordaba a una niña incapaz de dormir en la noche, creyendo que, al hacerse tan pequeña, podría evitar a los monstruos bajo la cama. Que al estar acompañada estaría a salvo. 


Pensó en quedarse, en esperar hasta que ella despertara, pero luego se dio cuenta de que, aunque aquello pasara, nada sucedería. No le diría palabras dulces en agradecimiento por su compañía, tampoco la colmaría de versos y promesas de una vida juntos, con el ideal de volverse a ver. No, nada de eso sucedería, tan solo había sido un momento compartido nacido del licor y las palabras no dichas entre miradas a la distancia. Ante ello, solo meneo la cabeza en negación antes de apartarse de su abrazo, dejándola sola en la oscuridad. Con paso lento tal cazador, fue recuperando cada una de sus prendas y vistiéndolas, siguiendo el mismo camino al tomarlas, como cuando se fue desvistiendo.  


Al llegar a las botas, se encontraba de pie ante la ventana, donde los últimos lazos de la noche comenzaban a distanciarse, y un tono rojizo anunciaba el amanecer. Tiñendo de un tono cobrizo los picos distantes de los Montes de Ervendal, los cuales le recordaba a las historias de los gigantes de piedra en Aett, los encargados de sostener el peso del cielo. Hasta donde alcanzaba la mirada, la imagen de los techos de piedra húmeda humeaban por el frío, y las antorchas que delimitaban el patio interior morían lentamente bajo la luz creciente a lo largo del fortín. 


Se rascó la nariz ante la imagen. Estaba lejos de cuanto le era conocido. Y, sin embargo, se sentía en confianza al saber que adonde fuera, el olor al hierro y al humo, a la madera mojada y al vino agrio, seguían manteniendo el mismo sentido en cualquier lugar al que fuera, siendo el mismo recuerdo: La frontera. La idea de quedarse un día más le llego a sonar en su momento, pero tarde o temprano debería de volver a la carretera, a sumergirse en el mundo de la diplomacia, amenaza y lucha con las palabras en vez de con las manos. Detestaba la política, era un soldado, pero cumpliría sus órdenes, siendo la siguiente, partir hacia Valmort, donde el pacto con las casas menores debería ser llevado a cabo.  


Una vez con el cinto puesto y la espada en mano, tomo su bolsa para salir de la habitación, lo prefería de esa manera, sin despedidas, ni palabras de aliento; solo dejo en la silla una bolsa con monedas como agradecimiento: — “Suficientes por su servicio, y si no lo era, entonces por su tiempo” — pensó en ello hasta llegar a la puerta, donde se detuvo al notar una sombra debajo, haciendo que llevara su mano hasta la empuñadura.  


Espero un segundo, creyendo que sería un error, pero al notar que la sombra seguía ahí, abrió antes de esperar que actuara. Pero no se encontró con un soldado, tampoco un borracho o un tabernero molesto por la falta de sueño, en cambio, era la imagen de un joven que apenas se sostenía de pie.  El polvo cubría su capa, los labios estaban partidos, y el sudor le recorría el rostro como si acabara de subir desde el infierno. 


—¿Eres… Ragnar Strombrige? —jadeó, con la voz rota. 

Ragnar no respondió. Bajó lentamente el arma, sin soltarla. 


—Mi señor... traigo un mensaje desde Letheria.  


El chico busco rápidamente en el interior de su capa, sacando una carta arrugada. Haciendo que la espera se demorara lo suficiente para que el viento se colara entre ambos, con la caricia de la montaña. Al extender la carta, Ragnar la tomo entre sus callosos, pero no la leyó, solo miro al joven que luego de un respiro, dio el mensaje que contenía el papel, haciendo que el isleño abriera los ojos.  


— El señor de Agatha... su hermano…  Fue atacado durante un baile celebrado en Ostelia, no se sabe su estado actual.  

 

Le había tomado dos semanas recorrer la frontera con descansos, aprendiendo cuanto podía de lo que alguna vez fueron tierras manchadas de ceniza y sangre. Pero ahora, en tres días sin descanso, había llegado de regreso a Letheria.  Con los ojos velados de polvo y la mandíbula tensa. No recordaba el camino, pero sí la urgencia por la cual se había negado el descanso y guiado sus pasos.  


Letheria emergía al pie de la colina como una herida cerrada a la fuerza. Las murallas que una vez fueron símbolo de orgullo ahora parecían pálidas, agrietadas por la memoria de las llamas. El humo ya no cubría el cielo, pero el olor a ceniza seguía allí, oculto entre las grietas de la piedra y las miradas de quienes aún sobrevivían. No lo dudo y cabalgo hacia su interior, entrando por la Puerta del Sur sin detenerse, arrancando gritos de los mercaderes que se apartaban de su camino. Las fachadas de piedra oscura —las mismas que había escalado dos años atrás con hacha en mano— ahora lo observaban con ventanas entrecerradas, como si la ciudad contuviera la respiración. Nada había cambiado: el mismo olor a pescado podrido en el mercado, los mismos niños harapientos escondiéndose tras las faldas de sus madres al verlo. Solo que ahora, en vez de espadas, lo señalaban con susurros:"—Es el isleño… el que partió al capitán Veret en dos—". Alcanzaba a escucharse en el mercado, también palabras de sorpresa como — ¡Es el Baluarte! ¡Es el isleño! — Llegaba a oírse entre los jóvenes soldados que lo veían son asombro.  


Pero el los ignoro por completo. Solo siguió el camino en dirección a la corona. Pasando el interior del mercado, las casas de placer, la universidad y zonas de la nobleza, con tal de llegar a la cima de la corona. A donde quisiera que fuera, el asombro y terror emergían en su presencia, la misma, que, una vez llegada a la entrada de la fortaleza, hicieron que lo detuvieran. Aunque su mirada estaba puesta en las cortinas oscuras que hondeaban en el exterior, las cuales solían usarse en señal de luto o de aguardo ante malas noticias. Gruño al observarlas, temiendo lo que se encontraría.  


— ¡Alto! — Grito un guardia al verlo bajar de su caballo. — ¿Quién es usted? —  Pregunto el guardia al acercarse, tan joven que debería de ser la mitad o más joven que el propio isleño.  Pero este lo ignoro, solo camino en dirección a la entrada, atrayendo mayor atención a la escena, haciendo que, durante cada paso dado, un tumulto de guardias y sirvientes comenzaran a acercarse anda más verlo. Siendo los sirvientes, quienes comenzaron a susurrar y a señalarlo en cuanto lo vieron, dejando a los guardias con dudas al no saber quién era aquel hombre.  

 

El caos comenzaba a enredarse entre los gritos cuando Ragnar estuvo cerca de la entrada. Haciendo que un guardia por osadía o valentía se atreviera a ponerle una mano encima, solo para ser desarmado y luego empujado hasta una columna, llegando a palidecer ante la violencia de aquel hombre que, señalo el estandarte de los Tenerius colgados, antes de hablar en un tono que evidenciaba preocupación, ira y malestar. —¡¿Dónde está mi hermano?! —tronó la voz al hablar. 


—¿Su… su hermano? —balbuceó el guardia más cercano, con la mirada fija en la empuñadura que Ragnar ya comenzaba a desenvainar. 


Y entonces, una voz grave, firme, y ajena al pánico, habló desde la sombra del corredor. 

—Basta, Strombrige. Aquí no estás en el campo de batalla. 


El tono no fue de mando, ni de súplica. Fue la voz de alguien que sabía que, para controlar a un toro, hay que hablar como quien ya lo ha enfrentado. Ragnar alzó la mirada. Entre los pilares de piedra, emergía una figura encorvada por los años, pero no vencida. Apoyado en un bastón de madera tallada, con una pierna envuelta en correas de cuero para ayudarle a caminar, se acercó Aldrich, el viejo maestro de armas de la Casa Mervaine. Los soldados retrocedieron. Ninguno se atrevió a interponerse. Ante lo cual, Ragnar bajo su espada al reconocerlo.  


— Son reclutas, la mayoría simples voluntarios que comenzaban hoy por primera vez, no te desquites con ellos, no saben quién eres.  


Ragnar soltó al joven antes de enfundar su espada. Al reconocer el miedo e incertidumbre de quienes le rodeaban.  


—No pensaba verte de pie, Aldrich —gruñó el isleño. 


—Y yo no pensaba que luego de dos años en prisión no volvería a verte. —respondió el viejo sin inmutarse—. Pero la vida siempre guarda sorpresas para los tercos. — Hizo una seña para que los soldados volvieran a sus puestos, dejando a los dos hombres caminar al interior de la fortaleza. 


—¿Está vivo? —preguntó Ragnar con voz grave, sin nombrar a Andreus. 


Aldrich asintió lentamente. 


—Sí. Pero solo se le permite acceso a los médicos y a los consejeros, de resto, son solo rumores.  


Ragnar volvió a sentir mientras caminaban por el corredor. Apreciando el cambio sufrido luego del asedio. Lo que antes era un corredor repleto de estatuas destruidas, cortinas rasgadas y restos de escombros, se había convertido en un lugar iluminado repleto de cuadros y sirvientes joviales quienes hablaban o alcanzaban a reírse al trabajar. Distanciándose aún más del recuerdo de la guerra, por el de la paz.  


—¿Y tú? —inquirió Ragnar, sin dureza. 


—Yo mantengo el orden y cuido lo que queda de este bastión. No necesito verlo para saber que sigue dando órdenes desde la cama —replicó con una media sonrisa —. Ya sabes cómo es. 


Ragnar bajó la vista un segundo. Solo un instante. Luego, con un leve movimiento de cabeza, reconoció algo que no dijo en voz alta. 


—Gracias —murmuró. 


—Tú me diste una segunda vida —respondió Aldrich una vez llegadas a las escaleras—. Solo intento no desperdiciarla. 


— ¿Entrenando voluntarios? 


— Es mejor seguir sirviendo, que estar muerto.  


Ragnar mostró una breve mueca ante aquellas palabras. Pensando en la primera vez que se enfrentaron en los establos. Aun herido, el maestro de armas se encargó de mantenerse en alto hasta que la herida fue la que le hizo caer y no la lucha entre ambos, aun ante ello, prefirió pedir que le curaran bajo el ideal de volverse a encontrar en duelo, algo, que jamás volvió a pasar. Aunque el anciano seguía en buen estado, era evidente por su pierna, que los tiempos de soldado se habían terminado.  


—Dime por dónde subir. 


Aldrich señaló la torre más alta con el bastón. 


—Tercera escalera del ala este. Dos guardias en la puerta. No preguntes, no exijas. Espera a que él decida si te recibe. 


Ragnar dudo ante aquella respuesta, pero no lo evidencio, no aceptaba que cualquiera dictara su comportamiento, pero lo acepto. El recorrido fue largo, hasta llegar a la cima.  Durante todo el trayecto, solo pensaba en que sería lo que se encontraría. Ningún asalto le provocaba lo que su mente dictaminaba al pensar en el estado de su hermano. Por ello, cuando llego al pasillo que daba a los aposentos de Andreus, se encontró con los dos guardias mencionados, y ante ellos un hombre de aspecto saludable que empleaba una túnica gris, junto a él, traía una pequeña caja de mano, repleta de frascos, vendajes y hierbas que aromatizaban el interior de la sala.  


— ¡Ah, el señor Ragnar! — Hablo el hombre al observar al isleño, extendiéndole la mano. — Soy el Maestre Orthen, encargado de la curación de nuestro señor. 


— Orthen. — Replico el nombre del señor al verlo. Un hombre de cabellos claros y ojos oscuros, de buen aspecto e higiene. —  No reconozco ese nombre. 


— No soy imperial como puede ver. Nací y me crie en la ciudadela, allí realicé mis estudios en medicina. Su hermano había solicitado mis servicios con antelación, al buscar un maestre personal. Pero recorrer de extremo a extremo el imperio, es un proceso extensivo. 

 

Ragnar reacciono con un, léveme movimiento al oír sobre la ciudadela. Una isla cercana a la frontera marítima del imperio, la cual solo era accesible por un puente de mármol. Siendo considerada un lugar de conocimiento para los estudios humanicé, y solo podía ser accesible por una invitación de los rectores de las diversas áreas que se enseñaban, solo si el estudiante pasaba un examen para mostrar su valía y no su incompetencia. También eran contadas las familias de académicos que vivían en la misma isla, siendo los únicos que podían estudiar sin la necesidad de un examen, pero a costa de no poder retirarse de la isla sin permiso del propio consejo, haciendo que dudara de las palabras del hombre, pero al fijarse en el colgante triangular que portaba el hombre, que decía la verdad.   


— ¿Cómo sigue mi hermano?  


— Las heridas han sanado como se podría esperar. — Respondió en un tono lento, aunque alcanzo a evitar el asombro ante el término de llamar al lord de Agatha como un hermano, no era su deber preguntar la veracidad de aquella información, por lo que mantuvo la misma tranquilidad al responder. — Pero el dolor que le provoca hace que su estado de ánimo se vea afectado, he recomendado el uso de leche de amapola para ayudarlo a descansar.  


— ¿Leche de Amapola? —Replico Ragnar al oírlo.  


— Sí, ha salvado incontables vidas del sufrimiento. Pero se niega a su uso, haciendo que padezca de dolores o desmayos constantes producto del su estado actual. — El maestre negó con la cabeza al decir eso último. Un acto similar de quien, al preocuparse por su paciente, espera la mejor disposición, pero solo se encuentra dificultades. —Por lo que he venido a cambiar sus vendajes y revisar su salud.  He de suponer, que también ha venido por eso mismo.  


Ragnar no respondió de inmediato. Su mirada permaneció fija en el rostro del maestre, como si intentara descifrar cuánto de aquella preocupación era auténtico y cuánto parte de la cortesía profesional que solía abundar en la corte. Finalmente, asintió con gravedad, apenas un leve movimiento del mentón. Suficiente para que el maestre con la misma actitud serena sonriera.  


—Guíame. 


El maestre Orthen asintió con diligencia, sin más palabras, y se giró hacia las puertas que guardaban la estancia. Con un gesto breve a los centinelas, uno de ellos empujó las hojas de madera tallada, abriéndolas con un leve crujido que pareció sacudir el aire. Haciendo que al cruzar el umbral detrás del maestre, la primera impresión no fuera la penumbra que envolvía el cuarto, sino el olor: una mezcla penetrante de hierbas secas, ungüentos amargos y el tenue aroma metálico de la sangre seca. No era un aroma fétido, pero sí lo bastante denso como para anclarse a la garganta y arrugar la nariz.  


El cuarto era amplio, abovedado, y a pesar de la hora, la penumbra reinaba en él. Las cortinas apenas dejaban filtrar la luz, tamizándola en un ámbar mortecino que bañaba el lecho central, elevado sobre una tarima de madera negra. Se encontraba Andreus. Reclinado entre almohadas altas, cubierto con una manta de tonos oscuros, el nuevo señor de Agatha no tenía el aspecto de un hombre derrotado. A pesar de la palidez y el vendaje que cubría parte de su torso y brazo dominante, sus ojos estaban abiertos, despiertos. Observaban con intensidad a quienes lo rodeaban, mientras su voz —grave, aunque ligeramente opacada por el dolor— se proyectaba con autoridad.  


Junto a su lecho, estaba rodeado de pergaminos, libros y una pequeña mesita con platos apilados de comida. Evidenciando que no se había retirado del cuarto en ningún momento, alrededor de la cama, cinco personas debatían entre sí. La primera en llamar la atención del isleño era Nymia; la erudita se encontraba sentada al lado de la cama, con un pergamino abierto del cual escribía constantemente, solo dejando su trabajo al observar los presentes, antes de continuar con sus anotaciones. 

  

Actitud que contrastaba con la de Lazkel, quien se encontraba de pie junto a un escritorio lateral, llevaba la armadura de guardia, la cual aún contenía manchas de sangre y abolladuras que mostraban su reticencia a arreglar. En su rostro juvenil, se observaba una inflamación que apenas estaba mermando en la parte derecha de su rostro, la cual había dejado tonos verdes que contrastaban con la palidez que le caracterizaba: — “Debió de ser una gran pelea” — Pensó Ragnar al verlo.  


En la parte baja de la cama, a una distancia prudencial, se encontraban tres figuras civiles que completaban el grupo. Siendo: un hombre de ropas finas, con dedos engarzados de anillos; una mujer de expresión pétrea, con un medallón heráldico; y un tercero, de complexión ancha y rostro sudoroso, que sostenía un documento enrollado con ambas manos. El cual descargaba en una mano antes de tomar un pañuelo y usarlo para limpiarse el sudor.  


—Si los gremios siguen exigiendo exenciones —decía Andreus, interrumpido a ratos por su respiración pesada—, recordadles que fue este gobierno el que evitó el saqueo de sus almacenes. No toleraré chantajes. 


—Mi señor, ellos alegan que sin esas exenciones no podrán sostener las caravanas hacia el sur —replicó el hombre de los anillos, con tono cauteloso. 


—Entonces encontraré mercaderes que sí puedan —replicó Andreus sin rodeos. Haciendo un gesto con la mano. Pero el noble no retrocedió. 


— Lo siento mi señor, pero las arcas.  —Titubeo al hablar. — No contamos con el suficiente oro para pagarlas.  


— ¿Y los fondos de la iglesia? — Replico la mujer con el collar heráldico. — Estaríamos dispuestos apoyar a nuestro señor, siempre que él nos devuelva el favor.  


— ¿Solo para padecer una deuda que jamás se agotaría? — Hablo el segundo noble en medio de los dos. —Por favor, mi señor, le pido que reconsidere esa oferta. Ya nos ha tomado mucho conseguir que la nobleza acepte el nuevo gobierno y los campesinos toleren a los no humanos que recorren nuestros campos. Si le damos mayor poder a la iglesia, sus reformas podrían no ser llevadas a cabo.  


Andreus observo a los tres presentes, sopesando las opciones que le deban. Aunque su respiración era dificultosa, y un leve rastro de dolor paso por su rostro, no fue suficiente para dejar de mantenerse firme. Manteniendo una mirada sostenida por un orgullo que ni el dolor parecía doblegar. Haciendo que los presentes lo observaran con expectativa a lo que diría o a las aceptaciones que realizaría. 


—Las caravanas, los almacenes, los votos de la nobleza… siempre el mismo lenguaje —dijo al fin, su voz grave, pero aún dominante, haciendo que los murmullos cesaran. 

Luthen Valcross, el noble de anillos y ropajes finos, inclinó la cabeza apenas, como si aquello fuera su señal para insistir. 


—Mi señor, le hablo por aquellos que aún guardan algo en los graneros. Nos hemos esforzado en convencerlos de que este gobierno no es una amenaza. Pero si seguimos cediendo, si seguimos aceptando extranjeros —miró brevemente a Lazkel y luego a Nymia, aunque sin nombrarlos—, pronto no tendremos ni campesinos ni nobleza que deseen obedecer. 


Andreus no respondió de inmediato. El dolor le crispó la mandíbula. En comparativa al noble, la Fraterna Yseldra, la mujer del medallón heráldico avanzó medio paso, su tono era suave, pero con la seguridad de quien hablaba en nombre de algo más antiguo que los reinos. Que incluso la presencia del noble Luthen alcanzaba a callar, haciendo que, entre ambos, una mirada de malestar se intercambiara.  


—La Iglesia no busca dominio, sino orden. — Acaricio brevemente el colgante que traía, un círculo marcado por la cruz y en cada extremo, siete lanzas. — Podemos sostener parte del sistema de víveres con a los no humanos que ha permitido establecerse, incluso colaborar con los hospitales. Pero, a cambio, debemos participar en la formación de las nuevas leyes. El alma del pueblo necesita contención, dirección espiritual. Algo que su predecesor negó cuanto pudo, dejando a los fieles desamparados a la barbarie.  


—Lo que necesitamos son cuerpos. —interrumpió Gered Malk, el tercer hombre, más ancho y de rostro siempre perlado de sudor. Levantó el pergamino en su mano y lo sacudió levemente—. Un ejército de fantasmas no protege los caminos. —  La pronunciación fue suficiente para hacerle sudar. — Ni los votos del clero llenan los cofres. Sin milicia, sin tributo, Agatha es solo un símbolo vacío. Después del próximo diezmo, si no tenemos fuerzas o recursos, el propio emperador podría mandarnos a la horca por deslealtad.  


Andreus cerró los ojos por un instante, como si la luz le pesara. Luego, sin girar el rostro, murmuró: —Nymia. 


Ante la pronunciación de su nombre, alzó la mirada. Siendo una mezcla de dudas y nerviosismos, pero al ver de reojo de su señor, se sintió lista, haciendo que su rostro, joven y enmarcado por mechones oscuros, mostró un leve sonrojo. Paso levemente la lengua por los labios, humedeciéndolos, intentando buscar las palabras apropiadas al hablar, y cuando lo hizo, su voz fue clara, educada, y firme. 


—Si me permiten… —comenzó, con un tono respetuoso—. El pueblo aún se recupera. Muchos no están listos para tomar armas ni responsabilidades, aunque los voluntarios que se han presentado se valoran, seguimos padeciendo escasez en múltiples apartados como han expresado. Pero los no humanos… —  Al hablar de los otros, llamo la atención de los presentes, que, entre dudas, la observaron.  — Llevan generaciones siendo excluidos. Algunos de ellos tienen formación, otros buscan una causa. Si se les permite ocupar cargos administrativos menores, bajo supervisión, podríamos reforzar las estructuras sin depender exclusivamente del voluntariado local. E incluso emplearlos cómo fuerza de trabajo a menor costo.  


Valcross apretó los labios, pero fue Yseldra quien habló. 


—¿Y si su lealtad se encuentra fuera de nuestras fronteras? ¿A caso hemos olvidado las guerras y desprecios recibidos por ellos?  


—Entonces la delimitaremos mediante juramentos civiles, no religiosos. — Intervino sin miedo. —  Ciudadanía progresiva, acceso limitado, supervisión constante —dijo Nymia—. Pero no podemos seguir exigiendo milagros al pueblo sin ofrecerles descanso. Tampoco podemos presionar a los... otros, debemos de construir desde la tolerancia antes de permitir un nuevo verano negro.  


Andreus asintió levemente ante la propuesta de la erudita, la sola mención del verano donde los no humanos fueron expulsados por motivos raciales, aún se mantenía en la memoria de quienes conocían la historia. Una etapa donde la sangre abundaba más que el agua. Y donde el miedo era tan constante que la felicidad parecía un mito. La sola imagen fue suficiente para hacerles retroceder, momento que la erudita aprovecho.  


—En cuanto a los fondos —siguió Nymia—, podríamos aceptar ayuda de la Iglesia, pero no como deuda directa. —  Observo a la Fraterna — Que sean convenios fiscales: hospitales, hospicios, educación. No injerencia en las cortes, ni en la milicia. Así se mantiene la separación sin cerrar la puerta al diálogo. El pueblo tendrá su salvación espiritual y nosotros el apoyo para estabilizar la región.  


—Podría aceptarse —dijo Yseldra con cautela— si el Consejo de la Luz supervisa parte de la administración. 


—Negociable —murmuró Andreus. — Pero aceptaré una reunión una vez terminada este asunto. 


—Y la milicia —añadió Nymia— podría reforzarse con compañías extranjeras bajo contrato temporal. Mercenarios, refugiados, leales, incluso desertores. Si se reglamenta su incorporación, podrían darnos estabilidad mientras se recupera el ejército regular. 


—Una Guardia de préstamo… —repitió Malk con una risa corta—. No sé si es brillante o una locura. —Se llevó una mano a la frente con tan solo pensarlo. —Otorgaría tiempo para obtener financiamiento sin acceder directamente a lo establecido para el diezmo.  


Andreus. Luego volvió su mirada hacia Valcross:—. ¿Lo apoyarían los tuyos? 


El noble rural vaciló. Luego habló: —Lo aceptarían, si los dejas opinar en el Consejo de Guerra. 

—Entonces que se forme uno nuevo —dictó Andreus luego de tres respiraciones, como si el simple acto de hacerlo, le quemara los pulmones—. Un Consejo mixto, con nobles, soldados y sabios. Pero sin veto, sin privilegios. Junto a un consejo de diplomacia con las casas que han estado abiertas a reunirse con nosotros y uno de logística para las reformas venideras. 


Su mirada se deslizó por los presentes, haciendo que los civiles intercambiaran miradas antes de hacerlo, siendo el gesto más revelador el de la Fraterna, quien acaricio el collar que la identificada como mensajera de la iglesia imperial, llegando a murmurar para sí misma. Ante la ausencia de una respuesta próxima.  Andreus volvió a reclinarse contra las almohadas. En su rostro se leía el cansancio, con cada gesto, aun cuando mantenía la firmeza en su tono. 

Fue entonces que, entre las sombras del fondo, Ragnar dio un paso al frente, revelando lo difícil que le era observar a su hermano, desde la palidez de su rostro, hasta el descuido de su estado. Andreu al notarlo suspiro pesadamente, antes de dar una orden: —Déjennos. — Hablo en un tono formal, pero era un reflejo de desgaste. El maestre Orthel camino detrás de los presentes, en busca de dejar sus cosas en una mesita cercana, donde comenzó a tomar los frascos con hierbas, líquidos y especias, ahora luego comenzar a combinarlas en silencio. 

—Mi señor, aún queda por discutir el nuevo mapa de tributos... —empezó Malk. 


—He dicho que nos dejen —repitió Andreus con una severidad que no admitía réplica. 

Luthen Valcross asintió con una reverencia tensa. Yseldra se inclinó brevemente. Malk titubeó, pero finalmente giró sobre sus talones. Dejando tanto a Nymia como a Lazkel en expectativa sobre si la orden también iba dirigida a ellos. La erudita continuó anotando en silencio los últimos resquicios de ideas y propuestas, hasta sentir la mirada de Andreus sobre ella, haciendo que el intercambio, al verse, se tornara incómodo. 


— Tu también Nymia. — Añadió Andreus en un suspiro, aunque la erudita intento replicar, él he visto consumir alimento alguno desde el desayuno. Ve y continuaremos después.  


La erudita dudó, pero ante la severidad con la que la observaban, termino aceptando en silencio, recogiendo todos los pergaminos que traía consigo antes de retirarse luego de una reverencia formal. Siendo seguida por la mirada de Lazkel, hasta que ella bajo la cabeza, al estar cerca de Ragnar, incapaz de evadir la incomodidad que sentía ante el isleño, que poco o nada, le intereso su reacción. Al sentir la puerta cerrarse, Ragnar camino hasta la silla donde Nymia había estado unos segundos antes y la arrastro hasta el borde de la cama. 


— Hermano. — Ragnar le extendió la mano a Andreus, pero él negó con la cabeza.  


— También te pido privacidad a ti  Lazkel.  


— Mi señor. 


—Sin peros. —Hizo un gesto con la mano para que dejara de hablar. — Aunque agradezco la dedicación y devoción que has presentado al no apartarte de mi lado desde que pudiste ponerte en pie, también has de cuidarte, por eso mismo. Maestre Orthel.  


El maestre al oír su nombre se acercó tan pronto como pudo, aun llevando consigo un frasco que contenía un líquido de aspecto para nada agradable.   


— ¿Listo para cambiarse los vendajes? 


— No, primero quiero hablar con mi hermano. 


—Mi señor, me temo que debo de recordarle la importancia de su salud, la última vez apenas le bajo la fiebre. Y... 


— Aún no estoy tan viejo para morir por enfermedad. Por favor, le pido que revise a mi guardián Lazkel antes que a mí.  


— Mi señor, no es necesario. Puedo mantenerme de pie y usar la espada, no debe de preocuparse por mí, incluso... 


—Insisto. — El azul en los ojos de Andreus, era tan intenso que hizo retroceder la seguridad que presentaba el guardaespaldas. — ¿De qué me sirve un protector que descuida su salud por asegurar la mía? 


Igual que Nymia, el guardaespaldas quiso replicar, pero ante la severidad de las palabras de Andreus, comprendió que era absurdo intentarlo. Ante ello, hizo un gesto de saludo militar antes de dirigirse a la salida, seguido del maestre Orthel quien hizo una mueca de desaprobación ante ello: — En cuanto termine de revisarlo, vendré tan pronto para asegurarme de su bienestar y no aceptaré reparos. — Ambos hombres se vieron unos instantes antes de que el médico terminara por buscar parte de su equipo y llevárselo consigo. 


Solo entonces, una vez que quedaron solos, Andreus cerró los ojos. La fatiga se evidenciaba en su rostro, su respiración era pesada, la palidez de su piel reflejaba que igual que el guerrero, la idea del descanso se había desvanecido hacía mucho tiempo, obligándose a sí mismo a trabajar hasta que el cansancio le superara y el cuerpo lo obligara a dormir. Ragnar se levantó brevemente al notar la resequedad en los labios de su hermano, buscando una de las jarras con agua y vino que había en el escritorio que hacía unos instantes era empleado por el maestre para preparar sus ungüentos. En cuanto le entrego la copa al señor de Agatha y probarla, una leve señal de descanso afloro en su rostro. 


— Gracias. 


La copa de vino aguado tembló levemente en la mano de Andreus antes de que la dejara sobre la mesilla. El movimiento fue medido, contenido, como todo en él. Le dolía fingir que el dolor no existía, y ya no valía la pena intentarlo. Pero ante la presencia de Ragnar, ya no era necesario realizarlo. Incluso el isleño, son su rostro paciente, reconocía quién era el verdadero Andreus, quien había detrás de esa forma paciente, serena y reservada. La misma imagen que había construido a lo largo de los años, la misma, que conoció hacía siete años atrás, en una isla infestada de ahogados, monstruos, cuervos y un penetrante olor a sal marina. Incluso entonces, su hermano, antes de saber que lo era, ya hablaba como si llevara una corona invisible. 


—¿Quién fue? —preguntó por fin. Luego de unos instantes, con la voz ronca, endurecida por la cólera. 


Andreus ladeó los labios en una sonrisa que no alcanzó a ser burla ni consuelo: —¿Lo preguntas como hermano... o cómo verdugo? 


—Cómo ambos.  


Andreus bajó la mirada. Cerró los ojos un momento, buscando en el silencio una tregua, una luz que le ayudara a decir las palabras adecuadas para lo que vendría a continuación.  Siendo con cada respiración, una sensación de debilidad que le arrancaba un trozo de fuerza, pero su tono permaneció templado, firme de quien no le teme a la incertidumbre ni a lo que vendrá después de ella.  


—Ya no importa quiénes fueron… sino quién los envió. — Se acomodó en la cama con dificultad, y una mueca le cruzó el rostro. 


—Entonces dilo. —Ragnar arrastró la silla hasta quedar casi al borde del lecho. Su rodilla crujió al apoyarse, pero no hizo gesto de dolor—. Siempre hablas así cuando quieres controlarlo todo. Pero esta vez no lo tienes, Andreus. ¿Qué estás escondiendo? ¿Qué estás evitando?  


El señor de Agatha no respondió de inmediato. Se llevó una mano a la frente húmeda y se limpió con parsimonia. 


—Llevaban un emblema: una luna hendida por una daga. No hay registro de ellos en los archivos del Imperio. Pero Nymia siguió un rastro de rumores… y nos llevó a las Tierras Perdidas. 


Ragnar alzó las cejas. 


—¿Per-Bhast? 


Andreus asintió, apenas. Siendo una sombra la que le cruzó el rostro al decirlo. El nombre bastaba para ennegrecerle el ánimo y amargar su mirada. Apoyó la mano sobre la sábana con tal fuerza que se marcaron los nudillos. Ante ello, Ragnar frunció el ceño. Conocía las historias. Bestias del desierto y la tierra, usadas de entretenimiento; sacrificios, esclavitud, grupos de parias, asesinos, contrabandistas y desdichados que recorrían de extremo a extremo la nación. Pero poco más debido a que  Andreus y Bershka habían evitado siempre llevar a la compañía hasta allá, incluso rechazando contratos lucrativos. Algunos miembros de la compañía decían que por cautela. Otros, por miedo. Pero nadie lo sabía con certeza, solo que los líderes evitaban cualquier contacto con aquel lugar.  


—¿Sobrevivió alguno de los atacantes? 


—Los dos. Los que colaboraron dentro no. —  Se detuvo a un segundo al recordar los cuerpos de los mercenarios y sirvientes hallados. — Encontramos sus cuerpos cerca de la mansión. Incluso al verdadero Tharne. 


Ragnar parpadeó, confundido. 


—¿"Verdadero? 


—El que estuvo en el baile era un impostor, un asesino entrenado para parecerse cuanto fuera posible para adentrarse en la corte. Nymia nos reveló eso cuando menciono el nombre de Elodin, él —hizo un gesto lento con la mano, en un intento de hacer gráfica la escena, sin apartar la mirada del techo—. Quienes vieron la escena creen que fue un ritual. Yo creo que fue… una forma exagerada de tortura. 


Ragnar masculló algo entre dientes. 


—Si me hablas con tanta calma, es porque aún no les has sacado nada —dijo, tenso—. ¿Dónde están? ¿Por qué sus cuerpos no están colgados en la plaza? La ciudad debe ver lo que les pasa a los traidores. Dame la orden. 


— ¡No! —La palabra salió seca, cortante. Andreus golpeó la cama con la mano abierta. Ragnar se apartó un paso, sin miedo, pero sí con sorpresa. Al darse cuenta de lo que hizo, Andreus volvió a respirar hondo. Le costó hacerlo, por lo que su tono fue bajo al volver a hablar.  —No —repitió, al igual que negó con la cabeza, despacio—. Actuar así no serviría de nada. 


—¿Nada? —Ragnar se puso de pie. La silla cayó con un estruendo seco—. ¡¿Nada, dices?! ¡Esto no es por compasión, Andreus! ¡Ni por tu maldita imagen! Esto es tu vida. ¡Tuya! 

Dio un paso más hacia la cama.  


—Si aún estuviéramos en Aett, ya habría reunido hombres para lanzarnos sobre esos bastardos. Ya sabríamos sus nombres. Estarían suplicando una piedad que les sería negada. — Lo miró con una mezcla de furia y ruego. —Así que da la orden. Donde sea que los tengas, y déjame hacer lo que sé. Haré que hablen, o que se arranquen los dientes con las manos. Pero alguien pagará por tocarte, y me aseguraré que así sea.  


Andreus no lo miró. Sus ojos se perdieron en algún punto invisible. El silencio se hizo largo, demasiado largo. Cuando al fin habló, su voz sonó lejana. 


—Eso es justo lo que quieren. Que reaccione. Que actúe como un tirano en defensa propia.  Pero, no lo haré.  


— ¿Por qué no? La mejor defensa es mostrar fuerza —dijo Ragnar, señalándolo con el índice—. Y lo sabes. No es tiempo para mostrar debilidad.  


Andreus lo miró, por fin, cansado. 


—La fuerza sin juicio… es miedo. Y el miedo se convierte en odio. Siendo eso, lo que lleva a la rebelión. — Bajo la vista al decir eso último. —Acabamos de salir de una guerra, Ragnar. Apenas estamos cosiendo las costuras de esta tierra y con ello, nuestra relación con el imperio. No provocaré otra guerra, no lo haré.  


—No quieres —le corrigió Ragnar, con voz baja—. Pero si el precio por no asustar al pueblo es morir por su confianza... entonces te estás colocando la soga al cuello tú mismo. No buscamos otra guerra, sino que te respeten, que acaten órdenes, y si el precio por la obediencia es el miedo, que así sea.  


—Tú buscas respeto con sangre. Pero esto no es Aett —Andreus alzó la voz, más fuerte ahora, incluso levantándose brevemente, obligando a Ragnar a retroceder medio paso—. Aquí, hay leyes. Hay códigos. No vivimos para el honor en las calles y la gloria en batalla. Aquí solo hay reglas... y consecuencias. Es el precio del orden.  


Ragnar apretó los puños. Luego gruñó, maldijo por lo bajo y suspiró. Se quedó un momento en silencio. 


—Cuando te vi por primera vez —dijo, sin mirarlo—, pensé que eras otro noble imperial, otro perro perfumado queriendo jugar a la guerra. Pensé que venías a mi tierra a comprar fieras para mostrar que la tenías más grande que tus amigos de la corte. 


Andreus no dijo nada. 


—Pero no. —  Dio media vuelta para buscar la silla y colocarla en sí sitio. — Nos contrataste. Nos guiaste. Y Fuiste, el primero en cruzar el río helado cuando caímos en la emboscada de Harken. No diste órdenes: peleaste con nosotros.  y ... — Una vez organizada la silla, la arrastro hasta la cama nuevamente. —  Me salvaste de morir ahogado.  —Se volvió a sentar, la voz ya quebrada por algo que no era rabia. —No entendí por qué un imperial salvaría a un isleño. Tal vez ya sabías que éramos hermanos. Tal vez no.  No me importaba antes, ni ahora. Pero me bastó para saber que podría confiar en ti. —Lo miró, esta vez sin orgullo. Solo, con la preocupación de un familiar. —Ahora soy yo quien te lo pide… no. Ahora te lo exijo: déjame salvarte también.  


Ragnar mantuvo la mirada fija en su hermano, incluso llego a extenderle la mano, pero este se negó. El desaire le había llegado, la fatiga se había encargado de robarle, la fuerza se mostraba con orgullo hacía tan solo un momento atrás. No vio a un hombre, sino a su hermano menor herido, y eso le molestaba, incluso llegaba a incomodarle más que la negativa de este al darle la libertad de ir y acabar con sus atacantes. Ante el silencio del señor de Agatha, Ragnar volvió a suspirar, ahora levantándose para dirigirse hasta la jarra de vino, sirviéndose en silencio.  


— Aún hay algo de lo que debemos hablar.  


 La voz de Andreus era silenciosa, apagada y distante.  Ragnar lo miro por sobre el hombro, en lo que tomaba la copa a rebosar con el vino.  


— ¿Qué? 


— Si no he tomado ni dado órdenes. Es porque falta alguien que debe de saberlo, antes de hacer algo.  


— ¿Quién? — Volvió a preguntar Ragnar en lo que se terminaba la copa en un trago.  


— Salomón.  


Ragnar abrió los ojos, antes de atragantarse con el vino, llegando a escupir una parte del contenido al suelo, en cuanto escucho el nombre. Su respiración se tensó, sus manos terminaron cerrándose en puños y su rostro paso del asombro al odio y del odio a la duda. Haciendo que dejara la copa a un lado antes de volver a acercarse a su hermano, ahora con la mirada clavada en los ojos de este, esperando cualquier rastro de engaño, solo para encontrar claridad. 


— Debería de estar muerto. —Agrego con duda disfrazada de ira. —  falleció en el ataque, todos lo vimos en el puente. Él... él estaba muerto al caer. 


— No. — Andreus respondió con cierta distancia. Ahora su mirada se encontraba en otro lado de la habitación, evitando a su hermano. — Vivió, pero en un estado donde la muerte habría sido un mejor desenlace. — Soltó un suspiro antes de volver a buscar una mejor posición, la espalda no hacía más que gruñirle por su postura. — Lo he mantenido como enlace con los no humanos que nos ayudaron durante el asedio.  


— ¿Con los elfos? — Al pronunciar el nombre, una mueca de desagrado se formó en el rostro del isleño. — ¿Ha estado ayudando a esos orgullosos amantes de las plantas durante dos años y medio? ¿A esos bastardos que solo velan por sí mismos? 


— Fue... nuestro trato. — Se acomodó con cierta dificultad al encontrar una postura que le reconfortaba. — A cambio de ser nuestro enlace, cortaría lazos con nosotros hasta que fuera necesario.  


Ragnar tomo asiento, arrastrando la silla de tal manera que este chillo ante el gesto. Reflejando la postura del hombre ante su hermano. 


— Antes de que asumieras la corona, nos juraste a todos, que no volverías a hacer alguno de tus engaños. — Ragnar era incapaz de verlo, le producía desagrado el saberlo, aun cuando se sentó cerca de él, su malestar no le impedía el quererlo, aun si lo desaprobaba. — Después de lo que hiciste con aquel mago... 

 

— No te atrevas a recordármelo. — Interrumpió Andreus, ahora en un gesto autoritario que sorprendió a Ragnar. — No me enorgullezco de lo sucedido en Hemeris.  —  El nombre de la academia emergió de los labios del rey con malestar, impregnado de una sensación de culpa. — De todos nosotros, alguien debía de elegir estudiantes, estudiantes antes que... los invitados. — Andreus volvió a apartar la mirada, ahora, el reflejo del desgaste era más evidente, en especial en como sujetaba las sábanas. — Yo elegí, no tú, no Bershka, ni nadie, fui yo y cargaré con eso. Igual que antes, igual que ahora.  


Ragnar gruño ante las palabras de su hermano, pero no interrumpió. Al pensar en aquel lugar, su mente volvía a recorrer los pasillos repletos de cuerpos, el olor penetrante de la sangre y los gritos provenientes de su interior, con tan solo pensar en lo sucedido en ese salón, una parte de su ser sentía las ganas de vomitar. Por lo que solo se limitó en respirar antes de alzar la mirada y preguntar. — ¿Por qué? — Ante la pregunta, Andreus no lo miro, solo volvió apartar la mirada en dirección a la entrada.  


— Necesitaba un agente en caso de que fallara el asedio. — Sabía que no era la respuesta correcta a su pregunta, pero sería la única que le daría — Lo sucedido en el puente, fue un sacrificio necesario.  Nos ayudó a obtener la victoria y a cambio el solícito poder estar en paz. — Se quedó callado unos segundos, observando la entrada de la habitación, escuchando en medio del silencio de la habitación, en como murmullos del exterior comenzaban a apagarse, dando señal que algo se acercaba. — Nos siguió desde el gran desierto durante cuatro años, lucho, sangro, sufrió a nuestro lado. —  Asintió al decir cada palabra, recordando cada momento, desde el extranjero hasta el ahora. — Aun con las dudas respecto a su lealtad, se mantuvo con nosotros y por ello, merecía su recompensa.

  

— ¿A costa de mentirle a tus hombres? Todos sufrimos o perdimos más que él, pero le diste la libertad de irse, ¿Por qué? ¿Bershka lo sabía acaso? — Al decirlo, esperaba una respuesta, pero solo recibió una mirada que le hizo saberlo.   — Por supuesto. Ustedes dos siempre compartiendo secretos.  


—Era lo correcto. 


— Repítelo si quieres hasta creerlo ¿Por qué eso le dirás a quienes aún siguen con nosotros? ¿Caett? ¿Torvus ¿Gartel? De la tropa original, de los errantes que luchamos bajo tu estandarte.  Todos fallecieron por tu sueño. Ellos tres, no, nosotros cuatro estuvimos allí en su funeral, los últimos de setenta y dos individuos dispuestos a seguirte por qué creíamos en ti, ¿Y por qué? ¿Para aún en el último momento, mentirnos?  


— ¡Jamás les mentí! — Andreus golpeo la cama con la suficiente fuerza para provocar un sonido hueco. — Un líder debe de elegir lo mejor para los demás, aun si es a costa de su reputación o de su vida.  


— Lo dices, pero aún aquí estás, sacrificando tu vida por un reino que no te perdonara, ¿Es lo que quieres? ¿Morir en esta cama por un sueño? 


— No. 


— ¿Entonces por qué? 


— Por un legado. Por darle justicia a quien no la tuvo, por darle un futuro a quien vendrá después de que ya no este. — La voz de Andreus se cortaba, el dolor comenzaba a empeorar, pero no era suficiente para detenerlo. — Lo compartí contigo cuando decidiste unirte a mí, no buscaba gloria, ni honor, ni riqueza, solo restaurar un hogar.  


— Ese hogar será tu tumba. Y no deseo estar presente el día que, por todo lo que luchaste, sea destruido por un ideal.  


Andreus rechinó los dientes ante la respuesta de su hermano. Los ideales y aspiraciones habían sido las bases sobre las cuales se había construido el mundo, y la diferencia radicaba en la forma de llevarlos a cabo. No se avergonzaba de lo que había hecho, ni de lo que estaba dispuesto a hacer. Sin embargo, nada de lo que dijera o hiciera cambiaría la firme postura de Ragnar, quien se mantenía inquebrantable en su opinión. 


El rostro de Ragnar era indescifrable, una calma inquietante que dificultaba saber lo que realmente sentía. Andreus podía ver en sus ojos una mezcla de molestia y cariño, un afecto que solo un hermano podría tener, que aun ante el desacuerdo, seguía primando el aprecio. Aún, que aquel sentimiento no era suficiente para conciliarlos en sus posturas.  Manteniendo la distancia entra ambos, hasta la interrupción provocada primero por la apertura de la puerta, seguido del sonido de unos pasos lentos y pesados.  


Ragnar se acercó a la empuñadura de su espada, preparado para averiguar quién entraba, listo para atacar primero y pensarlo después. En contraste, Andreus mantuvo la mirada fija en un punto, conteniendo la respiración hasta que la figura se hizo visible, provocando que Ragnar chasqueara la lengua ante su imagen. Llegando incluso a mantener la mano puesta sobre la empuñadura, sin estar seguro de como reaccionar al verlo.  


Era un hombre, una cabeza más alto que Ragnar. Su apariencia tonificada no correspondía con los harapos que vestía, propios de un viajero que había recorrido caminos polvorientos durante demasiado tiempo. La única prenda que destacaba era una capa de terciopelo rojizo, remendada tantas veces que los parches eran más gruesos que la tela original. Era el único signo de riqueza que portaba, en contraste con su vestimenta descuidada.  


No llevaba armas visibles, y su única amenaza era su presencia misma. La falta de cabello acentuaba su barba de un tono rojizo oscuro, con los primeros signos de la edad en los delgados vellos plateados. Sus ojos, de un carmesí profundo, evocaban el calor de una hoguera o el atardecer en el desierto. Su piel, de un tono ónix, era desconocida en el Imperio y en el archipiélago, generando incomodidad, duda o fascinación en quienes lo miraban.

 

—Salomón. —Murmuró Ragnar al reconocer a su hermano de armas, el mismo con quien había luchado, sangrado y llorado por su pérdida. Una mezcla de ira y melancolía lo envolvía, provocando que quisiera gritar e incluso atacar, pero se contuvo, ocultando su sorpresa tras una fachada de ira. 


—Hermanos. —Pronunció Salomón con un tono suave y sereno, impropio de su contextura. Su calma era casi espectral, y sus movimientos, extraños y demasiado antinaturales. No había rastro de la pasión que una vez lo consumió, solo una quietud que helaba la sangre. 


Andreus fue el único que pareció no verse afectado por la actitud de Salomón. Le recibió con una sonrisa mientras el gigante, que ya no portaba su armadura verdosa ni el mandoble dorado que lo caracterizaba, se acercaba al herido. Salomón asintió al verlo y extendió la mano hacia Andreus, cuya piel era tibia en comparación con la fría del errante. Ragnar mantuvo la mirada fija en Salomón, su mandíbula tensa, incapaz de conciliar al hombre que recordaba con la figura que tenía delante. 


—Ahora que estamos reunidos, necesito... no, debo suplicarles su apoyo. —Las palabras de Andreus resonaron en la habitación, llenas de una vulnerabilidad inusual. 


Ragnar dejó de apretar la empuñadura de su espada, sorprendido. Era raro ver a Andreus en tal estado; su rostro, antes una máscara de fortaleza, ahora mostraba las marcas del cansancio y la preocupación. Las arrugas en su piel pálida y el sudor en su frente eran testigos de su agotamiento. Salomón, a diferencia de Ragnar, no reaccionó. Se mantuvo de pie, observando en silencio mientras Ragnar arrastraba la silla hasta la cama, sin apartar la mirada de su hermano, quien, con la cabeza agachada, tomó aire y soltó un suspiro impregnado de amargura. Ya no había allí la imagen de un hermano, ni la de un teniente dispuesto a adentrarse en las llamas del infierno para salvar a alguien; ahora, era la mirada de un hombre asustado. 


—Hace poco me preguntaste por qué no he ejecutado a mis atacantes. Y es porque, en cuanto lo haga, la amenaza no se detendrá, solo se intensificará. —Andreus respiró hondo, su voz temblando ligeramente—. Llevan un emblema: una luna hendida por una daga. No son simples mercenarios; ningún hombre de armas atacaría de esta forma y se llevaría el crédito. No, son parte de otra cosa, algo diferente, una orden que opera en las sombras, y su lealtad no se compra con oro. 


Ragnar frunció el ceño, recordando su conversación anterior:— ¿Qué buscan? 


—No lo sé con certeza, pero Nymia ha seguido un rastro de rumores que nos lleva a las Tierras Perdidas. —Andreus hizo una pausa, mirando a Salomón, quien asintió, comprendiendo la gravedad de la situación, sin necesidad de preguntar. Sin embargo, la forma distante en que aceptaba la información generaba dudas sobre su comprensión real de lo que enfrentaban—. Los rumores son contradictorios. Algunos los describen como fanáticos de una deidad caída; otros, como cultistas que viven de rituales a través de la sangre, bajo el ideal de restaurar el orden en el mundo. Lo único que podemos afirmar es que viven bajo un extraño código de honor, gestado por contratos. 


—¿Un contrato? ¿Quién lo hizo? ¿Por qué? —preguntó Ragnar, su voz tensa. 


—No lo sabemos, pero apuntamos a un noble imperial. —Andreus se acomodó en la cama, el dolor visible en su rostro—. Su nombre aparece en la documentación de productos importados. Alguien que firma bajo las iniciales C.R. Algunos de esos productos, provenían de Per-Bhast. No es mucho, pero será suficiente para seguir un rastro. 


—¿Por qué él y no otros? 


—Fue el único mercader que realizó tratos constantes con los errantes de las Tierras Perdidas. Si no es él, debe tener información al respecto. Alguien les ayudó a entrar en el territorio; las fronteras son fuertemente vigiladas, y la única forma de acceso es a través del comercio. Debe serlo. —Andreus se detuvo un momento para tomar aire, mientras Salomón se acercaba a la mesa de vino y le servía una copa. 


—Tenemos una pista sobre quién pudo permitir la entrada de los ejecutores, pero, ¿qué sabemos del contrato? —La voz de Salomón era educada, cautelosa y distante, como si un niño hubiera pensado mucho antes de formular su pregunta. 


—Es un pacto de sangre, según lo que hemos obtenido. Solo se anulará una vez que yo muera. 


—¡¿Qué?! —gritó Ragnar al oírlo, pero Andreus hizo un gesto para que guardara silencio y le permitiera continuar. 


—Hay opciones, o eso creemos. —Pudo sentir la impaciencia de Ragnar, dispuesto a lanzarse de inmediato hacia las mazmorras para obtener respuestas de sus capturadores. Andreus continuó—. Encontramos historias de nobles menores, de casas que han hecho tratos con ellos. Nymia considera que una forma de anular el contrato sería, a través de la solicitud al contratante, el retractarse... — No dijo la palabra, pero la petición era clara, la muerte de alguien a cambio de su vida. 


—¿Cuál es la otra opción? —añadió Ragnar, ahora con un tono más calmado. La idea de buscar a la persona que había contratado a los asesinos no era una simple búsqueda, sino una cacería que, mal manejada, podría llevar mucho tiempo. Y tiempo, era algo que no poseían. 


La pregunta de Ragnar hizo que la sombra de la duda ensombreciera el rostro de Andreus, quien miró a Salomón, que mantenía la mirada fija en él, comprendiendo que la segunda opción no era probable y no aseguraba un desenlace positivo. 

—Encontrar el contrato y destruirlo. 


El silencio que siguió a esas palabras no fue suficiente para menguar el malestar que se originaba entre ellos. Ragnar resopló, deseando decir algo, pero optó por callar. Andreus, incapaz de mantener la mirada, prefirió cerrar los ojos. El único en hablar fue Salomón, haciendo un gesto con ambas manos como si se tratara de una balanza. 


— Encontrar a un hombre entre miles —no, entre millones— y lograr que se retracte… o cruzar una tierra de cadáveres en busca de un pergamino que podría no existir. — Salomón dejó caer las manos, el sonido de sus palmas chocando era apenas un susurro, pero captó la atención de ambos hombres. —Lo que nos pides, apesta a muerte. 


—¿No hay más opciones? —Ragnar se inclinó hacia adelante, apoyando su espada en el suelo, llegando a agujerear el tapete. 


—Si las hubiera... no se las pediría. —Respondió un agotado Andreus, el dolor ahora era evidente en su rostro, seguido de sus gestos. Aunque intentaba mantenerse sereno, sufría con cada palabra que decía—. Sé que he tomado de ambos más de lo que cualquier persona podría pedir. No solo años, sino tiempo, y a cambio les he dado sufrimiento. He pedido cuanto han podido darme y no debería hacerlo. 


Su voz se quebró ligeramente, y por un momento, la habitación se llenó de un silencio pesado, como si el aire mismo se hubiera vuelto denso. Las paredes de piedra, frías y húmedas, parecían absorber su angustia, mientras la tenue luz de las antorchas parpadeaba, proyectando sombras que danzaban en el suelo. Andreus miró a Salomón, buscando en sus ojos alguna señal de comprensión, de apoyo. 


—Por eso, tomen mis palabras no como una solicitud de un lord, ni de un teniente, ni de un amigo —miró a Salomón al decirlo—. Ni un hermano. —Ahora, viendo a Ragnar, quien, incapaz de soportar su estado, apartó la mirada—. No deseo morir antes de haber restaurado mi hogar, y si ha de ser de esta manera lo entenderé, pero si aún están dispuestos a seguirme una vez más, aún dispuesto a arriesgarse. — Su voz se volvió un ruego, apenas un hilo de aliento mientras apretaba las sábanas de la cama, como si de esa manera pudiera aferrarse a la esperanza que se desvanecía. 


Ragnar sintió un nudo en la garganta. La imagen de su hermano, una vez fuerte y decidido, ahora vulnerable y frágil, le desgarraba el corazón. Recordó los días en que Andreus lideraba con firmeza, cuando la fortaleza era un símbolo de poder y no de sufrimiento. La desesperación de Andreus resonaba en su mente, y la rabia hacia aquellos que habían causado su dolor crecía en su interior. 


Las palabras de Andreus fueron suficientes para que ambos hombres asintieran, aunque el peso de la situación se cernía sobre ellos como una sombra. Pero no pudieron decir nada, ahora el lord de Agatha comenzó a toser y a retorcerse por el dolor que padecía, un sonido que resonó en la habitación como un eco de su sufrimiento. Ragnar, sintiendo la urgencia, se levantó de inmediato y se dirigió hacia la entrada, gritando el nombre del maestre Orthen, su voz resonando en los pasillos vacíos. 


—¡Orthen! —llamó, su tono lleno de desesperación y rabia, llegando incluso a amenazar e insultar en cuanto llegó al pasillo. La frustración y la impotencia lo consumían, y no podía soportar ver a su hermano en ese estado. 


Salomón, en cambio, solo se acercó a Andreus, tomando su mano con suavidad. Cerró los ojos y realizó una pequeña oración, sus labios moviéndose en silencio. Aunque el lord no pudo escuchar las palabras, un sentimiento cálido se originó en su pecho, dándole una breve calma para mitigar el dolor, al menos, lo suficiente hasta la intervención del Maestre Orthen.  

 

El médico no dudó en dirigirse a la mesa donde aún se encontraban sus utensilios. Comenzó a realizar una mezcla con los diversos líquidos que intercambiaba entre sus manos, su rostro concentrado en la tarea. Por momentos, llegaba a escucharse algunas palabras sueltas, desde:— “Raíz élfica con un poco de lirios” hasta algunas que no tenían sentido alguno. — Un poco de vino y amapola deberá ser suficiente para ser pasable. — En cuestión de segundos, tenía en sus manos un extraño líquido de olores herbales y de aspecto poco apetecible, que llevaron a Andreus a arrugar la nariz en cuanto alcanzó a olerlo. 


—Por favor, necesito privacidad con mi paciente. Debo realizar el cambio y asegurarme de su descanso. Me aseguraré de que los llamen en cuanto esté despierto. —Dictó las órdenes, en la medida que se aseguraba de que el Lord tomara la bebida, llegando a provocarle una arcada ante el sabor. 


Ragnar buscó a Andreus con la mirada, quien asintió ante su hermano, asegurándole en aquel gesto que estaría bien. En especial ante la reticencia del isleño de dejarlo solo. Pero con la aparición de Lazkel y Nymia, seguido de los nobles de antes, comprendió que de quedarse, solo obligaría a su hermano a continuar trabajando, a costa de su salud.—Volveré. —pronunció Ragnar al verlo, antes de que Andreus cerrara los ojos producto del dolor. 


Los gritos que vinieron después fueron suficientes para atraer la atención de los sirvientes, que comenzaron a acercarse en el pasillo. Un pequeño grupo observó a Salomón salir primero de la habitación, asustándolos ante su apariencia y susurrando sobre quién podría ser. Luego emergió Ragnar, seguido de Nymia, Lazkel y los nobles. Siendo estos últimos quienes continuaban con su debate sobre quién debería ser el primero en hablar con Andreus en cuanto despertara, pero Lazkel se interpuso entre ellos y la puerta, pronunciando en un tono amenazante que se fueran: —Mi señor debe descansar. Si alguien se atreve a acercarse antes, haré que pierda una mano por insolente. 


El noble rural quiso decir algo en respuesta, pero Nymia intervino, su voz suave pero firme. 

—Por favor, mis señores, hoy hemos avanzado lo suficiente. Me aseguraré de que sean contactados en cuanto podamos. Hasta entonces, los invito a recorrer la ciudad; estoy seguro de que encontrarán fascinantes nuestras cercanías. En especial el mercado. 

 

Estas últimas palabras fueron suficientes para que el noble Luthen dejara su desasosiego, en cambio, de un interés oportunista. La posibilidad de observar los mercados y enlaces de primera mano era suficiente para llamarle la atención, en comparativa con la fraterna Yseldra, que optó por declinar la propuesta, en son de buscar la capilla de la fortaleza, en misión de orar por la salud del señor de Agatha. Al final, Gered, en vez de ir a misa o recorrer el lugar, prefirió ir a sus aposentos en busca de descanso, ante el bochorno del tiempo que solo le provocaba mayor hartazgo ante el sudor que padecía. 


Nymia no dudó en darles indicaciones a los invitados, luego de llamar a los guardias para que les acompañaran en su búsqueda. Dejando a expensas a Ragnar y Salomón, que para ese entonces, ya estaban a cierta distancia en dirección a las escaleras. Nymia sintió la mirada de Lazkel sobre ellos, luego sobre ella, en busca de permiso de seguirlos, pero ella negó con la cabeza. 


—Antes de nosotros, ellos fueron primero. Andreus solicitó que, en cuanto llegaran, gozaran de toda la libertad que desearan. 


—Siguen siendo desconocidos. —Replicó el guardián, masajeando brevemente la muñeca de su mano derecha, entumecida por los medicamentos. —Un peligro. 


—El verdadero peligro está detrás de nosotros. —Hizo un breve gesto en dirección a los nobles que comenzaban a tomar caminos separados. —Un gobierno sin orden interno es mucho peor que un par de extranjeros. 


Lazkel no respondió, solo mantuvo su posición vigilante en la medida que ambos extranjeros desaparecían al girar la esquina. Se preguntó por qué Andreus tendría a dos personas así en su séquito personal, y el motivo de darles tanta libertad. Pero poco importaba su opinión; su deber era ser su guardián. Por ello, no dudaría en un segundo de enfrentarse a ellos si significaban una amenaza hacia su señor o su reinado. 


Ragnar y Salomón caminaron en silencio por el pasillo, la distancia entre ellos tan palpable como el aire frío que se colaba por las rendijas de las ventanas. Los murmullos de los sirvientes y los pasos apresurados de los guardias se desvanecían a medida que se adentraban en una zona más apartada de la fortaleza, un corredor menos transitado que conducía a las antiguas cocinas y despensas. La luz de las antorchas era escasa aquí, proyectando sombras largas y danzantes que distorsionaban las formas. 

 

Ragnar sentía la presencia de Salomón a su lado, una calma inquietante que contrastaba brutalmente con la tormenta que rugía en su propio pecho. La imagen de Andreus, pálido y sufriendo, se grababa a fuego en su mente, avivando la rabia que había intentado contener. ¿Cómo podía Salomón permanecer tan impasible? ¿Tan ajeno al dolor de su hermano, de su amigo, de su líder?  


Se detuvieron en un recodo oscuro, donde la luz de una única antorcha apenas iluminaba sus rostros. El silencio se hizo denso, roto solo por el goteo constante de agua en alguna tubería lejana. Al notar como Ragnar debajo de avanzar, Salomón se giró sobre sí para verlo, y, ante la penumbra, sus ojos carmesí, parecieron brillar de tal forma, que recordaban a las de un depredador en medio de la noche, expectante de los actos de su presa, antes de atacar. 


—¿Dónde has estado, Salomón? —La voz de Ragnar era un gruñido bajo, cargado de una furia contenida que amenazaba con desbordarse. Sus ojos, acostumbrados a la penumbra, se clavaron en el rostro inmutable del errante. 


Salomón lo miró, sin mostrar emoción alguna. Su postura era relajada, casi indolente, lo que solo avivó la irritación de Ragnar. Que de forma inconsciente cerró el puño alrededor de su empuñadura. Antes de decir algo, de su boca salió un extraño sonido, similar al de una bestia herida, un eco gutural de su rabia, antes de llegar a pronunciar algo coherente, que poco o nada sirvió en cuanto escuchó la respuesta del hombre. 


—Donde debía estar. —La respuesta de Salomón emergió, sin rastro de disculpa o explicación, una voz tan plana como la superficie de un lago en invierno. 


—¿Dónde debías estar? —Ragnar dio un paso adelante, acortando la distancia entre ellos. Aun sosteniendo la empuñadura con la suficiente fuerza para llegar a provocar que esta crujiera—. ¿Y eso es en las sombras, mientras Andreus se desangra? ¿Mientras nosotros lo creíamos muerto? ¡Mientras enterramos a Kael y Durran! 


La mención de los nombres de sus compañeros caídos hizo que un músculo se tensara apenas perceptiblemente en la mandíbula de Salomón, pero su expresión permaneció inalterable. 


—Mi ausencia fue necesaria. —Su voz era un susurro, pero resonó con una autoridad extraña en el silencio del corredor. 

 

—¿Necesaria? —Ragnar soltó un insulto en la lengua de las islas, incomprensible para cualquiera que no fuera de Aett, pero cargado de odio y desesperación—. ¿Para qué? ¿Para que Andreus cargara con el peso de tu "muerte"en secreto? ¿Para que nosotros lloráramos a un fantasma? 


Salomón inclinó ligeramente la cabeza, como si estuviera escuchando algo más allá de las palabras de Ragnar, quizás los ecos de un pasado que él mismo apenas recordaba. 


—Las órdenes de Andreus eran claras. Lo que debía de hacer, era necesario. 


—¡Tu papel era vital para nosotros! ¡No solo para él! —Ragnar extendió una mano, señalando hacia la dirección de los aposentos de Andreus—. ¡Lo viste! ¡Lo escuchaste suplicar! ¿No sientes nada? ¿Ni una pizca de dolor, de preocupación? Podría haberte dado una orden como superior, pero antes que eso, éramos hermanos. Y eso debía de valer más que cualquier orden dictada. 


Los ojos carmesí de Salomón se fijaron en los de Ragnar, y por un instante, el isleño creyó ver un destello de algo, una emoción fugaz, un eco de la persona que fue, antes de que la máscara de calma volviera a caer. 


—Lo que siento no cambia la realidad de la situación. —Salomón alzó una mano, y Ragnar notó las extrañas marcas circulares en sus nudillos, como si hubieran sido grabadas con fuego —Mi deber era asegurar un futuro. Se me dio la oportunidad y lo acepté a cambio de no lamentar el pasado. 


—¡Eres un monstruo! —La rabia de Ragnar finalmente estalló, su voz resonando en el corredor, cargada de una mezcla de dolor y desprecio—. ¡Un maldito monstruo sin alma! Si no te importa, entonces no eres más que un espectro en esta tragedia. 


Salomón no respondió de inmediato. Sus ojos se desviaron por un momento hacia la oscuridad del pasillo, como si estuviera sopesando algo, quizás el peso de las palabras de Ragnar, llegaban a hacerle recordar algo que había olvidado, pero al no poder alcanzarlo, volvió a mirar a Ragnar, y esta vez, su voz, aunque aún tranquila, llevaba un matiz diferente, casi un desafío, una verdad ineludible. 


—Estoy aquí. Y eso, debería ser suficiente. 


Ragnar lo miró con desdén, incapaz de soportar la frialdad de su ahora, reencontrado hermano. La confrontación no había sido una liberación, sino una confirmación de la distancia que se había abierto entre ellos. Seguía viéndolo y se preguntaba dónde había quedado aquel hermano que lo acompañaba en las borracheras de la noche y luchaba a su lado cuando alguien se pasaba de copas. Con quien podía confiar con su falta de prudencia para lanzarse al enemigo con tal de darles una oportunidad de victoria. En aquel errante del desierto que pasó de ser un simple borracho, a un hermano por el cual estaría dispuesto a dar la vida. Ahora, nada de eso existía, y solo quedaba la imagen de un extraño. 


—No lo es. —Dijo, antes de girarse bruscamente. — Hubiera sido mejor que te quedaras muerto. Que hubieras desaparecido igual que esa perra no humana de ojos violetas —Pudo percibir que ante el insulto, una parte de Salomón se movió, su mirada, que antes era carente de emoción, brillaba con una intensidad gélida, un fuego oscuro que Ragnar nunca le había visto. — Caíste y aun así, todos seguimos luchando, aun cuando cada uno moría, continuamos por aquellos que vendrían después, porque creíamos que al menos en la otra vida nos veríamos nuevamente. — Ragnar escupió al suelo antes de darse media vuelta. — ¿Y ahora qué le diré a quienes aún viven? ¿A quiénes dejaron las armas, su voluntad, su razón de vivir, a cambio de una vida que nunca les perteneció? Al final, eras la figura por la que aquellos que no nos conocían, estarían dispuestos a seguir cuando Bershka y Andreus no estaban. Con tu muerte, los liberaste de la maldición de la guerra, dieron un final a su propósito, y el que estés aquí, significa que lo que hicieron los muertos, fue en vano. — Con una furia renovada, Ragnar se alejó, sus pasos resonando con la necesidad de aire, de un trabajo que lo mantuviera alejado de la fortaleza y de la impotencia que sentía, lejos de la calma incomprensible de Salomón. Por lo que en cuanto comenzó a avanzar, aspiraba encontrar cuanto antes una taberna. 


El eco de los pasos de Ragnar se desvaneció al poco tiempo, dejando a Salomón en un silencio que, para él, era casi tan ruidoso como aquel grito que acababa de recibir. La antorcha seguía parpadeante, pero la oscuridad que lo envolvía lo atrapaba de tal forma que era incapaz de cerrar los ojos por un segundo. Llegando incluso a asfixiarlo, de forma que lo impulsó a caminar de nuevo hacia la luz. A un lugar que lo distanciara cuando fuera posible de eso. 


Retomó el recorrido por los pasillos de la fortaleza, volviendo a los espacios abiertos, decorados con tapices que narraban la historia de Agatha: desde su fundación hasta su división entre las casas de la frontera. Seguido de ellos, en las paredes, emergían diversas decoraciones, que iban desde estatuas y cuadros hasta cortinas y escudos de armas, creaban una galería de arte, un espacio envuelto en tranquilidad contemplativa. Pero ni eso era suficiente para desviarlo de su propia mente. 


Aún dibujaba la mirada de su hermano, cargada de dolor y desprecio, la misma que lo acompañaba en cada momento que volvía a estar solo. Ya que los guardias se alejaban cuando aparecía, y los sirvientes rápidamente volvían a sus tareas, no sin antes mirarlo de reojo para después susurrar algo. No sabía a qué se referían o que dirían, pero su mente se encargaría de ella esas dudas con sus propias voces, siendo una de ellas, la repetición del insulto: — “Esa perra no humana de ojos violetas” — 


No pudo evitar pensar en ello mientras caminaba, incapaz de dejarlo ir o de distraerse con otras cosas. Le provocó una sensación extraña en su pecho, un ardor al cual, al poner sus dedos en aquella zona, un cosquilleo emergió. Sintió un breve dolor antes de desaparecer al retirar su propia mano, generando en aquel errante un suspiro cargado de fatiga. 


Solo cuando el pasillo lo llevó a una puerta que daba al exterior, terminó en un pequeño jardín. A su izquierda, unas escaleras descendían. En la zona de arriba, en cambio, un jardín decorado con diversas flores. No las reconoció, pero los colores cálidos y brillantes le llamaron la atención, llevándolo a un pequeño grupo de flores que crecían al costado de la muralla. Allí, solo hacía falta alzar la vista para ver el extenso bosque que rodeaba la Corona, tan impresionante como la primera vez que, pasando del desierto, llegaron a Roble Blanco, asombrado por los robles claros que le daban nombre a la región. 


En aquel espacio que le rodeaba, volvió hasta las flores, donde un aroma a sándalo blanco que acompañaba a los lirios, le hizo volver a sus recuerdos. Allí, en aquel rincón casi olvidado de su memoria, pudo recordar unos ojos de tonos violetas que llegaban a acompañarlo cada amanecer. Suspiró al pensar en ellos, en el tacto de la piel, en el sabor de los labios y en ese aroma a rocío que solía acompañarlos cuando estaba cerca de ella. Sin ser capaz de controlarlo, terminó diciendo el nombre que creía olvidado. — Lyria. — Lo pronunció con una ternura que creía extinta, llegando a esbozar en su interior la calidez y sonoridad de una risa que pensaba olvidada. 


La imagen se desvaneció tan pronto como emergió, dejando nuevamente un vacío que no era nuevo, aunque ahora, era más agudo. No había nada allí al volver a levantar la vista, solo el jardín de flores, la vista a los bosques y la imagen de un cielo atardecido que pronto desaparecía para dar paso a la noche con su comitiva de estrellas. Sin a dónde ir, hasta la llamada de Andreus, continuó errando por la fortaleza, dejándose guiar por los sonidos y aromas que llegaban a la distancia. Siendo uno de estos últimos, de olor a incienso y velas, el que lo condujo a la capilla de la fortaleza. 

 

Una pequeña zona bajando las escaleras del jardín, que daban a un patio interior. De este, a mano derecha, alcanzaba a ver la puerta entreabierta, y cómo de su interior emergían aquellos aromas. Salomón se detuvo en el umbral, una figura alta y sombría recortada contra el resplandor cálido que emanaba del interior. La luz de las velas danzaba sobre las paredes de piedra, revelando frescos descoloridos de santos y mártires, y el aire, denso y pesado, vibraba con el murmullo de voces. 


Dentro, la Fraterna Yseldra, con su medallón heráldico brillando sobre su pecho como un sol menor, dirigía una pequeña congregación. Sus palabras, solemnes y rítmicas, se alzaban en una oración por la salud de Andreus. Los fieles, algunos sirvientes con los rostros surcados por la preocupación, unos pocos guardias con las cabezas gachas, e incluso un par de nobles menores que de seguro esperaban audiencia con el señor de Agatha, se arrodillaban como los demás sobre los reclinatorios de madera, sus manos unidas en súplica. 


El errante los observó con curiosidad. No había emoción en su rostro, ni un atisbo de participación. Sus ojos carmesí, sin embargo, se movían lentamente, absorbiendo cada detalle: la forma en que las manos se unían en súplica, el temblor en las voces al pronunciar el nombre del Hacedor, las lágrimas silenciosas que corrían por algunas mejillas. 


La voz de la Fraterna se elevó, resonando en la capilla: —"Pues el Hacedor, en su infinita sabiduría, nos moldea del barro y nos insufla el aliento de vida. Él nos da la forma, el propósito, la senda que debemos seguir. Y en el ciclo sagrado de la existencia, la muerte no es el fin, sino el umbral. Un paso hacia la verdadera vida, la vida eterna junto a Él. Aquellos que le siguen, no conocerán el olvido, pues su memoria será tejida en la luz del Hacedor, inmortal y gloriosa." 


Salomón frunció apenas el ceño. El escuchar que un ente superior les daba la vida, la promesa de la inmortalidad, si lo seguían, debía ser aferrada para construir, para transmitir lo aprendido en él después. Él lo sabía, sabía en el fondo, que era sobrevivir en la escasez, en la dureza y el sufrimiento. Y en la muerte, en aquel silencio que emergía luego de cada batalla, que solo podía ser callado cuando la alegría en una taberna en celebración al recuerdo, o el llanto de la melancolía emergía. 


Había estado en aquellos lugares. Donde el viento dejaba de susurrar, donde la piedra dejaba de ser empleada para anclar, un lugar sin ecos. Y aun ante eso, no dejo de prestar atención a las palabras que ella relataba. Llegando a ver como ella hacía un gesto con su mano, señalando la imponente figura del Hacedor en el altar, rodeado por sus siete ángeles. La figura central, la del Hacedor, era en sí misma un misterio. Envuelto en una túnica que cubría por completo su cuerpo, salvo sus manos extendidas a ambos lados, y en cada una, se representaban sus ángeles.  


El séptimo, sin embargo, no estaba a su lado, sino debajo de su figura, como si fuera el pedestal sobre el que se alzaba el Hacedor, la representación misma de la Muerte o el Mal, sometida y vencida por la luz divina. Salomón tragó un poco de saliva al verlo. Una sensación extraña lo invadió, como si alguien lo observara, alguien o algo que no estaba allí. No entendía la fe, al menos, no la del Continente imperial.  


No entendía por qué ver la imagen del séptimo ángel, del caído, le generaba ese sentimiento. Uno, que no encontraba en la fe del Desierto, donde la conexión con la naturaleza era tan intrínseca que la sola idea de que un ente superior fuera el creador del mundo, separado de él, era extraña. Y sus ángeles, representaciones de la identidad, le parecían meras abstracciones. En el desierto, en cambio, la identidad se forjaba en la acción, en el conocimiento adquirido, en los vínculos creados. La muerte era el fin de la forma, el momento en que el cuerpo se disolvía en el Viento y la Piedra, y solo los "Ecos de los Antiguos" perduraban a través del saber transmitido. 


El sermón de Yseldra continuó, su voz ahora más suave, pero cargada de una convicción inquebrantable: —"No temáis a la oscuridad, hijos míos, pues el Hacedor es la luz que disipa toda sombra. No temáis al olvido, pues en Su reino, cada alma es recordada, cada vida es un canto eterno. La esperanza es el faro que nos guía, la promesa de que, a través de la fe y la obediencia, encontraremos consuelo y la fuerza para superar cualquier adversidad, incluso la más grande de todas: la muerte." 


La Fraterna hablaba de un camino que prometía  la  inmortalidad, a cambio de no caer en el olvido. Él no comprendía nada de eso, pero al cerrar los ojos y volver a aquella oscuridad, aquel vacío que lo envolvía, la nada que acechaba a quienes no dejaban un eco, optaba por creer en algo, así fuera en palabras que no comprendiera. Prefería eso y eso le fue devuelto con la imagen de su hermano. 


De Andreus tendido en la cama, frágil. La fe del Hacedor prometía lo que su propia fe no podía explicar: una victoria sobre la muerte. No sabía si era verdad, no entendía cómo funcionaba, aún luego de tantos años, seguía sin siquiera comprenderlo en lo más mínimo. En especial en una fe que prometía la salvación en su guía, pero a cambio esta misma condenaba lo desconocido y apuntaba a su exterminio. Lo había visto en los campos, en familias no humanas desplazadas y en el odio generado. No comprendía por qué una fe que practicaba el amor, estaría tan impregnada de odio y desconocimiento. Pero si esa fe podía traer a Andreus de vuelta, si podía alejarlo de ese silencio que el temia, entonces creería en ella. 

 

Pudo sentir cómo la Fraterna, al terminar su apasionado sermón, le extendió la mano para que se acercara. Con unos ojos destellantes de una devoción que rallaba con la locura, provocando que él mantuviera su actitud distante, pero sin negarse a tomar asiento para oírla. Si algo en aquella fe a la que no pertenecía, podía tener algo que aliviara a su hermano, entonces aprendería de ella, a falta de otras alternativas, optaba por creer en algo, aun si no creía en ello.   


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