Capítulo 3: La Estrategia del Rey Herido
- Ciaran. D'ruiz

- 11 ago 2025
- 35 Min. de lectura
Actualizado: 31 ago 2025
“No me juzguéis por las ruinas, ni por el silencio que dejo atrás. Juzgadme por el monstruo que debí ser... para que el mundo aún tuviera un mañana.” — Última carta de Maelis Arwë, reina consorte de Oswinter, antes de su ejecución.
El insomnio era un compañero cruel, más punzante que el dolor en su hombro: lo mantenía despierto, jadeante, con el pecho atenazado y la piel pegajosa de sudor. Boca arriba, observaba el techo, donde la tenue claridad lunar, apenas filtrándose por las cortinas, tejía un teatro de sombras danzantes. Por momentos, esa coreografía le ofrecía una calma efímera, pero tras divagar demasiado tiempo, la habitación se tornaba asfixiante, oprimiéndole el pecho con cada movimiento.
Sabiendo que el sueño no volvería, se levantó con un gemido ahogado. Cada movimiento era una pequeña batalla, una pausa obligada para recuperar el aliento. Lo que empezó como un simple paseo nocturno se volvió una prueba de voluntad. Impaciente, tomó el bastón que el maestre había dejado para sus necesidades básicas, pero su destino no era la letrina; su deseo lo arrastraba a otro lugar.
Sus pasos eran lentos, cautelosos, buscando no romper el silencio que habitaba los pasillos dormidos de lo que ahora era su hogar. La quietud le recordaba a los cuadros de soledad que los pintores creaban para la nobleza: espacios aislados, silenciosos, contemplativos, todos buscando representar el descenso del poder al silencio. Una imagen que antes le incomodaba, pero que ahora, al recorrerlos, agradecía.
Se detuvo cerca del pasillo de la biblioteca. Un débil resplandor se filtraba por debajo de la puerta, acompañada por el rasgueo incesante de una pluma y un susurro apenas audible. Aunque prefería la soledad, la curiosidad, siempre arraigada en su ser, lo impulsó a empujar con cuidado la puerta de madera tallada. La luz le acarició el rostro y las voces se hicieron claras.
Era Nymia, inmersa en cifras y notas, contando con los dedos antes de volver a escribir. A su lado, Lazkel le acercó una copa de vino antes de sentarse al otro extremo de la mesa, un espacio abarrotado de mapas y libros apilados. El silencio se instaló entre ambos consejeros hasta que Nymia soltó la pluma, tomó la copa con una mano y con la otra se acarició el cuello.
—No encuentro forma de obtener financiamiento sin presionar al pueblo —dijo, su tono cargado de cansancio, un suspiro confirmando su pesar—. ¿Cómo se supone que alimentaremos a nuestra gente en invierno, si todo lo que conseguimos termina engullido por el diezmo imperial?
Lazkel la miró fijamente, esperando que expresara más su angustia. Pero Nymia solo fijó su mirada en la pequeña chimenea, observando la hipnótica vibración de la llama y su crepitar. El guardaespaldas se puso de pie y caminó hacia ella, extendiéndole la mano. Ella dudó, pero la expresión inmutable de Lazkel no cambió. —La tierra nunca cambia —dijo él. Sus palabras fueron suficientes para que Nymia abriera los ojos y volviera a observar las tierras alrededor de la corona: los bosques que podían talarse por recursos, la posibilidad de extender los campos de cultivo y, con ello, tierras para una población en constante aumento.
Andreus observó la escena en silencio antes de cerrar la puerta. Ellos estaban allí, incansables, compartiendo parte del peso del futuro, maquinando entre mapas y estrategias con la misma devoción que él les había inculcado. "Ellos construyen el mañana", pensó mientras se alejaba de la biblioteca. Una punzada de angustia lo atravesó, pero también una profunda gratitud: aun cuando todo parecía en contra, seguían dispuestos a seguirlo. "Pero yo... solo puedo desmantelar el pasado para darles la oportunidad del futuro, y eso es algo que ellos no pueden ver." Se apoyó en su bastón mientras retomaba el paso, asegurándose con la otra mano de que la pequeña bolsita de cuero que había tomado antes de salir siguiera en su lugar.
Mientras Andreus continuaba su camino, se detenía a observar los pasillos. El contraste entre la vida diurna y la ausencia nocturna era palpable. Había dedicado tiempo a reconstruir la fortaleza con la esperanza de volver a recorrerla, pero esa promesa se había aplazado tanto que solo una herida lo había obligado a apreciar lo logrado. Al descender, el aire se volvió más denso, más frío y distante, guiándolo al patio. Allí, bajo la luna menguante, una figura solitaria se alzaba: Salomón, inmóvil, sentado en medio del jardín de lirios.
La presencia de Salomón, para quien no lo conociera, podría haber sido inquietante. Pero en ese momento, el temor que solía inspirar se desvanecía, revelando la figura de un hombre ausente. Estaba sentado con las piernas cruzadas, la postura recta, los ojos cerrados. Andreus se preguntó si esa era su forma de descansar, o si, en cambio, era una práctica de meditación, como había oído de viajeros orientales. —¿Está... meditando? —murmuró Andreus al observarlo, asimilando que Salomón ni siquiera notaba su presencia, o si lo hacía, no le daba importancia.
Andreus dudó. ¿Cómo lograba simplemente estar, sin el peso del futuro que a él lo aplastaba? El frío de la noche amenazaba con postrarlo en cama, obligándolo a buscar refugio. Continuó caminando, pero sin dejar de pensar en su amigo, en la distancia que solo crecía entre ambos desde aquel día, un recuerdo que prefería evitar. Desde el recordar como la mirada sé su amigo se tornaba gris hasta perder aquella actitud estoica y arraigada que llego a caracterizarlo, solo para dejar, ahora, la sombra de lo que llego a ser.
Apoyándose en el bastón, Andreus optó por un rodeo, evitando el interior de la fortaleza. Recorrió el jardín, descendió por la escalera y se dirigió a los establos, de donde provenía un rítmico sonido de golpes que rompía el silencio de la noche. Tuvo que ocultarse entre las sombras para evitar a los soldados que patrullaban; lo último que deseaba era ser escoltado o tratado como un niño enfermo. Manteniendo esa idea, rodeó el patio hasta la entrada de un pasillo interno. Al caminar por él, se detuvo en una ventana enrejada al escuchar un insulto en lengua extranjera.
—¡Hijo de un Skall! —gritó Ragnar, lanzando una de sus hachas a un muñeco de paja. La puntería falló, y el hacha se clavó en una columna de madera. Ragnar volvió a gritar, tomó una botella del suelo y la bebió de un trago. Las gotas de la bebida le escurrían por la barba, pero no se detuvo. Caminó de regreso a la columna, recuperó el hacha y volvió a su posición, repitiendo la actividad. Esta vez, golpeó al muñeco con tal fuerza en la cabeza que lo derribó.
Ragnar no celebró su victoria contra su indefenso oponente. En cambio, buscó otro trago en la botella, pero al encontrarla vacía, la arrojó también. Un grito, similar al de un animal herido, escapó de su garganta antes de dejarse caer al suelo, balbuceando una melodía isleña incomprensible por su estado.
Desde el suelo, intentó levantarse, solo para encontrarse con un oponente digno que lo inmovilizó: sus propios sentidos. Andreus observó la escena desde la distancia, sin un atisbo de gracia o burla. Solo lo miraba con amargura, con la desdicha de quien ve sufrir a alguien importante y no puede ofrecerle apoyo, sabiendo que él era la causa de ese dolor ajeno. Andreus sabía bien lo que Ragnar estaría dispuesto a hacer por él. Ya lo había hecho casi una década atrás, cuando, sin conocer nada del continente, de aquellas tierras al otro mar de donde provenían historias de violencia, codicia y promesas de gloria más tangibles en vida que en la muerte, se había embarcado a seguirlo contra todo lo que lo rodeaba.
Ragnar era, ante todo, un extranjero en tierras salvajes; un paria en su hogar y rechazado en el continente; un verdadero guerrero dispuesto a luchar contra el mundo con tal de hacer lo correcto. Por eso mismo, Andreus se sumergió en las sombras, incapaz de acercarse a su propio hermano, de compartir la carga que llevaba consigo, para evitar que sufriera más de lo que ya había sufrido.
El lamento de Ragnar, crudo y familiar, resonó en Andreus como un eco de viejas heridas. No podía seguir cargando solo con el peso de sus decisiones, ni permitir que sus seres queridos sufrieran por su silencio. Había llegado el momento de enfrentar la verdad, de desenterrar los secretos que lo ataban. Sintió cómo esa resolución helada descendía por su espina, empujándolo a moverse cuando todo en su interior gritaba por detenerse.
Continuó caminando por el pasillo en plena oscuridad. El aire, después de un tiempo, se convirtió en un denso olor a humedad, tierra y óxido. Las antorchas se volvieron escasas, y las sombras, más profundas. Al final, encontró una pared, indistinguible de cualquier otra, salvo por un secreto: bastaba saber qué mover para que se abriera, revelando una escalera de caracol que se sumergía aún más en la tiniebla. Era un camino donde el silencio se tragaba el último eco del exterior, donde los guardias no se atreverían a entrar, y quienes conocían su existencia, mucho menos lo harían por voluntad propia. Fue allí, al llegar al último escalón y abrir una nueva puerta, cuando la encontró.
Era una sala apenas más grande que un salón, con solo tres celdas, una al lado de otra, separadas por gruesos muros de granito. La única luz que se filtraba provenía de diminutas ventanas enrejadas, una caricia de luna que apenas iluminaba las prisiones sumergidas en la bruma pálida. El aire estaba impregnado de un hedor a sangre seca, desechos humanos y humedad, un perfume que solo los que han sido encadenados podrían identificar. Andreus arrugó la nariz al adentrarse en las mazmorras. Era el corazón podrido de la fortaleza, donde la piedra no albergaba historia sino condena. En ese lugar, el tiempo no curaba: oxidaba. A diferencia de la prisión de la fortaleza, donde el trato era humano y se esperaba salir algún día luego de un juicio, aquel lugar no prometía liberación. Solo existía para forzar el olvido, para desaparecer lo indeseable bajo la idea de lo correcto y justo.
Al caminar por la primera celda, se encontró con un espacio vacío, cubierto de una fina capa de polvo que aún esperaba ser utilizado. Andreus se detuvo frente a la del medio, la cual las sombras devoraban en casi su totalidad, salvo en el centro, donde la luz del exterior iluminaba la mitad de la celda. Fue en esta en la que se detuvo, buscando asiento en lo que eran dos piedras que sostenían una vieja losa de granito, la cual cedió brevemente ante su peso. Antes de fijar su mirada en la celda central, desvió la vista hacia la de la izquierda, la primera en orden de entrada, en la cual podía ver parte de una figura humana, envuelta en vendajes, de la cual emanaba un olor a podredumbre.
—Pronto morirá —dijo una voz, seca y sin inflexión, proveniente de la celda central.
Andreus volvió a fijar su vista en ella. Un brillo esmeralda lo resaltó desde la penumbra, y, para acto seguido, una silueta se desprendió de la pared, moviéndose con la fluidez de una sombra hasta buscar asiento en el suelo de la celda.
Sus ojos, ahora más claros bajo la luz lunar, revelaban un verde intenso. Su piel, pálida, casi translúcida, parecía la de quien vive bajo tierra, fría al tacto, incluso a la distancia. Cabello negro azabache, salpicado de finos mechones blancos que parecían hilos de plata. Sus manos, visibles incluso en la penumbra, no mostraban heridas de batalla, sino un patrón uniforme de cicatrices, un mural grabado en la carne que relataba una historia. La túnica que portaba, de tonos oscuros, era andrajosa por el encierro, apenas ocultando la delgadez de su figura, la de una disciplina férrea.
Andreus mantuvo la mirada en ella mientras sacaba de su cinto la bolsita de cuero que había traído consigo, palpándola con cuidado para asegurarse de que su contenido no se hubiera visto afectado por el viaje. En cuanto lo hizo, la colocó sobre la banca y, en un acto cuidadoso, reveló su contenido. Eran galletas de jengibre, cálidas y fragantes, un recuerdo de la infancia que contrastaba con el frío y la humedad de las mazmorras. El vapor tibio de las galletas parecía fuera de lugar en ese entorno sombrío, como un rayo de sol en un día nublado. Tomó un puñado en la mano antes de levantarse con cuidado y dejarlas caer a los pies de ella, como si se tratara de una apuesta.
Kaelen, pues así la había nombrado Nymia en sus informes, era una prisionera que había soportado cada uno de los instrumentos que el maestre Thorn guardaba para invitados especiales. Ella mantuvo la rectitud de su forma, pero observó el contenido con desconfianza, empujándolo apenas con los dedos, evaluando si era ofrenda o trampa. Un acto que le recordó al de un gato que recién recibe afecto por primera vez. Andreus soltó una pequeña risa, un sonido que resonó en la penumbra. Kaelen, al notar su risa, arrugó brevemente la nariz, antes de volver a su habitual máscara imperturbable.
—¿Te preocupa que muera? —preguntó Andreus, quebrando un trozo de galleta y llevándoselo a los labios.
—La muerte es el fin de la utilidad —respondió Kaelen, su voz seca y medida, como un eco de su doctrina. Sin embargo, en sus gestos, en la forma en que lo observaba, Andreus percibió que algo en ella no creía del todo en lo que decía. Un leve temblor en sus manos, un parpadeo más rápido de lo habitual, revelaban una grieta en su fachada.
—Una herramienta, entonces —replicó, masticando lentamente, sintiendo el sabor dulce de la galleta, evocar recuerdos de un hogar cálido, de risas infantiles y días soleados, un contraste agudo con la frialdad de las mazmorras.
—Si fallas, mueres —dijo ella, y el eco de la frase se disolvió entre las paredes húmedas.
Andreus masticó, el sabor de la galleta evocando imágenes de su infancia, un tiempo en que la vida era más simple y las decisiones no estaban marcadas por la sangre. El silencio entre ambos se extendió, acompañado solo por el crujido de la piedra y un goteo distante que resonaba como un reloj de arena.
—Si esa es tu visión, Kaelen, debe ser triste vivir —dijo Andreus, alzando otro trozo de galleta a la altura de su rostro para que ella lo observara.
Kaelen no reaccionó a la provocación. Sus ojos esmeralda parecían perforar la fachada de Andreus, como si buscaran medir el peso de sus huesos.
—¿Entonces por qué no permitiste mi desecho?
Su pregunta fue directa, pero Andreus no respondió de inmediato, permitió que el silencio emergiera entre ellos, sosteniéndole la mirada en todo momento. Andreus suspiró después de un tiempo, de sopesar que diría, y al hacerlo, por primera vez, la máscara de solemnidad se desvaneció por completo. No por partes o fragmentos con anterioridad, sino en su totalidad, revelando a un hombre afectado por la vida y la experiencia.
—No lo sé —admitió, su voz apenas un murmullo—. Quizás encuentro consuelo aquí. Quizás no tengo nada más que hacer. Quizás no hay razón. Solo quiero estar.
Kaelen no reaccionó a la confesión. Su mirada se mantuvo inalterable, pero un leve temblor en sus manos reveló su reacción.
—Puedes comer, Kaelen. No has comido en días —dijo Andreus, extendiendo la mano con la galleta, cambiando tanto el tema de conversación, como el tono en su voz.—. Si quisiera envenenarte, ya lo habría hecho. Si quisiera tu muerte, la habría dictado. — Se detuvo un momento, aclarando la garganta y retomando aquel tono noble que lo caracterizaba al hablar. — Son un regalo de Nymia —se detuvo al mencionar el nombre de su consejera, pensando en ella brevemente antes de continuar—. Un incentivo para mi recuperación.
Kaelen observó la galleta, luego la mano extendida de Andreus. La lógica era innegable, pero no terminaba de aceptarla. La sola idea de depender de tal gesto le parecía lejana. Sin embargo, un destello de conflicto cruzó su rostro, una microexpresión que contradijo su frialdad habitual. La galleta, con su aroma a especias y dulzura, parecía un insulto a la crudeza de su realidad.
—Un incentivo —repitió Kaelen, probando la palabra, sintiendo un sabor extraño al decirla en voz alta.
—Lo es. Y jamás invertiría un incentivo en algo inútil —dijo Andreus, manteniendo la mano firme—. Y tú eres uno, uno que podría llegar a ser valioso, si se le da el propósito adecuado.
Kaelen inclinó ligeramente la cabeza ante sus palabras. Sus ojos esmeralda se posaron en la galleta, luego en las cicatrices de sus propias manos, el "mural" de su piel, un testimonio de un propósito grabado a fuego. Antes de volver a observarlo, aquel hombre le parecía un enigma, tan extraño que suscitaba dudas sobre sus intenciones.
—Mi propósito ha terminado —su tono era igual de indiferente, pero en la forma en que sus dedos recorrieron sus antebrazos, Andreus notó una noción de malestar.
—¿O ha cambiado? —Andreus la desafió—. El mundo no es estático, Kaelen. Las herramientas se adaptan, o se oxidan. Se reparan o renacen. La purificación que buscas puede llegar a ser más que un arma.
Un silencio denso se instaló. Kaelen no apartó la mirada de la galleta. Volviendo a pesar las palabras de él, en aquel tono frío y pragmático que resonaba con su propia formación. Lentamente, con una deliberación que pesaba cada gramo, extendió su mano y tomó la bolsa con cuidado. Sus dedos, finos y marcados, recorrieron el interior de esta, tomando una de las galletas que sostuvo por más tiempo del necesario, hasta darle una mordida. Un pequeño quiebre del ayuno autoimpuesto.
—Mi orden busca la purificación. Eliminar la corrupción —dijo Kaelen, su voz apenas un susurro, mientras llevaba otra galleta a sus labios. El sabor, simple y dulce, era una sensación extraña, casi infantil, que contrastaba con la dureza de su vida. — Un arma no puede llegar a ser más que eso, no puede desviarse del propósito por el que fue forjado.
Andreus asintió, una chispa de satisfacción en sus ojos.
—No, pero puede cambiar y ser empleado para algo más de lo que fue creado —dijo, recostándose contra la pared, el dolor en su hombro, un recordatorio constante—. Tu orden recuerda a la iglesia del Hacedor. Ambos hablan de la pureza, de seguir un camino recto para alcanzar la gloria. Pero, ninguna habla de la libertad de cuestionar y en como cuestionar nos acerca a creer, eso le llamamos autocontrol, y eso, ¿no es lo que temes?
Kaelen no respondió al instante. En cambio, terminó la galleta como quien decide el destino de un prisionero, cada mordida lenta y medida. Llegando a masticar mucho más fuerte que antes, en señal de desaprobación a sus palabras, pero incapaz de pronunciarlo por sí misma. El otorgarle el tono de su voz, haría que ganara algo que no le daría, por ello, solo mantuvo la mirada en él.
—El autocontrol... —murmuró finalmente, sin apartar los ojos de él—. A veces, es solo otra forma de obedecer.
Andreus arqueó una ceja y, tras una breve pausa, replicó con una media sonrisa que no alcanzó a suavizar su mirada.
—O de mandar, si sabes cuándo soltarlo.
El silencio que siguió no fue de incomodidad, sino de cálculo. Se midieron como dos duelistas antes del primer golpe, esperando quién sería el primero en atacar. Pero para Andreus, un duelo al alba no era lo que buscaba. Optando por otra alternativa que provoco en ella mucho más que un argumento. Quien dudó al verlo caminar con una mezcla de sorpresa y extrañamiento, en la medida que él se iba apartando, al son del eco sus botas al resonar contra las paredes húmedas.
—Descansa, Kaelen —dijo su voz, serena. Impidiendo que ella hablara.
Kaelen mantuvo la mirada puesta en él, incapaz de decir algo para el momento en que ya había marchado, dejándola sola, junto con la bolsa a su alcance. Miró el contenido por un tiempo antes de dejarlo donde estaba y volver a sumergirse en la oscuridad en busca de descanso. Una miga de galleta cayó al suelo, un pequeño recordatorio de que, a pesar de la oscuridad, había algo más que podía florecer en ese lugar.
La mañana llegó con un cielo opaco, gris de lluvia inminente. Desde su ventana, Andreus veía el patio interior sumido en un silencio apenas roto por el crujir de maderas al cambiar la guardia. Más allá, la línea de los bosques y el brillo del río parecían susurrarle promesas inciertas. A pesar de no haber dormido, se sentía extrañamente revitalizado tras la conversación con Kaelen y la madrugada de escritura.
— Al menos habrá algo para el futuro, —murmuró para sí mismo al terminar de escribir la última nota.
Le habría gustado quedarse un momento más en aquel lugar, disfrutando de la calma y el confort que le ofrecía. Pero ese instante duró poco, pues la puerta sonó antes de abrirse. Andreus mantuvo la mirada fija en la entrada, apretando el mango de su bastón. La figura de Nymia apareció, vestida con un elegante vestido azul que contrastaba con la formalidad de la ocasión. En sus manos, portaba un rollo de pergamino y una expresión que anunciaba dificultades.
— Buenos días, señor... Andreus, —dijo, su tono formal cargado de una leve incomodidad—. Me alegra verle de mejor semblante.
Andreus asintió, esperando que ella continuara. El silencio se alargó entre ellos, y él le hizo un gesto para que tomara asiento. Nymia se movió con cuidado, intentando que cada gesto causara la mejor impresión. Sin embargo, la impasibilidad de Andreus la hizo dudar de su efecto.
— Agradezco su interés por mi bienestar, —respondió él, su voz formal—. No es necesaria tanta formalidad. —Acercó una de las copas vacías de la mesa hacia ella, pero al intentar tomar la jarra, soltó un pequeño gemido de dolor, lo que alertó a Nymia.
— ¡Permítame por favor! —Ella tomó la jarra de su mano temblorosa, sus dedos rozándose brevemente, intercambiando una mirada que duró un instante más de lo habitual.
— Ahora soy yo quien debe de darle las gracias, —dijo Andreus con una media sonrisa, notando cómo el rubor se apoderaba de las mejillas de Nymia—. De no estar en mi situación actual, me aseguraría de que se sintiera como en casa.
— Ya lo ha hecho, señor. —Nymia bajó la mirada, sintiendo el calor en su rostro—. Desde que me otorgó el cargo como consejera, no he hecho más que sentirme agradecida por su apoyo.
— Me reconforta saberlo, —respondió Andreus, tomando un trago de su copa—. Espero que al haberlo hecho, no haya ocasionado mayores dificultades.
— ¡Para nada! —Negó con la cabeza en un sobresalto, antes de disculparse en un susurro—. Al estar con usted, he encontrado un mayor propósito y libertad, más del que habría encontrado como esposa de un matrimonio arreglado.
Tosió levemente al decir eso último. La idea de ser un mero enlace para el poder de su familia, bajo las expectativas asfixiantes de su hogar, había sido suficiente para considerar escapar. Pero al ver a Andreus, sentía que era realmente valorada. Sin embargo, no podía evitar que su corazón se sobresaltara al verlo, preguntándose si él podría albergar esa misma emoción.
— Recuerdo poco de cuando era joven. Poco de mi familia, de mis hermanos y mi madre, y aún menos de mi padre. —Andreus bajó la copa con cuidado mientras hablaba, limpiándose los labios antes de mirarla—. Siempre viajaba constantemente. Ahora, cuando pienso en mi hermano, me doy cuenta del motivo. —Una pequeña sonrisa se dibujó en su rostro, aunque ella parecía no entenderlo—. De lo poco que recuerdo, cada vez que volvía, decía que un hogar no es un lugar, sino donde sientes que puedes estar seguro, a salvo y crecer. Espero que hayas encontrado eso bajo mi servicio.
Nymia no respondió, pero sonrió, sintiendo cómo el rubor se intensificaba ante las palabras de su señor. La aprobación de un hombre tan noble le generaba una calidez en el pecho que no esperaba. Sin embargo, la incomodidad de la situación se hizo presente, y el gesto de Andreus cambió, volviéndose más serio.
— Aunque agradezco tu tiempo, debo entender que no has venido a charlar solamente.
— Sí... sí. —Nymia se acomodó el cuello del vestido, sintiendo que el aire se le escapaba—. Ha llegado un mensajero del imperio, y no son noticias agradables. Y... sus invitados ya han llegado a la sala de guerra, lo están esperando. Y...
Andreus hizo un gesto para que se detuviera. Con dificultad, se levantó del asiento, tomando su bastón y acercándose a ella. Extendió la mano, provocando que Nymia lo mirara con extrañeza. Al corresponder el gesto, la sensación fue cálida, contrastando con el frío y el sudor de su propia mano, lo que la avergonzó.
— Bien. Bien. Iré de inmediato. Lamento no poder dedicarte más tiempo si me están esperando. Espero que no sea inoportuno pedirte que me acompañe, en lo que nos ponemos al día sobre la situación actual del imperio.
Ella parpadeó un segundo antes de aceptar su ayuda para levantarse. Sintiendo el latir de su pecho y el temblor de su mano al intentar recoger el pergamino que se le escapaba de los dedos. Temía que su torpeza fuera motivo de malestar, pero él solo la observó con calma, esperándola antes de partir en dirección al exterior. Las últimas palabras en el cuarto fueron un formal: — Por supuesto, señor.
Caminaron en silencio, uno al lado del otro, saludando a los sirvientes y guardias que se cruzaban en su camino. Apreciaban las decoraciones, cuadros que retrataban momentos históricos de la frontera, dándole la sensación de caminar por una galería y no en una fortaleza. Un añadido que Andreus había mandado traer del almacén, donde aún guardaba algunas de las cosas obtenidas en sus viajes como mercenario. Cada cuadro era una obra magistral, y Nymia se preguntaba cómo habían podido sobrevivir tantos años a los extensos viajes.
— ¿Qué dice el mensaje del imperio? —preguntó Andreus al detenerse frente a un cuadro que representaba la defensa de la frontera contra el señor de la guerra norteño Erlen Neyrd, quien, por primera vez en la historia, había llegado a un concilio con los isleños para atacar las fronteras imperiales por mar y por tierra.
— El mensaje es... predecible, —comenzó Nymia, con cierta inseguridad en su voz, desenrollando el pergamino—. El emperador Anderfel ha enviado una legión de soldados a la frontera, bajo el pretexto de “asegurar el libre paso del comercio e instar orden en tiempos de necesidad” ante supuestos avistamientos de bárbaros de Oswinter y saqueadores de los Reinos del Norte.
Andreus resopló, pero no reaccionó. La forma en que se aferraba a su bastón evidenciaba su frustración.
— Eso solo es una excusa válida para incentivar la división de la nobleza en torno a la frontera.
— ¿Cree que sea por la solicitud de formalizar el consejo entre las casas nobles de la frontera?
— ¿Qué otra razón podría ser si no?
Nymia pensó en decir algo, pero Andreus lo impidió al continuar caminando por el pasillo. Murmuró algo para sí mismo, su mente trabajando en las implicaciones de la situación. Era evidente que la frontera había estado funcionando de forma poco eficiente a lo largo de los años, incentivando una corrupción entre las casas a costa del bienestar del pueblo. En parte, agradecía tener una razón válida para terminar con esos gobiernos sin mayores repercusiones. Pero ahora, dos años después, el emperador se preparaba para hacer acto de presencia y tomar control. La pregunta que lo atormentaba era: ¿Lo tomará a la fuerza o esperará un error para actuar? ¿Cuánto tiempo tenían hasta entonces?
— La idea de una frontera fuerte es aceptable. Pero la posibilidad de autonomía es lo que temen. Y de hacerlo, atacarán, ¿es lo que quiere, señor? —preguntó Nymia, su voz llena de preocupación.
Andreus la observó de reojo. Aceptar aquella respuesta significaría atentar contra el imperio, lo que podría costarle la vida. Negarla sería reconocer que sería incapaz de reconstruir la frontera al ceder todo su trabajo al poder de alguien que no la conoce. El silencio se volvió pesado entre ellos, y Nymia sintió que el aire se volvía denso.
— Lo siento, no quería acusarlo de deslealtad, —dijo ella, su voz temblando.
— No lo has hecho. De llegar al caso, ¿qué tipo de señor llegaría a ser si no inclino la rodilla también? Nadie debería estar por encima de la justicia, ni del orden. Ni siquiera yo.
Se dio media vuelta y comenzó a caminar, haciendo un gesto para que ella lo siguiera.
— Es admirable, señor, pero... la situación de Agatha seguirá precaria, sea con o sin la intervención de la legión. Gran parte de nuestros recursos se destinaron a cumplir el diezmo imperial. Deberá ser suficiente hasta el próximo trimestre, pero a cambio, operamos con los mínimos recursos. Si seguimos así, no resistiremos hasta llegar al invierno, antes de solicitar préstamos a otras casas… o al banco de hierro.
Andreus frunció el ceño ante sus palabras.
— ¿Opciones?
— Los impuestos son una opción. De tener la posibilidad podríamos...
— Eso está fuera de discusión, —replicó Andreus, golpeando el suelo con su bastón—. El pueblo ya ha sufrido demasiado por la guerra y la reconstrucción de estos dos años. Apenas hemos obtenido una débil muestra de confianza al conseguir voluntarios para los trabajos en los campos y la apertura del comercio. Sin contar con la creación de un nuevo ejército. No podemos arriesgar lo obtenido a cambio de unas monedas más. Aunque pudieran darnos un breve respiro hasta el otro trimestre, ¿qué pasará después? ¿Solo seguir en aumento y tentar a los nobles a un golpe de Estado bajo las mismas promesas hechas, que jamás se cumplirán?
— Lo... lo entiendo, señor, —Nymia asintió, organizándose nuevamente el cuello del vestido, sintiendo que le faltaba el aire igual que anoche en la biblioteca. Pero al pensar en ello, recordó la noche de trabajo con Lazkel—. Hay otra opción que he puesto esta mañana en marcha. Permitiendo la tala de parte de los bosques para ampliar los campos de cultivo y la venta de la madera. Sé que el beneficio no será inmediato, pero es una alternativa a largo plazo, aunque necesitamos algo de forma inmediata hasta entonces. Por lo tanto, Lazkel y yo hemos explorado otras vías.
Andreus se detuvo ante un cuadro que representaba un árbol del cual partían los Tenerius. Recordó a su ancestro más antiguo, un simple comerciante de bienes extranjeros, y a su abuelo paterno, quien consolidó la posición como casa mayor al contraer matrimonio con la casa Rozrog, familiares distantes del emperador, pero aun así, con derecho al trono por vía materna. Miró por un momento su linaje, antes de verla con interés.
— ¿Cuáles?
Nymia se acercó lo suficiente, observando a su alrededor, bajando su tono al de un susurro conspiratorio, temiendo que las paredes tuvieran oídos.
— Las minas de la Raíz de Plata, aquellas que están en el corazón del bosque de Cedra y a cierta distancia de las montañas Amell con la frontera del sur.
Andreus no reaccionó de inmediato ante las palabras de su consejera, pero su mirada se endureció en cuestión de segundos. El Bosque de Cedra se le había dado a los no-humanos a cambio de su operación en la recuperación de la corona. Durante dos años habían vivido en distancia, comerciando cada tanto, pero respetando el trato que los había beneficiado a ambos. Ahora, la propuesta de Nymia era una amenaza ante tal delicado tratado que había costado construir.
— ¿Por qué? —La pregunta de Andreus sonó con la dureza de un cuestionamiento y no de curiosidad—. El bosque es sagrado para ellos, y las minas, más aún. Poner en riesgo lo que hemos construido a cambio de la necesidad que pasamos solo generaría un potencial enemigo a futuro. Y uno, mucho peor de los que ya nos rodean. Saben lo suficiente de guerra, de desgaste, para acabar con lo que hemos logrado. Así que, volveré a preguntar, ¿por qué?
— No lo propongo a la ligera. Ni una ocupación, —Nymia se irguió, su voz ganando firmeza—. Pero sin financiamiento, los nobles harán lo posible por despiezar lo poco que Agatha tiene para sostenerse. La alternativa es la desestabilización interna. Las Minas de la Raíz de Plata son conocidas por sus vetas de hierro y, según antiguos registros, de plata. Recursos que podríamos comerciar con los reinos del sur, lejos de la influencia imperial directa. Los no-humanos, especialmente los de las barbas frondosas, conocen esas minas mejor que nadie. Con suerte, podríamos generar un tratado comercial entre quienes viven en las montañas y quienes custodian los bosques. Incluso podríamos...
Andreus la detuvo con un gesto, expresando un suspiro. El peso de la decisión era evidente en su rostro. La idea de explotar los recursos de los no-humanos, aunque tentadora, sería una traición a quienes se les había prometido libertad y respeto en una tierra que se les había negado. La sola idea de aceptarlo le repugnaba. Sin embargo, no podía desquitarse con ella, puesto que tenía razón: la supervivencia de Agatha, de su sueño de reconstruir su hogar, se vería envuelta en fracaso si se negaba ahora. La imagen de su linaje, de los Tenerius que habían construido y defendido esta frontera, se cernía sobre él. No podía permitir que todo se desmoronara por un ideal, por muy noble que fuera.
— A regañadientes, Nymia. Muy a regañadientes. —Su voz era un gruñido, cargada de la amargura de una promesa que se veía forzado a doblar—. Envía un diplomático al bosque de inmediato. Uno de confianza. Que hable con sus líderes y les presente nuestra propuesta. Que les asegure que sus tierras serán respetadas y que los beneficios serán compartidos. Que entiendan que esto es una necesidad, no una imposición.
— Así se hará, señor. —Nymia asintió, aliviada de que Andreus hubiera accedido, aunque fuera con reservas.
Llegaron a la entrada de la sala de guerra. Antes de que Andreus abriera la puerta, se tomó un momento para observar los tallados en la misma. Habían pasado dos años desde el asedio para volver a colocar un pie en aquella sala. La misma en la que aún podía recordar la mirada de una niña asustada que llamaba a su padre, una que se negaba a recordar en ese instante. Nymia lo miró por un instante, deteniéndolo ante su acotar, captando la atención de un Andreus desorientado que abrió los ojos al ver cómo ella sacó una pequeña caja de madera finamente tallada de su bolsillo.
— Esto es para usted, señor. Llegó esta mañana por parte de un orfebre. Decía que solo podía ser entregado ante usted.
Andreus la observó en silencio un instante, tomando la caja con cuidado. Al abrirla, encontró un pequeño broche de plata, con el emblema de la Casa Tenerius: una corona rodeada de espinas, pero esta vez, las espinas estaban entrelazadas con delicadas hojas de roble. Ella miró la forma en que acarició la caja con sus dedos, cada extremo, cada tallado y decorativa, ansiosa de saber qué había en su interior, pero él solo la sostuvo antes de abrir la puerta con la otra mano.
— Gracias, Nymia, por todo.
Ella sonrió antes de hacer una modesta reverencia, empleando su vestido para ello. Antes de dar media vuelta, se mordió el labio, sintiendo una mezcla de emoción y nerviosismo. Andreus la observó marchar con un cariño paternal, pero también con la certeza de que su relación debía permanecer en el ámbito del respeto y la lealtad. —Demasiado peligroso, tal vez... en otro tiempo. —
Andreus abrió la puerta, y el calor de la sala de guerra lo envolvió. La primera imagen que vio fue la de su hermano Ragnar, sentado ante la chimenea, removiendo las brasas con una daga de hoja ancha, su rostro iluminado por el fuego danzante. A la distancia, Salomón, absorto en un grueso tomo de historia encuadernado en cuero oscuro, Crónicas de la Antigua Thule, levantó la vista al sentir su presencia. Ambos lo miraron, y Andreus asintió en reconocimiento, el cansancio apenas velado en sus ojos.
—Llegas tarde —dijo Ragnar, clavando la daga en uno de los restos de carbón con un chasquido seco.
—Debía atender otros asuntos. Agradezco vuestra paciencia.
Salomón, con un gesto taimado, cerró el pesado libro de historia antes de colocarlo con cuidado en una mesa cercana. Se puso de pie y caminó hasta el centro de la sala, donde una extensa mesa de roble pulido representaba el mapa del continente. Delimitaba cada sección con finas líneas de plata incrustada y estaba salpicada de marcas de tinta fresca y anotaciones sobre movimientos de tropas o posibles peligros.
—Si estáis aquí, es porque habéis accedido a... —Andreus dejó la frase a medias, sintiendo la expectación de sus compañeros. Con ellos no podía ser un diplomático, mucho menos un señor. —Salvarme, y por eso seré breve con lo que diré.
—¿Has venido a dictar sentencia sobre la puta que te atacó? —interrumpió Ragnar, impaciente, su voz áspera como la grava. —He hablado con tu carcelero. Esta mañana falleció uno de los atacantes, lo que significa que aún queda una con vida. Es tiempo de mostrar fuerza, Andreus. Nadie puede quedar impune.
—¡No! —Andreus alzó la voz, un eco de su autoridad, sorprendiendo a Ragnar, quien levantó una ceja, desafiante. —¡Aún no! —Al sentir la reacción de ambos, se aclaró la garganta y retomó su tono formal, aunque su voz aún denotaba la tensión. —Aún puede ser útil.
—¿Útil, dices? —increpó el isleño, apretando la empuñadura de su hacha, con tal fuerza que sus nudillos blanquearon. —Mientras más tiempo la mantengas viva, mayor será la posibilidad de que escape, o de que dé la señal de que eres débil con tus enemigos. Un solo rastro de duda dictará el final, sin siquiera haber comenzado.
—Tendrá su castigo en su debido momento. Pero hasta entonces, aún puede ser empleada.
—¿De qué podría servir?
—Hacia donde irán, estamos ciegos. Guiados solo por rumores y nada más. Si puedo usarla para obtener un atisbo de luz que garantice que podáis volver, así será.
Ragnar abrió la boca, pero de ella solo emergió un gruñido, seguido de un resoplido de frustración. Nada de lo que había pasado en los últimos días era normal, y la falta de información para actuar con libertad lo exasperaba. Si había algo que odiaba el isleño, era sentirse débil ante una situación que lo superaba. Por eso, fue Salomón quien intercedió por ambos, su voz grave y resonante.
—Hablaste del contrato y del noble. ¿Qué es lo que propones?
Andreus observó los ojos carmesí de Salomón, encontrando en ellos un breve tono de comprensión, uno que agradeció en un momento en que el malestar que lo invadía comenzaba a hacerse visible. El dolor de su cuerpo empeoraba con cada minuto que pasaba, obligándolo a querer volver a sus aposentos para descansar, pero no se daría ese lujo hasta terminar lo que había empezado, en especial ahora.
—Irás a Per-Bhast.
—¡¿Qué?! ¿Él? —Ragnar señaló a Salomón al oírlo, su voz cargada de incredulidad. —Necesitas un guerrero en ese lugar, alguien en quien confiar y no un... —No alcanzó a decir el insulto, pues Salomón lo observó, sus ojos brillando con una intensidad gélida, listo para comenzar la pelea, o al menos, finalizarla sin siquiera comenzar.
—De los tres —intervino Andreus antes de que el conflicto escalara—, es el único que ha estado en la frontera con Krhós'Vahes y las Tierras Perdidas de Kael. ¿No fue allí donde te encontramos? ¿En los pozos de gladiadores?
Salomón sostuvo la mirada de ambos. Sus días como gladiador para el mejor postor eran tan borrosos como sus recuerdos de juventud. A raíz de la bebida y las sustancias que debía consumir diariamente para mitigar aquel dolor, llegó a mover su mano hasta su pecho, acariciando por sobre la camisa aquella cicatriz que permanecía después de tantos años.
—Nunca estuve en Per-Bhast. — Añadió con lentitud. — Pero el nombre no me era ajeno en esos días. Las historias de sus pozos de gladiadores, de la Arena de los Desesperados en Qtar, llegaban incluso a los rincones más remotos del desierto —dijo con su calma habitual. Se acercó hasta la mesa, colocando su dedo en el centro del Gran Desierto y usándolo como pluma, señalando diferentes ciudades. —Solían movernos como mercancía en la noche, de pozo en pozo en las temporadas de juego, hasta que solo quedara uno de los cien que competían. Lo más cerca que estuve fue en el pozo de Qtar, la ciudad de los esclavos. Quien ganara allí, podría obtener paso seguro a Per-Bhast. Será un lugar de parias, sí, pero nunca escatimarían en entretenimiento.
—Esto es absurdo —intervino Ragnar al oírlo. —Envíame a mí en su lugar. Lo último que falta es que vuelva a morir. —Ante la última palabra, Salomón observó a Ragnar, pero no respondió a su provocación.
—Si es cierto lo que dijo tu consejera en su informe, enfrentamos fanáticos justicieros. Y no es una banda de saqueadores cualquiera. — Hablo en un tono distanciado, aun recorriendo cada zona del desierto con el dedo. — Y si son tan dogmáticos como se esperaría, deberán estar en la celebración de los juegos, o al menos, vigilando las fronteras de Per-Bhast. Pero yo desconocería a dónde ir, en una tierra en la que nunca he estado. Mi conocimiento del desierto es de supervivencia, no de política.
—Por ello, no viajarás de inmediato hacia Qtar, Salomón, sino hacia la frontera de Agatha —dijo Andreus. Salomón dejó de señalar el mapa y alzó la mirada para verlo. —No es falso afirmar que Bershka estuvo en Ostelia antes del ataque, y se marchó en dirección a Per-Bhast. Si alguien puede guiarnos allá, será ella. Su conocimiento de las rutas de contrabando y los contactos por contrato en las Tierras Perdidas es inigualable. Aunque significaría que deberás marchar cuanto antes si no quieres perder su rastro.
Salomon asintio ante sus palabras, aunque pronto dejo de verlo para posar su mirada sobre el mapa de Agatha, en especial, en los bosques que eran marcadas como tierras de no-humanos. Aunque no lo expreso oralmente, era evidente en su rostro, que irse de forma inmediata sin despedirse, era un nuevo peso que se evidenciaba en su mirada, aunque no negaria la orden dictada.
—Aunque lo haga —masculló Ragnar, aun con los brazos cruzados—. No has dicho nada del mercader que los trajo a la frontera. El Imperio es un laberinto de burocracia, nobles, mercantes y que sabe cuanta basura que se esconde bajo sus “elegantes” vestiduras.
—Es ahí donde tu viaje se distancia del de Salomón. — Hizo un ademán con la mano para poder hablar. — Irás al corazón del Imperio, a Aethelgard.
—¿Al corazón? Preferiría arrancarme los ojos antes de siquiera pisar ese lugar. La Ciudadela de la Luz, con sus inquisidores y sus leyes que asfixian el aire. Sería más fácil sobrevivir, desnudó contra un Odresno en el bosque, que allá.
—Y por eso, debes ser tú. — Intervino con su tono diplomático de siempre. — Salomón es extranjero, su piel y sus costumbres llaman la atención. Pueden confundirlo con un esclavo en cuanto llegue a la frontera, o peor, con un errante del desierto, y ya sabes cómo los tratan los guardias imperiales. Pedirían su cabeza a la mínima oportunidad y a medida que se acerque al interior, serán mayores las barreras que se le presentarán. Su presencia sería suficiente para evitar cualquier oportunidad de logro.
—¿Y no las tendré yo? ¿Un isleño de Aett, un "bárbaro" a los ojos de esos nobles de seda? En cuanto llegue, buscaran mi muerte.
—No, si vas como comerciante. —Andreus dejó la cajita sobre la mesa y de su cinto sacó una carta amarillenta que dejó sobre la mesa, extendiéndosela a Ragnar, quien la tomó con desconfianza. —Es un salvoconducto. — Al oirlo, Ragnar la tomo con cuidado antes de comenzar a leerla, llegando a ver a su hermano por momentos — Lazkel se encargó de contactar con un agente de la guardia, un tal Capitán Valerius de la Legión del Halcón, nos ha dado permisos de paso. Lo usarás para acercarte al corazón y reunirte con un Maestro Peletero de la Casa Varen, en el Distrito del Cuero de Aethelgard. Será suficiente para hacerte pasar por un cazador o un proveedor de pieles exóticas. En cuanto entres en la ciudad y lo contactes, deberá llevarte al gremio de comerciantes. No hay un solo producto en el Imperio que no haya sido catalogado o registrado allí, al menos, de forma legal. El Gremio de los Mercaderes de la Corona es el centro de toda la información comercial. Deberá ser suficiente para comenzar.
—Aun si lo hacemos —preguntó Salomón con cierta distancia en la voz—. ¿Qué garantiza que lo logremos? ¿Cómo sabremos cuándo volver en caso de fallar o de un obstáculo?
—O de otro ataque hacia ti —añadió Ragnar, chasqueando la lengua en señal de acuerdo con Salomón, compartiendo su visión.
— Para eso, es esto.
Andreus abrió la cajita con sumo cuidado, como si temiera que su contenido pudiera quebrarse ante el más mínimo gesto. Al hacerlo, su mirada brilló brevemente antes de darle media vuelta a la cajita y presentar su contenido, captando la atención de ambos hombres de forma inmediata. Eran tres piedras preciosas, cada una con su propio carácter. De izquierda a derecha, la primera era de un tono azul claro, que al mirarla fijamente parecía oscurecerse, como si absorbiera la luz a su alrededor. La segunda, de un rojizo intenso con destellos dorados, vibraba con una energía sutil. La tercera y última, de un tono amarillento similar al oro, irradiaba una luz suave, casi hipnótica.
—Apesta a magia de los orejas puntiagudas —gruñó Ragnar al observarlas, su voz cargada de desprecio. Todo lo relacionado con la magia le causaba asco, en especial el uso de artefactos. No fue sorpresa para ninguno su reacción.
—No suelen ser habituales las piedras de comunicación en el continente —añadió Salomón, acercándose a la piedra rojiza, sintiendo una extraña atracción, como si lo llamara. Al sostenerla entre sus dedos, notó que era cálida al tacto, suave como la seda, y su pulso parecía resonar con un latido propio.
—El Archimago Brehem de Hemeris. Siempre quedó en deuda con nosotros luego de salvar al consejo de magos y a los nobles durante la Purga de la Torre —explicó Andreus, su voz cargada de nostalgia.
—A costa de los estudiantes —intervino Ragnar con desdén, recordando el sacrificio de aquellos que habían caído en el camino.
—Y aun así, durante todos estos años, me he asegurado de pagar esa deuda —Andreus sostuvo la mirada de Ragnar el tiempo suficiente para que este la bajara, un gesto de sumisión a regañadientes. —Entre los aportes a la academia, Brehem accedió a continuar la investigación de uno de sus alumnos más prometedores. Consideraba la posibilidad de extender la distancia de comunicación de las piedras. A cambio de solo enviar un mensaje de veintidós palabras exactas.
—¿Cómo?
—Solo encontró dos formas de lograrlo. La primera es la comunicación en cuanto la piedra ha sido dotada de energía. Es decir, expuesta al sol por suficiente tiempo, se darán cuenta de que está lista cuando esté caliente al tacto. Una vez enviado el mensaje, se enfriaría, debiendo pasar medio día expuesta al sol para enviar otro mensaje.
—Olvidas que a medida que la distancia sea mayor, no garantizará el clima adecuado para su uso —añadió Salomón, aún jugando con la piedra, sintiendo su calor y la suavidad de su superficie.
—Y es ahí donde entra el segundo punto. Solo en los lugares donde el velo entre lo físico y lo inmaterial es débil, o donde hay una mayor concentración de energía arcana, aumentaría su uso. En esos lugares, las piedras podrían actuar como catalizadores.
Ambos hombres se miraron por un segundo, comprendiendo la implicación. Los catalizadores eran como se solía nombrar a las varitas, báculos o cualquier otra herramienta que los magos, brujos o hechiceros usaban para centrar la energía que generaban, llegando a realizar extraordinarias proezas o grandes desastres. La idea de depender de tales artefactos hizo que Ragnar volviera a rechazar la propuesta. Ya había visto con anterioridad quienes al poseerla se volvían monstruos disfrazados de hombres y estaría dispuesto a cortarse un brazo antes de siquiera usarlo.
—¿Quieres que nos acerquemos a la corrupción a cambio de nuestra voluntad? ¿Que nos atemos a la hechicería que tanto detestamos?
—No —negó Andreus con la cabeza, su voz firme y decidida—. Quiero que puedan regresar a salvo, sin importar qué.
Ragnar se quedó observándolo por un tiempo, en la medida que Andreus tomaba la piedra azul entre sus dedos. No eran magos, no podían lanzar hechizos o realizar grandes proezas, aun si lo hicieran, la inquisición se encargaría de buscarlos y acabar con ellos a la mínima señal de existencia. Por eso mismo, solo eran hombres que intentaban desafiar al destino. No eran pertenecientes a los no-humanos, a las diversas habilidades que la naturaleza les daba, tampoco merecedores de la voluntad del hacedor para generar milagros o capaces de emplear la energía del velo para salvaguardarse.
Solo eran lo que habían construido de sí mismos, y al sostener aquella diminuta piedra, a sabiendas de las consecuencias que traería consigo, estaría dispuesto a ponerse en riesgo, si eso les daba una oportunidad de victoria. La oportunidad de volver a ver a sus hermanos bajo su techo, ante la idea de tener un hogar al cual regresar. Por eso, la calidez de la piedra duró poco en su mano al bajarla; ya no se encontraba en la sala de guerra, ya no estaba junto a sus hermanos, y el día se había vuelto de noche nuevamente. El frío, junto con la caricia del viento, era lo único que lo acompañaba ahora. Aunque no estaba solo.
—Lo lamento, no debí de haberme quedado en mi palacio de la memoria —murmuró, mirando nuevamente la piedra antes de dejarla a un lado. Ahora, convertida en un anillo que le acompañaba en todo momento, aunque las joyas las consideraba absurdas y ostentosas, el usar una con su propósito hacía que fuera más tolerable.
—Los has enviado a la muerte —agregó Kaelen, su mirada fija en el tablero de ajedrez que tenían frente a ellos, donde las piezas esperaban su turno. La partida estaba a tan solo cuatro movimientos de obtener la victoria.
—Suena muy segura de eso, aún luego de todo lo que te he contado el día de hoy —respondió Andreus, con un tono desafiante ante su actitud.
Se inclinó hacia adelante, observando cómo Kaelen movía una de sus piezas con precisión, como si cada movimiento estuviera siendo empleado en un juego mucho más grande que el ajedrez. Ante ello, sin apartar la vista del tablero, ella movió su caballo, generando un sonido de un golpe seco al colocar la pieza con fuerza, amenazando el flanco de Andreus. Aunque al señor de Agatha pareció no sorprenderle aquel movimiento.
—La muerte no es solo un destino, Andreus. Es un susurro constante, una sombra que acecha a quienes desafían el orden natural de las cosas. Has tomado decisiones que han marcado tu camino, y ahora, el eco de esas decisiones resuena en cada paso que das. Tus hermanos, enviados a tierras hostiles, son solo el primer sacrificio de muchos con tal de extender tu vida, ¿No ves que es en vano retar el destino?
Andreus asintió lentamente, su mirada recorrió el tablero, pero no reaccionó. En cambio, tomó una de las copas de vino que había traído consigo y bebió un trago mientras observaba el tablero. Ambos se encontraban separados por las barras de la celda, jugando desde el suelo y compartiendo la comida entre los barrotes. Aunque a ella parecía importarle poco el alimento, su interés estaba sumergido en la partida, algo que generaba cierto disfrute para Andreus, quien reconocía en ella astucia. La siguiente jugada de ella fue audaz. Empleando su torre, la movió en defensa de su peón, abriendo una línea de ataque.
—Mis hermanos no son sacrificios, Kaelen. Son pilares. Ragnar es la fuerza bruta, la lealtad inquebrantable que abre caminos donde otros ven muros. Salomón es la mente, la sombra que se mueve donde la luz no llega, capaz de ver lo que otros ignoran, y de adaptarse a lo que otros temen. Los he enviado a donde son más necesarios, a donde sus habilidades son irremplazables, ¿Acaso alguien sacrificaría sus piezas más importantes sin medir las consecuencias de ellas?
Kaelen sonrió, una expresión fría que llegaba a darle cierto toque juvenil a su rostro pálido. Sus ojos brillaron con una chispa de reconocimiento. Tal vez en el fondo, ella también disfrutaba del juego o la compañía, o simplemente lo veía como una oportunidad de distraerse del silencio. Aunque la opción de que solo lo hiciera para obtener un día más de vida siempre estaría presente, pese a no poder determinar qué la motivaba, ella siguió con su jugada, extendiendo su mano y moviendo su alfil, colocándolo en una posición que amenazaba directamente la reina de Andreus.
—La fuerza sin dirección es solo caos, y la mente sin corazón, una herramienta sin propósito. Tus pilares, por muy sólidos que sean, están lejos. Y aquí, en tu propia fortaleza, tus consejeros están ciegos. Cegados por la admiración, por el... amor —la palabra le costó pronunciarla, como si fuera un concepto ajeno o incluso repulsivo para ella. —No ven tus debilidades, solo tus virtudes. No te desafían, te complacen. Alimentan un orgullo y ego que te llevarán al fracaso.
Andreus frunció el ceño, sintiendo la tensión en el aire. La jugada de Kaelen era directa, un ataque frontal a su pieza más valiosa. Con un movimiento audaz, Andreus movió su reina, exponiéndola, sí, pero abriendo un camino para su peón. Generando en ella que entrecerrara los ojos al ver el movimiento, en un intento de entender qué era lo que planeaba el hombre ante él, en un intento de extender su tiempo de vida.
—La lealtad no es una debilidad, Kaelen. Es la base de un reino. Nymia ve el mundo con una claridad que pocos poseen, y Lazkel es la roca sobre la que se asienta mi guardia. Su "admiración", como tú la llamas, es la confianza que han depositado en mi visión. Y esa confianza, a diferencia del miedo, es un cimiento que no se desmorona.
Kaelen inclinó ligeramente la cabeza, sus ojos fijos en el tablero. La audacia de Andreus era evidente, pero también el riesgo. Su mano se movió con rapidez, y su peón avanzó, bloqueando el avance de Andreus y colocando su rey en jaque. Andreus no reaccionó ante el gesto, pero la forma en que sostuvo la copa al dar un trago evidenciaba que no había previsto aquello.
—Una jugada arriesgada. Pero predecible. Estás rodeado de peligros. Enemigos internos y externos esperan tu más mínimo error. Los nobles que te "apoyan" son víboras. La Iglesia busca poder. El Imperio te observa como un halcón a su presa. Y el tiempo... el tiempo se te agota, por más que intentes extenderlo, ¿Así es como quieres terminar?
Andreus sintió un nudo en el estómago. La jugada de Kaelen era un jaque, un golpe directo a su posición. La partida había llegado a un punto crítico, y él se dio cuenta de que había subestimado a Kaelen. La distancia entre ellos era palpable, y en ese momento, comprendió que el juego no solo era sobre ajedrez, no solo era un mero entretenimiento para pasar una noche de desvelo rebelde, sino que para ella, a diferencia de él, en ningún momento se había atrevido a disfrutarlo. Fue esa misma dedicación la que generó sorpresa en ella al ver el movimiento inesperado de su contrincante, quien tomando el peón más humilde, en la pieza menos esperada y subestimada, lo movió de forma que capturó la reina de Kaelen y con ello, logrando la victoria de la partida.
—Jaque mate —dijo Andreus, su voz apenas un susurro, la victoria inesperada.
Kaelen miró el tablero, luego a Andreus. No había frustración en su rostro, solo una curiosidad intensa.
—Interesante. Una jugada... inesperada.
Andreus se inclinó hacia adelante, sus ojos fijos en los de ella.
—¿Jugamos otra vez, Kaelen?
El silencio llenó la celda, roto solo por el goteo distante del agua. Kaelen lo miró, y por primera vez, Andreus sintió que la máscara de frialdad que ella había mantenido se resquebrajaba, revelando una mente tan aguda como la suya, y quizás, una soledad tan o igual de profunda que les atormentaba.



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