El contrato de la conciencia: Prologo
- Ciaran. D'ruiz

- 26 oct
- 5 Min. de lectura
“Nadie teme tanto al vacío como quien intenta llenarlo con una sola idea.”
— Dra. Amelia Korrens, diario de misión EOD-037.
Prologo:
“Nadie teme tanto al vacío como quien intenta llenarlo con una sola idea.” — Dra. Amelia Korrens, diario de misión EOD-037.
Recorrido el pasillo de tonos blancos con paso apresurado. Cada tanto observaba por sobre su hombro, de no encontrar nada allí. Las luces blancas llegaban a cegarle con cada avance que hacía, pero ninguna de ellas resaltaba tanto como la que tenía entre manos, de un tono azul claro que hacía reflejo en sus lentes. La cual, pertenecía a un cilindro del tamaño de su antebrazo, delgado, de poco peso, pero destellante en sus tonos metálicos. Lo presionaba contra su pecho, creyendo que, en ese simple gesto, no llegaría a verse.
Para el momento que llego al final del pasillo, se ajustó los lentes y miro a ambos lados del pasillo. Dos extremos de tonos blancos y luces frías era cuanto le rodeaba. Pero no era suficiente, aquella calma inquietante, solo generaba mayor malestar del que ya sentía. Su mano llegó a temblar en el momento que tomo su tarjeta de acceso y la llevo hasta el panel de la pared, abriendo una puerta doble de metal. Donde un olor a polvo seguido de la propia imagen oscura de la habitación fue cuanto la recibió.
Camino a oscuras, aun con el cilindro en manos, del cual, entre destellos, llegaba a revelar partes de la habitación. Desde las mesas hasta las sillas que formadas desde la entrada hasta la pared del otro extremo. Las herramientas desordenadas sobre algunas de ellas y equipos, tanto de comunicación como de desarrollo, descansaban sobre las repisas. De tener vida, todos los objetos ya le habrían cuestionado el motivo de interrumpir su descanso. Y aun si lo hicieran, no les respondería.
Para el segundo que llego al otro extremo de la sala, se detuvo al escuchar pasos provenientes del exterior: — Están aquí... — Susurro para sí. Creyendo que, al decir aquellas palabras, lo que estaba al otro lado no se daría cuenta. Pero el sonido le dio la respuesta, cuando el sonido de la puerta negaba el acceso. Ante ello, unos golpes prosiguieron. — ¿Está ahí, doctora? — Recito una voz en tono autoritario con un gesto de fatiga. — De ser así, le advierto que entraremos, así que se le dará una sola oportunidad para salir y devolver el dispositivo al laboratorio. Es la única advertencia que se le dará.
Ella volvió a apoyar el cilindro contra su pecho. Sintiendo como se le resbalaba por el sudor en sus manos. Abrió la boca, creyendo que tendría la valentía de decir algo, pero lo único que salió fue un gemido mal trecho antes de cerrar sus labios en una línea. Se aferró al cilindro antes de continuar buscando por la pared, ante la oscuridad de la sala, se le dificultaba encontrarlo, teniendo que usar por momentos la luz titilante del dispositivo para ubicarse, hasta poder rencontrarlo. — ¡Aquí estás, aquí estás! — repitió con un atisbo de esperanza, en la medida que movía las máquinas hasta encontrar la sección de desechos, siendo una pequeña compuerta en la pared cuya función era guiar todo desperdicio hasta la zona de desechos que luego serían enviados por el espacio.
Al poner las manos en la compuerta comenzó a jalar una y otra vez. Escuchando como el viejo metal chirriaba ante el esfuerzo, a la par que desde la puerta principal, los golpes solo se intensificaban con mayor fuerza. — ¡Abran la maldita puerta! — Grito el guardia, Y en un segundo, la oscuridad de la sala comenzó adquirir un tono rojizo proveniente de la entrada principal, que al verla, la doctora comprendió que estaban fundiendo la puerta.
— Abre de una puta vez — Maldijo ella haciendo un último esfuerzo que dio apertura al conducto, llegando a provocar que se cayera sobre sí misma.
Intento decir algo, pero se detuvo al sentir una sensación cálida en su brazo, al levantarse la manga, noto un hilo de sangre desde la palma de su mano. Al ver de nuevo el conducto, abierto, este había sido el causante de su dolor, pero no fue suficiente para detenerla. Tomo el cilindro nuevamente y se puso de pie hasta el conducto, momento que la puerta principal se abrió en par, y una escuadra de soldados emergieron del exterior. Siendo el más llamativo, aquel que no portaba una máscara a diferencia de los demás.
— Aún tiene una oportunidad de salir con vida. Entregue el dispositivo EOD-037 y será puesta en custodia preventiva.
El hombre era de aspecto avanzando. Sus ojos eran de un tono gris oscuro, su cabello corto, igual que todo militar. A diferencia de la escuadra que lo acompañaba, portaba un uniforme impecable de tonos negros con líneas blancas, revelando su rango de capitán. No portaba un arma en las manos, a diferencia de los soldados, pero sí había llevado su mano izquierda hasta su cinto, tomando la empuñadura de la pistola.
— No nos corresponde a nosotros decidir. — Respondió ella con temor, antes de tomar el cilindro torpemente con una mano y colocarlo en el agujero de desechos. No sin antes, agarrar una de las herramientas de la mesa y usarla para apuntarles.
— Lo es, por eso nos han pagado Amelia. — El hombre dio una señal y sus hombres bajaron momentáneamente las armas. — Entregue el dispositivo y la llevaré en persona, este no debe ser su fin.
Amelia dudó, pero poco pudo hacer cuando el dispositivo, a raíz de la sangre que brotaba de su mano, termino deslizándose en el interior del conducto. Llegando a escucharse los diversos golpes en su interior antes de terminar de descender. Uno de los guardias apunto su arma, pero ella reaccionó primero llevándose la parte puntiaguda de la herramienta hasta su cuello y haciendo gala de una valentía inexistente volvió a hablar.
— No puedo volver, John. No puedo.
El hombre le sostuvo la mirada en todo momento, antes de que sus hombres apuntaran. Los ojos de tonos, miel de ella, no estaban cargados de rencor o de ira, tan solo de temor, de aquel miedo que impregna a quien intenta hacer lo correcto, aun a sabiendas de que podría ir encuentra de su persona. Por ello y antes de que ellos dispararan, fue el quién desenfundo primero y con un solo disparo, la doctora cayó.
— ¿Ha muerto?
Pudo escuchar una voz en el intercomunicador de su oído. Llevo su mano hasta este y al activarlo, respondió.
— La amenaza ha sido aniquilada, ¿Órdenes?
En el silencio exterior, lejos de la estación y de aquella sala oscurecida, de los guardias que dudaban entre ellos y de un capitán con el rostro ensombrecido. Una pequeña cápsula metálica giraba en la inmensidad del vacío, tomando cada vez mayor distancia de los horrores de la estación. Su superficie aún brillaba con un tenue resplandor azul, como si recordara el calor de las manos que la habían dejado ir… y la mancha de sangre que aún la acompañaba en su viaje.
Desde lo alto de una de las torres, una figura observaba la cápsula hasta perderse en la inmensidad de las estrellas. Soltó un amargo suspiro antes de tomar una copa de vino y darle un trago lento antes de hablar en voz baja. — Tarde o temprano regresarás. — Y con aquel mismo tono carente de emoción, se terminó la copa sin ningún atisbo de deseo y retomo su oficio en la gran sala, revelando en medio, un gran mapa espacial.




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