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Bajo las luces y el humo, el silencio es un filo que corta el aire: no hay guion, solo el azar de un dado de veinte caras D20 rodando hacia la oscuridad. El Director de Juego aguarda en las sombras como un verdugo, mientras los actores contienen el aliento ante el dado que decidirá, con un número gélido, si esta noche nace un héroe o si el telón cae sobre una tragedia inevitable. En este teatro de lo incierto, cada palabra es un salto al vacío y el destino es un capricho del dado rodando sobre el escenario

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Acomodaos junto al fuego, viajeros, y dejad que el vino calme vuestra sed, pues voy a relataros una crónica que los vientos de los Reinos del Sur aún susurran. Es la historia de cómo la leche salvó al mundo y cómo un humilde granjero terminó vistiendo el manto de la mismísima Muerte

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Desde tiempos antes del tiempo, en la Dimensión Extraña, los Hermanos Mayores —Vida y Muerte— observaban el mundo con la gélida indiferencia de las montañas. Pero su hermana menor, la Diosa de la Guerra y las Criaturas, ardía con el fuego de la intervención. Ella amaba el barro y el aliento de los mortales.
De su anhelo nació Bruna, su creación más preciada. Bruna, fatigada de la eternidad etérea, huyó hacia nuestro plano. No lo hizo como un rayo o una tormenta, sino bajo la forma más noble y humilde que pudo concebir: una vaca. Así, Bruna deambuló sintiendo el beso de la lluvia y el crujir del pasto bajo sus pezuñas, mientras su divina madre, armada con acero y oro, descendía tras ella sin el permiso de sus hermanos.

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En los valles castigados por la plaga, dos hermanos labraban la desesperación. Fede, el mayor, cargaba con el peso de la supervivencia; Fido, el menor, se refugiaba en libros cuyos secretos se le escapaban como arena entre los dedos. Su suerte, marchita como sus cosechas, cambió cuando Bruna entró en sus tierras.
Fido, con el hambre royéndole las entrañas, afiló el cuchillo buscando carne; pero Fede, bendecido con la sabiduría del campo, detuvo su mano. "Hay más vida en la leche que en la sangre", sentenció. Y no se equivocó. De las ubres sagradas de Bruna brotaron ríos de blancura celestial que no solo saciaron el hambre, sino que devolvieron la esperanza a todo un reino.

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Mientras tanto, en las sombras del Templo, el Clérigo Superior y su sacerdote más errante buscaban consuelo no en la oración, sino en el ron. Aquella noche, entre vapores de alcohol, las estatuas de los Dioses cobraron vida. El Dios de la Vida les dio una orden clara: "Traed a mi hermana y a la vaca al templo".
Pero el alcohol es un traductor traicionero. En su mente nublada, el Clérigo entendió un mandato oscuro: debía sacrificar a la bestia. Así, el hombre de fe se convirtió en cazador, partiendo por los caminos del rey con el juicio perdido entre tabernas y juegos de cartas.

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El destino cruzó los caminos en una ciudad vibrante de gratitud. Fido, buscando redención, se confesó ante el Clérigo borracho. Al ver a la criatura, el sacerdote desenvainó su acero. Fede se lanzó para proteger lo sagrado, pero el hierro frío fue más rápido. Fede cayó, y ni siquiera la leche mágica pudo cerrar la herida que la muerte ya había reclamado.
Roto por el dolor, Fido emprendió un viaje final para entregar a Bruna a su verdadera dueña. Pero los bosques son traicioneros; Fido y la vaca quedaron atrapados en arenas movedizas, con solo el mango de una pala alzándose como un grito mudo hacia el cielo.

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El destino cruzó los caminos en una ciudad vibrante de gratitud. Fido, buscando redención, se confesó ante el Clérigo borracho. Al ver a la criatura, el sacerdote desenvainó su acero. Fede se lanzó para proteger lo sagrado, pero el hierro frío fue más rápido. Fede cayó, y ni siquiera la leche mágica pudo cerrar la herida que la muerte ya había reclamado.
Roto por el dolor, Fido emprendió un viaje final para entregar a Bruna a su verdadera dueña. Pero los bosques son traicioneros; Fido y la vaca quedaron atrapados en arenas movedizas, con solo el mango de una pala alzándose como un grito mudo hacia el cielo.

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Fue la Diosa Guerrera, ahora acompañada por el sacerdote huérfano de su clérigo, quien los halló. Con un gesto de telequinesis divina, rescató a los náufragos de la tierra y los llevó de vuelta a la Dimensión Extraña. Allí, el drama celestial llegó a su clímax.
El Dios Muerte, enfurecido por la discordia, alzó su guadaña contra Bruna. Pero la Diosa Guerrera interpuso su escudo. Al violar la ley de no violencia de aquel plano, la esencia del Dios Muerte comenzó a marchitarse, fluyendo como un río de sombras hacia el alma de quien mejor lo había servido en la tierra: Fede.
Así, el granjero Fede ascendió para ocupar el trono de la Muerte. Su primera bendición fue un milagro: Bruna hizo llover leche sobre el mundo, creando lagos de nutrición eterna.
Y hoy, dicen los que saben, que cuando la luna es clara, se puede ver a Fido arando campos que nunca mueren. Trabaja bajo la mirada eterna de su hermano, el nuevo Dios, quien lo protege desde el otro lado del velo, otorgándole una inmortalidad tejida con el recuerdo y la gratitud.

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